Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 12
Rojo
Bella cogió la botella de whisky de la sala y se sirvió una copa con mucho hielo. El líquido amargo no fue suficiente para todo lo que le estaba ocurriendo en ese minuto. Necesitaba sacarse a Félix Lewis de la cabeza.
Nunca fue un tema para Aro y para ella. Tenía dieciocho años en aquel entonces y había sido en defensa propia. Lewis tampoco era un pan de Dios, su currículum personal era bastante variado; meterse en la cama con las modelos más antiguas, coquetear con las más jovencitas. Él fue quién la contrató y ofreció una cantidad desvergonzada de dinero para que fuese parte de la agencia. Ella aceptó desesperada por dejar de ser la mantenida de sus padres.
Estaba Jane de por medio. Amigas desde la secundaria. Cuando esta le comentó que su padre y el mejor amigo pretendían poner una agencia de modelaje, vio en ella su oportunidad para triunfar. Había deseado tanto ser modelo desde que tenía catorce años.
Pero ese sueño solo fue el comienzo de su pesadilla. Joven, demasiado ingenua y confianzuda, permitió los coqueteos, las palabras bonitas, los aumentos de sueldo. Todo con una sonrisa, siempre pensando que lo hacía porque le gustaba cómo hacía su trabajo. Pero entonces Lewis comenzó a exigir su recompensa. Y los coqueteos, las seguidillas, las llamadas a media noche, comenzaron a alarmarla.
Joven e inexperta. Joven y demasiado estúpida. Pensó.
Se dejó llevar por muchas cosas.
Si tan solo nunca lo hubiese concedido.
Si tan solo nunca hubiese llegado la fiesta de fin de año, hace más de trece años.
Cuando, con un solo trago dulce, ella había empezado a hiperventilar. No recuerda mucho salvo el día después de esa tragedia. La fiesta fue en casa de Félix y su esposa, y no estaba segura de cómo llegó al estudio de Lewis. Las voces fueron demasiado débiles y lejanas, y los labios de su jefe estaban controlando su cuello. Intentó alejarse, pero él la interceptó.
Bella forcejeó. Eso es lo único que recuerda. Sus brazos le empujaban y ella no gritaba, porque estaba drogada. Ahora entiende que estaba drogada.
Lewis tenía una pistola en el pantalón. Y hasta el día de hoy, Bella siempre creyó que, si en ese minuto hubiese seguido insistiendo en negarse a sus caricias, Félix la hubiese matado. Pero no lo hizo.
Ella lo hizo.
Bang.
Hay un momento después del disparo, que se imaginó que la bala le había alcanzado a ella. Estaba tan ida, tan fuera de sí. No supo cómo cogió su pistola del pantalón. Él también estaba borracho y drogado, porque sus manos estaban torpes y sus piernas apenas le sostenían el cuerpo. De modo que, si comparamos la fuerza de él sin sus cinco sentidos, es bastante probable que hubiesen estado al mismo nivel.
Todo el mundo estaba celebrando en el jardín trasero, y cuando pretendía ponerse a gritar de horror, Aro Vulturi estaba en la puerta mirando la escena del crimen con los ojos saliéndosele de las órbitas.
—¡QUÉ HICISTE, ISABELLA! ¡QUÉ HICISTE! —gritó. Agitó los brazos y se llevó las manos a la cabeza. Él la sostuvo del brazo en algún momento, mientras gotas de sudor recorrían su rostro— ¡SAL DE AQUÍ! ¡SAL DE AQUÍ!
Bella pensó que Aro la había salvado, pero eso no era cierto. Si ella se hubiese quedado allí esperando a que la gente empezara a darse cuenta que había un cadáver y que la presunta asesina estaba con pistola en mano, terminaba desprestigiando su trabajo. ¿Cómo iban a surgir, si una de las modelos había matado al jefe?
Lo que ocurrió luego, con los meses… es una larga historia. La misma historia que la mantiene hoy aquí, bebiendo whisky caro, oliendo a perfumes de marcas prestigiosas y con las uñas recién hechas. Trece años más tarde, a sus treinta años, a veces todavía sueña que vuelve a los dieciocho.
A veces todavía escucha el Bang de la pistola.
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Edward entró al recibidor asegurándose de que Isabella no se diese cuenta. Ella traía la copa de whisky apoyada en los labios, mirando hacia la nada. Estaba estática, pálida como siempre, pero hermosa. Llevaba el cabello recogido esta vez en un moño despreocupado, y lápiz labial rojo en su boca, el mismo que probó por sí mismo.
Nunca, jamás le gustó tanto un labial rojo.
Desde que había ocurrido eso en el despacho de su padrino, no había podido quitársela de la cabeza, y sabía que eso no era correcto, sobre todo para él. Kate le había sido infiel de tal manera que terminó responsabilizándolo con un hijo que no le pertenecía, pero que amaba con la vida. Sabía el dolor y la traición que eso conllevó. Y no se lo deseaba a nadie. Entonces ¿por qué había besado a una mujer casada? ¿Por qué tenía pensamientos viciosos con aquella mujer de la mirada triste?
—¿Estás así por nuestra conversación pendiente o por otra cosa que no puedo saber?
Bella saltó en su lugar, casi desbordándosele la copa de whisky. Miró a Edward desde su distancia, que era poca, y suspiró.
—Justo pensaba en llamarte… para que habláramos.
Este abrió sus brazos, totalmente entregado.
—Aquí me tienes. —dijo— Soy todo tuyo.
Sabía a lo que se refería, pero no pudo evitar pensar a qué sentido lo decía.
—Tú entiendes la gravedad de la situación ¿verdad? ¿Sabes quién soy?
—Isabella Vulturi y no es necesario que me digas con quién estás casada porque lo sé perfectamente.
Bella miró hacia la puerta, asegurándose de que nadie viniese.
—Nos besamos en el despacho de Aro. —murmuró— ¿No te parece suficiente?
—¿Lo fue para ti?
Se le revolvió el estómago, el calor empezó a subir por su cara y le odió un momento. ¿Qué tenía ese hombre? ¿Por qué la perturbaba tanto? ¿Por qué, maldita sea, tenía la sensación de que su cuerpo enloquecía cuando lo tenía cerca?
Sacudió la cabeza.
—Esto…
—No se puede volver a repetir.
—No. —contestó ella— Esto es peligroso y te voy a pedir que te mantengas alejado de mí, lo más que puedas.
Edward asintió.
—Es lo mejor, estoy de acuerdo.
—Sí.
Respiró hondo.
Y Dios, fue ella quien hizo el primer movimiento.
En el recibidor, con la puerta abierta, la luz encendida y con Alice deambulando por alguna parte, ella cerró la distancia y lo besó. Envolvió sus brazos alrededor del cuello, a sabiendas de que era un error garrafal. Su mente se lo decía, se lo repetía una y otra vez. Esto está mal, detente, esto está mal. Pero sus labios sabían tan bien y él besaba tan bien. Edward respondió al beso apenas sintió que ella se movía primero. Apretó sus manos alrededor de sus caderas, luego encima de su trasero y ni siquiera así era suficiente. Necesitaba más, ansiaba más.
Esta mujer lo volvía loco.
Le apartó el pelo y cogió su cabeza en el mejor ángulo posible. Sus labios temblaban de excitación y le mordió la boca una y otra vez con cada jadeo que recibía en respuesta.
—Esto está mal. —susurraba ella.
—Muy mal, muñeca, muy mal. —contestó él, volviendo a su tarea.
Muñeca… Bella era una muñeca. Una muñeca incapaz de alejarse. Una muñeca de trapo.
Intentó zafarse sin éxito, y terminó descansando la cabeza en la frente de él.
—Esto es absurdo y lo sabes.
—Nunca debiste besarme, en primer lugar.
—Demonios. —se quejó.
Edward se rio.
—¿Cuántos secretos más voy a guardar por ti? ¿eh? Ya van tres.
Ella lo miró con descaro, y se alejó sin decir palabra. Estaba cruzada de brazos, con los labios entreabiertos, y Edward hubiese querido tener un par de ellos para poder besarlos por la noche, en su cama, a la hora que sea.
Bella le apuntó con el dedo.
—Ni una palabra de est…
—No me conviene, Isabella. ¿Por quién me tomas?
Se miraron por un largo tiempo, a una buena distancia, como si no acabasen de comerse la boca a besos. Negó con la cabeza una y otra vez, sintiendo ese hormigueo ridículo en el estómago. Fue ella quien abandonó el lugar antes de cometer otra locura. Y aunque luchó para que no sucediera, no pudo evitar que una sonrisa se asomara en sus labios en la puerta del recibidor, cuando Edward ya no podía mirarla.
Después de tanto tiempo, Bella estaba sonriendo de verdad.
¿Cómo irá a terminar todo esto?
mmmm
Mil gracias por sus apreciaciones para el fic, los leo a cada uno de ustedes siempre.
Que tengan una linda noche!
Besos y hasta muy pronto.
