No querría estar en otro lugar

Día 23. Tren de las 17:15

Emma se separó para obligar a Regina a mirarla a la cara.

«¿Qué quieres decir con eso?»

«Va a ser complicado, tengo miedo de que el camino sea largo, y difícil para ti, comprendería que no lo soportases…»

«Eso no pasará. Regina, no pasará, debes creerme. Si tú…» Inspiró para tomar el valor para lo que iba a decir «Si tú me quieres a tu lado, entonces ahí estaré»

«Abrázame» dijo la pianista hundiendo su mirada en la suya

Emma no se tomó tiempo para pensar, se dio vuelta en su asiento y rodeó a madre e hijo con sus brazos.

«Te necesito» murmuró con la cabeza en su pecho «Te necesito tanto»

Emma la mantuvo pegada a ella y sabía que podía escuchar su ritmo cardiaco acelerándose. Sabía que era inútil hacer como si nada, así que esperó pacientemente a que la morena le preguntara. No tuvo que impacientarse mucho tiempo, porque enseguida Regina se movió para poner su oído en su corazón.

«Tu corazón late tan rápido»

«Entiendo que tú…que tengas miedo de poner nombre a todo eso, pero…» sintió a la pianista tensarse, pero, al ver que no decía nada, comprendió que podía continuar sin molestarla. Desechó la pregunta que deseaba hacerle sobre una oportunidad para ellas, y se decidió por un nuevo ángulo de acercamiento «¿Por qué no quieres poner nombre a esto?»

«No estoy preparada»

«Sin embargo, eres tú quien…haces más avances. Yo intento mantenerme atrás Gi…Regina, pero…cuando tú pones tus manos sobre mí todo se hace…mucho más difícil»

Emma se imaginó que la pianista iba a poner distancia entre ellas, pero se sorprendió al ver que se producía lo contrario.

La joven se acercó más a ella y apoyó parte de su espalda contra su vientre, su hijo al resguardo en sus brazos.

«Tengo la sensación…de necesitarlo. Tocarte, abrazarte, sentir tu mano, tu piel, eso me da la seguridad de que…»

«¿De qué?»

«De que eres real» dijo en un susurro

«¿Por qué no lo sería?»

«Porque todo es demasiado hermoso para ser verdad»

Emma apoyó su cabeza en el hueco de su hombro. Su posición no era la más confortable y sin embargo, nunca se había sentido tan bien. Regina inspiró y acarició los cabellos de su hijo, como dándose valor para proseguir.

«Etiquetar…volvería todo más real….y mientras no sea verdad,…tampoco puede ser roto. No se puede destruir lo que no existe, poner un nombre, es hacer que exista y volver todo más…vulnerable»

«Salvo que tú sabes que existe» respondió ella suavemente «Lo único que se hará real si lo nombramos no son lo sentimientos, pues ellos están ahí y tú lo sabes, sino sencillamente la aceptación de su presencia»

Regina no dijo nada durante unos instantes, seguramente reflexionando sobre las palabras de la rubia.

«¿Tener sentimientos es engañar?»

«¿Qué quieres decir?»

«Le echo en cara a Kathryn el haberme engañado, pero…experimentar sentimientos por otra mujer, querer poner fin a mi matrimonio por esa otra mujer, ¿no es engañar?»

Emma sentía que estaba próxima al dolor de tanto que su corazón martilleaba en su pecho, Regina no desea etiquetar esos sentimientos, pero lo que acababa de decirle valía todas las declaraciones del mundo.

«Dime la verdad, lo que realmente piensas»

«Pienso que…que puede ser engañar. Si alguien casado, se enamora de otra persona, permanece en algo ambiguo con esa persona, y permanece con su mujer sin decir nada, entonces emocionalmente es engañar. Por el contrario, ya sea dejar a su mujer o parar todo con la otra, ser honesta, desear hacer las cosas bien, es hacerlo sin querer engañar, es ser alguien de bien»

Emma tenía la impresión de que todo se jugaba en ese instante, Regina podía aceptar lo que ellas tenían y decidir avanzar una vez por todas con ella, o rechazarla y volver al lado de Kathryn y no volver a verla. Quedar como amigas, diga lo que diga ella, no sería posible, ella lo sabía, lo intentaría tanto como fuera posible, pero sus sentimientos tarde o temprano la devorarían. Ella sabía que no sería posible, y menos aún después de haber aceptado la magnitud de sus sentimientos.

Cuando Regina se movió, creyó que el mundo se resquebrajaba a su alrededor, su corazón latiendo violentamente y tan fuerte que sentía como un adormecimiento en los dedos. Los sonidos le llegaban más apagados, como si su sangre afluyera a la parte de atrás de su cráneo y a sus orejas. Sudores fríos la recorrían en oleadas y no se dio cuenta de que estaba manteniendo la respiración.

La pianista se soltó de sus brazos y entonces la miró

«Debo ser honesta, quiero hacer las cosas bien Emma, es necesario…¿Podrás aguantar por mí?»

Un peso inmenso se elevó de repente de los hombros de la joven vendedora que sentía una euforia y un alivio intenso apoderarse de ella. Se acercó a la morena que debió pensar que iba a besarla, pues colocó su mano sobre su boca para evitar que avanzara más

«No, Emma, no, también lo deseo, pero no»

A esas alturas, la rubia no podía contener más su sonrisa, que Regina no percibió, continuando con su argumentación.

«No puedo hacer así como así, es demasiado…fuerte para hacer las cosas mal. Detesto tanto a esas mujeres, las odio desde lo más profundo de mí, no quiero que te conviertas en una de ellas por mi culpa, no soportaría hacer de ti una de esas…esas…Solo será el tiempo de…»

Mientras hablaba, los ojos de Regina se habían perdido en los labios de Emma que sentía un calor en su bajo vientre ante la prueba que le mostraba de respeto y afecto. Ella se acercó y le besó la frente.

«Eso nunca sucederá. Tú…yo…todo irá bien, y yo estaré a tu lado todo el tiempo que sea necesario para que las cosas se hagan bien»

Regina le sonrió murmurándole un gracias casi inaudible. Se acurrucó de nuevo contra ella hasta que su estación fue anunciada. La rubia se levantó, sintiendo los ojos chocolate sobre ella, sin dejar de mirarla. Emma cruzó su mirada y se inclinó para besar su mejilla. La morena la dejó alejarse, pero la retuvo, llevó su mano a su boca y deposito en ella un beso, después pegó sus dedos a sus labios.

Un sencillo sustituto de un beso y Emma sentía cómo afluían todas las promesas que había detrás. Se sonrieron y tuvo que darse prisa en salir antes de que el tren se pusiera en marcha de nuevo. Una vez en el andén, no tuvo que tocar en la ventanilla, pues Regina ya la estaba mirando y, como algunos días antes, apoyaron sus manos en el cristal, la una pegada a la otra.

Día 23. 23:15

"Lo siento, no puede escribirte esta tarde"

Emma dio un salto al ver el mensaje de Regina, feliz de finalmente tener noticias suyas. Se habían mandado algunos mensajes al final de la tarde, pero no había vuelto a tener noticias después de un mensaje en el que la prevenía de que le iba a costar responderle.

"No hay problema. ¿Todo bien?"

"Kathryn me ha montado un número"

"¿A causa de qué?"

"Porque estaba mucho al teléfono, quería saber quién era, le dije que eras tú, quiso saber si la estaba engañando contigo, le respondí que yo no era como ella y eso derivó en una conversación…enriquecedora"

"¿Deseas hablar?"

"Sí, pero es demasiado largo, le pedí explicaciones y al final las he tenido. Emma, mi matrimonio está muerto desde hace mucho más tiempo de lo que yo pensaba"

"¿Por qué dices eso?"

"Porque los últimos años de mi vida reposan en mentiras, en una telaraña de mentiras en la que ella me ha atrapado"

"¿Ella no se atrevía a decirte las cosas?"

"No quería decírmelas, mañana te lo cuento todo. Me ha costado hacer que Henry se durmiera, debe haber sentido la tensión, así que hay posibilidades de que mañana por la mañana se quede dormido"

"Pero, ¿tú cómo estás?"

"Por un lado estoy aliviada, ya no tengo remordimientos o temores a estas alturas. Perdóname por estar diciéndote esto sin realmente contártelo todo, es muy largo, y necesito hablarte de ello realmente"

"No es grave, todo lo que cuenta para mí es saber que estás bien"

"Estoy bien"

"¿Cómo acabó todo?"

"Duermo en la habitación de invitados, porque ella no quería dejar la cama, quería saber si las cosas iban a arreglarse y le respondí que nada era menos seguro, que necesitaba pensar en todo eso. He ganado tiempo, porque necesito hablar contigo, reflexionar sobre todo esto, cómo me voy a organizar"

Emma releyó varias veces el mensaje para comprender todo su significado. Estrechó su teléfono contra ella emitiendo un grito de alegría por el que ya no se culpabilizaba. Se removía en su cama con excitación y euforia y se encontró incluso dando un prolongado beso a su teléfono.

Resopló para calmarse mientras tecleaba una respuesta.

"Tienes razón, hay que hablar de todo esto, y me tendrás a tu lado en cada etapa que tengas que atravesar"

"Tengo la impresión de que voy a poder liberarme de mi pasado y pensar en el futuro…en nosotras…quizás"

Emma estaba contenta de que no hubiera testigo que pudiera ver la sonrisa tonta que seguramente tendría en el rostro al imaginarse la incertidumbre en los bellos ojos chocolate que invadían sus pensamientos.

"En nosotras sí Que pases una buena noche Regina"

"Tú también, hasta mañana"

Día 24. Tren de las 06:22

Emma había llegado antes y golpeaba el suelo con el pie esperando el tren, impaciente por poder ver y hablar con Regina. A penas hubo subido al tren, divisó a la joven y a un Henry medio dormido.

«Emma» exclamó él al verla llegar «Abrazó Emma»

Él tendió los brazos hacia ella y la joven preguntó a su amiga con la mirada sin atreverse a reaccionar. La pianista le sonrió y asintió.

«¿Quieres que Emma te siente en sus rodillas?»

«Sí» respondió el niño

La rubia lo cogió entonces en sus brazos y se sentó al lado de Regina.

«Mamá y Kathryn, ellas se han enfadado»

«¿Ah sí?» respondió Emma al niño que se había sentado en sus rodillas de cara a ella.

«Pero mamá ha dicho que íbamos a verte, así que ella está feliz»

«¿Y tú Henry?»

«¿Yo?»

«¿Cómo te sientes tú?»

«Yo estoy contento de ver a Emma» dijo con sueño

«Y yo también estoy contenta de verte. Pero estoy viendo a un pequeño que necesita dormir»

«No, no estoy cansado» dijo él bostezando abiertamente

«La espalda» le murmuró la morena en su oído.

Emma continuó hablándole suavemente mientras comenzaba a acariciar su espalda como le había mostrado su madre. Henry la escuchaba contar las aventuras del pequeño Zazou y su cabeza comenzó a balancearse. Acabó por dejar de luchar y se acurrucó contra ella. Ella lo colocó de forma que estuviera cómodo y se quedó mirando su carita angelical.

«¿Quieres que lo coja yo?» preguntó Regina cuando se quedó dormido

«Puedo…puedo mantenerlo así. Parece que no está mal»

«Incluso parece que está muy bien»

La morena se apoyó en ella y suspiró de satisfacción.

«Es estupendo que os llevéis tan bien»

«¿Cómo no adorar a ese muchacho?»

«Él también te adora»

«¿Tú crees?»

«No deja de hablar de ti. He conseguido que comprenda que no debe hacerlo tanto delante de Kathryn, pero en cuando está con mis padres al teléfono no para»

Emma miraba al niño con ternura y se giró hacia Regina que la miraba de la misma manera.

«¿Acaso…puedo?»

La pianista comprendió lo que quería decir, y sonrió diciéndole que sí con la cabeza.

Emma se inclinó hasta depositar un suave beso en la frente del niño. Henry se movió un poco, pero sin despertarse, hundiendo su cabeza en su brazo.

Como el día anterior, Regina le puso los cascos y comprobó su sueño. Al ver que dormía a pierna suelta, se enderezó para besar la mejilla de la joven vendedora.

«Entonces, ayer…» comenzó Emma

«Fue horrible» resopló ella hundiéndose en su asiento «Kathryn estaba como un león en su jaula, sentía que ella quería hablarme, pero no se atrevía a empezar, y yo no quería facilitarle la tarea. De repente me ordenó que soltara el teléfono. Le respondí que estaba en plena conversación, entonces se enfadó. Intentó cogerme el móvil y se cabreó cuando se lo impedí. ¿Es esa Emma de la que Henry habla todo el tiempo? ¿Tu famosa "amiga" de ese maldito tren que te niegas a dejar de coger?»

Al decir la última frase, Regina había imitado a su mujer, poniendo comillas tal y como debió hacerlo ella.

«Cuando la escuché pronunciar tu nombre, perdí la paciencia. Le dije que si se estaba atreviendo a tener un ataque de celos y ella me preguntó si la engañaba contigo. Ahí es cuando le dije que no era como ella, y que el día en que me acostara con otra sería después de haberla dejado. Me dijo que yo le había dado una nueva oportunidad y que no tenía derecho a hora de echarme para atrás. Que no podía decirle que la perdonaba y a continuación reprocharle sus actos»

«¡Qué morro!»

«Lloraba, y yo a mi pesar me sentía culpable. Intenté calmarme y dejarle una oportunidad para que se explicara aunque eso no cambia mi decisión. Me dije que si hablábamos, podría comprenderla mejor, y quizás…No sé, mejor pasar página. Tenía ese sentimiento que necesitaba comprender, comprender el porqué de todo. Así que sé lo pregunté»

«¿Cómo? ¿Así, directamente?»

«Directamente, sí. Le pregunté por qué me había engañado la primera vez y otras tantas veces. Le dije que no lograba dejar de hacerme preguntas sobre eso, que me siento perdida. No le había dicho aun que quería romper, necesitaba que me contase»

«¿Conseguiste las respuestas a tus preguntas?»

«Sí» resopló la morena «Ella…ella se defendió mucho, nos gritamos, se enfadó por el hecho de que yo quería saber, le eche en cara que me negara esa honestidad. Intentó salirse por la tangente, pero yo no se lo permití, me negaba a que una vez más esquivara las preguntas. Así que insistí, estaba decidida, o me hablaba o me marchaba. Así que al cabo de numerosos gritos, de numerosas lágrimas por parte de la dos, se derrumbó y literalmente me gritó la verdad a la cara»

Regina lloraba en silencio y Emma prefirió no decir nada, dejando que fuera a su ritmo.

«Me detesta, sencillamente»

«¿Cómo es eso? Si te detesta, no puede estar suplicándote que no la dejes»

«Me ama tanto como me detesta. Me detesta y yo no puedo hacer nada para cambiar eso. Le gritaba que me debía la verdad, que me debía la explicación sobre lo que había podido hacer para merecer todo eso. Y en ese momento se dio la vuelta hacia mí de forma violenta y me gritó que no era algo que hubiera hecho sino algo que yo era. Suspiró antes de comenzar a explicarme de verdad. Ella…me echa en cara que sea…yo»

Emma esperó un momento la continuación, pero decidió romper el silencio.

«¿Cómo puede echarte en cara que seas…tú?»

«Ella…tiene la sensación de vivir bajo mi sombra desde hace años. De no ser sino Kathryn, la mujer de la talentosa pianista Regina Mills. Ella…tenía la sensación de no existir, ya no soportaba a mis padres y sobre todo a mi madre que solo hablaba de piano en cuanto ella estaba en casa. Es por eso que nunca va a escucharme tocar.

Entonces cuando invité a Aurora a casa, se entendieron bien y ella vio intimidación en sus ojos con respecto a ella, y quiso comprender de dónde venía eso. Fue comprendiendo que no era sino deseo y atracción y le supo bien ser el centro de atención por una vez. Así que un día en que yo trabajaba y ella no, la invitó a casa, Aurora corrió y pasó lo que pasó. A partir de ese momento, su relación comenzó. Kathryn se dio cuenta de que no solo Aurora sentía atracción hacia ella. Al haber sido tan abiertas sobre nuestra homosexualidad, nunca escondimos nuestra pareja. Como yo tengo cierta notoriedad, todo el mundo, a los eventos a los que asistíamos, sabía que éramos lesbianas. Ella sorprendió otras miradas y percibió que las mujeres jóvenes podían tener ojos solo para ella. Se sintió revivir en esas relaciones. Revivir, ¿te das cuenta? Revivir…entonces ¿eso quiere decir que estaba muerta a mi lado?»

Emma no tuvo tiempo de responder, Regina retomó su discurso

«Ella se culpabilizaba, porque yo nunca busqué ser el centro de las atenciones, intentaba integrarla en mi vida y me interesaba todo el tiempo por la suya. La única vez en que me dijo que mi madre le amargaba la existencia, reduje el número de visitas por ella. Y todo eso hizo que me odiara más porque ella misma se echaba en cara su comportamiento. Pero esas mujeres, generalmente heteros, sus miradas, la manera en la que se desesperaban para que ella les enseñara lo que sabía…Ella no podía pasar de eso.

Por un lado tenía esas relaciones que la hacían sentirse única e importante, y por otro, me tenía a mí que no necesitaba ser la mujer de nadie sino la de ella. He sido tan estúpida»

Emma posó inmediatamente su mano bajo su mentón para obligarla a mirarla.

«Escúchame bien Regina, tu no has sido estúpida, tú estabas enamorada y confiabas en ella. Ella ha actuado mal, no supo lidiar con sus sentimientos, se ha perdido en un rencor sobre el que en verdad no tenía control»

«¿Insinúas que es mi culpa?» preguntó la morena perpleja

«No, no, nunca. Ella tiene la culpa de no haber hablado contigo, tiene la culpa de haberte engañado, mentido. Pero ella no es culpable de tener ese sentimiento de inferioridad que la corroía. Todo el mundo no actúa igual antes los hechos, muchas personas tienen un real malestar, algunos reaccionan a él con malas acciones. Tú no eres culpable, al contrario, porque si ella te hubiese hablado, habríais podidos arreglarlo juntas. Pero…»

Emma se calló, no atreviéndose a decir lo que pensaba.

«Emma, háblame» dijo la pianista tomándole las manos.

«Lo que voy a decir es terriblemente egoísta, pero…si ella te hubiese hablado en su época, tú y yo quizás nunca nos hubiésemos encontrado, y mucho menos acercado»

Regina sonrió y se llevó su mano a su boca para besarla

«Tienes razón. Pero se lo reprocho tanto, en vez de hablar, dejarme, parar esa mentira, prefirió engañarme una y otra vez»

Fueron interrumpidas en su conversación por la llegada del tren a Boston. Emma se sentía bien con Henry en sus brazos y se sintió feliz al ver que Regina no intentó cogerlo para bajar del tren. Al contrario, ella la siguió tranquilamente asegurándose de que no olvidaban nada. El pequeño estaba completamente dormido, perfectamente sereno, la cabeza sobre su hombro, sus pequeños brazos alrededor de su cuello, y la joven adoraba esa sensación.

«Creo que lo me lo voy a llevar a la tienda, mi jefa se va a volver loca»

Regina rio de buena gana antes de tender sus brazos para recuperar a su hijo.

«Mi hijo es un seductor, si lo dejara todo el día en una tienda de lencería, te lo encontrarías con tus clientas en los probadores»

«Don Juan…no me sorprende»

«Gracias Emma»

«¿Por qué?»

«Me siento mejor después de hablar contigo, gracias por estar ahí»

La rubia se inclinó sobre ella y besó su mejilla durante más tiempo del necesario.

«No querría estar en otra parte»

«Hasta esta tarde Emma»

«Hasta esta tarde»

Día 24. Tren de las 17:15

Apenas sentada en su sitio, Emma se puso a mirar la hora hasta que escuchó su nombre ser gritado por el vagón. Vio a Henry correr hacia ella, tirando de su madre que le seguía de cerca agarrándolo de la mano.

«Henry, no corras, te vas a caer»

«Pero no, está Emma» resopló él

«Oh, ¿y porque esté Emma tú no te caerás?»

«No, ella me va a coger»

Y para probar sus palabras, el niño saltó hacia delante dejándose caer como si no se arriesgara a nasa. Emma no se lo pensó, calculando apenas el grito de Regina y su movimiento para retener a su hijo, ella se lanzó hacia él, atrapándolo por los pelos, golpeándose la cabeza con el reposabrazos del asiento de al lado.

«Henry» exclamó la pianista arrodillándose ante ellos «¿En qué estabas pensando? Podrías haberte hecho daño»

Emma se sentó en el pasillo, con el niño en brazos, una mano sobre su cabeza que le dolía a rabiar.

«No, está Emma» repitió él visiblemente orgulloso de haber probado su teoría.

«Ella podría no haber logrado cogerte, no lo vuelvas a hacer, ¿me escuchas?»

La morena estaba completamente alarmada, descendiendo con dificultad del pico de adrenalina y angustia que acababa de sufrir.

«Pero mamá, abuelo ha dicho que…»

«¿Abuelo ha dicho? ¿Qué te ha dicho esta vez?» lo cortó ella enfadada.

El niño no respondió, sus ojos empañados de lágrimas, aferrado a Emma que no sabía muy bien qué hacer. Regina inspiró profundamente para calmarse y tendió sus brazos hacia su hijo que inmediatamente se estrechó contra ella.

«Henry, no he debido gritar, he tenido mucho miedo. No debes hacer eso, aunque pienses que yo o Emma vamos a agarrarte, no hay que correr riesgos que no llevan a nada. Mira, es Emma quien se ha hecho daño al cogerte. No se juega cuando puede ser peligroso, ¿me comprendes?»

Ella le había hablado muy calmadamente, haciendo que la mirara para se concentrara. Se había sentado en el lado de la ventana, con Henry sobre sus rodillas, mientras que la rubia se sentaba en el asiento de al lado.

«Sí, mamá» respondió él con expresión culpable

«Ahora vas a pedirle perdón a Emma»

«Perdón Emma. Lo siento»

Él bajaba la cabeza, la expresión abatida, y la joven tuvo que contenerse para no cogerlo en sus brazos y tranquilizarlo inmediatamente. No quería interferir en la autoridad de Regina y tenía que hacerle comprender que había hecho una tontería.

«No es grave, Henry. Pero mamá tiene razón, debes tener cuidado y no volver hacerlo»

El niño la miró y parecía tan apesadumbrado que Emma no pudo evitar lanzarle una mirada de cachorro apaleado a la pianista que a su vez desvió la mirada como para no sucumbir ella.

«¿Estás enfadada mamá?» preguntó tímidamente el niño

«No, Henry, esta vez no estoy enfadada, pero si lo vuelves a hacer si me enfadaré y te castigaré»

«Sí mamá»

«¿Qué te dijo el abuelo cuando estabas al teléfono con él?»

«Que yo no debía tener miedo cuando tú estás triste porque Emma te sostendrá»

«Escucha, ratoncito, todo eso son historias de gente grande. El abuelo quería tranquilizarte, eso está bien. Pero él no debería hablarte de todo eso. Yo estoy bien, no es grave estar un poco triste a veces, eso sucede, y después las cosas van mejor. No debes preocuparte, de acuerdo, y además contigo soy la más feliz del mundo»

Henry le dio un abrazo, recobrándose poco a poco de sus emociones. Regina miró a Emma y se enrojeció, pero sin embargo no desvió la mirada. Por lo que se veía, el padre de la morena era un aliado suyo sin todavía conocerlo. La joven vendedora se preguntaba lo que le había podido decir su hija desde hacía un mes para que él pensase de esa manera de ella. Ante la mirada dulce y tímida que Regina posaba en ella, comenzaba sin embargo a hacerse una idea y eso le gustaba.

Henry se quedó callado un momento sobre las rodillas de su madre antes de elevarse un poco y hablarle al oído.

«Puedes preguntárselo directamente» respondió ella con una tranquilizadora sonrisa.

Henry miró a su madre escondiéndose contra ella, reuniendo todo su valor para hablar.

«¿Estás enfadada Emma?»

La joven pudo sentir literalmente cómo su corazón se transformó en una masa informe formada exclusivamente de nubes de azúcar.

Todas sus tentativas para permanecer firme fueron barridas por su mirada y su labio tembloroso

«No, chico, no estoy en absoluto enfadada»

Una sonrisa apareció poco a poco en su rostro y se soltó un poco de su madre.

«¿Te duele?»

«Un poco, pero no es grave»

«Perdón»

«¿Sabes? Creo que un gran abrazo me haría muy bien»

Él sonrió de oreja a oreja y se desplazó hacia ella, feliz y tranquilo. Emma pasó sus brazos a su alrededor y lo abrazó tan fuerte como él lo hacía. Ella metió su nariz en su cuello y sopló para hacerlo reír a carcajadas y se revolvió para escaparse.

Se volvió a sentar en sus rodillas y Regina le sacó un libro que comenzó a hojear riéndose solo ante las imágenes.

«¿Estás bien?» preguntó Regina

«Sí, sí, muy bien»

«Gracias por haberlo cogido»

«Era lo normal»

«Emma, te lo agradezco mucho, lo que has hecho, no todos el mundo lo hubiera hecho»

«Hey» dio ella tomándole la mano «No es nada, te lo aseguro. Y además este muchachito confía en mí» añadió ella con orgullo «Es lógico que le demuestre que puede»

«Oh, sí, él puede» respondió la morena estrechando su mano.

Emma se sentía bien, orgullosa y honrada a la vez. Desde que había perdido a su bebé, nunca se había permitido acercarse a un niño, temiendo el sufrimiento de los recuerdos. Henry era el primero por el que había logrado bajar sus defensas, y ver el apego que él estaba desarrollando hacia ella le cortaba literalmente la respiración.

Regina pasó su mano por detrás de su cabeza y comenzó a darle un suave masaje.

«Eso es bueno» dijo ella cerrando los ojos

«Tienes un chichón» respondió ella rozando la zona

Inmediatamente Henry alzó la mirada de su libro y la miró con inquietud.

«Estoy bien Henry, solo es un pequeño chichón, nada grave»

«Mamá da un beso mágico» dijo él a su madre con mirada suplicante

«Henry, no creo que…»

«Oh, sí, mamá da un beso mágico» la interrumpió Emma sonriendo

La pianista resopló y se enderezó para besar su cráneo allí donde se había golpeado. Al mismo tiempo, Regina había deslizado su mano por su nuca y acariciaba su piel sensible. Emma se estremeció de la cabeza a los pies, lo que hizo reír a la joven que continuó con sus atenciones.

La joven vendedora se concentró en Henry, bien sentado en sus rodillas, a quien se puso a contar una historia. Emma se metió en el juego, viviendo con el niño las aventuras de los animales de su libro de imágenes. Ella leía algunas frases acentuando cada emoción, sintiéndose bien bajo la mirada del pequeño moreno que bebía sus palabras.

Regina, por su parte, se conformaba con observarlos sin intervenir, respondiendo a las solicitudes de su hijo. Ella no había quitado su mano de su nuca y alternaba entre caricias y juegos en sus largos rizos rubios. Emma la dejaba hacer, acogiendo esa agradable ternura, consciente ahora de su necesidad de sentirla y por qué.

Al llegar a la estación, cubrió el rostro de Henry de besos, después besó con naturalidad la frente de su madre antes de levantarse. Apenas hubo bajado al andén ya estaba ansiosa de que fuera mañana.

Día 25. Tren de las 06:22

«¿La tarde se pasó bien?» preguntó Emma entrando en el vagón y sentándose al lado de Regina que llevaba a Henry medio dormido.

«No realmente. Desde el comienzo nos evitamos. Después quiso decirme que todo iba a ir bien entre nosotras y eso me enervó, le dije que no, que no todo iba a ir bien, que sentía muchas cosas por ella, pero ya no amor. Comenzamos a pelearnos y Henry comenzó a llorar. Yo quise marcharme y ella me retuvo para que hablásemos, él lloraba mucho, había tanto ruido en esa casa, era opresivo. Debí mirar hacia las escaleras, pus ella me dijo que me diera prisa en llegar a mi último "éxito". Ignoré sus palabras y me adelantó en las escaleras para llegar la primera a su habitación. Estaba aterrorizado porque, cuando ella vio que se había hecho pipí en la cama, le gritó diciéndole que un niño de casi tres años tenía que estar limpio. La saqué de la habitación y me ocupé de él. Me llevó dos horas calmarlo y no dejó de despertarse durante toda la noche»

«¿Hablaste con ella? ¿De su comportamiento?» preguntó Emma apretando los dientes

«Después sí, me esperaba en la cama de la habitación de invitados. Me preguntó si él estaba bien y como yo la ignoré se puso a llorar»

«¿Enternecimiento o remordimientos?»

«Remordimientos por esta vez. Me dijo que lo sentía, que aunque lo intentara no lograba amar a Henry como una madre. Sentía ternura hacia él, pero ella…»

«¿Ella qué? ¿Regina?»

«Ella le echa la culpa»

«¿De qué?» preguntó, comprendiendo que la joven necesitaba hablar aunque no sabía por dónde comenzar

«Del lugar que él ocupa en mi corazón. Tuvo este hijo conmigo por mí, se ha sentido dejada de lado desde el momento en que entró en nuestras vidas y por eso volvió a engañarme después de su nacimiento»

«¿Es una forma de celos?»

«En cierto sentido sí, pero sobre todo es que no consigue sentirse madre. Y cuanto menos consigue amarlo, más se culpabiliza, más lo culpabiliza a él y más me culpabiliza a mí. Él es Mi hijo, Mi logro, otra…»

«Regina, tú…»

«Entonces, ¿todo ha sido culpa mía? ¿He sido egoísta al querer a Henry?»

«No, por supuesto que no, es…la vida nunca es blanca o negra. Ella ha actuado mal, pero no creo que hay sido tu deseo de tener un hijo lo que haya provocado todo esto. Tú sabes lo que fue, ella no soportaba tu éxito, al que veía como algo que la anulaba a ella. Si nunca hubieseis tenido a Henry, ese malestar que ella tenía habría seguido ahí. Te engañó antes de Henry, su nacimiento solo hizo que volviera a hacerlo. Nunca sabrás si ella lo hubiera vuelto a hacer sin tu embarazo, pero eso no tiene importancia. No hay que vivir en las hipótesis»

«Creo que quiero dejarla, cuando mis padres vuelvan y pueda dejarles a Henry, tendré esa charla con ella»

«¿Cuándo regresan?»

«El sábado o el domingo. ¿Sabes? Creo que hace tiempo que quiero dejarla. Pero antes no había tomado consciencia que quedarme pensando en Henry no solucionaba nada…Y además antes de ti…no habría tenido el valor, espero tenerlo cuando llegue el momento»

«Lo tendrás, por Henry y por ti, lo tendrás»

«Me da tanto miedo»

Emma la atrajo hacia ella para poder abrazarla sin despertar a Henry y la estrechó.

«El miedo es normal, hay que transformarlo en coraje»

Regina se pegó a ella tanto como pudo suspirando ante lo bien que estaba en sus brazos. Emma besó su cabeza y comenzó a darle un suave masaje en su cráneo. Después de casi quince minutos, escuchó que su respiración se había hecho profunda y regular y comprendió que se había dormido. Hundió su cabeza en su cuello y respiró profundamente su olor antes de murmurar

«Espero que lo consigas, me gustaría atreverme a decirte toda el importante lugar que ocupas en mi corazón, esperaré todo el tiempo que haga falta para eso, mi dulce y bella Regina»

La mantuvo pegada a ella para que pudiera descansar un poco y borrar las emociones de la noche anterior, y no la despertó sino cuando se aproximaba el tren a la estación de Boston.

La morena abrió los ojos y quiso enderezarse rápidamente al darse cuenta de que se había quedado dormida, pero se encontró retenida por los brazos de Emma.

«¿Me he dormido?» preguntó ella por inercia

«Sí, fue mono»

«¿He…Hum…?»

«No, tú duermes como una princesa» mintió ella omitiendo un ligero ronquido que se le había escapado y que ella había adorado escuchar.

Regina pareció aliviada y se levantó despacio para seguirla hasta el andén. Henry aún estaba dormido, y ninguna parecía prestar atención al hecho de que iban dadas de la mano. Se separaron después de un beso en la mejilla y solo se soltaron la mano en el último momento.

Día 25. Tren de las 17:15

«¿Sabes Emma? Esta noche duermo en casa del abuelo y la abuela» dijo Henry mientras que esta se sentaba frente a su madre

«¿De verdad?»

«Sí, pero no mamá»

«Mis padres han vuelto antes» dijo Regina.

Las dos mujeres se miraron y Emma no tuvo necesidad de palabras para comprender todos los sobreentendidos que había detrás de esa noticia. La cuestionó con la mirada y la pianista asintió, confirmándole silenciosamente sus intenciones. La joven vendedora tomó su mano bajo la mesa para mostrarle que estaba a su lado, y la sonrisa que le devolvió ella dejaba ver su ansiedad. Acarició su mano antes de entrelazar sus dedos y estrecharlos. Al ver que Henry estaba dibujando tranquilo, ella se inclinó para captar su mirada.

Se leía tanto en esos ojos chocolate cuando se hundieron en los suyos. Había miedo, aprensión que le apretaba el estómago ante la idea de cambiar su vida esa noche. Había temor de no conseguirlo teñido de una culpabilidad de la que no podía escapar. Pero entre todas esas emociones confusas, Emma creyó entrever lo que de verdad no se atrevía a confesar, por miedo a sufrir. Ella había intentado controlarse, sin embargo lo había visto, la esperanza…la esperanza de que esa noche marcara un giro en su vida. De igual manera vio ternura que quizás no solo era destinada a Henry….Seguramente no solo destinada a Henry.

Durante todo el viaje, solo el pequeño rompía cada cierto tiempo el silencio y la pesada angustia en la que se habían instalado. Solicitaba a veces a su madre, a veces a Emma, inconsciente de los miedos y de la esperanza que les atenazaba el vientre.

En cuanto hubo soltado su mano, Regina extendió sus piernas para ponerlas en contacto con las suyas. En cuanto la miraba, Emma inspiraba profundamente, incitándola a hacer lo mismo para calmarse. Estaba feliz de logar arrancarle algunas sonrisas y no había dejado de tranquilizarla con sus miradas.

«Gracias» dijo silenciosamente la pianista para no llamar la atención de su hijo

«De nada» respondió ella de la misma manera.

Su estación fue anunciada y Emma se levantó para darle un beso a Henry, y después otro más pronunciado en la sien de la morena.

«Todo va a ir bien» le murmuró al oído «Escríbeme, llámame o incluso pasa si quieres» dijo ella dándole un papel sobre el que escribió rápidamente su dirección.

«Gracias. Pienso ir a casa de mis padres, no lo sé, ya veré. Te llamaré desde allí»

Regina aferraba su mano sin soltarla, entonces Emma se acercó para besarla en la frente.

«Quieres que me quede hasta tu parada»

La morena pareció dudar y finalmente hizo señal de que no.

«Todo va a ir bien» retomó la rubia acariciándole la mejilla. «Todo irá bien después»

Ella le devolvió finalmente su mano, no sin una última mirada inquieta y Emma descendió del tren con el corazón encogido.

La difícil espera podía comenzar.

Día 25. 22:57

Emma dio un salto del sofá al escuchar cómo llamaban con fuerza a su puerta. Hacía cuatro horas que no tenía noticias de Regina. En sus últimos mensajes le decía que estaba esperando que Kathryn llegara, que ya no podía esperar más y que quería irse directamente a casa de sus padres. La joven la había convencido para que se quedara y se enfrentara a Kathryn, motivándola y tranquilizándola hasta que recibió el último mensaje de la noche.

"Está llegando, te escribo en cuanto esté en casa de mis padres"

Desde ese momento Emma caminaba de arriba abajo en su departamento verificando su teléfono. Se imaginaba de todo, que las cosas fuesen mal, que Kathryn le hiciera daño a Regina, que Regina finalmente no lo hiciera, que recayera en los brazos de su mujer. No dejaba de soltar su teléfono, alejarse de él para intentar ignorarlo, y volver minutos más tarde para ver si había algo. En cuando lo tenía en la mano, abría de forma mecánica la conversación mantenida con Regina, veía que el último mensaje era el que había enviado una hora antes para tener noticias, comenzaba a teclear, pero finalmente se echaba para atrás.

Fue su estado de estrés el que la hizo saltar cuando tocaron a la puerta. Se dio prisa en ir a abrir, perpleja, no sin una última mirada a su teléfono.

Abrió la puerta y se quedó de piedra al ver a una Regina en lágrimas al otro lado, con una inmensa sonrisa que contrastaba con sus ojos rojos.

«Regina…»

«Lo he hecho» la interrumpió «Lo he hecho, la he dejado»

No tuvo tiempo de reaccionar, la morena ya estaba en sus brazos. Logró cerrar la puerta a sus espaldas y la estrechó tan fuerte como podía, casi elevándola. Soltó poco a poco su agarre, dejando a la más pequeña que apoyara sus zapatos en el suelo y puso sus manos en sus mejillas. Apartó algunos mechones de cabellos que se habían pegado a sus pómulos por las lágrimas y besó su mejilla.

«¿Por qué lloras?»

«Ha sido horrible»

«¿Te ha hecho daño?» preguntó ella de repente inquieta y ya en cólera

«No, Emma…no» la tranquilizó «Sobre todo ha gritado, llorado, suplicado, se enfadó. Sabe por qué la dejó»

«De todas maneras podía deducirlo»

«No…ella sabe por qué la dejo…ahora»

Emma comprendió, pero sin atreverse a creérselo demasiado y eso tuvo que leerse en su mirada porque Regina se rio dulcemente.

«Sabe que la dejo ahora porque he encontrado a la persona que me ha dado el valor»

Regina hundió su mirada en la suya, despejo su rostro de sus largos rizos rubios y deslizó sus dedos hasta sus labios. Emma contenía su respiración sin darse cuenta y comenzó lentamente a avanzar, imitando los gestos de la pianista. Deslizó su brazo por su espalda hasta que sus manos reposaron en lo alto de sus nalgas. La atrajo aún más hacia ella, sintiendo cómo sus cuerpos encajaban perfectamente. Regina posó una mano en su hombro y enredó la otra en sus cabellos. Emma la sintió presionar suavemente bajo su cabeza inclinándola progresivamente hacia ella.

Sus ojos ya no se apartaban, la joven vendedora tenía la sensación de que su corazón daba saltos desacompasados en su caja torácica. La joven pianista inclinó ligeramente la cabeza cerrando los ojos y con un movimiento grácil pegó sus labios a los suyos.

Un solo contacto, la tierna dulzura que le procuraba, y millones de mariposas explotaron en su vientre. Cuando Regina comenzó a moverse contra ella, ella respondió a su vez y se perdió en ese instante como si nada más existiera en el exterior.

Un beso, un simple beso, y todo su cuerpo reaccionaba con la misma fuerza que la de los sentimientos que experimentaba. Sus labios bailaban, los unos pegados a los otros, su cabeza le daba vueltas, su corazón galopaba, su piel se electrificaba, su vientre se calentaba y los dedos de los pies de crispaban.

Regina se separó de ella poco a poco, quedando a solo una respiración de ella.

«Lo he hecho»

Su voz fue como un electroshock, despertándola, y Emma tomó de nuevo posesión de sus labios que llevaba deseando en silencio desde hacía mucho tiempo, estrechando en sus brazos su futuro que se anunciaba tan caótico como maravilloso. Tenía muchas emociones en su interior, demasiados sentimientos que surgían sin contención en ese instante.

«Creo que me estoy enamorando de ti» murmuró en su oído.

«Yo creo…» comenzó la pianista con voz temblorosa y casi inaudible «Yo creo que me dejaré caer en ese amor contigo»