My Biggest Mistake, My Greatest Salvation
By: LyricalKris
Traducción: Rosie Rodriguez
Beta: Yanina Barboza
Capítulo 12: Tempestad.
Hay un momento en cada amanecer donde la luz flota, hay una posibilidad de magia. La creación contiene la respiración.
La frase rondaba a través de la consciencia de Bella mientras despertaba. Era una de sus favoritas, pero por lo general era la frase final que venía después de esa:
El momento pasaba como regularmente lo hacía en Squornshellous Zeta, sin incidentes.
Sin embargo, hoy, mientras Bella hacía la transición de un sueño placentero a una realidad placentera, sus pensamientos estaban alrededor de la primera parte de la frase: la luz flotante y la posibilidad de magia. Era un mundo diferente.
Bella no podía recordar la última vez que había despertado eufórica. De hecho, creía que nunca lo había hecho. Ella se había despertado triste, feliz, contenta, cansada pero nunca eufórica.
Estirando sus brazos sobre su cabeza, Bella disfrutaba de la calidez del sol que entraba por su ventana. Sus mejillas se sentían estiradas y adoloridas, pero no podía dejar de sonreír. Cuando entró al baño en la madrugada la noche pasada, había notada que sus mejillas estaban de un frenético color rojo, y había un brillo en sus ojos que no reconocía. Estaba dispuesta a apostar que no se había borrado con el sueño.
Se sentía tonta, pero por una vez, no le importaba. A pesar del escalofrío por el aire de la mañana, se sentía cálida, su sangre aún caliente con el calor residual de los besos de Edward de la noche anterior.
Su sonrisa se agrandó aún más y bajó sus manos, pasando sus dedos por sus labios.
Era diferente, tan diferente, de la primera vez.
Esa noche en Las Vegas era como un borrón. Había estado asustada, aterrada, tambaleante. En un momento de puro pánico y desesperación, se había aferrado a este amable, hermoso desconocido, creyéndole cuando decía que él podía ayudarla. Cuando el ministro los nombró marido y mujer, Edward pareció casi espantado, como si hubiera olvidado esa parte de la ceremonia, el beso para cerrar el trato.
Ese primer beso fue contaminado por el miedo de ella y el sentido de obligación por parte de él. No era el típico sueño, sino la pesadilla.
Este beso, su primer beso real, fue la antítesis a todo eso.
Toda la noche fue perfecta. Desde casi el momento en que entraron al auto, era como si hubieran dejado cada preocupación, cada precaución atrás. Ella había querido un poco de diversión. Pero obtuvo más que eso.
La atmosfera en Cook Au Vin fue ligera, juguetona y Edward parecía estar bien con eso. Obviamente, le había divertido cuando el chef se había referido a ella como madame Cullen con lo cual él bromeó toda la noche: «Estás agitando, no batiendo, madame Cullen», había susurrado en su oído, su mano presionada suavemente a su costado mientras se asomaba por detrás para observar su trabajo.
Y debía admitir, que la manera en que su voz se envolvía naturalmente alrededor de la extraña palabra francesa enviaba deliciosos escalofríos a su columna vertebral.
Luego, cuando manejaba de regreso a casa sus uñas se clavaron en el tapizado del volante. Era como si no pudiera controlarse de tocarlo. Pensamientos acertados revolotearon tan pronto como se le ocurrieron a ella. Tenía la sensación de que no debía tocarlo, no tenía derecho de tocarlo, pero no podía recordar por qué.
Sin embargo, en el pasillo, fue como si el tiempo se hubiera detenido. Ella quería decir algo, pero no podía recordar cómo hablar. Palabras se formaban y evaporaban de su lengua. No estaba lista para alejarse de él, pero no sabía cómo decirlo, si es que debía decirlo.
Pero antes de que pudiera dar un paso atrás, él estaba dando un paso hacia delante. Sus manos estaban en sus mejillas y ella sentía la anticipación tan real y tangible, pensó que tal vez había reemplazado el aire alrededor de ellos.
Había querido besarlo. Caminó hacia delante, con su cabeza en alto, antes de detenerse.
Seguramente, debía estar soñando o equivocada. Debía estar malinterpretando la situación.
Luego, como si él pudiera leer su mente, estaba hablando sobre besarse, su primer beso, y ella le había restado importancia porque no quería pensar sobre ese momento. Quería vivir por siempre en este momento —con su mano contra su mejilla y su cuerpo tan cerca, que ya podía sentir el impacto de él contra su piel—, para siempre. Ella con mucho gusto habría cambiado cualquier otro minuto de su vida para seguir con lo que sea que estaba pasando entre ellos.
Cuando miró a sus ojos, la palabra de "y si" se desvaneció, olvidada. La nueva pregunta era cuándo, y la respuesta fue al siguiente segundo, cuando sus ojos se cerraron y sus labios se encontraron.
Bella se dio la vuelta, sofocando un emocionado grito en su almohada. Sabía que estaba siendo estúpida como las colegialas chillonas que ella solía detestar, pero ¿cómo podía evitarlo?
Estaba feliz y por primera vez en su memoria reciente, no podía esperar para ver qué traería el día.
Alguien debió haber escuchado su silencioso pensamiento porque el timbre sonó justo después. Repetidamente.
El sonido urgente era sin sentido, un sonido discordante en la hermosa harmonía de sus pensamientos.
Sentándose en la cama, Bella frunció el ceño. La agradable burbuja estaba a punto de explotar, lo podía sentir.
El timbre sonando no se detuvo y su insistencia rompió el patrón perezoso de sus pensamientos. Levantándose, Bella caminó hacia la puerta. Estuvo justo a tiempo de ver a Edward arriba en las escaleras. Estaba colocándose su camisa, lo cual detuvo a Bella por varias razones. Ella tuvo un fugaz momento de desesperación de que él se fuera a caer por las escaleras, pero la camisa estuvo sobre sus ojos solo por unos segundos.
Sin embargo, mayormente, debía de admitir que la punzada que sentía era debido en gran parte al hecho de verlo sin camisa.
Bella había tenido suficiente tiempo para preguntarse si tenía permiso para pensar en él de ese modo antes de que la vida fuera arrojada, una vez más, en el caos.
Edward abrió la puerta justo en el momento en que ella llegó al final de las escaleras. Al abrir la puerta, Emmett se abrió paso por ésta, obligando a Edward a dar un paso atrás. El movimiento asustó a Bella, y la feroz, furiosa expresión en la larga cara del hombre hizo que su corazón comenzara a latir a un frenético ritmo. Jasper entró justo detrás de él, su expresión, se podría decir que era incluso más feroz.
Como la primera vez que ella los había visto, los hermanos de Edward la asustaron. No se veían como dos jóvenes hombres sino como soldados preparados para la guerra.
Batalla era lo que habían venido a buscar.
—¿Hay algún problema con tu teléfono?
Los ojos de Edward se entrecerraron al mirar a su alto hermano mayor.
—No, para nada. Está apagado, si es a lo que te refieres.
—Qué conveniente —se mofó Jasper.
—Sí —respondió Edward, sus ojos dirigiéndose hacia su hermano menor—. Era muy conveniente. Quería concentrarme en Bella, así que lo apagué. —Cruzó sus brazos sobre su pecho—. ¿Qué sucede?
—Sí —dijo Emmett—. Eso debe ser muy lindo: darle a tu chica un buen momento. Quería darle un buen momento a mi chica la noche anterior, pero en vez, ¿sabes qué estaba haciendo?
—Ilumíname —dijo Edward fuerte.
—Rosalie, mi Rosalie, estaba llorando hasta morir. Llamó a The Ivy ayer para hacer una pregunta, pero parece ser que no pudieron encontrar nuestra reservación. —Se acercó más a Edward, sus manos en puños a sus lados—. Los puso a hacer un poco de investigación, por supuesto. Y vino a descubrir que nuestra reservación fue cancelada, luego de que alguien, tú, puso una suspensión de pago en el cheque.
»Mira —continuó Emmett antes de que Edward pudiera reaccionar—. Quieres meterte conmigo, está bien. Como sea. Pero no te metas con Rose. Ella ha pasado por mucha mierda, y no necesita esto de ti. Su corazón estaba en ese lugar.
—¿El cheque que firmé para The Ivy fue cancelado? —repitió Edward, su tono incrédulo.
—No. Joder, no juegues con nosotros —interrumpió Jasper—. Tengo dónde golpearte si juegas con nosotros. Casi puedo entender que no quieras pagar por su reservación. Es entendible, aunque hubiera sido respetuoso si le hubieras dicho sobre eso. Pero ¿luego te metes con nuestras casas? —Sacudió su cabeza, su expresión lívida—. En serio, Edward, eso es jodido. Prometiste que no había ninguna atadura por lo que hacías por nosotros. No nos hubiéramos metido en todo este negocio si hubiéramos sabido que podías hacer esto.
—Hacer, ¿qué? —preguntó Edward con los dientes apretados.
Silenciosamente, Bella fue al lado de Edward, tomando su mano. Su rígida postura se relajó infinitamente con su toque.
—¿Cuándo nos ibas a decir que detuviste los pagos automáticos para las hipotecas de nuestras casas? ¿Qué, estabas esperando hasta que el banco nos embargara y encontráramos todas nuestras cosas en el césped? —preguntó Jasper furiosamente.
Bella sintió la sacudida de sorpresa a través del cuerpo de Edward y se dio de cuenta que no podía mantener su boca cerrada.
—¿Piensan que todo esto es culpa de Edward? ¿Cómo pueden…?
—No te metas en esto, Bella —espetó Jasper.
Otra vez, Bella sintió el cuerpo de Edward temblar, tensándose esta vez.
—No le hables de esa manera —dijo, molesto—. Ya te dije que…
—Agh, Sí. De acuerdo —interrumpió Jasper, poniendo sus ojos en blanco—. No ser grosero con tu esposa. Me doy cuenta de que es tu mayor preocupación. —Se volvió hacia Bella—. Disculpa mi furia, cariño. Solo estoy un poco irritado de que tu esposo esté jugando con los techos sobre nuestras cabezas.
—Él no haría eso —dijo Bella automáticamente. Sentía que estaba leyendo un libro diferente al del resto de la clase—. No harías eso —repitió, mirando hacia Edward.
—No —le aseguró—. No lo haría. —Había un peligroso filo en su voz cuando habló.
—Oh, ¿podrías dejar de fingir? —explotó Jasper. La tensión incómoda, antagónica en el aire pareció intensificarse como si estuviera viniendo directamente de él—. Sabes que siempre nos sermoneabas acerca de construir una relación basada en honestidad, bueno tal vez es tiempo de que dejes que Bella sepa exactamente el tipo de hermano que eres.
—Por supuesto —dijo Edward, extendiendo su brazo—. Estás aquí. ¿Por qué no haces los honores?
—Tu maravilloso esposo ha sido un pedazo de mierda con nosotros toda nuestra vida —le dijo Jasper a Bella, el veneno derramándose en cada palabra—. Él siempre ha hecho las cosas así: darnos juguetes solo para luego quitárnoslos, prometiéndonos llevarnos a algún lado para luego no aparecerse.
—Pero esto es un nivel especial de mierda —continuó Emmett, cruzando sus brazos y fulminando a su hermano con la mirada—. ¿Te metes con nosotros? Bien. Como sea. Pero Rosalie y Alice no merecen esto. Te estás metiendo con sus vidas también.
Para entonces Edward estaba apretando su mano muy fuerte, casi de manera dolorosa, pero Bella no se quejó. Él tragó grueso, volviéndose hacia ella.
—Lo que dijo Jasper era cierto —dijo en voz baja—. Era una pobre excusa para un hermano… —Se volteó hacia sus hermanos mientras continuaba—: cuando yo mismo era un niño.
—¡No eras un niño! —protestó Jasper—. Nosotros —señaló a Emmett y a sí mismo— éramos niños. Y tú nos odiabas. Parece que aún nos odias, si hiciste esto…
—¡Nunca los he odiado! —rugió Edward. Su voz tan fuerte y molesta que Bella se encogió.
—¿En serio? ¡Tienes una curiosa manera de demostrarlo!
—Los envidiaba, idiota —espetó Edward.
—¿Nos envidiabas qué? —preguntó Emmett, su tono incrédulo—. Tenías todo lo que querías: escuela, autos, esta maldita casa.
—¿Crees que quería algo de esto? ¡Odio esta maldita casa! —La furia de Edward se drenó en el espacio de un latido del corazón, y el dolor en su rostro estaba tan presente, Bella automáticamente envolvió todo su brazo alrededor del suyo, sosteniéndolo lo mejor que podía—. La única cosa que siempre he querido es lo que ustedes tienen: dos padres que los aman y un hermano con quien crecer. Lo quería tanto, odiaba ir a verlos porque sabía que se irían otra vez, y yo sería dejado con mi habitación llena de cosas y nada más.
—Pobre niño rico —respondió su hermano con burla—. He oído toda tu triste historia toda mi vida. Inventa algo nuevo.
—No estoy tratando de darles excusas. Estoy tratando de decir que entiendo lo que hice en el pasado. —Edward tomó una profunda, tranquilizadora respiración—. Cuando era un niño, un adolescente, no sabía cómo procesar mis celos, mi rabia porque no podía tener sus vidas. La tomé con ustedes dos —miró a Jasper y a Emmett—, de manera en la cual estoy avergonzado, pero eso fue hace tanto tiempo. Sé que tenemos nuestras diferencias, pero ¿qué he hecho en la última década que los hiciera pensar que pudiera hacer algo así a cualquiera de ustedes? ¿Sin ninguna advertencia, sin decir más?
—El banco… —comenzó Jasper, pero Edward lo cortó.
—El banco dijo que Edward Cullen detuvo los pagos del cheque —repitió su reclamación—. ¿Soy el único Edward Cullen que conocen? —Sonaba cansado cuando dijo eso último.
Bella lo entendió antes de que Emmett o Jasper lo hicieran.
—Oh no —jadeó.
—¿Estás tratando de decirnos que el abuelo tiene acceso a tus cuentas? —preguntó Jasper finalmente, su tono indicaba cuán estúpida e inmadura encontraba la idea.
—No, mi cuenta personal no —dijo Edward calmadamente—, pero el dinero para sus hipotecas viene de un fondo en conjunto del cual él es el dueño principal. —Tomó una respiración profunda—. El dinero era mío para hacer lo que yo quisiese, supuestamente. Era mi herencia.
—¿Piensas que te quitó de la cuenta? —preguntó Bella en una pequeña, e incrédula voz.
—Eso es lo que pienso —respondió Edward, con tono neutral. De nuevo, respiró hondo y los pasó caminando hacia donde había puesto su maletín el día anterior. Buscando dentro de él, sacó su chequera—. Por ahora, todo lo que puedo hacer es escribirles un cheque para cubrir la hipoteca. Y por lo de The Ivy, hablaremos de eso más tarde.
Los otros hombres no dijeron nada, pero el silencio en la casa era ensordecedor, plagado de resentimiento. Bella se concentró en ver la mano de Edward moverse sobre el cheque, tratando de no pensar sobre cómo quería decirles a sus hermanos que se fueran y se disculparan profusamente a la misma vez.
Se sentía de cierto modo melodramático, pensar que ella estaba destruyendo su vida, ¿pero a qué otra conclusión podía llegar? Si él estaba en lo cierto sobre su abuelo, era su matrimonio el que había causado todo eso, terminando con este último giro, desentrañando una década de duro trabajo de parte de Edward por ser un buen hermano.
Edward les entregó los cheques a sus hermanos sin mirarlos otra vez y abrió la puerta para que se fueran. Los tres hombres tenían en sus caras un ceño enojado, aunque el de Edward parecía templado por la tristeza y las de sus hermanos por la duda que pudiera haberse convertido en contrición si no hubieran pasado la noche anterior hechos un manojo de nervios.
Solo cuando la puerta se cerró detrás de ellos, la postura de Edward cedió. Se quedó de pie quieto con sus manos presionadas flácidas en la madera, sus hombros cayendo y subiendo, su cabeza inclinada.
Bella vaciló, queriendo ir con él pero sin saber si era bienvenida. Pero al siguiente segundo su lucha interna era un punto discutible.
Edward tomó un fuerte respiro antes de girar sobre su eje, agarrando los brazos del perchero de la sala. Su rugido de «¡Maldita sea!» fue más fuerte que la ruptura del cristal del vidrio y el chasquido del rompimiento de la madera. Bella saltó, atónita por un par de segundos, antes de que se tambaleara hacia adelante, agarrando sus brazos antes de que pudiera lanzar un puño hacia la pared.
Bajo sus manos, sus músculos se flexionaron. Él gruñó, el sonido casi animal, pero cerró sus ojos fuertemente, respirando a través de su nariz.
Lentamente, con cuidado del cristal roto y la madera astillada alrededor de sus pies descalzos, Bella lo rodeó hasta quedar frente a él. Deslizó sus brazos bajo él, alrededor de su torso, y pareció relajarse un poco, su postura suavizándose un poco mientras él se amoldaba a ella y se acercaba un poco más. Ella sintió su nariz acariciar el tope de su cabeza, y su pecho subir y bajar bajo su mejilla.
—Lo siento —dijeron al mismo tiempo.
Edward dejó salir una larga respiración, sus manos sosteniendo su rostro. Sus pulgares acariciaron sus mejillas y su expresión se suavizó.
—Nada de esto es tu culpa —dijo tranquilamente.
—Tampoco tuya.
—Eso no es completamente cierto —dijo con un suspiro, llevando sus manos de vuelta a su cintura a la vez que apoyaba su frente contra la de ella—. Como dije, ellos tenían razón. Sí jugué esos crueles juegos con ellos. Fui el hijo de mi abuelo por un gran tiempo de sus vidas, y no es culpa de nadie si no mía que no me hayan perdonado.
Bella subió su cabeza para escudriñarlo por un momento.
—¿Por qué pagas sus hipotecas?
Sus labios se arquearon y él miró alrededor. Gruñó cuando miró a sus pies.
—Dios mío —murmuró—. Pudiste haberte cortado un pie. —Sacudió su cabeza, obviamente descontento.
Para sorpresa de Bella, él se inclinó, cargándola. Asustada, jadeó, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello, sosteniéndose fuertemente.
—¿Qué estás haciendo?
—Asegurándome de que no tengamos que llevarte a la sala de emergencia por puntos —dijo seriamente, caminando hacia adelante con cuidado.
—¿Qué sobre tus pies?
Él miró hacia arriba, una pequeña sonrisa apareciendo en sus labios.
—Bueno, hasta que aprenda como volar, tendré que arriesgarme. —Su ceño se frunció otra vez—. Después de todo, fui yo quien rompió el cristal.
—No pienses que estoy distraída —le advirtió—. Todavía quiero saber por qué pagas por sus casas.
—En realidad no es nada de lo cual preocuparse...
—De acuerdo. No hagas eso, por favor —lo interrumpió.
Sus ojos encontraron los de ella mientras la dejaba segura en la sala.
—¿No hacer qué?
Bella envolvió sus brazos alrededor de su torso, sintiéndose cohibida, sin saber si tenía derecho de preguntar por eso.
—Si piensas que no es mi problema, es una cosa. Puedo respetar eso. Pero no esperes que deje que tú escuches todos mis problemas y no me preocupe sobre los tuyos.
Él la estudió por un largo momento antes de asentir, tomando su mano tentativamente. Colocándola en el sofá, se sentaron uno al lado del otro y él jugó con sus dedos mientras hablaba.
—Nunca me pareció correcto, la manera en cómo mi abuelo trataba a mis hermanos. Fui criado creyendo que mi padre y mi madre merecían ser excluidos —su voz era dolor mientras hablaba—, pero no entendía por qué eso se extendía hasta mis hermanos. Él no los ignoraba en sus cumpleaños o en Navidades, pero…
—¿Él no les daba lo que te daba? —aventuró ella.
—Exactamente. —Se detuvo por un momento, reuniendo sus pensamientos mientras entrelazaba sus dedos entre los de ella, como si estuviera dibujando una línea—. Así que cuando me gradué de Cornell, el abuelo me agregó a esa cuenta. Me dijo que el dinero era mío para hacer con él lo que mejor creía conveniente. —Dejó de hablar y moverse por un momento, mirando hacia abajo, sin ver—. Creo que esa fue la única vez que él dijo que estaba orgulloso de mí.
Bella no dijo nada, pero tomó sus dos manos, apretándolas fuertemente.
—En realidad no sabía qué hacer con todo eso. Es bastante dinero, Bella. Demasiado. Tenía esta casa y ese dinero… —Dejó escapar una respiración frustrada—. Y como al abuelo le encanta señalar, mi primo me ofreció un trabajo a petición de él. —Él se encogió de hombros.
»Uso mis propios cheques para todos mis gastos, que es por qué no he notado si el abuelo de verdad me quitó de su cuenta, lo cual es muy posible. Tomé esa decisión hace bastante tiempo. Vivir de mí mismo. Cada inversión que he hecho, todo lo que he logrado por mí mismo, todo viene de lo que me he ganado. Pero cuando mis hermanos necesitan algo, lo tomo de esa cuenta. —Alzó su cabeza, sus ojos penetrantes—. Supongo que era mi manera de compartir una herencia que realmente debió haber sido de mi padre.
—Y es razonable pensar que tu padre haría lo que fuera para ayudar a sus hijos —completó Bella. Edward asintió—. Así que Emmett y Jasper piensan que eres capaz de hacer lo que tu abuelo te ha hecho a ti —murmuró ella, uniendo todo.
La frente de Edward se arrugó.
—Bueno, tal vez hay otra explicación —dijo a la ligera—. No puedo estar muy enojado con mis hermanos por hacer suposiciones, si fuera yo haría lo mismo.
Bella no respondió de inmediato. Podía decir que por el tono de su voz no creía que hubiese la más mínima posibilidad de que esto no involucrara a Edward I. Su cuerpo tembló con renovada irritación hacia Emmett y Jasper.
Pasado o no, ¿cómo pueden, conociendo quién era Edward ahora, creer que era como su abuelo?
Moviéndose en el sofá, Bella se acercó a él, tomando su rostro entre sus manos. Sus ojos revolotearon hacia los suyos, un poco asustados, y la miró atentamente mientras se inclinaba hacia adelante. Cerrando sus ojos, Bella dejó un pequeño beso en su mandíbula antes de encontrar sus labios. Él respondió después de un momento, sus manos se deslizaron en su espalda y su boca se movió con la de ella.
Cuando se separaron unos segundos después la atmosfera había cambiado considerablemente, un borde brillante alrededor de una situación seria. Los labios de Edward estaban levantándose en las esquinas, y sus ojos parecían menos atormentados que unos minutos antes.
—Averígualo —dijo en voz baja—. Y si tu abuelo hizo esto, me llevas a verlo. Hoy.
Las facciones de Edward se endurecieron.
—No sé si esa es una buena idea.
Bella sacudió su cabeza.
—No. Es hora. Tiene un problema conmigo, necesita oír de mí que no tengo intención de herirte o a esta familia. —Tomó una profunda respiración porque el pensamiento de enfrentar a ese hombre la tenía tanto aterrada como furiosa—. Por lo menos, necesitamos ir juntos para mostrarle el post-nupcial. —Forzando una sonrisa, acarició el anillo en su mano izquierda—. Se supone que somos un equipo, ¿recuerdas?
Eso trajo de vuelta los vestigios de su sonrisa y él asintió.
—De acuerdo —acordó, luego de un largo momento.
