Insane Dream
«—En la heladería no hará frío —respondió ella—. O… bueno, quizás sí. Pero todo el mundo sabe que un buen helado merece que pases algo de frío. Como todas las cosas buenas, hay que sufrir para obtener la recompensa.»
El Rithmatista de Brandon Sanderson
10. Epílogo
I
La primera nevada del año se derramaba en el concreto y el asfalto de las calles de Yokohama acelerando el paso de sus habitantes, figuras cabizbajas pegadas a los celulares o imbuidas en conversaciones casuales, sin interés en los diminutos copos que caían meciéndose, carentes del tiempo para nimiedades, para la nieve balseando de las nubes a la tierra contrastando el blanco con el negro de la noche y los colores artificiales de la urbanidad.
En el inquieto y famoso Parque Yamashita, sentado en la orilla de la emblemática fuente que es recinto de la escultura de una mujer sosteniendo un jarrón —el Guardián del Agua—, a la luz de su iluminación, los ojos cerrados y el rostro al cielo, los copos derritiéndose en el calor de su piel; Chuuya era el único con la calma y las ganas de atender los detalles de la nevada.
Yokohama lo recibía de brazos abiertos. Le daba la bienvenida en la prisa de su gente, en el caos del tráfico, en el sosiego con que lo ignoraban los peatones cuando diez años atrás se movía dueño y señor, reverenciado. El mundo que le perteneció había desaparecido, y aun así la ciudad lo recibía como a un viejo amigo.
El filo de la mirada se le humedeció.
Diez años. Resaltó esa parte en la sucesión de pensamientos. Diez años lejos de la vida que murió con un extraño y su identidad. Diez años apartado de Japón hasta ese día, y pese a la seguridad con que afirmó que soportaría regresar, la nostalgia lo abrumaba y le cortaba la respiración dando amenaza de lágrimas. La familia que dejó, los amigos y subordinados, los proyectos y esfuerzos, cada aspecto tocó a la puerta de sus sentimientos en reclamo por abandonarlos... Y si había algo peor que eso era la ausencia de arrepentimiento.
Al huir, al comienzo, temió renegar su decisión más adelante.
Los años trajeron calma y alegría, sonrisas, épocas dulces y tiernas, sueños cumplidos, ilusiones y dichas, problemas —claro que sí—, desencantos y tristezas —por supuesto—, peleas fuertes y miedos —obviamente—. Las diez primaveras, veranos, otoños e inviernos transcurrieron sin saltarse ni un color o emoción. Aunque más de una vez lamentó haber dejado Yokohama, al fondo del berreo infantil se hallaba una certeza de lo contrario, imponiéndose al arrebato.
Llenó sus pulmones del aire congestionado de la ciudad, distinto del fresco respirar en los amplios campos italianos que convirtió en su hogar, y presionó el sombrero en su cabeza al ver al suelo. En la intimidad entre el cuello alto de su abrigo y el ala del sombrero, su índice desvaneció una lágrima.
Estaba ahí por un motivo y nada debía opacarlo, ni siquiera la nostalgia, fantasma de un pasado que ya no le pertenecía.
Cerró parpados y vislumbró el porqué de su regreso temporal a Yokohama. Una sonrisa diminuta floreció.
Felicidad. Demasiada felicidad, tanta que incluso el daño hecho y el que le hicieron se atenuaba a la par de la suciedad que aun persistía en su mente, que aun creía recubría su piel. Besos asquerosos, marcas que yacían invisibles bajo la carne. El asco, el dolor, la vergüenza, el ultraje al que se sometió por voluntad desconociendo lo terrible que sería, se atenuaban más no desaparecían. Jamás lo harían.
Respiró y silenció sus pensamientos. Nada debía opacar el presente. La soledad no era su enemiga ni tenía que permitir a la oscuridad de su alma salir a flote.
La calma era el deseo, y el deseo se cumplía intermitente por el peso de las memorias.
La sonrisa se le deshojó del rostro. Los labios le temblaron y el temblor se diseminó al resto de su cuerpo. Volver a Yokohama reanimaba pesadillas. Quería irse a casa, a donde no hubiera riesgo de encontrarse con el ayer. Necesitaba huir…
—¡Papi!
La vocecilla espantó los horrores del pasado, palomas oscuras que echaron a volar al resonar de los pasos del niño de cinco años cruzando los adoquines del parque, deteniéndose a su lado, trepándose en el mármol de la fuente y ciñendo los brazos a su cuello.
La luz cálida irradiada de su sonrisa desplazó preocupaciones.
—Rihito —lo llamó sujetando su mejilla, besando la sien contraria en un tono de anhelo que desorientó a su hijo.
—Papi te extrañó mucho —intervino Dazai colocándolo a salvo de los monstruos que no le correspondían, y que Chuuya no apetecía que conociera.
Agradeciendo a su esposo la mentira piadosa, y a su hijo la inocencia de su edad, Chuuya asintió.
—Te extrañé.
—Pero si sólo nos fuimos unos minutos a comprar galletas —señaló la caja que Dazai traía.
—Pero eres tan hermoso —se levantó y lo alzó en brazos cubriéndolo de besos—, ¡que unos minutos son una eternidad!
El niño rio. El tintineo de su alegría iluminó la noche.
—¿Galletas de qué compraron?
—De mantequilla, nata, naranja, besos de nuez…
Rihito enumeró con entusiasmo cerca de diez tipos diferentes de galletas, y conforme la lista creció Chuuya frunció el ceño en dirección a su esposo.
—A mí no me veas así —Dazai se acercó a ambos, tomándolo de la cintura para besarlo—. Nuestro pequeño es un experto saboteando mis intentos de negarme a sus caprichos.
—¿Y eso debería hacerme sentir mejor? —protestó más por costumbre que por enojo.
—No lo sé. Sólo sé que es idéntico a ti en ese sentido, Mr. Crema Batida.
Las mejillas se le colorearon, comprendiendo a qué se refería.
—¿Crema batida? —intervino Rihito extendiendo los brazos a Dazai, reclamando su atención—, ¿debimos haber traído el pastel en vez de las galletas, papá? —sus ojos azules mostraron preocupación.
—No es eso, amor —Dazai le besó las mejillas—. Papi tuvo antojo de crema batida la otra noche, y me hizo llevársela para comerla en la cama.
—¡Papi me regaña por comer en la cama! —infló las mejillas molesto, exigiendo una explicación a Chuuya—, dice que la comida se sirve en los platos y los platos van en la mesa —puntualizó.
—En su defensa, papi no uso plato… más bien fue el plato —añadió cerca del oído de Chuuya, en la intimidad de un susurro para que Rihito no lo escuchara.
—¡Eso es peor! —señaló el pequeño.
El juego de Dazai, en que su hijo se mostraba aludido dadas las normas impuestas que no seguía —desde su perspectiva—, y el recordatorio en doble sentido de la fantasía cumplida; arrugó su ceño y le tornó rojo el rostro hasta la punta de las orejas… Mas antes de estallar lo comprendió…
Aquel era el Dazai que se protegía por medio de la broma, de las bufonadas, encerrándose en su caparazón idiota, no por serlo para reír sino por evitar sentir. Ese era el Dazai de la Port Mafia que al ingresar en la Agencia seguía sin encontrar un camino claro, no el hombre con el que escapó y formó una vida. Quien lo abrazaba, encorvado el cuerpo sobre su familia, contradiciendo en el gesto protector la sonrisa despreocupada, era un hombre con miedo a los mismos fantasmas del pasado que lo asechaban a él.
En el hilo argumental en que fueron insertados por All Souls, no tenían que temer más que de sus recuerdos; y ese era la cuestión. El mundo no los perseguía, sí lo hacían sus consciencias, verdugos que no requerían de descanso ni de comer o dormir. En la opacidad avellana de Dazai lo veía tan claro como estaba en su propia mente.
Estiró la mano. Le acarició la mejilla. Dazai respingó emergiendo del ensueño de sus tormentos personales que revivían en Yokohama, ciudad portuaria bendita para Japón, maldita para los que habitaron sus sombras.
Dispuso una mano sobre la suya, manteniendo el calor y el tacto, su sonrisa mutando a sincero reconocimiento por ser su salvavidas.
—Papá estará bien —le susurró Rihito al oído—, y papi también. Sólo necesitan la fórmula mágica para que el miedo se vaya.
Su hijo sonrió con ternura. Poseía una intuición maravillosamente acertada. Si bien no nació con una habilidad, la ausencia se compensaba por una capacidad pasmosa para comprender el panorama entero —pese a no entender la complejidad del entramado del mundo adulto en su totalidad— del interior de una persona, hallando las palabras correctas que le brindaran luz. Perfecta mezcla del genio deductivo de Dazai y la preocupación por lo demás suya. Mezcla que ni siendo de su sangre habría resultado tan de ambos, que aumentaba su fascinación al venir en un precioso paquetito de orbes azules y cabello alborotado café oscuro.
Sin lazos de sangre, los tres compartían mucho más que el papel de adoptación. Compartían un lazo que los convertía en una familia, un hilo rojo que los unía.
—¿Y cuál es la fórmula mágica? —le besó la mejilla.
Conocía la fórmula mágica, y la fórmula iniciaba con la pregunta.
Rihito sonrió travieso, un gesto semejante al de Dazai, y se volvió hacia éste.
—¿Le puedo decir?
—Si tú quieres —respondió su esposo dando un beso en la frente a su hijo.
El pequeño se encogió de hombros. Se estiró y alcanzó la caja de galletas, mostrándola.
—Compramos galletas de chocolate amargo —reveló alegre y seguro—, y tenemos lo más importante: a nosotros.
Esa era la fórmula mágica aleja-monstruo: un algo que compartir los tres, y los tres.
Chuuya le besó la manita y dijo:
—Tres para tres…
—Tres juntos —completó Dazai.
La fórmula y el pequeño hechizo que su hijo, un día, al despertar de una pesadilla; les enseñó. La fórmula se usaba más en los adultos asechados por el pasado, creada a partir del amor inmaculado de un niño que entendía que sus padres guardaban monstruos en sus silencios. Monstruos que los aterraban.
—La caja está abierta —apuntó torciendo el gesto en fingida molestia.
Huyeron, se amaron y aprendieron a sobrevivir a sus horrores, pero no fue sino hasta que lo conocieron que fueron salvados. Hobb llegó con el recién nacido a su puerta, y no se aferraron a él como a una piedra, sino que en la zozobra de los remanentes —que parecían eternos— de la tormenta, encallaron en esa playa en que estaba Rihito dándoles la bienvenida.
—Te dije que lo notaría —culpó Dazai.
Tras mostrarle un puchero de reproche, Rihito se volvió a Chuuya extorsionándolo con una disculpa tierna contra la que fue incapaz de luchar.
—Había una niña en la repostería, esperaba a sus padres —se encogió de hombros invadido por una repentina vergüenza—, y como estaba sola le di una galleta.
—¿Una niña sola? —interrogó.
—Un poco mayor que Rihito —aclaró Dazai—, al parecer la dueña es vecina de los padres y le pidieron que cuidara de ella. Trabajo de último momento. Rihito quedó encandilado por ella.
—¡N-no es cierto! —espetó con vehemencia contradictoria su hijo, un fuerte sonrojo iluminando su carita.
—Claro que lo es —contravino Dazai—. A Rihito le gustó tanto que antes de que me diera cuenta se alejó de mí, y fue a hablarle…
—¿Se alejó? —el cuestionamiento de Chuuya subrayó la falla revelada.
—¡Lo supe de inmediato!
—Tres minutos después —comentó Rihito con una sonrisa maliciosa de desquite.
—¡Le diste una galleta! —acusó como si esa atención opacara su error.
—¡E-ella no estaba comiendo ninguna sentada en una repostería! —se defendió blandiendo una lógica infantil.
—¡Basta de pelear, niños! —exclamación moderada que impuso orden en sus amores que agacharon la cabeza apenados; escena enternecedora que tenía a Yokohama de fondo.
De alguna manera el drama rutinario de Italia en Japón sobrescribía parte de la oscuridad con rayos de cotidianeidad y esperanza. Ocultó su sonrisa separando el abrazo y bajando a Rihito.
—Tú, no deberías avergonzar a nuestro hijo —dio a Dazai un jalón de oreja.
—Lo siento —soltó sin muchas ganas.
—Y tú —se situó en cuclillas frente a su hijo—, bien hecho. Si te gustó o no —añadió lo segundo cortando la negativa de Rihito—, fue maravilloso que te acercaras a hacerle compañía.
Le entristecía que el flechazo de su pequeño se quedara ahí, en Japón; y Rihito, por las lágrimas que enjugó, lo entendía, que la distancia los iba a separar.
—¿Preguntaste su nombre?
—Sí —el pequeño alzó la vista aguantando el llanto.
—¿Cómo se llamaba? —Dazai le revolvió el cabello.
—Kuroshi —respondió tras una pausa.
Chuuya acogió lágrimas en su hombro al abrazarlo.
—Kuroshi —repitió confirmando el nombre.
Dazai se puso a la altura de Rihito. Era el turno de los padres de consolar a su hijo, despejando con su amor la intensidad de una emoción aun fuera de su comprensión.
—Si sus hilos están conectados no importa cuánto tiempo pase volverán a encontrarse —su mirada coincidió con la de Chuuya. Ellos entendían mejor que nadie la fuerza del hilo rojo del destino, que dio un tirón en sus meñiques enredándose invisible entorno a su familia, su bastión, su hogar, atándolos.
II
No muy lejos de ahí la puerta de una repostería se abrió. El aroma de las galletas recién horneadas y el esponjoso pan pasando de las charolas a los exhibidores de cara a los ventanales, de los pasteles en fila en las vitrinas; marchó a la acera despertando el apetito de los transeúntes. Las personas se detenían a saborear en el aroma la posibilidad de entrar, y la mayoría seguía de largo. Sólo cuatro entraron, y de esos cuatro dos recibieron más que la atención de la joven empleada tras el mostrador.
Al fondo del local primorosamente decorado, una niña bajó de la silla frente a una mesita alta. La adorable criatura de siete años —ojos grisáceos y cabello rubio— se alisó el vestido, guardando el grueso libro que leía en una mochila de tigre blanco.
—¿Lista? —preguntó Ryunosuke.
La chiquilla asintió siguiendo con la vista a Atsushi, que descolgó su chaqueta de la silla disponiéndose a colocársela.
—No queremos que te enfermes —explicó advirtiendo una migaja en el holán frontal del vestido—. Pensé que no te gustaban las galletas.
La niña alzó los hombros fingiendo indiferencia.
—Me la regalaron.
—¿La señora Shikata? —abotonó el abrigo, refiriéndose a la dueña de la tienda—, fue muy amable de su parte, ¿le dimos las gracias?
—No fue la señora Shikata —aclaró, coloreándosele los pómulos.
Ryunosuke no tardó en fijarse en el arrebol.
—¿Quién fue? —preguntó intimidando a la distancia a quien osó acercarse a su sobrina.
—Un niño —espetó sin amilanarse ni una pizca, sosteniendo la mirada de su tío—. Vio que estaba sola, se acercó y me dio la galleta. Fue amable —ocupó las palabras del tío Atsushi, involucrándolo indirectamente a su favor.
El detective soltó un suspiro. Tener a dos Akutagawa a su cargo resultaba tan entretenido como agotador, por lo que se interpuso en la confrontación muda que mantuvieron. El orgullo agresivo parecía marca de familia inscrita en las cuatro "A" del apellido.
—Suficiente. Quisiera irme sin tener que declarar a la policía el por qué mi esposo y mi sobrina destruyeron media tienda con sus habilidades por una galleta —Atsushi tomó la mano de la niña. Agradeció a la señora Shikata el favor de cuidarla y se marcharon.
Un copo de nieve cayó en la nariz de la pequeña, que volvió la vista al cielo deteniendo a los adultos que la acompañaban.
El sabor dulce del chocolate perduraba en su lengua, confluyendo recuerdos: el agradable del niño que se acercó a su soledad… y el de sus madres. La luz del primero quedó sepultada por la tristeza del segundo, por las mañanas que hacía dos años se extinguieron.
Nubarrones de lágrimas empañaron su vista. Las extrañaba y por más que intentaba ser fuerte, por más que sus tíos se esforzaban en amarla y darle una familia, el dolor permanecía intacto. Anhelaba comer galletas de la repostería por las mañanas con mamá Gin y mami Higuchi, pero no lo harían de nuevo. Muy en el fondo, pese a que la Port Mafia y la Agencia aun las buscaban, sabía que no volverían.
—¿Kuroshi?
La pregunta de su tío Atsushi, impregnada de preocupación, la hizo quitar la humedad de sus ojos con el puño del saco.
—Estoy bien.
—No lo estás —le llevó la contraría Ryunosuke—. No mientas —para cualquier otro niño, o incluso para la mayoría de adultos, la inflexión de sus palabras habría sido brusca y fría; no para Kuroshi y Atsushi.
La atención del arisco tío le otorgó el permiso de hipar y llorar.
En mitad de la calle la familia que le quedaba, tras una misión fallida, la contuvo en brazos. Sus tíos —sus padres— le abrían las puertas de sus vidas dándole una oportunidad de tener de vuelta un hogar.
Una familia creada en la desgracia, unida por la esperanza de sobrevivir a la pérdida.
III
—¿Les dijiste por qué vinieron?
Harkness negó a la pregunta de Abercrombie, que caminaba a su lado rumbo al elevador.
—No necesitan saberlo.
Presionó el botón que indicaba las oficinas de la Agencia de Detectives Armados.
—¿Estás segura?
La insistencia de su compañero frunció el ceño de la actual directora de la CIP.
—¿Por qué te interesa que sepan?
El hombre se encogió de hombros.
—Supongo que es sólo mi deseo de no darles más sorpresas.
—Te entiendo. Modificar el hilado de las personas trae consigo una sensación de responsabilidad que roza la culpa. Sin embargo, las sorpresas son parte de la vida por mucho que leamos el destino —se ajustó el abrigo resguardándose tras el cuello levantado, no del frío invernal, sino de los pesares que soportaba a cuestas por su cargo y habilidad—. Nakahara y Dazai no necesitan saber por qué están en Yokohama, sólo necesitan saber que era necesario e importante para su hijo. El resto el tiempo se los dirá.
Abercrombie guardó silencio y después soltó una risa breve.
—Hablas por completo como Mrs. Hobb.
Adornos decembrinos, escarcha y campanas, adoraban la puerta de las oficinas de la Agencia. Dentro, reinaba el usual escándalo de los detectives.
Atajando el trayecto de su mano al picaporte, Fukuzawa y Rampo salieron.
—Vaya coincidencia —apuntó Abercrombie, educado pero guasón—. Justo a quien buscábamos.
—¿Es urgente, Joe? —se apresuró a preguntar Rampo, de malas por la posibilidad de trabajo imprevisto truncando su libertad.
—La verdad es que sí —mintió molestándolo—. Tendrás que volver dentro y cancelar cualquier plan.
Harkness se aclaró la garganta.
—Ya me comporto —retrocedió el agente.
—¿Sucedió algo?
A Harkness no se le escapó que el reinicio de la conversación, marcado por Fukuzawa, tuvo un atisbo de prisa parecido al de su pareja. Aguantando la nostalgia de quien habría disfrutado la escena, se enderezó.
—Nada grave. Es más asunto de rutina a hablar con el director Kunikida.
Fukuzawa, exdirector de la Agencia, vaciló en su asentimiento al apartarse. A cuatro años de haber cedido su puesto a Kunikida, para disfrutar de una jubilación adelantada y bien merecida tras la muerte de su coetánea de la CIP, aun le costaba deslindarse del frente de la organización que creó, levantó y enalteció. Esfuerzo cuyos frutos disfrutaba con Rampo, ejerciendo de asesor directivo.
Harkness ingresó en las oficinas deslizando disimuladamente un paquete de chocolates a Rampo, que le iluminaron el rostro. Era su modo de pedir disculpas por lo molesto que llegaba a ser su compañero.
Dentro de la Agencia el director Kunikida repartía ordenes con presteza militar. Al reparar en su presencia aclaró la garganta, sonrojado, y señaló su oficina.
Abercrombie se quedó con los demás detectives y la historiadora habló de política, conflictos y trabajo, rodeando el cálido sentimiento que muy lentamente nació en torno al director, sin acercarse por completo a él.
Roces casuales al tomar el té, miradas de soslayo, y el entendimiento de Harkness de que guardaba muchos secretos a aquel hombre abierto y sincero, demasiado recto e idealista para aceptar la maleabilidad del destino o las tretas que se esconden en cada nudo.
Mientras hablaba, ignorando sus sentimientos, pensaba en su mentora, en Hobb, que murió por una insuficiencia cardiaca. Pensaba en las confidencias que le compartió en su lecho y las responsabilidades conferidas en el transcurso de su agonía.
Recordó lo difícil que fue entender la habilidad de Druon, y la importancia de su habilidad los últimos años que la directora tuvo en esta vida. All Souls condujo a búsquedas que implicaban la culpa que mencionó a Abercrombie, la que cualquiera que altera el destino carga. La fundadora de la CIP quiso para sus protegidos un final feliz.
El final feliz de Dazai y Chuuya se prolongaría por años considerables con las notas amargas, agrías, dulces y saladas propias de la vida; y venía acompañado de un pequeño que se apresuraron a llevar a ellos. El niño entró en su vida antes de lo debido, y en compensación a dicha acción sin nudo, el viaje a Japón resultaba vital, pues hay encuentros que debemos tener en la vida, que son impostergables y necesarios en el forjar del destino.
Así lo planteó, prescindiendo del por qué, encargando la "misión especial" de la CIP a Dazai y Chuya, siendo más agentes de campo corto que largo en la actualidad; y así lo cumplieron.
Rihito y Kuroshi debían encontrarse pese a que el delgado hilo en sus meñiques desperezaría monstruos del pasado.
Hablando con Kunikida, distraída en sus cavilaciones, deseó marcharse pronto. El director de la Agencia notó su premura, y no sin un aire triste aceptó la despedida tras entregarle carpetas repletas de informes de su último trabajo en conjunto.
Ensimismada anduvo el resto del camino a la casona en que residían durante su estancia en Japón, reuniendo fuerzas para dar cara a la perorata que Abercrombie desengancharía a solas, el agente creyendo en el camino recto que debía seguir. Él veía el trazo platónico para que consiguiera el amor; y ella los peligros de anudar mal el telar.
Extrañaba a su mentora y a su padre. Sin ellos, ni la experiencia de la edad ni la importancia de su cargo le conferían la seguridad que sentía cuando los escuchaba, pese a que por fuera se mostraba imperturbable y firme.
El futuro es como la corriente de un canal, escuchó hablar a Hobb en la distancia de sus memorias. No puedo decirte donde va una gota de agua en concreto, sí donde es más fuerte la corriente.(1)
Un brillo de esperanza surgió en su pecho.
Había olvidado esas palabras.
Hobb murió alejada de Druon, y Rothfuss sin ser capaz de acercarse a Otsuka. No, no le apetecía un trágico desenlace, ni por elección propia ni ajena… ¿y si se olvidaba del destino un segundo y pensaba en la fuerza de lo que sentía?
Valor.
Sacó el celular y escribió: «Estaré en Japón unos días más. ¿Le parecería cenar?»
Abercrombie la observó por el rabillo del ojo, sonriendo.
Un minuto después el celular vibró. Una propuesta para esa noche.
—«Empieza con la ausencia y el deseo» —citó el hombre cruzando los brazos tras la nuca, satisfecho.
Harkness saboreó la esperanza. Valor para arriesgarse y enfrentar lo que venga, pensó, eso se necesita para alcanzar la felicidad, que en palabras de Sanderson era como un buen helado. Un helado que todos merecían, y por el que algunos servían de ejemplo por cuanto estuvieron dispuesto a sacrificar para alcanzarlo.
IV
—Está dormido.
Chuuya dejó el dormitorio de la junior suite cerrando la puerta a sus espaldas, dirigiéndose al mini bar a servirse una copa de vino. Dazai lo siguió, atenta mirada, detallando cada movimiento pese a aparentar distracción en las enormes hojas de la sección política del Asahi Shimbun(2), en realidad ignorando por completo los problemas en la cámara baja de la Dieta Nacional.
—Pensé que le costaría dormir —comentó echando un vistazo descarado por el borde derecho del periódico, ocultándose al girarse Chuuya.
—Por la cantidad de azúcar de las galletas pensé lo mismo —el reproche fue evidente.
—Ya me disculpé.
—No es verdad —contrarió—, y no lo harás —dijo con una seguridad que Dazai no se atrevió a poner en duda. Lo conocía demasiado bien.
—¿Y qué quieres que haga para que no te enojes conmigo por ser incapaz de parar de consentir a nuestro hijo?
Sosteniendo la copa por la boca del cáliz, Chuuya se acercó con aire pensativo. Sustituyó el periódico por la copa, poniendo el montón de papel y tinta en la mesa de centro que los separaba de la televisión a escaso volumen en un documental, situándose en su regazo, rodillas a los costados y hundidas en el mullido sillón de dos plazas.
—Para empezar, podrías dejar de fingir que te interesan los escándalos políticos de desvíos de fondos que podrían afectar las elecciones de este año, restando fuerza al Jiminto(3) —enarcó una ceja, altanero, rodeándole el cuello con los brazos.
—¡Me ofendes! —exclamó medido y teatral—, claro que me interesa la política de Japón, y más desde que el Kibou no Tou(4) se pronunció a favor de la reforma constitucional, ¿imaginas el revés que implicaría para las leyes de desestancamiento propuestas por el Primer Ministro?
Chuuya arrugó la frente.
—Alguien estuvo estudiando.
Dazai guardó silencio un instante y después mostró una picara sonrisa.
—Un par de minutos en Google hacen magia con las búsquedas adecuadas, aunque —levantó los hombros y los bajó, derrotado—, si me preguntas más a fondo tendré que admitir que fuera de los vagos recuerdos de hace diez años, ya no sé nada de los dimes y diretes políticos del sol naciente. Ese cotilleo es obsesión tuya.
—¿Le llamas cotilleo al futuro de un país? —preguntó incrédulo y divertido por la ocurrencia.
—Le llamo cotilleo a lo que no tenga que ver contigo —ensanchó su sonrisa comprimiéndola en un beso—…
—Maldito vago…
—… Encima de mi —los besos se fueron en diagonal a su cuello—… y gimiendo.
—Tonto pervertido —Chuuya suspiró de placer, restregando en un serpenteo involuntario el torso a su pecho.
—Ya establecimos hace tiempo que soy un maldito, vago, tonto y pervertido, ¿hace falta repetirlo ahora? —introdujo las manos en la ropa contraria, cuidando de no hacer ruido.
—Sí —levantó el rostro de Dazai capturando su mirada—, porque cada uno de esos adjetivos y el resto deben estar unidos a mí.
La fiereza posesiva del reclamo le exaltó el alma… y le hizo un hueco en el corazón. Justo en el borde de sus ojos azules, de la convergencia mística de la magnificencia del universo y el enigma de la profundidad del mar, se hallaba un rastro del pasado. Miedo, furia, resentimiento y tristeza. No les temió, pues sabía que ese era su sitio, parte de sus vidas; pero sí propició una reverencia a besos recalcando su promesa.
Besó del centro de la clavícula hasta el medio del pecho desabrochándole la camisa. Besó los hombros, brazos y manos hasta las puntas de los dedos. Le besó las piernas, el interior de los muslos y la masculinidad. Consumió a besos la reserva debajo del cabello largo, la porción blanca de cuello que nadie conocía como él, la espalda y los glúteos. Besó secretos, heridas plasmadas en la piel y en el alma. Le besó el corazón y entre jadeos, gemidos y el éxtasis en aumento, le brindó un resguardo de las reminiscencias convertidas en pesadillas.
Lo amó como siempre lo hizo y lo haría.
Lo amó y amó cada nudo en su hilo rojo, pues estos los condujeron a la felicidad.
V
20 años después.
Arezzo, Italia.
Las campanas de una iglesia replicaron alegres a lo que habría de celebrarse en su interior, anunciando por la toscana, a los cuatro vientos, que ese día el destino triunfaba de nuevo.
Los invitados pasaron del murmullo fuerte a un susurro apagándose hasta ser un rumor sutil, casi inaudible, motas de polvo flotando en los ases de luz penetrando a través los vitrales, iluminando la nave central y el presbiterio, frente a cuyo altar se hallaba el sacerdote.
—Ya casi es hora —Chuuya sonrió a un apuesto joven. Los dobleces de la edad, en el filo de sus ojos, delataban el elegante transcurso de los años.
—Estoy nervioso.
—Todo saldrá bien —aseguró Dazai, el cabello salpicado de rayos plateados y discretos, rodeando con un brazo la cintura de su esposo, la mano contraria en el hombro de su hijo.
El órgano apostado a la derecha, contra pared, entonó la marcha nupcial, secuencia de notas proclamando el grandioso acontecimiento para dos familias y amigos.
Rihito se erizó del pánico.
—Oye —Dazai atajó a su hijo—, tranquilo. Te lo dijimos cuando la conociste, ¿no es así?
—"Si sus hilos están conectados no importa cuánto tiempo pase volverán a encontrarse" —rememoró Chuuya.
La confianza de sus padres lo empujó a dar una inspiración temblorosa y asintió.
—Ve —lo apremió Chuuya. Rihito retrocedió girándose al subir dos escalones al altar, ubicándose junto al sacerdote.
La puerta de la iglesia se abrió. Una adorable niña de apenas diez años batalló con un abultado vestido y una canastita de pétalos de rosas que fue lanzando a lo largo del alfombrado dorado, el borde flanqueado por preciosos adornos de flores, tul, lazos y tafetán en rojo, plata y oro. A unos pasos de distancia la novia apareció, el largo vestido blanco y el velo cubriendo su sonrisa, del brazo de un hombre con el cabello negro y las puntas frontales blancas. Al llegar al frente, a los pies del altar, un segundo hombre de humedecidos ojos dorados y lilas abrazó a la novia sustituyendo al primero, ayudándola a recorrer los peldaños hasta ceder su mano a Rihito.
—Cuídala mucho —espetó Ryunosuke aguantando el llanto.
—Lo hará, lo hará —Atsushi lo encaminó al asiento reservado a los padres de la novia instándolo a no hacer una escena, apuñalando a su yerno con fiera mirada.
Evitando ver a sus espaldas, a invitados de la Port Mafia, la Agencia, la CIP y simples civiles mezclados, para no encontrarse con la vida que dejó; Chuuya tomó la mano de Dazai. En el pulso acelerado de su esposo halló a su compañero —amado y eterno— de inquietudes.
Rihito descubrió el rostro de Kuroshi y el revés del destino tuvo sentido en la dicha de quienes se desposarían. Regresarlos a Yokohama y a los que creyeron no volverían a ver, no fue una maldición; fue la oportunidad que sus hijos requerían para su final feliz.
Una pequeña niña y un pequeño niño, dos historias distintas trenzadas en el hilo rojo de aquellos que se amaban. Vidas que sentían en sus meñiques el tirón del porvenir anudando hilos cortados, pues se dice que, en el tejido del destino, si bien la urdimbre es lineal hacia el infinito las tramas de su diseño son espirales, círculos, trazos quebradizos volcándose sobre sí, historias que regresan a su punto de origen por inercia, por distantes que estén sus arcos, sus cortes, ángulos o extremos.
Un hilo rojo para unir, para reencontrarse, para amar.
NA:
El tan prometido epílogo que por meses se me escapó. En verdad, disculpen la tardanza, pero la inspiración no llegaba. Y sí, este es el culpable de que el resto de mis proyectos en fanfics se retrasaran tanto. Espero que haya valido la pena, que fuera de su agrado, y que Rihito y Kuroshi les gustaran.
Rihito y Kuroshi serán, en adelante, los pequeños "oficiales" del Soukoku y Shin Soukoku dentro de mis escritos… y de hecho no es la primera vez que los ocupo. Rihito nació en la Week Soukoku 2017, en los drabbles que hice; y Kuroshi en La Mejor Historia de Amor.
Llegados a este punto, al cierre definitivo de Insane Dream, no me queda más que agradecer su apoyo, votos, comentarios, y todo, lo que incluye su paciencia y tiempo. Gracias en verdad, y nos seguimos leyendo en los siguientes proyectos de BSD que tengo, porque ¡tengo amor para rato para el fandom!
LOS QUIERO MUCHO Y MIL GRACIAS
Referencias:
1. Fragmento adaptado de la Trilogía del Asesino II: Asesino Real de Robin Hobb.
2. Segundo periódico más popular de Japón.
3. O por su nombre completo, Partido Liberal Democrático, es la principal fuerza política en Japón.
4. Partido político japonés.
