Capítulo 11

Darien había tenido un día arduo pero productivo. Hacía una semana que podría haberlo dejado todo en las eficientes manos de Andrew y haber vuelto a Valencia, pero no confiaba en sí mismo lo suficiente como para regresar. Se moría por verla. Llevaba semanas sufriendo su ausencia, y sólo la esperanza de que ella entrara en razón le mantenía en su postura. Aquella noche soñaría con ella, como cada noche. Soñaba con sus abrazos, sus besos, su risa… con todas las cosas que se volvían hermosas sólo con su presencia.

No era capaz de entenderla. Al principio había esperado que fuera ella quien llamara, pero una semana después se había dado cuenta de que ella no cedería. Ojalá cuando volviera Serena siguiera esperándole. En realidad volvería con ella si le aceptaba, y aguantaría el tiempo que fuera necesario hasta que estuviera preparada. La otra opción, dejarla atrás, no se la planteaba siquiera.

Se metió en la ducha, se frotó con vigor y salió con una toalla enrollada en la cintura. Le entró un mensaje en el móvil, y su estómago se contrajo, como cada vez que oía el bip—bip de los mensajes. Miró la pantalla: era su madre. Le decía que su padre iba a hacer el domingo unos gazpachos con caza, y que invitaría a los amigos. Eso no era una novedad, su padre adoraba cazar, y cada vez que se abría la veda, iba con algunos amigos a un coto privado, y preparaban después una comida multitudinaria. La novedad era que Serena acudiría. Sorprendido, y temeroso de que la hubieran forzado, llamó a casa.

Después de diez minutos, colgó, algo más tranquilo y esperanzado. Su madre, ignorante de la situación entre ambos, había llamado a la madre de Serena para invitarla a la comida, como cada año, y había extendido la invitación a Serena también, aduciendo que aunque él no estuviera, seguía siendo bienvenida a esa casa, como antes de saber que estaban juntos. Y al parecer ella había aceptado encantada.

Se acostó tratando de averiguar cómo se sentiría ella.

Era domingo, y Serena iba en el coche con su madre, camino a casa de Mamoru y Gea. Tres días antes la habían llamado invitándola a unos gazpachos. Era la última de un montón de llamadas sobre Darien, todas en el mismo sentido, y todas igual de sorprendentes.

Obviamente nadie había sospechado que pudieran estar juntos. En todos los años que los conocían nunca habían dado indicio alguno de estar interesados. Serena era muy consciente de ello. Nada en su actitud había dado pie a que Darien pudiera acercarse, y ella misma le había huido como si se tratara del mismísimo diablo.

Pero todas sus primas, además de su hermana, se habían alegrado muchísimo por la relación. Era increíble. ¿Acaso sólo ella se daba cuenta de lo diferentes que eran? ¿Nadie había caído en que nunca funcionaría? Todos sin excepción habían dicho que hacían una pareja magnífica, y que no había nadie mejor para el otro. Serena no sabía de qué hablaban, pero sonreían y se dejaba llevar por la esperanza. Si todos lo creían, quizá Darien terminara también por creerlo.

Había cogido el teléfono mil veces para llamarle, para contarle las reacciones de todo el mundo, para decirle lo mucho que le echaba de menos, para prometerle que intentaría superar sus complejos. Pero había colgado cada vez que había cogido el teléfono. Él había sido muy claro, no quería saber de ella hasta que regresara, para la boda. Y ella se merecía el sufrimiento de su ausencia. Así que se autocastigaba no llamándole.

Además, tampoco sabría muy bien qué decirle. "Darien, lamento parecer paranoica, pero no quiero que nadie sepa de lo nuestro porque alguien terminará por decirte que mereces a alguien mejor". ¿Y si nadie se lo decía? ¿Y si su gente era discreta y prefería no opinar? Darien no sabría que podía aspirar a otra persona, y ella se prometía que le haría feliz para siempre.

Hasta entonces nunca había creído en el felices para siempre.

Llegaron a la casa casi los últimos. Toda la vivienda estaba invadida y la actividad era frenética, así que dejaron el vino que habían traído en la mesa y saludaron a todo el mundo. Mamoru estaba en los fogones, y no atendía a ningún ser que no estuviera muerto y en la cazuela. Gea, en cambio, encontró un momento para saludarla con cariño y decirle que estaba en su casa.

Pero lo más maravilloso de la tarde llegó después del café. Serena se excusó y salió a dar un paseo por el jardín de la casa, sola. Llegó a la balsa que usaban en verano de piscina, y no pudo evitar sonreír. Cuando tenían catorce años, todos los Tsukinos habían acudido un verano a comer paella, y se habían estado bañando allí. Ya vestidos y preparados para comer, Darien había caído al agua, provocando la hilaridad del resto. Había recibido una buena bronca por estropearse la ropa, además de un montón de burlas de las chicas.

— Mi hijo cayó aquí hace ahora veinte años, un día que vinisteis a comer paella.

Mamoru estaba detrás de ella, fumándose un cigarro. Serena lo miró, afable.

— Precisamente estaba recordando eso.

— Cayó por mirar donde no debía. –Ante la pregunta no formulada de ella, prosiguió. –Lo recuerdo como si fuera ayer. Tú llevabas un vestido blanco, te agachaste a recoger tu toalla, y mi hijo, en lugar de mirar por donde andaba, clavó sus ojos en tu escote, tratando de ver más allá de la tela. Y debió ver algo que le gustara, porque tropezó y cayó al agua.

Serena se sonrojó violentamente, incrédula.

— Mi hijo, que ya por entonces era un muchacho serio y cabal, se volvía loco cada vez que estabas cerca. Aquel día supe que eras la mujer de su vida. –Cayó, evaluándola con la mirada. –Pero jamás creí que él fuera el hombre de la tuya. Siempre le ignoraste.

Ella no sabía qué decir, así que se encogió de hombros. Mamoru, al ver que ella estaba azorada, se acercó y le tomó las manos.

— Me alegro de que le dieras una oportunidad. Sé que nadie le hará más feliz que tú, con tu alegría y espontaneidad. Eso es lo que mi hijo necesita, una mujer fuerte a su lado, que le guíe y le sacuda la sobriedad. Y sé que él se esforzará por hacerte feliz.

Dándole un beso en la mejilla, se marchó, dejándola sola con sus pensamientos.

De camino a casa, no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido. Al parecer, todo el mundo pensaba que Darien y ella hacían una gran pareja. Sólo Serena tenía dudas.

"Quizá, después de todo, esté equivocada"

"Quizá he estado haciendo el gilipollas durante años".

Sólo deseaba no haberse dado cuenta demasiado tarde. Pero él le había dado de plazo hasta la boda ¿no? Tenía tiempo de preparar algo grande…

Era jueves. Esa tarde Darien regresaba de los Emiratos Árabes. Serena llevaba días en blanco, sin saber cómo demostrarle lo mucho que le amaba, pero no encontraba el modo. Había pensado en algo público, pero no terminaba de convencerle la idea. La suya había sido una historia privada, y no quería compartirla con nadie. No al menos de forma tan íntima. Además Darien era un hombre discreto, y no estaba segura de que quisiera hacer de su reconciliación un bando.

Ni tampoco estaba segura de que él fuera a aceptarla. Pero esa idea no iba a impedirle luchar por él. Ya había cometido errores de sobra. La rendición no sería otro más que añadir a su lista. Si Darien quería librarse de ella, lo iba a tener complicado.

Había pedido a Andrew que le diera el viernes libre, sabiendo que Darien tampoco iría a la oficina. De algo tenía que servir ser la chica del jefe, o al menos eso esperaba. Iría a recogerle con el coche oficial de la empresa.

El conductor aparcó el coche en el párking del aeropuerto, y Serena miró la hora. Había salido con tiempo de sobra, así que pidió al chófer que esperara hasta que llegara el avión, y decidió ir a la terminal dando un rodeo, a pesar de los tacones. Se había arreglado para recibirle. Sólo esperaba que le hiciera ilusión verla. Se había maquillado, incluso, para la ocasión, pero se había puesto vaqueros, por miedo a exagerar. El paseo le resultó vigorizante, y le ayudó a templar sus nervios. Buscó las escaleras que daban a las llegadas, y una vez allí miró con atención los paneles. La decepción fue enorme al ver que el avión que venía directo del país árabe llegaría con retraso. Preguntó en el mostrador, pero le dijeron que el vuelo llevaba, al menos, dos horas de retraso. Miró su reloj: las siete y media. Bueno, había esperado siete semanas para verle. ¿Qué significaban un par de horas más?

Darien estaba en el avión, cenando. En qué mala hora había retrasado su vuelta. Hacía una semana que había conseguido la inyección de capital que buscaba, pero como no quería volver antes de tiempo, por evitar que Serena se sintiera presionada, decidió ir al país vecino a visitar a uno de sus socios en otra de las empresas que tenía.

El avión de vuelta había hecho escala en un país del norte de África, país que no había sido ajeno a la oleada de cambios del mundo árabe, y por razones que ningún miembro de la tripulación explicaba habían cerrado el espacio aéreo. Dado que no los habían hecho bajar de la aeronave, Darien quería pensar que en breve podrían volver. Miró su reloj: las nueve. En España debían ser las once de la noche. Llegaría tardísimo.

Serena había vuelto al mostrador varias veces en busca de noticias, pero nadie había sabido, o querido, explicarle nada. Había cenado, había dado aviso al conductor que esperaba para que se marchara, había comprado un libro bien grueso, pues se había acabado hacía un buen rato el que llevaba en el bolso, y se había resignado a esperar.

Las doce y media de la noche. Ésa fue la última vez que miró el reloj.

El avión llegó a las tres de la madrugada a Valencia. Darien había avisado al coche de la empresa de que no le esperara, que cogería un taxi. El conductor le había dicho que Serena le había dado la misma orden, y se había quedado a esperarle en el aeropuerto.

Esa pequeña casualidad hizo que la buscara al traspasar la puerta de llegadas, e hizo también que Serena no se pasara la noche durmiendo en la sala de espera de la terminal.

Una profunda emoción inundó a Darien al verla, acurrucada en una silla y tapada con un echarpe. Tenía el rímel corrido, y una cara de incomodidad que le hacía torcer los labios. Sonrió, al pensar en despertarla. Serena tenía un genio de mil demonios recién levantada.

Salió a la calle, pidió a un taxista que tomara sus maletas y que abriera la puerta, y regresó a por ella y sus cosas. Cuando la tomó en brazos ella apenas gimió y se acomodó. Y cuando se instalaron en el coche, Serena, profundamente dormida, buscó el calor de su pecho.

Darien le besó la cabeza y le acarició el pelo con cariño. ¿Cómo había podido sobrevivir siete semanas sin ella? No volvería a separarse de ella. Si se ponía terca sobre su relación, la raptaría y le haría el amor hasta que entrara en razón. Sintió como se arrebujaba contra él.

Cuando llegaron a la casa de ella, rebuscó en su bolso hasta dar con las llaves, se las dio al taxista, quien le abrió la puerta con diligencia. Darien pidió al conductor que le esperara, dejó todo tal como pudo y la subió a la segunda habitación.

Bendita fuera, que podía dormir incluso de pie. La desnudó con suavidad, deleitándose con el tacto sedoso de su piel, y la metió entre las sábanas. Se excitó al oírla gemir al sentirse en casa.

¿Qué hacía ella en el aeropuerto? Seguro que no le había esperado durante horas sólo para decirle que no quería saber más de él. No después de haber comido con sus padres ¿no? La tentación era demasiado grande. Bajó de nuevo, pidió al taxista que bajara su equipaje, pagó una generosa propina, y regresó con ella. Se desnudó y se metió en la cama. Ella le buscó instintivamente, apretujándose contra él. Darien se dejó atrapar por el sueño, soñando con una mañana junto a ella.

A la mañana siguiente Serena se despertó con una sensación de paz indescriptible. Presintió, más que notar, una presencia a su lado, y supo sin necesidad de girarse de quien se trataba. Se separó con sumo cuidado y se quedó un rato observándole. Sus labios emitían un leve suspiro cada vez que respiraba. Sus mejillas estaban empezando a cubrirse por la sombra de una barba incipiente, y sus largas pestañas… ¡Oh! Las suyas debían estar negras, y no quería pensar en dónde estaría su rímel. Con sigilo salió y se horrorizó al ver su reflejo en el espejo. Se desmaquilló, se dio una ducha rápida, se puso el albornoz, y tras confirmar que él seguía durmiendo, bajó a preparar el desayuno.

Diez minutos después volvía en la habitación con una bandeja enorme con zumo de naranja, café, tostadas, mantequilla, mermelada, magdalenas y galletas. Él la esperaba, despierto. Le sonrió con calidez.

— ¿Todo esto es para mí?

— Noooo. Yo todavía no he desayunado.

Se sintió tímida, de repente.

— ¿Has hecho todo esto sin desayunar tú primero? – Cuando ella asintió, continuó, juguetón. — ¿Quién eres y qué has hecho con mi chica?

"Mi chica". Esas dos palabras la llenaron de esperanza.

— ¿Serena "la gruñona"? ¿Esa cobardica? Le he dado el finiquito, pues no era digna de nadie.

Cogió una tostada y se dispuso a untarla, esperando que él hiciera lo mismo y dejara el tema. Darien prefirió tener el desayuno en paz y hablar después. Disfrutó mirándola mientras engullía. La forma en que cerraba los ojos mientras se comía las magdalenas, o el placer con el que suspiraba al beberse el café. Sintió que se excitaba, imaginándola en trance por él.

Cuando acabaron él apartó la bandeja, le tomó las manos e intentó reflejar en su mirada todo el amor que sentía.

— Serena, tenemos que hablar.

Su frase hizo que Serena tomara las sábanas entre sus manos y las retorciera, nerviosa. Había preparado el discurso un montón de veces, pero de repente no recordaba nada, y cualquier palabra se le atascaba en la garganta. Era como si todo su raciocinio estuviera hecho una pelota en la boca de su estómago, y ningún sonido lograra escalar hasta sus labios. Pasó un minuto, y luego dos, y el gesto impasible de Darien la ponía cada vez más nerviosa. Tan concentrada estaba en no enfadarse, en no culparle a él de su inmovilidad, que soltó sin pensar.

— Darien… ¿Tú has visto el diario de Bridget Jones?

No sabía que esperara que ella le dijera, pero desde luego eso era toda una sorpresa. Tratando de mantenerse impertérrito, solo dijo.

— No.

La cara de Serena fue de desolación.

— Pues es una lástima, porque explica muy bien mi situación. –Alzó la vista, alarmada. –No es que me mida los muslos ni ponga gilipolleces en un diario cuando me emborracho. Claro que a ti eso te da igual porque no la has visto. Aunque no escribo tonterías en un diario, pero las digo, en realidad…

— Serena –ahora parecía impacientarse. Se centró.

— Sí, vale. La cuestión es que Bridget se enamora de un tío que parece un capullo estirado…

— ¿¡Me estás llamando capullo estirado?!

Mierda, mierda, mierda. Pero él tenía que entender, ella tenía que hacerse entender.

— Noooo, lo que quiero decir es que al principio parecen estar en mundos distintos, como lo de "Las mujeres son de Venus, y los hombres de Marte". Claro, que tampoco sabes lo que es eso. –No esperó confirmación, estaba lanzada. Era como si de repente tuviera un ataque de incontinencia verbal. – La cuestión es que al principio ella no apuesta por la relación porque no cree que tenga futuro, pero al final él le demuestra que sí pueden estar juntos, y ella se da cuenta de que ha sido una idiota, y que casi lo pierde, y entonces él va a su casa y se encuentra el diario y se va a la calle y ella sale con una bragas de tigresa y un suéter a buscarlo en plena nevada, y…

— ¡Serena!

El grito de él la calmó, misteriosamente.

— Vale, lo que quiero decir es que nunca pensé que lo nuestro funcionara. Ahora sé que fui una estúpida, pero cuando empezamos lo nuestro, tenía un montón de razones para no encariñarme contigo, pues estaba convencida de que tú me dejarías con el corazón destrozado. En realidad esas razones, que ahora no logro recordar siquiera, las tengo grabadas en mi cabeza y en mi corazón desde siempre. Darien, te conozco desde niña, desde que éramos bebés, supongo. No soy capaz de saber cuándo te conocí, pues siempre has estado ahí, cerca, pero no a mi lado. Eras, y sigues siendo, maravilloso. Correcto, formal, educado, coherente… bueno, ya sabes cómo eres, todo el mundo dice que eres la mejor persona del mundo. Y luego estoy yo, una cabeza loca, en el mejor de los casos. Me gustaba contarle a quien quisiera escuchar mis ideas, mis motivaciones, mis idas y venidas. Me gustaba trasgredir ciertas normas, y me pavoneaba de ser más salvaje que el resto. Y me encantaba. Pero entonces llegabas tú, y sentía que no estaba haciendo lo correcto. Tú me hacías desear ser alguien distinto, y yo odiaba esa sensación. Era como negarme a mí misma.

Darien no habría podido hablar ni aunque le hubieran ido la vida en ello. Era él el que nunca había sido bueno para ella, no al revés. Serena continuó su discurso.

— Por eso nunca te hablaba, porque en cuanto abriera la boca te darías cuenta de que no era quien creías, y siempre creí que entre nosotros había cierta química. Química que yo estropearía. Así que te ignoraba, y si me hablabas me enfadaba contigo porque me hacías sentir insuficiente. Sé que esto no tiene ningún sentido para ti, pero te juro que para mí sí lo tiene. –Le miró, suplicante, necesitaba que le creyera. –Pero Darien, te prometo que me he dado cuenta de que todo esto es una tontería. Tu familia, la mía, mis amigos, a todo el mundo le ha parecido perfecto que estemos juntos. Todo el mundo se ha alegrado de corazón, y ha apostado por nosotros. Parece que yo, que se supone que soy tan lista, he sido la última en darme cuenta de que estamos hechos el uno para el otro.

Darien seguía atónito.

— Porque lo estamos, Darien. Te quiero como nunca he querido a nadie, como sé que nunca podré querer a nadie. Y tú tienes que quererme, porque eres un tío coherente que sólo aguantaría esto por alguien de quien esté enamorado, y porque eres tan buena persona que vas a perdonarme por mi estupidez, y porque eres tan justo que olvidarás todo lo que hice, y tan caballeroso que nunca ¿me oyes? nunca me recordarás esta conversación, y tan…

Serena sonreía abiertamente, ambos lo hacían ahora.

— ¿Estás adulándome para que te diga que te quiero? Porque te quiero con locura, ya que hay que estar loco para amar a alguien como tú. Para aspirar a atraparte y conocer la felicidad suprema.

Ella le besó, sonoramente.

— En realidad ya sabía que me amabas. Te adulaba para ablandarte. ¿Funciona?

Él le puso la mano en su entrepierna, donde un bulto creciente asomaba.

— Bueno, blando, blando…

Ella le sedujo con todo su corazón.

Un buen rato después, ya descansados en la cama, él recordó su discurso, y rio.

— Te ríes porque te hago el hombre más feliz del mundo.

— No, lo cierto es que no –la besó en la cabeza.— Me río de tu discursito de Bridget Jones. Mark Darcy le dice que se bañaban juntos, y que pensaba que era algo casi pornográfico. Yo siempre he preferido pensar que nos conocimos en la cuna un día de verano, y que mientras tú dormías yo te metía mano por debajo del body.

— ¡Darien Chiba! Eso es…

— ¿Muy de Darcy?

— Espera… tú ¡has visto la película!

— Por Dios, tengo cuatro hermanas, la he visto cada vez que la echan por la tele. –Le atrapó las manos, que iban a pellizcarle seguro. – Pero no podía detenerte, estabas tan incoherentemente adorable. Y luego comenzaste a decir.

— Shhhhh. Hemos quedado que no me lo recordarás.

— Si no hablamos de ello, ¿cómo voy a decirte que no imaginabas la química? Siempre existió —ahora era ella quien le miraba sin saber qué decir. – Creo que me colgué de ti en la cuna, en serio. Siempre traté de hablarte, de conquistarte, pero era como pegarse de cabezazos contra una pared. Así que asumí que nunca me verías a tu altura, y me aparté. Cuando te encontré en Las Vegas y me dijiste de casarnos, yo no iba borracho. Pero para mí fue como el mejor día de Navidad, y no pude negarme. Lo de formalizarlo te prometo que fue sin querer.

Darien no cabía en sí de gozo.

— Al parecer no soy la única estúpida.

— La única estúpida ENAMORADA, no lo olvides.

— Pues eso. ¿Seguro que no dices esto para hacer que me sienta mejor?

— En realidad no. Para hacer que te sientas mejor prefiero otros métodos?

Ella se estiró, coqueta.

— ¿Ah sí? Yo soy muy exigente para eso.

— Y yo estoy a la altura, pregunta a tus vecino si no me crees.

La risa de Serena inundó la habitación. Ella era su verano, pensó mientras se disponía a demostrarle lo bien que se lo podía montar.