No es tan largo como me gustaria, pero aqui lo tienen. Capitulo 11.


Bajo la luz anaranjada del ocaso, dos figuras femeninas se recortaban en el horizonte. El calor del desierto comenzaba a amainar y un manto de frío descendía inexorablemente. Hacía tres días que Armide había dejado el castillo de Jareth, sola. Saemos se había quedado esperando por el libro, Esdras había desaparecido luego de la noche en el Laberinto y Jareth, bueno, ella no había vuelto a hablar con él luego del lamentable espectáculo, también conocido como duelo.

Estaba molesta, muy molesta, un tanto halagada, confundida, pero molesta. A veces pensaba que ella se había inventado todo, las palabras de Jareth, su actitud. Armide sabía que Jareth tenía cierto poder sobre el Laberinto, ella sabía que el mismo Laberinto era una entidad propia, pero no estaba segura de si era una extensión del rey. Aquello que sucedió entre las paredes cambiantes había dejado desconcertada a la chica tanto o más que la escena de "celos" del monarca durante el duelo.

Oracle estaba diciéndole algo, pero ella no prestaba la más mínima atención. Su mirada estaba fija en la figura de piedra recortada entre las dunas. Ensimismada en sus pensamientos, no notaba el frío creciente.

-Armide. Estoy hablándote.-

-Lo siento. ¿Qué decías?- Se excusó la joven.

-Mañana mismo ordenaré a Jareth y Saemos regresar, deben de permanecer unidos, sólo así lograran averiguar algo.- La voz de la mujer era suave, como la de una maestra de preescolar explicando algo, totalmente banal para un adulto, a un niño pequeño. Sin más, se fue desvaneciendo hasta desaparecer por completo entre las arenas movedizas del desierto.

Durante todo el camino, la muchacha reflexionó sobre la revelación de la mujer oráculo. Era bastante acertada, su misión había sido comunicada estando los tres juntos, juntos descubrieron que Armide poseía la Guía del Viajero, juntos habían encontrado la mina y el símbolo, obviamente juntos deberían encontrar respuestas sobre el sello de la Familia Real.

Aún así, había algo que a la chica no le terminaba de cuadrar. Algo faltaba. Eso era evidente. Murmurando para sí, absorta en sus pensamientos Armide se abrió camino hacia su lugar de reflexión. El jardín interior de la fortaleza.

Iba con la cabeza gacha cuando el cuerpo de la muchacha colisionó con otro, mucho más firme y un poco más grande. Pensando que se trataba de uno de los pocos guardias (que Adiba porfiaba en mantener siempre alerta) se disculpó sin siquiera mirarlo y prosiguió con su camino.

-Te estás volviendo descuidada, Armide.-

La muchacha se paró en seco. Giró sobre sus talones. Y lo vio.

Esdras estaba parado, exactamente en el mismo lugar donde ella lo había chocado. Sus brazos cruzados sobre su pecho, los evidentes músculos relajados. Llevaba una cola de caballo baja y una media sonrisa en los labios. Sus ojos celestes brillaron con calidez por unos segundos, luego volvieron a ser dos orbes de hielo.

El cuerpo de Armide se movió por cuenta propia. Con pasos rápidos y decididos acortó la distancia que los separaba, para rodearle el cuello con sus brazos. Por fin una cara conocida en ese mar de gente en túnicas y armaduras. Al principio él no hizo nada, pero tímidamente rodeó con uno de sus brazos la cadera de la chica y la apretó contra sí. Luego de unos segundos la soltó nuevamente.

-No voy a preguntar qué haces aquí. Creo saber la respuesta.- Se encogió de hombros Armide.

-No. Dudo que imagines mis motivos pequeña.- Comentó el asesino sonriendo socarronamente.

Esta vez no hubo nombre propio. La muchacha se sintió un tanto rebajada, de los tres hombres que había conocido en su travesía extraordinaria, Esdras era el único que la había tratado como igual desde el principio. No había sido "Armide" con tono severo, como los padres suelen decir cuando estamos en apuros. No había sido "Señorita Armide" con tono cortés, demasiado respetuoso, como si fuera una noble princesa. Había sido simplemente "Armide", no seco pero tampoco adornado, plana y llanamente Armide. Saliendo de su confusión mental y de sus divagues, cambió la expresión.

-Bueno, si te interesa hablar de eso, me interesa escucharte. Estaba de camino a los jardines interiores...- Comentó ella, como si no le hubiera impactado el minúsculo cambio en el trato de Esdras para con ella. Él asintió y se dirigieron a su lugar favorito. Quizás Armide no lo supiera, pero a Esdras le encantaba aquel jardín. Para la chica la cosa más hermosa era el árbol central, para él, era una hermosa flor exótica con espinas, cuyo color denotaba la capacidad de poseer alguna toxina mortal.


Jareth se paseaba de un lado a otro de la sala de trono. Esquivando porquerías, gobilns y gallinas. Tratando de pensar, o mejor dicho, tratando de no pensar entre aquel revoltijo que eran sus leales súbditos. Hoy, sólo Landar lo observaba pensativo. Si estuviera de mal humor hubiera mandado a todos de paseo, que, traduciéndolo a hechos era Jareth gritando y enanos verdes volando por los aires.

A simple vista no es nada raro, después de todo tiene que gobernar todo un reino y un reino de criaturas no muy inteligentes, ni ordenadas. Eso no era lo que llamaba la atención del General. Era la curiosidad, en todo el tiempo que él llevaba conociendo a su Rey, jamás lo había visto tan perturbado. No era el vaivén de su caminar, ni su casi automático jugueteo con las esferas de cristal. Era su total aislamiento de lo que lo rodeaba y la manera vertiginosa de las esferas al rodar entre sus dedos. Era la mirada centrada en un punto y su cuerpo tenso mientras caminaba. Pero también era la falta de violencia y su presencia soberana.

Cruzado de brazos y apoyándose en la pared adyacente a la del trono, Landar seguía con la mirada a Jareth. Mientras recordaba el momento en el que él había llegado a formar parte del Reino, para un ser tan prepotente y autoritario Jareth tiene una cláusula bastante curiosa. "Cualquier persona que desee obtener la ciudadanía, deberá resolver el Laberinto. Una vez completada la prueba dicha persona formará parte del Reino de los Goblins. " Obviamente que Landar tenía bien sabido que el Laberinto es diferente para cada persona, y presenta retos diferentes según el carácter y habilidades de cada quien. No era nada fácil, a algunos les costaba años, décadas y otros todavía seguían intentándolo. Tan sumido estaba el General en sus pensamientos que no notó el cambio de actitud de Jareth. Quien se dirigía hacia él.

-¿Dónde está ese condenado elfo?- Preguntó entre dientes el monarca, sobresaltando a su subordinado.

-En la biblioteca, su majestad.- Le contestó Landar, enderezándose.

-Ve a por él. Dile que nos vamos.- Sin decir más desapareció, en su característico vortex plateado.

El cambio brusco en el ambiente logró terminar de descomponer la atmósfera de caos de los pequeños diablillos, excitándolos sin razón aparente y volviendo todo un caos, que, Landar no pudo manejar.

Para cuando el Rey y el elfo volvieron a la sala del trono, había substancias desconocidas chorreando de las paredes, enanos volando por los aires producto de un nuevo deporte. Si es que colgarse de los candelabros y volar por los aires cae en dicha categoría. Landar luchaba con 6 goblins que trataban de trepársele encima. Uno prendido de su pierna izquierda mientras uno colgaba de su brazo derecho. Dos en el torso prendidos de los tirantes de la armadura de cuero. A uno lo tenía agarrado de una pata, colgando boca abajo mientras aparentemente el enano maldecía. El sexto colgaba del brazo izquierdo tratando de salvar a su compañero.

Antes de que Jareth pudiera decir palabra y ante la atónita mirada de Saemos, quién jamás había presenciado tal desbarajuste, un portal mágico se abrió en el centro de la habitación. Los goblins se abrieron cesando su murmullo y actividades. Landar se sacudió sus contrincantes para adoptar una pose expectante. No había ningún viaje programado y menos uno cuya puerta se abriese en la sala del trono. Era una falta de educación entrar sin ser anunciado.

Del portal dos figuras emergieron. Un hombre y una mujer.

Sorprendentemente la mujer se desmayó en brazos del hombre ni bien sus cuerpos hubieron emergido completamente.

-¡Armide!-Jareth exclamó con un gruñido gutural.

-¡Señorita Armide!- Coreó el grito preocupado de Saemos.

Ambos corrieron a su encuentro, el elfo gentilmente colocó su mano sobre la sien de la muchacha.

-Está viva, pero su mente está lejos. Pende de un hilo-

-Llévenla a sus aposentos.- Fue todo lo que Jareth dijo.

Los días siguientes transcurrieron lentamente. Un clima solemne se respiraba dentro y fuera del Castillo más allá de la Ciudad de los Goblins. Saemos se había acomodado en una silla junto a la cama de Armide y sujetaba su mano inánime. Como si estuviese rezando, de a ratos murmuraba palabras en élfico. Esdras aparecía de vez en cuando y se quedaba de a ratos mirándola desde un rincón. Jareth aparecía y se recostaba al marco de la puerta con semblante serio. Sin decir palabra a no ser para pelear con Saemos, quien no levantaba siquiera la vista de la joven, con el ceño fruncido. Luego de un rato el monarca se iba en silencio.

Las ventanas permanecían cerradas pero descubiertas para dejar entrar el resplandor. El Sol se había ocultado detrás de las nubes y se rehusaba a salir.

Al segundo día, Oracle apareció en la habitación de la chica y apartó al joven elfo con desaprobación. Con suavidad acarició el rostro de Armide, su semblante serio y preocupado.

-¡Pero si la gran oráculo ha llegado!- Se mofó Jareth.

-Cállate insolente. Respeta la convalecencia de la única persona que puede redimirte.- Fue la respuesta furiosa de la mujer. El monarca tragó en seco y bajo la cabeza.

-En cuanto a ti, Saemos, debiste haberme consultado.- Oracle se giró hacía el muchacho con aires reprobatorios quien se limitó a asentir. Luego de que la mujer se fuera todos volvieron a su lugar.

En sus aposentos. Jareth caminaba de un lado a otro preguntándose por qué Armide no lo había llamado aún. Siempre que ella caía en el oblivion lo llamaba, de manera instintiva e involuntaria, le constaba pero lo llamaba de todas formas. Estaba preocupado, por supuesto que sí, exactamente no se admitía los motivos pero en el fondo, muy en el fondo ya los sabía.

Le molestaba la presencia del asesino, pero no podía echarlo. Saemos estaba demasiado pegado a Armide y era imposible separarlo. La incertidumbre lo carcomía desde dentro. Además Landar lo estaba observando demasiado cerca y eso no le gustaba. Se supone que el escrutinio lo ejecutaba él. Él era el que ponía a prueba a sus súbditos, no viceversa. Él era el que examinaba, observaba, juzgaba y ahora sentía que todo el mundo tenía su vista clavada en él. Estaba inquieto, si. Nervioso, si. La situación era insostenible. No podía dormir, aunque ya era entrada la noche pero tampoco iba a quedarse dando vueltas en la habitación.