Capítulo duodécimo
A la mañana siguiente Daniel estaba algo cansado y somnoliento, no había podido pegar ojo en toda la noche y eso se debía a Luce.
Con poco éxito había intentado apartarla de su mente para no perder la cabeza, pero si de principio no era eso lo que quería, evidentemente no iba a funcionar. Su mente se encargó de recrear una y otra vez no sólo las imágenes y sonidos, sino también las sensaciones y sentimientos que se le habían revuelto la noche anterior…, porque tenerla tan cerca, besarla finalmente, acariciarla y casi dar un paso más había sido completamente increíble, y el hecho de que ella no hubiese opuesto resistencia lo era aún más.
Pero las palabras de su primo Gerret todavía sonaban en sus oídos: Está comprometida Pero si Luce realmente lo estaba, ¿por qué permitió que aquello llegara tan lejos? ¿Por qué no lo detuvo y lo apartó como sin duda él había esperado que lo hiciera? La cabeza le daba vueltas y lo único que se le ocurría para aclararse la mente era tomar un buen baño. Sabía, de igual forma, que el baño más privado de la casa era el que tenía la fuente del pez de oro, justo encima de la habitación de ella.
Se encaminó hacia las escaleras intentando ignorar el acelerado redoble de su corazón cuando pasó frente a la puerta para subir los peldaños. Avanzó por el pasillo y se metió al gran cuarto.
Dentro de la iluminada habitación, con uno de sus muros recubierto con cuarzo rosa, advirtió una curiosa estatua que no había visto la última vez que entró en aquel lugar. Se acercó lentamente para detallar más de cerca la figura, colocándose a tres metros de ella y a seis de la puerta. Notó que se trataba de algo así como el cuerpo desnudo de una mujer sentado sobre un taburete de cuya espalda salían dos impresionantes alas color piedra. La mujer tenía los brazos sosteniendo una de las alas y su rostro quedaba oculto por ella. Era muy realista. Los detalles de las plumas, del cuerpo… inclusive los tendones de la mano los habían esculpido exquisitamente. Pero había algo más. Le pareció que la estatua se movía, sutilmente, sí, pero de todos modos fue extraño. Se dijo que probablemente eran imaginaciones suyas, después de todo no había dormido muy bien y estaba agotado.
Se acercó más a la estatua aun así; le causaba curiosidad las facciones del rostro y pensó en agacharse de frente para detallarlo. Pero la estatua se movió. Plegó lentamente una de las alas sobre la espalda y se disponía a tomar la otra con ambas manos cuando, girando muy lentamente la cabeza, miró de frente a Daniel. Él se paralizó por completo.
Los ojos de la estatua eran avellana. Y ya se había dado cuenta.
No era una estatua.
Era Luce.
Se miraron fijamente por un momento. A Daniel le zumbaban los oídos y no podía pensar con claridad. Luce plegó lentamente la otra ala intentando no alterar más al aterrorizado hombre que la miraba como si viera algo peor que al diablo mismo.
–Tranquilo –fue lo primero que dijo ella intentando bajarse del taburete tan lento como podía.
Daniel abrió la boca como si sufriera espasmos.
–¿Qué… eres? –susurró pálido como una pared.
–No te haré daño –dijo suavemente.
Pero Daniel no le creía lo más mínimo. La sorpresa (ahora comenzando a convertirse en miedo) le atenazaba completamente los músculos y casi le dolía moverse. Pero sabía lo que debía hacer.
Tenía la puerta a unos cuantos metros de distancia, mucho más cerca que eso, por lo que si era lo suficientemente veloz podría salir de allí y buscar al Papa mismo de ser necesario. Dio la vuelta y en grandes zancadas logró recorrer unos tres metros de la distancia que lo separaba de la salida; un momento tenía la sólida lámina de madera enfrente y al siguiente parpadeo miraba a Luce, desnuda, con las alas ligeramente plegadas bloqueándole el paso.
¿Cómo era posible?
–No vale la pena que lo intentes –le dijo suavemente–, soy mucho más veloz y fuerte que tú.
Daniel miró a su espalda. Sí, efectivamente el taburete ahora estaba vacío pero él fijaba su atención en los grandes ventanales del muro contrario, sopesando la posibilidad de escapar por allí.
–No lo intentes, sabes que llegaré antes –advirtió ella como adivinándole el pensamiento. Daniel cayó de rodillas al suelo, jamás en su vida había estado tan asustado como en ese instante.
Tragó saliva antes de inquirir:
–¿Puedes leerme la mente?
–No hace falta para darse cuenta de lo que intentas –dijo ella con tranquilidad.
–¿Qué quieres de mí?
–Antes de que entraras, nada. Ahora, te pido tu silencio. No puedes comentarle a nadie nada de lo que estás viendo… nada sobre mí. Ahora mi secreto es tuyo y debes defenderlo a toda costa –explicó seriamente.
–¿Eres una especie de demonio?
–¿Eso te parezco? –inquirió ella esbozando una media sonrisa.
Daniel se lo pensó mejor. Los demonios no tenían alas como esas.
–¿Eres un…? Pero no puede ser, si fueras un ángel ¿qué estarías haciendo aquí? –se le notaba la confusión y el creciente miedo.
–Ésa es una muy buena pregunta –concedió Luce–. Es una pena que no vayas a obtener una respuesta.
Un rayo de rebeldía cruzó los ojos de Daniel.
–¿Por qué no? –preguntó con el entrecejo fruncido.
–Mírate. Tiemblas como un cachorro mojado a mitad de una tormenta. Cualquier movimiento mío hará que se te pare el corazón y, para serte honesta, no quiero cargar con la muerte de ningún humano en mi ya manchado expediente.
–¿Humano? ¿Es decir que verdaderamente eres un ángel? –abrió los ojos de par en par. Ya comprendía finalmente por qué se sentía tan irremediablemente atraído hacia Luce; finalmente comprendía que le fuera tan imposible resistirse a sus encantos…
Porque Luce era un ángel.
–¿Dios te mandó para realizar alguna misión especial? –preguntó con reverencial temor.
–Bueno, es acertado alegar que Dios me mandó, pero dudo que tuviera alguna misión especial para mí cuando lo hizo –repuso–. ¿Qué estás haciendo? ¡Levántate! –exclamó Luce alarmada al ver cómo Daniel se inclinaba ante ella hasta tocar el suelo con la frente.
–¡Eres una criatura de los cielos! –dijo a modo de respuesta. Luce lo levantó y como las piernas apenas le sostenían, lo sentó en el taburete.
–¿Qué sucede contigo? ¿Quieres que los arcángeles se disgusten aún más? Porque te informo que ya bastante tengo con mi vida tal y como está.
–¿Que se disgusten contigo? ¿Por qué lo harían?
Luce abrió la boca para responder, pero tras pensarse mejor las cosas decidió callar y tratar de acabar ese asunto lo mejor posible.
No, él no podría comprenderlo. Si ya al verla sentía cierto temor, al saber lo que era en realidad, su verdadera situación actual, comenzaría a gritar como loco y mandaría a traer agua bendita para arrojársela encima sin saber que eso de nada serviría.
Pero jamás había tenido la oportunidad de contarle a ningún humano nada sobre ella más que lo estrictamente necesario, y le causaba cierta curiosidad saber cómo reaccionaría éste en particular, el único humano que se le resistía.
–Puedo mostrártelo para que lo comprendas mejor –le dijo muy seriamente–. Pero tendrás que callar mi secreto toda tu vida, si no…
–Me matarás –completó Daniel con un nudo en la garganta.
Luce sonrió de forma desagradable.
–¿Listo? –inquirió.
–Listo.
Daniel captó el movimiento del ala derecha de Luce alzándose y avanzando lentamente hacia él. Al principio le atemorizó lo que sucedería al contacto, pues había escuchado que con ver a un ángel uno podía morir, ni se hable de tocarlos. Pero hizo de tripas corazón, cerró los ojos y no se movió. Sintió en su frente un frío contacto, suave como la seda, y enseguida su mente se vio asediada de imágenes vivas y reales…, tan reales que dolía verlas.
…
Él estaba parado sobre algo esponjoso que a primer vistazo parecían nubes, en un lugar donde el infinito era lo único que podía decirse sobre él. Todo estaba en calma, una calma tan tensa que podía asegurar un desastre pronto. Avanzó un par de pasos y luego la visión de una pradera enorme y exuberante, con árboles gigantes de todo tipo, animales de todas las especies conviviendo armónicamente, apareció ante él. No sólo había animales y plantas, sino también unas criaturas en extremo bellas con largas y relucientes alas del más puro y luminoso color blanco vestidas con cintas iridiscentes que les cubrían el torso y los muslos a las que parecían hembras, y con un pantalón del mismo color a los varones. Se veían tan nobles que a Daniel comenzaron a escocerle los ojos. Un hombre y una mujer desnudos se hallaban en el centro de la pradera caminando tomados de la mano, y cuando pasaban frente a una de las criaturas éstas se inclinaban en señal de respeto.
Menos una.
Tenía un porte algo altanero, engreído, miraba a los que sin dudas eran los únicos humanos de por allí con desprecio y superior burla. Una voz como de trueno, terremoto y tormenta surgió de la nada y de todos lados a una vez, hablando con la criatura orgullosa.
–Inclínate, Lucifer, ante mis creaciones, hechas a mi imagen y semejanza. –Daniel sintió mucho miedo porque enseguida supo, por esas palabras, que la voz pertenecía al Todopoderoso. Y le sorprendió bastante reconocer que estaba presenciando la vida en el jardín de Edén antes de la caída del ángel Lucifer.
–¿Por qué, Señor? –preguntó desafiante el ángel–. Ellos son más débiles y frágiles que yo, mi poder es superior al suyo.
–¡Inclínate, he dicho, ahora todos ustedes están al servicio de ellos y su futura descendencia! –tronó la voz de Dios.
Pero Lucifer se resistía.
–Desearía tener una prueba de la superioridad que presentan estos seres antes de inclinarme –replicó–. Porque no todos estamos de acuerdo con la preferencia que le das a estas criaturas de corto entendimiento.
–Tu soberbia ha podido contigo, Lucifer. Te has creído más que quienes yo te indico y por eso te quitaré tu luz y tus alas y caerás al Abismo –resonó con furia la voz. Enseguida unos ángeles con espadas se acercaron a Lucifer, le arrancaron las alas de la espalda y sirviéndose de sus armas abrieron en el suelo un boquete que se tragó al ángel recién caído–. Ahora –continuó muy enfadada la voz–, que pasen al frente esos otros que creen en las palabras de Lucifer.
No fueron pocos los que avanzaron, eran la tercera parte de todos los ángeles presentes.
–¡Que protejan a Adán y a Eva todos aquéllos que creen en mi poder y cuya lealtad no se ve manchada por las pasiones del pecado! –bramó la voz de Dios; a eso gran multitud de ángeles se movió hacia el lado contrario al de los ángeles pecadores para defender a los humanos… pero una pequeña minoría quedó en el medio, indecisa.
Daniel pudo ver a Luce entre esa minoría. Tenía los ojos desorbitados por el miedo y miraba de vez en cuando a un ángel de llamativos ojos verdes que se ubicaba con los traidores.
De parte de Dios, por encima de otros ángeles, tres seres alados con dos pares de fulgurantes alas doradas sobresalían gloriosamente. Uno portaba un gran espada reluciente, otro tenía en las manos un libro y el tercero sencillamente estaba ahí observando.
–Así como sienten, caerán junto con Lucifer a las oscuras bocas del Abismo y jamás se les permitirá la entrada al Paraíso nuevamente; serán repudiados entre los humanos y ellos serán para ustedes motivo de mayor condena. –El ángel glorioso de la gran espada la clavó en el suelo y la tierra abrió una nueva abertura por la que fueron succionados todos los traidores luego de que una horda de ángeles guerreros les arrancaran las alas.
Ahora quedaban los leales y los del medio.
–Su fe ha flanqueado, pues sé que se sienten inseguros de dónde estar. ¡Serán condenados a vagar por la tierra sin rumbo ni misión específica, y sólo cuando lo considere oportuno se les dará una oportunidad de enmendarse! –bramó nuevamente la voz como de desastres naturales.
Un tercer hoyo succionó a los que habían quedado en el medio.
…
Daniel abrió los ojos, jadeante, y notó que nuevamente se encontraba en el baño de la mansión Rockett con Luce. No le costó mucho creer en lo que acababa de presenciar puesto que en ese mismo instante tenía a un ángel frente a él y Daniel siempre había sido un creyente. Pero había ciertas cosas que no lograba comprender.
Y la primera pregunta que hizo luego de algunos minutos de conmoción inicial fue:
–Vi que a los ángeles que cayeron, los que se atrevieron a desafiar a Dios, se les quitaron las alas. ¿Por qué tú aún conservas las tuyas?
Luce sonrió ante la inteligente decisión de Daniel de comenzar por ese detalle.
–Porque de condición de caído sólo tengo el estar confinada con los humanos, viéndolos crecer, envejecer, tener hijos…, mientras yo permanezco igual –respondió con una sonrisa triste ocupándole el rostro.
–No comprendo.
Ella lo miró directo a los ojos.
–Las personas ignoran que son tres las clases de ángeles existentes, no dos. Los ángeles celestiales, los caídos y los condenados.
–¿Condenados? –inquirió sin comprenderlo del todo.
–Somos los del medio. Los que no fuimos lo suficientemente orgullosos para pecar ni decididos para permanecer firmes en nuestro sitio. Usualmente somos los más débiles de los tres tipos de ángeles.
–¿A qué están condenados? –preguntó suavemente.
–A cargar con nuestras alas y no poderlas utilizar, viendo cómo se deterioran con el paso de los siglos; a hacer amigos humanos para luego verlos morir, si es que no los abandonamos antes; a contar con todos nuestros poderes y cualidades pero ser demasiado débiles en fuerza para someter a los caídos que nos asechan; a ocultarnos siempre… Dios nos prohíbe revelar a los seres humanos la condición de nuestra naturaleza pues quiere que tengan una fe ciega en Él, pero de cuando en cuando hayamos a un humano demasiado perspicaz como para que no se dé cuenta, y es allí cuando nos vemos obligados a alejarnos.
–¿Gerret también es un condenado?
–Al principio fue un ángel caído. Luego yo rogué para que se le concediera mi condición y, posteriormente, el indulto que se le promete a los de mi clase. Hizo falta que pasaran unos seis siglos para que se lo concedieran, pero a él no le hizo gracia.
–¿Por qué? –Daniel estaba muy pendiente de cada palabra de ella. Si bien era cierto que aún estaba algo aprehensivo, Luce había tenido muchísimas oportunidades de dañarlo si hubiera querido, pero no lo había hecho.
–Un ángel condenado es más débil que uno celestial o caído, y tenemos terminantemente prohibido dañar a los humanos, por lo que conservar nuestros poderes es más una tristeza que un premio.
–Pero ya no están bajo el poder de Dios. ¿Por qué sencillamente no desobedecen?
–Incluso los demonios atienden cuando Él llama. Es imposible dejar de obedecerle.
Daniel lo consideró por un momento. Se preguntó, si eso era tan así como afirmaba Luce, por qué entonces Dios permitía que los humanos pecaran de formas tan crueles y contra su poder.
–Hay otra cosa que no comprendo –comentó lentamente, eligiendo bien sus palabras–. ¿La relación de hermandad entre tú y Gerret se debe sólo a un título para guardar las apariencias?
–Todos los ángeles somos hermanos porque fuimos creados a partir del mismo espíritu, así como ustedes los humanos lo son de cierta forma porque nacieron a partir del mismo hombre y la misma mujer. Gerret y yo, sin embargo, no estamos juntos todo el tiempo. De vez en cuando nuestros caminos se cruzan y decidimos mantenernos juntos hasta que sea la hora de alejarnos, momento en el cual cada quien decide qué hacer a continuación.
–¿Qué te hizo dudar al momento de escoger un bando? –preguntó Daniel sin detenerse a pensar en sus palabras. Percibió que la mirada de Luce se volvía sombría y agonizante–. Perdona, no debería entrometerme.
–Yo incumplí el que para ustedes es el Primer Mandamiento: "Amar a Dios sobre todas las cosas" –respondió de todas formas–. Amaba a otro pero no estaba muy segura de si lo suficiente como para desafiar a Dios; de igual modo le debía mi eterna lealtad a Él, pero no sabía si lo suficiente como para renunciar al que yo quería.
–¿Era él un humano?
Esta vez Luce no respondió. Apartó la mirada mientras apretaba los labios. Daniel sabía que, nuevamente, había tocado su fibra más sensible; aun así su curiosidad era demasiada como para dejar las preguntas.
–¿El señor y la señora Chloster saben que sus hijo jamás morirán? –inquirió.
–Todos en la finca Chloster lo saben pero guardan el secreto por miedo a que Gerret y yo les hagamos algo. Al conocer al señor Chloster, tuvimos que por decencia decirle que éramos inmortales, pero hasta la fecha eres el único humano que conoce la verdad completa… y he de pedirte que lo mantengas así. Argullo que cosas malas sucederán si lo riegas por allí –dijo ella muy seriamente.
Pese a que Daniel no creía comprender del todo el valor de su silencio, aceptó la responsabilidad de guardar el secreto de cualquiera que deseara conocerlo. De pronto, y sin saber por qué, pensó en Jean, en sí mismo y en el tal sir West que ella había mencionado en casa de lord.
–¿Por qué varios de nosotros nos sentimos atraídos por ustedes? –inquirió con curiosidad.
A Luce le hizo gracia que preguntara, de todas las cosas que ella creía que maquinaba su mente, precisamente aquello.
–Los animales nos reconocen por un instinto muy arraigado y básico en ellos; el humano no es la excepción, y aunque no se dé cuenta conscientemente, nota la diferencia entre nosotros.
"Los ángeles celestiales no tienen la necesidad de esconderse de ellos, por lo que siempre son reconocidos con facilidad. A los condenados nos guardan una especie de fascinación sobrenatural y los caídos suelen seducir a los humanos con un aspecto y carácter peligrosos. –Luce sonrió–. No me preguntes por qué los malos siempre llaman la atención.
La mente de Daniel trabajaba a millón intentando procesar toda esa información nueva y sorprendente que estaba recibiendo. Los ángeles no sólo eran parte de las creencias religiosas del cristianismo y demás, eran criaturas tan reales como los seres humanos y se la pasaban entre ellos, o al menos los caídos y los condenados lo hacían.
Pero estaba confundido. ¿Acaso lo que creía sentir por Luce eran efectos de su propio instinto al reconocer la naturaleza diferente de ella o realmente se había enamorado? ¿En el mundo de los ángeles que esperaban que se les indultara cabía el amor con humanos? ¿Luce estaba tan confundida por sus sentimientos como él? Lo ignoraba, pero estaba claro que si la noche anterior creía que besándola podría dejar atrás la incertidumbre con respecto a su corazón, ahora se sentía aún más perdido dentro de su propia mente. Se preguntaba, de igual modo, si aquello no sería alguno de los poderes que mencionó Luce.
–¿Qué poderes poseen los ángeles?
–Eso no te lo puedo decir –respondió ella con sorpresa–. Los ángeles caídos desarrollan ciertas habilidades torturahumanos con la práctica, aunque las desconozco, y en cuanto a los condenados… Bueno, te puedo decir que yo tengo la capacidad de hacer sentir frágil, débil y asustadizo a cuantos humanos me provoque al punto de hacerles temer de ellos mismos.
–¿Alguna vez lo hiciste con alguien?
–Con Judas Iscariote –respondió Luce con cierta amargura–. Y puedo asegurarte que costosa me salió aquella intromisión. Los arcángeles no estaban contentos conmigo, pero como yo aún era nueva en el mundo humano (un año humano es como un minuto para los ángeles y un segundo para Dios) me dejaron ir con un castigo menor.
–¿Qué te hicieron?
–Me obligaron a marchar al norte del continente sola, sin tener la posibilidad de buscar una familia que me adoptara hasta pasados sesenta años.
–¿Familia que te adoptara? –repitió confundido.
–Habrás notado que Gerret y yo aparentamos veinte años a lo sumo, diecisiete lo más joven, por lo que es imprescindible que encontremos adultos de cuya familia podamos ser miembros hasta el momento de marchar.
Coincidió en eso. Cuando su madre le habló de su prima Luce esperó encontrarse a una dama mayor. Daniel pensó en el dolor que debió sentir Luce al perder a sus hermanos, el Paraíso y la confianza de Dios, y se preguntó qué habría sido del hombre que la impulsó a ceder todo eso. Se dijo que si había sido un humano, no fue una jugada muy inteligente por parte de ella…
Pero ésa era la cuestión: Luce era tan sagaz y astuta que sin duda debió ser alguien más. Tal vez el ángel rebelde con los ojos verdes que él había visto en su cabeza.
–¿Tú me mostraste la caída de los ángeles? –le preguntó muy seriamente, cayendo recién en la cuenta de que sólo cuando ella lo tocó pudo verlo.
Luce asintió.
–¿Cómo?
–Si te toco la frente con mis alas puedo mostrarte cualquier recuerdo mío que yo desee –respondió.
De pronto la atención de él se fijó por completo en las enormes alas que ella llevaba en la espalda. A primera vista parecían de piedra, pasadas y rígidas, pero eso no se ajustaba a la descripción del contacto que él había sentido. Tenía muchas ganas de pasar los dedos entre las plumas para saber qué tacto tenían, cómo olían…
Al parecer Luce se dio cuenta de cómo las miraba. Acercó cautelosamente una de ellas a Daniel; éste, algo inseguro, deslizó lentamente los dedos por entre las plumas y descubrió que la seda era áspera en comparación. Desprendía un ligero olor a mandarina si frotaba un poco. Era increíble la sensación.
–Nunca noté que tuvieras esto en la espalda –comentó dubitativo.
Y pese a que no se lo esperaba, Luce se echó a reír con toda gracia y era un sonido muy hermoso, como el repiqueteo de cascabeles y campanas. Eso le desconcertó.
–Si no pudiera replegarlas al interior de mi cuerpo, sería un tanto difícil cumplir la tediosa tarea de pasar inadvertida.
Su sonrisa no había desaparecido del todo y Daniel pensó que tanto indiferente como enojada y alegre, Luce era sencillamente preciosa. Sin embargo, el corazón le dio un vuelco a ambos cuando escucharon girarse el pomo de la puerta y, posteriormente, a Gerret entrando en el baño, con sus ojos crueles clavados en Luce (que se había envuelto velozmente en una toalla) y Daniel. El segundo miró de reojo a la chica y notó que, como había dicho, replegó sus alas y ya no eran visibles.
Gerret se veía bastante disgustado con la situación, pero no tanto como la noche anterior cuando los había atrapado en el laberinto de setos.
–¿Qué ocurre? –preguntó amenazadoramente bajo.
–Cálmate, Gerret. Escuché al señor Daniel por el pasillo y le pedí que me concediera algunos minutos.
–¿Con qué motivo? –se notaba que desconfiaba de Luce ahora más que nunca.
–Con el propósito de darle a entender los largos años que sin mi amado he tenido que aprender a vivir. Evidentemente mi conducta de anoche es muy reprochable pues no debí alentar tal situación, porque aunque no desconozco completamente los sentimientos que le atenazan, puedo asegurar que no los comparto. –Se volvió hacia Daniel que intentaba no quedarse boquiabierto–. Lo lamento muchísimo si le herí o le di a entender cosas que no ocurren –le sonrió fugazmente; Daniel captó la indirecta.
–El que debería disculparse, señorita, soy yo –dijo, actuando lo más solemnemente que podía–. He abusado de la poca confianza que esa noche durante la amena conversación me cedió. No ignoro las pasiones de la naturaleza humana y sé a ciencia cierta que fue por ellas que las cosas casi llegan tan lejos.
Se inclinó brevemente en señal de despedida, pasó junto a Gerret camino a la puerta y Luce creyó ver que Daniel le guiñaba levemente un ojo. Luego salió, dejando a los dos hermanos a solas.
–Se lo has dicho, ¿cierto? –la acusó.
–¿Me crees capaz de desobedecer a Dios revelándole de buenas a primeras lo que somos? –replicó ella categóricamente.
Gerret no estaba muy convencido de la imagen de inocencia que Luce intentaba dar, sin embargo, habían sido asuntos más urgentes los que solicitaron que fuera a buscarla en primer lugar. Sin decir una palabra, se sacó una carta de la levita y se la extendió a Luce.
–¿Qué es? –preguntó ella con curiosidad reconociendo la apresurada caligrafía del señor Chloster.
–Un aviso. Chester murió.
