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Capítulo XI:
"Bakumatsu"
Si se quiere hablar de Japón, o de cualquier país muy al Este de Asia, es necesario observar todo con ojos diferentes a los que se utilizaría para ver Europa o América. A ellos no les importan los acontecimientos sucedidos en el mundo Occidental, o al menos no tanto como deberían, incluso en años muy avanzados después de los acontecimientos aquí narrados; los personajes famosos son diferentes, las guerras son diferentes, la forma de dividir el tiempo en épocas difiere y el pensamiento es contrastante. En aquellas tierras antes lejanas, no existían reyes, había emperadores; no existían caballeros, eran samuráis; no existían cortesanas, habitaban geishas y así la lista de comparaciones se puede hacer larga y tediosa.
En el siglo XIX, Japón se encontraba en la era Edo, en la era del shogunato.
Después de los acontecimientos sucedidos de la llamada "Batalla de Sekigahara", Tokugawa Ieyasu se alzó como el primer shogun, destronando todo el poder que tenía el emperador y reclamándolo para sí. Desde entonces, el emperador solo fue una figura simbólica que nada hacía y nada decía mientras el shogun gobernaba al país.
O al menos, así lo fue hasta la intervención extranjera.
Cuando Estados Unidos logró obligar al país a abrir sus puertas al comercio, a aceptar a gente proveniente de otras naciones, a tener reglas diferentes para estas personas y hacer que el shogunato estuviera a merced de sus caprichos, las cosas empezaron a cambiar. Una infinidad de personas estaban molestas, diversas familias importantes estaban a disgusto y los enemigos naturales de la familia Tokugawa (los Satsuma y los Chosu) no se hicieron esperar para aprovecharse de la disconformidad y tratar de obtener el poder. El propio emperador pareció darse cuenta de ello y por primera vez en más de 200 años, su voz fue escuchada.
"¡Hay que expulsar a esos barbaros extranjeros!"
Así fue como comenzó el caos y la brutalidad en el país del sol naciente. Esa pequeña etapa en la historia que se conoció como "Bakumatsu".
Kyoto, Japón; 1864
Los ojos sin vida penetraban en su alma como una hoja afilada, la luz que se había escapado de aquella tierna mirada oscureció su propio mundo y el frío que emanaba del cuerpo ajeno lo hizo sentirse en un crudo invierno pese a que las llamas rodeaban todo cuanto su vista alcanza a percibir.
Se negó a soltar el pequeño cuerpo, incapaz de dejarlo tirado como si de un desconocido se tratase. La infantil mano todavía sostenía entre sus ahora estáticos dedos una hermosa flauta.
¿Cuándo se supone que aquello iba a terminar? ¿Cuándo?
Inconscientemente, su mente trajo el recuerdo de todo lo sucedido hasta ese momento en una serie de bruscos torbellinos mientras su conciencia se perdía en una desconocida negrura.
- ¡Tocas hermoso! - exclamó emocionada - ¡Hazlo otra vez por favor!
- Calma, calma. Apuesto a que exageras para hacerme sentir mejor.
- ¡Claro no! - la niña frunció el ceño en demasía - ¡Es verdad! ¡Tienes un talento para ello!
Él río.
- Me alegra que pienses eso. Pero recuerda no alzar tanto la voz, es descortés.
- ¿Por qué no mejor eres músico en vez de samurái? ¡Pareces disfrutarlo mucho más!
Un incómodo silencio se instaló seguido de la declaración. La menor, sabiendo que no debió de mencionar aquello bajó la cabeza arrepentida y su labio comenzó a temblar en busca de palabras que le ayudaran a reparar el tremendo error que cometió.
- Supongo… - susurró casi inaudible, tanto que la pequeña pensó que fue su imaginación - Que si pudiera hacerlo no me molestaría, Brina… - una risa amarga se escapó de su boca - Aunque no creo que las mismas manos que están manchadas en sangre puedan tener el derecho de dedicarse a crear una bella melodía.
Antes de que una réplica se dijera, el sonido de un estallido cortó el aire por la mitad. Ugetsu volteó al instante al muelle, temiéndose lo peor.
Ahí estaban, navíos extranjeros.
Navíos extranjeros que preparaban sus balas para destruir las costas.
- Es sólo un niño… - gruñó molesto.
- No deberías hablar de esa forma, Yamada. Si me lo preguntas, él parece rondar la misma edad que tu hijo. ¿Significa que Ugetsu también es sólo un niño?
- Vuelve a repetirlo, si te atreves.
Ugetsu suspiró de forma pesada. Desearía estar más lejos de su padre y ubicarse unos metros adelante para poder mirar con más atención a las personas de enfrente. Especialmente, a aquel que como decían sus compañeros, parecía tener una edad parecida a la suya y destacaba entre los hombres mayores no solo por la juventud, sino también por el especial color de ojos y cabello que poseía.
Y aunque sonora egoísta, el ver a alguien en una situación parecida a la que vivía ayudaba a que su pesadumbre y su mísera soledad fueran un poco menos.
- Lo que dice, ¿es enserio?
La voz de Satsuma llegó impregnada de pánico, y todos los subordinados de la familia sintieron sus cuerpos estremecerse. Yamada dejó de discutir en voz baja con su compañero y fijó la vista hacia el frente alarmado por el miedo que se escuchó en el tono de su líder.
- Las fuerzas del shogun han hecho un trato con los franceses. Ellos los ayudaran con armas, navíos, estrategias y tal vez hombres - contestó el joven - Con eso, ustedes que son los contrincantes tienen todas las de perder. ¿Creen poder contra las armas que les traerán a sus enemigos? ¿Creen ser capaces de ver a través de las ideas francesas? Déjenme decirles, que la forma de pelear de nosotros no tiene mucho del honor del que los japoneses presumen - soltó una pequeña y peculiar risa - Nufufu, aunque creo que ya se dieron cuenta. Somos lo suficientemente despreciables como para casi destruir una ciudad de la costa de su país y luego invitarlos a dialogar.
Satsuma podría decir que no solo era Inglaterra la que había hecho algo semejante, sino también los Estados Unidos y la propia Francia. Los bombardeos en ciudades costeras habían empezado hace meses como reclamo por los asesinatos de su propia gente en las tierras japonesas.
Francia especialmente había sido cruel.
Apenas llegaron destruyeron toda una pequeña ciudad cercana a la costa, entre cañones y sus propios hombres quienes bajaron y mataron sin piedad alguna a las personas en pago por las vidas que los japoneses habían tomado de habitantes franceses. En esa pequeña intervención, la fama de Ugetsu entre el clan Satsuma y su notoria habilidad para la lucha quedaron plasmados en toda la familia al lograr detener a varios de los enemigos.
Ugetsu especialmente recordaba el encuentro que tuvo con un chico francés, que curiosamente, también rondaba por su edad, la diferencia era que él parecía carecer de alguna emoción que no fuera la sed de pelea, un instinto animal que en ocasiones se podía vislumbrar en sus ojos azules como el hielo. La forma en que esa persona peleaba era endemoniada, con una rapidez impresionante y una fuerza que lograba dejar a cualquiera inconsciente de un solo golpe. Ugetsu apenas si pudo retenerlo un minuto con las consecuencias de varios rasguños y moretones en todo su cuerpo junto con su katana rota a la mitad que aún brillaba con una extraña llama azul al momento de la pelea. Las llamas se parecían a las utilizadas por un kitsune(1), y Ugetsu pensó entre asustado y sorprendido que algún espíritu debió de querer verlo vivo y lo salvó de la muerte.
Que decepción aquella.
El francés miró la espada, observando como las llamas desaparecían lentamente y una casi inexistente sonrisa apareció en su rostro.
Lo último que dijo antes de retirarse dejando a un Ugetsu sin poder moverse en el suelo y petrificado fue: "Así que aquí también hay poseedores de llamas. Que interesante país."
Y de alguna forma luego de eso los Tokugawa consiguieron su apoyo. La situación no podía estar peor para ellos.
Aunque sea, antes de realizar cualquier masacre Inglaterra les había dado la oportunidad de expresarse. Y a diferencia de los demás, los dejaron hablar japonés y no exigían que se comunicasen con ellos en alguna lengua extranjera. Por supuesto, que los otros tenían como comandantes a hombres mayores, tan rígidos como las piedras y sin ninguna expresión en el rostro…
Y no a un niño de 13 años con una sonrisa de diversión que hacía que la respiración se detuviera. Enseguida en que lo vio, Satsuma juró que se trataba de un yokai(2) en forma humana. El chico, hablando en un perfecto japonés se presentó con una reverencia y pidió una disculpa, él era el sustituto de su padre quien se tuvo que retirar por una noticia en Inglaterra; esperaba, aun así, poder entablar una conversación con ellos para acabar con la disputa surgida entre ambos países por el asesinato de Charles Lennox Richardson y demás habitantes ingleses en los últimos años.
- ¿Por qué me menciona esto?
- Porque ustedes son la esperanza de que este país prospere.
Todas las personas miraron confundidos al chico, incluyendo sus propios subordinados quienes crisparon una ceja, expectantes.
- Su país ha estado más de 200 años bajo el mando de una familia que no hace más que enriquecerse a ella misma. Mientras alguien se llena de riquezas como un glotón que es incapaz de saciar su apetito, otras personas sufren de pobreza extrema. Lo que se necesita es un cambio, y creo que ustedes pueden lograrlo; pueden ayudar a Japón a ser igual de fuerte que los países extranjeros.
Satsuma se quedó sin habla. Su mente no podía canalizar alguna respuesta para las palabras dichas.
- Ah, espero no me lo tomen a mal - comentó con gracia - Es simplemente que odio ver como una clase alta se aprovecha de los que no tienen recursos. En ese tipo de situaciones, todo el talento que poseen las personas se desperdicia, pues están más interesadas en sobrevivir.
- S-spade-san - el sonido salió como si estuviera raspando con la lengua, Satsuma intentó lo mejor que pudo pronunciar el nombre, pero aún con eso era obvio que le sonaba extraño y desconocido. Era escuchar a un niño decir una de sus primeras palabras.
Mas, lo que les llamó la atención a todos los siervos de Satsuma no fue la mala dicción, si no el sufijo que utilizó el líder japonés para dirigirse al menor.
San.
Un gran signo de respeto.
- … quisiera pedirle un favor.
- Soy todo oídos - respondió el chico con una media sonrisa, como si supiera que era lo que venía a continuación y lo esperara con júbilo.
- Quisiera que Inglaterra nos dé su apoyo en esta guerra.
- No estoy seguro de quien sea exactamente ese chico, pero de que es especial lo es… - comentó un samurai. En comparación con los otros, su complexión era muy delgada y en sus pupilas aún brillaba la esencia de la piedad. Era el segundo más joven después de Ugetsu - ¿Realmente Inglaterra nos va a ayudar? ¿Luego de todo lo que les hemos hecho?
- Sin su ayuda, no podremos con los Tokugawa. Eso es algo que nos tiene que quedar claro.
El joven sonrió avergonzado.
- Enserio, parece que el mayor aquí eres tú y no yo, Ugetsu. Cuando hablas de esa forma tan seria siento un escalofrió recorrer mi cuerpo.
El mencionado le dedicó lo que parecía ser el reflejo de la sonrisa antes recibida.
Para poder discutir la propuesta, el chico inglés y el líder Satsuma decidieron entablar un dialogo privado. Los subordinados tuvieron que salir del camarote y esperar en la popa del navío hasta que ambos salieran.
- Tengo entendido que Inglaterra estuvo varios años en guerra contra Francia, conocen su modo de pensar y sus tácticas. Si los Tokugawa se unieron con Francia, no hay mejor aliado para nosotros que Inglaterra…
- ¿Y quién ganó esa guerra que dices?
- Inglaterra - Ugetsu río divertido - Además, de que son ellos los que actualmente tienen la mejor innovación de maquinaría. Necesitamos su ayuda si realmente queremos ganar.
Hubo un pequeño silencio antes de que uno de los dos volviera a hablar.
- ¿Cómo sabes todo eso?...
Ugetsu suspiró.
- Los extranjeros no son tan malos como lo hacemos ver… algunos de ellos son realmente amables y solo quieren aprender de nuestra cultura e historia. Yo se los enseño… y a cambio, ellos me enseñan parte de la suya.
Su compañero abrió los ojos sorprendido.
- Tu padre no sabe eso, ¿verdad?...
Ugetsu negó con la cabeza. Si su padre se enteraba de aquello, lo más posible es que le regalara una nueva colección de cicatrices en su espalda.
- El joven ingles que ahora está hablando son Satsuma-sama… - comentó en voz baja - Lo llego a envidiar, parece que la relación que lleva con su padre es totalmente diferente a la que tengo con el mío. Parece que…
No se atrevió a completar la frase, pero su compañero supo cómo terminaba sin necesidad de que lo dijera en voz alta.
"Parece que su padre sí lo quiere."
Ambas miradas se encontraron, y por un momento, Ugetsu pensó que aquella persona le iba a quitar el alma con solo verlo. El aire alrededor de él era diferente, había algo que lo diferenciaba que era casi imposible de describir, pero fácilmente de captar. Una atmósfera de elegancia combinada con engaño, de seguridad con un toque de burla.
El chico sonrió divertido, y sin despegar sus ojos de Ugetsu habló:
- ¿Qué sucede? ¿No vas a tomar el regalo que te han mandado?
Después de una serie de balbuceos que se entendieron como disculpas que no eran capaces de lograr buena coherencia debido al nerviosismo, aceptó la pequeña caja que le estaban ofreciendo. ¿Alguien le podía culpar de estar así cuando hablaba con la misma persona con quien su líder había demostrado tanto respeto? ¿Con la persona que representaba en esos momentos a toda Inglaterra?
- Son de parte de la señorita Margaret Watson Borradaile, cuando se enteró de que una flota iba a viajar para acá nos entregó este pequeño obsequio, por si encontrábamos al niño que le había salvado la vida hace unos años… Bueno, ahora no tan niño, supongo.
Ugetsu sintió que sus mejillas enrojecían y el chico río de esa forma tan única que poseía, ese "Nufufu" que llamaba tanto la atención.
- Son dulces ingleses. De los mejores si me lo preguntas.
El joven japonés sonrió desde el fondo de su corazón mientras sostenía la pequeña caja entre sus manos. Una sonrisa suave y serena que solo la dan las personas que entienden lo mucho que un pequeño gesto puede significar para otra.
- Así que todavía no te has ahogado por completo en el mar de la depresión. ¿Debería decir que eso es algo bueno?
Lo dicho le caló tan hondo que por poco termina tirando el regalo al suelo. Los ojos azules de su acompañante no dejaban de observarlo con tal detenimiento que se sintió sin defensa alguna ante esa mirada que buscaba entre su alma alguna debilidad.
- ¿Disculpe?
Sin responder, el chico le dedicó una media sonrisa burlona antes de pasar de largo a su lado y dirigirse a hablar con uno de los marinos ingleses. Spade no tenía que dar explicaciones, estaba seguro de que el japonés lo había entendido de alguna forma u otra; no hay nadie mejor que uno mismo para conocer la propia desgracia y decepción personal. Cualquiera que se fijará un poco y no cayera en el engaño de la falsa expresión que daba, se daría cuenta de la profunda tristeza que padecía el joven samurái.
Lo único que se llegó a preguntar, fue si Asari Ugetsu encontraría algo a lo que aferrarse antes de orillarse a cometer suicidio.
La imagen de su cara contorsionada de ira no se borraba de su mente por más que lo deseaba, y la noche silenciosa en apariencia no lograba calmarlo, sino que hacía un efecto de ansía que más se apoderaba de él conforme pasaban los segundos. Su padre, Asari Yamada había salido hecho una furia de la casa luego de oír lo comandado por su señor.
Fue una orden oficial hecha por Satsuma que todos tenían que acatar sin falta alguna: Estaba prohibido atacar o tan siquiera insultar a cualquier extranjero desde ahora en adelante.
Esa fue la condición que puso Inglaterra para considerar el prestarles la ayuda que querían. Toda esa política de repeler a los "barbaros extranjeros" iba a terminar. No les pedían que los trataran con privilegios, pero sí que los consideraran parte de su población y los protegieran y respetaran como a cualquier otro habitante. Sin mencionar, que en consideración de los daños hechos tenían que pagar lo equivalente a 25,000 libras inglesas. De lo contrario, la ayuda solicitada terminaría en una total negatoria y a ver como se la arreglaban contra el ejército de los Tokugawa.
Unos estuvieron de acuerdo, muchos otros protestaron. La razón por la que inició todo fueron los excesivos privilegios que los extranjeros gozaban, fue lo que les dio la fuerza para poder revelarse. ¿Cómo abandonar ese ideal? ¿Cómo dejar que su tierra fuera robada por esos despóticos y egocéntricos barbaros? ¡Era una calumnia para su orgullo!
Pero calumnia o no, era lo que se tenía que obedecer. Tenían que abandonar la idea original para poder enfocarse en el mayor beneficio posible: un nuevo orden para Japón.
Otra pequeña parte (entre los cuales se encontraba el padre de Ugetsu) culpó a los ingleses de hechizar a su líder Satsuma. ¡Ese chico debió de ser un yokai quien poseyó al damnyo y ahora lo controlaba!
Lo que recibieron a cambio de tales pensamientos, fue una reprimenda tan fuerte que varios acabaron con sus vidas por la pérdida de su honor.
Y ahora su padre, en vez de seguir el mismo camino que sus compañeros, salió en la oscura noche para poder realizar lo que a partir del día siguiente le quedaba prohibido.
"Dimmi, dimmi che è l'ombra che riflette me
Non è come la vorrei perchè non so…"(3)
A veces la única forma en la que lograba calmarse, era el escuchar el canto de la pequeña Brina, especialmente cuando cantaba en su idioma natal. Para Ugetsu, no había mejor forma para poder escapar por momentos de su mundo que esa.
"Chi sono e chi sarò…"
Brina era una niña de 9 años que había venido con sus padres a instalarse en Japón hacía un año. De padre francés y madre proveniente de Nápoles (ahora, parte del formado Reino de Italia). Al principio la infanta vivía junto con su madre, razón por la cual sabía hablar el italiano y no el francés. Ambas vivieron sin ninguna incomodidad debido a que su padre las mantenía bien y lejos de las zonas donde se desataban conflictos; incluso se podría decir que eran una especie de "nobles".
De alguna forma, unos años después de la Unificación Italiana su padre le había ofrecido a su madre volver a empezar juntos en un nuevo país. Aseguraba que el gobierno francés los iba a mantener a salvo donde quiera que estuvieran.
Y así, llegaron a Japón.
"Lo so io, e solo io…"
Brina aprendió rápidamente el japonés con ayuda de Ugetsu, a quien ella lo ayudaba a aprender su idioma natal como agradecimiento. Ugetsu siempre tuvo interés en conocer más de las personas que provenían de fuera del país, pues sus maneras de actuar, de expresarse y de pensar se le hacían tan diferentes a las que dominaban en Japón que llegaba incluso a admirarlos. Ellos parecían ser más libres, sin tantas cadenas que los aprisionaran…
Escuchaba con gusto todo lo que le decía Brina de Italia. Tanto que llegó a conocer toda la historia que ella sabía y lograr hablar a un nivel aceptable de su idioma, aunque todavía batallaba bastante con el acento.
"E il riflesso che vedrò mi assomiglierà …."
Ella también le enseñó a tocar la flauta.
Brina tuvo la idea de que esa forma podría lograr descansar un poco de la carga tan pensada que era para él ser un samurái.
Ugetsu resultó tener talento para ello, y también un gusto y un amor por la actividad que sorprendió a la pequeña. Para ella, eso era a lo que Ugetsu debería de dedicarse, algo que disfrutara hacer.
Lástima que las cosas no eran tan fáciles.
"Quando il mio riflesso avrò, sarà uguale a me"
Aunque a veces puedes lograr que una persona se vuelva tu aliado compartiendo el mismo enemigo, no significa que esa persona sea necesariamente un amigo. Hay diferencias entre alguien que lucha por sí mismo contra algo y esa acción termina recompensándote, a alguien quien lucha a tu lado cuidando tu espalda. De eso se dieron cuenta el clan Satsuma.
La otra familia rival de los Tokugawa, los Chosu se negaron a aceptar lo ideado por los Satsuma. No iban a considerarse iguales a los barbaros extranjeros, y mucho menos iban a permitir que se quedaran más tiempo en el país. La discusión de palabras pronto se intensificó y dio lugar a lo que se conoce como el "Incidente de Kinmon"…
Una ráfaga de furia, compuesta por siervos del clan atacaron el palacio imperial, tratando de purgar a todos los subordinados del shogun y obligar al emperador a no aceptar ninguna alianza con un país extranjero. El odio les impedía razonar y pronto, ante su incapacidad de vencer a los guardias del palacio, idearon una masacre en contra de cualquiera que estuviera cerca de ahí, culpándolo de seguidor del shogunato.
La sangre volvió a teñir las calles de Kyoto, y esta vez las víctimas fueron muchas más.
Muchas de las demás personas intentaron ayudar a parar todo, y por supuesto, los Satsuma estaban en primera línea.
No era la primera vez en la que Ugetsu se encontraba en una situación tan escabrosa, y mucho menos sería la última. Pero no importaba cuantas veces el escenario se repitiera, siempre su mano temblaba cuando sostenía su katana.
El miedo nublaba parte de sus sentidos. No era miedo a morir o ser lastimado, era todo lo contrario: miedo a matar a lastimar. Nunca le gustó tener que utilizar un arma para herir a los demás y el temor de perder su esencia, sus sentimientos y quedar como un monstro insensible lo aterrorizaba siempre que se veía obligado a sacar la espada.
Y de pronto, el fuego inició.
Los rebeldes de Chosu, llevados a la desesperación por su inminente derrota, decidieron quemar Kyoto entero. Al menos, de esa forma, se llevarían junto con ellos a más barbaros al otro mundo. Kyoto, la capital del país, era donde más de esas indeseables personas vivían.
El fuego inició con la quema de la casa de una familia adinerada de extranjeros, cuyos miembros murieron o calcinados por las llamas o atravesados por una espada mientras intentaban huir.
Las llamaradas se extendieron a una velocidad impresionante. Algo de esperarse teniendo en cuenta que todas las residencias estaban hechas de madera.
Kyoto estaba en llamas.
Movido por puro impulso, Ugetsu abandonó las puertas del palacio imperial y corrió por las calles en busca de cierta casa en particular. El fuego seguía devorándolo todo mientras la gente corría asustada.
Cuando llegó a su destino, su mente recibió tal shock mental que dejó de percibir su entorno. No sentía nada, solo podía observar. Un vació se tragó todos sus sentimientos dejando solo un cascaron que se movió de forma automática.
Corte, sangre, muerte.
Corte, sangre, muerte.
Dos cuerpos de rebeldes de Chosu cayeron sin vida al suelo acompañando a otros dos fallecidos que se encontraban ahí, el techo de la casa se derrumbó y su katana reflejaba un curioso color rojo.
Ugetsu cayó de rodillas, de sus ojos algo cálido escurría y sus manos temblaron mientras se acercaban al cadáver de Brina.
Soltó un alarido de angustia que resonó por todo Kyoto. Parte de su cordura desapareció en esos momentos siendo reemplazada por un salvajismo infernal.
Londres, Inglaterra; 1864
El chico parpadeó confundido, como si la persona enfrente suyo hubiera empezado a recitar en alguna especie de lenguaje extraño o desconocido. Viendo que perdía la atención total de su paciente, la enfermera apretó más de lo debido la herida haciendo que el menor lanzara un pequeño grito de dolor y el General de la marina riera.
- ¡Oye!
- No se pierda en sus pensamientos tan bruscamente, Sr. Spade, no le aconsejo que se deje de fijar en lo que hago - dijo la anciana en tono molesto mientras fruncía el estrego, expresión que le fue devuelta de inmediato, por el contrario.
- En parte tiene razón, Little Demon. Recuerda que siempre puede haber alguien que quiera asesinarte - comentó el hombre entre risas - Pero enserio, me sorprende que alguien fuera capaz de hacerte frente. Eres capaz de vencer a toda la infantería tu solo, ¿y un chico de tu edad fue capaz de herirte? No me lo puedo creer.
- Él terminó peor, te lo aseguro - respondió entre dientes - Cuando vuelva a ver a esa escurridiza alondra no tendré clemencia, vera que-¡Auch!
- ¡Que ponga atención! - se quejó la mujer pellizcando una herida.
El menor volvió a fruncir el ceño y al final suspiró.
- Dejando de lado al pájaro francés que me rasguñó un poco… - el menor miró fijamente a su acompañante - ¿Qué decías sobre lo que está ocurriendo en el mundo?
El marino tornó su expresión a una seria. Los temas de guerra nunca deberían de ser tratados con ligereza.
- Japón está cada vez peor - empezó a informar de nueva cuenta - No estoy seguro de que tanto nos convenga el prestarles ayuda con la situación en la que se encuentra el país, aunque de ese rubro ya se encargaran de discutir los miembros del Parlamento y la realeza. Por otra parte, la guerra de Estados Unidos parece estar llegando a un fin, y el ganador aún está por verse. Y por supuesto… no olvidemos que tu querida segunda nación se adentró no sólo en una lucha interior, sino en una exterior también.
- ¿Prusia…?
- Esta iniciando su propia unificación con los Estados que están a su alrededor. Se está expandiendo tanto que acabó por tener un conflicto de fronteras con Dinamarca.
- Si él está al mando, Prusia terminará ganando la guerra.
El marino parpadeó confundido.
- Pareces muy seguro, Little Demon.
- Conocí a Otto Von Bismark cuando visitó Inglaterra - sonrió con cierto orgullo sin poder evitarlo - Con él a cargo de Prusia, el país crecerá de forma nunca antes vista.
- Prusia también está llevando a cabo una unificación como Italia, y si la logran, ¿cómo se llamarán? Toda nueva nación requiere de un nuevo nombre, ellos-
- Alemania - respondió sin dudas en su voz - Cuando se logre, el nombre será Alemania.
- ¿Cómo…?
El chico ahora sonrió con toques de tristeza.
- Mi madre era de ahí, ¿no recuerdas? Prusia anhelaba esto desde hace tiempo, el poseer más territorio para ganar más poder, tanto así que ya hasta habían pensado en un nombre para su nueva nación tiempo antes.
El hombre le dedicó una mirada inquisidora.
- Esa mujer no debería tener el derecho de que la llamaras de esa forma.
- ¿De qué otra manera puedo decirle? No importa lo mucho que se llegue negar, ella es mi madre.
- La misma madre que te abandonó y te vendió a una fábrica a cambio de unas cuantas libras. Hubieras muerto si el Almirante Raymond no te encontraba y reconociera por azares del destino - se quejó con gélido tono de voz - Ella no merece ser llamada madre.
Por desgracia, eso era algo que no podía negar. No había forma de reprochar aquello, mucho menos cuando conservaba cicatrices de la cruel explotación de las fábricas de Inglaterra.
(1) Significa literalmente zorro, animal que constituye un elemento de singular importancia en el folclore japonés hasta el punto en que dicha palabra se utiliza tradicionalmente para nombrar a aquel espíritu del bosque con forma de zorro, cuya función clásica es la de proteger bosques y aldeas.
(2) Para evitar mucha confusión, pueden considerar a los yokai como una especie de "demonios" en la cultura japonesa. Son una especie de creaturas tienen partes animales, partes humanas, o partes de los dos, mucho más longevos y poderosos que los humanos a quienes gustan de hacer maldades. ¿Alguna vez han visto Inuyasha, xxxHolix, Nurarihyon no Mago o animes de ese tipo? Pues bueno, las creaturas que salen en esos animes son yokai.
(3) Letra de la canción "Reflejo" en italiano de la película Mulan de Disney. La traducción de las partes que puse sería: "Dime, dime quien es, la sombra que se refleja en mí. No es como me gustaría que fuera. Quien soy y quien seré, sólo yo lo sé. Y el reflejo que veré, será como soy, cuando el reflejo que tenga, será como yo."
Me declaró culpable y diré que me gustan varias canciones de las películas de Disney y fue casi inevitable poner esa aquí.
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¡Hola a todos!
Me disculpo por la pequeña tardanza, excusa no tengo pues tiempo esta vez tuve de sobra. Aun así, espero que les haya gustado este nuevo capítulo.
Esta vez me concentre más en Asari y en explicar la situación de Japón un poco más fondo, que en ocasiones es algo confuso de entender. Espero que este capítulo ayude a comprender todos los problemas que atraviesan al país en esos momentos.
Y por si alguien se lo preguntaba, Inglaterra y Francia en esa época eran como el Estados Unidos actual, se metían en cada guerra donde no los llamaban...
Realmente, esta vez no tengo mucho que decir. Solo desearles un feliz año nuevo atrasado y agradecer como siempre por sus comentarios.
P.D: ¿Alguien quien haya visto el nuevo anime de elDlive notó la pequeña referencia que le hicieron en una parte a KHR? Me pregunto si soy la única obsesionada a quien se le dibujo una boba sonrisa, casi grita y se emocionó por esos segundos….
Atte: ElenaMisaScarlet
