CAPITULO XII
Mentir
-Cállense, cállense… ¡cállense!
Cubrí mis oídos desesperada, harta. ¿Acaso no podían dejarme sola, maldición?
-Karen, de nuevo tú.
-No voy a escucharte – sacudí furiosamente la cabeza sin destapar mis orejas – váyanse… ¡váyanse!
-Hija ¿por qué sigues fracasando en cada intento?
¿Pero es que no entendían mis gritos¡Que se callaran y se fueran!
Inesperadamente volví a mi hogar en Florida. Me encontraba en mi recámara, sumergida entre sabanas y almohadas con mis padres frente a la cama. Era un extraño sueño, lleno de una rabia indescriptible. Odiaba estar en mi casa, estar con ellos, con su ruido, su voz, sus gestos y designios.
-Yo vivo en Nueva York - empecé a hablar a gran velocidad, sudando como si estuviera quemándome por dentro y apretando los párpados para no ver cómo ese par de personas, que se decían mis padres, me condenaban con la mirada – vivo allá, no aquí… aquí jamás volveré, nunca, nunca. Yo vivo en Nueva York, esto es un sueño, vivo en Nueva York, vivo en Nueva York…
-Te dije que no eras buena actriz – dijo mi madre sin remordimientos – eso no es lo tuyo, Karen. Espera casarte con un buen hombre y sabrás tu lugar en la vida.
-¡Vete, vete, vete! – sacudía mi cabeza una y otra vez, sin poder moverme de la cama como si estuviera atada a ella – tengo que despertar… ¡tengo que despertar!
-Lo que has hecho no tiene ningún mérito, hija – declaró mi padre con fingida ternura – era tu deber. No tengas miedo de aceptar que eres una fracasada y vuelve con nosotros.
-¡Basta! – grité, sintiendo explotar mi cabeza – ¡Estoy orgullosa de lo que tengo y de lo que soy¡A nadie tengo que complacer, mucho menos a ustedes¡Los odio!
-Pobre, Karen – dijo mi madre, abriendo los brazos – tan indefensa y temerosa.
-¡No le tengo miedo a la vida, puedo sobrevivir¡Puedo hacerlo!
-Pobre, Karen – repitió mi padre – los hombres se enamoran de las mujeres poco inteligentes, hija. Déjate de niñerías y vuelve a casa.
-¡Eso es estúpido! – exclamé con la cara bañada en llanto – soy feliz donde estoy porque lo que tengo me lo debo a mí ¿oíste¡a mí! Y si los hombres se enamoran de chicas imbéciles para tener cientos de hijos y una sirvienta sin sueldo en su casa, prefiero morirme sola… ¡estar, vivir y morir sola!
-Pues que así sea – dijo mi madre, sonriendo cruelmente – ojalá que te quedes sola y amargada para que pagues el precio de habernos desobedecido.
-¿Cómo puedes desearme eso? – inquirí, llorando tan fuerte que casi no podía respirar – soy tu hija… ¡Soy tu hija!
-¿Mi hija? Te equivocas. Yo no tengo hijas que no sepan ser mujeres.
-¡Mamá!
-Y ser mujer es sufrir y soportar ¿oíste? – espetó, furiosa – tolerarlo todo y callarse la boca… ¿O cómo esperas ser amada?
-Mientes… - dije con el cuello humedecido de lágrimas – esa no es la felicidad. Esa no es… ¡Esa no es!
Mi último grito me despertó sobresaltada. Estaba soñando y descubrí mis mejillas salpicadas de llanto. El sueño había sido tan intenso que lloré en verdad, resintiendo la tristeza y su amargo sabor en mi garganta.
El peso de un yunque cayó sobre mi cabeza al sentir los primeros efectos de la resaca. ¿Cómo había llegado hasta mi cama? No lo recordaba exactamente, pero si recordaba que Terry fue quien me trajo a casa.
¿Ser mujer es ser una mártir¿Nacimos para sufrir en nombre del amor y la sagrada tarea de ser la alfombra de los demás¿Quién lo dijo, un simio?
-No me importa – dije, cogiendo mi almohada con fuerza y girando hacia la ventana – estoy bien sola.
Sí, era feliz con mí soledad aunque en ocasiones deseara ser más que un autógrafo, una imagen en el afiche del teatro o un nombre en la lista de un reparto… ¿Quién no quiere ser amado? Pero si tenía que pagar el precio de abandonar mi libertad por un marido, de arrojar mis sueños por la borda para parir diez hijos… si tenía que dejar de ser yo para ser el adorno en las fiestas, el objeto en la cama, la mujer "detrás" del gran hombre, entonces elegía orar para que mi soledad fuera tan larga como la distancia entre las estrellas.
Nueva York
1916
Observaba fijamente la ventana de mi habitación al tiempo en que amanecía. No pude dormir toda la noche y mis párpados todavía me pesaban y dolían como si llevaran dos pesadas piedras encima. La noche anterior me sentía culpable, injusta, rencorosa e inmadura por la absurda discusión con Terry. Sin embargo, la culpabilidad y el remordimiento duraron sólo cuestión de minutos.
Recuerdo haber parado de llorar, exhausta y con un tremendo dolor de cabeza. Luego caminar hacia el baño pensando una y otra vez ¿Por qué no lo había escuchado¿Por qué no pude confiar en él si era la persona más importante en mi vida? Creí ser una idiota, admití haberme comportado como un crío a causa de un posible malentendido; de una interpretación errónea del cariño entre dos amigos. Por enésima vez me equivoqué.
-Lo siento – murmuré mojándome la cara – lo siento tanto.
Si no pretendía demostrarle a Terry que todavía me importaba, acababa de dar el mejor espectáculo de mi vida. No pude haber sido más clara de habérselo gritado a la cara.
-¡Basta! – escuché gritar desde la calle.
Erguí la cabeza de golpe, sintiendo una punzada en el corazón.
-¡Bájame! – añadió la mujer, y salí rápidamente del baño a la ventana, nerviosa y excitada al reconocer esa voz.
Lo que vi después fue simplemente lo que minutos atrás me negaba a aceptar. Karen en brazos de Terry, aferrada a él como al tesoro más valioso de la tierra.
-Mentiroso… – dije lastimosamente, recargando la frente sobre el vidrio, como si mi voz pudiese llegar hasta él – no es cierto que me amas… ¡yo te odio, te odio! – dije con rencor – ¡sal de mi mente, sal de mi vida!
Me di la vuelta negándome a ver más y me derrumbé sobre mi cama sintiendo como si me arrancaran la piel con crueldad. Terry y yo habíamos tomado rumbos distintos desde que abandonamos el Colegio San Pablo, y el destino, a pesar de que luchara mil veces contra él, me lo dejaba en claro nuevamente bajo el oscuro y frío cielo de Nueva York.
Siete horas más tarde, la mañana despuntaba perezosa sobre la ciudad. Pensé que todo se vería distinto con los rayos del sol; supuse que la calma retornaría sigilosa a mi corazón pero fallé. Lo único que descubrí con la aurora fue un interminable rompecabezas de encuentros y desencuentros confuso e indescifrable.
-¡Ohayo Gosaimasu! – saludó Aoi-san, con una enorme sonrisa pintada en el rostro. Candy y yo apenas le respondimos sin dejar de revolver nuestro desayuno - ¿Qué les pasa? – preguntó con las manos en la cadera.
Candy permaneció callada y yo me limité a encoger los hombros.
-¿Archie-dono? – preguntó Aoi, escudriñando mi rostro con extrañeza - ¿Daijobu ka?
-¿Perdona? – inquirí, desconcertado.
-Que si te sientes bien – tradujo Candy, extremadamente interesada en el color de su fruta.
-Ah… sí – respondí con desgano – estoy bien, Aoi. Gracias.
-¿Candy-chan?
-Ajá – pronunció en el mismo tono.
-Espero que te sientas mejor para ir al trabajo, Candy-chan – comentó Aoi, yendo hacia la cocina –. Papá quiere conocerte.
-¿Pa…pá? – balbuceó Candy, saliendo de su ensoñación – ¿El Doctor Li está aquí?
-Hai – confirmó Aoi, volviendo a la mesa –. Le he hablado mucho de ti.
-Buen día – saludó Albert, vestido impecablemente y listo para salir a la oficina – ¿Estás listo, Archie?
-¿Li-listo?
-Puedo llevarte a la escuela si quieres, todavía tengo tiempo – ofreció, tomando de manos de Aoi un vaso con jugo y quedándose de pie a su lado.
-Gracias pero iré en mi auto.
-¿Cuál auto? – preguntó Albert, arqueando una ceja.
-¿Cuál… auto? – dije, sintiendo un hueco en el estómago –, pues el mío… ¿no?
-Tu ya no tienes auto – declaró Albert, sin contemplaciones –. Será mejor que aceptes mi oferta o tendrás que viajar en el subterráneo.
-Pero, pero… pero…
-¿Qué esperabas después de que casi nos matas de un susto? – sentenció Candy, mirándome como una madre antes de darle una tunda a su hijo – ¿Un avión?
-Pero… - repetí, boquiabierto – yo…
-¡El tren subterráneo es muy emocionante! – intentó reconfortarme Aoi, guiñándome un ojo –. ¿Cierto, Candy-chan?
-¿Tren… subterráneo? – dije, como si estuvieran condenándome a morir en la horca –. Tío, ayer cuando hablamos…
-Ayer cuando hablamos, Archie – repuso Albert – esto fue lo único que olvidé mencionarte.
-¿Hablaron? – preguntó Candy, dejando de remover la comida en su plato.
-Largamente – apuntó Albert, antes de besar la mejilla de Aoi – Itekimas…
-Iterashai – correspondió ella, besando sus labios. Claramente escuché como el corazón de mi prima y el mío se retorcieron de envidia dentro de nuestro pecho.
-¿Vienes o no? – apremió Albert, rumbo a la puerta.
-Un momento – habló Candy severamente – nosotros también tenemos una conversación pendiente.
-Te prometo que hablaremos esta noche – dijo Albert, determinado – sólo confío en que hoy… – agregó en tono insinuante, girándose a mirarme – no suceda nada extraordinario, fatal o insólito.
-Pero… Archie… – objetó Candy, buscando mi apoyo.
-Esta noche, Candy, lo prometo – aseguré, corriendo a alcanzar a Albert –. Hasta luego, Aoi-san.
-¡Iterashai, Archie-dono!
El tío y yo salimos del apartamento sin cruzar otra palabra, dirigiéndonos al ascensor.
¿Yo, en el subterráneo¿Pero por qué¡No puedo creer que me obligue a hacer esto, no es justo¡La gente, el olor, el ruido¡Mi auto, quiero mi auto!
-¿Te pasa algo? – preguntó Albert, mirándome de reojo al subir al elevador.
-¿Eh? no, nada.
-¿Tienes monedas?
-¿Monedas para qué?
-Para el tren y el autobús.
-Albert, no estarás hablando en serio – dije con un atisbo de esperanza –… ¿o sí?
-¿Percibo cierto ataque de pánico? – inquirió, gozando de la tortura y de los gestos de abatimiento en mi rostro –. Tranquilízate, Archie. Ya lo dijo Aoi, te agradará la experiencia. Toma – extendió la mano con un par de billetes y monedas – esto será suficiente.
Llegamos al lobby y abrí de mala gana las rejas de metal después de meterme el dinero a la bolsa del abrigo. Saludamos al portero y salimos a la calle para caminar un par de metros hasta al coche de Albert. Maravilloso, ahora se regodearía ampliamente de mi vanidad reducida a nivel del suelo desde su trono frente al volante.
-Hace un poco de frío – comentó despreocupado – abrígate bien.
Lo vi sonreír por unos segundos, divirtiéndose y a la vez sintiendo lástima de mí. Apreté los dientes y contuve mi enojo para preguntarle con una fingida sonrisa un último detalle.
-¿Y mi cartera?
-Pensé que la tenías en tu chaqueta – respondió, aparentando demencia – ¿Por qué me preguntas a mi?
-Estaba en mi habitación cuando me fui. Hoy no pude encontrarla.
-Ah… sí, esa cartera – dijo, como si por arte de magia hubiese recuperado la memoria –. Ahora que lo mencionas, creo que está en mi oficina.
-¿Por qué allí? – protesté, moderando mi tono de voz al recibir de inmediato su aguda mirada recriminatoria – si… se puede… saber.
-La olvidé – se encogió de hombros –, por eso te di las monedas. De todas formas tienes planes para ir a trabajar¿no es así? Ahí te la entregaré junto con todos tus pendientes.
-Escucha, ya te pedí una disculpa por lo que hice ayer pero tenía motivos suficientes para querer volver a…
-Cuando quieras volver a Chicago – interrumpió, endureciendo el rostro – puedes decírmelo sin necesidad de hacer una rabieta y preocuparnos a todos. Además, esto no es solo por huir de casa.
-¿Ah no?
-¿Cómo le vas a decir a Candy sobre su inesperado compromiso¿Crees que se echará a reír y te hará su padrino?
-Yo… yo no… - trastabillé nervioso y apenado, imaginando la reacción de Candy -… no estaba…
-Pensando – remató Albert –. No pensaste ni en ella ni en Richard. Sólo en cómo alejar a Terry pasando por encima de los demás.
-No – refuté tajantemente – no es verdad. Jamás haría algo para lastimar a Candy. Se suponía que ella nunca se enteraría. Richard convencería a Terry por un par de horas de que era el prometido de Candy y al creérselo, nosotros…
-¿Creérselo? – rebatió Albert, suspicaz – ¿Querías engañar a un buen actor con una farsa estudiantil? – concluyó, enciendo el auto – ¿Qué tal si utilizas tu inagotable fuente de imaginación para explicarle a Candy lo sucedido antes de que te lance por la ventana?
-Es que…
-Y también para ofrecerle una disculpa a tu amiga.
-¿Amiga¿Cuál amiga?
-¿Karen Klaise es su nombre? Creo que fue quien te ayudó a no dormir en la calle y a quien abandonaste desconsideradamente sobre un sillón ayer por la noche. Hasta la tarde y trata de ser puntual.
-Yo no abandoné a nadie en…
Fue en vano, Albert aceleró la marcha dejándome a mitad de la calle con los bolsillos vacíos, el estómago revuelto y la palabra en la boca. ¿Quería castigarme¿Por qué no lo hacía dejándome sin postre como la tía abuela cuando éramos niños? Sí, ya sé, tal vez porque quedarme sin pastel a los dieciocho años no significaba una tortura inmisericorde.
-¡Ah, rayos! – pateé contra el suelo – ¿yo en el transporte público, prefiero besar la tierra.
Comencé a caminar hacia la estación más cercana después de consultarle al señor Daniels como llegar hasta allí. Albert ni siquiera me había dejado suficiente dinero para tomar un auto, un carruaje, o al menos un burro con montura. Me pregunté si el castigo, a mi parecer inmerecido, duraría hasta la tarde. Luego pensé en Karen y al pasar frente a los aparadores de una tienda de ropa que apenas abría sus puertas, me sorprendí sonriendo como un escolar contando los minutos para encontrarse con la chica más popular del colegio.
-Buen día – saludé, sorprendiendo a una distraída Natalie dentro del salón de enfermeras.
-Candy¿qué haces aquí?
-Trabajaré doble turno; quiero reponer el tiempo perdido. Siento mucho haber faltado anoche – me excusé, al colgar mi abrigo en mi casillero – No sucederá de nuevo.
-Como si te importara.
-Sí me importa – dije, tomando mi uniforme para luego cerrar molesta mi casilla –. Deja de pensar que no necesito el empleo.
-Pues no lo necesitas – repuso con pedantería mientras llenaba un informe médico –. Los millonarios no tienen que preocuparse más que por contar su dinero… ¿o me equivoco? – enfatizó, mirándome de reojo.
-Gracias por la confianza – dije a regañadientes.
-Vamos, Candy – dijo, encarándome al fin – ¿por qué no dejas de fingir? Tu puesto podría ser cubierto por alguien más capaz que tú. Le estás quitando la paga a alguien que en verdad lo requiere.
-¿Alguien como tú?
-¿Qué quieres decir?
-Lo que quiero decir – apunté, empezando a vestirme – es que la gente rica no es la única que tiene atrofiada la cabeza – me acomodé la falda y la blusa – si fueras una chica menos acomplejada podrías entender que incluso las personas como yo tenemos derecho a trabajar duro y ganarnos la vida de una manera digna. Pero claro – cuadré mi gorra y cogí mi libreta de notas además de un par de historias clínicas – no podrías comprenderlo porque además de odiarme sin motivo, hay ocasiones que no ves más allá de tus narices. Con permiso.
¡Qué chica! pensé que nadie podía superar en amargura a la tía abuela o hasta la propia señorita Leegan, pero sin duda había hallado a una digna rival que apuntaba a llevarse el campeonato de "La gente que más detesta a Candice White".
Para Elisa y Neal era un pecado mortal no haber tenido padres. Para Natalie y las otras chicas del colegio de enfermeras era un sacrilegio haber sido adoptada por una familia rica y tener la osadía de querer ser "una de ellas". ¿A quién le daría gusto algún día? Supongo que a nadie, así que decidí, mientras caminaba por el pasillo con paso rígido y alargado, mandar al diablo a todo el mundo.
-¿Rubia y pecosa? – preguntó un hombre que me observó pasar de largo – seguro eres tú.
-¿Cómo dice? – me detuve, casi tropezando.
-Eres Candice White.
Sus rasgos orientales, su brillante sonrisa y el acento en su voz me señalaron de inmediato con quién me había cruzado en el camino.
-¿Doctor Li?
-Hai – contestó, sonriente.
-Mucho gusto – estreché su mano emocionada, olvidándome rápidamente del altercado con Natalie – es un placer conocerlo. Aoi-san habla tanto de usted.
-También ella habla de ti. ¿Puedo acompañarte?
El doctor Li y yo comenzamos a platicar y caminar por el pasillo aparentemente sin dirección alguna. Sin embargo, al cabo de dos o tres vueltas a la derecha y a la izquierda en los corredores, me di cuenta que estaba guiándome hacia una sala de pacientes muy especiales.
-Será un placer ver a Albert y conocer al joven Cornwell esta noche en la cena – afirmó el doctor Li, deteniéndose frente al pabellón infantil –. Gracias por acompañarme, Candice.
-Llámeme Candy, doctor.
-Bien, Candy, déjame preguntarte algo. ¿Aoi te ha platicado el por qué mi presencia en Nueva York?
-No – respondí, dudosa – ¿tendría que haberlo hecho?
-No, está bien. ¿Tienes unos minutos, por lo que me ha contado Aoi, creo que serías la persona indicada para ayudarme en esta nueva asignatura.
-Claro – dije, animada – será un honor.
-Bien – sonrió, satisfecho –. Ven conmigo.
-¿Aquí? – pregunté, boquiabierta mirando hacia el interior de la sala.
El doctor Li empujó con sigilo la puerta para descubrir a tres pequeños niños recostados en sus camas. Me invitó a recorrer la habitación sin hacer demasiado ruido para no despertarles. Un escalofrío penetró mi piel como mil agujas encendidas mientras avanzaba. No eran niños lo que yo miraba, sólo sombras marchitas a quienes se les escapa la infancia. Débiles, pálidos, sin fuerzas para esbozar un sonrisa. Dormidos en medio del silencio con jeringas y suero en lugar de dulces o juguetes. Mi estómago resintió un golpe seco justo en el medio.
-Se ve triste ¿no te parece? – señaló el doctor Li, sujetando las manos en su espalda.
-Mucho – asentí, escrutando los rostros infantiles cabizbajos y melancólicos – parece una tumba.
-Estos niños llegaron conmigo anoche – comenzó a explicar en voz baja – quiero practicar nuevos métodos clínicos para aliviar su malestar.
-¿Qué es lo que tienen?
-Leucemia – dijo con templanza.
-¿Leu… cemia? – repetí, sintiendo un vuelco en el corazón –, pero si son niños…
-Los niños también mueren todos los días, Candy – declaró en un susurro – Debiste haber aprendido eso en el colegio.
-Si, pero… - me volví a mirarlo, con los ojos desorbitados – ¿quiere decir que estos niños van a…?
-Salgamos – pidió, tomando mi brazo con suavidad.
Me sentí estúpida al pensar que yo tenía problemas. Salimos del pabellón de la misma forma en la que entramos y el doctor Li se paró frente a mí como si estuviera a punto de reprenderme.
-Candy – habló, seriamente para luego relajar la cara hasta esbozar una tímida sonrisa - ¿Qué dices¿Aceptas ser la enfermera de estos niños y prestarme tu ayuda?
-Yo… - balbuceé, mirando de nuevo hacia la sala – ellos… van a…
-Candy – carraspeó para llamar mi atención – eres una profesional. No quiero tu miedo ni tu lástima, quiero tu trabajo. Ves morir a gente todos los días ¿no es así?
-Sí, pero…
-Tranquilízate y piénsatelo un poco. Quizás he sido muy abrupto pero una verdadera enfermera debería estar acostumbrada. Fuera de aquí eres amiga de Aoi y la hija del señor Andrey. Dentro de este hospital eres mi enfermera.
-Sí – dije cabizbaja – lo sé, doctor Li.
-Sin embargo – repuso, levantando mi cara – tampoco quiero un capataz para estos niños. Por eso te traje – guiñó un ojo – pero otro día hablaremos más de tu experiencia con los chiquillos.
-¿Aoi le habló sobre mi hogar?
-Espero no te importe.
-Oh, no – negué con la cabeza – jamás.
-Bien, volvamos a la recepción. Hay alguien que te aguarda y para estos momentos – dijo, consultando su reloj – posiblemente ya se ha impacientado.
-¿Cómo dice?
-Antes de encontrarte, un joven preguntaba por ti en el recibidor. Fue gracias a su descripción que te reconocí.
-¿Rubia… y pecosa?
-¿Tu novio?
-No – refuté, como si acabaran de darme un fuerte pellizco –, no tengo novio.
-Ve y averigua quién es. Creo que su apellido era… ¿Greinchester?
Un relámpago me partió a la mitad, dejándome fría y paralizada como si el mundo hubiese frenado de golpe. Mis piernas se clavaron al piso y mi corazón comenzó a palpitar atropelladamente.
-Siento haberte entretenido demasiado, Candy. Nos veremos después.
-S-sí, doctor – dije mecánicamente, mirando cómo las paredes se desmoronaban a mi alrededor.
¿Cómo sabía dónde trabajaba! Las manos empezaron a sudarme y vi al doctor Li alejarse en cámara lenta para entrar en otro pabellón. ¿Quién le había dicho a Terry cómo hallarme¿Qué quería¿Cómo es que…?
-¿Quién? – comprendí de pronto – por supuesto… ¡soy una tonta, se lo dije a Karen.
¿Y bien, qué iba a hacer¿Correr a esconderme, echarlo a patadas o felicitarlo por salvar a su damisela en peligro la noche anterior y pasearse radiante con ella por las calles de la ciudad escupiéndome su amor en la cara?
-Las tres – dije al apretar los puños y contener mi nerviosismo para acudir a la rabia que me provocaba aquella foto en el periódico y la imagen de Karen sujeta a su cuello – pero en diferente orden…
-¡Karen! – oí a mis espaldas, caminando hacia mi camerino.
-¿Qué pasa? – pregunté a uno de los chicos de utilería.
-Te busca una persona en la puerta.
-No tengo tiempo para dar autógrafos, Matt. Dile que se vaya.
-Creo que no quiere tu autógrafo – apuntó, acomodándose la gorra – de todas maneras dice que no se irá hasta hablar contigo.
-¿Y por qué sonríes? – inquirí, torciendo la boca – ¿Te contó un chiste?
-Me contó que son viejos amigos.
-¿Ah sí¿Y al menos te dio su nombre?
-Su tarjeta – dijo, entregándomela en la mano –. Mejor atiéndelo antes de que vuelva a ponerse violento. Me voy, tengo cosas que hacer. Hasta la noche, Karen.
-Oye… - le llamé sin éxito. Matt se alejó corriendo por el pasillo, dejándome con la elegante tarjeta de mi viejo amigo Archibald Cornwell entre los dedos.
¿Antes de que vuelva a ponerse violento?
Llegué hasta mi camerino y aventé la tarjeta con descuido sobre el tocador. ¿Archie quería verme, pues que esperara sentado. No le iba a perdonar tan fácil la grosería de ni siquiera despedirse o de agradecer mi ayuda el día anterior. Me senté frente al espejo y comencé a cepillar mi cabello sin otra preocupación mas que la de curarme el insoportable dolor de cabeza que me ocasionó uno de los peores ensayos de mi vida y donde además, el Romeo de la obra había errado hasta el cansancio cada uno de sus diálogos como si se tratase de un principiante quinceañero.
-¿Quieres verme, no? – dije, hablándole a mi reflejo como si se tratara de Archie – pues te vas al diablo. Tan preocupado estabas por tu primita – añadí, arrugando la nariz con despecho – que no tuviste tiempo de decir "gracias Karen, te debo la vida".
Minutos después, varios golpes secos estallaron contra mi puerta haciéndome pegar un brinco y volver la vista hacia la entrada con el corazón latiendo en mi garganta.
-¿Quién es?
-Archibald Cornwell – respondió con voz grave – ¿puedo pasar?
-Arch… - balbuceé al fruncir el entrecejo y quedarme en blanco.
-¿Karen, estás ahí? – insistió, golpeando de nuevo.
-¡No, claro que no! – alcancé a reaccionar.
-¿No estás ahí? pues suenas como tú.
-¡No… sí… bueno… yo si estoy pero no, no puedes pasar!
-¿Por qué no?
-¿Por qué no¡Porque no y punto!
-Espero que estés vestida…
-¿Qué?
-Porque voy a entrar…
-¡No te atrevas!
La perilla se giró lentamente y salté de mi asiento con el cepillo en mano, a punto de arrojárselo en la cabeza y preguntándome dónde diablos estaba la gente de seguridad del teatro.
-¡Estoy desnuda! – mentí, tratando de asustarlo.
-Entonces te recomiendo ponerle seguro a la puerta – sugirió al entrar con los ojos cerrados y colocar él mismo el pasador - ¿De verdad estás desnuda?
-Desvergonzado – bramé, temblando mi brazo de rabia – ¿Cómo llegaste hasta aquí?
-Primero me gustaría saber si puedo abrir los ojos para responder.
-¡Lo que abrirás será la puerta y te irás!
-¿Por qué estás tan molesta conmigo? – preguntó, apretando los párpados.
-¿Y preguntas por qué? Todos los hombres son iguales – espeté, rechinando los dientes –. De milagro pueden hablar y andar al mismo tiempo.
-Hey – se quejó, arrugando la nariz – ¿vine a disculparme y así me recibes?
-Abre los ojos, no seas ridículo. Claro que no estoy desnuda – dije, dejándome caer sobre el banquillo –, no vivirías para contarlo.
-A mi también me da gusto verte – declaró, acercándose un par de pasos – ¿Qué tal fue tu ensayo?
-¿Me puedes decir qué quieres e irte enseguida? – le cuestioné, volviendo a peinar mi cabello.
Archie se paseó por el camerino mirando a su alrededor con curiosidad. Examinó con detenimiento algunas fotos sobre mi mesa de centro, la marca de mi perfume en la esquina de mi cómoda, los vestidos colgados sobre mi biombo de madera y mi colección de gatos de cerámica en una pequeña repisa para luego posar la mirada en mi rostro a través del espejo.
-¿Y bien¿Todo en orden, papá, o es que debo ordenar mi habitación y quedarme castigada el domingo?
-Insisto – dijo tras recargar su brazo en el tocador, acercando su cara a la mía - ¿por qué estás tan molesta?
Tragué saliva sintiendo un intenso halo de calor subirme a la cara y desvié la mirada para responder con desatinadas evasivas. Me pregunté cómo es que cada vez que me encontraba con Archie me resultaba más atractivo y perturbador al regodearse en su vanidad por saberse un chico interesante. Su voz, su postura, su forma de caminar… estaba volviéndome loca y todo por ese presuntuoso, ingrato, fatuo, falso… y fascinante niño rico.
-"Terry… - empecé a imitar su voz con desdén y mofa –… Karen te espera en el lobby y se siente mal, realmente mal".
-Ah, es por eso – reparó.
-"Terry… - continué, gesticulando con repulsa –… tu novia aguarda a que la vayas a rescatar de su borrachera"
-Yo no dije tal cosa – respingó, enderezando la espalda – si Terry te lo contó, yo nunca…
-Pero lo pensaste que es lo mismo – rebatí, azotando el cepillo contra el tocador –. No te voy a consentir utilizarme para poner a Candy en contra de Terry ¿oíste, y desde hace rato que estoy esperando que me des las gracias por lo que hice por ti.
-Lo pagué a la mañana siguiente en el desayuno. ¿Recuerdas esa media hora que pasé frente al retrete?
-Oye, yo no tengo la culpa que no sepas beber, niñito. Anda, dime "gracias, Karen" y terminemos con esto.
-Y luego, Richard y yo cuidamos de ti cuando no podías poner un pie delante del otro – agregó, cruzándose de brazos –. Tú también me debes las gracias.
-Agh… - exhalé, enojada – de acuerdo. Tú primero.
-No, tú primero.
-No, tú.
-Así no vamos a llegar a ningún lado.
-¿Y a quién le interesa llegar contigo a donde sea?
-Dilo ya, si quieres seguir peinándote para tu novio.
-Deja de fastidiarme con eso – declaré, rabiosa – no tengo novio y no lo necesito.
-Los periódicos dicen otra cosa – refutó, mirándose las uñas – ¿Chismes e invenciones o también aquella foto es un rumor?
-Muy bien – respondí, inhalando profundamente – primero esto: gracias, Archie por cuidar de mí al sentirme un poco mareada ayer por la noche.
-¿Un poco? Me asusta pensar cómo será cuando lo tomes en serio.
-Tu turno.
-Agh… - murmuró, imitándome – esta bien. Gracias, Karen por darme alojamiento cuando estuve a punto de dormir en la calle.
-…A causa de tus berrinches al escapar de tu casa – completé con fanfarronería.
-¿Me disculpas? Aún no termino.
-Bueno, ya.
-Y gracias por ser tan amable con quien no lo fue contigo al conocerte. Siento haberme comportado de esa manera pero es obvio que Terry no me agrada.
-Ni tu a él, no te preocupes.
-Por último – dijo, sujetando mis hombros – te debo una apuesta.
-¿Apues…? Ah, apuesta.
-Sí, esa. Te di mi palabra y como soy todo un caballero…
-Sí, claro – mascullé entre labios.
-Te oí – dijo, bajando a mi oído para volver a erguirse –… como soy un caballero, vengo a pagar mi deuda. ¿Cuándo quieres ir?
-¿Hablas en serio? – pregunté, recelosa.
-Dime cuándo antes de que me arrepienta.
-¡No, no! – hablé con las manos – te creo. ¿Qué tal mañana? Es mi día libre.
-Bien, mañana será. ¿La hora?
-¿Tienes lista tu cartera, Archirrin? – pregunté, sonriendo y levantando las cejas un par de veces.
-¡Hey! – protestó con media sonrisa – ¿Cómo es que te acuerdas de eso?
-Amontona muchos billetes verdes porque te harán falta – advertí, tomando un pañuelo para limpiarme la cara – ¿A las diez esta bien?
-Y tú prepara el próximo reto – dijo, caminando hacia la puerta – porque quiero la revancha. Te veré a la diez frente a la tienda – finalizó, abriendo y cerrando la puerta.
¿La revancha?
Bien, si el niño rico quería morder el polvo de nuevo, tendría el placer, el gusto y la delicia de ser la pared contra la que siempre se daría en las narices.
-¿Qué estás haciendo? – me cuestioné seriamente, deteniendo el cepillado – Estás jugando con fuego…
¿Y qué? La vida entera es una apuesta, un juego de azar y quizás era hora de que la suerte estuviera de mi lado y ganara con un par de ases la partida final.
-¿Y todavía le duele? – me preguntó una enfermera, revisando mi rodilla.
-No, sólo cuando subo escaleras. Pero es algo sin importancia.
-¡Oh, no! – exclamó otra a mis espaldas – su trabajo le demanda tanto, señor Granchester, que debe de estar en perfectas condiciones. Permítame revisarlo a mí también.
-¡Oye! – refunfuñó la primera – yo llegué antes que tú.
-Eso no es cierto – reclamó una tercera, sentada junto a mi – el se acercó a mí antes que a nadie.
-Si, pero tú no conoces ni siquiera la diferencia entre la gimnasia y la magnesia, querida– apuntó otra que acababa de llegar – yo lo haré… si esta usted de acuerdo señor Granchester – agregó con coquetería.
-Bueno… - dije, dudoso – es que yo…
-Déjame ayudarte, Maggie.
-No, yo te ayudo.
-Yo también.
-Gracias pero no vine a ver al médico – asentí agradecido, observando como todas sus miradas se cernieron sobre mí – Sólo vine a…
-A buscar a la señorita White – apuró una delgada enfermera cuyo rostro me resultó lejanamente familiar – ¿No es así, señor Granchester?
-¿A Candy?
-¿Por qué a ella?
-¿Usted la conoce?
-Qué romántico.
Las chicas comenzaron a cuestionar mi presencia hasta el punto de inquietarme. Miré de reojo a los demás pacientes de la sala y distinguí en su mirada sus oscuros deseos de estrangularme. Me sentí apenado pero a la vez inquieto. Sabía que Candy sería la primera en querer sacarme el corazón con una cuchara al hallarme tan bien acompañado.
-¿Podría esperar a Candy afuera, señor Granchester? – cuestionó la joven a quien todavía no reconocía – mire el alboroto que ha causado y no es propio en un hospital.
-Oye, Natalie ¿qué te pasa? – se quejó una de sus colegas – ¿sabes con quién estás hablando?
-No, obviamente no sabe – secundó otra.
-Es que no sale de sus libros¿qué te puedes esperar?
-Señorita… - dije, levantándome de mi lugar – lo siento pero yo no pretendía…
-Frente al hospital – interrumpió, groseramente – hay un parque donde puede esperar a Candy y nadie los molestará.
-¡Natalie! – rezongaron sus compañeras.
-Todas ustedes vuelvan al trabajo si no quieren que las reporte con el director.
-Es una pesada – se quejó una pelirroja.
-Presumida y pedante – coincidió una morena.
-Sólo porque la dejaron de encargada – murmuró una chica con rasgos orientales –, mira que no saber a quién se dirige de esa forma.
-¿Me escuchó, señor Granchester? – inquirió impaciente la enfermera que finalmente recordé como la joven que cubrió a Candy en su turno para que ella pudiera asistir a la función del Rey Lear en Chicago.
-La escuché pero no me iré – repuse, categórico – No he molestado a nadie… ¿o sí señoritas?
-Oh, no, jamás.
-En lo absoluto, quédese.
-¿Quiere algo de tomar¿Tiene hambre?
-¿Me puede dar su autógrafo, por favor?
Inflé el pecho y crucé los brazos, satisfecho. Esa mujer no iba a echarme de allí como lo hizo su compañera de anteojos en el pasado. Esta vez no bajaría las manos ni me iría sin hablar con…
-¡Candy, mira quien vino a verte! – dijo la morena, dando un brinquito.
-Apúrate, Candy – apremió la pelirroja – después nos cuentas los detalles¿eh?
Ver el rostro de la Hermana de Grace con dolor de estómago en esos momentos hubiera sido una experiencia más agradable y placentera que observar el rostro de Candy totalmente enfurecido y con un brillo letal en sus ojos.
-Candy¿no dices nada? – preguntó la morena.
-Gracias, chicas – les respondió sin desviar la mirada – yo escoltaré al señor hasta la salida.
-Ya oyeron – dijo, Natalie – vuelvan a su trabajo.
Todas obedecieron a regañadientes y Candy avanzó hacia mí con tal encono que pensé me abofetearía delante de todo el mundo. Sin embargo, pasó deprisa a mi lado para murmurar un simple "sígueme" y seguir caminando. Obedecí sin tratar de alcanzarla; me limité a no perderla de vista.
Llegamos hasta el estacionamiento y el viento helado pegó en nuestras caras como un látigo de hielo. Candy se abrazó en señal de escalofrío y me apresuré a deshacerme del abrigo para colocarlo sobre sus hombros. Fue ahí donde todo comenzó.
-No te me… acerques – dijo, temblando de frío.
-Pero vas a congelarte.
-Guárdate la… la galantería para tú… tú… novia.
-No seas tonta – declaré, ofreciéndole el abrigo – Toma esto y entremos.
-Sólo has… venido a avergonzarme – condenó abruptamente – vete y no… no me hagas… perder el tiempo.
Escudriñé sus ojos por unos instantes. La fiereza al igual que su cálida sonrisa los iluminaban de la misma forma. Se veía tan hermosa e incluso más atractiva cuando fingía odiarme. Sonreí sin darme cuenta y creo que eso la hizo enfurecer aún más.
-¡No te burles de mí! – vociferó – ¡ve… vete!
-No tengo a donde ir, Candy, por eso vine.
-Pu… puedes – habló, titiritando – irte a… a ver a Karen. ¿O ya la… viste y fue ella quien… te dio… mi-mi dirección?
Bravo, seguía celosa. La foto en el diario funcionó. Si Candy me hubiese tratado como a un viejo amigo, ofreciéndome cenar en su casa y luego despedirme con una sonrisa en la puerta, no estaría en estos momentos sintiendo un fugaz rayo de esperanza en todo mi cuerpo al igual que aún sentía y saboreaba sus labios en los míos. La pregunta era si podría ser capaz de continuar con la farsa hasta hacerla confesar que todavía me quería como yo a ella, y qué sucedería después con… Susana.
-Vas a coger una pulmonía – insistí – entremos.
-¿Cómo fuiste capaz de… hacerle… hacerle eso a Susana? Tú dijiste… que, que…
-¿Cuándo te volviste mi consciencia, Candy? No tienes autoridad para opinar sobre mi vida. Lo que pase entre Susana y yo se queda entre Susana y yo. A ti, lo que en realidad te molesta es…
-No sabes… na-nada de mí, cállate.
-Candy, quería verte ¿Cuál es el problema?
-Tú – espetó, caminando hacia mí – tú eres mi problema. Yo no vine… a… a Nueva York por ti… vinimos por Archie y si… si piensas que…
-Basta, déjate de niñerías – interrumpí, arropándola con el abrigo – vamos adentro.
-Yo no… tengo tiempo – dijo, tratando de quitárselo – quédate con esto.
-¡Que no! – refuté, atrayéndola hacia mí por el cuello del abrigo – ¿por qué me besaste si tanto me detestas?
-Yo no hice tal… cosa, estás loco.
-Creo que esa parte ha quedado resuelta – dije, rodeándola con mis brazos – soy un maldito loco por tu culpa. Dime algo que no sepa.
-¿Piensas que puedes venir y hacer esto conmigo? – inquirió, empujando con desespero sobre mi pecho – ¿Quién te crees que eres, mi dueño¿O qué cada vez que aparezcas me arrojaré a tus brazos como si nada?
-Dime si sales o no con Richard Marlowe – repuse, mirándola fijamente – dime la verdad. Esta vez no hay nadie que nos interrumpa.
-Eso no es del todo… correcto, Terrence – habló una voz desde la entrada del hospital –. Te interrumpiré las veces que sea necesario hasta que te alejes de ella, si así te lo está pidiendo.
-Maldición – mascullé sin comprender cómo diablos había aparecido ese imbécil de nuevo.
-Richard – dijo, Candy deshaciendo mi abrazo y corriendo hacia él.
-Si no supiera que eres un inútil vagabundo sin oficio, pensaría que estás siguiéndome – declaré, recogiendo mi abrigo del suelo – ¿O viniste a operarte el cerebro?
-Vine a ver mi novia – respondió tajante – pero supongo que no sabes de lo que hablo dado que jamás has tenido una. Al fin y al cabo Susana no significa más que un estorbo atravesado en tu camino.
Candy se refugió en su espalda sin pronunciar una palabra. ¿Entonces era cierto¿Qué significaba su maldito silencio que me estaba volviendo loco¿Desde cuándo a Candy le asustaba responder con la verdad?
-No tiene caso pedirte que te vayas – continuó, Richard – porque es como hablar con la pared. Nosotros nos vamos – agregó, tomando la mano de Candy – fue un disgusto, como de costumbre.
-¡Candy, espera! – le llamé antes de verla entrar.
-¡Sí! – dijo ella, evitando mis ojos – ¡La respuesta a tu pregunta es sí!, así que no vuelvas por favor.
Ambos desaparecieron por el umbral y fue cuando el estúpido ensayo de celos que había planeado para ella con la ayuda de Karen, se tornó en un repulsivo, cruel e inverosímil juego del destino que invirtió los papeles e hizo hervirme la sangre.
-No – dije con saña – es mía… - aseguré, apretando los labios – así tenga que matarte… Candy es mía.
-¿Hola?
-Hola, Archirrin ¿Te desperté?
-No me digas así – gruñí desde el otro lado de la línea telefónica – Son las ocho de la noche ¿por qué iba a estar dormido?
-No lo sé¿Porque eres un niño bueno?
-Karen¿llamaste sólo para molestarme?
-Sí bueno, en parte, pero también para recordarte sobre nuestra cita de mañana.
-¿Cita? – arqueé una ceja, extrañado – no es una cita, simplemente voy a pagarte una apuesta.
-Uy, que poco romántico – replicó Karen - ¿qué pasa¿tu novia te pega?
-¡Yo no tengo novia! – exclamé sin reparar en que Karen no tenía por qué enterarse de mi vida personal – Además… no era necesario que me recordaras nada. No lo he olvidado.
-¿No? Me alegro, porque para mañana…
-Oye, un momento – la interrumpí.
-¿Sí, señor?
-¿Cómo tienes este número?
-Tu tío me lo dio.
-¿Albert?
-El rey Midas en persona… bueno, por teléfono para ser más exacta,
-¿Y cómo obtuviste el de él?
-Ahg… - contestó con fastidio – los tengo vigilados las veinticuatro horas del día… ¡Tú me diste tu tarjeta con los teléfonos de tu oficina! – agregó, exasperada –, y no quieres que te recuerde las cosas… cielos.
-Esta bien, esta bien – dije, tratando de tranquilizarla – perdona chica "fiebre"
-Oye, me fascina esa canción ¿algún problema, niño "cosmo"(1)?
Me solté a reír tan espontáneamente que no podía creerlo. Sin darme cuenta conversaba con otra mujer diferente a Candy o Annie, y me estaba divirtiendo como enano. Oírla enojada y responder en el mismo tono, sin titubeos ni falsas poses de dama recatada o indefensa me parecía tan refrescante, tan nuevo y tan…, tan… cálido.
-Hey, suenas más amistoso cuando sonríes – dijo afablemente – y luces más guapo cuando te bañas.
-¡Oye! – dejé de reír de golpe.
-Ya me voy, ya me voy. ¿Mañana a las diez frente a Bloomingdales?
-Sí pero no llegues tarde, no me agrada la gente impuntual.
-¡Entendido, jefe!
-Karen… - dije con fingido enojo –… ah, olvídalo. Eres un caso perdido.
-Yo también te aprecio. ¡Hasta mañana!
Colgué la bocina y la observé por un rato, sonriente y sintiendo un hormigueo en el estómago que bien pudo ser un simple reflejo sin importancia. Karen era una mujer atractiva, sólo eso… y con lindos ojos, pero nada más… bueno, su risa era contagiosa pero ya… aunque debo reconocer que su mirada podía embelesar a cualquiera, pero era todo…
-¡Basta, basta! – sacudí la cabeza – vuelve a los libros – me ordené, regresando al escritorio de Albert.
-¡RING! – sonó el teléfono casi de inmediato.
-¿Y ahora qué? – bufé, levantándome de nuevo – ¿Qué insulto se te olvidó? – inquirí, cogiendo la bocina al imaginar que sería Karen la que llamaba por segunda ocasión.
-Ho… hola – respondió una vocecita tímida y lejana – ¿Archie?
La sonrisa en mi rostro se desvaneció lentamente hasta ser un simple recuerdo cuando reconocí la voz de Annie. Un profundo silencio veló la comunicación y clavé la mirada en un punto indeterminado del estudio como si me hubiese quedado inconsciente de golpe.
-¿Hola? – reiteró Annie - ¿Archie, estás ahí?
-Q-qué… - aclaré mi garganta, obstruida por una piedra – ¿qué quieres?
-Hablar, por favor no cuelgues.
-Sabes que no… – dije, con la mano temblorosa – no me interesan tus explicaciones.
-Éramos amigos, déjame hablarte.
-No, no quiero.
-Me debes esto, te lo ruego. Cuando termine de explicarte podrás pedirme que desaparezca de tu vida y no insistiré más, pero escúchame.
-Annie, basta. Sé lo que vi y nada de lo que digas podrá cambiarlo. ¿Te parezco idiota además de ciego?
-¿Entonces por qué me invitaste?
-¿Invitarte adónde?
-A tu fiesta.
-¿Cuál fiesta?
-A tu fiesta de disfraces en casa de los Andrey.
-¿Fiesta de…?
Miré de reojo la invitación sobre la repisa del librero y comprendí de lo que hablaba. Annie había recibido al igual que Candy y yo, una invitación para asistir a la reunión que había organizado la tía abuela aconsejada por Elisa para la noche siguiente. Apreté los párpados, furioso. ¿Cómo se atrevía ese reptil a invitar a Annie sin avisarme¿Planeaba encontrarnos frente a frente para divertirse con la cara que pondría? Maldita víbora insensible.
-Yo no te invité a ningún lado. Si quieres ir – dije sin ningún tipo de cortesía – es tu problema. Búscate una pareja, algo que haces sin complicación, y diviértete en grande como acostumbras. Yo iré acompañado así que no quiero que me molestes.
-Archie… - dijo, conteniendo la respiración.
-Y otra cosa – añadí, a punto de colgar – si fue Elisa quien te dio mi número, dile que se las verá conmigo. No vuelvas a marcarme – concluí, antes de azotar la bocina.
Esta vez no me quedé mirando el teléfono sintiendo un agradable cosquilleo en el estómago. Por el contrario, sentí náuseas y salí del estudio tan rápido como pude, buscando mi habitación para gritar contra mi almohada de rabia e impotencia. ¿Por qué me seguía doliendo tanto¿Por qué? Quizás era porque… ¿la seguía amando con la misma intensidad?
Continuará…
Notas:
Muchas gracias Agustina por el review¿No les agrada la pareja Karen-Archie? en lo personal a mi me llama la atención... ¿Lo dejamos con la actriz que bien puede ser un buen partido o lo devolvemos con la tímida e indecisa Annie?
Paz
Emera
Referencias:
(1) The Cosmopolitan Magazine fue fundada por Schlicht & Field en 1886.
Vocabulario:
1. Daijobu ka¿Estás bien? O ¿Te encuentras bien?
2. Itekimas: Me voy.
3. Iterashai: Ve con cuidado.
