TITULO: A LA FUGA
TITULO ORIGINAL: MUJER A LA FUGA
AUTORA ORIGINAL HISTORIA: LISA MARIE RICE
AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO-SENSEI
PROTAGONISTAS: Itachi Uchiha y Sakura Haruno
SIN FINES DE LUCRO.
solo juego con los personajes e historia para que pasen un buen rato
GRACIAS.
Capítulo 11
Sakura estaba sentándose en el cómodo asiento delantero de la camioneta cuando, de pronto, se quedó petrificada.
—¿U-Uchiha?
La camioneta se inclinó hacia el lado de Itachi cuando éste se subió. Cerró la puerta del conductor sin hacer ruido.
—¿Hmm?
—Uchiha. —Bajó la voz hasta hacerla apenas un susurro y se inclinó hacia él—. Ahí hay una... una pistola.
Itachi echó un vistazo con indiferencia por encima del hombro antes de poner la camioneta en marcha.
—Nop —dijo.
—¿Ah, no? —preguntó ella, confusa.
La camioneta arrancó con un brinco hacia delante y tuvo que agarrarse al cinturón de seguridad.
—No es una pistola.
Sakura se había quedado asombrada ante lo diferente que le hacía parecer el traje de negocios de corte elegante que llevaba puesto. No le hacía parecer guapo, eso sería imposible, pero decididamente le hacía parecer... imponente. Serio.
Había aparecido por la pequeña y destartalada cafetería de Ino enfundado en ese traje elegante y se había quedado allí de pie, alto, grande y poderoso, con expresión fría, dura y remota, y por una fracción de segundo Sakura había sentido un momento de pánico al pensar que iba a meterse en un coche y a adentrarse en el desierto sola con aquel tipo que parecía tan aterrador. Fue una sensación momentánea que desapareció enseguida.
Itachi no suponía ningún peligro para ella. Estaba segura de ello. Al fin y al cabo, llevaba durmiendo con aquel tipo esa última semana. Pero no le costaba nada separar al hombre que le calentaba la cama por las noches de este hombre poderoso y con pinta de peligroso.
Después, Ino había cortado una rodaja de aquella tarta espantosa, pesadilla de todo diabético, y se la había puesto en la mano.
Itachi se la había tomado con valentía bajo la atenta mirada de Sakura que, cuando le miró a los ojos, estaba convencida de que los dos pensaban lo mismo: «¿A que es asqueroso?». Pero había alabado la tarta con voz suave y amable, y había esbozado una ligera sonrisa cuando Ino le miró sonriente, aunque cuando la joven quiso ofrecerle otro trozo de tarta, «invitación de la casa», la sonrisa se le borró inmediatamente de los labios. Pero se había zampado el segundo trozo también.
Sakura era capaz de imaginar un montón de cosas, era uno de sus muchos defectos, pero era incapaz de imaginarse un tipo violento que se comiera un segundo trozo de aquella tarta por el bien de su amistad con nadie. Cuando le miró, sus ojos oscuros estaban llenos de amabilidad y tal vez algo de soledad.
Un poco como Akamaru. Pero ahí estaba, aventurándose en aquellos caminos infinitos con un hombre que tenía una pistola en la parte delantera de la camioneta, a mano, y su imaginación empezó a recalentarse de nuevo.
Luego Itachi empezó a hacer ese movimiento tan sexy que hacía con sus muslos y se le empezó a recalentar algo más. Sakura apartó la vista un momento antes de volver a mirarle y centrarse con determinación en el rostro de Itachi.
—¿Quieres hacerme creer que eso... —La señaló con la barbilla, pues no quería tocarla—... no es una pistola?
—No —dijo Itachi—. Es una Springfield. Un rifle de caza muy bueno.
—Ah. —Sakura enmudeció por unos segundos, luego se revolvió en el asiento. Ahí estaba, quieta, larga, brillante y mortal. Nunca había estado en un espacio cerrado con una pistola —un rifle—, jamás. Nunca se habría imaginado que pudiera estar junto a un hombre capaz de tener una pistola. O rifle.
—¿Tienes pensado pegarle un tiro a alguien de Rupert hoy?
Itachi pareció pensárselo.
—Hombre, ahora que lo mencionas, no estoy demasiado satisfecho con la calidad del pienso que me vendió Inuzuka Walker la semana pasada... —Se volvió hacía ella al ver que jadeaba horrorizada—. Era broma, Rin.
—Ah. —Dejó de sentir pánico, pero seguía preocupada—. Eso está bien; está muy bien. ¿Entonces para qué necesitas... —Volvió a señalar la parte de atrás con la barbilla— ...eso?
—Lo cierto es que no es mío. Naruto es quien normalmente usa esta camioneta y la Springfield es suya. Yo prefiero las escopetas.
—¿Y Naruto para qué quiere una pisto... un rifle?
—Alimañas.
Aparte de en las viejas reposiciones de la serie Bonanza, y en los tropecientas películas malas del oeste, Sakura nunca había escuchado a nadie usar esa palabra en la vida real.
—¿Alimañas? ¿Cómo qué? ¿Ladrones de ganado?
Itachi seguía moviendo rítmicamente el embrague y el pedal del freno, además de la palanca de cambios, y Sakura trataba de no quedarse mirándole fascinada, así que no vio la expresión de su rostro, aunque sí que oyó lo que le pareció una risa ahogada. ¿De Itachi?
—¿Qué? —Estaban saliendo hacia la autopista, de modo que dejó de mover las piernas y Sakura pudo relajarse. Le miró y creyó detectar una sonrisa.
—Ya no quedan demasiados ladrones de ganado. Además, nosotros no tenemos ganado. Por lo general, Naruto la usa para matar ratas y liebres. Durante la época de caza puede cazar uno o dos ciervos; todos tenemos debilidad por la carne de venado. —La miró y frunció el ceño—. ¿Te molesta la pistola, Rin? ¿Quieres que la guarde en la parte de atrás? Aunque es más seguro llevarla donde está. Y te prometo que está descargada; la munición está en la guantera.
Sakura se acordó de pronto de todas las razones por las que vivía en la ciudad. Allí ibas a restaurantes con camareros encantadores que te servían en el plato cosas que aquellos que vivían en el campo tenían que cazar y despellejar.
—N-no, no pasa nada. —No quería que pensara que era una endeble. Al fin y al cabo, estaban en el Oeste. Era probable que allí los chicos aprendieran a disparar antes que a andar—. Me sorprendía, eso es todo. Al fin y al cabo —dijo, tratando de tranquilizarse a sí misma—, sabes muy bien cómo se utilizan.
—Claro —dijo Itachi, pisando el acelerador al ver que llegaban a una extensión abierta. La miró de reojo—. Pero se me dan mucho mejor los cuchillos.
«Dos millones de dólares por la cabeza de Sakura Haruno». El profesional resopló con desprecio al ver el mensaje de la pantalla. Decididamente, Akatsuki estaba desquiciado. El mundo entero estaba desquiciado. Ya nada era como en los viejos tiempos, cuando el mundo estaba dividido entre los doce, tal vez quince, tipos duros.
Hombres que reinaban con mano de hierro, tipos despiadados y decididos que nunca, jamás, se desquiciaban. Hombres con los que se podía contar que mantuvieran el control y que nunca enviarían mensajes lamentables como aquél desde la cárcel, clara muestra de debilidad. Pagar un millón de dólares por un golpe ya era algo escandaloso, algo que iba en contra de las reglas. Los golpes iban de los cien mil a los doscientos mil como mucho.
El que se ofreciera más no significaba necesariamente que el golpe fuera a hacerse mejor; en todo caso, lo único que se conseguía era que los mentecatos que vivían bajo un puente salieran a probar suerte, interfiriendo en el camino de los profesionales y abarrotando el territorio.
Ofrecer dos millones de dólares era algo de locos. Los hombres de antaño no lo habrían tolerado ni por un momento, estuvieran o no en Furrow's Island. Pero, al parecer, esos tiempos habían pasado y las tranquilas y mortales normas que habían gobernado el mundo estaban destrozadas. Era una señal muy clara de que ya iba siendo hora de retirarse; sin duda alguna. Invertiría muy bien los dos millones de la recompensa de Akatsuki.
De todas formas, los matones como Akatsuki desperdiciaban el dinero. No tenía la menor idea de para qué servía el dinero. Los hombres de antaño sabían muy bien que el dinero era una herramienta de precisión: un bisturí, no una porra.
El profesional se quedó mirando fijamente las ventanas del ático, que iban del suelo al techo, observando cómo se arremolinaban las nubes cargadas de tormenta. La vista era maravillosa, tal y como le había indicado la agente inmobiliaria. La mujer se había ido encantada con la compra, convencida de que las vistas habían sido decisivas para cerrar el trato.
La hermosa y joven agente jamás habría imaginado que la venta se había llevado a cabo porque, salvo que apareciera un francotirador en helicóptero, el ático estaba fuera del campo de tiro de cualquiera. La lluvia empezó a golpear el cristal blindado de las ventanas.
El invierno llegaba pronto este año; iba siendo hora de deshacerse de Sakura Haruno y desaparecer en el Caribe. El profesional ejercía una disciplina mental de lo más estricta cuando se centraba en una misión, pero por unos segundos, mientras el cielo se volvía gris y la lluvia se convertía en granizo, le fue fácil soñar despierto con su casita en la playa. A lo lejos, los edificios de oficinas empezaban a encender las luces temprano.
Diez pisos más abajo, la gente corría a resguardarse de la lluvia y del viento que golpeaba sus chubasqueros y abrigos. La casa de St. Lucía, que estaba en lo alto de un acantilado, miraba hacia una extensión de playa sin límites y de arena fina como el polvo. El agua era del mismo color que el cielo y se veía el fondo aun desde la distancia. El profesional no se hacía demasiadas ilusiones con respecto a los habitantes de la isla.
El Caribe estaba plagado de personajes extraños, evasores de impuestos en su gran mayoría, algunos de ellos hombres de negocios que habían caminado demasiado cerca de la cuerda floja. Gente que probablemente pagaría muy bien cualquier consejo sobre cómo mover divisas, sin hacer preguntas.
Sería muy agradable, y lucrativo, proporcionarles algo de consejo. Iba a ser divertido tratar con gente cuyo dinero no viniera en maletines llenos de billetes pequeños. Podía oír el viento a través de los gruesos ventanales, por lo que lo de fuera debía de ser un auténtico vendaval. Los rayos iluminaban el cielo y las nubes siguieron amontonándose, cada vez más grises.
El profesional se sirvió dos dedos de Calvados y contempló su futuro de playas de arena, atardeceres eternos y una vida de delincuencia mucho mejor.
Itachi recordaba haber leído en algún sitio que los científicos habían descubierto por qué a algunas personas se las consideraba guapas. Era un juego de la mente, relacionado con la geometría. La belleza era simetría, era así de simple. Si los dos lados de la cara eran idénticos: ¡bingo! Estrella de cine o chica de portada.
Itachi miró un segundo a la mujer que había sentada a su lado. Tenía una de las paletas ligeramente rota y el arco de su ceja derecha era un poco más alto que el de la izquierda. Y, aun así, era asombrosa. No podía apartar los ojos de ella. Lo que demostraba que los científicos no tenían ni puñetera idea de nada. Allá donde estuviera Rin, el aire vibraba a su alrededor como un colibrí. Tenía un brillo especial, como si tuviera luz propia.
Menos mal que se sabía el camino hasta Rupert con los ojos cerrados, porque se distraía fácilmente con las emociones que se veían en su expresivo rostro, tan sincero y a todo color. Era tan exquisita, desde la perfección perlada de su piel con ligeros toques rosados a los profundos ojos color turquesa y las cejas color caoba perfectamente arqueadas.
Cuando reuniera el valor suficiente, le pediría que volviera a dejarse el pelo pelirrosa. De pelirrosa, Rin debía de ser absolutamente irresistible. Menudo gilipollas era. Ni siquiera era capaz de reunir el valor suficiente para pedirle que no volviera a teñirse el pelo. Probablemente se hubiera tirado a Rin más veces durante aquella semana que a su mujer durante el tiempo que duró su matrimonio.
Era cierto que aún no había explorado todo su cuerpo. No le había mostrado sus dotes con la lengua; joder, pero si no habían pasado de la postura del misionero. No creía poder saciarse nunca de ella lo suficiente como para ponerse a explorar nuevas formas.
Pero sabía muy bien qué hacer para que se corriera y estaba deseando explorar, en algún momento en el futuro en el que no se muriera por metérsela inmediatamente, nuevas formas de hacerle el amor despacio. Sabía a qué sabían sus pezones, cómo eran los sexies gemidos que hacía cuando la follaba con fuerza, claro que tampoco es que la hubiera follado de otra forma, las fuertes contracciones con que le agarraba cuando se corría... Mierda.
Ya estaba otra vez empalmado. Menos mal que se había dejado la chaqueta puesta. «Piensa en otra cosa», se ordenó. Pero su mente volvía una y otra vez a Rin. Se sentía más cerca de ella de lo que se hubiera sentido nunca con ninguna mujer. Mucho más cerca de lo que se había sentido con Izumi, eso seguro.
Itachi se preguntó con profunda inquietud si encontraría sus silencios ofensivos o extraños. Izumi siempre estaba quejándose de ello, pues le acusaba de ignorarla. Rin era habladora. Normalmente eso le irritaba. Él era un solitario por carácter y por decisión propia, pero cuando hablaba de lo que había hecho en la semana, su adorable y suave voz le atraía sin remedio.
Escucharla era una maravilla; era divertida y elocuente. Luego, mientras la escuchaba hablar, se quedaba cada vez más sorprendido con las historias que le contaba de los habitantes de Simpson. ¿Habría dos pueblos distintos pero con el mismo nombre? ¿Cómo podía haber estado en los mismos sitios y a la misma hora que ella, y no haberse enterado de lo que pasaba a su alrededor? ¿Por qué sabía todo aquello? ¿Y por qué no lo sabía él? Se enteró de que había algo llamado el «síndrome del nido vacío», que Maisie Kellogg lo padecía y que Beth Jensen lo había pasado también, hacía tiempo; también supo que Kakashi Hatake seguía deprimido por la muerte de Carly.
Al escucharla hablar de la gente con la que él había crecido, se quedó sorprendido y algo triste. ¿Por qué a él nadie le decía nunca nada? ¿Dónde había estado él mientras sucedía todo aquello?
Al cabo de un rato, mientras Itachi la llevaba a través de ese desierto, Sakura pensó que no le hablaba porque era una mujer. Se pasó el viaje mirando fugazmente su duro y marcado rostro hasta que al final decidió que probablemente hablara igual de poco con los hombres.
No era la primera vez que se le ocurría que sabía de su cuerpo mucho más que lo que sabía de lo que pensaba. Era el polvo más intenso que hubiera tenido nunca, pero era incapaz de hacerle abrir la boca. Normalmente no obligaba a nadie a que le hablara si no quería.
Bueno, de acuerdo, prefería hablar a estar callada, pero aun así... había que respetar las decisiones de la gente. Pese a que fuera incapaz de comprender esas decisiones. Pero ahora estaban fuera, en campo abierto.
Allí no había nadie, sólo grandes extensiones de hierba. Y luego, peor aún, a unos pocos kilómetros de Simpson el paisaje cambiaba y atravesaron el corazón de un bosque donde los árboles, altos y espantosamente oscuros, bloqueaban el sol. Él paisaje estaba tan vacío como su alma; como su vida. Su vida.
Sakura se esforzó por no pensar en qué iba a ser de su vida. Más tarde. Después del juicio, si conseguía llegar. No tendría una vida a la que volver. Si es que volvía. Sabía muy bien que su trabajo no le estaría esperando para cuando volviera.
Sí, si el gobierno le diera la suficiente importancia, la compañía tal vez no la echara, pero le dejarían algún trabajo de poca monta, y no el trabajo de editora al que había conseguido llegar. En el mundo de la empresa, nadie deja un agujero al irse.
Las empresas eran como el océano: las olas cubrían los espacios vacíos, de manera que nunca sabrías si hay había habido alguien. Federico Fellini tenía otra familia ahora y, mientras le dieran raciones generosas y nadie le molestara, estaría encantado. Jean y Dora se acordarían de ella los sábados por la mañana, pero ya está. No había ningún hueco vacío en Boston esperando a que ella llegara a llenarlo.
No había estado allí el tiempo suficiente para echar raíces. De hecho, nunca había estado el tiempo suficiente para echar raíces en ningún lado, pensó Sakura con tristeza. Para bien o para mal, la vida que llevaba en Simpson era su vida ahora. Se estremeció y apenas notó que Itachi se agachaba para encender la calefacción. No tenía frío fuera, sino dentro de su cuerpo. Se sentía fría, miserable y sola. ¿Quién sabía cuántos tipos la perseguían para matarla? Kiba Inuzuka siempre intentaba tranquilizarla cuando llamaba, pero sabía que estaba preocupado. Preocupado por el caso, por el testimonio.
Preocupado por qué no consiguiera llegar. Bueno, ella también lo estaba. Aun así, seguro que mientras estaba en un coche en movimiento, y con Itachi, estaba a salvo. No necesitaba echar un vistazo al volante para saber que tenía manos grandes y competentes.
Para saber que era alto y fuerte. Que parecía saber muy bien qué hacer en cualquier situación. Si se les pinchara una rueda seguramente fuera capaz de levantar el coche con una cuerda que mantuviera entre los dientes y cambiar la rueda mientras ahuyentaba a los maleantes.
Después de todo, era un soldado entrenado. Y para colmo, había un arma en la camioneta y Itachi había dicho que sabía cómo usarla. Claro que también había dicho que prefería los cuchillos.
Sakura se estremeció al darse cuenta de la dirección que habían tomado sus pensamientos. Se sentía completamente sola y perdida, fuera de su campo. ¿Qué hacía allí? En un sitio donde era una extraña, en el sentido más literal de la palabra. Quería deshacerse de esas ideas negras y amargas, pero no sabía cómo hacerlo; no tenía ni una buena película, ni un buen libro.
Ni siquiera tenía whisky.
Lo único que tenía era a Itachi; bastante bueno para deshacerse de los pensamientos amargos por las noches, por cierto. Pero ahora, a plena luz del día, no podía echar un polvo, al menos no mientras estuviera conduciendo. Así que tenía que hablarle.
—¿Uchiha?
—¿Si?
—Háblame. —Sakura podía oír la nota de melancolía de su voz.
—¿Que te hable? —Y la tensión en la voz de Itachi—. ¿De qué quieres que te hable?
—Cuéntame... cuéntame qué es eso de la Maldición de los Uchiha—dijo.
—Joder. Perdón. —Itachi apretó los nudillos en el volante hasta que se volvieron blancos—. ¿De dónde has sacado eso?
—Oh —dijo con cautela—... De por ahí.
—No es nada. —Itachi hablaba en voz baja y tensa—. Es una leyenda estúpida.
—¿Sobre qué? —Al ver que guardaba silencio, repitió la pregunta con voz suave—: ¿Qué dice esa estúpida leyenda, Uchiha?
El silencio se prolongó hasta que quedó claro que no iba a contestarle. Le había hecho la pregunta dos veces; no sería educado hacerlo una tercera vez. Estaba formulando un comentario sobre algo neutral, algo que Itachi no viera como una amenaza, tal vez algo inanimado, cuando oyó su gruñido:
—¿Qué quieres saber?
No le agradaba hablar de ello; pero le estaba hablando, y eso era mucho mejor que el silencio.
—Bueno... ¿qué es? A ver, está claro que es una maldición y que afecta a tu familia, puesto que es la Maldición de los Uchihas, y no la de los Smith o la de los Jones. Debe de ser fascinante tener una maldición familiar —dijo con sinceridad—. Gozan de un pedigrí literario impecable. Como en El fantasma de Canterville. —Se giró hacia Itachi y le sonrió—. Piensa que es parte de una arraigada tradición literaria.
Creyó haber oído un pequeño suspiro.
—Ehh —dijo, y se detuvo.
—¿Uchiha? —dijo después de un minuto entero—. ¿Sigues ahí?
—Sí. —Ya empezaba a haber pequeños grupos de casas. Estaban acercándose a Rupert—. Te he hablado de mí tatarabuelo, ¿verdad?
—¿El último de doce hermanos? —Sakura asintió—. El tío que construyó la primera biosfera.
—Exacto. —Ya estaban a las afueras de Rupert. Sakura no había llegado tan lejos la vez que se dio la vuelta. Le sorprendió ver lo atractivo que era—. Llegó al Oeste en 1899 y le otorgaron las cincuenta y tres hectáreas de rigor. En cuanto demostró lo que tenía, consiguió una novia por correo.
—Vaya, qué raro. —En aquellos días no lo era tanto. No era más que una forma de supervivencia. Debía de haber una mujer por cada cien hombres, así que si querías una mujer y trata de formar una familia, tenías que importarlas, como se importaban el whisky y las armas.
—Sólo que con el whisky y las armas podía especificar la marca —dijo con voz agria.
Itachi la miró con gesto extraño.
—Eso es. Pues importó la... la marca equivocada.
—¿Qué le pasaba? ¿Tenía algún defecto? ¿Fecha de caducidad a corto plazo? — Itachi hizo una mueca de dolor al oír el sarcasmo de su voz—. ¿No llevaba al día las inspecciones? Aunque supongo que por aquel entonces debía de ser difícil enviar las cosas de vuelta a la fábrica.
—Se enamoró de ella —dijo Itachi sin más—. Era irlandesa, como él. Sus padres se llevaron a la familia a América durante la gran hambruna irlandesa, pero murieron de gripe al poco. Aún no existían los antibióticos, por aquel entonces. Se quedó sola a los dieciséis años, y fue entonces cuando vio el anuncio en el periódico. O se casaba con un hombre al que no conocía, o se moría de hambre. Escribió a mi tatarabuelo y le envió un daguerrotipo que mi tatarabuelo quemó después, cuando ella le abandonó, pero decían que era una auténtica belleza. Le envió el dinero y viajó al oeste. Pero los problemas empezaron casi enseguida; al parecer, mi tatarabuelo no era un hombre fácil. Era un hombre... taciturno.
«No me digas», pensó Sakura.
—Hombre —dijo Sakura con amabilidad—... la facilidad de expresión no lo es todo.
Itachi la miró con cara de interrogación.
—No, supongo que no. Aun así, la gente de Simpson sabía que las cosas no iban bien.
—¿Simpson ya existía por aquel entonces? —A Sakura le costaba imaginar que Simpson tuviera, ¿qué?, ¿más de cien años?
—Sí, aunque entonces no era más que un agujerito en la pared.
«No como la gigantesca metrópoli de hoy en día», pensó Sakura. Tras un minuto o dos de silencio, le animó a seguir:
—Así que... ahí estaban tu tatarabuelo, un hombre poco hablador, y su preciosa mujer, que no se llevan bien y tienen un bebé. Un chico.
Itachi giró la cabeza de golpe.
—Ya te sabes la historia —le dijo en tono acusador.
—No. —Le miró con cara de engreída—. Eso ya me lo habías contado. Además, si no hubieran tenido un niño que continuara con el apellido Uchiha, no estarías aquí ahora mismo, contándomelo, ¿verdad?
—No, supongo que no. —El tráfico se hizo más denso y Itachi empezó a mover los muslos y los brazos de nuevo. Si no hubiera estado tan interesada en la historia, Sakura se habría distraído por completo—. Bueno, para resumirlo, no se quedó más que lo suficiente para destetar a Ethan...
—Tu bisabuelo.
Itachi asintió.
—Mi bisabuelo. Sólo lo suficiente para destetarle y asegurarse de que sobreviviría. Cuando cumplió los dos años, mi tatarabuela se marchó de casa. Desapareció un día, así, sin más, sin que nadie supiera a dónde.
—¿No intentó seguirle la pista?
—No, dicen que no volvió a hablar nunca.
—Wow. —Sakura estaba ocupada tratando de encajar todos aquellos detalles en la imagen que tenía de Itachi—. ¿Volvió a casarse?
—No. Se limitó a continuar con la granja y a hacer un poquito más de dinero cada día. Después decidió importar unos cuantos sementales, y así es como empezó la yeguada.
—Así que eres la quinta generación de criadores.
—Y la quinta generación de tipos poco habladores. A lo mejor estaba genéticamente incapacitado para comunicarse.
—Sí. —Itachi se permitió una sonrisita—. Somos bastante conocidos.
Estaba siendo modesto. Loren Jensen le había dicho que la yeguada de los Itachi era una de las mejores del país.
—¿Y qué pasó después?
Itachi frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Uchiha. —Sakura le miró con gesto de reproche—. No se saca una maldición de un matrimonio fallido. Cualquier maldición digna de llamarse así requiere algo más de chicha. ¿Qué sucedió? ¿Tu tatarabuela murió y su fantasma no ha abandonado la propiedad, o algo así? O a lo mejor... a ver...
Itachi sacudió la cabeza.
—No, nada de eso. Nunca volvió; ni ella ni su espíritu.
—¿Entonces qué sucedió?
Itachi suspiró.
—Mi bisabuelo creció, heredó la yeguada e importó más caballos. Fue quien de verdad empezó a criarlos; fue uno de los primeros del país en aplicar las leyes genéticas de Mendel a la cría de caballos. En 1937 importó tres árabes...
—Uchiha—dijo Sakura exasperada—... la Maldición.
—Ah. —Apretó los labios—. Sí, bueno. Mi bisabuela tuvo a mi abuelo y, tras cinco años de matrimonio, huyó con el hombre de las Singer. —Cayó un momento, pensando—. Se llevó la máquina de coser con ella.
—¿Y tu abuela?
Itachi aparcó el coche.
—Huyó con el capataz.
—Y tu madre murió cuando eras pequeño —dijo Sakura despacio—. Y... y tu mujer te dejó. Todo eso es muy triste; ¿pero qué tiene que ver con la Maldición?
Estaba en la puerta del copiloto.
—Bueno... —Itachi parecía muy triste. Le ayudó a bajar de la camioneta—. Supongo que la gente empezó a sumar dos más dos y les dio cinco. La leyenda cuenta que ninguna mujer, nadie del sexo femenino, puede vivir en Doble C. Que la granja está maldita. Por alguna coincidencia, también tenemos más potros que potras. —Le puso una mano en la espalda y echaron a andar.
Sakura atravesó la calle en silencio. Una vez en la otra acera, le miró decepcionada.
—¿Ya está? ¿Esa es la maldición?
—Esa es.
—¿No te has dejado nada? ¿No hay fantasmas lastimeros ni ruido de cadenas?
—No.
—¿Sólo mujeres Uchiha que huyen de hombres Uchiha?.
Itachi hizo una mueca de dolor.
—Más o menos, sí.
Sakura lo repasó mentalmente.
—Bueno —dijo considerándolo y observó cómo se tensaba Itachi—... Creo que es ridículo. No me puedo creer las cosas que se inventa la gente.
—Que... ¿qué? —Itachi se la quedó mirando.
—Esperaba algo más excitante. Una maldición; pero una de verdad. A ver, lo único que me has contado es que ha habido unos cuantos matrimonios frustrados en tu familia. ¿Y qué? ¿Qué pasa con eso? Eso no es una maldición; es la vida.
Se detuvo de pronto en medio de la acera.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que sí. —Parpadeó y sonrió—. Una maldición —dijo, moviendo la mano con gesto despectivo—. Creo que es la cosa más tonta que he oído nunca.
—Yo también —dijo, y percibió el alivio en su voz—. Vamos, querrás estar un rato en la biblioteca. Luego conozco un sitio fantástico para comer.
Richard Abt, alias Robert Littlewood, se tropezó con el bordillo en Rockville, Idaho. La verdad era que no estaba fijándose en dónde pisaba, porque no necesitaba hacerlo. Rockville era una ciudad tranquila y él estaba en la zona residencial. En Crescent Drive no había muchos coches; la carretera era tranquila y frondosa.
Abt estaba inmerso en sus pensamientos. Debía testificar dentro de cinco meses, tras lo que podría volver a su vida de antes, aunque la idea no le atraía en exceso. No estaba casado y nadie esperaba a que regresara. Además, en la parte del mundo en la que estaba ahora se necesitaban contables urgentemente.
Podía asentarse tranquilamente allí. Abt pensaba felizmente en establecer su propio bufete cuando un coche embistió de pronto contra la acera.
No tuvo suerte. Para cuando sus espantados sentidos registraron el gruñido del motor, ya estaba volando por encima del capó sin vida.
—Es una buena historia, ¿verdad? —preguntó Itachi con tranquilidad—. Muestra perfectamente bien lo que el espíritu humano puede conseguir.
Sakura le miró, confusa.
Tenía que volver a centrarse en el presente; se había inmerso completamente en la historia de Song Li, transportada al Vietnam de principios de los sesenta. El libro enganchaba desde la primera página. La contracubierta prometía la historia del conflicto de Vietnam vista desde los ojos de una joven que crece durante la guerra. Sakura sabía que iba a comprarlo.
—¿Te lo has leído?
Itachi asintió.
Sakura cerró el libro y tamborileó sobre la cubierta. Tierra salada.
—¿Es tan bueno como dicen? —Había leído las críticas cuando lo publicaron y le intrigó, aunque nunca se había animado a leerlo.
—Mejor. —Itachi dejó la pila de libros que llevaba y lo cogió—. Lo leí cuando salió. Aquello debió de ser un auténtico infierno. Es sorprendente que la mujer consiguiera salir de una pieza para contar la historia. —Su expresión era remota, no sonreía, como si se estuviera acordando de algo horrible.
—Oh, Uchiha—dijo Sakura sin aliento. Nunca habría pensado... y eso que había visto un montón de documentales al respecto. Ahora un montón de cosas acerca de Itachi cobraban sentido. Se acercó un poco más y le puso una mano en el brazo. Era como tocar hierro. Un hierro cálido—. ¿Fue... fue horrible?
Itachi miró la mano de Sakura.
—¿El qué?
—La guerra, claro. Pero qué pregunta más tonta, claro que fue horrible. Dios santo, debió de ser un infierno.
—Rin, ¿estás hablando de la guerra de Vietnam? —preguntó.
—Claro —dijo, confusa.
—Tenía cinco años cuando cayó Saigon —le dijo con amabilidad. Se quedó pensando un momento—. Tampoco estuve en la guerra de Corea. Ni en la Segunda Guerra Mundial.
Sakura sumó y restó y se sintió estúpida.
—Ah. Vale. —Sacudió la cabeza y dejó caer la mano—. Creo que veo demasiadas películas antiguas. Lo siento, Uchiha. Siempre confundo las fechas. Pero... —Sakura ladeó la cabeza y miró a Itachi. Llevaba el pelo negro peinado hacia atrás. Su traje debía de ser de un diseñador italiano o de un sastre excelente. Tenía un corte maravilloso. La corbata era de seda, a juego con el pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Hoy parecía un... un próspero hombre de negocios... de no ser por sus manos, que no eran las manos suaves y mimadas de un hombre de negocios, sino grandes y ásperas; unas manos acostumbradas a trabajar. Sin embargo, seguía pareciendo un guerrero pese al traje elegante—. Kakashi Hatake me dijo que te habían dado una medalla. ¿Por qué fue, entonces? ¿Por la Tormenta del Desierto?
—No. Me uní a la armada en 1992, y lo dejé en el año 2002 porque mi padre había muerto, así que también me perdí la segunda guerra de Irak.
—¿Entonces? ¿En qué guerra estuviste? —¿Se había perdido alguna guerra en algún punto entre Nueva York y Boston?
—En ninguna. —Itachi tomó aire con fuerza—. Vuelo 101 —dijo con gesto sombrío.
—¡Uchiha! —Sakura se había quedado de piedra. Las guerras eran algo remoto que sucedía en lugares lejanos. El Vuelo 101 fue secuestrado en suelo americano; en el JFK, a menos de quince kilómetros de Columbia, donde acababa de empezar sus estudios. Había visto la tragedia del Vuelo 101 en la CNN.
El país entero había permanecido cuatro días y cuatro noches pegado a sus televisores, rezando por los rehenes. Todo el mundo había seguido en directo la terrorífica secuencia de los hechos; las peticiones de los terroristas, las negociaciones interminables y la horrorosa imagen de los siete rehenes a los que mataron a sangre fría desde la cabina del piloto, que estaba abierta, y cuyos cuerpos sin vida lanzaron al asfalto uno a uno.
—¿Estuviste allí cuando... cuando...? —No podía decirlo.
—Sí, estaba allí. Nos llamaron inmediatamente. Teníamos la orden de esperar a que las negociaciones concluyeran. Esperamos y esperamos. Cuando la niña pequeña fue... —Itachi miró hacia otro lado y apretó la mandíbula—... Entonces decidimos actuar.
Recordaba a los hombres con pasamontañas negros que se metieron furtivamente en el avión. Por lo que recordaba, dos de ellos murieron.
—Por eso te dieron la medalla —dijo Sakura.
—Mm-hmm. —Itachi miró a su alrededor—. ¿Lista para marcharnos?
—Sí, eso creo. —Sakura seguía tratando de asimilar lo que acababa de contarle.
Una cosa era conocer a alguien que había estado en la guerra y otra, muy distinta, era haberle visto hacerlo en la televisión. Claro que había llevado un pasamontañas y, por supuesto, en aquel entonces no le conocía. Por aquella época, recordó de pronto Sakura, había estado saliendo con Henry Borsello, un apasionado de la historia. Era un tipo encantador, parlanchín, superficial y poco fiable.
Vamos, muy poco del estilo de Itachi. Por unos segundos, Sakura trató de imaginarse a Henry con un pasamontañas, descendiendo de un avión por una cuerda y sacando a los terroristas a punta de pistola. O arreglándole las tuberías. Fue incapaz.
—Vamos a comer algo, Uchiha—dijo—. Una chica no consigue todos los días irse a comer con un héroe de carne y hueso. —Le mostró una sonrisa de oreja a oreja—. Yo invito.
La idea pareció alarmar a Itachi, quien frunció el ceño y la tomó del brazo.
—Ni hablar.
WIII A SAKU NO LE IMPORTO LA MALDICIÓN PORQUE ERA RIDÍCULA, FUE ALGO BUENO PARA ITACHI :)
NOS VEMOS EN EL SIGUIENTE CAPITULO...
Ofi Rodriguez
