Cuando Gabriel era apenas un niño, odiaba con gran intensidad al piano. Realmente lo veía como a un enemigo, como a alguien que quería mantener lejos, pero a pesar de querer alejarlo, él se acercaba cada día más.

—Gabriel, tienes que saber de todo en está vida. No puedes ser un hombre culto sino sabes tocar un instrumento —lo recriminaba su padre.

Gabriel se mantenía derecho, evitaba suspirar o maldecir ya que sino se ganaría otro tipo de regaño y si la suerte estaba en su contra (como sucedía habitualmente) le darían toda una charla. Él definitivamente no estaba de humor para ello, claro, nunca lo estaría. Pero, ¿para qué decir algo? En esa mansión nadie se atrevía a contradecir a su padre. Todos lo respetaban.

—¿Y sino quiero tocar el piano?, ¿no podría aprender otro instrumento?

Su padre frunció el ceño, mala señal.

—Intentaste aprender guitarra y la abandonaste —le recordó su padre.

Quiso bajar su mirada, pero no fue capaz de hacerlo, sintió un poco de miedo.

—Es porque mis dedos dolían mucho, padre.

—El piano no te dará dolor de dedos, Gabriel. Solo sigue practicando.

Todos los días debía practicar durante dos horas el piano. Tenía un profesor, ya había aprendido las escalas hace tiempo, pero le aburría tocar siempre lo mismo. Ahora estaban viendo composiciones de música clásica. Escucharlas era algo sumamente precioso, un deleite para el oído de cualquiera.

Pero Gabriel no se permitía disfrutar esa bella música. Porque veía al piano como a un enemigo, como algo que detestaba con toda el alma, algo que quería destruir a cualquier costo.

"¿Por qué no puedo tener un hacha gigante y con ella romper el piano?" —pensaba él joven Gabriel.

La secretaría de su padre (y su mucama, por así decirlo) se dio cuenta de la aberración que sentía él joven por el instrumento y decidió ayudarlo un poco. Ella tenía experiencia con los niños, ya que tenía dos hijos. Tenía algunos trucos bajo su manga.

—Sino te gusta la música clásica, ¿por qué no prácticas otro tipo de música?

Los ojos del joven se abrieron con impresión.

—¿En serio existe más música para tocar en el piano? —preguntó con sorpresa.

—Claro. Todo lo que tú escuchas tiene acordes, cualquier canción puede ser interpretada en el piano.

Ella sonrió al darse cuenta de que había dado en el clavo, había conseguido el interés de Gabriel.

¿Cómo consiguió ayudarlo? Mostrándole vídeos en YouTube. Gabriel era un gran fan del anime, ya que lo veía a escondidas cuando podía pasar el rato.

Buscó vídeos de openings de anime, de sus favoritos. Pensó que podría tocarlos a la primera, pero grande fue su sorpresa al darse cuenta de que no era tan sencillo.

—¡Maldito instrumento! ¡tengo que quemarlo! —gritó un día.

—Gabriel, con práctica verás como te sale.

Y así fue. Quizás fueron meses de práctica, o incluso un año, pero consiguió tocar bien. Una vez que lo logró, lloró debido a la felicidad. Era hermoso, pensar una melodía y finalmente poder tocarla, escucharla y después... obtener aplausos debido a tú buen resultado.

Gabriel se sentía orgulloso de sí mismo. Era toda una hazaña conseguir tocar el piano.

Pero no terminó ahí. Siguió aprendiendo, continuó con sus prácticas.

Aprendió música clásica, mientras él tocaba, su madre cantaba. Aquello deleitaba su alma, al igual que la de su padre. Era maravilloso. Se recriminó el hecho de haber odiado tanto un instrumento tan majestuoso, era algo simplemente indescriptible, era... mágico.

Cuando conoció a Emilie, ambos tocaban el piano juntos, era maravilloso.

Ella además de tocar piano, cantaba maravilloso. Según le contó, aprendió a cantar desde muy pequeña, porque iba a clases de canto. Y... estuvo en el coro de la iglesia.

Un recuerdo muy lindo que tenía en aquél instrumento era que su primer beso con Emilie había sido dado en aquél instrumento.

Por eso en el presente obligaba a Adrien a aprender piano, porque quería tener algo en común con él, algo que también compartiera con Emilie.

—¿Tú besaste a mamá tocando está melodía? —la voz de su hijo lo devolvió a la realidad.

Escuchó como Adrien tocaba, y simplemente dio un asentimiento. Dejó que aquella melodía lo llevase a los bellos recuerdos que vivió junto a su amada mujer. La música lo transportó a la época en la que era feliz.