—
Tranquilízate, ¿vale? Skandar está bien,
ahora mismo esta durmiendo pero el médico ha dicho que en un mes ya
estará completamente recuperado.
—
¿Un mes? ¿El médico? Explícamelo todo.
—
Mi hermano tuvo un accidente con la moto hace una semana. La misma
noche que fue a dejarte al hotel, al regresar cuando estaba llegando
ya a casa un coche salió de vete saber donde y se lo llevó por
delante. Casi no lo cuenta. Estaba fatal cuando llegó la ambulancia.
Ha estado en coma todos estos días. Esta madrugada ha despertado
pero el médico le ha dado un sedante para los dolores por lo que
esta durmiendo aún. Tiene una gran brecha en la cabeza y un brazo
roto.
—
Ay, madre. ¿Y por qué no me dijisteis nada?
—
Mis padres no querían que tu lo supieras, ni tú ni nadie de sus
amigos. No quieren que nadie se preocupe. Por eso hemos estado
incomunicados estos días. Yo he sido la que te ha enviado el
mensaje, no aguantaba más callada.
—
¿Y puedo ir a verle?
— No
lo sé. No quiero que mis padres se enteren que te lo he contado. Te
llamaré cuando se vayan a casa. Esta noche me quedaré yo a hacerle
compañía, entonces podrías venir.
—
Allí estaré.
A
las siete más o menos recibí una llamada perdida de Soumaya, eso
quería decir que ya podía ir al hospital. Además tenía que darme
prisa porque pasadas las ocho no se admitían visitas. Mi hermano
decidió no acompañarme, además de que había quedado con Brittany.
Era de esperar. El edificio quedaba en el centro de Londres por lo
que pude llegar con el bus.
No
me hizo falta preguntar a la chica de recepción la habitación en la
que se alojaba Skandar, su hermana ya me la había dicho.
Cuando
entré en la habitación me encontré con Soumaya leyendo sentada en
el sillón de al lado de la cama. No se percató de que yo estaba
allí hasta que me acerqué a Skandar, el cual seguía durmiendo.
Llevaba la cabeza vendada y el brazo izquierdo cubierto por una
escayola. Sentí dolor, en el corazón. No podía creerme aún la
situación en al que estaba. Había tenido suerte, otra gente no
habría salido tan bien como él. Pero aún así había estado a
punto de morir. Noté como los ojos me picaban, pero no quería
derramar ninguna lágrima. Él estaba bien, tenía que dar gracias
que seguía con vida, por lo que tenía que dejar las tristezas de
lado. Sou se levantó del asiento y puso su mano en mi hombro. Me
giré a verla, tenía los ojos hinchados. Se notaba que no había
dormido nada la noche anterior.
—
Estas cansada, deberías dormir –le dije intentando sonreírle,
algo que fue inútil.
—
Tranquila. Voy a ir a por un café abajo ¿quieres que te traiga
algo?
—
No gracias.
—
Vale, ahora vuelvo.
Me
quedé sola en la habitación, mirándole aún estando de pie a su
lado. Que tierno se le veía durmiendo. Me senté en un lado de la
cama sin despegar mi mirada de la suya y sin darme cuenta le cogí de
la mano. La tenía caliente. Me quedé allí mirando hacia el suelo,
esperando a que Soumaya regresara. Noté una presión en mi mano. Me
giré a verle y lo vi con los ojos entreabiertos. Lo único que se me
ocurrió fue sonreírle.
—
¿Cómo estas? –le pregunté a la vez que el dejaba ir su mano de
la mía.
—
B-bien –se tocó la cabeza- ¡auch!
—
¿Duele?
Me
miró mal.
—
No, que va. Me abrí la cabeza y estuve en coma durante una semana,
pero nada que esto se cura solo –me dijo irónicamente.
—
Vale, vale –hice ver que me había molestado su respuesta-.
—
Lo siento –me dijo en un susurro y luego me acarició la mano-.
—
¿Te podré firmar la escayola?
—
¿Qué? Ah, no. No voy a permitir que nadie toque mi preciosa
escayola.
Le
dio un beso y luego me sacó la lengua.
—
Serás infantil…
—
¿Quién era la que quería firmarme? –giré la cara como si no
fuera conmigo –si eso, encima ignórame.
—
¡Ay, como quiero a mi Skandie! –oímos que decía Soumaya, que
acababa de entrar con un vaso de plástico lleno de café en la
mano.
—
Por favor, ¿puedes llamarme por mi nombre? Además que ya tengo una
edad y soy lo suficientemente mayor como para que aún me llames con
diminutivos cutres.
—
Serás muy mayor pero la leche te la has pegado igual.
—
Eso fue una broma del destino.
—
Pues menuda broma –dije yo.
Luego
de eso nos quedamos callados. La hermana del herido se sentó en el
butacón y empezó a beber en silencio. Estaba incómoda. No me gusta
cuando la gente se queda en silencio y lo peor es que no se como
romperlo.
—
¡Atchís! –Skandar estornudó y al hacerlo Soumaya se asustó y se
atragantó con el café.
Empezó
a toser hasta que pudo calmarse.
—
Joder Skandar, me has asustado –dijo mientras se ponía la mano en
el corazón.
Skandar
y yo nos miramos y sin poder evitarlo nos pusimos a reír
descaradamente.
— Encima
reíros –nos miró mal-. Que mala gente hay en el mundo.
—
Bueno, Sou si te hubiera pasado algo no haría falta llevarte a un
hospital. Porqué estamos en uno –dijo Skandar.
—
¿Y eso lo has pensado tú solito? –le contestó ella
irónicamente.
—
No te metas conmigo.
—
Ni tú conmigo.
—
Pero si has sido tú quien ha dicho que somos mala gente.
—
Porque por tu culpa casi me ahogo.
—
¡Bueno, basta! –grité para que se callaran-. De verdad, que
cansinos llegáis a ser.
El
médico pasó hacia las nueve para ver como estaba Skandar y dijo que
le daría el alta muy pronto, en cuanto la herida de la cabeza
estuviera curada. Ni siquiera pasé allí la noche, se le veía bien,
por lo que con una persona que estuviera con él era necesario. Las
semanas siguientes fueron parecidas a aquel día, yo iba a verle
cuando no estaban sus padres y me iba cuando estaban a punto de
regresar. Entre Skandar y yo no hubo nada más desde él beso antes
del accidente.
Antes
del mes, le dieron el alta y pudo regresar a casa. Fue entonces
cuando su madre me llamó para invitarme a su casa para que le viera.
Ella no sabía que yo le había visitado antes en el hospital por lo
que acepté, además de que no tenía nada mejor que hacer. Al llegar
a su casa el padre de Skandar me abrió la puerta, estaban todos en
el salón. Ya no llevaba la venda en la cabeza ni tampoco la
escayola, la cual fue sustituida por una muñequera. Al entrar en la
habitación Skandar me hizo un gesto para que me sentara a su lado en
el sofá.
—
¿Al final cuando regresas a España? –me preguntó su madre.
—
Dentro de poco.
—
¿¡Cuánto de poco?! –gritó Skandar.
Nos
lo quedamos mirando todos los allí presentes por su reacción.
—
Lo siento, me he puesto nervioso -dijo disculpándose-.
—
Me voy en dos semanas.
—
Pero eso es muy poco, tenemos que aprovechar lo que queda de tu
estancia aquí. Esta tarde nos vamos a dar un paseo –dijo Soumaya-.
Porque creo que aún no has visto nada de Londres.
Asentí
con la cabeza.
—
¿Yo puedo venir? –preguntó Skandar.
—
A ti el golpe en la cabeza te ha dejado más tonto de lo que estabas,
¿eh? –se burló su madre-. Pues claro que tú también vas… En
fin, que remedio. Voy a hacer la comida, ¿te quedas con nosotros
Carmen?
—
Bueno…
Después
de comer salí con los hermanos Keynes a ver un poco de la ciudad,
más bien dicho todo lo que no había podido ver durante el mes y
medio que había estado allí. Cogimos el bus para llegar hasta el
centro, como no ellos tenían que vivir lo más alejado posible.
Resumiendo, el famoso autobús rojo nos dejó delante del Buckingham
Palace y de allí fuimos andando a los demás sitios. Estuvimos toda
la tarde andando, haciéndonos fotos los tres juntos y de vez en
cuando parábamos a descansar en algún banco.
Regresé
al hotel ya casi a la noche, a la hora de cenar. Mi hermano había
estado solo todo el día, le pregunté sobre Brittany pero me cambió
de tema. Oh,
Oh... Mal asunto.Las
semanas antes de irnos las pasé únicamente con Skandar. Todo el
tiempo que pasaba con él se me hacía demasiado corto, sabía que
regresaría en cuanto llegara el día. Pero no quería, no quería
tener que volver a dejarlo. Volver a pasar por lo mismo.
Sentí
algo húmedo y frío en mi cara. Todo estaba negro, claro, aún tenía
los ojos cerrados. Intenté abrirlos aunque la luz me lo dificultaba.
Al verle allí con el vaso vacío en la mano hizo que me levantara de
repente. Me toqué la cara mientras él se reía enfrente de mí.
—
¡Serás desgraciado! –le grité a mi hermano-.
Me
había tirado un vaso lleno de agua por la cara para que me
despertara. Pareció que no había escuchado mi insulto, seguía de
pie riéndose cada vez más fuerte, hasta que se dejó caer de
rodillas al suelo.
—
Te-tendrías… que ha-haber-haberte visto –dijo entre risas para
luego volver a reír-.
—
Yo no le veo la gracia –me levanté de la cama en la que dormía y
caminé hacia el baño-. ¿Qué hora es? –le pregunté una vez ya
estaba dentro a punto de cerrar la puerta-.
Paró
de reírse y se levantó mientras se secaba las lágrimas de tanto
reír. Tomó aire y contestó.
—
Las ocho y media.
No
abrí más los ojos porque si no seguramente se me habrían salido.
—
¡¿Qué?! ¿¡Porque no me has despertado antes?!
—
Te juro que lo he intentado –dijo escapándosele de nuevo la
risa-.
—
Mierda, mierda…
Cerré
la puerta de un portazo y me di la ducha más rápida de toda mi
vida. El avión salía a la nueve y aún no había desayunado ni me
había siquiera vestido. Salí corriendo del baño aún con el pelo
húmedo. Mi hermano iba saliendo de la habitación con su maleta. El
taxi estaba ya en la puerta esperando. Acabé de meter las cosas que
me faltaban en la mía y salí de allí con ella arrastras. Se notaba
que estábamos a mediados de agosto, el calor era insoportable todo y
estando en Londres. Devolví la llave de la habitación al
recepcionista y salí a la calle. Mi hermano me estaba metiendo
prisa, cogió mi maleta y la puso en el maletero del vehículo a la
vez que yo entraba en la parte de atrás. Una vez estuvimos los dos
dentro el taxi arrancó rumbo al aeropuerto.
—
Siempre tarde tía –se quejó mi hermano-.
—
Si me hubieras despertado antes…
—
Si no te hubieras ido por ahí con Skandar hasta las tantas de la
madrugada… -dijo imitándome-.
—
Que te calles.
Miré
el reloj tan solo llegar, faltaba un cuarto de hora para que saliera
el vuelo hacia Madrid. Corrimos hasta las cintas corredoras para
dejar el equipaje. Al dejar mi maleta me giré buscando con la mirada
entre la multitud que había allí. Pero no hubo resultado.
—
¡Que se va el avión! –me dijo mi hermano mientras me estiraba del
brazo-.
—
Pero…
—
Pero nada Carmen. ¡Vamos!
Empecé
a andar junto a él hasta la mujer que revisaba los pasaportes.
¿Dónde estaba? ¿Por qué no había venido? Mientras revisaban
nuestros pasaportes miré mi teléfono móvil. Quizá me había
llamado y yo no me había enterado. Pero nada, no había nada. Me
empujaron hacia delante. Mi hermano. Eché una última mirada hacia
atrás, aún tenía la esperanza de que llegara en el último
momento… Sentía como me arrastraban hacia delante pero seguía con
la cabeza girada. "Tiene que estar, me lo ha prometido" me repetí
a mi misma una y otra vez.
No
estaba, no había venido. Noté como una gota de agua salada
resbalaba por mi mejilla. Otra vez, volvía a llorar por él. Volvía
a sufrir. Volvíamos a distanciarnos…
