Capítulo 12: Corazón esmeralda
El silencio resultaba casi opresivo después de varios días de sollozos ininterrumpidos llenando el eco de los pasillos de la posada Amagi. Aunque todos fingían no hacerlo (con mayor o menor grado de éxito en su disimulo), aguzaban el oído, tratando de sorber su té muy silenciosamente, ávidos de una pista de lo que estaba sucediendo en la habitación de Ted, en la que él y su todavía prometida Rise Kujikawa estaban teniendo una conversación vital para su futuro.
Souji Seta parecía relajado, de la misma forma que podría estarlo una elegante pantera: su relajación podía convertirse en tensión en un instante. Sus ojos azules lo atestiguaban, entre el flequillo de pelo claro y la taza de porcelana que se llevaba a sus labios finos. Aquella mirada estaba clavada en la puerta, listo para abalanzarse en cualquier momento por aquel pasillo para consolar a sus amigos, o para celebrar sus alegrías con ellos.
Junto a él, a apenas un susurro de distancia de su piel, estaba Yukiko, cuyas manos reposaban en los lados de la taza, y su rostro no denotaba la menor expresión. Era la imagen de la belleza y la frialdad japonesas. Sin embargo, por debajo de esa superficie nívea, Yukiko era un tornado de fuego. Por un lado, se habría mordido las uñas hasta dejarlas en carne viva por los nervios: una parte de ella desearía pegar la oreja a la fina puerta corredera del cuarto de Ted y saber ya si sus amigos cortarían o si seguirían juntos, se casarían y se convertirían en el matrimonio más eufórico y entusiasta de la historia del matrimonio. También tenía que ver aquella cercanía de Souji: aquel calor masculino y seductor que despedía su piel, su aroma. Le hacían falta sus besos, las caricias de sus dedos. Tenerle tan cerca y no poder tocarle, por aquella determinación de no hacer el amor hasta que la situación de sus amigos se aclarase, estaba creando una tensión en su estómago a punto de estallar. Pero su mirada no dejaba traslucir aquel fuego: Yukiko era nieve, fría y controlada.
Naoto Shirogane también estaba consiguiendo mantener la compostura con bastante éxito. Sus ojos azules y rapaces estaban fijos en la superficie dorada de su té Oolong, aunque sus oídos estaban atentos, tratando de percibir algún sonido que le diera una pista sobre lo que estaba sucediendo en la habitación cerrada. Odiaba no tener información, no poder repasar sus datos una y otra vez porque aquella situación no era sobre hechos, sino sobre sentimientos, de modo que cualquier cosa era posible con la voluble naturaleza emocional de sus dos jóvenes amigos. También tenía clavado, en algún lugar por debajo del estómago, el silencio huraño y las miradas huidizas y dubitativas de Kanji Tatsumi.
Kanji no estaba fingiendo estar tranquilo. En lugar de estar arrodillado formalmente como sus amigos, estaba sentado en el suelo con una rodilla flexionada y taconeando nerviosamente en el suelo de parquet. Rechinaba los dientes, entre nervioso y furioso, que era la emoción que surgía cuando estaba inquieto e incómodo. Inquieto porque estaba deseando con toda su alma que sus amigos se reconciliaran (lo negaría hasta la muerte si alguien preguntaba, pero lo cierto es que en aquel momento necesitaba creer en el amor desesperadamente); incómodo porque Naoto estaba allí, aparentemente tranquila, pero de vez en cuando su iris gris azulado se movía casi imperceptiblemente hacia él. ¿Por qué no podía parar de sentir que había algo más que decir sobre aquel único beso no correspondido… excepto por un glorioso roce de su lengua?
Sin embargo, si había alguien más nervioso que Kanji era Chie Satonaka. Estaba absolutamente histérica. Sentada en el suelo con las piernas cruzadas, no paraba de revolverse, pegar sorbos airados a su té, atragantarse, toser, enrollar uno de sus cortos mechones de pelo dorado en un dedo, morderse la uña, rascarse una rodilla y vuelta a empezar. Yukiko la miró con preocupación. Como aquella situación la había creado Yosuke, Chie se sentía tan nerviosa como si la hubiera provocado ella misma. Era curioso cómo, al salir con alguien, una podía sentirse partícipe de sus éxitos y fracasos. Yukiko se sentía orgullosa de la actitud de Souji, igual que se sentía orgullosa cuando lo veía tratar, con actitud fraternal, con Nanako, o cuando trataba a los clientes de la posada con profesionalidad. Y, sin embargo, ella tenía tanto que ver en la actitud de Souji como Chie en la de Yosuke: absolutamente nada.
Como todos estaban inmersos en un silencio tenso, la puerta al abrirse sonó como un trueno capaz de derrumbar los muros del cuarto. A los cinco les faltaron piernas para precipitarse hacia la puerta, y Chie casi la arranca de sitio al abrirla con un ademán impaciente. Sin embargo, todos se quedaron apiñados, repentinamente tímidos al ver que sus amigos, uno frente al otro, se volvían para mirarlos y giraban sobre sus talones. Se acercaron hacia sus amigos, serios.
-Chicos, tenemos algo que deciros –dijo Rise, cogiendo aire y alzando la frente como una reina demacrada y sin reino.
Souji, Yukiko, Kanji, Naoto y Chie aguantaron la respiración, acongojados. Ted y Rise se miraron y, suavemente, entrelazaron sus dedos y sonrieron.
-La boda sigue en pie –anunció Teddie con una sonrisa, pero nadie pudo escucharle.
Sus amigos habían prorrumpido en gritos de júbilo y aplausos de alegría. Chie había comenzado a llorar de alivio, y Souji tumbó a Yukiko en el aire y la besó, como una imagen del soldado que besa a la enfermera en un momento de euforia. Kanji alzó a Naoto por el aire un instante, gritando y riendo, y Naoto se permitió disfrutar de la caricia del aire y de la presión de los musculosos brazos de Kanji en sus caderas. Los cinco se abalanzaron sobre sus amigos, abrazándolos, besando sus mejillas sonrojadas, palmeando sus hombros y expresando su alivio y su alegría.
-Vamos, vamos… -arrulló Rise a Chie, cogiéndole las mejillas húmedas con las manos y sonriéndole con aquella ternura capaz de derretir un glaciar.
-Es… es… estoy tan contenta d-de que Yosuke no os ha-haya destrozado la b-boda… -sollozaba Chie, con el labio inferior temblándole y frotándose los ojos llorosos como una niña pequeña.
-En realidad… -comenzó Rise, dubitativa, mientras entraban en la sala donde se habían sentado antes sus amigos y Yukiko les servía a ella y a su futuro marido unas tazas de reconfortante té-, si he ido a hablar con Teddie ha sido por Yosuke.
-¿Por Yosuke? –preguntó Souji, frunciendo el ceño.
-¿Ha estado aquí? –inquirió Yukiko, a su vez.
-Hace unas horas –asintió Rise-. Vino a pedirme disculpas. A convencerme para que hablara con Teddie. Me dijo que no había sido culpa suya y que… -entonces se calló, mirando intensamente a Chie.
-¿Qué?
-Chie… tú… ¿vas a dejar a Yosuke?
Chie enrojeció violentamente.
-¿A qué viene eso? –farfulló.
-Yosuke me dijo que no vendría a la boda si nos reconciliábamos. Porque todos le odiaríamos. Sobre todo tú, Ted –se volvió hacia él, con una mirada preocupada.
Teddie meditó profundamente unos instantes.
-No puedo decir que no esté enfadado por lo que nos hizo –contestó con seriedad-, pero… ha conseguido que me dejaras hablar contigo, así que supongo que se ha redimido… Y además… -la expresión de Ted se tiñó de dulzura- me acogió en su casa, me dio un trabajo y ha cuidado de mí cuando no tenía nada… No, no le odio. Quiero que comparta ese día con nosotros.
-Rise, ¿por qué crees que voy a cortar con Yosuke? –interrumpió Chie en voz baja.
-Porque él me lo dijo –respondió la idol, circunspecta-. Dijo que se iría un tiempo con un compañero de Okina… para que no tuvieras que verle.
-¡Será gilipollas! –gritó Chie, levantándose de sopetón y saliendo intempestuosamente de la sala.
Yukiko miró a su amiga salir como un tornado, mordiéndose el labio inferior, hasta que oyó cerca de su oreja un susurro de urgencia.
-Yukiko…
-Nos vemos luego –anunció Yukiko inmediatamente, arrastrando a un ansioso Souji de la mano.
-Sí, será mejor que nosotros nos vayamos también –intervino Rise, levantándose y ayudando a su prometido a incorporarse-. Tenemos mucho tiempo que recuperar.
Ted no perdió un instante y alzó a su futura esposa en brazos, llevándosela al cuarto y dejando tras de ellos una estela de risitas pícaras y tiernas.
Kanji miró con una sonrisa satisfecha el lugar por el que habían salido, contento de que todo hubiera salido bien, para encontrarse de pronto a bocajarro con la mirada de una Naoto que se mordía el labio inferior.
Estaban solos.
-Kanji, hay algo que quiero decirte –musitó la chica- si me dejas.
Kanji estuvo tentado de salir corriendo, pero por otra parte, aquel había sido un día de valor: valor de Yosuke al responsabilizarse de sus actos; valor de Rise al atreverse a poner su corazón en el punto de mira una vez más; valor de Chie por salir detrás del hombre al que amaba, por muchos errores que cometiera. Él también quería sentirse valiente.
-Claro –respondió él en voz baja, sin apartar su mirada de ella.
-Me ha gustado que me levantaras en el aire –barbotó de pronto la chica, como si las palabras hubieran escapado de sus labios-. Me ha gustado que no me huyeras. Que te comportaras como si… como si nada hubiera pasado. Eres mi amigo, Kanji –tras un instante de vacilación, Naoto le colocó la mano sobre la de Kanji, en un gesto íntimo y físico inédito en ella-. No quiero que nunca nada cambie eso. Quiero que podamos pasarlo bien juntos. Quiero que podamos disfrutar juntos, reír, pasar buenos momentos con nuestros amigos… pero sin que ninguno sufra. No quiero verte sufrir, Kanji. Eres muy importante para mí.
Y le miró durante un interminable segundo, suplicante.
Kanji se incorporó y la abrazó con fuerza. Trató de reprimir un suspiro tembloroso mientras estrechaba el pequeño y hermoso cuerpo de Naoto entre sus brazos, pensando que, tal vez, algún día, aquello fuera suficiente. Queriendo intentar ser su amigo. Alguien importante para ella.
-Tú también eres muy importante, Naoto. Somos amigos, coño. Somos amigos.
Yosuke estaba metiendo su ropa en la bolsa de deporte sin verla, cegado por las lágrimas. No sabía cuándo volvería al piso, o si lo haría. Tal vez nunca volviera a sentirse lo bastante fuerte para tumbarse en aquella cama vacía, o a sentarse en el sofá sabiendo lo bonitas que se le ponían las piernas a Chie cuando se acurrucaba en el sofá, vestida solo con una de las camisetas anchas de Yosuke, riendo con alguna tonta comedia que echaran en la televisión. Lo graciosa que era cuando zampaba como una bestia parda carnívora. Todos esos espectros de pelo corto y ojos ocre revoloteaban en el rabillo del ojo de Yosuke, y por eso lloraba.
Oyó la puerta principal abrirse y cerrarse con estruendo, y supo que el momento había llegado. Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, respiró hondo, cerró la cremallera de la bolsa de deporte y se volvió para enfrentarse a su pesadilla más perfecta.
Chie estaba en el marco de la puerta, jadeante, con el pelo revuelto y los ojos echando chispas.
-Dilo ya –susurró él.
-¿Que lo diga? ¿Tú eres gilipollas o qué te pasa? –gritó Chie, avanzando a pasos agigantados hacia él- ¿No eres capaz ni de preguntarme qué quiero antes de pregonar por ahí que te odio y quiero dejarte?
-¿Y no es verdad? –sollozó Yosuke, empezando a llorar de nuevo- ¿No decías que no podías ni mirarme? ¿Que no me importabas? Sólo quería ahorrarte el trago, Chie… es lo único que podía hacer por ti…
-Eres… eres… -aún furiosa, Chie se dio cuenta de que estaba llorando, con el corazón destrozado. ¡Le quería con todo su corazón, pero a la vez le odiaba por no ser lo que ella necesitaba!
Ante su silencio rabioso, Yosuke volvió a enjugarse las lágrimas y se echó la bolsa al hombro. Chie lo vio hacerlo, con los puños apretados, sintiéndose impotente, porque su furia le impedía hacer que se quedara.
-Por cierto… -la mano temblorosa de Yosuke buscó en su bolsillo y le tendió una cajita plana- cambié el regalo de aniversario. No es que signifique algo, pero… es tuyo.
-Yosuke… -Chie iba a rechazarlo, sintiendo que su corazón estaba siendo estrujado por una garra gélida, pero Yosuke negó con la cabeza, mirándola con ojos enrojecidos.
-Cógelo. Quiero que lo tengas. Por favor.
Chie lo aceptó y abrió la tapa. Dentro de la cajita había un hermoso colgante de esmeralda con forma de corazón que pendía de una sencilla y elegante cadena de oro. Chie se llevó la mano a los labios, sintiendo que sus ojos volvían a llenarse de lágrimas.
-¿Te gusta? –murmuró Yosuke, con la voz trémula.
-Es precioso, Yosuke… Es demasiado…
-No lo es, Chie. Es tu color. Kanji me enseñó tu vestido y pensé… que necesitabas algo para el cuello. El verde siempre ha sido tu color, Chie. Resalta el color de tu pelo y de tus ojos.
-Yosuke… ¿De verdad te has tomado tantas molestias? –Chie apenas podía hablar, acongojada como estaba.
-Chie, –un dedo vagabundo de Yosuke acarició la curva de su cuello, tembloroso- siempre me ha vuelto loco tu cuello. No sé cómo no se me había ocurrido antes comprarte algo para ese precioso cuello. ¿Puedo vértelo puesto?
Chie asintió, llorosa. Dejó que Yosuke se colocara a su espalda y le abrochara la hermosa cadena en la nuca. La piedra reposó contra su piel blanca, brillando como una estrella verdosa. Se giró para que Yosuke viera el resultado.
-¿Qué tal? –susurró en un sollozo la muchacha.
Yosuke suspiró con un temblor.
-Eres la mujer más hermosa del mundo, Chie. Lamento no habértelo demostrado durante este tiempo. Espero que algún día puedas perdonarme por haber dejado escapar a la mujer más hermosa, inteligente, fuerte, independiente y…
Yosuke no pudo continuar: Chie le había echado los brazos al cuello y le había cerrado los labios con un beso.
-Chie –suspiró Yosuke, dejando escapar otra lágrima, esta vez de alivio.
-Esto es todo lo que quería –murmuró Chie contra sus labios-. Sentirme apreciada. Valorada. Te quiero, Yosuke. Sé que has cometido errores, pero eres una persona buena en el fondo y… Dios, bésame, bésame, bésame.
Se fundieron en un largo beso. Chie hizo que la bolsa de deporte se deslizara hasta el suelo, mientras los dedos de Yosuke se hundían en el pelo rubio de la chica. Yosuke alzó a su novia de las caderas y la llevó hasta la cama, deseando desnudarla, hacerle sentir todo su amor, dejar que las sábanas exudaran toda la amargura que habían acumulado estos días y se empaparan del aroma de Chie, su hermosa, preciosa, deliciosa Chie…
OOOOOOOOOOOOOOOH. Todo se ha arreglado (de momento). La boda sigue en pie y Yosuke y Chie están juntos de nuevo. Y hasta parece que Kanji y Naoto intentarán ser amigos… Veremos ;) ¡Hasta la próxima!
