.:.:Capítulo once:.:.
Calor.
En plena mañana los alrededores del horno despedían una tibieza que ya pocos podían sentir. Por desgracia a medida que avanzaba el día aquella tibieza se iba volviendo un abrasador calor.
-¡Aich! ¿Cómo aguantan? Me estoy sofocando- Se quejo una servilleta que perdía el tiempo por ahí, enfadada por no haber sido requerida en el desayuno ahora buscaba con quien desquitarse.
Suiky la miró con fastidio, Armand la había citado y ahora lo esperaba.
-Si tanto te molesta, ¿qué haces aquí?- se escuchó una voz tras ellas, ambas chicas voltearon y se encontraron con una fuerte mirada de reproche del batidor del castillo.
La servilleta apenada simplemente salió corriendo, a pesar de lo mal que le caía Armand era el segundo al mando en la cocina, y ella solo estaba haraganeando por ahí.
Armand sonrió en cuanto la servilleta se esfumó y miró triunfante a su amiga.
Suiky suspiró observándolo. En realidad aquel lugar le parecía acogedor y la temperatura que ya apenas sentía en las manos y en la cara era tan agradable.
-Jijiji te tardaste.- sonrió ella –Dime, ¿qué necesitas como para citarme en el horno? Créeme: no es un lugar romántico- bromeó.
-¿No lo es?- preguntó Armand haciendo un puchero -He vivido engañado.
El batidor volvió a sonreír tras una pequeña mirada de reproche de la azucarera -Tenemos una tarea nada romántica: sabes que a nuestra invitada le gustan tus bollos y nuestra querida pala ha tenido a bien tirar los de ésta mañana en un giro mal calculado, así que debemos preparar más.
Suiky se echó a reir –Pobrecito, ya imagino su cara. Bueeeno, ¡entonces manos a la obra!-exclamó emprendedora.
-¿Has visto la pala para panes?- preguntó con tono inocente encontrando detenido su emprendedor impulso al no encontrar un elemento indispensable.
-¿La pala para panes?- repitió Armand la pregunta mientras buscaba a su alrededor -Ya debería estar limpia de regreso en su lugar.- tras unos segundos más sin verla refunfuñó algunas cosas intelegibles.
-Voy a buscar a los friegaplatos.- gruñó mientras se alejaba.
"La pala…" pensó con cierta melancolía.
Acarició la superficie del horno. "La hija del panadero"... tantos recuerdos.
Se sentó al lado del horno y observó el ir y venir, a pesar de todo algunas cosas siempre se veían igual.
Sus pensamientos volaron a un pasado que hoy parecía un sueño lejano...
-Despacio… despacio…
Repetía una niña mientras deslizaba con sumo cuidado su pala de madera bajo la charola de panes que se cocía en el horno, por desgracia se atoró y al tratar de desatorarla solo logró voltear la charola dentro del hormo.
-¡No!- gimió acongojada mientras un hombre se asomaba.
-Otra media docena que hechas a perder.
Gruñó él mientras sacaba los bollos llenos de ceniza arrojándolos a un costal, entregó de nuevo la pala a la niña y se llevó el costal.
La pequeña permaneció recargada en el horno con la mirada baja, había trabajado toda la mañana en una docena de bollos y ya había arruinado la mitad. Su padre no le enseñaría a preparar pasteles hasta que aprendiera a hacer pan y aquello no le salía.
Se sentía triste pero el calor del horno a su espalda parecía reconfortarla, fue cuando los escuchó: murmullos de los otros chicos
"Tonta."
"Los bollos son lo más sencillos"
"Jijiji, mira que voltearlos."
"¡Bah! Seguro sabían mal de todas maneras."
"Jejejeje, yo creo que estaban crudos."
Las voces le llegaban con claridad a pesar del volumen y la distancia, con sinceridad quizá algunos comentarios no eran más que sus propios pensamientos. Sintió sus manos apretar el mango de la pala, los murmullos seguían e incluso se presentó un estallido de risas
"Cállense…"
La niña levanto la mirada: sentía las mejillas calientes, la garganta le dolía con esa inconfundible sensación de estar conteniendo el llanto, los chicos ahora reían mirándola claramente, sus susurros se repetían en la mente de la niña con mordacidad.
"Cállense…"
De repente sus ojos se llenaron de rabia, blandió la pala y golpeo la cabeza de uno de ellos que cayó dolorido
-¡CÁLLENSE!
Gritó finalmente al tiempo que repartía golpes con la pala, los chicos asustados se dispersaron rápidamente aunque sin lograr salvarse de algún palazo.
Justo en aquel instante entraba el encantador Lumiere seguido de un niño cuya atención fue llamada inmediatamente por la corredera, al reconocer a los implicados no dudó en acercarse. Le fue necesario esquivar algunos palazos pero al final logró sostener las manos que empuñaban la madera.
-Suiky…
Pronunció bajito con la mirada preocupada, su mente elucubraba ya sobre lo que había pasado.
La niña lo miró al reconocer aquella voz entre lágrimas de rabia… soltó la pala y se echó a llorar en el pecho del chico.
-Siguen sin salirme- sollozó
-Tranquila, ya te saldrán.-Sonrió él.
La pala en el suelo, sus brazos alrededor de ella, pasados unos minutos Suiky se separo de él.
-Sí, ¿verdad? Perdona.- Sonrió aún con los ojos vidriosos
-No hay problema.- dijo él feliz, limpiándole un poco de harina de la mejilla.
La niña se estiró como sacando todo lo malo dentro de ella antes de agacharse a recoger su pala.
-¡Muy bIen! ¡ésta vez no se caerán!- exclamó radiante, Armand la miró pensativo.
-¿Qué piensas? – preguntó ella.
-Creo que a partir de ahora te tendrán miedo.- dijo señalando la pala y ambos empezaron a reír…
-Suiky… Suiiiiikyyyy… ¡SUIKY!
La azucarera dio un brinquito al ser devuelta a la actualidad por una voz conocida. Armand la miraba con una sonrisa condescendiente y la pala en las manos.
-Tuve que regañar un par de lavaplatos, pero aquí está.- declaró entregándosela ceremoniosamente.
-Pobres lavaplatos.- dijo Suiky melodramática tomando la pala y empezó a juntar los demás ingredientes.
-¿En qué pensabas?- preguntó Armand tras mirarla unos momentos en silencio.
-En nada importante.- mintió la chica sonrojada.
"Solamente en que la hija del panadero y el aprendiz de Lumiere no han cambiado mucho que digamos." Pensó al mirar que todo estuviera dispuesto.
-Me falta sal, ¿y Saliere?- acotó mirando a Armand con decepción.
-No lo sé.- respondió él extrañado de que lo miraran de esa forma.
-¿Quieres que haga más bollos y no me trajiste sal?- lo regañó ella.
-¡Sí, señora! ¡A la orden señora! – Se cuadró el batidor antes de irse marchando -¡Un! ¡Dos! ¡Un! ¡Dos!
-No hemos cambiado nada.- se dijo Suiky sonriendo mientras miraba a Armand alejarse.
¿Y en dónde está el salero? Averíguenlo en el próximo capítulo.
