XII. Uno se limita a existir.

«Cuando un ser humano ha tenido la vocación, el arrojo, la valentía de tratar de descubrir la verdad, la ha encontrado.»

Consuelo Martín.

Octubre de 2024.

La segunda vez que Getty viajó a Alacante, el motivo era realmente alegre.

Le habían dicho que iba a conocer el Salón de los Acuerdos, uno de los sitios donde las tradiciones de los cazadores de sombras se llevaban a cabo, así que se había arreglado con esmero. Por fortuna, Livia la había llevado de compras meses atrás, animándola a adquirir cualquier cosa con la que se sintiera a gusto. Nunca había pensado tanto en su aspecto, así que no se limitó a los pantalones de mezclilla, las camisetas y los zapatos tenis que acostumbraba, sino que buscó otras prendas que, sabía, podría usar en aquella ocasión.

Había un nuevo par de parabatai.

Cuando entró al Salón de los Acuerdos, lo admiró con ojos muy abiertos, esperando no verse fuera de lugar con el vestido verde que llevaba puesto. El bordado en la prenda, delicado y en forma de enredaderas, era en un color similar al amarillo, que le recordaba las hojas de los árboles en otoño. Livia la había felicitado por elegirlo cuando lo compraron y esa mañana, cuando le preguntó si creía que estaría bien ponérselo, le había dedicado una sonrisa radiante.

Se preguntaba si esa clase de conversaciones las tendría con su madre.

Getty sacudió la cabeza. Pensar en sus padres era confuso, porque no sabía cómo sentirse. A su padre no le importaba recordarlo; a fin de cuentas, él no la había abandonado, no intencionalmente. Su madre era asunto aparte: Simon Lovelace comentó algo de que Julie Beauvale se dejó llevar por un mal impulso antes de desaparecer y eso significaba que, por un instante, olvidó de que tenía una hija que la necesitaba. Era muy difícil no enfadarse con ella.

Decidió olvidar ese asunto por el momento y seguir admirando su entorno. Por todas partes había cazadores de sombras con sus ropas más elegantes, conversando entre sí con ambiente festivo. A sabiendas de que encontrar un parabatai era una bendición, Getty se dedicó a mirar a los que conocía, queriendo descubrir qué los hacía tan especiales.

El Emisario Lightwood y su familia ya estaban allí, conversando con los Herondale. Alexander Lightwood, un hombre que se veía serio y centrado, no parecía encajar para nada con Jace Herondale, tan rubio, sonriente y despreocupado. Sin embargo, al estar juntos se notaba la camaradería, que se entendían mutuamente y que harían lo que fuera uno por el otro.

Clarissa Herondale era parabatai de Simon Lovelace, quien recién se acercaba a ella; cada uno llevaba a un par de niños tomados de sus manos. Los dos, sin darse cuenta, se movían en sintonía, siempre codo a codo y compartiendo bromas que solo ellos entendían, dado que habían estado juntos desde pequeños. Hacía mucho que no pensaba en sus amigos mundanos, pero en ese momento Getty se preguntó si uno de ellos habría sido un buen parabatai para ella.

Livia estaba allí también, en un grupo particular de personas, casi todas con su mismo pelo castaño oscuro, compartiendo abrazos y exclamaciones. Ella y Kit, por obvias razones, eran los parabatai con los que Getty convivía más, así que se sorprendió al darse cuenta de que hacían las cosas muy a su estilo. No los había visto pelear juntos (era demasiado joven para acompañarlos en patrullas y misiones), pero Tiberius, en una ocasión, aseguró que nunca querría hacerlos enfadar al mismo tiempo, porque entre el sable de su hermana melliza y el talento de Kit en el combate a mano limpia, no saldría bien librado. Lo curioso, según Getty, es que si había alguien a quien Kit y Livia jamás harían daño, ese era precisamente Tiberius: lo protegían fieramente, como lo hacían entre sí, lo cual era extraño y conmovedor a un tiempo.

Tener parabatai, concluyó la chica, era un fenómeno, uno muy bueno, como un arcoíris o una aurora boreal, algo que eras afortunado de contemplar al menos una vez en la vida. Y si vivías algo así, eras doblemente afortunado, sin duda alguna.

Aunque ya comprendiera eso, lo que a Getty más ponía nerviosa era que vería a Alphonse y a Rafael tras un año de ausencia. En fechas recientes, la Clave adoptó un procedimiento muy estricto para cuando dos cazadores de sombras declaraban su intención de ser parabatai, así que los muchachos se dedicaron en cuerpo y alma a aprobarlo, lo que en su caso exigió que cada uno viviera un año en el Instituto del otro, antes de decidir entre los dos cuál sería su residencia permanente. El primero en cumplir con esa condición fue Rafael, encantado de conocer finalmente el Instituto de Londres, hartándolos con interminables demostraciones de sus habilidades musicales durante la primera semana. Getty recordaba ese periodo como uno muy divertido y en el cual aprendió mucho, pues tanto Rafael como Alphonse no tenían ningún reparo en que, de vez en cuando, participara en sus entrenamientos.

Cuando llegó el turno de Alphonse de irse a Nueva York, en el Instituto de Londres se organizó una cena de despedida espléndida, con toda la comida que al joven le gustaba y dándole mensajes de aliento. Alphonse se veía claramente cohibido, sin acabar de creerse que todo eso fuera por él, así que Rafael y Getty, atinadamente, lo distrajeron preguntando qué era tal o cual platillo, con tal de no oírlo decir nada como que no deberían haberse tomado semejante molestia.

Así las cosas, la rubia apenas había sabido de ellos dos. Procuraban llamar por teléfono o enviar mensajes de fuego, pero no era lo mismo que verlos y hablar con ellos en persona. A veces no entendía el por qué los echaba de menos tan terriblemente, pues eran mayores que ella, siempre habían vivido como cazadores de sombras, no tenían un verdadero motivo para tomarla en cuenta y más por la forma en que había llegado a las vidas de cada uno. Se llegó a sentir una intrusa, alguien que por algún tipo de milagro, se había ganado el favor de su compañía, así que cada nota que le escribían, cada frase ocurrente al otro lado de la línea, las cuidaba como a joyas.

—¿Son ellos, no? —inquirió una voz masculina y amable.

Getty dio un respingo. Un hombre de pelo negro y un mechón blanco, sonriendo, estaba cerca de ella mirando hacia la entrada principal. No tardó en imitarlo.

Atravesando el umbral, se veían dos personas entrando poco a poco, con expresión atónita ante semejante concurrencia. Eran altos y vestían con trajes muy elegantes, que apenas parecían encajar con ellos. El que sonreía más, moreno y castaño, iba de azul marino y se notaba que no sabía bien a dónde mirar, así que regresaba la vista a su acompañante, que lucía bien vistiendo de color verde muy oscuro, aunque se le veía algo pálido y nervioso.

Los vio tan cambiados, que Getty solo supo que eran sus amigos cuando detrás de ellos, entraron Tiberius e Isabelle Lovelace.

—¡Salve a los nuevos parabatai! —soltó Jace Herondale alegremente.

Su esposa le dio un codazo, pero eso no disminuyó el entusiasmo de los allí presentes, que se pusieron a aplaudir tan de pronto, que sorprendieron a los aludidos. Rafael se recuperó primero, sonriendo ampliamente y agitando una mano en alto a modo de saludo; en tanto, Alphonse hizo una mueca, claramente incómodo, hasta que se contagió de la alegría circundante y también sonrió, aunque con aspecto más tímido.

Fue entonces que Getty, radiante de alegría, corrió hacia ellos y les dio un fuerte abrazo.

—&—

La celebración disminuyó en el Salón de los Acuerdos sin que se notara, trasladándose los parientes y amigos más cercanos de Alphonse y Rafael a la casa de los Lovelace, sin que nadie supiera cuándo o quién lo decidió así. No tuvieron que caminar mucho, solo debían cruzar hacia el extremo opuesto de la Plaza del Ángel, lo que hablaba bastante bien de ellos, ya que era una posición en la ciudad con varias ventajas.

—Aunque casi no venga a este lugar, me gusta —comentó Rafael.

Getty creyó saber por qué lo decía. Aquel sitio era uno de los más sencillos que había visto, al menos tratándose de una construcción de los nefilim en una vía concurrida, aunque eso solo reflejaba la personalidad de su anfitrión. Simon Lovelace no dejó que nadie se sintiera fuera de lugar, invitándolos al salón principal y prometiendo enseguida bebidas para todos.

—¿Cómo te va con las runas, Getty? —preguntó Alphonse, tras un momento de estar en silencio, con el ceño fruncido.

Ella asintió enérgicamente con la cabeza, levantando el pulgar derecho y con ello, dejando ver gran parte de su primera runa, que destacaba demasiado en su delgada mano. Se imaginaba que Alphonse seguía preocupándose por cómo ella había estado enferma por tres días después del ritual, pero desde entonces portaba las runas como parte de sí misma, sin ningún problema.

Te dije que estaría bien —masculló Rafael en español, rodando los ojos con aire cansino.

Tú también te preocupaste —respondió Alphonse en francés, encogiéndose de hombros.

Getty contuvo una risita. Le causaba gracia la costumbre que habían adoptado esos dos, de hablarse uno al otro en su lengua materna, aunque solo lo hacían de vez en cuando y cuando era algo que no querían compartir, ya que era muy raro que a su alrededor supieran ambos idiomas. No les había dicho que había comenzado a estudiar tanto español como francés, no quería incomodarlos y que dejaran de hablar así delante de ella.

Se preguntó, no sin preocupación, si no sería como mentirles.

—¿A ustedes les ha ido bien? —inquirió ella.

—Sí, claro —contestó Rafael—, todo lo bien que puede ir eso de salir a cazar demonios.

—Nueva York es… una ciudad interesante —indicó Alphonse, con aspecto de no saber explicarse bien—. Mucha gente, mucho ruido, mucho qué ver… Y muchos demonios.

—Precisamente por la gente —señaló Rafael, como si fuera obvio.

—¿Te gustó? —quiso saber Getty.

—Sí, mucho. La Biblioteca Pública, por ejemplo…

—¡Por favor, Al! ¿Por qué hablas de la biblioteca? —se quejó Rafael, aunque a leguas se notaba que no estaba realmente enfadado—. Deberías hablar de Central Park. O del Empire State. O de Brooklyn, ¡papá hizo unas fiestas estupendas! ¿Por qué eso no lo cuentas?

—A Getty le gustaría conocer la biblioteca —fue todo lo que Alphonse dijo en su defensa.

—Eso hasta yo lo sé. Pero seguramente también querría ir a Central Park, ¿verdad, Getty?

—Eh… Sí, claro. He oído que es enorme y muy bonito. Quisiera intentar jugar béisbol allí.

—¡Ja! ¡En tu cara! —se burló Rafael, echándose a reír.

En la cara te daría una pelota de béisbol si intentaras jugar —soltó Alphonse, burlón.

Al instante siguiente, Getty estaba riendo también. No pudo evitarlo.

—Getty, querida, ¿acaso nos estás entendiendo? —Rafael la miró con las cejas arqueadas.

Ella se sonrojó, desviando la vista mientras se acomodaba los anteojos no por necesidad, sino como una reacción involuntaria ante los nervios.

—¡Vaya! Nosotros pensando que éramos unos genios ¡y nos han descubierto!

Cuando Rafael rió, Getty se atrevió a mirarlo, encontrándolo realmente divertido por lo que había sucedido. Sonrió débilmente, antes de fijarse en Alphonse, quien se veía muy sonrojado, realmente sorprendido; además, tenía los ojos muy abiertos y fijos en ella.

—¿Aprendiste francés? —preguntó Alphonse en voz apenas audible.

—Yo… Ya sabía algo. Tomé esa clase en el colegio mundano. Siempre he querido leer El Conde de Montecristo en francés, así que…

—¡No puedo creerlo! ¿Solo por esa novela empezaste a estudiar francés? —ante su propia pregunta, Rafael volvió a soltar la carcajada.

—Todavía no puedo entenderla cuando la leo —dejó escapar Getty, volviendo a ponerse de mil colores—. Livia dice que eso lleva tiempo, pero a Tiberius le gustó que quisiera aprender y me prestó muchos libros y audios…

—¿Audios?

—Sí, para practicar la conversación. Tiberius habla francés, ¿sabías? Español también, pero Kit dice que su pronunciación es horrible. Kit me ayuda con eso, ¿puedes creerlo? Con el español.

Alphonse asintió vagamente, aunque no lucía tan animado como antes.

—Oye, ¿en qué estás pensando ahora? —preguntó Rafael.

Alphonse sacudió la cabeza y les dedicó una leve sonrisa. A Getty, por alguna razón, el gesto no acabó de gustarle. Sentía que le faltaba algo, aunque no adivinaba el qué. Y a juzgar por la expresión de Rafael, él pensaba exactamente lo mismo.

Justo cuando abría la boca para preguntar qué ocurría, la rubia oyó que llamaban a la puerta principal de la casa. Estando tan cerca de la entrada del salón, era normal que se diera cuenta, aunque no podía imaginar quién habría llegado, si veía que ya estaban allí todos aquellos con quienes Rafael y Alphonse más deseaban festejar su nuevo lazo.

No le habría dado mayor importancia si no se hubieran repetido el llamado, con una insistencia que la hacía pensar que había alguien muy impaciente afuera.

Rafael, por lo visto, también había escuchado eso, por lo que hizo una mueca y abandonó el salón tras dedicarles un ademán de disculpa. Getty correspondió con un gesto que le restaba importancia al asunto, pero Alphonse de repente decidió seguirlo, por lo cual ella se quedó de pie sola, hasta que no pudo resistirse a asomar la cabeza por la entrada del salón, lo más discreta posible, agradeciendo por una vez que Livia insistiera tanto en acomodar su puñado de rizos en un moño medianamente liso y por lo tanto, poco llamativo.

Desde su posición, ella lograba distinguir a los dos chicos ante la puerta principal, que Rafael abría en ese momento, pero precisamente la puerta no dejó ver a quien estuviera al otro lado. Conteniendo un bufido, iba a regresar a la reunión cuando una voz conocida llegó hasta ella.

—¿Se puede pasar, Alphonse?

—¿Tú qué demonios haces aquí? —escuchó que espetaba Rafael, indignado.

—¿Qué va a ser? Desearle lo mejor a Alphonse por tener parabatai —la persona recién llegada no sonaba precisamente paciente al continuar—. ¡Qué modales los tuyos, Lightwood!

—Lightwood–Bane —corrigió al instante Rafael, cada vez más molesto.

—Agradezco tu buena intención, pero no te recomiendo quedarte, Suzette.

—¿Suzette? ¿Ya no soy «Suzzy»?

Viendo a Alphonse negar con la cabeza, Getty quiso ir a plantarse delante de Suzette Verlac para dedicarle una sonrisa burlona, por el simple placer de hacerla rabiar. Hacía mucho que no la veía, pero jamás olvidaría su abierto menosprecio por ella cuando ni siquiera la conocía y claro, el hecho de que era sobrina del hombre que trató tan mal a su amigo, a Tiberius, a Kit y a Livia.

—Quería que charláramos un rato, antes de que te vayas a… ¿Londres? ¿Nueva York?

—Lo lamento, pero eso no tengo por qué decírtelo. No es de tu incumbencia.

—¡Vaya! Antes eras tan amable, Alphonse…

Cada vez que oía a Verlac decir el nombre de su amigo con ese tono de voz tan estirado, a Getty le daban ganas de sacar uno de sus cuchillos y lanzárselo directo al centro de su frente.

—Está siendo más amable contigo de lo que debería —aseguró Rafael, con algo de su paciencia recuperada—. Si no quieres que llame a tío Simon o a tía Isabelle, vete de una vez.

—Te crees la gran cosa porque el Emisario Lightwood se compadeció de ti, ¿verdad?

¡Eres una…!

—Suficiente, Suzette. No te permitiré ni una palabra más en contra de mi parabatai. Retírate por las buenas o no detendré a Rafael si llama a uno de sus tíos.

Después de eso no pasó nada, así que Getty pensó que podría ir con sus amigos, pero apenas iba a dar el primer paso cuando se escuchó de nuevo la voz de la joven Verlac.

—¿De ti también se compadecieron, Alphonse? Del pobre hijo de...

Alphonse dio un paso atrás, como si lo hubieran golpeado, cosa que aprovechó Rafael para cerrarle a Suzette la puerta en la cara. Ella llamó otra vez, como si fuera a entrar a la fuerza si no le hacían caso, pero finalmente tuvo que desistir. Apenas se oyó el rumor de los pasos de la chica alejarse, lo cual Getty agradeció, ya que estuvo a punto de revelarse como una vulgar chismosa al dejar su escondite solo para darle una bofetada.

—No puedo creerlo… —masculló Rafael, pasándose una mano por el pelo, desarreglándolo sin remedio—. ¿Cómo se atreve esa…? —Se calló y se fijó en Alphonse—. ¿Estás bien?

El otro asintió lentamente, casi sin darse cuenta.

—Escucha, ya hablamos de esto —Rafael fijó sus ojos marrones en su amigo, muy serio—. No importa lo que ellos dijeran, tú no tienes nada de malo, ¿entiendes? —al ver la expresión dubitativa de Alphonse, estalló—. ¡Diablos! ¡No debes dejar que te afecte! ¡Ellos no son los únicos que cuentan! ¿Qué hay de mí? ¿De mi familia? ¿De los Blackthorn y de Kit Herondale? ¡De Getty! ¿Crees que todos nosotros nos equivocamos contigo?

—Yo no… —Alphonse se oía nervioso, no muy seguro de sí.

Getty apenas podía soportar eso, ¿por qué la chica Verlac había logrado afectarlo tanto?

—¡Nada! Escúchame bien, Montclaire, ya va siendo hora de que lo aceptes, o juro por las vidas de mis padres y de mi hermano que haré hasta lo imposible porque lo hagas. ¿Está claro?

—Pensé que ya lo tenía superado —afirmó Alphonse en voz tan baja, que Getty apenas lo oyó desde su posición—. Yo… Por eso acepté ser tu parabatai. Lo deseaba, sí, pero también quería… Lo siento, Rafe, fui egoísta. Quería demostrarme a mí mismo que ellos se equivocaban.

—¡A mí no me importa! Me lo dejaste muy claro y aun así no cambié de opinión, ¿verdad?

—Lo sé, y eso cuenta. Cuenta mucho. Lamento que…

—¡Santo Dios, Al! Desde que te conozco, lo único que he odiado es cómo te afecta lo que te dicen los Verlac. Es que… ¡No lo sé! ¡Me hace sentir un inútil!

—¡Tú no eres inútil! —rebatió Alphonse en el acto, pasmado.

—¡Entonces dime lo que debo hacer! ¿Cómo te convenzo de que los Verlac mienten? ¡Tú no vas a acabar como tu padre!

Incluso alejada varios metros, Getty vio la figura de Alphonse tensarse, casi como si se convirtiera en una estatua, de un modo aún más preocupante que cuando debía desafiar las alturas que tanto le aterraban. ¿Por qué la simple mención de su padre lo ponía así?

—Solo dime una cosa, Al —Rafael, después de respirar profundamente, se había calmado un poco, así que ya no sonaba tan enfadado mientras su cara mostraba una voluntad de hierro—, y espero que seas sincero. Si realmente eres como Jérôme Montclaire…

—No… —musitó Alphonse, por lo visto adivinando a dónde quería llegar el otro.

Sin embargo, Rafael no se dejó amedrentar, por lo que siguió hablando sin piedad.

Un momento, ¿había dicho «Jérôme»?

—… O si Jérôme Montclaire fue como tú, para el caso es igual… Solo imagínalo y responde, ¿no crees que algo muy dentro de él agradeció que Edward Longford hiciera lo que hizo?

Aunque Getty sentía auténtica curiosidad porque le aclararan quiénes eran las personas a las que nombraban, no se movió ni hizo intento alguno porque la notaran. Sabía que estaba mal escuchar a hurtadillas, pero al mismo tiempo deseaba saber aquello porque de otro modo, ¿cómo podría ayudar después?

—Sí —contestó Alphonse con gravedad—. No sé si habría podido, pero creo que sí. Yo lo habría agradecido. Porque lo habría hecho mi parabatai. Porque habría hecho lo mismo por él.

—Bien —Rafael asintió con la cabeza, tensando la mandíbula y tragando saliva, antes de dar una palmada en el hombro de Alphonse—. Quiero que recuerdes eso la próxima vez que alguien intente que te sientas mal por ser el hijo de Jérôme Montclaire, ¿entendiste? Lo que le pasó no fue su culpa y Edward Longford hizo lo que creyó que era lo mejor para él, aunque después no pudiera vivir con ello. ¡Por el Ángel! Espero jamás tener que llegar a algo así…

Alphonse sacudió la cabeza, cerrando fuertemente los ojos.

—Quiero creer que no tendremos tan mala suerte —indicó.

Rafael dejó escapar una débil risita, y volvió a palmearle el hombro.

Al ver que ambos caminaban en su dirección, Getty metió de inmediato la cabeza en el salón y se alejó unos pasos de la entrada, fingiendo estar observando a los invitados que, por increíble que pareciera, no se habían dado cuenta de nada.

Casi ninguno, en realidad.

Antes que Rafael la abordara en cuanto regresó a su lado, seguido de cerca por un Alphonse muy serio, Getty creyó vislumbrar una mueca de dolor en Tiberius Blackthorn, parado a pocos pasos y rodeado por Livia y Kit.