11. Descubrir, saber, conocer.

Las horas pasaron. Quizá se había dormido. O quizá no. Eso no suponía ninguna diferencia.

Bella miraba el techo de la habitación, sin saber si estaba completamente despierta o cruzando la barrera del sueño. Todo parecía confuso y borroso, pero había estado así desde que Alice la había cogido en sus brazos y se la había llevado a un sitio que conocía muy bien.

Ah, la casa de los Cullen. Había pensado que jamás volvería a ese lugar. Absolutamente nada había cambiado; era como si, allí dentro, el tiempo se detuviese. Puede que tuviese que ver con el hecho de que era la residencia de siete vampiros inmortales.

Y tal vez ahora, la tumba de una humana.

Alice no le había dirigido la palabra. La guió hasta un sofá –sin brusquedad, casi con delicadeza-, la sentó y desapareció. Un rato más tarde, que podría haber sido unos minutos o una hora, regresó con un vaso de agua y un bocadillo. Extraño. No se da de comer a alguien que va a morir pronto.

Bella se sentía incapaz de comer, pero apuró el vaso hasta la última gota. Después se reclinó en el respaldo, devolviendo la mirada a Alice. La vampira no había vuelto a irse; se había sentado en una silla y la observaba con la misma intensidad que la chica humana a ella. Ninguna de las dos retiró la vista: no era una competición; Bella se sintió como si ambas intentases desentrañar un complicado enigma en los ojos de la otra.

Y eso es lo que estaba intentando hacer. Mirando los ojos dorados –un poco más oscuros hoy que de costumbre-, quería descubrir las respuestas sobre todo. ¿Por qué le hacían esto? ¿Por qué ella? ¿Por qué?

Pero los ojos dorados sólo le devolvieron un profundo vacío.

Bella parpadeó para salir del ensalmo y apartó la vista, hastiada. Estaba claro que no iba a conseguir ninguna respuesta de ella. Curiosamente, fue eso lo que hizo reaccionar a Alice.

-No me mires así, Bella –dijo en tono átono-. Sólo pasó lo que tenía que pasar. Tu vida nos pertenecía desde que te vinculaste a Edward.

-Me debía perder la letra pequeña del contrato –replicó Bella ácidamente. No tenía miedo. No ahora, que no tenía nada que perder.

La pequeña chica de pelo negro se limitó a mirarla. Puede que no supiera qué contestar, o no lo considerase necesario. Seguramente sería lo último. En cualquier caso, Bella no pensaba seguir callando.

-Vosotros… Charlie está así por vuestra culpa, ¿verdad? Jamás pensé que pudieseis llegar tan lejos. Pensaba que teníais sentimientos, que no erais monstruos sedientos de sangre –hizo una pausa. Alice había entornado los ojos-. Me mentisteis en eso también, supongo. Todo eran mentiras.

No sabes de lo que hablas, Bella –la cortó Alice, con la misma voz neutra que había usado todo el tiempo-. Charlie estará bien. Se recuperará sin secuelas, excepto por una leve que cojera. No debes preocuparte por él.

-¿Lo has visto? –preguntó la humana, entre aliviada y recelosa.

Alice asintió. Bella abrió la boca para indagar más, pero ella se levantó y desapareció repentinamente.

Durante varios minutos, la chica miró la silla vacía que había estado ocupando. Era posible que la hubiesen llamado para que fuese a ayudar a los demás, dondequiera que estuviesen. Pero ahora estaba casi segura de que la vampira había huido de ella, y de sus preguntas.

No le había dicho nada que tuviera que quedarse allí. Tras debatir un momento, decidió que no perdía nada.

Se levantó y se acercó al piano. Acarició las teclas con cuidado, sin hacerlas sonar. Ahora estaba apoyando las manos donde Edward las había tenido tantas veces. Las apartó como si se hubiese quemado.

Nunca más. Edward la había traicionado. Seguía haciéndolo. Pasara o que pasase, no se permitiría flaquear ante él.

Siguió explorando la casa. No había nadie, estaba segura. El ruido de sus propios pasos al atravesar las habitaciones le producían una sensación de melancolía. Subió las escaleras despacio, pasando la mano por la barandilla. Se detuvo frente la puerta de Edward, pero cambió de idea y se giró. Tampoco se atrevió a entrar en el estudio de Carlisle; siempre le había impuesto demasiado respeto. Vaciló un momento y se dirigió a la única habitación en la que sentía que nada le impedía la entrada: el cuarto de baño.

Se tomó su tiempo para refrescarse. Cuando salió y cerró la puerta tras ella, dio un respingo. Alice estaba allí, acompañada por Esme. Ninguna de las dos parecía molesta, pero dada su inexpresividad total, eso tampoco era decir mucho.

Esme la tomó de la mano helada.

-Vamos –dijo sin acritud ni impaciencia. Más bien parecía estar hablando a una niña pequeña, que necesitaba a alguien que la guiase. Bella apretó la mandíbula, pero decidió guardad un prudente silencio.

Salieron de la casa y se subieron en el coche, Alice conduciendo y Esme a su lado. Bella se acomodó en el asiento de atrás. El motor ronroneó suavemente, y el coche se puso en marcha. Se dedicó a observar pasar el paisaje. Intentaba mantener la mente en blanco, pero la mente le bullía de preguntas. Sentía la mirada de las dos clavadas sobre ella a través del espejo retrovisor.

-Supongo que no vais a decirme a dónde vamos –dijo con frialdad.

-Lo descubrirás cuando lleguemos. No te preocupes, no será un viaje muy largo –contestó Esme. Para su sorpresa, su voz era casi tan cálida como siempre.

-Para mí sería mejor que no llegásemos, ¿verdad? –siguió Bella, fingiendo una indiferencia que no sentía.

Esme no contestó inmediatamente.

-Sí. Supongo que sí.

-Ya –se limitó a contestar la humana, devolviéndole la mirada a los ojos dorados del espejo.

Un murmullo demasiado rápido para que pudiera comprenderlo resonó por el coche. Esme suspiró, pero no dijo nada. Alice añadió algo más, que tampoco recibió respuesta, y volvió a centrarse en la carretera.

-¿Algo de lo que no debería enterarme? –masculló Bella más para sí misma-. ¿Soy demasiado humana para ser digna de oírlo?

-Bella, por favor, déjalo ya –pidió Esme, sonando derrotada.

Había un tono de súplica en su voz, y la humana miró fijamente su hombro pálido. Había apartado el rostro del campo de visión del espejo. La chica vaciló. ¿Sentía remordimientos?

Se pasó la lengua por los labios y decidió probar el romper el muro de hielo.

-¿Acaso no puedo mantener una última conversación?

-Esta no va a ser tu última conversación, Bella –replicó Alice secamente.

La humana alzó las cejas.

-¿Ah, no? ¿Entonces no vais a matarme en cuanto lleguemos?

-Nadie ha dicho nada de matarte…

-Pero nadie me ha dicho lo contrario –matizó Bella entre dientes.

-…así que deja de ser tan dramática –finalizó Alice sin dar muestras de haberla oído.

La chica sonrió lánguidamente, como si hablasen del tiempo.

-No puedo evitarlo –comentó, frívola y al mismo tiempo cortante-. ¿No os parece curioso? Crees saber cosas que forman parte de tu vida, y de repente descubres que todo son mentiras. Entonces todo se desmorona. Todo lo que creías conocer ha cambiado. Y no sólo eso; aquellos en los que confiaba, os que consideraba como mi familia, casi matan a mi padre en un intento de secuestrarme. ¿No creéis que tengo derecho ser dramática?

Bella miró a su callada audiencia, inmóviles como estatuas de mármol. Ninguna de las dos contestó. Respiró –su aliento era el único audible en el silencio-, esperando una respuesta que no llegaba. Una, dos, tres veces. Cuando soltó el aire por cuarta vez, añadió en voz baja, todo rastro de trivialidad ido.

-¿No creéis que al menos tengo derecho a saber la verdad?

Alice se giró despacio y miró a Bella a los ojos, sin dejar de conducir. Estaba completamente seria.

-Bella, tienes todo el derecho, tanto a saber la verdad como a no perdonarnos nunca. Yo no lo haría. Pero no nos corresponde a nosotras explicártelo.

-¿Entonces a quién? –preguntó ella frustrada. Sabía lo que iba a decir.

-A Edward –fue la lacónica respuesta.

Bella dejó escapar el aire.

-¿Y qué pasa si no quiero que me explique nada? ¿Qué pasa si no quiero volver a verlo?

-¿Le perdonarías si te lo pidiera? –preguntó Alice de repente. La intensidad de su mirada dorada le indicó que la vampira llevaba mucho tiempo deseando hacerle esa pregunta.

Bella no vaciló.

-No.

Ya me rompió el corazón una vez. No lo hará de nuevo.

Alice asintió lentamente.

-Lo merece –dijo entonces volviéndose hacia Esme, que aún no había dicho nada-. Merece una explicación.

-Y una disculpa –añadió ella. Aunque Bella seguía sin ver su rostro, una sonrisa triste se adivinaba en su voz.

-Y una disculpa –repitió Alice. Se frotó los ojos con la mano izquierda y volvió a centrarse en la carretera-. Bella, has de saber que no fingimos afecto hacia ti. Era real. No todo eran mentiras, después de todo.

-Yo te hubiera adoptado como una hija, si las circunstancias hubiesen sido diferentes –prosiguió Esme con auténtico pesar-. Pero no pudo ser. Mi familia es lo primero, y por desgracia tú jamás llegaste a formar parte de ella. Después de todo, sólo nos interesamos en ti por tus cualidades, no por ti misma. Es duro, es injusto, es cruel. Pero es cierto.

Se le quebró la voz, pero Bella no se sintió mejor por eso. Le costaba respirar.

-Te necesitamos, Bella. Te quiero, pero no es suficiente. Estaba marcada como sacrifico desde el primer momento. Sólo queríamos… que todos sufrieran lo menos posible –explicó Alice serenamente-. Tu padre creería que estabas feliz con nosotros, y tú no descubrirías nada hasta el último momento. Sería rápido e indoloro. Y todo hubiese salido bien… de no haberse metido en medio Jacob Black.

-No te atrevas a hablar de él –replicó Bella. ¿Esa era su voz? Sonaba desde muy lejos.

Alice calló un momento.

-Tienes razón. Lo siento.

Estuvieron en silencio varios minutos. Bella sabía todo esto, pero oírlo así, sin adornos ni tapujos, era tan… duro.

Respiró. Si había llegado hasta aquí, necesitaba descubrir el resto.

-¿Y por qué esto es necesario?

Las dos mujeres de piel de mármol cruzaron una mirada. Fue Esme la que habló.

-Antes te he dicho que mi familia es lo primero. Es totalmente cierto: haría cualquier cosa por ella. Incluso sacrificar alguien tan especial como tú.

-¿Pero por qué? –insistió la humana.

¿Por qué tengo que dar mi vida?

-Por mi hija. Sarah.

-¿Sarah? –repitió ella como un eco.

-Sí. Es tan hija mía como Alice o Rosalie. Y está enferma.

-Está loca –la corrigió la chica de pelo negro sin acritud.

-Y tú eres la medicina.

Bella pasó la mirada de una a la otra. No lo entendía. ¿Iba a morir para devolver la cordura a una vampira loca? ¿Toda su vida había dado un vuelco por alguien de quien acaba de saber que existía? Sacudió la cabeza. Todo era demasiado surrealista. No, todo era demasiado absurdo. Cualquiera de sus sueños tenía más sentido.

-No lo entiendo –confesó.

-No hace falta, cariño –contestó Esme. Bella se preguntó vagamente cómo podía ser tan cínica. ¿Llamarla "cariño" así, con sinceridad, cuando acababa de admitir que iba a sacrificarla por el estado mental una de sus hijas?

-¿Y Evelyn Ateara? –preguntó de repente.

-Ah, Evy. Siempre estaba de buen humor, llena de energía; y dejó de lado todos los prejuicios de su gente para venir con nosotros. También ella recorrió el mismo camino que hoy haces tú –respondió vagamente Alice-. No fue la primera, ni la última. La diferencia es que ella lo hizo por Emmett. Rosalie no la soportaba –sonrió sin humor-. La verdad, me sorprende que hayas oído hablar de ella.

Bella frunció el ceño. No dolía tanto si se centraba en el asunto de forma clínica, intentando analizarlo. No tenía que enfrentarse a él directamente.

-¿Y qué tenía ella… o yo? ¿Por qué somos la medicina?

-Eso es algo que puedes adivinar tú sola –le indicó Esme. Al ver que Bella callaba, agregó-. ¿Qué es eso que te hace especial, y que Edward notó desde el principio?

"Mi olor", estuvo a punto de contestar, pero se mordió la lengua. No creía que fuese eso. Había demasiados humanos que olían bien por el mundo como para poner tanto empeño en ella.

Entonces lo comprendió. Miró a Esme con los ojos abiertos, sorprendida por algo tan obvio. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

-Exacto –asintió la vampiro-. Edward no puede leer tu mente, como tampoco podía leer la de Evy, ni la de los otros. No sabemos por qué, pero a veces nacen humanos con ese don. No es tan raro como pueda parecer.

-Y vosotros recorréis el mundo buscándolos –dedujo Bella. Daba igual que todas las piezas encajasen, todo eso seguía sin tener sentido.

-Y encontrándolos –completó Alice-. Cómo te encontramos a ti.

Bella podía haber seguido preguntando. Podía haber preguntado hacia dónde iban exactamente, si los demás estarían esperándolos allí, cómo había perdido Sarah la razón, o quiénes habían sido "las otras medicinas", pero todas las fuerzas parecían haberla abandonado. Se conformó con yacer allí, las manos muertas sobre el regazo, mientras las palabras de Alice llenaban el silencio.

-Estamos a punto de llegar. Forks está cerca de este sitio. En otras ocasiones, hemos tenido que hacer viajes realmente largos para volver con Sarah. Además, nunca solemos dejarla sola mucho tiempo, hasta que puede volver a reincorporarse. No sirve de nada separarnos, porque Edward es el único que puede encontrar a gente como tú. Él recorre el mundo mientras nosotros cuidamos de ella.

Bella dejó de escuchar, porque realmente no importaba si lo hacía. Alice hablaba, sobre todas las cosas, para distraerse a sí misma. Lentamente, se deslizó a una negrura donde no tenía que pensar.

Se despertó sobresaltada cuando el coche paró. Inmediatamente, las dos vampiros se apearon del coche. La más joven le abrió la puerta, y la ayudó a bajar. Al apoyar los pies en el suelo, Bella se estiró y caminó con torpeza. Tenía todos los músculos adormecidos.

-Ya hemos llegado, Bella –dijo Alice, recuperando el tono neutro que había perdido durante la conversación en el coche-. Sarah te está esperando.

Y añadió, en susurró que nadie más pudo escuchar.

-Lo siento.


No os quejareis. Un cap en plenos exámenes finales más o menos decente y que contesta a gran número de pregutnas. Dísfrutadlo, y si no sigo pronto no es que me haya muerto, estoy estudiando.