Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Natalie Rivers.
Capítulo 11
Bella lo miró atónita. Tenía el rostro tenso. De pronto comprendió que, aunque ella sabía que si podía tener hijos, él creía que no era posible.
–Claro que puedes –dijo–. Lo has hecho. Estoy embarazada y el padre eres tú.
–¡Por Dios Santo! –exclamó Edward, poniéndose de pie y mesándose el cabello–. Ya es hora de dejar esa ridícula charada.
Ella, aún sentada en la manta, estudió su rostro atentamente, intentando ver qué ocultaba su expresión. La brisa hizo que el flequillo le cayera hacia delante y él lo apartó con impaciencia.
Bella se levantó y se situó ante él. Instintivamente, puso una mano en su antebrazo. Tenía la piel cálida y suave, pero los músculos estaban duros como el acero.
–No puedo dejarlo porque es la verdad.
Vio que él estaba a punto de explotar y lo haría si ella no conseguía templar su ira.
–¿Por qué crees eso? –preguntó con voz suave–. ¿Te hicieron pruebas?
Edward tomó aire y miró el lago, sin verlo.
–Jessica y yo no tuvimos éxito cuando decidimos tener familia –empezó–. Tras un tiempo, decidimos hacemos pruebas de fertilidad –hizo una pausa–. Era yo quien no podía tener hijos.
–Cometieron un error –dijo Bella automáticamente.
–No hubo ningún error –dijo Edward, seco–. Siéntate y come algo. Luego nos iremos –sacó el móvil del bolsillo y pulsó una tecla de llamada rápida. Se dio vuelta y se alejó unos pasos mientras hablaba.
Ella se sentó y lo contempló atribulada. Todo lo ocurrido empezaba a tener sentido. El se creía infértil y por eso asumió que le había sido infiel cuando se quedo embarazada. En su mente, era lo lógico. Eso explicaba su ira, pero no la excusaba.
Si le hubiera dicho la verdad en Semana Santa, habría intentado razonar con él, convencerle de que había habido un error. Podría haberse hecho nuevas pruebas de fertilidad. Era obvio que se trataba de un error o que algo había cambiado. Ella estaba embarazada y solo él podía ser el padre.
Lo miró hablar por teléfono. Con las montañas detrás, tenía un aspecto imponente, pero también parecía tan frío y duro como los agudos picos que se alzaban sobre los verdes valles.
Entendía que debía haberle dolido creer que no podía tener hijos, sobre todo siendo el último hombre de su estirpe. Pero también la había herido a ella, echándola a la calle cuando no había hecho nada, y coaccionándola para aceptar un matrimonio que él veía sólo como algo temporal.
Debería haberle dicho la verdad y la había engañado. Primero, pidiéndole que tomara anticonceptivos aun creyendo que no eran necesarios. Después acusándola aunque no le había dado razones para que dudara de ella. Finalmente, y eso era lo peor, había utilizado lo que sabia de su infancia para manipularla.
Súbitamente, sintió una intensa oleada de ira. Había confiado más en un informe medico que en la mujer con quien estaba compartiendo su vida. La había tratado de forma penosa y ella lo había permitido. Pero no lo haría más.
–No has comido –dijo él, cuando finalmente concluyó su conversación y volvió a sentarse.
Ella lo miró y una corriente eléctrica paso entre ellos. El abrió los ojos con sorpresa y ella supo que había reconocido la cólera que crecía en su interior.
–Cuando regresemos te harás de nuevo las pruebas de fertilidad –afirmó con determinación.
–¿Por qué iba a someterme a esa humillación? –ladró Edward–. Dadas las circunstancias, ¿no crees que sería mejor dejar esto ya? ¿O eres tan masoquista que deseas pruebas irrefutables de tu infidelidad?
–¡Quiero pruebas de mi inocencia! –gritó Bella–. Y si no te las haces, haré una prueba de ADN cuando nazca el bebé.
–¿Estás loca? Si me niego a una prueba de fertilidad, ¿por qué crees que me haré una de ADN?
–Se lo pediré a Carlisle –declaró Bella–. Su ADN demostrará el vínculo familiar.
Edward maldijo en italiano, se levantó y tiró de ella.
–¡Vas demasiado lejos! –grito. Bella se estremeció al sentir la fuerza de su ira. Nunca haría nada que pudiese herir a Carlisle, pero que Edward se negara a escucharle le había llevado a decir eso.
El rodeo su cintura con un brazo y empezó a conducirla hacia el telecilla. Bella sentía la atronadora energía de su cuerpo. Era como estar rodeada por una tormenta a punto de alcanzar la máxima intensidad.
Pronto llegaron al sendero principal y Edward aflojó el brazo cuando se acercaron dos jóvenes montañeros. Les dijo algo en ingles y luego cambió al alemán.
Bella no entendió lo que decía, pero cuando les entregó unos billetes y señaló en dirección a la pradera, comprendió que les había pagado para que recogieran la cesta de picnic y lo limpiaran todo. Edward estaba acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido.
Volaron de vuelta a Venecia en silencio y los días siguientes fueron muy tristes para Bella. Edward se negaba a hablar con ella y se mantenía alejado. Se marchaba a trabajar temprano, volvía por la noche y le hablaba solo cuando era estrictamente necesario.
Ella se sentía como si estuviera atrapada en una pesadilla sin escapatoria. Al principio pensó en irse de Venecia, pero no era tan sencillo.
No se trataba sólo del dolor que sentía al pensar en dejar a Edward. Su embarazo estaba demasiado avanzado para que viajar resultara sencillo, y la idea de llegar a Londres casi a punto de dar a luz la aterrorizaba. Al menos en Venecia tenía atención médica.
Además, su marcha devastaría a Carlisle. Ella sabía que el bebé era su bisnieto, pero si se iba, no sabía qué le diría Edward. Aunque se sentía traicionada por cómo la había utilizado Edward, compartía su deseo de hacer feliz a su abuelo. Tendría que esperar a que naciera el bebé antes de hacer nada.
Según pasaban los días, la ira que había sentido hacia Edward en la pradera se fue apagando y empezó a sentirse rechazada y solitaria.
El tiempo se hacía eterno y tenía la sensación de que estaría embarazada para siempre. Aún le quedaba más de un mes y no sabía cómo sobrellevarlo.
Visitaba a Carlisle cada mañana, haciendo el recorrido en barco, y por la tarde se refugiaba en sus libros de bolsillo. Dormía mucho. Cuando no dormía, leía o visitaba a Carlisle, se sentaba en la habitación del niño, intentando no pensar en la asombrosa revelación de Edward, que se creía estéril.
Al principio había sido como si se hiciera la luz en su mente, porque eso explicaba que la creyera infiel. Después la había encolerizado su falta de confianza en ella. Y en ese momento sentía otra cosa.
Se sentía rechazada.
Si Edward no se hubiera creído estéril, nunca se habría casado con ella.
Desde el primer momento había sabido que Edward no quería un compromiso serio. Entonces no le había importado. Adoraba estar con él y había supuesto que su norma de «no comprometerse» no tenía que vercon ella, sino que era su forma de vivir.
Pero había comprendido que sí se refería a ella.
Había sido lo suficientemente buena para ser su amante, pero no para ser su esposa. Al menos hasta que ella le dio la oportunidad de darle a su abuelo algo que no creía poder conseguir de nadie mas.
Y aun así, había sido el empeoramiento de la salud de su abuelo lo que le había llevado a tomar una decisión. En un primer momento la había echado de su vida sin pensarlo un momento.
Una vez casados, ella había comprendido que lo amaba. Se había aferrado a la esperanza de que, si conseguía convencerlo de que no le había sido infiel, empezaría a abrirle su corazón.
Sin embargo, desde que sabía que él se creía infértil, su esperanza había desaparecido. Cuando descubriera que no era infértil, nada lo ataría a ella. Podría elegir a la mujer que quisiera como esposa.
–Pareces cansada –dijo Carlisle, quitándose las gafas y poniéndolas a un lado, junto al periódico.
–Un poco –admitió Bella, sentándose en el sillón que había junto a la cama–. No sé por qué. No hago mucho últimamente.
–¿Qué quieres decir? –exclamó él–. Estás llevando a mi bisnieto en tu interior, ¡eso es mucho!
Bella sonrió. Visitar a Carlisle siempre le levantaba el ánimo.
–No falta mucho, pronto lo conocerás –dijo, esperando que fuera verdad. Los médicos estaban satisfechos porque la salud de Carlisle se había estabilizado, pero seguía siendo un anciano muy frágil.
–No lo veré crecer –dijo él–. Pero no pienso irme de aquí hasta haberlo visto con mis propios ojos.
A Bella se le llenaron los ojos de lágrimas. Parpadeó para ocultarlas, pero Carlisle no se había dado cuenta. Miraba hacia el frente y sonreía.
–Te prometo que oirá todo lo que me has contado sobre tu vida y sobre Venecia –dijo.
–Me has hecho un hombre muy feliz –dijo Carlisle, mirándola–. Solo los muy afortunados viven para ver a sus bisnietos. No sé si te he dicho alguna vez cuánto me alegra que tú seas la madre.
–Gracias. Siempre has sido muy bueno conmigo –contesté Bella, con voz temblorosa por la emoción.
–La espera ha merecido la pena –dijo él con una sonrisa–. Después de Jessica, me preocupaba que mi nieto no tuviera buen gusto con las mujeres.
–¿En serio? –a Bella le picó la curiosidad, aunque era un tema potencialmente controvertido–. Pero si hubieran seguido juntos, y tenido familia, habrías tenido más tiempo para conocer a tus bisnietos.
–¿Los hijos de Jessica? –dijo Carlisle con desagrado–. Nunca entendí por qué se casó con ella. Era veneciana, pero no era una buena esposa para él. Y habría tardado mucho tiempo en acceder a ser madre.
–¿Qué quieres decir? –Bella no podía evitar querer saber más sobre la primera esposa de Edward.
–Estaba demasiado ocupada viviendo la vida, disfrutando de su egoísta existencia, gastándose su dinero en cosas frívolas –dijo Carlisle–. Sigue siendo igual, excepto que ahora está en Río de Janeiro, gastándose el dinero de su amante brasileño, según me dicen mis contactos.
–¿Contactos? –sonrió Bella.
–¿Qué creías? –Carlisle sonó ofendido–. ¿Que porque soy viejo y estoy en la cama no sé nada?
–Claro que no –Bella se río, pero se preguntó qué sabia sobre Edward y sobre ella.
–No pienses en Jessica –añadió Carlisle–. Edward nunca la quiso como te quiere a ti. Cualquiera vería que sois almas gemelas, como mi querida Esme y yo.
Bella forzó una sonrisa y se miró las manos, que tenía sobre el regazo. Sabía que Edward no la amaba.
–Casi lo olvido, tengo una sorpresa para ti.
–¿Una sorpresa? –repitió Bella, agradeciendo el cambio de tema. No quería estar triste en su presencia. Esperó que Carlisle no fuera a hacerle otro regalo de la herencia familiar. Le había encantado el collar antiguo que le dio el primer día, pero no había vuelto a verlo desde que Edward se lo quito.
–Sí. Hablar de mi Esme me lo recordó... –dijo con expresión soñadora–. Recordé cuál era su cosa favorita cuando estaba embarazada, y pensé que a ti tal vez también te gustaría.
Bella sonrió expectante, intrigada por saber más de la mujer que había capturado el corazón de Carlisle.
–No puedo acompañarte para ver si te gusta –dijo él, pulsando un timbre para llamar al personal–. Tendrás que decírmelo cuando vengas mañana.
El ama de llaves entró en la habitación y Carlisle le pidió que enseñara a Bella su sorpresa. Por su actitud, resultó obvio que estaba al tanto de todo. Carlisle inició su siesta y ella condujo a Bella a una parte del palazzo que nunca habla visitado.
Bajaron dos tramos de escaleras, cruzaron un precioso patio con árboles cítricos en gigantescos maceteros de cerámica y cruzaron una puerta doble. Bella se encontró ante la escena más atractiva que había visto en muchos días.
Una piscina azul de aspecto refrescante.
–¡Oh, vaya! –suspiró, anhelando sumergir su cuerpo cansado en el agua.
El ama de llaves le explicó que Carlisle había hecho que repararan y llenaran la piscina. Le mostró dónde estaba el vestuario y la ducha y, finalmente, le ofreció una selección de trajes de baño premamá.
Pocos minutos después, Bella flotaba de espaldas sobre el agua, deliciosa y refrescante. Se dio la vuelta y nadó lentamente, admirando los mosaicos que decoraban el suelo y las paredes.
El regalo de Carlisle era perfecto en todos los sentidos. De repente, sus ojos se llenaron de lágrimas.
El abuelo de Edward había sido más generoso y amable con ella que nadie en su vida. La trataba con respeto y se interesaba realmente por ella y por sus intereses. Su propio padre nunca lo había hecho; ni siquiera había querido conocerla.
Y Edward, su esposo, tampoco quería hacerlo.
Edward caminaba impaciente por las callejuelas venecianas. Era primera hora de la tarde y había regresado pronto de la oficina por tercer día consecutivo, para descubrir que Bella no estaba en el palazzo. Desde su regreso de la montaña, había empezado a pasar más tiempo en Ca' Masen. De hecho, casi nunca estaba en casa, y eso empezaba a molestarlo.
Sabía que su abuelo había llenado la piscina para ella, algo muy considerado de su parte. Y por lo visto Bella adoraba nadar, algo que él no había sabido. Pero dudaba que pudiera pasarse todo el día en la piscina.
Recordó la conversación que habían tenido en la pradera. Se maldecía por haberle hablado de su infertilidad. Las cosas habían progresado bien entre ellos hasta ese momento, y deseó no haber desequilibrado la balanza de la relación.
No sabía qué lo había llevado a sincerarse, pero culpaba a Bella. Había pasado tanto tiempo a solas con ella que había debilitado sus defensas. Había bajado la guardia. Pero no volvería cometer ese error.
Recordaba demasiado bien la expresión desdeñosa del rostro de Jessica cuando agitó el informe médico que lo declaraba infértil ante su rostro. Le parecía increíble haber sido lo bastante tonto para sufrir la misma humillación una segunda vez.
Había sido joven e ingenuo cuando se casó con Jessica, creyendo que sería la perfecta esposa veneciana que daría a luz a la siguiente generación de Masens. No había sido así. Pero creía haber aprendido algo de la experiencia: a proteger su orgullo.
Su infertilidad había abierto una brecha en su matrimonio. Para aliviar su decepción, Jessica se había entregado a una ajetreada vida de reuniones sociales y viajes. Se habían distanciado y él no había hecho ningún esfuerzo por salvar el matrimonio. Cuando Jessica lo dejó, se alegró. Así no habría nada que le recordara su vergüenza.
Pero, por más que lo había intentado, no había podido olvidar. Estaba acostumbrado al éxito y su fracaso como hombre seguía hiriéndolo sin piedad.
Enfrentarse a esa sensación de humillación fue el reto más difícil de su vida. Así que se juró no volver a dejar que una relación seria debilitara sus defensas.
No podía engendrar un hijo, así que un compromiso a largo plazo no tenia sentido.
Sólo el deseo de satisfacer el último deseo de su abuelo lo había llevado a casarse con Bella.
Bella no era como Jessica, no había reaccionado con desdén al descubrir que era infértil. Pero la noticia le había hecho mostrar su auténtico carácter. Y su comportamiento desde entonces demostraba lo que pensaba de él.
Sabía que le había quitado sus argumentos. Ya no podía aferrarse a su historia de no haberle sido infiel. Al principio había parecido atónita, pero eso pronto se había transformado en ira, seguramente porque había hecho que quedara como una tonta.
Pero, fueran cuales fueran sus sentimientos, una parte de su trato era que se los guardara para si. No le gustaba el mensaje que estaba dando a su personal pasando todo el día en Ca' Masen. La mañana estaba bien, pero no la tarde, cuando se suponía que él volvería del trabajo.
Inmerso en sus pensamientos, entró al patio de Ca' Masen. Bella dormía en una mecedora, bajo el pasadizo techado que conducía a la piscina.
Se detuvo para contemplarla. Estaba preciosa, encantadora y al tiempo vulnerable. Tumbada hacia un lado, con el sedoso cabello extendido como alas de ángel y los brazos sobre el vientre. Mirándola, todos los malos sentimientos que habían crecido mientras iba hacia allí se disolvieron. Era imposible sentirse enfadado ante esa visión de belleza celestial.
La había echado de menos.
Se sentó en una silla, dispuesto a esperar a que se despertara naturalmente. No debía de ser un sueño profundo, porque se movió poco después.
–Ciao –saludó, poniéndole un mechón de pelo detrás de la oreja–. Pensé que te encontraría aquí.
–¿Cuánto tiempo llevas ahí sentado? –preguntó Bella, incorporándose.
–No mucho. Acabo de llegar –Edward miró a su alrededor–. Hacía años que no estaba en este patio. Solía jugar al fútbol aquí.
–¿En serio? –ella miró los cítricos y los bancos de mármol que rodeaban la fuente que había en el centro–. Hay muchos obstáculos.
–Eso era bueno para practicar el regateo –Edward sonrió al recordarlo–. No hay nada como tropezar con un banco de mármol, destroza las espinillas.
Bella se frotó los ojos, aún medio dormida. Se preguntó por qué estaba siendo tan amable de repente. Su sonrisa cambiaba su rostro por completo, borrando las arrugas verticales que habían marcado su entrecejo desde que volvieron de la montaña.
–También hay muchas ventanas –añadió ella, intentandoignorar el efecto de su sonrisa. No podía rendirse a él cada vez que decidía mostrar su encanto.
–Sí, rompí bastantes –dijo Edward–. Al principio el ama de llaves lo ocultaba, pero cuando mi abuelo se enteró me leyó bien la cartilla.
Bella intentó imaginar el aspecto que había tenido de niño. Si el ama de llaves ocultaba la rotura de los cristales, debía de haber sido encantador, ya entonces. Se preguntó si tendría fotos. Sería interesante hacerse una idea del aspecto que podría tener su hijo.
Sintió un desagradable escalofrío. Edward no le enseñaría fotos porque seguía negando ha posibilidad de ser el padre. Se recostó de nuevo, cansada y desvaída.
–¿Estás bien? –Edward sonó preocupado.
–Sí. Solo cansada –agarró su vaso de agua, sin mirarlo. Sabía que su expresión mostraría lo que había oído en su voz. Ver su atractivo rostro preocupado derrumbaría sus defensas.
–Pareces triste –Edward le tocó el brazo y el gesto provocó en ella una calidez que no encajaba con lo que le decía su cerebro–. ¿Por qué eres infeliz?
–Porque solo te casaste conmigo por el bebé que llevo dentro –dijo ella con sinceridad.
–Lo sabias, te lo dije desde el principio –Edward dejó caer la mano–. ¿Acaso creías que había otra razón?
–Pensé, deseé, que hubiera algo entre nosotros, además del niño que sigues negándote a creer que pueda ser tuyo –puso los pies en el suelo–. Ahora se que me equivocaba. Para ti no soy más que una maquina de hacer bebés.
Metió los pies en las sandalias y se levantó.
De repente, sintió una extraña sensación y una cascada de líquido cálido se deslizó por sus piernas. Miró el charco a sus pies, desconcertada. Faltaba un mes para que saliera de cuentas. Oyó la voz segura y reconfortante de Edward.
–Has roto aguas –la alzó en brazos y fue hacia la entrada del palazzo–. Vamos directos al hospital.
Ya falta menos. No subi antes por problemas en internet. Solo falta un capitulo y el epilogo. Muchas gracias por leer y dejar reviews con sus opiniones!
