Realmente no quería desvelar tanto en este capi. Pero supongo que lo voy a hacer porque ya está escrito XDDD. Siento que sea tan corto esta vez, y que haya tardado tanto!! ^^
Gracias por leer, y por los reviews recibidos (L)
Bocatín, lo siento, ya escribiré el capítulo como tu regalo de cumpleaños más adelante, no podía meterlo en este de ninguna manera, jajaja.
Espero que la acción del final os haga olvidar el principio del capi XDDDD
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12. Once Upon a Time.
Ya era la hora. Quizá sólo era cuestión de minutos, horas, o un par de días. Pero el caso es que sentía que ya era el único que quedaba por tomar por completo mi cuerpo. Un cuerpo fortalecido por la Inocencia más poderosa de todas. Un cuerpo que sin pensarlo se me rebelaba, me cerraba las puertas a mi propia salida y me amenazaba. Un cuerpo que no me dejaba controlarlo. Una mente mucho más firme de lo que había creído en un principio. Pero era mi cuerpo, y lo había sido desde apenas sus seis años de vida. Y no me lo iba a negar. Por supuesto que no.
No sabía si había pasado mucho o poco tiempo. Simplemente, en un momento dado me vi avanzando hacia él con los labios apretados y los ojos muy abiertos, como si hubiese perdido todo control sobre mí mismo. En mi interior pensaba que aquello era una soberana estupidez. ¿Por qué? Primero, por cuestiones biológicas. Nunca me había planteado qué era lo que buscaba en otra persona, porque nunca había pensado seriamente en otra persona que no fuese exactamente "esa" persona. Y de nuevo utilizando el adverbio "nunca"… Nunca me había planteado que podría llegar a sentir algo que no fuese hastío, ansia u odio.
La segunda razón, porque no era justo. No era oportuno. No era lo que debía suceder. Porque que fuera exactamente eso lo que nos uniera no daba pie a ninguna otra cosa que no incluyese el verbo "luchar". O, por lo menos, no debía dirigirme ciegamente a ello; tan cutremente atrapados allí y sin tener el valor de marcharme del todo.
La tercera razón, y la más evidente, era porque se trataba de él. Que no era más que el enano mártir. La persona a la que más había aborrecido en toda mi vida. La única persona que sólo con mirarme me había hecho estallar de asco y repulsión. Porque éramos demasiado diferentes en todo. Porque le odiaba. Odiaba que después de todo intento mío por acrecentar esa aversión él simplemente apareciese con una sonrisa orgullosa y lo olvidase todo.
No me di cuenta de cuando me arrodillé tras él, un completo silencio. El criajo sólo me daba la espalda, tras una mirada corta y rápida que había dicho más de lo que técnicamente debería. Aquello era una gilipollez, y como gilipollez que era, la estaba cometiendo. Apoyé mis manos en sus hombros, y observé cómo sus homoplatos se contraían. Se recostó contra mi pecho, y por encima de su hombro pude ver la curva de su estómago, cubierto apenas por su yukata blanco. El sonido del agua era lo único que resonaba en la estancia.
Sentí cómo alzaba la mano para enredar sus dedos en mi pelo. Era… como algo que debía hacer. Que me arrastraba. Y odié aún más tener aquella herida dentro de mí, porque sabía que era quien me obligaba a hacerlo. Porque no era yo quien ahora deslizaba las manos por su pecho y sus hombros, ¿verdad? No era yo quien buscaba su cuello con mis dientes. No era a mí a quien estaba afectando su aroma.
Y, justo cuando iba a perder el control, algo se quebró. Con sólo oír su voz.
-¿Kanda…?
Porque no sonaba como él.
Sabía lo que había ocurrido antes siquiera de mirarlo y encontrarme con su rostro desfigurado por una mueca que jamás sería la suya. Sus mejillas estaban enrojecidas y la sonrisa podría tener algún resquicio de la del moyashi, pero aquellos irises no eran suyos. Esa risa taimada y silenciosa tampoco. Sus dedos seguían acariciando mi cabello, y me separé de él lentamente. Sin embargo, fui incapaz de cortar todo contacto con su cuerpo, y el Decimocuarto parecía haberse dado cuenta.
-Puedes seguir, ¿eh? No me quejo.
Bufé, pero no dije nada. Incluso yo podía sentir cómo irradiaba de él un aura oscura de peligro y deseo. Era peligroso. Y me encontré afirmándome a mí mismo que no dañaría su cuerpo. Volví a bufar.
-Siempre le pillo en el peor momento –resopló, como un niño enfadado porque le habían quitado el juguete-. Primero cuando vienen mis hermanos a por mí y no les encuentro, después al irte a rescatar, haciendo todo el trabajo yo; y ahora, que ni siquiera puedo terminar lo que ha empezado el idiota este.
Rió. Se dio la vuelta y me miró directamente a lo ojos. Su mano derecha se deslizó por mi brazo lentamente hasta encontrar lo que buscaba. Clavó sus ojos de oro en ello, y acarició la estructura cuenta a cuenta.
-Un mala –dijo simplemente-. ¿Dónde está el resto?
Yo también miré la pulsera. Así que lo sabía. Originalmente, la pulsera había sido el triple de larga. Originalmente, aquella pulsera era un rosario budista, un llamado mala. Según la maldición del Alma Karma me había ido comiendo por dentro las cuentas de cristal se habían ido pudriendo, y yo me había ido deshaciendo de ellas.
-Lo tiré –respondí.
De pronto, comprendí que aquel mala no tenía absolutamente nada que ver con el Alma Karma, tal y como lo miraba el Decimocuarto. Estaba convencido de que el Noé sabía quién era yo, y que tarde o temprano tendríamos que batallar, o eso suponía. Pero no entendía qué era exactamente lo que buscaba, yendo y viniendo del interior de Allen sin quedarse o desaparecer del todo.
Tomó mi muñeca entre sus manos, y sonrió. No era una sonrisa feliz. Era una mueca amarga, como si le doliese la vista de aquel objeto.
-¿Sabes cuantas cuentas tenía el original?
-No las conté.
Tomó la borla que contenía el nudo de la cuerda en su interior. Era muy diferente a las otras por ser la última, puesto que en vez de ser redonda era deforme y algo alargada.
-Tenía exactamente ciento nueve cuentas, comenzando por ésta.
Deslizó sus pupilas hasta las mías.
Y comprendí.
La luz de la Luna entraba a raudales por la ventana, tiñéndolo todo de un tono gris y pálido, como si las sábanas se hubiesen cubierto de una capa plateada. Querría recordar lo que había pasado hacía apenas dos vueltas de manecilla, pero era incapaz, y volví a sospechar de aquel ente horrible que había escondido dentro de mí. Sabía que no había pasado nada de lo que debiese preocuparme, porque al volver en mí había visto a Kanda torcer la esquina de mi corredor; y la puerta de mi habitación esta justo frente a mí. Una parte de mí agradecía fervientemente aquella pausa en medio de las termas, porque me había visto totalmente perdido y sin otra posibilidad de esperar lo que fuese y hacerlo. Por otro lado… no quería pensar en ese otro lado, en que me hubiera gustado que el Decimocuarto no se hubiese metido de por medio.
Observé la habitación mientras intentaba conciliar el sueño. Link roncaba taimadamente a mi lado, totalmente recto, como si estuviese atado a la cama. Sin embargo su expresión estaba mucho más relajada que cuando estaba despierto o fingía dormir. Incluso parecía que no podía denunciarme por traición a la primera de cambio. Aunque había que decir que, últimamente, Link se estaba portando bien conmigo. O quizá es que comparado con las acusaciones directas que soltaba el Inspector Leverrier las frases incómodas de Link eran como un beso de buenas noches.
Oí pasos afuera. Me pregunté quién paseaba tan campantemente casi a las cuatro de la mañana por los pasillos de la Orden sin que el Edén de Tiedoll se abalanzase sobre sus tobillos para impedirle hacer tanto ruido. Según se fueron acercando me di cuenta de que eran dos pares de pies. Los primeros no los había oído porque eran sofocados, lentos. Los segundos eran claramente audibles, porque eran tacones de mujer.
Se pararon antes de pasar por delante de mi puerta. Los pasos de hombre se pararon primero, y los tacones traquetearon un poco antes de pararse, como si se hubiese girado. Lo que faltaba ya era que se pusiesen a bailar un tango, aquello resonaba en la piedra como mil demonios. Me levanté para decirles a la pareja que hiciesen menos ruido (o que, por lo menos, ella se quitase los zapatos) pero cuando giré el picaporte y vi quiénes eran por la rendija de la puerta me paré en seco.
Lavi apoyaba los codos sobre la barandilla cubierta de enredaderas plateadas, de cara al interior del pasillo. No podía verle la cara entre las sombras, pero parecía enfadado. A una distancia totalmente prudente estaba Lenalee, mirándolo completamente erguida y recta, agarrándose el bajo de su falda como si hubiese hecho algo malo. Me sentí mal, pero espié.
-¿Le vas a despertar ahora sólo para eso? –le susurraba Lavi a ella, con voz dura. Fruncí el ceño. Ella sacudió la cabeza, avanzando un paso hacia él.
-Es demasiado tiempo.
Supuse que Lavi había puesto una cara muy extraña, porque Lenalee insistió:
-Sí, lo sé. Todo ese rollo de lo que tenga que ser, será. Pero no me parece justo. Tiene derecho a saberlo ahora que se ha confirmado, ¿no crees?
Había supuesto que Lavi estaba correteando aún con alguna que otra Buscadora, y que Lenalee aún seguía pacientemente en la enfermería hasta que le dieran el alta. Sin embargo, era cierto que ni sabía cuanto podían durar los correríos de Lavi ni si Lenalee ya estaba oficialmente recuperada, puesto que llevaba el uniforme.
Oí resoplar a Lavi.
-De todas formas, puede que no esté en su habitación. Le vi cuando salía de la habitación de Yara, puede que siga en las termas. O en algún otro sitio.
-¿Toda la noche?
Se encogió de hombros.
-Se me pasó decirle que Kanda también tiene la costumbre de ir allí a esas horas.
Hubo un silencio incómodo entre ellos, y yo abrí la boca. De verdad que Lavi era diabólico cuando quería. Primero interrumpía y luego reunía. Aquella estaba siendo una noche muy larga, y no me gustaba el silencio que se había formado entre el Bookman y la Exorcista, como si supieran…
-Kanda –repitió ella.
Lo oí reír levemente.
-Puede ser que no, Lenalee, no te preocupes.
Ella se cruzó de brazos.
-No lo decía por eso, idiota –le siseó lo más bajo que pudo. Sonrieron-. Sólo… me preocupa. Si mi hermano tiene razón, esto se está precipitando.
-Pues sería la única forma de salvar a Yuu.
-Si, pero, ¿y Allen?
Realmente no entendía nada. Observé cómo Lavi acortaba la distancia entre ellos y abrazaba a la Exorcista fraternalmente. Ella correspondió el gesto y apretó el rostro contra su pecho.
-Allen no tiene salvación ya, Len. No hay absolutamente ningún remedio para la Reencarnación de un Noé.
-¿Ni siquiera Kanda…?
-Ni siquiera Kanda.
Rápidamente, ella se separó del Bookman Junior y avanzó hacia mi puerta. Retrocedí, dejando la puerta aún entreabierta. Sabía que llamaría y entraría. Y me pillaría allí, de pie, escuchando todo aquello que me concernía de sobremanera y que no entendía.
-Lenalee –oí que la llamaba Lavi.
Justo. Dos leves toques a la madera. Link se removió un poco. La puerta se abrió fácilmente e inusualmente silenciosa. Los ojos de Lenalee se clavaron en los míos e incluso a esa distancia pude ver cómo sus pupilas se estrechaban rápidamente.
-¿Allen? ¿Estabas despierto?
No contesté. Lavi apareció tras ella, y la tomó de los hombros para apartarla de la puerta y poder entrar. En un perpetuo mutismo y lentitud, Lavi cerró la puerta tras él, mientras Lenalee y yo nos seguíamos mirando.
-¿Qué es…? –comencé.
Los ojos de ella comenzaron a brillar, acuosos.
-¿Qué es lo que todos sabéis y yo no? ¿Qué es lo que pasa… conmigo? ¿Conmigo y con Kanda?
-Yo… venía a decirte… –susurró ella. Distinguí sollozos entre el sonido de su voz. ¿Qué pasaba?-. Lavi me dijo que no pero… tengo que…
Lenalee se abalanzó hacia mí y me abrazó fuertemente. Sentí sus lágrimas. Pero, ¿por qué lloraba? ¿Es que me iba a morir o algo? ¿Algo así? Rodeé su cintura con mis brazos mientras Lavi nos miraba fijamente. De nuevo esa sensación extraña hacia él. ¿Qué era lo que estaba registrando en ese mismo segundo? ¿Estaba registrando acaso? ¿Recordando algo? ¿Qué hacía ella, qué hacía él? ¿Qué hacían allí tan tarde la una llorando y el otro tan serio?
Entonces se oyó el primer grito. La primera de las alarmas. Como si aquello fuese un interruptor de encendido, mi Inocencia reaccionó ante el peligro, y tomé el Crowned Clown en mi mano derecha. Lo mismo parecía haber sucedido con Lenalee, cuyos aros de sangre se estiraban para cubrir sus piernas, adaptándose a la forma de las Dark Boots.
Link se despertó, y nos miró, confundido. Sin embargo, la alarma comenzaba a resonar por todos los corredores. Y decían lo que más había temido: un retorno del Conde y los suyos.
-¡Lo han encontrado! –exclamó de pronto Link.
-¡No! –gritó Lenalee contra mi oído.
Cada vez entendía menos. Pero lo más claro que veía era que tenía que ejercer mi deber como Exorcista. Los tres nos volvimos hacia Lavi, quien se miraba las muecas, perdido. La Inocencia no había reaccionado ante el potente despliegue Akuma y Noé. Nos miramos, se encogió de hombros.
-Sabía que ocurriría.
-¿Qué pasa, Lavi?
Avanzó hacia mí y me quitó a Lenalee de encima con muy poca delicadeza para tratarse de él. Me tomó de los hombros fuertemente, mirándome intensamente.
-Escúchame, Allen. Tienes que abrir un portal del Arca.
-Eso no le está perm…
-¡CÁLLATE! –le gritó entonces el Bookman a Link.
Hubo un silencio incómodo. Me removí. Tenía que luchar. No podía perder más tiempo aquí. El único iris de Lavi me taladraba como un clavo al rojo, y le devolví la mirada, comenzaba a asustarme.
-No importa que no sepas dónde abrirlo mientras yo te tengo así –explicó, apretándome un poco más con sus dedos-. Yo sé dónde están.
¿Por qué? ¿Por qué todo aquello? ¿Tanta ansiedad, tanta alarma? Sobretodo en él…
-¿Qué es lo que…?
Lavi suspiró y gimió, abrumado, presionado.
-Vale, vale, escucha. Te voy a contar una pequeña historia, Allen.
Fruncí el ceño.
-Había una vez, en un sitio muy alejado llamado Japón, un pequeño niño muy, muy raro.
-¿Eh…?
-Calla y escucha. El pequeño niño podía hacer cosas realmente flipantes, como curarse así mismo sin ser apenas consciente de ello, y de trasladar el poder de su Inocencia hacia cualquier objeto receptivo para ello. Un día, un General Exorcista, Tiedoll, se dio cuenta del potencial de ese niño, y se lo llevó de su casa.
¿Qué estaba haciendo ahora Lavi? No era hora de cuentos. Pero sus pupila seguía clavada en las mías como una estaca, y no podía moverme apenas.
-Llegaron a la Orden. Y descubrieron algo muy, muy malo para el niño; pero muy, muy bueno para la Orden. Y se aplaudieron entre ellos y se felicitaron por haber encontrado al niño. Y decidieron que tenían que protegerlo fuera como fuera, no podían perder un peón tan importante. Tenían un proyecto a medias, un proyecto en el cual sólo había sobrevivido una persona algo más pequeña que el niño. Supusieron que no lo destrozaría porque su Inocencia era tan fuerte… tan fuerte, tan importante y tan perfecta que era imposible que el Alma Karma le afectase. El Alma Karma es un arma muy poderosa y ancestral. Es el núcleo del Huevo Akuma, lo que permite a los Akumas evolucionar y hacerse cada vez más fuertes. Pensaron que era una buena protección. Convertir al mejor Exorcista en su propio enemigo. Poseer la fuerza de aquellos a los que mataría en los siguientes años más la fuerza de su Inocencia.
-Lavi…
-Pero salió mal. Al igual que había salido mal con el anterior experimento. Habían creído que esa Inocencia tan supuestamente perfecta podría protegerse contra el poder destructivo que el Alma Karma provocaba en un cuerpo humano.
Su rostro era una máscara de dolor. Aquello no debía afectarle, sólo era información. Pero también me afectaba a mí. Como si toda aquella historia ya la supiese. Como si en mi interior apareciesen imágenes inconexas de aquello, recuerdos en mí que no deberían existir. Gritos.
-Yuu era el Corazón. Y chocó tan fuertemente contra el Alma Karma que la Inocencia se partió en pedazos. Miento. En dos pedazos. Así, el poder de la Inocencia de Kanda se está apagando contra el continuo ataque del Alma Karma. Cada vez se regenera más despacio.
"Realmente eres tú", había dicho Kanda aquella noche. Y todas las frases que no entendía de él.
-¿Qué tiene que ver esto conmigo?
De pronto, la puerta veintinueve del Arca se abrió bajo nosotros.
-¿Qué que tiene que ver esto contigo? –repitió mi pregunta-. Ya deberías saberlo.
No era sólo amor. No era sólo confusión. No era simplemente otra persona. Y ellos tenían a Kanda, con lo que también me tenían a mí. Observé el blanco resplandor del Arca mientras le ordenaba que nos llevase al destino elegido por Lavi y la luz se nos tragaba.
-Amor y Tragedia –susurró el Bookman.
