12.
Pasaron los días.
Bulma extrañaba con fervor al Saiyajin. Unas semanas después de su partida, confirmó que estaba embarazada —aunque ella no tenía duda alguna—, y se lo contó a sus padres.
—Papá, mamá, tengo que hablar con ustedes —anunció en la cena.
En la cocina era donde más le pesaba la partida del padre de su hijo.
—¿Qué sucede, Bulma? ¿Tienes algún nuevo proyecto en mente? —preguntó su padre.
Sabía que él se refería a proyectos acerca de robots, planos, estructuras y bases de datos, por lo que respondió:
—Algo así, y ya está en marcha.
—¿Has puesto en marcha un proyecto importante? ¿Revolucionarás la industria de la robótica con él? —quiso saber.
—A lo primero sí, a lo segundo no.
Su padre frunció el ceño, confundido.
—Me rindo, ¿puedes contárnoslo?
La chica suspiró.
—Estoy embarazada.
—¡Oh, Bulma! ¡Felicitaciones! —exclamó con alegría su madre, yendo a abrazarla— ¡No sabía que habías vuelto con Yamcha, es espectacular!
Bulma se quedó helada.
—No mamá, no es de Yamcha —negó.
Ahora los padres fueron los que se sorprendieron. No sabían absolutamente nada acerca de los encuentros amorosos de su hija y el Saiyajin, básicamente porque se realizaban cuando ellos no estaban presentes.
—¿Y de quién es, hija? ¿Acaso tienes un novio nuevo que no nos has presentado? —preguntó su madre.
—Algo así, aunque no somos "novios" exactamente...
—Vamos, Bulma, déjate de rodeos y cuéntanos de quién es el bebé —pidió su padre.
—Será un bebé medio Saiyajin... —musitó, sin poder decir el nombre del padre de su hijo.
—¿Estás con Gokuh? —preguntó su madre, sorprendida.
—¡NO, MAMÁ, GOKUH ESTÁ CASADO Y TIENE UN HIJO! —le gritó, cansada.
—¿Entonces? —preguntó.
Era obvio que ninguno podía concebir a Vegeta como posible amante. Nadie podría, excepto ella, que sabía que se ocultaba detrás de su máscara de pura maldad, orgullo y odio.
—Es de Vegeta —les dijo, mirando al suelo.
Se escuchó un silencio sepulcral durante una fracción de segundo, y luego:
—¿¡QUÉ!? —ambos estaban sumamente sorprendidos.
—Vegeta no es lo que parece, para nada, tiene un gran corazón, pero lo sabe ocultar muy bien... —les contó.
—Ay, cariño, ¿es que hasta ahora no has aprendido nada de todo lo que te ha sucedido? Dentro de las personas siempre se esconde un gran corazón, pero detrás de muchas murallas que con esfuerzo se podrán derribar con el paso del tiempo —sermoneó su madre con ojos soñadores. Siempre había confiado en que todo ser vivo tenía un lado bueno y, aunque Bulma sabía que no era tan así, también sabía que muchas personas como Vegeta si cumplían esa norma.
—Lo sé —musitó, soñadora.
Pasados unos meses, ya iba de un lado para otro con el vientre enorme. Bulma llevaba la cuenta de los ocho meses: faltaban cinco, cuatro, tres y medio...
Y, cuando la cuenta llegó a tres días, a ella le faltaba poco más de una semana para tener a su bebé, y tenía el vientre muy abultado; estaba enorme. El niño estaría muy sano.
No podía moverse demasiado, pues acarreaba un gran peso; además, creía que su bebé daba patadas un poco más fuertes que los humanos... así que, por consiguiente, le dolían más —y más en ese momento, que el niño se estaba acomodando para el momento de su nacimiento—, pero lograba ocultar el dolor con una inusitada eficacia.
Bulma rogaba que Vegeta llegara antes de que su hijo naciera.
