Nota: Se que esta súper prohibido poner notas pero es muy necesario se que tiene tiempo que no actualizó pero tengo una justificación estaba en fin de semestre es el penúltimo y estaba súper atareada en la universidad una disculpa como ya he terminado, hoy terminare de subir la historia en el transcurso del día son increíbles gracias por sus visitas, gracias a quien lee y no deja review, gracias a quien lo hace. Sin esas visitas no seguiría subiendo historias estamos a nada de empezar con Alice y Jasper háganme saber de que pareja prefieren nuevas adaptaciones traigo unas en mente.

Disclaimer: Esta historia no me pertenece, ni sus personajes al final de la trilogía diré la autora valen mil son increíbles.

Capítulo 11

Los días pasaron en un torbellino de actividad y el jueves por la tarde, cuando Edward y Bella aterrizaron, ya tenía todo preparado para la llegada de los invitados VIP, el domingo. Esa vez, al revés que cuando se conocieron, Edward Cullen sonrió con franqueza, y con curiosidad. Captó el mismo interés en los ojos increíblemente azules de Bella.

—Emmett me ha contado que has hecho una lista de actividades impresionante para la inauguración.

—Él es el que mejor lo sabe. Me ha martirizado con su obsesión por la perfección.

Ahora que estás aquí, quizá puedas quitármelo de encima un par de horas.

Bella se rio y agarró del brazo a su marido.

—Es lo habitual entre los hombres Cullen. No saben dejarnos solas y confiar en las mujeres.

Su marido le sonrió con indulgencia y con una admiración que hizo que a Rosalie se le encogiera el corazón y que sintiera una envidia muy profunda.

—Pedirme que te deje sola es como pedir que no salga el sol. Es imposible, agapita. Ella se sonrojó y la pasión que brotó entre ellos hizo que Rosalie mirara hacia otro lado.

—¿Por cierto, dónde está mi hermano? —le preguntó Edward.

—Está preparando la piragua para que vayáis a remar esta tarde. Creo que quiere meterse en el agua en cuanto llegue Jasper.

No dijo que Emmett había estado poniéndose más nervioso a medida que avanzaban los días de la semana. Esa mañana se habían gritado durante el desayuno, hasta que desapareció ordenándole que se tomara las cosas con calma o… ¿Por qué habría llegado a creer que conocerían cosas agradables de cada uno durante esa semana? Hasta el momento, solo había sabido que aunque él decía que se alegraba de que ella siguiera trabajando, no dejaba de vigilarla ni un segundo. Solo tenía que pensar en algo para que se materializara.

Las comidas aparecían minutos antes de que tuviera hambre y siempre había alguien cerca con un cochecito de golf, un sombrero de ala ancha o una bebida fría. También estaba claro que estaba dispuesto a que ella dijera «sí» lo antes posible. En cuanto a las miradas ardientes que le dirigía en cuanto la veía… Dejó de pensar en eso y se concentró en los dos pares de ojos que tenía clavados en ella.

—Mmm… un conserje os acompañará a vuestra villa y le diré a Emmett que habéis llegado.

Esbozó una sonrisa algo forzada y se alejó. Comprobó la lista por enésima vez, se montó en su todoterreno y fue a su villa. Emmett estaba hablando por teléfono cuando entró en la sala. Se acercó a ella y le acarició el pelo, que llevaba suelto. Había empezado a llevarlo recogido en un moño, pero Emmett se lo soltaba en cuanto podía y ya había tirado la toalla. Ella no entendió la conversación porque era en griego, pero tampoco la habría entendido aunque fuese en inglés porque sus caricias hacían que se emocionara profundamente. Todos los días, desde que llegaron allí, alteraba sus sentidos así, la tocaba en cuanto estaba a un metro y le acariciaba el vientre con un gesto posesivo que la desarbolaba. Eso, cuando no le gritaba… Decir que el tiempo que habían pasado juntos era como una montaña rusa era

decir muy poco. Terminó la conversación mientras le pasaba el pulgar por la boca.

—¿Estabas buscándome? —murmuró él.

—Sí. Tu hermano y Bella han llegado.

—Lo sé. Edward me llamó hace diez minutos —acercó más la cabeza—. Quiere ir a remar inmediatamente y he pedido que lleven el material al agua.

La besó en los labios y ella intentó apartarse.

—Emmett… no…

—Me he portado como un bárbaro toda la semana. Déjame que me disculpe. Ella contuvo la respiración cuando la besó con más fuerza. El gemido de los dos retumbó en la habitación y se abrazaron hasta que pudo notar la solidez granítica de su pecho y el contorno, más duro todavía, de su erección en el abdomen. El deseo que se adueñó de ella hizo que introdujera las manos entre su pelo. Él dejó escapar un gruñido, la tomó en brazos y la llevó al sofá sin dejar de besarla. Estaba besándole el cuello cuando recuperó el juicio.

—¡No! ¡Para!

Él levantó la cabeza con el deseo y la frustración reflejados en los ojos.

—¿Por qué? —preguntó con la voz ronca.

—No podemos… No puedes utilizar el sexo para disculparte. Basta con que digas que lo sientes.

—Eres ingenua, ¿verdad? —preguntó él con una sonrisa seria.

—Es posible, pero también sé que el sexo puede confundir las cosas. Has estado gruñón porque no conseguías lo que querías. Con el sexo tampoco vas a conseguirlo.

—Pero me sentiré mucho mejor. Puedes negarlo si quieres, pero tú también te sentirás mejor.

Ella no podía negarlo, pero tampoco iba a reconocerlo. Se sentó y se alisó la ropa. El vaporoso vestido negro no era el más indicado para el trópico, pero todo lo que había llevado era negro.

—Además, no podemos. Tenemos invitados que exigen nuestra atención, pero no creas que no me he dado cuenta de que cada vez que intento que me hables, como acordamos, encuentras algo para tenerme ocupada.

—Pretendes que un hombre que ha ocultado sus pensamientos más íntimos durante toda su vida abra su corazón, glikia mou —Emmett se puso rígido y se levantó—. No es tan fácil como apretar el botón de una máquina para que se ponga en marcha —añadió él con dolor por los recuerdos.

A ella se le encogió el corazón, pero, en el fondo, había empezado a esperar que esa fuese la manera de avanzar para construir una base sólida para su hijo.

—Lo sé, pero tenemos que intentarlo por muy difícil que sea, Emmett.

Él asintió con la cabeza, tomo aire y le tendió una mano.

—Lo intentaremos antes de que nos marchemos de aquí. Ahora, puedes venir a ver cómo remo para sofocar mi frustración sexual. Esa será tu diversión de esta tarde.

Dejó que él la ayudara a levantarse y algo de su nerviosismo se disipó. Pensó si Emmett y ella podrían conseguir que el matrimonio saliera bien a pesar de todo lo que llevaban encima. Emmett parecía creer que era posible y eso había limado su escepticismo a medida que avanzaba la semana. La había mimado desde que supo que estaba embarazada y ella no dudaba que sería un padre firme y entregado. Una entrega que quizá se extendiera a ella con el tiempo. Royce había destruido sus creencias, pero durante las últimas semanas había comprobado que no había acabado completamente con la confianza en sí misma y eso hacía que quisiera lo mejor para su hijo y para sí misma. Con Emmett, por lo menos sabía qué podía esperar. Su pasado podría impedirle que la quisiera de verdad y, por eso, de lo único que tenía que estar segura era de que podría vivir sin ese amor que había anhelado siempre. «Antes de que nos marchemos de aquí…» Dejó de lado el nerviosismo que le quedaba y se montó en el cochecito eléctrico que los llevaría a la orilla. El menor de los Cullen ya estaba allí cuando llegaron. Jasper era tan alto como Emmett, aunque con las espaldas más anchas, y tenía el mismo pelo negro, pero sin canas en la sienes. Sus ojos eran de un tono algo más claro que los de Emmett y la miraron con la misma curiosidad que había mostrado Edward.

—Por fin conozco a la mujer que ha conmocionado los cimientos de Cullen Inc.

—Jasper… —gruñó Emmett en tono de advertencia.

Jasper sonrió y tendió un puño cerrado hacia Rosalie. Ella esbozó una sonrisa y chocó los nudillos con los de él.

—Ya era hora de que alguien lo sacara de la apatía —añadió Jasper guiñando un ojo. Edward se rio y Bella sonrió, pero Emmett entrecerró los ojos con gesto serio. —Si estás preparado para que te dé una paliza, dímelo y lo haré encantado —dijo Emmett entre dientes.

—Cuando quieras, vejestorio.

Emmett apretó más los dientes, pero lo agarró del hombro con tanto cariño que a Rosalie se le formó un nudo en la garganta. Desapareció en el cobertizo que habían construido para las embarcaciones y reapareció al cabo de unos minutos con una vestimenta para remar, de un dorado oscuro, que se le ceñía al cuerpo. Ella intentó no mirar a ese ejemplar perfecto que era Emmett Cullen, pero cuando levantó el extremo de la piragua y la subió a los hombros, tuvo que hacer un esfuerzo para que el aire le entrara en los pulmones. Miró hacia otro lado por mero instinto de supervivencia, pero volvió a mirarlo inmediatamente. —No intentes evitarlo. Naturalmente, creo que Edward es el más guapo de los tres, pero hasta a mí me cuesta respirar cuando los veo juntos —comentó Bella.

Sonrió ante la risa sofocada de Rosalie, se abanicó y se acercó a un banco para ver cómo dejaban la piragua en el agua y se montaban. Edward se sentó en el asiento delantero, Jasper en el intermedio y Emmett en el último. Metieron los remos en el agua, aspiraron y espiraron tres veces y se alejaron de la orilla con una sincronización impecable.

—¡Caray! —exclamó Rosalie.

—Sí, ¿verdad? Los he visto remar muchas veces, pero no me acostumbro a esa perfección.

Rosalie volvió a sentir esa punzada de envidia, pero no pudo evitar preguntarse si esa sería la vida de su hijo si aceptaba casarse con Emmett. Su hijo, y ella, podrían formar parte de esa… cohesión. No tendría que verla desde fuera, como había hecho toda su vida. Los miró sin apartar los ojos de Emmett, quien tenía una sonrisa a pesar de la firmeza de su mirada.

—Emmett parece distinto.

Rosalie dio un respingo, miró a Bella y se encontró con esos penetrantes ojos azules.

—¿De verdad…?

—Sí. En el entierro parecía dispuesto a machacarle la cabeza a cualquiera. Hoy parece que Jasper es el único que corre peligro, pero eso es lo más habitual.

—¿Y crees que yo tengo algo que ver?

—Desde luego. Tú y… eso, creo.

Vio que miraba la mano que tenía sobre el vientre. La apartó precipitadamente, pero Bella ya le había sonreído con comprensión.

—Yo… Nadie lo sabe —dijo ella atropelladamente.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo —Bella se llevó una mano al vientre—. Yo también tengo un secreto. Aunque me temo que no será secreto durante mucho tiempo. Edward está deseando contárselo a todo el mundo, pero supongo que empezará por sus hermanos.

—Enhorabuena. ¿Cómo te sientes? —le preguntó sin poder evitarlo.

—¿Sinceramente? Aterrada. No tuve la mejor de las infancias y no tengo un modelo en el que apoyarme. Edward me dice que seré un madre fantástica, pero creo que es demasiado parcial —esbozó una sonrisa ligeramente angustiada aunque rebosante de amor—. ¿Y tú?

—La verdad es que entre el empeño de Emmett para que me case con él y el trabajo que tengo, no me ha dado tiempo para tener miedo, pero…

—¿Emmett te ha pedido que te cases con él? —la interrumpió Bella con los ojos como platos—. ¡Eso es increíble! Supongo que te habrá contado lo que le pasó a su esposa.

—Sí.

—Le habrá costado tomar esa decisión.

—Solo quiere casarse por el hijo.

—No lo creo. No quiero asustarte, pero uno de cada cuatro embarazos se malogra.

Si solo lo hiciera por la respetabilidad de su hijo, habría esperado a que hubiese nacido.

Rosalie negó con la cabeza y no quiso sentir la más mínima esperanza.

—Aparte del bebé, no hay nada entre nosotros.

—Sí hay algo. Una sintonía increíble. No desdeñes el poder del sexo maravilloso.

—Es lo mismo que dijo él —dijo Rosalie antes de sonrojarse por el desliz.

—Ya sabía que había un libidinoso debajo de esa apariencia tan refinada —Bella se rio—. Vamos a recibir a los chicos antes de que empiece a preguntarte detalles que no son de mi incumbencia.

Se levantó de un salto y se acercó a la orilla. Rosalie la siguió más despacio y llegó cuando los hermanos se abrazaban por la noticia del embarazo de Bella. Emmett la miró mientras Edward besaba a su mujer. Bajó la mirada a su vientre, pero no dijo nada y ayudó a sus hermanos a llevar la piragua al cobertizo antes de montarse en los cochecitos que los llevarían a las villas.

La cena se convirtió en una celebración que hizo que Rosalie se diese cuenta de lo que se perdería si rechazaba la propuesta de Emmett. No dejó de mirarla durante toda la velada con un propósito muy claro. Cuando se excusó y volvió a su suite, su cabeza era un torbellino. Un torbellino que le duró tres días, aunque, afortunadamente, no tuvo tiempo para pensar.

Todo fue un frenesí en cuanto llegó el primer todoterreno con invitados. No vio casi a Emmett porque estaba ocupándose de los invitados en el casino mientras ella organizaba las actividades que les había preparado. Era el último día y estaba formando grupos de invitados con sus instructores de paracaidismo cuando oyó una voz conocida. Levantó la cabeza y vio a Selena Hamilton que se dirigía hacia ella. Se quedó boquiabierta antes de que pudiera evitarlo.

—¿Qué te parece? —le preguntó Selena acariciándose los rizos color caoba.

—Estás muy bien —contestó ella con una sonrisa forzada.

—Me alegro que te lo parezca. Roger cree que estoy espantosa. Qué sabrá él, ¿verdad?

Selena se rio, pero la risa no se reflejó en sus ojos demasiado brillantes. Roger Hamilton llegó en ese momento y, sin hacer caso a su esposa, dio un beso en cada mejilla a Rosalie.

—¡Apúntame a lo que estés organizando, cariño! Soy todo tuyo.

Emmett entró detrás de él y se quedó petrificado. Su mirada sombría hizo que se le parara el pulso, pero consiguió mantener la sonrisa mientras él iba hasta donde estaba ella. Al ver la mirada que le dirigió a Roger, Rosalie lo miró con el ceño fruncido y sacudió la cabeza. Él, con los dientes apretados, intercambió algunos cumplidos hasta que el instructor los llamó para que se cambiaran de ropa. Entonces, la agarró de la nuca y le inclinó la cabeza hacia atrás para que recibiera el beso. Fue un beso intenso y fugaz.

—Ocúpate de Hamilton, glikia mou, o me ocuparé yo —le advirtió antes de marcharse.

Rosalie dejó escapar un suspiro de alivio y se dio la vuelta justo cuando Selena volvía a su lado.

—Creo que Roger va a dejarme —susurró Selena agarrándola del brazo.

—¿Estás segura?

—Sí. Creo que tiene una aventura —contestó Selena asintiendo vehementemente con la cabeza.

—Podrías estar equivocada…

—¿Y si no lo estoy? No podría vivir sin él. Es todo lo que siempre he querido y noto que se aleja de mí —replicó Selena con lágrimas en los ojos.

—Selena, creo que no deberías saltar en paracaídas si te sientes así.

Ella se secó los ojos con la mano perfectamente arreglada.

—Bobadas, Roger quiere saltar en paracaídas y yo lo acompañaré.

Sin embargo, Rosalie miró a Roger, quien estaba coqueteando con una instructora, y comprendió que a él no le importaba lo que quisiera su esposa. Volvió a mirar a Selena con preocupación. Sus ojos indicaban que la desdicha no era lo único que la afectaba, pero no sabía cómo preguntárselo sin ofenderla. Acompañó a los invitados a las furgonetas que los llevarían al aeródromo y se montó en una.

—¿Puede saberse dónde está? —preguntó Emmett por quinta vez.

El director de conserjería, pálido, volvió a tomar el teléfono.

—Lo siento, señor, pero creemos que ha podido acompañar a los invitados a una actividad.

—¿Creéis? Intenta llamarla al teléfono otra vez.

El director obedeció, pero cuando sacudió la cabeza, Emmett tuvo que hacer un esfuerzo para no dar un puñetazo en el mostrador.

—¿Ya estás mareando a los empleados? —le preguntó una voz desde detrás de él.

—Ahora, no, Edward.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Estoy intentando encontrar a Rosalie. Nadie la ha visto desde hace una hora.

—¿Y eso te preocupa?

—Debería estar en la villa para almorzar —contestó Emmett con los labios fruncidos.

Entonces, el subdirector llegó apresuradamente y Emmett levantó la cabeza.

—Señor Cullen, uno de los conductores acaba de decirme que la señora King ha acompañado a los invitados que van a saltar en paracaídas.

—¿Qué? —preguntó Emmett sin poder asimilar la información.

No pudo oír la respuesta por los latidos que le retumbaban en los oídos y tampoco se resistió cuando lo agarraron de un brazo y lo llevaron por un pasillo. Oyó que se cerraba una puerta segundos antes de que Edward lo sentara en un asiento.

—¿Puede saberse qué está pasando, Emmett?

Él se pasó lo dedos por el pelo e intentó no dejarse llevar por el terror.

—Seguramente no sea nada. Ella no ha podido ir a saltar en paracaídas.

—Es lo que ha dicho tu empleado…

—Pero… No puede…

—¿Por qué? ¿No está capacitada?

—Edward, está embarazada.

Su hermano se quedó boquiabierto y pálido. Los dos se abalanzaron sobre el teléfono que había en la mesa, pero Emmett fue más rápido.

—Necesito que el conductor más veloz que haya se presente en la puerta dentro de diez segundos.

Edward abrió la puerta y se encontraron con Jasper en el pasillo, pero bastó una mirada de Emmett para que se tragara cualquier ocurrencia que pensara decir y los acompañó en silencio.

El trayecto hasta el aeródromo fue el más largo en la vida de Emmett. No podía evitar imaginarse las situaciones más espantosas ni dejar de pasarse los dedos temblorosos por el pelo. Empezaron a ver paracaídas de colores a medida que se acercaban a la zona asignada para que aterrizaran.

Emmett se bajó del todoterreno antes de que se parara y oyó a sus hermanos que corrían detrás. Con el pulso desbocado, miró los ochos paracaidistas y comprobó que Rosalie no era ninguna de ellos.

—Emmett…

Se dio media vuelta y vio que ella se bajaba de una de las furgonetas con Selena Hamilton pisándole los talones. El alivio se mezcló con una furia incontenible. Salió corriendo hacia la furgoneta y esa vez no oyó pasos detrás. Se paró delante de Rosalie, quien fue a hablar.

—No digas ni una palabra.

Ella se quedó boquiabierta, él la tomó en brazos y la llevó hasta el todoterreno.

—Fuera.

El conductor se bajó de un salto y le entregó las llaves. La sentó en el asiento del acompañante, le puso el cinturón de seguridad, se montó y cerró la puerta olvidándose de sus hermanos. Encendió el motor y se marchó del aeródromo. Tardó menos de diez minutos en llegar a la villa. Esa vez no la ayudó a bajarse y entró en la casa para buscar al mayordomo.

—Quiero que los empleados y tú os toméis un descanso y que no volváis hasta que os lo diga.

Volvió a la sala y vio que los empleados salían precipitadamente. Rosalie estaba en el pasillo pálida y mordiéndose el labio inferior con preocupación.

—Emmett, por favor, estás asustándome.

—¿Estoy asustándote? —preguntó él tirando las llaves del coche contra una pared. —¿No podríamos hablar con coherencia y dejar de gritar? —preguntó ella con las cejas arqueadas.

—Te marchaste del complejo sin decírselo a nadie, sin decírmelo a mí. ¡Creía que habías ido a saltar en paracaídas!

—¿De verdad? —ella empezó a reírse—. ¿Por qué iba a haberlo hecho? Además, te mandé un mensaje para decirte que creía que Selena Hamilton no podía quedarse sola. Creo que ha podido tomar algo. Afortunadamente, conseguí disuadirla de que saltara en… —No recibí el mensaje y te olvidas de algo.

—¿De qué? ¿De que tengo que informarte de cada paso que doy? Además, te alegrarás saber que, aparte de evitar que su esposa diera un salto que podría haber sido fatal, le avisé a Roger Hamilton de que, si volvía a mirarme el escote, le arrancaría los ojos. Naturalmente, fui muy diplomática —añadió ella con una sonrisa—. ¿Hay algo más que quieras saber?

Emmett no podía creérselo. Había estado aterrado y ella estaba leyéndole la cartilla.

—¿Lo dices en serio?

Rosalie se acercó hasta que pudo olerla y él se pasó los dedos entre el pelo mientras ella ladeaba la cabeza y lo miraba fijamente.

—Emmett, estás exagerando muchísimo. No puedes protegerme de esa manera durante el embarazo. Sé lo que significa este hijo para ti, pero no voy a estar entre algodones hasta que nazca.

Él se dio la vuelta y fue hasta la ventana.

—¿Crees que estoy preocupado solo por el bebé?

—Sé sincero. ¿Estarías tan alterado si hubiese subido a ese avión sin estar embarazada?

Él abrió la boca, pero no pudo decir nada porque estaba dándose cuenta de algo tan abrumador que no tenía sentido, llevaba toda la semana dándose cuenta.

—Rosalie…

—¿Sabes lo que estaba pensando cuando estaba en la furgoneta?

Él negó con la cabeza.

—Empecé a pensar que quizá debería estar agradecida. Mi primer marido era inalcanzable física y emocionalmente, pero podría conseguir otro alcanzable físicamente e inalcanzable emocionalmente. Quizá, si no saliera bien, a la tercera podría ser la vencida.

—No habrá un tercero. Si te casas conmigo, te quedarás conmigo toda la vida. —No nos precipitemos. Lo que no he dicho es que un marido inalcanzable emocionalmente nunca me serviría. Estoy aprendiendo muy deprisa que soy una chica… integral. No pienso arriesgar mi felicidad con un hombre que no va a abrirse a mí aunque sea un poco.

Él se quedó inmóvil y sin respiración mientras ella lo miraba desafiantemente. Abrió la boca, pero no brotaron las palabras. Sacudió la cabeza y se maldijo por ser tan necio cuando vio el dolor reflejado en el rostro de ella.

—También podrías tener suerte. Ya que estás empeñado en demostrarme lo inútil que soy para cuidar de mí misma, quizá me muera y te ahorre el problema.

Rosalie oyó que se le escapaban las palabras de la boca y se quedó atónita. se quedó pálido y se tambaleó. El espanto se adueñó de ella por haber sido Emmett tan insensible.

—¡Dios mío, lo siento! —intentó acercarse a él, pero la detuvo con una mano extendida—. Emmett, no quería decir eso…

Él bajó la mano y la miró como si fuese un monstruo mientras retrocedía un paso. —Lo siento —repitió ella con el corazón en un puño—. Di algo, por favor.

—Vete.

—No. Emmett, por favor…

Él se abalanzó y la besó con aspereza y dolor, pero devastadoramente. Sin embargo, no duró más de diez segundos antes de que la apartara y se marchara de la habitación. Ella se negó a derramar otra lágrima, fue a su dormitorio, se tumbó en la cama e intentó entender lo que había pasado. El dolor la había llevado a golpear a Emmett donde más podía dolerle. Se había excedido y tenía que arreglarlo. Se levantó, se alisó el vestido y salió de la habitación.

Lo encontró en su despacho con la espalda rígida, los puños cerrados y mirando al mar.

—Emmett, tenemos que hablar.

Él no se dio la vuelta, pero tampoco la expulsó y ella entró en la habitación. —Los dos lo hemos pasado mal y nuestro pasado siempre estará presente. Estabas cuidándome de la única manera que sabes. No debería haber dicho lo que dije.

—¿Quieres saber mi pasado? ¿Quieres que te hable de Sofía? —preguntó él dándose la vuelta.

Ella asintió con la cabeza y con un nudo en la garganta.

—Mi padre luchó durante años para evitar la cárcel. Utilizó abogados para intentar escapar de la justicia, pero las autoridades fueron igual de perseverantes. La economía estaba por los suelos y él había estado enriqueciéndose ilícitamente. Querían que sirviera de ejemplo. Cuando yo creía que ya había terminado, se añadía otra acusación a la lista y el circo empezaba otra vez. Los únicos que me importaban eran mi madre y mis hermanos, pero ni yo podía protegerlos de la crueldad de la prensa y de los que se habían llamado amigos. Entonces, lo condenaron. Por fin, creí que podría conseguir que mi familia descansara, pero se fue antes de que pudiéramos respirar.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella con el ceño fruncido.

—Murió en la cárcel a los pocos meses de la condena a treinta y cinco años.

—¿Cómo?

—Contrajo una neumonía y se negó a que se la trataran. Después del revuelo que había organizado, murió casi sin quejarse —añadió él con una risa amarga.

—¿Y te sentiste engañado?

—Más que engañado. Quise buscarlo en la otra vida para estrangularlo. Estaba cayendo en picado cuando conocí a Sofía. Ella… me salvó.

Rosalie se quedó sin respiración y él la miró con los ojos velados por el dolor. —Ella me sacó de la desesperación y la rabia y yo la recompensé no haciendo caso de los indicios de peligro.

—Ella sabría el peligro que tenía quedarse embarazada con un corazón débil. —Lo sabía, pero estaba convencida de que sobreviviría. Era una optimista incorregible.

—Emmett, no puedes seguir reprochándote lo que le pasó a Sofía. Le diste la asistencia

médica que necesitaba y ella eligió. El resultado fue desdichado, pero…

—Podría haber insistido. Podría…

—¿Haberle dado órdenes como intentas hacer conmigo?

Él se quedó pálido y miró hacia otro lado.

—No puedes controlarlo todo, Emmett. Algunas veces tienes que dejar que las cosas sigan su curso.

—¿Es lo que quieres que haga contigo? ¿Quieres que te deje hasta que ocurra algo imperdonable?

—Das por supuesto que eres el único que se preocupa por la seguridad de este bebé.

Yo lo deseo más que a nada en el mundo, pero para que tenga lo que necesita, nosotros tenemos que dejar el pasado atrás y pasar página. El pasado no puede dictar nuestras vidas.

—Pasar página… ¿Así de sencillo? —preguntó él con los dientes apretados.

—No. Sé que es complicado, pero estoy dispuesta a intentarlo.

—¿Estás dispuesta a intentarlo cuando estás embarazada de mi hijo y no dejas de ponerte ropa negra como si estuvieras en un entierro?

Atónita, se miró. No se le había pasado por la cabeza que su guardarropa negro pudiera estar mandando un mensaje concreto.

—Pasar página no es tan fácil, ¿verdad, Rosalie? Háblame de pasar página cuando hayas cambiado el color de tu ropa —añadió él con una delicadeza cortante como una cuchilla.

—Yo no elegí la ropa. Me diste poco más de un día para que me reuniera contigo en Miami cuando empecé este empleo. La estilista conocía mi historia y dio por supuesto que quería vestir de negro porque era viuda. Además, nunca pensé que pudiera ser algo importante.

—Lo es —insistió él apretando los dientes.

—Solo es ropa, Emmett. Lo importante del asunto es que quiero amor. Lo quería cuando me casé con Royce y lo quiero ahora.

—¿Por qué seguiste casada con él cuando descubriste que era gay?

A ella se le heló la sangre.

—La noche de bodas me contó que se había casado conmigo porque no quería que nadie lo descubriera. Sobre todo, sus padres. Ellos lo adoraban, pero él sabía que no aceptarían su orientación sexual, y también sabía cuánto los quería yo. Le había hablado de mi infancia y de las casas de adopción y él… me dijo que todavía podría tener una familia siempre que…

—Mantuvieras el secreto —terminó él con acritud.

—Sí. Le rogué que lo reconociera. Las navidades pasadas llegué a creer que lo había convencido.

—¿Por qué? —preguntó él entrecerrando los ojos.

—Me dijo que estaba pensando decírselo a sus padres, que solo tenía que arreglar unas cosas antes. Seguramente, estaba planeando algo distinto.

—¿Algo como qué?

—No lo sé. Quizá estuviera pensando emigrar a Tombuctú o algo así. Aceptó el soborno para encallar el petrolero de Edward. Fuera lo que fuese, tenía que compensarle el riesgo.

Él se acercó hasta que se quedó delante de ella. Todavía tenía los ojos velados, pero el dolor se había mitigado.

—Se aprovechó de tu bondad y de tu pasado. El malnacido no te merecía, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, pero sigo teniendo la necesidad de sentirme amada, Emmett. Sin embargo, sé que no puedes darme eso, ¿verdad?

Él miró hacia otro lado y ella intentó no hacer caso a la punzada de dolor en el corazón.

—Te dije que tomaría una decisión cuando hubiésemos hablado —siguió ella.

—¿La has tomado? —le preguntó él mirándola otra vez con tensión.

—Sí, me casaré contigo —contestó ella a pesar de lo que le decía el instinto de supervivencia.

—¿De verdad?

—Sí. Puedo elegir entre vivir en una fantasía donde me dan todo lo que quiero en bandeja de plata o vivir en el mundo real con el bebé y la familia que siempre he anhelado.

Él la agarró de la barbilla y le levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

—Te casarás conmigo. ¿Estás segura? —le preguntó él mirándola con una intensidad abrasadora.

—Estoy segura —contestó ella tragando saliva.

—Me ocuparé de organizarlo —dijo él dirigiéndose hacia la puerta.

—Emmett.

—¿Qué? —preguntó él mirándola por encima del hombro.

—En cuanto a lo que dije antes…

—Olvídalo. Tenemos que ocuparnos de cosas más importantes.

Emmett se marchó sin decir nada más y ella fue hasta el ventanal derramando las lágrimas que había estado conteniendo. Le había dado la respuesta que él había estado pidiendo, pero se sentía como si estuviera cayendo por una cuesta que acababa en el fracaso y el desengaño. Para bien o para mal, había tomado esa decisión por el bebé y por ella. Tendría que acostumbrarse.

Tres aviones de Cullen despegaron de Bermudas al día siguiente y se dirigieron hacia la isla privada de Emmett en la costa de Santorini. Esa mañana, durante el desayuno, había comunicado que se casarían allí dos días después. Bella recibió la noticia con alegría, pero los dos hermanos fueron menos expresivos. Que ninguno pareciera sorprendido le indicó que sabían por qué había salido corriendo al aeródromo el día anterior.

Rosalie aprovechó la primera ocasión para escapar al dormitorio del avión. Emmett estaba hablando por teléfono para organizarlo todo. Paradójicamente, ella era una organizadora de eventos que no podía opinar sobre su propia boda. Ni siquiera sabía si sería una ceremonia por todo lo alto o solo asistirían el sacerdote y los hermanos de Emmett como testigos.

Se quedó dormida y cuando despertó, vio que Emmett estaba a su lado. Estaba muy despierto y la miraba con una expresión que la dejó sin aliento. Le tomó la cara entre las manos antes de que pudiera hablar y la besó profundamente. La alegría se adueñó de ella.

—Emmett…

Él, en silencio, se levantó de la cama y empezó a desvestirse. Lo observó hipnotizada por su belleza y el deseo que veía en sus ojos, solo comparable al que ella sentía en el corazón. Se estremeció cuando se tumbó a su lado desnudo, erecto y mirándola fijamente.

—¿De verdad crees que podemos pasar la página del pasado? —le preguntó en un susurro.

—Podemos intentarlo con todas nuestras fuerzas. Bella me contó que ella tampoco tuvo una infancia fácil.

—Es verdad.

—Y no creo que Edward se librara de la devastación de tu familia, pero parecen muy felices.

Él siguió mirándola con un brillo en los ojos que le alteró el pulso. No dijo nada cuando él le bajó la cremallera del vestido gris que se había comprado esa mañana en la tienda del hotel y se lo quitó. Las bragas y el sujetador fueron detrás. Luego, le soltó el pelo y lo extendió por la almohada. La besó en la boca, el cuello y los pechos y bajó hasta llegar

al centro de su ser. Cada beso y cada caricia la estremecían entre gemidos y tuvo que contener las lágrimas. La arrastró a un clímax deslumbrante solo con la boca y volvió subir besándola por todo el cuerpo.

—Retira lo que dijiste sobre morirte —le ordenó él con la voz ronca por el dolor.

Ella apoyó una mano en su pecho y pudo notar los latidos acelerados de su corazón.

—Lo retiro. Nunca debí haberlo dicho.

Entró en ella con un gruñido que retumbó en toda la habitación. Cada acometida le llenaba el corazón con unos sentimientos que no se atrevía a expresar, que siempre había soñado decirle a una persona especial. Se mordió la lengua porque sabía que no serían bien recibidos.

Él le levantó las rodillas para entrar más profundamente.

—¡Emmett! —exclamó ella en éxtasis.

El sonido de su nombre dicho por ella lo arrasó. Arrastrado por la pasión, alcanzó el clímax con un gruñido atormentado que le salió del alma. Tardó varios minutos en recuperar el pulso normal y cuando Rosalie creyó que se había quedado dormido, se volvió hacia ella.

—Es posible que no nos amemos, pero prometo cuidarte y quererte. Además, te garantizo esto todas las noches, todos los días, durante el resto de nuestras vidas. ¿Sería suficiente? Daba igual porque ya era demasiado tarde. Sabía con toda certeza que estaba enamorada de Emmett Cullen.