Capítulo 12: Mrs. Richardson

Llegó el esperado día en que me salió un contrato en Londres, y apenas llegué fui a visitar a Santana, para aclarar mis sospechas.

Q: oye Santana- dije observando la misma fotografía- sabes quién es la mujer de esta fotografía?

S: La conoces?- se sorprendió- es Mrs Richardson, la mujer de ese tupo tan flamboyant que ves allí, medio Zampado. Ella es de origen mexicano creo, y habla un ingles graciosísimo, te morirías de la risa si la oyes. Estas segura que la conoces?

Q: no, no es la persona que creía- dije, pero estuve totalmente segura que si lo era. Aquello del ingles graciosísimo y su origen "mexicano" me convencieron. Y aunque muchas veces en los cuatro años corridos desde que desapareció de parís me había dicho que era mucho mejor que hubiera sido así, porque aquella chica aventurera había causado ya bastantes desarreglos en mi vida.

Cuando tuve la certidumbre que había reaparecido en una nueva encarnación de su mudable identidad, apenas a cincuenta millas de Londres, sentí un desasosiego, unas urgencias irresistibles de ir a Newmarket y volver a verla. Esa idea era la que no me dejaba pegar el ojo en varias noches que me la pasé en Londres. La idea hacia latir mi corazón cmo atacado de taquicardia.

Me costó buen tiempo y una delicada maraña de insinuaciones y preguntas de apariencia anodina, ir empujando a Santana Lopez a que me llevara a conocer Newmarket.

Newmarket

Q: -estaba muy ilusionada y emocionada pues había la posibilidad de ver a la señorita mil caras otra vez- Como son las gentes aca? En que casa viven? Que rituales y tradiciones los rodean? Que relaciones tienen los propietarios, jockeys y preparadores?

S: jajaja veo que estas emocionada- respondía cada una de mis preguntas mientras caminábamos por el recinto.

Q: Qué interesante, mujer! –aplaudía a todo lo que me contaba poniendo una cara entusiasmada- que suerte que hayas podido conocer por dentro un mundo así, hermana.

Ese día había una subasta de caballos de cierre de temporada y, luego, conocí a un criador italiano casado con una inglesa, el signar Ariosti, el cual daba una cena en su casa a la que invitó a Santana. Ella preguntó si podía llevar a una amiga y aquel dijo que encantado.

Los 17 días que debí esperar para que llegara aquella fecha los recuerdo como unas nubelosas con súbditos ataques de sudor frio y exaltaciones de adolescente, imaginando que iba a ver a la peruanita, y unas noches insomnes en las que no hacia otra cosa que recriminarme: era una imbécil reincidente por seguir enamorada de una loca, de una aventurera, de una mujercita sin escrupulos con la que ninguna persona, y yo menos que cualquier otra, podría mantener una relación estable, sin terminar pisoteada. Pero, en los intervalos de esos soliloquios masoquistas, sobrevenian otros, de alegría e ilución: ¿habría cambiado mucho? ¿Conservaría esa manerita atrevida que tanto me atraía, o vivir en el mundo estratificado de los caballistas ingleses la habría domesticado y anulado? Por un momento se me vino la idea que Mrs Richardson era efectivamente nada más y nada menos que una pinche señora de origen mexicano.

Cena

Al llegar el día de la cena, nada más al entrar a la suntuosa mansión del signar Ariosti, sentí que de golpe se me secaba la garganta y que me dolían las uñas de las manos y pies. Ahí estaba, a menos de diez metros, sentada en el brazo de un sofá, con una larga copa en la mano. Me miraba como si no me hubiera visto nunca en la vida.

R:- antes de que yo pudiera dirigirle la palabra o acercarle la cara para besarle la mejilla, me estiró una mano desganada y me saludó en inglés- how do you do?- Y, sin darme tiempo a responderle me volvió la espalda y se enfrascó de nuevo en la charla con la gente que la rodeaba- and my father used to carry me as a child, to the city of mexico, every week, to a concert or an opera.

Ella no había cambiado mucho en estos cuatro años. Tenía siempre la fachita esbelta, bien formada, de cintura estrecha, las piernas torneadas y los tobillos tan finos y tan quebradizos como las muñecas. Se había aclarado el pelo y lo llevaba más largo que en París, su maquillaje más sensillo y natural. Vestía una falda muy corta y una blusita escotada que dejaba al aire sus lindos hombros lisos y sedosos. Divisé su anillo de casada en el anular de su mano izquierda, a la manera protestante. Mister Richardson, a quien Santana me presentó en la sala contigua, era un sesentón exuberante, con una camisa amarilla eléctrica y un pañuelo del mismo color que rebalsaba sobre su elegantísimo traje azul. Santana me explicó que era un hombre muy rico, que pasaba parte del año haciendo negocios en asia, pero que el norte de su vida eran los caballos.

Pese a mis esfuerzos , no conseguí en el cursos de la larga noche cambiar palabra con Mrs. Richardson. Cada vez que me le acercaba, ella se alejaba, con el pretexto de ir a saludar a alguien, llegarse al buffet o al bar o poniéndose a secretearse con una amiga.

A eso de las dos de la mañana, cuando la gente comenzaba a despedirse del signor Ariosti, en un súbdito arranque al que debieron incitarme las numerosas copas de champagne que llevaba encima, me aparté de una pareja que me interrogaba sobre mis experiencias como interprete profesional y esquivé a mi amiga Santana Lopez y crucé el salón hacia el grupo donde estaba Mrs. Richardson. La cogí del brazo con fuerza, y, sonriéndole, la obligué a apartarse de quienes la rodeaban.

R:- me miró con un desagrado que le torció la boca y le oí proferir las primeras palabrotas desde que la conocí- SUELTAME, FUCKING BEAST- murmuró entre dientes- Suéltame, me vas a meter en un lío.

Q: -la tome bruscamente por la cintura y le dije- si no me llamas por teléfono, le diré a Mister Richardson que estas casada en Francia y que te persigue la policía de Suiza por vaciar la cuenta secreta del señor Arnoux- y le puse en la mano un papelito con el teléfono de la casa de Santana en Earl's Court.

R: -después de un instante de pasmo y mudez, lanzó una carcajada abriendo mucho los ojos- oh my god! You are learning niña buena- exclamó, reponiéndose de la sorpresa, con un tonito de aprobación profesional.

Dio la vuelta y regresó al grupito del que yo la había arrancado.

Dos días después

Estuve segurísima de que no me llamaría. Yo era una testiga incomoda de un pasado que ella quería borrar a toda costa; si no, jamás hubiera actuado como lo había hecho toda la noche, esquivándome de esa manera. Sin embargo, me llamó a la casa de Santana, dos días después, muy temprano. A penas pudimos hablar porque, como solía hacerlo antaño, se limitó a darme órdenes. Me citó a las tres en el Russell Hotel, pidiéndome puntualidad inglesa.

Russell Hotel

Estuve allí con media hora de anticipación. Me sudaban las manos y respiraba con dificultad. Ella llegó con unos minutos de atraso, vestida con un trajecito sastre de gamuza color malva, unos zapatitos y una cartera de cocodrilo negros, un collar de perlas de una vuelta y en las manos, un solitario que relampagueaba.

R: -sin saludarme, sin sonreir, ni estirarme la mano, se sentó en el asiento frente a mí, cruzó las piernas y comenzó a reñirme- La otra noche hiciste una estupidez que no te perdono. No debiste dirigirme la palabra, no debiste cogerme del brazo, no debiste hablarme como si me conocieras. Has podido comprometerme, ¿no te dabas cuenta que tenías que disimular? ¿Dónde tienes la cabeza, Quinnie?

Q: -le sonreí- estas preciosa- le dije hablando con cierta dificultad, debido a la emoción- Más todavía que hace cuatro años, te perdono tus insultos de la otra noche y tus majaderías de ahora, por lo linda que estas. Y, además, por si quieres saberlo, sí, todavía sigo enamorada de ti. A pesar de todo. Loca por ti. Más que nunca antes. ¿ te acuerdas de la escobillita que me dejaste de recuerdo la última vez que nos vimos? Es esta. Desde entonces la llevo conmigo a todas partes. Me he vuelto una fetichista por ti. Gracias por estar tan linda.

R:-no se reía, pero sus ojos color miel oscura había brotado la lucecita irónica de épocas pasadas, cogió la escobillita, la examinó y me la devolvió- no sé de qué me hablas- Despues de observarla de pies a cabeza, con deseo, ella dejó que le cogiera las manos y se las besara, pero con su proverbial indiferencia, sin hacer el menor gesto de reciprocidad- ¿iba en serio tu amenaza de la otra noche?- me preguntó al fín.

Q: muy enserio- le dije, besándole, dedo por dedo, las junturas, el dorso, la palma de cada mano- con los años me he vuelto como tú. Todo vale para conseguir lo que uno quiere. Son tus palabras niña mala. Y yo, lo sabes de sobra, lo único que de veras quiero en este mundo eres tú.

R:- zafó una de sus dos manos de las mías y me la pasó por la cabeza, despeinándome, en esa semicaricia un poco compasiva que ya me había hecho otras veces- no, tú no eres capaz de esas cosas. Pero sí, debe ser cierto que todavía estas enamorada de mi- pidió té con scones para las dos – Sabes, marido es un hombre muy celoso, y lo peor, enfermo de celos retrospectivos. Husmea en mi pasado como un lobo rapaz. Por eso, estoy obligada a ser muy cuidadosa. Si hubiera sospechado la otra noche que nos conocíamos, me habría hecho una escena.

Q: no habría podido decirle nada de tu pasado de todos modos- la tranquilicé- porque la verdad, todavía no tengo la menor idea de quien eres tú.

R: jajajaja!- rió y a continuación dejó que le cogiera la cabeza con mis dos manos y le juntara los labios. Bajo los mios, que la besaban con avidez, con ternura, con todo el amor que le tenía, los suyos permanecieron inconmoviles.

Q: No sabes cuánto te deseo en este momento- le susurré en el oído, mordisqueándole el borde de la oreja- estas más bella que nunca, te quiero, te deseo con toda mi alma, con todo mi cuerpo en estos cuatro años no he hecho otra cosa que soñar contigo, que quererte y desearte. Y también maldecirte. Cada día. Cada noche. Todos los días.

R: -luego de un momento, me apartó con sus manos- tú debes ser la última persona en el mundo que todavía dice esas cosas a las mujeres… ¿Qué huachaferías me dices Quinnie?!

Q: lo peor de todo es que siento esas huachaferías, sí son verdad. Tú me conviertes en un personaje de telenovela. Nunca las he dicho a nadie más que a ti.

R: No debe vernos así nadie, jamás- dijo de pronto, cambiando de todo, ahora muy seria- Lo último que quisiera es una pataleta de celos del pesado de mi marido. Y ahora, tengo que irme, Quinnie.

Q: tendré que esperar otros cuatro años para verte de nuevo?

R: el viernes, aquí mismo. Tomaré un cuarto a tu nombre. No te preocupes bonita, lo pagaré yo. Traeré algún maletín, para disimular.

Q: muy bien, pero yo misma me pagaré la habitación.

R: Claro! Jajajaja tu eres toda un "caballero" femenino y "los caballeros" no aceptan dinero de las mujeres- me pasó la mano por la cabeza y esta vez yo se la cogí y besé- ¿creías que iba a ir a acostarme contigo en ese cuchitril que te ha prestado tu maloliente amiga en Earl's Court? Todavía no te has dado cuenta que ahora estoy at the top?

Un minuto después se había ido, luego de indicarme que no saliera del hotel antes de un cuarto de hora, porque con David Richardson todo era posible, incluso que la hiciera seguir cada vez que venía a Londres por uno de esos detectives especializados en adulterios.

Esperé los quince minutos y, luego, en vez de tomar el metro, di un larguísimo paseo bajo en cielo encapotado y amagos de una lluviecita menuda. Fui hasta trafalgar Square, crucé St. James park, Grenn park, oliendo la hierba mojada y viendo gotear las rasmas de los gruesos robles, bajé casi todo Brompton Road y una hora y media después llegué a la media luna de Philbeach Gardens, fatigada y feliz.

Me preguntaba a mi misma… ¿Cómo era posible que volver a verla después de tanto tiempo te transtornara así, Quinnie? Porque, todo lo que había dicho era cierto: seguía loca por ella. Me bastó verla para reconocer que, aun a sabiendas de que cualquier relación con la niña mala estaba condenada al fracaso, lo único que realmente deseaba yo en la vida con esa pasión con que otros persiguen la fortuna, la gloria, el éxito, el poder, era tenerla a ella, con todas sus mentiras, sus enredos, su egoísmo y sus desapariciones.

Viernes

Ese día, cuando llegué al Russel Hotel, con un maletín de mano, el recepcionista, me confirmó que la habitación estaba reservada a mi nombre por el día. Ya había sido pagada. Añadió que "mi secretaria" les había advertido que yo vendría de París con cierta frecuencia y que, si era así, el hotel vería la forma de hacerme un precio especial, como a sus clientes fijos.

La niña mala llegó media hora después que yo, envuelta en un entallado abrigo de cuero, un sombrerito que le hacía juego y unos botines hasta las rodillas. Además del bolso, llevaba un cartapacio lleno de cuadernos y libros de cursos de arte moderno.

Q: y esos cuadernos?

R: llevo un curso de arte, lo llevo tres veces por semana en Christie's –cuando por fin se dignó a mirarme, ya la tenía yo en mis brazos y había comenzado a desvestirla- ten cuidado!- me instruyó- No me vayas a arrugar la ropa.

La desnudé con todas las precauciones del mundo, estudiando, las prendas que llevaba encima, besando con unción cada centímetro de pues que aparecía a mi vista, aspirando el aura suave, ligeramente perfumada, que brotaba de su cuerpo. Sentía deseo, emoción, ternura, mientras besaba sus empeines, sus axilas fragantes, los insinuados huesecillos de la columna de su espalda y sus nalgas paraditas, delicadas al tacto como el terciopelo. Le besé los menudos pechos, largamente, loca de dicha.

R: mmmff no te habías olvidado lo que me gusta, niña buena- me susurró al oído

Y, sin esperar mi respuesta, se puso de espaldas, abriendo las piernas para hacer sitio a mi cabeza, a la vez que se cubría con los ojos del brazo derecho. Sentí que comenzaba a apertarse más y mejor de mí, del Russell hotel, de Londres, a concentrarse totalmente, con esa intensidad que yo no había visto nunca en ninguna mujer, en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis labios habían aprendido a darle. Lamiendo, sorbiendo, besando, mordisqueando su sexo pequeñito, la sentí humedecerse y vibrar. Se demoró mucho en terminar. Pero qué delicioso y exaltante era sentirla ronroneando, meciéndose, sumida en el vértigo del deseo, hasta que, por fin, un largo gemido estremeció su cuerpecito de pies a cabeza.

R: ven ven, vamos entra-susurró, ahogada

Q: -hundí mis dedos en su sexo con felicidad- haz salido de la inercia con la que te dejó el orgasmo…

R: Me aplastas!- se quejó, retorciéndose, tratando de zafarse de mi cuerpo.

Q: -con mi boca, pegada a la suya, le rogué- Por una vez en tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber cómo suena, siquiera una vez-le acaricié los pechos, besaba su abdomen- porque nunca me has dado el gusto, diciéndome esa pequeña mentira al oído… ¿no se la has dicho tantas veces a tantos?

R: por eso- me respondió en el acto, sin piedad- yo nunca he dicho "te quiero", "te amo", sintiéndolo de verdad. A nadie. Sólo he dicho esas cosas de a mentiras. Porque yo nunca he querido a nadie, Quinnie. Les he mentido a todos, siempre. Creo que a la única persona a la que nunca le he mentido en la cama, has sido tú.

Q: vaya, viniendo de ti, eso es toda una declaración de amor. ¿Has conseguido por fin eso que has buscado tanto? ¿Ahora que estas casada con un hombre rico y poderoso?

R: -una sombra veló sus ojos y su voz se empañó- sí y no. Porque, aunque ahora tengo seguridad y puedo comprarme lo que quiero, estoy obligada a vivir en Newmarket y a pasarme la vida hablando de caballos- lo dijo una amargura que parecía salirle del fondo del alma, y luego, de pronto, se sinceró conmigo de una manera inesperada, como si pudiera ya guardar adentro todo aquello- Odio a los caballos con todas mis fuerzas y también odio a todas mis amistades en Newmarket y todo lo que tenga que ver con los equinos, malditos engendros que son el único tema de conversación y preocupación de esa horrible gente que me rodea. Toda esta vida esta consiguiendo amargarme los días, y hasta las noches… últimamente tengo pesadillas con esos malditos caballos. Ahora estoy siguiendo cursillos de historia del arte en Christie's y Sotheby's, a tomar clases de arreglos florales y hasta sesiones de yoga y de meditación trascendental en un asharam de Chelsea… todo con tal de distraerme un poco de estos estragos psicológicos que me causa la hípica.

Q: vaya vaya niña mala –me burlé yo, encantada de oír lo que me contaba-¿descubriste que no siempre el dinero es la felicidad?¿tengo esperanzas, pues, de que un día de estos despidas a Mister Richardson y te quedes conmigo? París es más divertido que el infierno caballuno en el que estas.

R: no tengo ganas de bromear, mi disgusto por Newmarket es mucho más grave de lo que te parece, es un verdadero trauma- dijo por último, antes de quedarse dormida entre mis brazos.