Acto XII: La amistad
Pasaron varios días para que el joven Demonio pudiera salir del cuarto, pero no se atrevía a ir más allá del bar. Después de darle lata al viejo Shimazu día y noche durante una semana, éste lo dejó ayudarle a atender el bar, cargar las cosas de la bodega y limpiar.
Poco a poco fue recuperando su sonrisa, que sólo era real cuando el pequeño Musashi corría a su lado por algún lío en el que se hubiera metido.
Una noche, una hora antes del cierre, un pequeño séquito de hombres se apareció en el bar, con Mouri Shojumaru a la cabeza. Portando su ya clásica mirada altanera, inspeccionó el lugar con desdén.
El bar estaba casi desierto, sólo tres sujetos, dos de ellos bebiendo en una mesa cercana a la puerta y el tercero en un rincón, manteniendo un duelo de vencidas con un niño que no parecía tener más de trece o catorce años.
El viejo Shimazu, que limpiaba la barra con un trapo sucio, le dirigió una mirada fulminante con sus ojos oscuros.
–¿Qué quieres tú aquí? –preguntó, sin la menor educación. Motochika, que estaba en el cuartito de arriba, lo escuchó y estuvo tentado a bajar a ver qué pasaba, pero la voz que respondió al anciano lo petrificó en la cima de la escalerita.
–¿Dónde está Chousokabe? –exigía Shojumaru, con voz fría.
–No está. Ahora, largo –el viejo enfatizó lo último al hacer un movimiento con la mano, como alejando moscas.
–Shimazu, no me tome por idiota. Sé que está aquí.
Tras unos segundos de incómodo silencio, gritó a viva voz:
–¡Sal de donde te escondes, Motochika! ¡Sé hombre y muéstrate!
El viejo levantó la mirada, más que fastidiado.
–Motochika no le debe nada a los Mouri, ahora lárgate andes de que algo feo te pase, niño.
–¿Es una amenaza? –preguntó Mouri, divisando la escalerita escondida al final del local.
–Es una advertencia.
Al ver que el de pelo castaño no se movía, Yoshihiro lanzó un bufido.
–Musashi, la escoba.
Cuando el niño estaba saliendo con el utensilio desde arás de la barra, el dueño del lugar añadió:
–Que te quede algo bien claro, Shojumaru. Si tú aún tienes la libertad de moverte a tus anchas, es por mi neutralidad con las verdaderas cabezas que mueven esta ciudad... El Saikyou esta cerrado para cualquiera de los Mouri...
El de ojos pardos frunció el ceño, desconcertado, pero no tuvo mucho tiempo para quejarse pues el nieto de Shimazu los echó a escobazos, a él y a toda su escolta.
–¡Largo, tarados! ¡Y no regresen! –bramaba el muchachito, hasta que consiguió hacerlos salir del local.
Minutos después, Motochika descendía con la mirada baja, ignorando toda palabra que pronunció el pequeño para pasar detrás de la barra y mirar al anciano con el ceño fruncido. Cuando éste estuvo por preguntar qué demonios le pasaba, el joven lo abrazó con fuerza. Shimazu había dado la cara por él una vez más, para protegerlo.
–Ya, ya, algún día se te acabará la suerte –murmuró el viejo, palmeando su espalda.
El muchacho rió estúpidamente, ocultando el sollozo que quería escapar, y se giró rápido para atender a las personas que estaban entrando.
