Mezzaluna

Sacrificios

Lo había llamado, como siempre, por la mañana. A él le daba igual la hora en que ella la llamara porque no dormía y a ella le apetecía escuchar su voz nada más despertar. Eso le daba fuerzas para aguantar y no largarse a Denali antes del desayuno. Aunque saber su paradero era un consuelo, no podía evitar las ganas que tenía de dejar París y largarse. La ciudad de los sueños y el amor, para ella empezaba a ser una tortura y nada de lo que Julian hiciera para amenizarlo todo funcionaba.

Cada día que pasaba se daba más cuenta lo poco que le importaba haberse enamorado de un asesino. Ya no pensaba en que su padre había muerto por su culpa, en que ella había estado a punto de morir varias veces o en que debía matar a personas para poder sobrevivir. Ella se había olvidado ya de todo eso y solamente pensaba en volver a verlo cuanto antes. ¿Cuándo podrían reencontrarse? ¿Cuándo podría volver a verlo? La necesidad irrefrenable de besarlo la llamaba todo el día y hablar por teléfono era una tontura. Aunque también era necesario, porque sino iba a volverse loca.

Lo había llamado como hacía cada mañana, pero esa vez él no había cogido el teléfono. Se extrañó porque hasta entonces jamás le había fallado cuando ella había llamado. Pero quizás no lo llevaba encima, se dijo a sí misma para tranquilizarse.

Se puso a ojear el diario de Isabella. Era muy aburrido en la mayor parte de los días, así que se estaba planteando saltarte todo lo que quedaba hasta que conocía a Edward Masen. Quería saber si los sentimientos que había soñado habían sido reales, aunque estaba segura casi al cien por cien. De todos modos, se obligó a seguir por dónde iba, unos meses antes de conocerlo a él, porque estaban intentando descubrir el motivo de su reencarnación y aquellos papeles eran lo único que quedaba de los recuerdos de Isabella Winsett.

Iba a volver a la lectura, cuando su teléfono empezó a sonar.

Esperanzada lo agarró. En la pantalla se leía claramente el nombre de Edward. Notó como su corazón se aceleraba antes de responder.

—Hola —le dijo a su interlocutor, emocionada—. ¿Dónde estabas?

Edward tardó en contestar y, cuando lo hizo, su voz sonó seca y seria.

—No tenía el teléfono encima —comentó él, cortante—. ¿Cómo estás?

Bella se había quedado desconcertada. Era la primera vez que Edward eran tan antipático con ella, y más desde que no se veían desde… desde… había perdido la cuenta, pero para ella estaba siendo una eternidad. ¿Dónde había quedado ese Edward que se moría por hablar con ella por teléfono? ¿Qué le relataba todo lo que sucedía en Denali? Desde que ella había recobrado la voz, poco a poco las narraciones de Edward vía telefónica se estaban convirtiendo en pequeños intercambios cordiales de palabras bonitas. Y ese día ni eso. Parecía enfadado.

—¿Te pasa algo? —preguntó con un hilo de voz.

Él tardó en contestar de nuevo y, cuando lo hizo, no fue para responder a su pregunta.

—Debo colgar —Bella escuchó una voz femenina de lejos, pero no parecía ni la de Rosalie ni la de Alice—. Te llamo en un rato —colgó.

Bella se quedó parada. Eso era extraño, desde luego. Pensó que quizás algo iba mal, como tan a menudo le repetía Julian. Las cosas no salían como los vampiros habían planeado en Estados Unidos y la guerra secreta de razas continuaba. Bella no podía dejar de imaginar que quizás los licántropos se acercaban a Denali y que Edward estaba preocupado, por eso era tan cortante con ella. Quizás no era nada de eso, pero estaba preocupada.

Se volvió de nuevo hacia el diario, para continuar con el párrafo que leía.

"… Aquella señora se me acercó. Pensé que querría dinero, porque parecía muy pobre. De pronto, empezó a hablarme en algún idioma que yo no conocía, pero sonaba como italiano. De hecho, estoy casi segura que así era. El caso, es que me ha dado un pequeño medallón de un Santo. Es realmente bonito y parece de oro, aunque con lo pobre que se veía esa mujer, no creo que lo sea…"

El resto del día de Isabella Winsett siguió con las actividades cotidianas de una mujercita de aquella época, y no pasó absolutamente nada interesante en las siguientes semanas. Bella suspiró, ¿Por qué escribía aquella chorrada? No era nada interesante, solo un cúmulo de repeticiones del mismo día con algunos matices distintos, salvo los fines de semana, que iban a visitar a esos y aquellos miembros de la alta sociedad de Chicago. Menudo aburrimiento.

Pero Bella leía rápido. De pronto, la mujer pobre del medallón volvió a aparecer. Isabella Winsett se la había encontrado por casualidad en la calle y la mujer la había saludado. Empezó a leer todavía más rápido, hasta que se dio cuenta de que cada semana se encontraba con esa mujer. Isabella Winsett no lo había encontrado extraño porque era ella quien visitaba el barrio de la desconocida del medallón, pero de pronto empezó a encontrársela en otros lugares, según descubrió Bella mientras leía, hasta que un día desapareció.

Se extrañó tanto como Isabella Winsett, que mandó a una de las sirvientas que tenían en la casa a investigar por el barrio donde acostumbraba a ver a esa mujer. Pero nadie parecía haberla visto nunca. Eso era raro, realmente raro.

El teléfono empezó a sonar otra vez. Volvía a ver Edward. Descolgó, algo preocupado por cómo podía estar él. Pero esta vez su voz sonó menos tensa, más jovial, aunque había un deje como de decepción que no consiguió identificar.

—Lo siento, Bella —le dijo él—. Era un mal momento. Perdóname —parecía como si en ese perdón hubiera más escondido de lo que se veía a simple vista, pero Bella pensó que seguramente serían tonterías suyas—. ¿Quién empieza a contar primero? —preguntó él y Bella se imaginó la sonrisa que adornaba el rostro del vampiro en ese momento.

Tras colgar el teléfono, Edward volvió donde estaba Carlisle. Debía explicarle que había cometido un error antes de hablar definitivamente con Bella. Sabía que si quería salir de esa situación, Carlisle era el único que podía ayudarlo.

De camino a la habitación que ocupaban Carlisle y Esme, se encontró con una larga melena castaña que le sonreía.

—Edward, no tienes por qué decírselo —comentó, apoyándose en una pared del pasillo, para barrarle el paso—. Sabes que solamente lograrás decepcionarlo. Ya ha pasado más veces, no sucede nada por añadir otra más a la cuenta, ¿no? —se había acercado a él y le había puesto las manos encima de los hombros—. Sé que estás leyendo mis pensamientos, sabes que soy sincera.

Edward dio un par de pasos hacia atrás. Era cierto, Danielle estaba siendo sincera. No había maldad en sus pensamientos, lo cierto era que realmente pensaba lo que le decía. Pero él le debía una disculpa a Carlisle, porque no había podido vencer a sus instintos. Y luego se la debía a Bella, pero era demasiado importante todo eso para él como para decírselo por teléfono.

—Quizás tienes razón —concluyó Edward, sentándose abatido en el suelo—. No se lo digas a nadie, Danielle —le pidió a la vampira—. Una vez más y se ha acabado —concluyó.

Julian apareció una tarde cargado de revistas y con expresión furiosa. Le entregó a Bella una de esas revistas, que estaba en francés, pero reconoció como una revista de cotilleos. Y en la portada, aunque pequeños, estaban ellos. Bella alzó una ceja y lo miró para pedirle una explicación.

—Han modificado lo que les dije —explicó—. Te presentan como a mi novia, o algo así.

Bella soltó una leve carcajada, pero el rostro serio de Julian la preocupó. ¿Qué pasaba?

—Si estás en las revistas, alguien te puede reconocer. Y se ve perfectamente que estamos en París.

La sonrisa se le congeló en el rostro. Si la encontraban, todo el esfuerzo habría sido en vano. Abrió la boca un par de veces, sin saber qué decir. Pero Julian lo tenía todo controlado. Había llamado a su agente para que retirara esas revistas cuando antes, sin levantar más revuelo. Bella asintió, algo más tranquila, pero pasó las siguientes horas preocupada, como esperando una señal de que todo iba mal.

Y, entonces, tomó una decisión. Debía hablar con Jacob.

Estaba angustiada por saber cómo se encontraba su amigo. Y el tema de las revistas había acabado con la poca paciencia que le quedaba. Marcó el número tan conocido, y esperó. Esperó los malditos tonos de llamada, mientras se preguntaba qué hora debía ser en Forks, si es que Jacob seguía allí.

—¿Sí? —la voz soñolienta y extrañada de su amigo fue una oleada de felicidad. No sonaba como si estuviera malherido, en el lecho de muerte o cualquier desgracia que se le había pasado pro la cabeza. No, sonaba tan natural como siempre, como si ella estuviera en su casa y Jacob en la reserva. Sonrió como una estúpida, hasta que Jacob volvió a preguntar a la espera de alguna respuesta de su interlocutor.

—Soy Bella —le dijo, con un hilo de voz.

Su amigo soltó una exclamación que rozaba la felicidad. Él tampoco había sabido absolutamente nada de ella y estaba preocupado. De hecho, le resumió todo lo que ya le había explicado a ella dándole un nuevo matiz al asunto: su entusiasmo era por todo lo contrario por lo que Edward se alegraba. Bella hacía una mueca cada vez que su amigo le explicaba cuantos vampiros habían matado en cada 'batalla'. Hasta que Jacob se fijó en que se quedaba callada y no lo felicitaba por sus hazañas como hombre lobo.

—¿Qué sucede? —le preguntó su amigo.

Bella dudó.

—Estás hablando de… de seres como Edward —matizó, aunque ni ella se creía sus propias palabras—. Estás hablando de matar, Jacob.

Casi podía ver la ceja alzada por el escepticismo de su amigo.

—¿Matar a seres despreciables que matan a humanos para seguir con su existencia inmunda? —preguntó entre molesto e irónico—. ¡Por favor, Bella! ¡Lo dices como si te dijera que he matados unos pobres e indefensos cachorritos! ¿No recuerdas todo lo que te han hecho estas horribles bestias? —gruñó.

Bella fue a contestarle, pero no tenía valor. Sabía que Jacob tenía razón, pero tampoco quería reconocer que ella estaba enamorada de uno de esos seres que tantas vidas habían destrozado a lo largo de su existencia. No, ella no quería reconocer que amaba a un monstruo. Porque si lo decía en voz alta, si se lo decía a Jacob, iba a pensar que ella era tan monstruo como los vampiros, y no quería que pensara eso.

—¿Dónde está, Bella? —preguntó de pronto Jacob, furioso.

Primero, Bella no entendió a lo que se refería y se quedó callada. Cuando comprendió que se refería a Edward, su tono también fue más furioso.

—¿Qué te importa? —le gruñó a su amigo.

Escuchó una risa molesta de Jacob.

—¿Sabes a cuantos de los nuestros han matado, Bella? —inquirió—. ¿Quieres nombres? Ellos lo iniciaron, con su estúpido grupo de música. Fueron ellos. Y sabes que los estamos buscando.

Bella no respondió. No podía creerse lo que le estaba pidiendo Jacob. Su amigo, quería matar a alguien que a ella le importaba. Eso no cuadraba en lo que sabía de Jacob. Ése no podía ser su amigo Jacob. Simplemente, era otra persona. Porque Jacob jamás le pediría algo así.

—Jake, yo… —susurró—. No puedo decírtelo.

Eso hizo que su amigo se enfadara y la dejó todavía más desconcertada. ¿Cómo podía ir todo tan mal? ¡Tras tanto tiempo sin hablarse! Notó cómo se le humedecían los ojos y le temblaban las manos. ¿Qué había pasado con Jake? ¿Por qué le pedía eso?

—Solo se ha aprovechado de ti, Bella —le dijo—. Te ha dejado tirada, ¿verdad? ¡Vuelve aquí con nosotros!

Bella se cansó y colgó el teléfono. Él no entendía nada. Él no era su amigo, porque Jacob jamás le hubiera pedido algo así. Jacob no mataba. No. De pronto, se dio cuenta de que estaba llorando. Ahora entendía porque tanto Edward como Julian le habían aconsejado no llamar a su amigo. Pero prefería saber eso a seguir pensando que Jacob era el de siempre. Porque, claramente, no era el de siempre.

Julian llamó a la puerta de su habitación porque seguramente había escuchado su conversación. Pero Bella no repuso así que, a los pocos minutos, escuchó cómo los pasos de Julian se alejaban por el pasillo.

No quería hablar con él. Quería hablar con Edward.

Marcó el teléfono del aludido y esperó. Esperó hasta que los pitidos terminaron. Esperó para darse cuenta, al fin, de que no iba a cogerle el teléfono. Y, entonces, se sintió todavía peor.

Se había encerrado en su habitación, tras una intensa discusión con Carlisle sobre lo que había hecho. Se había encerrado y les había pedido que no le dejaran salir. Pero, en un momento en que Emmett se despistó hablando con Rosalie, Edward aprovechó para huir.

Para escapar y salir de la casa.

Y, fuera, les esperaba Danielle con una sonrisa de oreja a oreja.


Sé que es corto, pero estoy a tope con la U y no tengo tiempo para más. Es corto, pero intenso, porque hay mucha chicha para el desarrollo de la historia, así que… bueno, podríamos decir que es como leche condensada (¿?).

Si puedo contestaré los reviews. Si termino los trabajos os mandaré MP como la otra vez (¡Os gustó!) avisando del adelanto, pero no prometo nada.

¡En mi blog ya podéis encontrar el adelanto del siguiente capítulo!

¡Besos!

Eri.