13- Hablar

Alice estaba nerviosa.

Había arreglado y cambiado de sitio los cojines del sofá y los sillones, un par de veces. Después, había ido a la cocina a calentar un agua para el té, que ya llevaba tiempo caliente. Había vuelto al salón y había recolocado otra vez los cojines, para ir a la habitación y ponerse otro jersey.

Frank la miraba desde la puerta del salón, pero no le dijo nada. Él también estaba nervioso, pero se le daba mejor aparentar tranquilidad que a su mujer. Además, llevaba en brazos a su hijo Neville de apenas cinco meses, y el pequeño notaba enseguida los estados de ánimo de sus padres, nada más cogerle.

-Cariño… - la llamó al ver que volvía a coger los cojines.

-¿Crees que al profesor le gustará el té muy caliente? – comentó Alice a nadie en particular – Creo que voy a…

-Alice, no hace falta que calientes más agua – la cogió de la mano, frenándola. Su mujer alzó los ojos hacia él, y en ellos Frank pudo notar, aparte de nerviosismo y curiosidad, algo de temor – Todo saldrá bien.

-Es que no entiendo porque quiere hablar con nosotros – murmuró, mientras acariciaba con suavidad la mejilla de su hijo dormido en los brazos de su padre - ¿Qué te dijo?

-Te lo he repetido muchas veces, cielo – respondió, pero sabiendo que Alice no se quedaría tranquila, suspiró y volvió a repetirlo – Solo me dijo que había un asunto de extrema importancia del que quería hablar con nosotros.

Lo que fuera a decir Alice a continuación, se quedó en el aire porque en esos momentos, llamaron al timbre. Ambos se miraron, y al ver que su mujer parecía no reaccionar y su cara perdía todo rastro de color, decidió ser él el que fuera a abrir. Con suavidad para no despertar al niño, lo puso en brazos de su madre y fue hacia la puerta.

El profesor Albus Dumbledore estaba exactamente igual que cuando Frank entró en Hogwarts hacía ya unos diez años. Para el hombre, no parecían pasar los años y aunque tenía una expresión jovial, Frank vio que tenía la cara surcada de arrugas de preocupación, y la sonrisa que esbozaban sus labios, no llegaba a sus ojos.

Tras un corto saludo, Frank invitó al profesor a la casa y mientras lo conducía hacia el salón, fue consciente de que el hombre examinaba con genuina curiosidad, todos los detalles de la casa, desde las paredes color crema, hasta los muebles de pino, pasando por los pocos cuadros que habían colgados en la pared, la mayoría de ellos, de familiares, de su época en Hogwarts y del pequeño Neville.

En el salón, Alice había dejado al pequeño en una cesta, y ya despierto, jugaba con él. A Frank se le hinchó el pecho de orgullo y de amor al escuchar las risas de su hijo, y las palabras cariñosas de su mujer. Se quedó en el marco de la puerta, bebiéndose esa visión, y sintiéndose el hombre más feliz del mundo porque tenía la familia que siempre había querido y deseado. Le sonrió con confianza a Alice, intentando tranquilizarla, cuando esta, al escucharlos llegar, había alzado la cabeza con alarma.

-Profesor, me alegro mucho de verle – con una sonrisa, se levantó para saludar a su anterior director del colegio.

-Cada vez que te veo, estás más guapa, Alice – le lisonjeó Dumbledore, ganándose una mirada avergonzada y un sonrojo por parte de la mujer.

-Y usted parece un chaval, señor – respondió Alice con una sonrisa y Dumbledore soltó una pequeña carcajada.

-Sigues igual de lisonjera que siempre, querida – en los ojos del viejo, brillaba el cariño.

Alice había sido una de las alumnas favoritas de Dumbledore precisamente porque no tenía miedo de decir lo que pensaba, y si era necesario discutir con el director de algún asunto, el que fuera, lo hacía. En un mundo y una sociedad en la que la mentira y las dobles caras eran parte característica de él, el viejo director agradecía el soplo de aire fresco que gente como los Longbottom, o los Potter, le daban a su vida.

Aquella broma pareció aligerar un poco el ambiente tenso y cargado de aprensión que reinaba en la casa. Alice dejó a los dos hombres poniéndose al día con asuntos tanto del colegio como del Ministerio y la situación en sí, y fue a la cocina a servir el té. Recordaba que al profesor le gustaba con un toque de limón y mucho azúcar, y a Frank con varias cucharadas de miel. Ella lo prefería solo con leche.

Cuando llegó al comedor cargada con la bandeja, encontró a los dos hombres riendo, y el pequeño Neville, al escuchar a su padre reír, reía también y daba pequeñas palmadas. Sirvió el té y durante un rato, estuvieron charlando de temas banales. Aquella conversación insustancial, en vez de tranquilizar a los Longbottom, lo que hacía era ponerles aún más tensos y nerviosos, sobretodo porque el profesor miraba de vez en cuando a Neville de una forma un tanto extraña.

-Profesor, ¿Qué era lo que quería decirnos? – fue Frank el que se atrevió a preguntar, e inconscientemente, cogió la mano de su mujer y le dio un apretón.

Ante esa pregunta, Dumbledore pareció envejecer varios años de golpe. Sus característicos ojos azules perdieron todo rastro de brillo y calidez, y se enfocaron en un punto indefinido frente a él. Sus huesudas manos, colocadas en su regazo, se retorcían.

-Lo que voy a deciros, no debe salir de aquí – dijo al cabo de un rato, y cuando posó su mirada sobre ellos, su rostro denotaba toda la seriedad que debía tener el asunto. Tanto Alice como Frank, asintieron – Hace un tiempo vino a mí cierta información que despertó sentimientos contradictorios en mí.

El hombre se levantó, y empezó a pasear por el salón, con las manos cruzadas a su espalda. Su túnica morada, ondeaba a su paso.

-Se trata de una profecía, y antes de que me digáis lo que pensáis sobre eso - se paró frente a ellos y les miró fijamente – Os diré que la persona que la dijo, viene de una larga estirpe de brujas adivinas y que hasta el momento, ninguna de sus predicciones ha fallado. Por lo tanto, os pido que esperéis a que termine, para hacerme cualquier pregunta. Es un tema delicado y de suma importancia.

¿Qué se suponía que debían decir Frank y Alice ante ello? Dumbledore nunca diría que un tema es delicado e importante, si en realidad no lo fuera, y aunque el matrimonio era un tanto escéptico sobre el arte de la adivinación, tuvieron que dejar de lado sus creencias y escuchar con atención lo que tuviera que decirles.

-La profecía es esta: "El único con poder para derrotar al Señor de las Tinieblas, se acerca… Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes… Y el Señor de las Tinieblas lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor de las Tinieblas no conoce… Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro siga con vida… El único con poder para derrotar al Señor de las Tinieblas nacerá al concluir el séptimo mes."

Cuando concluyó, Dumbledore miró al joven matrimonio que tenía enfrente, viendo sus reacciones. Los dos permanecieron callados, metidos cada uno en sus pensamientos e intentando entender la profecía. Eran inteligentes, y él los conocía lo suficiente para saber que no tardarían mucho en llegar a la conclusión que él mismo había llegado.

Frank fue el primero en hacerlo, y Dumbledore vio enseguida la negación en sus ojos. El joven se levantó como un resorte y se acercó, bajo la mirada sorprendida de Alice, hacia su hijo, el cual cogió en brazos, como si intentara protegerlo. El viejo director entendía su reacción. Como si presintiera el agitado estado de ánimo de su padre, el pequeño Neville empezó a gimotear y a quejarse, moviéndose entre los fuertes brazos de su padre.

-Frank, ¿Qué pasa? – alarmada por la cara seria de su marido y preocupada por su hijo, que ya había empezado a llorar, se levantó de sofá y se acercó a ellos, quitándole el niño a su padre. Dumbledore no había dicho nada, y Alice se encaró a él - ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? ¿Qué tiene que ver con Neville?

-Lo has entendido, ¿verdad? – pero Albus no le respondió a Alice, sino que miró a Frank. Él asintió con expresión grave.

-¿Entender, que? – preugntó Alice perdiendo la paciencia. Al parecer, ni su marido ni su antiguo profesor iban a explicarle nada. - ¡Frank!

-Neville nació el 30 de julio – fue lo único que dijo.

-Sé perfectamente el día que nació mi hijo – respondió un tanto seca y sin entender aún porque su marido estaba tan afectado, y porque Dumbledore los miraba con lástima – Pero sigo sin entender que tiene que ver esto con esa profecía.

-Nació a finales del séptimo mes, Alice – la miró con seriedad – Somos Aurores, cariño y los hemos desafiado y salido victoriosos en tres ocasiones.

A medida que las palabras de Frank empezaban a tomar sentido en su mente, y lo comparaba con lo dicho por la profecía, su primera reacción fue negar con la cabeza y abrazar con fuerza a su hijo. Se negaba a creer eso. ¿Su hijo tenía el poder de derrotar al Señor Tenebroso? ¡Era solo un niño! Si no sabía ni hablar, aún no había dado su primera muestra de que pudiera hacer magia, y ni siquiera era capaz de comer la papilla sin llenarse el pelo de comida, ¿Cómo creían que fuera capaz de hacer aquello que decía la profecía?

¿Y qué era eso de que uno tenía que morir a manos del otro? ¿Y lo de que no podría vivir mientras el otro estuviera con vida? ¡Su hijo no iba a morir!

-Me niego a esto – siguió negando con la cabeza y meciendo a su hijo en brazos, intentando dormirle, pero el pequeño percibía su agitación, y resultaba imposible. Sus ojos empezaron a humedecerse, pero se dio la vuelta para que no le vieran llorar – Mi hijo no va a morir, y esa profecía es una estupidez.

-Cariño… - con suavidad, Frank se acercó a ella y la abrazó por detrás, intentando calmar su temor, y buscar calmar el suyo a su vez – No consentiremos que le pase nada a nuestro hijo, te lo prometo – se giró y miró con gravedad al director - ¿Hay alguna posibilidad de que no sea Neville el chico al que se refiere?

-Hay otro niño que cumple las mismas condiciones que el vuestro. Se trata del hijo de los Potter.

-¿Harry, el hijo de James y Lily? – preguntó Alice con un nudo en la garganta, y abrazó con más fuerza a su hijo, colocándole la cabecita en su hombro - ¿Y qué hacemos? ¿Qué posibilidades tenemos?

Con un gesto, les invitó a sentarse en el sofá mientras él tomaba asiento en el sillón frente a ellos.

-Tanto el pequeño Potter como Neville, tienen las mismas posibilidades de ser el niño del que habla la profecía, y creedme que no os hubiera dicho nada, si dicha profecía no fuera ya del conocimiento del Señor Tenebroso – apoyó los codos en sus rodillas, y se inclinó hacia adelante – Os habéis enfrentado a sus seguidores, sabéis como son y pensareis, al igual que yo, que cualquier cosa que amenace su reinado de terror, se sentirán en la obligación de aniquilarlo – estaba siendo más crudo de lo que le gustaría ser, pero tenían que entender la importancia de aquello – Y sea Neville o no el niño de la profecía, sea o no el que posea suficiente poder para poder derrotarlo, Voldemort hará posible para acabar con él.

-Es solo un niño… - sollozó Alice y Frank le pasó el brazo por los hombros, acercándola a él.

Él también estaba afectado por la noticia, pero al ser el hombre de la casa, se sentía con la obligación moral de darle apoyo a su mujer, aún cuando él también lo necesitara. Al igual que le ocurrió con los Potter, le daba mucha lástima tener que ser portador de malas noticias y del dolor que estaba provocando en ellos.

-Alice, no vamos a dejar que le pase nada a nuestro hijo, eso te lo prometo – le abarcó el rostro con las manos, y le dio un suave beso, salado y húmedo por las lágrimas de su mujer – Lo mantendremos a salvo. Ningún Señor Tenebroso, por muy poderoso que sea, conseguirá ponerle un dedo encima.

Abrazó a su mujer, y por encima de su hombro, miró al director sin mascaras ni fingimientos, sacando a relucir el dolor y el miedo que le provocaba la sola idea de que su hijo, sin haber hecho nada, estuviera condenado a morir o matar para mantenerse con vida, a enfrentarse a terrores cuando aún no había ni aprendido a hablar o caminar. Era un ser puro e inocente, que no conocía la maldad que había en el mundo.

La conversación duró casi dos horas más, en las que hicieron planes, tanto para la seguridad del pequeño, como la de los padres. Cuando se fue el director, fue Frank quien le acompañó a la puerta y cuando volvió a entrar al salón, Alice estaba sentada en el sofá, acunando al pequeño Neville, que se había quedado dormido, agotado de llorar.

Frank se sentó a su lado, y la abrazó, y con un suspiro cargado de agotamiento, su mujer se recostó en él y cerró los ojos.

Su idílica felicidad acababa de romperse de una manera poco esperada, pero mientras sujetaba entre sus brazos a las dos personas que más amaba en el mundo, Frank se prometió, y les prometió a ellos, que nada les pasaría, que esa idílica felicidad, sería para siempre.

También en silencio, Alice hizo a misma promesa.

Fin