MARCA DE LEALTAD

Bueno…de nuevo con un poquito más. Prestad atención a Draco y decidme que os parece.

Por otro lado...Espero que os guste mi solución al envenenamiento... y mi propuesta para el tema de la supervivencia de Voldy...nada de Horrocrux en este fic.

REWs por favor...aunque sean cortitos!


MARCA DE LEALTAD


Abandonaron el laberinto, sin dejar más huella de su paso que una piedra perdida y un complemento de ropa. Tenían aun mucho que hacer esa noche, y llamando a uno de sus elfos, Severus tomó una dosis de solución básica energizante de su maletín portátil de pociones y la derramó sobre la piedra, recogiéndola en un nuevo vial y removiendo. Evans bebió de un trago el líquido ofrecido, mientras Severus murmuraba que una de las propiedades de la Piedra Filosofal era magnificar las cualidades de las pociones que tocase. El elfo les dejó directamente en el bosque, y regresó instantes después con un completo cofrecillo de recolección de ingredientes.

Con respeto y delicadeza, ante los atentos ojos de la manada de unicornios, los dos trabajaron para recolectar los elementos aprovechables: recortaron la cola y las crines, usaron un hechizo para remover los huesos que fueron a parar a un gran cajón, con especial cuidado para el cráneo, con el cuerno aun fijado. Ronan lloraba ruidosamente. Despegaron los cascos, extrajeron la leche de las ubres y recogieron todo el pelo suelto que pudieron con bruzas y cepillos. Severus vaciló, incluso a él le parecía increíble, pero el semental le empujó el hombro con el hocico y el hombre uso la varita para cerrar la herida por la que antes asomaban las entrañas del animal.

Hagrid llegó, con los agotados niños arrastrándose detrás de él, y un satisfecho Draco montado en el lomo de un saltarín y sonrojado Firenze. Sinistra alzó una ceja, y Flitwick rebotó sobre los pies. El cuerpo flácido y sin forma del unicornio reposaba en unas parihuelas y el semigigante se sonó ruidosamente la nariz.

-¡Oh pobrecito!¿Al final esa bestia le alcanzó?

Severus murmuró:

-Evans dice que todo lo que vio parecía una manta o una capa rugosa. Podría ser un lethifold, aunque por las heridas, es mucho más grande y con garras. Probablemente algún cruce experimental no autorizado o una transformación fallida. Los centauros lo han ido llevando hacia la cañada del norte.

Hagrid palideció un poco –esa cañada era el hogar de Aragog- Bane se encabritó y gruñó:

-¡Se lo merecía! Deberíamos dar reposo a esta pobrecilla…y a su hermana.

La dispareja comitiva; magos, centauros y unicornios, tras recoger los restos del otro unicornio fallecido, llegó hasta un bello prado. SilentThunder galopó hasta un pequeño árbol, un acebo solitario que extendía sus ramas sobre la hierba y rascó el suelo con la pezuña. Los magos abrieron un hueco en la tierra con prontitud, y los restos de Moonligth Dancer y Silver Cloud fueron entregados a ella, y cubiertos con suavidad. El potrillo relinchó lastimero y el gran semental le rozó con el morro. El semental relincho y las otras yeguas respondieron. Una de ellas, con un potro muy crecido a su costado, se acercó al huérfano Zenit Star y lo llevó con ellas.

Los magos regresaron al castillo, sin que nadie cuestionara la historia o la presencia de Severus. Evidentemente, Evans le había llamado. Los alumnos de Griffindor estaban aterrados, helados y agotados y encontraron a una agitada Minerva aguardando su regreso con impaciencia.

-¡Cielo Santo! ¿Cómo es que has tardado tanto Hagrid? ¡Hace horas que debían estar de vuelta!

El hombretón carraspeó y murmuró ininteligiblemente entre dientes. Y Severus resumió en un par de frases la noche. Evans había encontrado al unicornio agonizante, y visto una criatura extraña. Los centauros habían conducido al atacante hasta una quebrada, nido de las acromántulas. Tras recoger los elementos aprovechables, enterraron los restos de los dos unicornios fallecidos. Con sequedad, Severus murmuró altivamente:

-Cancela todas las clases de pociones de mañana, Minerva…Cuando terminemos de sortear las partes de unicornio, Evans y yo nos iremos derechos a la cama y no estaremos en condiciones de dar clases con un par de horas de sueño…Ni Draco tampoco, por supuesto.

Al acercarse el alba, y con Evans despierto por pura fuerza de voluntad y sentado en un taburete de la mesa de al lado, Severus terminó la poción renovadora más potente que se conocía, Iuvenis Perfectum, mientras el antídoto contra el veneno se enfriaba lentamente en otro caldero. Con una muestra de sangre –su sangre- y tiempo para trabajar, el genio de las pociones había creado un pequeño milagro, un contraveneno para contrarrestar el veneno mágico de la Marca veneno más complejo y letal que nunca hubiese visto con múltiples componentes con efectos proteolíticos destruyendo las proteínas del musculo, citotóxicos con una acción localizada, hemotóxicos para el colapso del corazón y el sistema cardiovascular, neurotóxicos sobre el sistema nervioso y el cerebro. Pero los efectos secundarios de los ingredientes necesarios eran muy grandes y los daños ya producidos por el veneno no mejoraban el panorama para su salud. Dejarlo ahí le hubiese ocasionado secuelas muy importantes, problemas crónicos de salud y a la larga, un considerable acortamiento de su esperanza de vida. Lo cual en las actuales circunstancias no era en absoluto aceptable.

La Piedra Filosofal flotaba a media agua en el fluido gelatinoso y de color opalino, con hebras de consistencia más densa, que recordaba el aspecto de una pocha y oscura clara de huevo. Algunas de las sustancias que habían sido empleadas para crear el antiveneno eran venenos también, incluyendo una generosa dosis del veneno y el antiveneno natural de Ash, la serpiente mestiza de Ashwinder y Ocammy. Evans observaba, sujetándose la cabeza entre las manos, removiéndose y ahogando de vez en cuando un bostezo, con ojos atentos pese al cansancio. Severus usó un agitador de cristal de roca para mover suavemente el líquido, dando un vistazo de reojo al jovencito. Evans no tenía interés en el oro o la promesa de vida eterna para sí mismo…y que hubiese sido capaz de extraer la Piedra del mágico espejo decía mucho de él. La consistencia era correcta, y la disposición de las vetas doradas también, regulares, finas y límpidas. Tomó una espumadera de igual material y levantó con cuidado la roja roca, dejándola escurrir sobre el caldero. Como repeliendo la sustancia ajena, las densas gotas corrieron por su superficie y gotearon, hasta que quedo completamente limpia. Con cuidado, el Maestro en pociones paso el mágico objeto por un baño de agua destilada, y procedió a secarla con un paño de algodón, comprobando la temperatura de la poción, antes de depositarla lentamente en el otro caldero.

Severus no quería oro, juventud eterna o una vida inmortal. Así que no había elaborado el famoso Elixir sino otra cosa. La Iuvenis Perfectum no era precisamente una poción. O al menos no tenía la consistencia usual más o menos liquida, ni siquiera pastosa. Era definitivamente una amorfa masa, cada vez más densa al enfriarse, y Severus se apresuró a sumergir la piedra en la pasta que cada vez más recordaba al yeso a punto de fraguarse. Incluso el caldero era diferente, con las paredes rectas para poder desmoldar después el pudding de un nada atractivo color gris verdoso resultante. Con los rarísimos y principales ingredientes frescos a su disposición – cuerno en polvo y tuétano de hueso de unicornio- Severus había elaborado la paradójica e inusual receta. Siempre tenía en su laboratorio un diminuto cuentagotas de lágrimas de fénix, cortesía de Fawkes –y en su maletín de emergencias unas ampollitas fácilmente dispensables con gotas individuales- y el resto de elementos eran raros, pero menos inusual. En vía tópica, las lágrimas ya habían reducido la hinchazón y la tumefacción del antebrazo, y solucionado la mayor parte del daño local al músculo y nervios. La poción repararía casi cualquier daño de su organismo, salvo amputaciones y defectos de nacimiento, devolviendo a su máximo potencial todo su cuerpo. No funcionaba del todo bien con muchas lesiones neurológicas, ya que muchas son de origen autoinmune, o tienen un componente genético, pero Severus esperaba que los daños a los nervios de su brazo si fuesen recuperables. Lo peor, el lento, gradual efecto de la misma y su continuado periodo de administración durante al menos quince días, mas si los daños eran muy graves. Por eso, por la dificultad de elaboración, lo carísimo y raro de sus ingredientes; era considerada más bien como una curiosidad académica que como algo realmente de uso práctico. Ningún sanador la prescribiría, porque además su modo de empleo no era muy práctico…estaba diseñada para usarse como una especie de jabón en prolongados baños…

Severus se sentó junto a Evans y este se apoyó levemente en su hombro, suspirando. Esperar a que se enfriara una poción –por importante y vital que fuese- era tan interesante como contemplar crecer la hierba. El jovencito se percató de que Severus se frotaba levemente el brazo y murmuró:

-¿Te duele?

El hueso le palpitaba como si estuviese roto, pero la maldición Cruciatus era mucho peor. Así que susurró quitándole importancia:

-Nada que no pueda soportar, Evans. No te preocupes.

Frunciendo el ceño, el muchacho musitó:

-Creo que tengo todo el derecho a preocuparme, Severus. Después de todo, es culpa mía que te hayas envenenado.

Alzando una negra ceja mientras Evans inspeccionaba el vendaje, el hombre susurró:

-Como aun no habías nacido cuando consentí que me pusieran eso en el brazo, es imposible que puedas ser responsable de ello.

Evans masculló, volviendo trasparentes las vendas a golpe de varita para ver la zona:

-Pero te dejé…hacerlo. Acepté que fueras tú el que…

Evans se calló y trasteó fútilmente con las gasas. Severus maldijo interiormente. De todos los momentos para enfrentarse a los fantasmas, a los esqueletos guardados en el armario…tenía que ser este.

-El que lo matara.

Evans asintió levemente, la vista aun fija en la amoratada piel, el cardenal que rodeaba la marca y Severus murmuró:

-No ha sido la primera vez. Ni será la última Evans.

El chico mantuvo la vista obstinadamente fija en la piel tatuada y tras unos instantes de silencio susurró casi inaudiblemente:

-Lo sé. Sé que son ellos o nosotros…

Alzó los ojos hasta los de Severus y murmuró con reluctancia:

-…pero eso no quiere decir que tenga que gustarme.

Se mordió el labio con nerviosismo y añadió casi inaudiblemente:

-Ese momento…el terror que proyectó durante esos instantes…no sé si yo podría hacerlo…

Severus le alzó la barbilla con ternura y murmuró:

-Ojalá pudiera prometerte que eso nunca va a suceder, Harry Evans. Aunque quisiera poder hacerlo, no sería sincero ni contigo ni conmigo. Espero que pase mucho tiempo antes de que lleguemos a eso, pero nos guste o no…estamos en medio de una guerra, y tarde o temprano, te enfrentarás a una decisión. Una en la que no puedes vacilar o ser magnánimo. Como bien has dicho, ellos o nosotros. Y te aseguro que siempre escogeré el nosotros, no importa quién se ponga delante. Míralo de otra manera…¿Cómo te sentirías si por titubear, por dudar en atacar letalmente, Quirrel me hubiera matado? ¿O a Draco?

Evans dilató los ojos, reprimiendo un jadeo de horrorizado sobresalto, apretando el agarre en el antebrazo de Severus. El hombre le acarició el pelo, recolocando un rizo detrás de la oreja y susurró:

-¿Lo entiendes? ¿Ves porque no tuve la menor duda? ¿Comprendes que llegado el caso…siempre has de pensar solo en ti mismo? Hasta las criaturas más insignificantes luchan por sobrevivir, Evans. No lo olvides nunca, y sigue vivo.

Evans bajó la mirada y contempló de nuevo la Marca Tenebrosa. La serpiente estaba enroscada laxamente, cómoda sobre la calavera, contemplándole con aire curioso, agitando levemente la bífida lengua.

-Tu essposso ess un hombre ssabio, Joven Lord. La merced essta fuera de lugar ante el enemigo.

Evans asintió, pensativo y la sierpe murmuró con indiscutible curiosidad:

-¿Quiéness son loss enemigoss de Lord Slytherin? Quien ossa enfrentarsse a tan noble Cassa?

Planteándose cual era realmente la función de la marca y de nuevo con la idea de intentar removerla, Evans preguntó, ignorando la extraña cuestión de esta:

-Perdona si soy indiscreto pero, ¿Podrías decirme cuál es exactamente tu función, además de envenenar a tu huésped?

Enroscándose más apretadamente e irguiendo orgullosa la cabeza el animado tatuaje exclamó:

-SSoy una marca de lealtad. ¡La marca de la Cassa de Slytherin!. Aunque mi asspecto original era mucho máss atractivo que esste…

Evans pareció sorprendido ante lo que fuese que la serpiente le había dicho y murmuró con estupor, desviando los ojos a su esposo:

-Sev…es una marca de lealtad…

Severus miró el tatuaje, pensativo ante la sorpresa visible en los ojos de Evans y murmuró:

-Es evidente…

EL jovencito bufó y masculló entre dientes:

-No, no…es…es mi marca, la marca de la familia Slytherin…básicamente al menos. Sé que están en desuso desde hace siglos, pero en lo que he leído nunca se mencionó que esas marcas fuesen permanentes ni que envenenasen a sus portadores…

Severus meditó un poco, trayendo a la memoria lo que recordaba de las antiguas marcas de lealtad; un medio de asegurar la obediencia, coexistencia y cooperación de extraños reunidos bajo una misma causa en tiempo de conflicto o guerra; un juramento a un líder capaz de unir bajo su mando a un ejército. En tiempos de paz en ocasiones se habían usado para mantener al mínimo los roces entre los aliados de una gran Casa o para significar e incluir en ella a alguna persona que no pertenecía por sangre o matrimonio a la misma. Las marcas eran secretas, particulares y diferentes, nadie fuera del Jefe de Casa o el Heredero eran instruidos en ellas. Pero una cosa si era cierta…las marcas de lealtad podían y eran transferidas. Era lógico, el aliado del padre, tío o abuelo, podía ser reclamado fácilmente por el heredero bien por fallecimiento, o avanzada edad.

-Averigua todo lo que puedas, Evans. Mi familia ha usado esas marcas más asiduamente que otras, porque han enviado guerreros a muchas batallas. Quizás haya una manera de eliminarla o al menos de controlar los efectos. Parece que tendremos que adelantar algunos de nuestros planes para el futuro, no crees?

El moreno asintió sonriendo. Severus lo tenía todo bien pensado. Evans se enzarzó en una animada conversación –parando para traducir concienzudamente a Severus que había puesto una dictapluma a registrar palabra por palabra la extraña discusión- con el tatuaje y aprendió que sobre la marca básica, además de un cambio en el diseño, se habían añadido nuevas características: la capacidad de infligir dolor, el veneno, la de aparecer a ciegas hacia el lugar donde efectuasen una llamada, una fuerte compulsión para nunca cuestionar al líder…y lo peor de todo: la derivación de un pequeño pero constante flujo de magia hacia él autor de la marca. Un drenaje de su poder y una minúscula parte de su fuerza vital.

Severus maldijo…y volvió a maldecir varias veces más, paseando nerviosamente por el suelo del laboratorio. Cada nuevo sirviente hacia involuntariamente más fuerte a su señor. Y entre todos…le mantenían vivo… No era de extrañar que las mujeres –con la excepción de Bellatrix- nunca fuesen marcadas… Una preñez y las posibilidades de aborto, malformaciones o de reducir al nonato e incluso a la madre al estado de squib serian enormes. O que los licántropos nunca fuesen considerados más que como fuerza bruta. La idea de que su propia magia y su vida estaban ayudando al monstruo le revolvió el estómago, y en su debilitado estado por el veneno, el hombre acabó sucumbiendo a las nauseas. Con pasos rápidos alcanzó un viejo caldero que reposaba en un estante y vomitó hasta que su estómago se calmó, las manos de Evans sujetando su pelo y dándole palmaditas en la espalda.

El muchacho le acercó un vaso de agua con soda y Severus se enjuagó la boca para escupir en el fregadero, mientras Evans se ocupaba de las bilis y dejaba el viejo caldero en el escurridor. Con un silbido interrogante la serpiente tatuada murmuró:

-¿Entiendo que no erass conssciente de nada de essto? ¿Qué no ofrecisste voluntariamente magia y vida?

Severus denegó y murmuró:

-Yo quería ser aceptado y reconocido pese a ser un bastardo no legitimizado… que nuestro mundo perviviera, que nuestra cultura y tradiciones mágicas no se perdieran, y que la magia, toda la magia, fuese respetada y honrada. Ser libre para practicar siempre y cuando no dañase a otros…o estuviese defendiendo mi vida o la de mi familia.

La serpiente meditó y tras un rato susurró:

- Voss ssoiss el verdadero Lord Slytherin…y él vuesstro Lord conssorte. SSería un flaco favor dañar a quien sse ocupa de protegeross a Voss. No obedeceré máss essass órdeness de un falsso y traidor Heredero. Uno que ha intentado ussurpar vuesstross derechoss de nacimiento y quitaross la vida. La Maldición de Slytherin ha caído ssobre él.

Pese a sus nuevas preguntas, la serpiente se limito a afirmar que ya solo escucharía las órdenes de Evans y que acciones legales y formales contra el traidor -corpóreo o no- serían adecuadas.

El antiveneno se enfrió hasta ser consumible y con cuidado, Severus embotelló toda la poción. Nunca se sabía si podían volver a necesitarla. Cuando apenas quedaban un par de dosis en el caldero, el hombre apartó una medida en un vaso y se sentó mirando el líquido. Si sus cálculos eran correctos, el veneno sería expulsado de su sistema, si no…Alzó el vaso en un mudo brindis y apuró el meloso liquido de una sola vez. Dejó el vaso en el fregadero y se encaminó con paso cansino hacia su dormitorio, seguido de un solicito y preocupado Evans, que se mordía nerviosamente el labio. Tras una rápida ducha, y vestido en un pijama limpio, Severus se acostó, mientras Evans se acomodaba con una revista de pociones a su lado, sentado entre montones de almohadas y comenzaba a leerle lentamente los artículos, sujetando su mano en la suya. Pese a su testarudez, Evans sucumbió al agotamiento poco después, la revista abierta en su regazo. Con suavidad, Severus apretó la mano del jovencito y por un instante, antes de sucumbir a su propio sueño agitado, se preguntó si la imagen que el espejo le había mostrado podría llegar a ser real…

Tras una madrugada y una mañana de profundo malestar, repleta de nauseas y otras incomodidades físicas, Severus sobrevivió al veneno y a su agresivo tratamiento. Tras comprobar una vez más su estado, pedir una sopa y unos sándwiches para aplacar el rugido de su estómago y poner algo nutritivo en el de Severus, Evans se ocupo de preparar el primer baño. La Iuvenis Perfectum estaba lista y dosificada, cortada por el jovencito en cubos de 2 cm de lado, envueltos individualmente en papel encerado, agrupados en tarros herméticos con siete dosis. Tenían un montón…y siguiendo las murmuradas instrucciones de su esposo, Evans separó los irregulares trozos que habían estado directamente en contacto con la piedra- presumiblemente los más potentes- para ser empleados los primeros en el tratamiento.

Tras ayudar a un debilitado Severus a tomar una muy necesitada ducha –el sudor pegajoso contenía las toxinas y a lo largo de la noche y la mañana, el hechizo colocado en sus calzoncillos para contener y deshacerse de otros desechos corporales había estado funcionando a plena capacidad- Evans le ayudó a sentarse en una banqueta y comenzó a frotarle con leche de burra recién ordeñada y los trozos del blando y verdoso jabón, obteniendo una espuma blanca y cremosa que se adhirió fuertemente a su piel. Había que cubrir todo el cuerpo y Evans lo hizo diligentemente. Para ahorrarse más bochorno, Severus se frotó el pecho y los genitales, ocultando estos bajo la densa espuma y suspiró con cansancio. Se levantó para dejar que Evans le frotase las piernas y volvió a sentarse. Se sentía débil como un gatito… Cuando pasaron 15 minutos, y pese a los hechizos calefactores, Severus estaba tiritando y agradeció enormemente la calidez del baño calándole hasta los huesos. Cerró los ojos y dejó que Evans le envolviese en las sábanas de hilo.

Después de su largo remojo, dejando que su piel –el órgano más grande de un ser humano- absorbiese las propiedades y elementos de la espuma, y en una cama vestida de limpio y recién hecha por los elfos, Severus se sumió en un sueño mucho más natural y tranquilo, mientras Evans enviaba una nota al Director, informándole que Severus había cogido la gripe mágica y que ninguno de los dos estaría disponible para dar clases.

Dumbledore bizqueó por encima de su cena y miró la nota con asombro, y volvió los ojos a Minerva, que lucía mucho más cansada de lo normal, tendiéndole el pergamino. Con un suspiro, la bruja murmuró cortante:

-No es de extrañar… anoche ya tenía muy mala cara, y el esfuerzo fue sin duda la gota que colma el vaso…Severus estaría hasta las tantas despierto, preservando ingredientes, después de pasar media noche correteando a la intemperie. Agradece que Evans ha tenido la idea de pedirle al Barón y a la Dama Gris que supervisen las clases de pociones, teóricas por supuesto…y que a estas alturas de curso, mayormente se trata de revisar temario.

Albus parpadeó y murmuró:

-Pero…¿Y por qué no da clases Harry?

Minerva se irritó y masculló:

-¡Porque es su esposo, Albus! Evans es un sanador, y la criatura más bondadosa que he conocido nunca. Severus detesta la enfermería y Evans sería incapaz de dejarle solo…

Volviendo a su cena, la mujer murmuró:

-¡Menos mal que es viernes! Eso nos da un margen de dos días para organizar las clases.

Y ninguno de los presentes se percató hasta pasados varios días de la ausencia de un hombrecillo vestido en túnicas moradas…