Lo único que tenía que hacer era explicarlo en voz alta para aclarar sus ideas. No es que fuera algo que necesitase, si hubiese querido lo hubiese visto todo usando sus ventajas de demonio como en el cine y con palomitas. Pero entonces el caso habría acabado antes de empezar y enseguida se quedaría sin puzles para mantenerse pensando. De modo que de alguna forma, apagaba todos sus sentidos demoniacos cada vez que Lestrade le llamaba.
−Fue la hija.− No quería dar explicaciones, eran tediosas, pero si no las daba, después tenía que testificar, ponerlo por escrito, decir quién era… y eran cada vez más pesados.− Fácil, muy fácil, no sé cómo no lo has visto Lestrade. La asesina tenía que conocer bien la rutina de la víctima para calcular cuando y durante cuánto tiempo iba a estar ahí dentro encerrada.
−Está claro que llevaba una rutina porque el alcohol de la mesa lo escondía cuando la puerta estaba abierta y el libro tiene marcas de haber sido leído en los bordes de las páginas, si te acercas verás que las páginas también huelen a alcohol. Es decir, eran acciones rutinarias, si hubiera envenenado uno de esos dos elementos enseguida hubiesen llamado la atención, por lo que tenía que encontrar algo menos convencional para suministrarle el veneno.
Ahora fíjate en la silla, hay dos marcas ligeramente hundidas, son huellas de pies. Estas, más marcadas en el asiento, son de la víctima, estas, no tan marcadas, de los reposabrazos, pertenecen a unos pies descalzos bastante pequeños.
¿Qué buscaban en el techo? Lógicamente querían alcanzar la lámpara y ¿Porqué alguien querría alcanzar una lámpara? Porque una bombilla está fundida. O más bien, porque una bombilla está cuidadosamente colocada para que a la hora aproximadamente de estar encendida se fundiese. Si alguien quisiera entonces retirar la bombilla lo más probable es que se quemase y que se llevase los dedos a la boca, cambia la bombilla, tira la fundida y vuelve a sus asuntos, pero es tarde, ya ha ingerido el veneno uno, por la piel y dos, oralmente. Así que muere en cuanto asimile el veneno.
La mujer, porque esos pies tan pequeños son de mujer, iba descalza. Lógicamente eso significa que llevaba unos tacones demasiado altos para subir, la criada usa zapatillas así que dudo que fuera ella. Y si te das cuenta, la asesina se ha apoyado en los brazos de la silla en lugar de usar el asiento, es obvio que le ha costado más porque es más menuda. En las fotos de familia la figura más probable, es decir, menuda, mujer, joven como para hacer equilibrios en la silla en lugar de buscar una escalera y preocupada por su imagen, por los tacones, es ella, la hija.
Lestrade, apoyado contra el marco de la puerta, no decía nada. Ni siquiera parecía escuchar. Sherlock se dio cuenta y de repente se sintió muy Anderson. Si todos los humanos se sentían todos los días tan estúpidos como él en ese momento, no tenía muy claro por qué querían seguir vivos. Él mismo preferiría estar en una bonita playa helada de algún mar gélido de Marte. A ser posible un poco más lejos.
−¿Dónde está Lestrade?
El inspector se recolocó tranquilamente en el marco de la puerta.
−Ya sabes, un poco de tráfico y la policía es tan inútil que no llega a tiempo.
Sherlock podría haber usado algún sentido demoniaco pero no lo necesitaba, podía deducir tranquilamente que frente a él estaba un ángel. Además se había acostumbrado a no usar aquellos sentidos, como reto personal.
−Si te consuela, lo hizo la hija.
−No me consuela, lo SABÍA. −El ángel se encogió de hombros.
− Ahora también ella está muerta.− Eso no lo sabía, pero para él no tenía importancia.
−¿Y bien?− El ángel tenía que haber venido por un motivo, se había molestado en prepararle una trampa, eso tenía que significar algo.
−Estás interrumpiendo planes divinos, demonio. En otras palabras, te estás metiendo donde no te llaman.
−Y supongo que todo esto no se puede quedar en una amistosa advertencia.
−En realidad sí, siempre que decidas dejar Londres.
−Me has entendido mal. Me refería a que esto no se puede quedar como una advertencia para Ahí Arriba para que me dejen en paz.
El ángel, deshaciéndose de su disfraz de inspector entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. En la parte posterior había un dibujo circular lleno de símbolos blancos y todo alrededor de la habitación una línea cerraba un círculo que lo mantenía atrapado. El ángel ante él sacó una espada llameante, hacía relativamente poco desde la última vez que había visto una, a la vez que extendía las alas.
−Zira lo hubiese montado mejor. (12)− Murmuró.
El ángel levantó la espada por encima de su cabeza y la dejó car sobre Sherlock que con un suave serpenteo se hizo a un lado y esquivó el golpe.
−Cada vez los mandan más torpes.
El ángel repitió varias veces el gesto (13) y la vieja serpiente volvió a esquivar por muy poco el filo de la espada, pero vio sus esfuerzos compensados cuando al final la espada dejó un agujero en el suelo suficiente para colarse por él con su forma de serpiente.
Si tenía dudas de la existencia de Dios, ahora las tenía más, había ido a caer precisamente en la cocina; Dios no dejaría a un demonio suelto en una cocina. Un segundo más tarde el ángel bajaba por el mismo agujero, que ahora era milagrosamente más grande. Al mismo tiempo tuvo que esquivar más de una veintena de cuchillos, un par de docenas de tenedores y cuatro cucharas. (14)
−¡SE ACABÓ!−gritó el ángel colérico apuntándole con un dedo. (El demonio sólo podía pensar en esa estúpida pose del coronel Shadwel, que en este caso posiblemente funcionase) Cerró los ojos y esperó el impacto.
No pasó nada. Al menos nada que se oyese, se oliese o se tocase. Probáblemente fuera buena idea volver a abrir los ojos.
(12) Lo cierto es que Azirafel lo había montado muchísimo mejor en su momento, una trampa casi perfecta. Claro que aquello había sido antes del Acuerdo y Crowley se había vengado adecuadamente.
(13) El ángel ya empezaba a tener la sensación de un juego de pégale-al-topo tipo demonio al que, por cierto, iba perdiendo.
(14) Con muy poco éxito. Hay que decir que el machete ensartado en un lado de la cabeza era bastante impresionante, pero la cuchara clavada entre costillas tenía mucho más estilo.
