Cuatro días transcurrieron desde el compromiso de Honey y Tadashi. La tarde del diecinueve de Marzo sorprendió a la feliz pareja en el garaje, a mitad de una videollamada con el resto del equipo de Big Hero 7 para discutir los últimos resultados del laboratorio.
Aún no encontraban nada relevador, pero los hallazgos eran prometedores: mientras más avanzada estuviera la etapa del Hanahaki en que la flor fuera arrancada, mejores y más claras salían las escurridizas muestras aisladas, y vivían por más tiempo para ser analizadas.
Y nadie mejor que los Rivera para proveerles de muestras avanzadas.
—Bueno, sí es un gran avance y todo, pero sigue habiendo un problema. —Reflexionó Wasabi. —Las muestras siguen sin durar tanto tiempo. Son aún demasiado inestables para poder ser utilizables.
—¡Pero Karmi dice que nos vamos acercando a un buen resultado! —Honey Lemon se mantenía positiva.
—Ya, pero no tanto como querríamos. —Gogo frunció el ceño. —Aún sigue perdiendo muestras, me pidió que le enviáramos nuevas dentro de un ambiente más estable.
—Temía que eso fuera s suceder.—Interrumpió Tadashi. —No pasa nada, podemos enviarle más para reemplazar las que ya no le sirven. Hoy por la noche tenemos revisión con los Rivera, podría recibirlas mañana por la mañana.
Hubo una protesta general en el grupo, a excepción de Fred, que parecía no entender nada.
—Tadashi… prometiste que en tu cumpleaños no… —Hizo un puchero Honey Lemon.
—¡Ah! ¡Lo olvidé! —Se sobresaltó el mayor, con una sonrisa nerviosa. —P-pero, Honey…
—¡Viejo, cierto, mañana es tu cumpleaños! Querías que hiciéramos un hanami ¡Casi lo olvido! —Exclamó Fred, a quien la iluminación pareció haber alcanzado. —¡Felicidades, Tadashi!
—Gracias, Fred. —Agradeció Tadashi, con una sonrisa tímida.
—Las muestras pueden esperar a pasado mañana. —Completó Gogo. —Aún tiene bastantes con las cuales trabajar.
—Y tú necesitas tomarte un descanso, hermano. —Afirmó Wasabi ésta vez. —Uno de verdad, ésta vez.
—Pero por una vez no pasa nada, ¿por favor? —Insistió Tadashi.
—No. —Cortó Gogo. —Rendirás mejor si te tomas un descanso, de todos modos.
—¡Tranquilo, hombre! No pasa nada por un día. ¡Incluso los súper héroes se toman sus descansos! —continuó Fred. —Sabes que te queremos mucho, estaremos ahí para que te recuperes.
—Además sería bueno poder estar todos juntos por un momento en tu cumpleaños y relajarnos. —Completó Wasabi. —Ya tengo todo listo para mañana.
—Por favor dime qué no empacaste ropa interior. —Pidió Gogo.
—Oye, la previsión no mató a nadie. —Se defendió Wasabi.
—Empacaste ropa interior.
—Pero… —Intentó argumentar Tadashi una vez más, cuando Honey Lemon se colgó de su brazo.
—¡Anda, Tadashi! ¡No todos los días se cumplen veintidós años! Sólo por ésta ocasión, ¿Por favor?
—¡Sí, hombre! Extrañamos verte. Seguro que a tu hermano y sus amigos de España también les agrada un descanso. —Completó Fred.
Tadashi miró a sus amigos. Sabía que no lo dirían en voz alta, pero entendía lo que pasaba aquí.
Desde la muerte de tía Cass su salud mental no era la mejor. No podía dormir, pensar ni comer bien, le costaba mantenerse con energía, y la escuela se había vuelto más pesada. Sin embargo, al ser el responsable de la casa ahora, no podía permitirse el ir a terapia ni tomarse los descansos necesarios, así que para tratar de mantenerse activo tendía a encerrarse (de modo no muy sano) haciendo demasiadas tareas al mismo tiempo.
Le ayudaba a sentirse útil, a olvidar el Hanahaki, y a sobrellevar la muerte de Cass… después de todo, no puedes pensar en lo que te aqueja si vives ocupado.
Irónicamente, Kyle fue el primero en darse cuenta de que algo iba mal, cuando Hiro le mencionó que Tadashi actuaba "extraño", y dio la señal de alarma antes de que el mayor colapsara por agotamiento.
Al parecer, encerrarte con exceso de trabajo no te ayuda a hallarte a ti mismo en medio de una condición tan sofocante… amanecía con dolores en el cuerpo, de cabeza, y hasta náuseas cuando la escuela se ponía más pesada. Ya no disfrutaba tanto con sus pasatiempos ni la compañía de otros, y cada vez le costaba más ser feliz. Incluso completar a minimax, un robot tan sencillo y tan anhelado por él, le había costado mucha fuerza de voluntad.
Destruido a los veintidós, vaya.
Y, sin embargo...
Agradecía mucho que sus seres queridos permanecieran con él y no le dejaran caer.
Agradecía los esfuerzos de sus amigos y su hermano menor por vigilarlo, aún cuando a veces Tadashi se sintiera demasiado débil para siquiera responderles las llamadas, salir con ellos, o estar en su presencia demasiado tiempo antes de agotarse.
Incluso Kyle, Kyle, con lo exigente que era, le ponía un freno cuando se pasaba. Se aseguraba en su lugar de que comiera bien, y de que a Hiro no le faltara nada. No por nada lo había ascendido.
Suspiró, pero poco después sonrió un poco.
—Supongo que un día sin progreso no afectará a nadie…
El grupo lanzó una alegre exclamación de celebración. ¿Cómo no hacerlo? Era raro cuando Tadashi cedía a relajarse un poco.
Les daba esperanza de que se recuperara pronto.
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La voz de Hiro surgía melodiosa desde su estación de trabajo.
—¡No puedo creer que de verdad se vayan a casar! —Canturreó entusiasmado.
—Felicidades por descubrir que los matrimonios existen. —Le contestó Marco con otro cómic robado entre sus manos, ya bastante harto. Había subestimado lo feliz que se iba a poner de que su diminuta familia pudiera crecer.
A ver, que estaba feliz de que le fuera bien, pero estaría más feliz si lo dejara leer en paz.
Por su parte, Miguel estaba recostado en la cama, fingiendo pereza. Pero en realidad, se sentía terrible, y Hiro no ayudaba. En cualquier otra circunstancia, sería él, y no Marco, quien estuviera felicitando a Hiro y celebrando con él. Pero no podía ser el caso ahora, o al menos no mientras su salud estuviera tan delicada, y ya empezaba a sentir las consecuencias del aislamiento.
Se sentía terriblemente excluido y solo.
—¡Hey! ¡Solo estoy feliz por la boda de mi hermano!
Boda.
Miguel apretó los ojos, sintiendo un cempasúchitl cosquillear su garganta.
A pesar de todo lo que dijo, que sería fuerte, que no preocuparía a nadie más… Ahora mismo no creía tener las facultades para serle fiel a sus propias palabras.
Se forzaba a soportar el dolor, o por lo menos disimularlo lo mejor posible. Cuando incluso, si eras observador, podías ver el dolor reflejado en el andar del moreno: procuraba andar cuando nadie lo veía, o cuando podía auxiliarse de barandales y otras cosas. Caía, tropezaba, no podía mantener la línea recta.
Y también se movía despacio. Un poco más lento, un poco más limitante. Doblaba menos las articulaciones. Y las voces de sus seres queridos se escuchaban como si le intentaran hablar bajo el agua.
—¿Y no puedes estar feliz más en silencio?
—Oh, perdón, ¿Es que Kyle no te sacó a pasear hoy, Marco?
Miguel intentó ignorarlos. Intentó no pensar en el hecho de que a veces, sentía que Hiro le reemplazaba con Marco. De todos modos, a su hermano le hacían falta más amigos, y…
Y él quizá muriera pronto.
Suspiró.
Entre sus nuevas preocupaciones, el pequeño mexicano empezaba a cuestionarse cómo cubriría los nuevos hematomas que salían con cada ataque de celos por Tadashi, transformándose en un nuevo brote. Sus antes brillantes orbes caramelo, ahora estaban opacadas por otros brillos mate, culpa de la fusión de múltiples sentimientos negativos.
Y es que con Honey y Tadashi en el café, con sus tiernas demostraciones de amor, besos castos y caricias traviesas, y con la desbordante alegría de Hiro, a quien no tenía el corazón de callar porque seguía estando enfermo (por su culpa) y que hace mucho no era feliz…
Era imposible para Miguel no ahogarse en celos, fuera por su mejor amigo y Marco o por Tadashi. Y claro, con tanto sentimiento negativo flotando siempre estaba siendo perforado poco después por otro botón de cempasúchitl, ya sea en la espalda o en alguno de sus brazos, incluso en las pantorrillas o en el pecho...
Dolía.
Dolía intensamente cada vez que debía cambiar los vendajes para ocultar las flores que invadían su cuerpo, cuando debía limpiar la sangre seca que quedaba como rastro de los botones que rompían nuevas secciones de piel, cuando tenía que usar su sudadera casi a diario, cuando empezaba a sufrir de hemorragias nasales cada cierto tiempo.
Le era imposible no derramar lágrimas de completa agonía cuando al ducharse, el agua se deslizaba por su morena y magullada piel. Se le estaban acabando las excusas para los ojos rojos y la nariz moqueante cuando salía del baño.
Sentía que no aguantaría mucho en ese lamentable estado.
¿Cuántos días llevaba así?...
No importaba realmente.
No quería contar el pasar de los días.
No quería contar los segundos de su agonía.
—…¿Qué tiene que ver Kyle en todo ésto? —Siseó Marco.
—Oh, no. Nada, nada… ¿Verdad, Miguel?
Su nombre le obligó a reaccionar.
Estaba lo suficientemente fatigado como para desearle un fin conciso a su dolor, en su cama y sin energías para nada, ni siquiera sonreír. Sin embargo, al virar sus orbes hacia donde se encontraba el monitor del japonés, chocaron con la delgada y pálida figura de su amigo asiático, quién trataba de ponerse al corriente con sus estudios con una sonrisa enmarcada en sus labios.
Inmediatamente a la derecha de Hiro, su hermano mayor, quién rodaba los ojos y continuaba su lectura.
Cierto...
Ellos eran parte de su razón para soportar su tormento entre pétalos color naranja, marcas dolorosas en su piel y la sangre que derramaba por Tadashi. Aún si Hiro reemplazaba su amistad con Marco, lo prefería a dejarlo solo y a su suerte.
Cuando las achocolatadas orbes de Hiro chocaron con las de Miguel, el susodicho le dió de costumbre una sonrisa apagada, apenas curvando sus labios, para después desviarlas a un punto en la nada absoluta.
¿Que le había preguntado?
—Ah… Sí. —Respondió.
Trató de desviar sus pensamientos a otros lugares, unos menos agónicos...
—¿...guel…? —Escuchó entre sus dolores de cabeza.
Se hallaba en su cama desde hace un buen rato, en una posición algo incómoda y cansada, pero no podían culparlo. Era la única forma en la que las flores no lo lastimaban cuando éstas eran aplastadas por el peso de su propio cuerpo.
Y cuando cerraba los ojos…
Podía ver un mundo donde la gente podía enamorarse sin miedo. Donde nadie, ni su mejor amigo ni su hermano mayor, tenía que morir simplemente por sentir algo bello. Aún si te rechazaban... ¿No sería lindo poder volver a empezar sin miedo a fallecer en el intento?
Pero, más que nada...
—¿Mi… el…?
…Quería ver a Hiro sonreír.
Su cara asustada, triste, preocupada, con jaquecas y lleno de píldoras no le iba… lo quería sano, lo quería fuerte… si no podía curarle el corazón roto al menos quería ayudar a erradicar el hanahaki.
No necesitaba nada más que su sonrisa para que el dolor valiera la pena. Igual a la sonrisa que había tenido al atardecer entre los cerezos, antes de que él, en su estupidez, arruinara todo...
Y gracias a ese pensamiento, dudando en este punto si era bueno o malo, recobró un poco sus fuerzas, sin embargo, la luz en su mirar... no.
Respiró con lentitud, buscando calmar, aunque sea mínimamente el dolor que le atormentaba. Aún con los ojos cerrados, sin percatarse de nada a su alrededor.
Ni siquiera de la atenta mirada de Hiro, que desde su vacía respuesta le miraba fijamente.
Hiro estaba preocupado. No importaba el dolor que le aquejaba en la parte frontal de su cabeza, eso era mínimo comparado con las jaquecas de hace algunos ayeres. Y además, el comportamiento de Miguel era más importante, era cuestión de prioridades y el poco sentido de la autoconservación de los Hamada.
Cuando Marco abandonó la habitación con la excusa de ir a robarle comida a Kyle, el genio de la robótica empezó analizar las cosas con calma, mirando en retrospectiva los sucesos acontecidos desde la propuesta de matrimonio de su hermano mayor y los eventos posteriores a éste.
Era verdad que Miguel estaba deprimido desde entonces, pero ¿cómo podía ayudarlo a mejorar emocionalmente?
¿Hace cuánto tiempo su amigo mexicano no tocaba la guitarra?
Mucho tiempo. Primero, lo dejó de lado por atenderlo. Pero… a pesar de que ahora sus atenciones se habían reducido…
...Miguel seguía sin tocar la guitarra.
—Miguel… ¡Miguel!
El mexicano por fin abrió los ojos y dirigió su mirar hacia el japonés, en señal de que le prestaba atención sin responder realmente.
¿Desde cuándo el moreno ya no lo cuidaba como antes? No recordaba la última vez que había tratado de obligarlo a comer frutas y verduras.
—¿Estás bien?... Te noto un poco… ¿Ido?
Miguel sostuvo la mirada de Hiro. No sabía cómo responder a esa pregunta sin mentir, ya no estaba seguro de muchas cosas.
¿Sería lo correcto responderle con la verdad a su mejor amigo? Sí, si lo que quería era que escupiera pétalos de sakura hasta la muerte. El solo pensamiento hizo que un escalofrío recorriera por la espalda de Miguel.
Porque Hiro no había mejorado. Aún tenía ojeras, aún lo veía, en ocasiones, sufrir de arranques de tos con pétalos. Aún tenía el tylenol a un lado de su cama, aún luchaba con la dosis de medicamentos día a día.
...Lo extrañaba. Lo extrañaba mucho. Añoraba los días en que las cosas eran más simples y menos dolorosas. Pero… esos días se habían ido, y en parte había sido su culpa por rechazarlo, y ahora no debía de joderlo más.
Tenía que inventarse algo, lo que fuera. Ya por supervivencia, ya por salvarle la vida a alguien más. Odiaba mentir, ¿En qué momento se vio forzado dentro de una red de mentiras que no podía parar de enredarse?
—Tranquilo, Hiro. —Le sonrió. —Sólo estoy... un poco cansado. El drama del Hanahaki... Me cansa mucho… Yo… me gustaría que todos se pudieran recuperar pronto.
—…Oh… Sí… eso… de verdad apesta.
—Mucho. —Intentó sonreír débilmente el moreno. —Si tan solo pudiera ser de más ayuda…
Hiro se mordió el labio inferior. Luego se sentó sobre el suelo, apoyando los brazos a un costado de la cama de su amigo.
Le sorprendió mucho ver que Miguel se alejaba de él.
—¡Hiro, no! ¡No te acerques!
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
No, no estaba bien. Le dolían las flores, le dolían las mentiras, le dolía ver que Hiro se acercara más a Marco y a Kyle en su ausencia, le dolía el compromiso de Tadashi, le dolía no poder demostrar su amistad a su mejor amigo por miedo a matarlo, y sobre todo…
Le dolía no poder acelerar la cura del Hanahaki.
—Estoy… estoy muy bien. Pero no creo que sea buena idea acercarnos. No quiero que vuelvas a toser.
—Ah… cierto, lo olvidé…
Hiro se mordió el labio. No había modo de ganar.
Sabía que Miguel estaba mal y necesitaba de su ayuda, su amistad y un abrazo más que nunca, ya que él siempre fue muy afectivo, pero… si lo hacía, recaería en esos estorbosos sentimientos y el esfuerzo de ambos iría a la basura con una recaída. Pero saber que no podía ayudar a su mejor amigo cuando más le necesitaba… dejarlo torturarse en silencio…
… no poder hacer nada. Tener las manos atadas.
—Soy un inútil. —Se quejó el menor. Cosa que alarmó a Hiro, al haber escuchado la misma frase de parte de su hermano mayor cuando creía que no lo escuchaba. —No puedo hacer nada más que ayudar con la investigación.
—Ya has hecho bastante, Miguel. Sólo mírate, estás hecho polvo.
—...Sí, pero… ¿De qué sirve si aún no estás curado?
Hiro abrió los ojos en sorpresa, y miró a su amigo. El moreno parecía estar casi penando.
El héroe tragó saliva y tomó aire y valor para contestar.
—...Yo también quisiera que la enfermedad se erradicara. Pero… no creo que sea tu culpa que no lo haga.
Miguel calló.
—...Oye… Miguel… —Prosiguió Hiro, llevándose una mano a la nuca. —…Ya has hecho bastante… y, te lo agradezco. Pero, uhm. Tampoco quiero que te agotes por ello, así que… lo que quiero decir es, descansa un poco y no te fuerces.
—… Hiro…
Yendo contra la recomendación de evitar todo contacto físico con su amigo por su propia salud, Hiro trató de tomar su mano para manifestarle su apoyo.
Dolió cuando Miguel se movió y la rechazó. No por amor, porque de otro modo las sakuras habrían explotado, si no porque se sentía como si su amistad ya no fuera lo mismo. Como si el Hanahaki estuviera rompiendo todo lo que era importante para él.
Miguel también odiaba alejarse de él, podía ver que hería a su mejor amigo. Pero lo prefería a ver a Hiro muerto. Y, hey, era lo correcto, ¿Verdad? La última vez que tuvo contacto con él y casi lo mata, Kyle se lo dejó saber muy bien.
—Hiro… n-no lo hagas más difícil, por favor.
—...Lo siento, pensé que ayudaría.
—...S-sí lo haría. Pero... n-no quiero que te vuelvas a enfer…
—¡Lo sé, lo sé! —El genio resopló frustrado.
El Hanahaki no podía crecer si las personas no se hacían ilusiones. Las flores no podían ver ni reaccionar a cuerpos ajenos, ellas sólo podían crecer al momento en que su usuario sintiera el dolor del rechazo amoroso, y era todo. Miguel no quería ver a Hiro en su misma agonía, y por eso era mejor no darle pie a que se hiciera ilusiones. No importaba qué tanto lo echara de menos.
Hiro se retorcía en soledad internalizada. Su primer amigo. Su mejor amigo. Y ésto se ponía entre ambos.
¿Era ésto realmente lo que querían? ¿Evitarse y empujarse para no morir? Porque, lo habían logrado pero… no estaban felices.
Por un momento, Hiro cuestionó su propio plan de supervivencia. ¿No sería mejor morir rodeado de afecto y de tus seres queridos, que vivir evitándolos por miedo a lo que pudiera pasar? ¿Valía de verdad la pena separarse?
Casi sentía como si lo estuvieran obligando a elegir entre Tadashi (vivir) y Miguel (morir).
Se pateó internamente. Si no se hubiera enamorado de su mejor amigo, ésto no estaría pasando.
A lo mejor no era tan malo operarse… a lo mejor sí le diría a Tadashi, con todo el tacto que pudiera. Porque, sinceramente, ésto se estaba volviendo ridículo, y una tortura innecesaria.
Miguel sintió una mezcla de emociones en su interior. Culpa de esconderle las cosas a quien solía contárselas, dolor de no poder tenerle cerca.
Lo extrañaba mucho. Hiro era un bálsamo para el alma, para sus heridas.
Pero era mucho pedir ahora. Tenía que guardar su distancia.
Hiro miró a su amigo hecho bolita en la cama. Cansado, tan cansado… y él mismo moría de cansancio también. Añoraba más que nada recostarse al lado de Miguel, dormir, y que el mundo frenara por un momento.
...La cabeza le estaba empezando a doler.
… Si no podía ayudar a Miguel, buscaría a alguien que sí. Aunque le doliera el orgullo admitirlo, no podía hacerlo él. Ya… ya no.
—... Llamaré a tu hermano mayor para que te ayude. Te ves mal.
—… Gracias. Y... Lo siento.
Hiro miró a su mejor amigo. La más tierna y posiblemente ilegal mirada de cachorro lo recibió. Se mordió los labios, miró a varios lados, y suspiró. ¿Así, cómo se suponía que no se enamorara?
—Te he dicho que nada de esto es tu culpa.
Caminando despacio con tal de no marearse, salió de la habitación en pos de Marco. Todo mundo en esa casa estaba enfermo, débil, cansado, o escondiendo su condición, por lo que Baymax no se daba abasto desde hace un buen tiempo, yendo de un lado a otro haciendo de enfermera de incógnito. Si no era urgente, era mejor no llamarlo.
Miguel le miró retirarse, y tan pronto Hiro desapareció de su campo de visión, cerró los ojos y tomó un respiro, concentrándose en pretender que las flores no dolían y dejando salir una lágrima.
Extrañaba a Hiro. Muchísimo.
Los minutos pasaron como segundos, cuando volvió a abrir los ojos, Marco ya estaba a un costado suyo con cara de preocupación.
—El japo me contó todo. Te ves como la mierda, Miguel. ¿De verdad estás solo cansado? —Preguntó Marco con una ceja alzada y en un susurro.
Claro. Él sabía del Hanahaki. Miguel se alivió de al menos tener a alguien a quien poder decirle un fragmento de verdad.
—...Tadashi. —Murmuró.
Marco frunció el ceño.
—¿Necesitas un hospital?
Miguel sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—N-no. Tampoco tanto así. Además, uhm, somos inmunes, ¿cierto? Las flores están bajo control para mí, pero un médico no va a saber qué hacer.
Uy, sí, bajo control, cómo no.
Marco rodó un poco sus orbes ambarinas, diciéndole de manera implícita a Miguel que nadie se tragaba esas palabras.
El Rivera mayor se sentó al borde de la cama mientras observaba a su hermano menor, quién nuevamente había cerrado sus ojos, frunciendo levemente el ceño.
Al igual que el genio de la robótica, Marco se jactó del cambio de actitud severo de Miguel y, lamentablemente, éste seguía cambiando conforme pasaban los días.
El Rivera de orbes ambarinas comenzaba a extrañar la boba sonrisa y el corazón altruista de su hermano.
Y es que, desde que este cambio de actitud en Miguel se hizo tan notorio, Marco comenzó a temer de que en algún movimiento brusco, llegaría a lastimar en serio a Miguel.
Últimamente parecía que se rompería con el roce del viento en sus mejillas.
Últimamente parecía que se opacaba cada vez más, ya no reía… Ya no sonreía como antes.
Últimamente, sus ojos ya no brillaban con la misma luz curiosa del mundo…
¿Qué podía hacer él para aliviar un poco a Miguel del peor síntoma del Hanahaki?
¿Cómo se volvía a pegar un corazón roto?
No le tomó mucho tiempo llegar a la mejor solución, si el remedio casero no servía, era hora de ir con el especialista.
—Agarra tus cosas, iremos al hospital antes de que empeores...
Miguel abrió por completo sus ojos al escuchar eso y el dolor que invadía su cuerpo fue cambiado en un milisegundo por una sensación eléctrica helada que recorrió toda su columna.
Se podía notar el miedo que esa simple frase provocó en Miguel.
Si iban, Marco se iba a enterar. No, deja eso. Si iban, todo el hospital iba a ver lo que estaba pasando, avisarían a sus padres, a los Hamada… Hiro se iba a enterar. Todo mundo se iba a enterar, ¡iba a ser un desastre! Lo tendrían internado y…
...Tadashi ya no lo iba a poder estudiar. Si lo llevaban ahora… todo, absolutamente todo, habría sido en vano. No había mucho que ganar, y sí demasiado que perder.
Si lo curaban ahora...
No sería de ayuda y no encontrarían la cura para el Hanahaki.
Eso era… mil veces peor a que todo mundo se enterara.
Debía persuadir a Marco, por su salud y su futuro con su mejor amigo, o con Kyle, o con quien rayos quisiera. Debía disuadirlo si quería ver a Hiro curado. Por el bienestar de Tadashi. Por… bueno, todos.
—N-no… Marco… por favor no...
Marco le lanzó una mirada afilada. Pero para su sorpresa, no se encontró con rebeldía de parte de Miguel. Si no con lágrimas, y una mirada de súplica, y un temblor en su cuerpo.
—L-la única razón por la cual estoy en San Fransokyo, es porque estoy enfermo… s-si vamos, ya no seré de ayuda, y tendré que irme a casa… —Sollozó levemente. Decidió omitir la parte de que estaba dejando que las flores se lo comieran vivo. —N-no quiero irme aún. Quiero ayudar. Y quiero pasar tiempo con Hiro ahora que puedo… por favor...
Marco abrió los ojos, seguro de que ése último se le salió por accidente a su hermano. Dijo… pasar tiempo con Hiro… Entonces, ¿estaba funcionando, eh? Al parecer sí se estaba enamorando aunque aún no se diera cuenta…
Sintió que los pétalos de celosía cosquilleaban su garganta, e hizo lo posible por aguantarse. A pesar de saber que era lo mejor, su enfermedad aún reaccionaba… dolía.
Dolía muchísimo.
—Marco… Por favor no me lleves al hospital. Ya no quiero estar solo. —Pidió Miguel.
Marco se pateó mentalmente por ser débil ante esa mirada de súplica llena de lágrimas y desesperación. No, no podía ceder. Su hermano muy probablemente necesitara un hospital pronto, tenía que ir ahora que estaba empezando a agotarse y no seguir esperando. Tenía que mantenerse firme. ¡Él sabía que era lo mejor! ¡Maldita sea, Miguel, deja de verlo de ese modo tan vacío de esperanza!
...No iba a poder hacerlo. No podía hacerlo.
—…Supongo que el hospital puede esperar. —Terminó por ceder.
Se abofeteó mentalmente por su propia debilidad, rogando a todos los cielos que ojalá pronto terminara de caer por Hiro, porque él era demasiado débil para negarle las cosas. No podía contra su agonía. No podía.
—… Gracias, Marco.
Miguel le dirigió la mirada más dulce que Marco no había visto en él en mucho tiempo. Sin duda… era perfecto para Hiro.
Perfectos el uno para el otro…
—… Bueno, al menos Hiro y Tadashi son hermanos y se parecen. Ya sabes lo que dicen, un clavo se saca con otro clavo.
—Marco, no. —Miguel se cubrió con la almohada.
—¿Cómo de que no? Si el sushi de camarón te cabe mejor que el de salmón.
—¡Marco, guácala! ¡Eso es asqueroso! —Miguel se rió.
—Piensa en los bisnietos superdotados que le podrías dar a mamá Elena. —Sonrió. —No importa si no te puedes embarazar, igual lo puedes intentar.
—¡Marcoooo! ¡Qué asco!
—Es que los condones gringos aguantan más que los del seguro social, así que vas a tener que darle al doble.
—¡Marco Rivera!
—Quiero ser tío, Miguel.
—¡Ya! ¡Le voy a decir a baymax que me estás molestando!
—Bueno, ya, si no me vas a dar sobrinos, ¿al menos me dejas cantarte algo para que puedas dormir?
Miguel parpadeó ante el cambio de actitud. Eso no lo esperaba. Lo miró con curiosidad, pues Marco no solía arrullarlo para dormir.
—...C-claro. ¿Por qué no? Gracias, Marco.
Marco tomó aire.
—… Quiero… —Empezó a cantar. —A la sombra de un ala… contar éste cuento en flor. La niña de Guatemala...
Marco le dirigió una mirada de reojo a Miguel.
—La que se… murió de amor...
—...No me voy a morir, Marco. —Dijo Miguel, a pesar de sentir que estaba mintiendo.
Marco no contestó.
En su lugar, lanzó un largo y potente "ah" vocalizado, llenando el vacío de la habitación con su canto.
Un canto casi fantasmagórico, casi un lamento de sirena. Su voz rebotó en los alrededores y se refugió dentro de las figuras de acción de Hiro. Se deslizó entre los papeles y los muebles de la habitación. Trepó de las paredes al techo, y bajó vibrando y cimbrando por el suelo. Un hipnótico sonido que hizo que Mochi levantara las orejas, haciendo que Hiro volteara en dirección al cuarto preguntándose por qué él no podría hacer lo mismo, y que, si bien no llegó a los oídos de Honey y Tadashi por estar demasiado lejos, sí llegó a los oídos de Kyle.
Marco.
—…¿Me puedes cubrir? Tengo que ir a investigar. —Pidió el chef a Wasabi, quien estaba ayudando por el día.
Sin esperar respuesta, le cedió el mandil y empezó a subir, siguiendo esa voz que ahora ya conocía lo suficiente como para distinguir que su portador estaba emocionalmente herido.
Algo pasaba.
Pero no esperaba cruzarse con Hiro en el camino. Notó que el genio lucía preocupado por algo. Dudó un poco sobre si debía de ir con Marco o quedarse ahí. Una cosa era que Marco le fuera a buscar a su cocina, y otra muy diferente ir a buscarlo él cuando había testigos presentes. Al final, decidió parar a un costado de Hiro, le revolvió el cabello y le dedicó una pequeña sonrisa para subirle un poco el ánimo, luego señaló hacia arriba con un pulgar.
—¿Y eso?
—Oh, uhm… Marco está con Miguel, creo.
Kyle frunció el ceño. Miguel.
Definitivamente no subiría.
—¿Por qué está…?
Pero la voz de Marco lo interrumpió, y volvió a llamar su atención.
—Eran de lirios los ramos, y las orlas de reseda
Kyle alzó una ceja en curiosidad. Marco se expresaba cantando, pero él no sabía español.
A menos que...
—¿Sabes español, Hiro?
—¿Ssssí? Lo empecé a practicar cuando Miguel y yo empezamos a hacer llama-…
—¿Podrías traducirme lo que está diciendo?
—Y de jazmín la enterramos en una caja de seda.
Hiro parpadeó, como perdido. Pero finalmente empezó a traducir la canción para Kyle.
Tuvo que apresurarse para traducir desde el inicio, pero al menos lo hacía bien,
—Ella dió al desmemoriado, una almohadilla de olor. Él volvió, volvió casado; ella se murió de amor.
En la habitación, Miguel escuchaba a su hermano cantar con una débil sonrisa.
Sabía perfectamente que la canción era para él. Quizá le estaba intentando hacer recapacitar, pero a éstas alturas prefería más bien tomarla a como si estuviera dándole la bendición en caso de que no pasara la noche.
—Iban cargándola en andas, obispos y embajadores; detrás iba el pueblo en tandas ¡Todo cargado de flores!
Abajo, Kyle frunció el ceño mientras escuchaba la traducción, sabiendo que Marco no solía escoger las canciones sólo porque sí.
Ahora que lo pensaba… ¿cuándo fue la última vez que había visto a Miguel?
No le había visto tratar de robar fruta para Hiro desde que fue la propuesta de matrimonio de Tadashi…
Recordó lo que Marco le había dicho, estando casi seguro de que tenía algo que ver con su súbita desaparición. Casi sintió culpa de no subir a ver lo que estaba sucediendo.
Se mordió el labio y miró al menor de los Hamada, cuyo cerebro estaba ahora más concentrado en traducir (rápido, a tiempo real y en voz alta) que en poner atención a lo que la canción estaba diciendo. Y con buena razón, porque si se hubiera puesto a poner atención a la canción no dudaba que hubiera hallado la conexión.
Kyle se mordió el labio, entre frustrado, preocupado y desanimado. Hiro no tenía ni idea de que Miguel sufría por Tadashi. Si lo supiera, probablemente se terminaría de romper. Y por ello… bueno, digamos que no le deseaba la muerte al mexicano, pero tampoco le caía muy bien.
Hiro…
¿Por qué escogerías a Miguel?
—Ella por volverlo a ver, salió a verlo al mirador. Él volvió con su mujer, ella se murió de amor.
Kyle sabía que no era algo que se pudiera controlar, o decidir. Y sabía, muy bien, la razón por la cual, dentro, muy dentro de él, aún le molestaba tanto. Sabía que no era culpa de Miguel, sabía que no tenía caso molestarse con Rivera por eso…
Sabía que odiar a Miguel Rivera era su propia culpa.
Y sin embargo, aquí estaba. Haciendo berrinche y dejando que eso le impidiera subir, a pesar de la preocupante letra.
Marco, en el piso superior, simplemente le cantaba a su hermano, quien yacía en una posición algo extraña en la cama pero sonriendo apaciblemente. Quedándose dormido de a poco, parecía lo mínimo que podía hacer por él.
Se le escapó un suspiro.
—Como de bronce candente, al beso de despedida… ¡Era su frente la frente que más he amado en mi vida! Se entró de tarde en el río, la sacó muerta el doctor. Dicen que murió de frío, yo sé que murió de amor.
Podía verlo. Miguel cerraba los ojos, al parecer dejándose llevar. Debía de estar bastante cansado para ello… lo entendía, él tenía la misma enfermedad y era agotadora.
—Allá, en la bóveda helada, la pusieron en dos bancos; besé su mano afilada, besé sus zapatos blancos.
Marco cerró los ojos y volvió a lanzar un canto que más bien parecía un lamento, dejándose llevar en la melodía. Se dejó todo el aire haciendo la nota tan larga como le fue posible. Tan larga que parecía infinita.
Su aliento se terminó. Pausó. Respiró.
Para cuando volvió a bajar la mirada, Miguel ya estaba dormido. Se le quedó mirando por un momento.
Casi se veía muerto. Casi.
Pero aún le veía respirar.
—… Callado, al oscurecer… me llamó el enterrador.
Era débil cuando se trataba de su hermano. Y le iba a costar la vida si no se movilizaba pronto. Lo sabía, por supuesto que lo sabía…
Pero no podía hacerlo.
—…Nunca más he vuelto a ver… a la que murió de amor.
Finalmente, lo cubrió con la manta y acarició un poco su cabello con el cuidado con el que se acariciaba un pétalo para no magullarlo, para no matarlo... Luego se levantó, alejándose poco a poco en dirección a la puerta, mientras dejaba salir su último canto alargado.
—… Más te vale que pases todo el tiempo que quieras con el japo, Miguel. —Susurró.
Salió de ahí apresuradamente en busca de un baño a donde poder toser las celosías enteras que amenazaban con salir de su garganta.
A Kyle, algo se le había fragmentado en el interior. Necesitaba un cigarro.
Y a Hiro, una punzada dolorosa se le clavó en las sienes, esperaba que al menos Marco haya logrado aliviar un poco a su mejor amigo, ya que él era inútil…
Un sonido llamó la atención de ambos. Marco, que no les había visto, pasó corriendo, tosiendo un reguero de sangre y celosías para terminar encerrándose en el baño. Le escucharon toser poco después, cosa ya más que preocupante.
Kyle se debatió internamente, una vez más, entre ir a ver a Marco u ocuparse de Hiro.
Por un momento, recordó sus labios llenos de sangre seca, su cuerpo recostado en cama tras haber dormido todo el día, sus ojos ámbar mirándole con preocupación disimulada durante la pedida de mano de Honey y su voz nerviosa confesándole que él también estaba en riesgo de morir, pretendiendo mantenerse fuerte cuando se estaba derrumbando mientras que Kyle veía a través de él.
Por otro lado, también recordó la imagen de Hiro robándose su motocicleta y chocando con la misma, las épocas en que no podía contarle las cosas a su hermano y terminaba por contárselas a él, sólo para ultimadamente botarlo al final del día e irse con Miguel. Un Hiro que no sabía que su propio hermano mayor le había arrebatado lo que más quería.
Si iba con Marco, Hiro iba a terminar yendo con Miguel otra vez, y eso o bien contribuía al plan de Marco de juntarlos, o sería el cuento de flores y amores no correspondidos de nunca acabar. Si iba con Hiro, el estado de salud de Marco iba a ser incierto, pero al menos tendría al menor vigilado, bajo control, y tranquilo.
¿Debía preocuparse más de la integridad de Hiro, o del hecho de que Marco acababa de salir corriendo al baño?
Cerró los ojos mientras pensaba...
—Oye, enano. —Kyle llamó a Hiro.
—¿Qué pasó?
Kyle sentía los labios secos. No sabía si estaba tomando la decisión correcta.
—¿...Quieres salir a dar un paseo en moto? —Escupió, y así, su posición quedó anclada y afirmada. Listo, no había marcha atrás.
—¿Eh? Ah… uhm… ¿Sí? —Hiro lucía confundido. —Pero… ¿No crees que Marco…?
—Estará bien, no te preocupes. Ahora vamos.
—Pero estás trabajando.
—Hey, lo que Tadashi no sepa no le va a afectar.
—¡Kyle! —Se rió un poco Hiro. Kyle le revolvió el cabello.
—¿Vienes o qué? Te espero abajo.
Kyle bajó las escaleras con el menor de los Hamada siguiéndolo de cerca. Bueno, ya había tomado su decisión.
A Marco le conocía de hace algunos meses. Era un imbécil, pero solía tener un plan para todo y las cosas bajo control. Si bien estaba algo nervioso por saber que lo estaba dejando a su suerte, y más sabiendo que el Rivera muy probablemente estuviera escondiendo una soledad que no iba a admitir ni en su lecho de muerte, estaba haciendo su mejor esfuerzo por mantenerse positivo al respecto.
Pero a Hiro, por otro lado, le conocía de hace mucho más tiempo y tenía una historia más complicada. Era mucho más vulnerable, y lo peligroso era que no sabía exactamente qué tan vulnerable era en realidad. Y Kyle… bueno, tenía la mala costumbre de ser débil ante las personas heridas.
—¿Kyle, estás bien? Te ves pensativo. —Preguntó Hiro, colocándose el casco.
—Sólo estoy viendo que la moto esté en orden.
—Ajá… —Hiro sonrió de medio lado. —¿Sabes qué? A mí se me hace que estás preocupado por Marco.
Un escalofrío recorrió a Kyle.
—Te voy a dejar aquí como no cierres la boca.
A decir verdad… tenía otra razón más egoísta para elegir irse con Hiro y no velar por Marco. Una razón que recordó cuando Hiro montó detrás de él y enredó sus brazos alrededor de su cintura para no caer en cuanto se puso en marcha. Pero esa no iba a admitirla porque entonces ya no iba a poder con la culpa de dejar a Marco solo.
Kyle... le había dicho una mentira muy grande a Marco. En su momento, no pensó mucho al respecto. Pero entonces Marco empezó a tenerle confianza. Se empezó a abrir a él, siempre llegaba a espantar su soledad con sus estúpidos coqueteos y bromas de mal gusto. Ahí donde Hiro, Tadashi, o Honey lo habían dejado de lado sin querer, Marco llegaba y le daba su espacio y su valía.
Qué horror que alguien se acerque tanto a ti. Hace que el peso de las mentiras que les dices te asfixie más y más.
Y por eso prefería irse en moto y no pensar mucho en el hecho de que lo había dejado tosiendo celosías. Sí, a lo mejor era un poco cobarde y muy hijo de puta de su parte. Quizá Marco le perdonara su cobardía, quizá no. Quizá le diera igual y en realidad todo ésto fuera tan solo Kyle ahogándose en un vaso de agua al estar asustado de que una persona a quien conocía de hace tan poco tiempo le estuviera haciendo un espacio tan grande en su vida.
Quizá temía lo que pudiera pasar si se acostumbraba a su compañía.
—En serio, si estás dudando podemos regresar a echarle un vistazo. —Ofreció Hiro. —O pasar a una farmacia por medicinas para él.
—… —Kyle titubeó.
Quizás no estaba ofreciéndole un aventón a Hiro, si no que más bien estaba huyendo de lo que podía esperarle si Marco se acercaba más, y se aferraba a su pasado del mismo modo que el Hamada menor se aferraba a su cintura. Porque el pasado que ya conociste es más cómodo que el futuro que no conoces.
Hiro le intimidaba mucho menos que Marco, porque Hiro era parte de su pasado. Y siempre es más fácil aferrarte al pasado.
Intentó justificarse una vez más. Que si, de todos modos, no se podía fumar en los interiores del café. Que si fumar lo ayudaba a relajarse y no iba a poder hacerlo a un lado de Marco. Y que si no fumaba, no iba a poder esconder entre el humo del tabaco el recuerdo de un pasado con olor a gardenias que aún le dolía, que aún no podía dejar ir como una especie de necio, que insistía en esconderle a Marco con mentiras que ni él se creía y no entendía cómo es que el Rivera mayor aún le creía tan incondicionalmente.
Marco lo asustaba. Lo asustaba porque estaba lleno de cosas nuevas que no conocía y que ahora podían formar parte de su vida, tanto buenas como malas.
Para alguien que se había quedado estancado en un vasito de agua y que nunca se había realmente preparado a empezar de nuevo… ver un cambio así, un nuevo inicio, llegar tan de repente (y sin pedirle permiso, como todo lo que Marco implicaba) a su vida y tumbando todo lo que conocía…
Era aterrador. Y se estaba quedando sin espacio para retroceder en el terreno que Marco poco a poco le iba ganando.
—Okay, ¿sabes qué? Hay una farmacia tres cuadras adelante. Hagamos una parada ahí, claramente te preocupa.
—Estará bien. —Gruñó.
—¡Ni tú te la crees!
Kyle resopló de frustración, pero evitó pasar por la farmacia de todos modos, a pesar de que la culpa se lo comía vivo.
Y era por ese tipo de cosas que estaba solo.
.-.-.-.-.-.-.-.-.
Kyle regresó al Lucky Cat junto con un Hiro mil veces más relajado que él mismo y dos o tres cigarrillos menos en la cajetilla. Conforme las horas en el trabajo fueron pasando, el peso de su culpa y su ansiedad le fueron ganando.
Terminó por explotar. Hiro le vio lanzar las manos al aire con un exasperado "ESTÁ BIEN, VERÉ CÓMO ESTÁ", para posteriormente arremangarse y a paso tenso empezar a buscar a alguien por la casa.
—Hiro, ¿Dónde está Baymax?
—¿...? —Hiro puso cara de confusión.
¿Cómo que "dónde estaba Baymax"?
La pregunta no tenía sentido, pues el interés en la robótica de Kyle era cercano a cero. Hiro estuvo a punto de encogerse de hombros al desconocer la respuesta, pero en ese momento el rechoncho robot emergió de, al parecer, el laboratorio de estudios de Tadashi. Le vieron dirigirse a las escaleras, respondiendo la pregunta sola.
—¡Baymax! —Interceptó Kyle, haciendo que el robot volteara. —¿Sabes algo de Marco?
Baymax parpadeó, y dio unos pequeños pasitos para ajustar su rotación y quedar frente a Kyle.
—Marco no está. Se fue a revisión médica con Honey hace un momento. —Habló con calma. —¿Quieres dejarle un mensaje?
Kyle maldijo por lo bajo y se pateó mentalmente. Demasiado tarde para ir a buscarlo… tendría que esperar a mañana, pues para cuando saliera su turno ya habría pasado su hora de salida. ¿O se quedaba más tiempo?
Hiro por su parte no notó el dilema de Kyle, concentrado en otra cosa que le preocupaba ahora que veía al robot... ¿Por qué estaría Baymax afuera, si Marco ya estaba en revisión…?
—¿Tú no deberías de estar con Marco...? —Preguntó.
—Miguel se ha retrasado. Tadashi me ha mandado a ver si está bien. —Respondió Baymax con calma.
Un escalofrío y un mal presentimiento recorrieron la espalda de Hiro.
No debió de dejarlo solo cuando lo vio tan mal.
—Y-yo… yo también voy. —Dijo Hiro, preocupado de que algo le hubiera pasado a su mejor amigo en su ausencia.
Se adentraron en la habitación, dejando atrás a un preocupado Kyle que se debatía entre irse a casa o quedarse otro momento (aunque de todos modos, no parecía querer nada con Miguel), y echaron un vistazo a la cama.
Miguel seguía recostado en la cama, con Mochi ronroneando entre sus brazos.
—Está dormido. —Dijo Baymax.
Hiro soltó un suspiro de alivio y se pasó la mano por la cara. Bien, eso debía de ser lo más terrorífico que le había pasado por la cabeza en el día.
Intentó poner su mano sobre el hombro de su mejor amigo para despertarlo, pero recordando su rechazo y sus razones para no tocarlo, optó por una alternativa. Tomó un desarmador de su escritorio y empezó a picarlo con él.
—Miguel. Miguel, despierta.
Su amigo abrió los ojos, fuera de foco y con una cara de sueño que era hasta contagiosa.
—Cinco minutos más, mamá Elena…
—…Eso ofende, tonto. —Contestó Hiro, alzando una ceja indignado de que le confundieran con una abuela.
—Ah… Hiro. Hola. ¿Qué pasa?
—Tienes que ir a tu revisión con Tadashi.
Miguel sintió que un peso se instalaba de nuevo en su estómago y se preocupó. No hallaba un modo de mantener la distancia con Tadashi, o de esconderle su condición, y estaba demasiado ido para pensar en un buen plan.
Oh, maldita sea, Baymax estaba en la misma habitación con él. Rápidamente se tapó con las cobijas, intentando esconder al máximo lo que fuera de las flores, si es que se pudieran ver.
—¡Ah! E-eeeh… ¡G-gracias, Hiro! —Sonrió nerviosamente. —Ahora voy. Ehm… ¿Me… dan un poco de espacio para poder cambiarme?
—Soy un robot, no tienes que avergonzarte por que yo esté presente.
Hiro, por otro lado, asintió. Ver a Miguel cambiarse definitivamente no iba a ayudarle a deshacerse del hanahaki.
—¡Yo ya me iba! Y Baymax, tú vienes conmigo, amigo, Honey Lemon y Marco te necesitan.
—Soy un médico robot que va a donde la ayuda es requerida.
Hiro sonrió contento de al menos haber ayudado en algo tan minúsculo, y salió de ahí empujando a Baymax para que no se atorara en nada en su camino de salida. Miguel siguió sonriendo nerviosamente más, antes de revisar con desesperación algo entre sus ropas que mejor le ayudara a ocultar las flores del cuerpo. ¡Había olvidado la revisión por completo! ¿Qué iba a hacer? No podía desperdiciar mucho tiempo, tenía que ser lo primero que viera a la mano y en la mano.
Terminó por colocarse el traje de mariachi. Su delicado trabajo de bordado hacía que fuera fácil de descolgar de un gancho y, gracias al grosor de la tela y lo tieso de su planchado, los bultos que las flores formaban a lo largo y ancho de su cuerpo podían disimularse con más facilidad que con su sudadera.
El sombrero, ese tuvo que dejarlo encima de la cama ya que no cabía por el pasillo con eso puesto y no necesitaba algo que le complicara más su andar.
A paso lento, encorvado por el dolor, Miguel se puso en marcha a los pisos inferiores. Se sujetaba del barandal mientras la piel de sus palmas tomaban un tono amarillento producto de la fuerza que aplicaba para evitar caer y para distraerse de su agonía.
Bajar las escaleras era comparable con dirigirse directito al infierno, el dolor era parecido a mil clavos en las plantas de sus pies, mientras que otros tantos se clavaban en todo su cuerpo. Costándole un mundo poder mantenerse equilibrado.
Tragó saliva y regulaba su respiración, incluso una gotita de sudor bajó por el costado de su rostro, producto del esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo sólo para poder llegar al laboratorio.
Sería más sencillo si sólo se soltaba y se dejaba caer, dolería menos…
Negó lentamente con la cabeza ante esa idea, con ello sólo alertaría a todos en la casa Hamada. O peor, a Baymax. El robot reaccionaba ante los más leves quejidos de dolor, tenía que ser cuidadoso. Sólo debía resistir un poco más, un par de escalones más…
A paso tembloroso finalmente logró su cometido, había llegado a la puerta del laboratorio donde el Hamada mayor lo esperaba del otro lado.
Tocó a la puerta y poco después, el mayor le abrió.
—¡Ah, Miguel! —Lo saludó con una sonrisa familiar. El moreno le sonrió de vuelta. —Pasa, por favor. ¿A qué se debe el traje?
—Eh, estaba probándolo. Creo que me queda un poco incómodo, pero, ehm, no estoy seguro... y quería comprobarlo. —Justificó. —No estorba, ¿Verdad?
Por favor, di que no.
—Bueno, no creo. Solo vamos a revisar tu garganta. ¿Haz notado algún cambio o molestia?
—No. —Mintió como un bellaco, mientras se forzaba a caminar con normalidad y tomar asiento. Mordió su lengua para no gritar, y se aferró al borde de la silla.
A estas alturas ya ni siquiera lo hacía por Tadashi o por Marco, sólo lo hacía para evitarle más sufrimiento a Hiro, a quien no cesaba de irle mal.
Se forzó a encontrarle defectos a Tadashi mientras le veía anotar quién sabe qué cosas en su libreta. Algo tenía que funcionar. Quizás, uhm… su nariz era muy fea, sí. Y… y Hiro era mucho más inteligente y tenía el pelo más bonito.
No, espérate, ¿Qué hace comparándolo con Hiro? Estaba bien que estuviera intentando desenamorarse, pero no era para tanto. El Hamada menor tenía que salir de su cabeza por un momento, de algún modo. Ésto de echarlo de menos se le estaba saliendo de control…
Soltó un suspiro.
—¿Pasa algo? Te ves distante. —Preguntó el mayor con preocupación.
—¿Eh? Oh, no. Estoy bien. —Intentó disimular, pero la incomodidad de su dolor y de sus pensamientos hicieron que su sonrisa se transformara en una mueca.
Tadashi lo notó.
—¿Estás seguro? Puedo llamar a un médico, si no es algo que me puedas decir.
Miguel dio un respingo. ¡Era justo lo que no quería! Rayos, ¿Era mucho pedir que le dejaran descansar sin tener que pensar en nada?
—¡Estoy seguro! Ehm, es solo que… ¡Hiro me dijo que tengo los cachetes de Mochi y estoy enfadado con él! —Se inventó.
Premio a la excusa del año. Si no estuviera tan dolorido se golpearía la frente. ¿No podía dejar de pensar en Hiro un segundo?
—… ¿Cachetes de Mochi? —Tadashi intentó disimular una risita.
—S-sí… dijo que tenía cachetes enormes como él… y… bueno, no estoy gordito.
Tadashi alzó una ceja aún con una pequeña sonrisa adornando su rostro, fue entonces cuando Hiro y el Hamada mayor volvieron a perder puntos de comparación.
—Pienso que es adorable, adoro los cachetitos de Mochi.
Miguel abrió un poco más sus caramelas orbes, sintiendo mariposas en su vientre que se anteponian a su dolor, poco a poco sus morenas mejillas se colorearon de carmín.
—¿De verdad?
El mayor de los Hamada asintió aún sin borrar su amable sonrisa.
—¡Claro!— Hizo una pausa para soltar un leve suspiro— Incluso hubo un tiempo donde Hiro era más rollizo… ¡También tenía cachetitos de mochi! Era tan tierno cuando era pequeño.
Miguel trató de imaginarse a su mejor amigo con más relleno, siendo una tarea demasiado compleja, esa lánguida figura, su altura, su clara piel libre de acné…
Al parecer Hiro era de esos a los que la pubertad les hizo un favor, no como a él, que a pesar de los años, seguía siendo más cachetes que persona en esta vida.
Soltó un suspiro resignado mientras se recargaba con cuidado contra la camilla.
—Al menos no tienes cachetes de ardilla regordeta…—Desvió un poco la mirada.
Había soltado eso al aire absorto en sus pensamientos, los cuales venían acompañados con el nombre y sombra de su mejor amigo…
¿Aún podía llamarlo así?...
Gracias al mensaje tácito de Miguel, Tadashi pensó que le hablaba a él, no pensó que la mente del mexicano fuese invadida nuevamente por su pequeño hermano, quién había dejado una huella imborrable desde hace algunos años.
El mayor de los Hamada observó cómo Miguel bajaba un poco la mirada, comprendiendo que, tal vez, esas mejillas podían ser un punto de inseguridad para el pequeño mexicano, conforme su adolescencia progresaba y con ella, las inseguridades por su apariencia. Recordó cuando Hiro pasaba por lo mismo.
El noble corazón de Tadashi se comprimió un poco, necesitaba ayudar a Miguel, haciéndole notar que no había ningún defecto físico en su persona. No le gustaría que se deprimiera por ello.
Cómo su pequeño hermanito, hace mucho tiempo…
—Miguel…
Tadashi llamó con suavidad obteniendo en seguida la atención del Rivera menor, cuando ambas orbes castañas se conectaron el mayor de los Hamada llevó con lentitud su mano a una de las mejillas de Miguel, acariciándola con cierta dulzura fraternal.
—A mí me gustan tus mejillas, no te mortifiques por ellas, por favor…
Quizás estaba intensificado por el dolor deforme que ya le acompañaba constantemente. Tal vez, por el hecho de que llevaba desde el día de la fiesta evitando el contacto físico con todo mundo por sentirse una horrible persona, al punto de olvidar cómo se sentía una caricia, un abrazo, una palmada en el hombro o en la espalda. Tal vez era una mezcla de ambos, pero en su frágil estado físico y mental, casi sintió romper a llorar por ese pequeño gesto de amabilidad de parte de la persona a la que aún idealizaba.
—Sí… G-gracias Tadashi.
Tadashi sonrió. No tenía ni la más remota idea del alivio que le estaba ayudando a sentir ahora mismo. Una mezcla de emociones y sensaciones positivas que iban del cariño al consuelo recorrieron su ya muy frágil y abusado cuerpo. Por un momento, olvidó todos sus esfuerzos por esconder todo, y simplemente cerró los ojos y se dejó llevar con una pequeña sonrisa en su rostro cansado.
Se sentía bien… no sentir dolor todo el tiempo se sentía bien…
Sólo por unos segundos, quería creer que el mundo estaba bien…Aunque al igual que todo en ese mundo sin sentido, fuese una mentira...
A unos pasos de ahí, Hiro se hallaba dando vueltas por un pasillo, sujetándose la cabeza mientras intentaba desesperadamente encontrar una solución a su problema. Mientras más vueltas le daba, más le dolía la cabeza, pero algo le decía que no había tiempo que perder.
El paseo con Kyle le había ayudado a tomar aire fresco y pensar en su situación con la cabeza más fría. Sabía que Miguel no se encontraba bien. No sabía qué tenía, pero no le gustaba verlo sin energía, ni sentirse un completo inútil en ayudarlo. Estaba considerando seriamente ir al hospital y operarse de una vez… y para eso, necesitaba confesarlo todo a su hermano, pues era su tutor legal desde la muerte de tía Cass.
¿Debía de decirle la verdad a su hermano, estando tan delicado…?
No era lo que buscaba, y menos a un día de su cumpleaños… quizá no fuera la opción ideal…Pero... por Miguel hubiera ido a dónde fuera y confesado lo que fuera.
Si no era la opción ideal, al menos era la mejor que tenía. Y, si le iba a decir algo, preferiría que fuera ahora que estaba revisando a Miguel, pues tener a su mejor amigo en la misma habitación le daba coraje a seguir adelante.
Después de todo, y a pesar del Hanahaki, aún era su mejor amigo, compadre, soporte, compañero de aventuras, equipo de Co-ops, rival en los versus hasta que el lag los separe. No habría mejor momento que éste en un futuro. Mientras más pronto lo hiciera, más pronto se podría curar, y ayudar a Miguel con… lo que sea que estuviera aquejándolo.
Además, fue Miguel quien le estuvo insistiendo todo este tiempo en que se operara o hiciera algo al respecto… qué tonto fue por no hacerle caso. ¿Y si era su modo de pedirle ayuda? ¿De decirle algo importante?
Decidido. Diría la verdad.
Con todo y su jaqueca, se levantó con un suspiro, decidido a ir con su hermano mayor para confesarle la verdad y de paso, para pedirle algo para el dolor de cabeza porque sentía que se le iba a partir por la mitad.
Hora de dejar de correr de tus problemas y enfrentarlos, Hiro Hamada.
Repasó en su cabeza exactamente el qué y el cómo le iba a decir la verdad a Tadashi, tragando saliva.
—"Tadashi, tengo Hanahaki, pero no te preocupes, no es grave"… no, no es la mejor idea. —Gruñó. Se mordió el labio. —"Tadashi, puede que necesite ir al hospital"... agh.
Tal vez algo más sutil, salir con él y encaminarse al hospital… Pedirle ayuda a Honey, no lo sabía… Con la jaqueca no podía pensar con claridad.
Bien, ¿qué tal si primero iba por algo para el dolor de cabeza, descansaba un poco, y entonces le pedía ayuda? No, tonto, tiene que ser ahora. Como saliera, estaría bien, lo importante era decirlo. Con un quejido, se asomó a la habitación en que su hermano mayor se encontraba, sintiendo que las piernas le temblaban de nervios, calando las aguas antes de aventarse de golpe.
Pero antes de poderse disculpar por interrumpir el examen médico, no pudo evitar fijarse en la posición en la que su mejor amigo y su hermano parecían encontrarse. En Tadashi no había nada raro, pero, en Miguel, algo no encajaba… escuadriñó las facciones del moreno.
Había una leve sonrisa, pequeña pero sincera y… un tierno sonrojo adornaba las morenas mejillas de su mejor amigo.
Miguel se estaba ruborizando por el tacto de Tadashi…
Si Hiro conocía bien a Miguel, sabía que el tacto de ese tipo no era para lograr ruborizarlo (menos si viene de una familia donde tiran de sus mejillas constantemente), pero en ese momento algunos recuerdos vinieron de golpe a la cabeza del genio.
"Es... una muchacha muy linda. Es alta, de cabello negro. Es muy inteligente y cuando la vi, me empezó a contar muchas cosas nuevas. Es bastante apasionada... animada. Y... ¡Y ya no les voy a decir nada más! ¿Están contentos?"
Era imposible no comenzar a atar cabos… El porqué Miguel ayudaba tan entusiasmadamente en el Lucky Cat Café, porque tartamudeaba con Tadashi presente, por qué estaba preguntando a todo mundo acerca de la homosexualidad hace unos días…
Hiro abrió completamente sus ojos cuando finalmente se dió cuenta de que Miguel se deprimió después de que su hermano y Honey se comprometieran…
Y eso sólo significaba una cosa.
Miguel estaba enamorado de Tadashi…
Cuando les dio las pistas sobre su enamoramiento, no hablaba de él, si no de su hermano mayor. Nunca había hablado de él. El genio de la robótica bajó la mirada y presionó con fuerza sus puños, logrando que los mismos se pusieran isquémicos.
¿Cómo demonios pudo haber sido tan ciego? Cuando le ofreció aquella rosa roja… en realidad todo había sido un malentendido de lo peor.
Antes de darse cuenta ya se encontraba clavándose la uñas en las palmas de las manos y estaba apretando la mandíbula.
Estaba enojado, no sabía el origen precisamente y es que habían varios factores predisponentes.
Tal vez era como su hermano tocaba a SU mejor amigo…
Tal vez era Miguel por dejarse tocar por SU hermano…
No pasó tanto tiempo para que el enojo se mezclara con cierta tristeza y anhelo, deseaba con todas sus fuerzas estar en el lugar de Tadashi en ese momento.Tadashi era más amable, más alto, más dedicado, más altruista, más todo. ¿Cómo se le pudo siquiera ocurrir que Miguel podría haberse enamorado de él?
Hiro desvió la mirada y un sabor amargo lo alertó, el nocivo aliento de pétalo de cerezo impactó en su garganta añadiendo el sabor metálico de la sangre.
Descifró con temor la mezcolanza de sentimientos que ahogaban su corazón.
Celos.
Celos de Tadashi y de haber conseguido lo que por años él quería…
Celos de no tener el corazón de su mejor amigo…
Tadashi era como un héroe para él… no podía culpar a Miguel.
Y definitivamente era un héroe para San Fransokyo. Pero era un héroe comprometido… ¿por eso Miguel no quiso decir nada...?
…Espera... ¿No vio ésta historia antes?
Fue en ese momento que un segundo pensamiento, un déja vù más aterrador, llegó a su mente: el hecho de que Miguel estuviera tan débil por una persona previamente comprometida, le recordaba a una persona…
Tía Cass. Tía Cass, en sus últimos días, se comportaba así.
Miguel estaba empeorando como su tía.
Se quedó momentáneamente paralizado, con el corazón partido en dos cada vez que veía a Miguel con ese adorable sonrojo en su cara y el frío de la muerte recordándole que quizá fuera la última imagen que viera de él si no hacía algo.
La cosa empeoró cuando el sabor metálico le llenó la boca. Supo que debía abandonar el laboratorio en cuanto un rastro de sangre resbaló por la comisura de su labio, llegando hasta mentón.
Los celos también estaban causando estragos en él mismo.
Tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, corrió con toda la fuerza que sus piernas le permitieron, esperando dejarse el alma y el corazón en ello, una mezcla de miedo, dolor y celos atrapados en su corazón, a la par que tosía pétalos y sangre en su camino a su habitación.
No quería que esos sentimientos lo invadieran, no quería celar a Tadashi ni a Miguel, mucho menos cuando sentía los pétalos de sakura cosquillearle en la faringe por culpa de ellos. Pero, mucho menos, quería perder a su mejor amigo como perdió a tía Cass. Quizá con ella se había movido demasiado tarde, pero aquí aún estaba a tiempo. Tenía que moverse YA, con o sin celos.
Y para ello, debía deshacerse de las sakuras, para siempre.
Esos celos que lo aprisionaban, esos sentimientos que no le dejaban disfrutar de su amistad sanamente, que le hacían llorar por un amor no correspondido, que le hacían sentirse mal de verlo con su propio hermano... esa maldita, maldita enfermedad que se había llevado a su tía, a su amigo, a su cariño y casi su vida entera…
No la dejaría llevarse nada más.
Sólo había una solución:
Tomar la dosis más alta del medicamento…
Hiro entró azotando la puerta de su cuarto y buscó con desesperación el frasco con las pequeñas y letales galaxias encapsuladas, sintiendo que las ramas empezaban a crecer por sus pulmones, sintiendo que le costaba más trabajo respirar mientras más pensaba en el rostro de Miguel buscando el contacto de Tadashi y rechazando el que Hiro podía ofrecerle.
Aniquilaría esos cerezos que buscaban enraizar su corazón y tomar control de su vida.
Tosió para luchar por su vida, dejando un reguero de pétalos alrededor suyo. Notó que algunas flores salían casi completas. Si no hacía algo ahora, estaría perdido.
Moriría asfixiado. Y no lo iba a permitir.
Cuando finalmente el frasco estuvo en su poder tomó las cápsulas como si de pequeños caramelos se tratase, las aplastó en su mano y las tomó casi con desesperación para que el activo les hiciera daño. Sabía horrible. En absoluto al sabor afrutado que tenía la capa que las recubría… pero gracias al choque de adrenalina, la desesperación, y los recuerdos su respiración se agitó y sus pensamientos se nublaron lo bastante para no notarlo.
Se hallaba desesperado, enfrentando todos sus miedos a la vez, y no se daba cuenta de que a poco el frasco con pequeñas galaxias comenzaba a vaciarse.
Una… dos… tres… cinco… siete...
Sintió las ramas retroceder de a poco. Luchaban por salir cuando recordaba a Miguel, pero retrocedían cuando engullía más píldoras. Se forzó a no seguir tosiendo.
Los efectos de la automedicación prolongada ahora jugaban en su contra.
Los oídos empezaron a zumbarle, la boca se le quedó seca y la visión se le puso borrosa. No sabía si de lágrimas, o por algo más, ni le importaba. Su dolor de cabeza estaba peor que antes, y ni siquiera eso le importaba. Sólo podía pensar en la escena que había contemplado segundos atrás.
Diez… trece, quizá… perdió la cuenta.
Podía respirar un poco más. Sólo un poco más, un poco más…
Ahí.
Podía respirar. Hiro se detuvo y se quedó quieto un momento, probando su respiración. El aire le lleno los pulmones y acarició los ahora dóciles cerezos. Lo había logrado… estaba a salvo.
...Estaba a salvo.
¡Estaba a…!
Se dio cuenta cuando finalmente el frasco se halló vacío en sus manos temblorosas. Y lo miró con horror.
Vacío.
¿En qué momento…?
Sus piernas falsearon repentinamente, haciendo que el genio cayera al suelo sin nada que lo amortiguara, soltando un quejido de dolor. El frasco que hasta ese momento había permanecido en sus manos terminó rodando hasta la puerta cerrada. Tuvo la precaución de colocarse de lado, pues sabía que dentro de poco, posiblemente, empezara a vomitar.
Sobredosis.
Definitivamente… debería de haberle hecho caso a Miguel, y haber dicho la verdad antes...
Lentamente su consciencia se volvía más y más nublada. Su juicio se empezó a extinguir al punto de que olvidó por qué momentos antes se había tumbado de costado. En medio de su confusión, una leve sonrisa se asomó triunfal, ya que estaba seguro que finalmente había asesinado a los cerezos en su interior. Lo único bueno que podría haber salido de todo ésto.
Es que al fin... los sentimientos que tenía por Miguel desaparecerían…
*
Hola! Somos AxureéRheeid e Infinite_Silence, esperamos que hayan disfrutado el capítulo de hoy.
Axureé: Hubo algunas cosas relativas a la salud que me tuvieron ocupada lo largo del mes, y ya no pude escribir. :') Infinite me tuvo mucha paciencia y me ayudó un chingo en ese tiempo. Por eso le agradezco mucho :DDD
Infinite: No hay nada que agradecer. :') Volvimos y pues, sólo resta decir que lo heavy apenas empieza, lindos fansesillos. (?)
