Saludos desde Ecuador para mis lectores.

Una vez más aquí me tienen para actualizar mi historia como cada sábado.

Muchas gracias a todas las personas que leen este fic y a quienes me apoyan con sus comentarios y sus consejos. Un agradecimiento especial para Hikaru Kino88, Kumikoson4 y Suki90 por los ánimos que me dan para continuar.

Un pequeño anuncio: Dibujé unos arts de los Caballeros de Bronce. Si les interesa verlos pueden buscar en Google Imágenes el título de este fic, y podrán conocer a Anna, Senshi, Evan, Kenji y Natassia.


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por Kazeshini


CAPÍTULO 12: LA TÉCNICA SECRETA DE ARIES Y LA LUCHA DE TITANES EN TAURO


==Santuario de Atenea. Monumento a Atenea==

—¡Demonios! ¡A esa altura ya no podremos alcanzarlos! —rugió enfurecido Kenji, golpeando nuevamente la película de energía.

El Caballero de Pegaso se debatía entre la incredulidad y la tristeza. Su confundida mente no le dejaba pensar con claridad.

—¡Saori! ¡Seiya! ¡Regresen por nosotros, por favor! —suplicaba el joven desesperado entre ríos de lágrimas.

Sus compañeros de bronce detuvieron sus intentos de romper las esferas, para observarlo conmovidos.

—Kenji, ya basta. Creo que deberíamos…

Anna interrumpió su intento de consuelo, al sentir que el cosmos celeste del muchacho rubio se encendía como nunca antes.

—No, amigos. Todavía es pronto para rendirnos —manifestó con la mirada fija en la pulsera de flores que le regaló Saori, mientras una sonrisa de valentía iluminaba su rostro—. ¡Juntos vamos a conseguir un milagro, ya lo verán!

—«Kenji, es la primera vez que veo tanta determinación en tu rostro» —reflexionó Andrómeda, sonrojándose.

Infundida de nuevos ánimos, la muchacha castaña también se puso en la tarea de elevar su energía cósmica. Un cálido resplandor rosa cubrió su cuerpo.

—«Maestro Shun, no lo voy a dejar solo allá arriba. ¡Cuando lo vea nuevamente, le voy a dar un gran abrazo y no lo voy a soltar!»

—¡Ya oyeron a nuestro amigo! ¡A elevar nuestro cosmos hasta el Octavo Sentido! —les exhortó Senshi con gran ánimo.

El Dragón también hizo su parte, encendiendo el aura verde que emanaba de su ser, haciéndola crecer cada vez más.

—«Papá, abuelo Dohko… ¡Les demostraré que puedo ser tan fuerte como ustedes!» —meditó muy animado el pelinegro.

—¡Arde, cosmos! ¡Hasta el infinito! ¡Libéranos de esta prisión! —gritó Evan de Fénix, quemando su energía anaranjada de manera extraordinaria. Su cabello plateado ondeaba mientras su cosmos llameante se incendiaba.

—Nosotros… Nosotros… ¡Haremos de este mundo un lugar resplandeciente y lleno de paz! —expresó Natassia de Cisne, para sorpresa de sus amigos.

La energía alba congelante que desprendía, llenaba su prisión de cosmos

—Lucharé junto a mi maestro sin importar las consecuencias —añadió más segura de sí misma la muchacha de cabellera celeste. Su frialdad e indiferencia poco a poco iban desapareciendo.

Lo increíble sucedió. Las cloths de bronce de Pegaso, Dragón, Andrómeda, Cisne y Fénix se tornaron doradas por un instante. Sus portadores habían alcanzado el Octavo Sentido, despertando la sangre de los Caballeros de Oro que fue vertida en ellas hace años.

—¡Por Atenea y por la Tierra! —exclamaron los cinco jóvenes a la vez, para luego destruir con sus cosmos las esferas de energía que los aprisionaban.

Ninguno tuvo necesidad de decir una palabra, sabían perfectamente lo que debían hacer. Alas doradas nacieron en las espaldas de sus armaduras, incluso de los ropajes de Andrómeda y Dragón.

Sin demora, los cinco Santos de Bronce emprendieron vuelo hacia la Maravilla Suprema.

—Espérame, Saori —musitó el Pegaso con seguridad, mientras ascendía escoltado por sus amigos—. Retribuiré todo lo que has hecho por mí en estos años…


==Santuario de Atenea. Casa de Virgo. Jardín de los Sales Gemelos==

El lugar había sido arrasado por completo. Donde antes florecían esplendorosas una gran variedad de plantas, solo quedaba un terreno yermo y muerto.

A la sombra de uno de los Sales Gemelos, permanecía sentado un cansado Kiki. Ni él mismo se explicaba cómo había sobrevivido a las técnicas combinadas de su maestro regresado a la vida. Pero, aunque estaba en una pieza, era evidente que no salió ileso. Su cuerpo presentaba graves heridas y su armadura dorada tenía fisuras en todas partes.

—«Atenea… no puedo fallarte en mi primera misión como Caballero Dorado —reflexionó decidido, tomando una pequeña flor que yacía destrozada a su lado—. Tampoco puedo defraudarlo a usted, maestro» —se dijo a sí mismo, para infundirse valor.

Haciendo una mueca de dolor, el joven lemuriano consiguió reincorporarse y encarar a Mû. El daño físico que recibió en cuerpo y cloth dejaron de importarle.

—Conozco el espíritu de los Caballeros de Atenea. Y sé que no vas a desistir hasta el momento mismo en que dejes de respirar. Esa es la determinación que debe mostrar un verdadero guerrero —le felicitó el Caballero Blanco.

—¡Maestro, por favor abandone la maldad y luche a nuestro lado! —le suplicó el alumno en medio de su desesperación.

—Kiki… yo nunca he estado en contra de Atenea ni de ustedes —admitió Mû en tono neutral.

La confusión de su interlocutor se reflejaba en su rostro, ya que no acertó a decir palabra.

—Pero no te confundas. No mentí al decirte que Morrigan revivió a varios de nosotros para que los detuviéramos. Las almas de algunos de mis compañeros de generación han sido controladas por su influencia maléfica —reveló el hombre de melena lila con su característica actitud calmada—. Precisamente estas armaduras blancas que portamos, identifican a los guerreros que forman parte de sus ejércitos. Yo por mi parte, me las arreglé para que la diosa celta no logre controlarme y le fingí lealtad. Así fue como regresé al mundo de los vivos.

—¡Maestro! ¡Entonces usted…!

—Sí, Kiki —le interrumpió—. Tenía que probar tu valor como Santo de Atenea, y sin duda me has demostrado que mereces vestir mi querida armadura de Aries.

Los ojos del nuevo Carnero Dorado se iluminaron de emoción. Desde el comienzo de la batalla, algo en su interior le decía que su maestro no podía ser aliado de la maldad.

—Discúlpame si fui severo —añadió el maestro—, pero debía asegurarme de que posees el nivel de cosmos necesario para aprender la técnica definitiva capaz de vencer a un dios…

—¡¿Capaz de vencer a un dios?! —repitió Kiki incrédulo.

—Así es. Te enseñaré la 'Onda de Espíritus Celestiales'.


==Santuario de Atenea. Casa de Tauro==

La batalla entre el dios más fornido entre los diez, contra el Caballero Dorado de físico más poderoso, estaba a punto de comenzar.

Pegando un estremecedor grito, el nuevo Aldebarán dio un gran salto hacia el invasor del Santuario.

—«Cambió completamente. Es como una bestia sedienta de sangre tratando de saciar sus ansias conmigo» —imaginó Viracocha, al ver la expresión salvaje en el rostro del renovado Tauro.

Esa era una de las razones por la cual el joven Aldebarán renegaba de su puesto como Santo de Oro: Cuando obtenía el Séptimo Sentido y vestía su armadura, aparte del ventajoso cambio físico que resultaba en el aumento de su volumen corporal y su fuerza; el guerrero no podía controlar su ira desatada y se convertía en un animal en todos los sentidos. Perdía completamente su capacidad de razonar y por instinto intentaba asesinar a su víctima.

A velocidad prodigiosa, el fornido Santo de melena negra consiguió asestarle un potente golpe en el rostro a su contrincante. El impacto fue tan fuerte, que consiguió enviar al dios al piso en el acto. El irracional Caballero no se detuvo allí y se le abalanzó nuevamente para continuar agrediéndolo con puñetazos continuos en la faz. Con cada golpe que le propinaba, lo iba enterrando más y más en el piso de mármol de la escena.

—¡Basta ya, Aldebarán! —rugió enojado Viracocha, para luego golpear en el rostro a su atacante, el cual salió proyectado e impactó contra el techo de su propio Templo.

Aldebarán quedó incrustado en la piedra del techo. Movía salvajemente la cabeza de un lado a otro y se sacudía en un intento por liberarse.

En un impulso irracional de ira, el humano encendió su cosmos y sin siquiera evocar el nombre de su técnica, arrojó contra el dios un 'Gran Cuerno' de poder devastador. La fuerza desatada fue tal, que la Segunda Casa entera colapsó tras el impacto contra el oponente.

El dios inca retiró los pesados escombros que lo cubrían, aprovechando que su cuerpo no había recibido daño considerable a pesar de la portentosa fuerza que colisionó sobre él. Apenas y tenía una ligera sensación de malestar que le pareció extraña, pues era la primera vez en toda su existencia que experimentaba el efecto del dolor físico.

Una delgada línea de sangre se deslizó por el costado de su frente, tiñendo de rojo una porción de su cabello verde.

Alejando de su mente esa nueva sensación, notó frustrado que Atenea y los Caballeros que la acompañaban ya habían desaparecido del cielo.

—Fracasé miserablemente —admitió, apretando los puños con ira—. Ni siquiera fui capaz de detenerlos.

Aldebarán salió de la nada y cual auténtico toro, embistió con bríos a su víctima. Viracocha usó su gran poder físico para contener la arremetida.

—Desiste de una vez, Caballero —le sugirió, aún sosteniéndolo con fuerza—. Ya no tengo nada que hacer aquí, así que regresaré a mi morada. Tuviste éxito en detenerme y te felicito por eso.

El Santo de Tauro ni siquiera lo escuchó. Su instinto salvaje lo obligaba a únicamente querer destrozar al dios con sus propias manos.

—«Creo que no me queda más opción que enfrentarlo»— reflexionó con resignación.

Viracocha elevó su cosmos divino de manera increíble, pero grande fue su sorpresa cuando se percató de que, por puro instinto, Aldebarán se detuvo e hizo lo mismo, hasta que pudo igualar su nivel. Sin duda el más joven de los Dorados empezaba a maximizar su Séptimo Sentido.

—Sé que no me escuchas, guerrero, pero quiero que sepas que no me gusta usar técnicas ni manejar armas para batallar. ¡Te enfrentaré utilizando mis propios puños! —anunció el andino, al mismo tiempo que tronaba los huesos de sus manos.

Ambos pegaron un potente grito para arrojarse contra su contendiente. El puñetazo de Viracocha impactó directamente en la sien del rival, haciendo pedazos al contacto el casco de Tauro. La larga melena azabache del humano fue liberada, a la vez que su potente rodillazo se enterraba dolorosamente en el abdomen del dios.

La fuerza ambos los golpes fue tal, que creó una onda expansiva que mandó a volar los escombros que los rodeaba. Tras esto, los contrincantes retrocedieron paralizados por el intenso dolor. La sangre emanaba sin cesar de la herida en la cabeza de Aldebarán, mientras que el dios precolombino dejó escapar el líquido vital por su boca.

—Los cuerpos que nos dio Yggdrasil tienen una estructura orgánica similar a la humana —murmuró para sí la deidad—. Si no peleo en serio, acabaré siendo derrotado.

Superando la barrera del dolor y dejándose llevar por su hambre de violencia, Aldebarán tomó por el cuello a Viracocha dispuesto a estrangularlo. Poco le faltó para destrozarle los huesos cervicales. La reacción instintiva del dios fue elevar su energía cósmica a un nivel portentoso. Solo así consiguió liberarse y replicar la agresión agarrando a su rival por la garganta con una sola mano. El joven musculoso luchaba sin éxito por liberarse de la garra.

—Caballero, tu poder es grande, sin duda. ¡Pero a cambio de esa fuerza, has tenido que renunciar a tu humanidad! —le reprendió aún apretándolo por el cuello—. ¡Un ser tan peligroso como tú no puede existir en este mundo! ¡Por eso acabaré de una vez con tu vida, aquí y ahora!

El Santuario entero tembló cuando Viracocha envió a su puño la totalidad del cosmos que poseía en ese momento. Pensaba terminar con la existencia de Tauro con un solo golpe fulminante.

El puñetazo del dios se dirigió veloz al corazón de su indefenso rival. Pero algo ocurrió a último momento: Otro golpe impactó en el rostro del guerrero humano.

La fuerza de la agresión fue tal, que consiguió arrebatarlo de la mano de la deidad.

—¡¿Quién se atreve a interrumpir nuestra batalla?! —exigió saber el de melena verde, mientras buscaba con la mirada al agresor del Santo que aprisionaba.

Una potente risa resonó entre las ruinas de la Casa de Tauro.

—Eres un rival fuerte, lo admito. Pero no podía quedarme sin hacer nada mientras asesinabas a ese Caballero —intervino una gruesa voz masculina desde el vacío—. ¡Un poder grande como el tuyo se utiliza para proteger a las personas y no para quitarles la vida!

Un fornido guerrero apareció en escena. Era casi tan alto como el dios y estaba ataviado en una armadura negra de apariencia intimidante.

—Soy el antiguo dueño de la armadura que porta ese joven que salvé. ¡El Caballero Dorado, Aldebarán de Tauro!

Continuará…


Muchas gracias por acompañarme una semana más en mi historia. Nos vemos la próxima en el capítulo 13. Un abrazo desde Ecuador!

Próxima actualización: Sábado, 07 de julio de 2012.