¡Hola, un saludo a todos para comenzar!

Quiero aclararles que cuando escribí esta historia no sabíamos nada de Sarada, Bolt, Toneri, etc, etc jaja…

Sin embargo, en la versión original, Sarada se llamaba Sara, sip, casi igual jaja. Otra cosa a considerar, por si piensan que me equivoqué, no, simplemente la estoy adaptando así que, en esta versión digamos que no tomaré el tema de la boda de Naruto ni nada, para no perdernos mucho en los tiempos. Solo disfruten la lectura, pues los tiempos de Naruto y esta historia no van a cuadrar por un par de años :/ Sorry por eso.


Capítulo XII: Destino

El tiempo, cómo siempre siguiendo su acompasado trote, sin detenerse a mirar o esperar a los demás. Solo siguió corriendo, marcándose en las cicatrices que más allá de sus rostros o sus cuerpos se quedaban grabadas en la mente y en el alma, como una penitencia con la que deberás de lidiar por el resto de la eternidad.

Había transcurrido un mes desde aquella conversación, demasiado rápido debía de admitir, pues, por primera vez había deseado parar el reloj, poder elegir que opción tomar. Quería arrepentirse, como hubiese hecho antes tantas veces, pero no, ya era tarde.

La ilusión de Sarada por conocer a sus abuelos maternos y el sitio en que su madre y su tía habían crecido y la emoción de Karin por volver a su tierra natal le cortaban toda esperanza de evitar aquel viaje. Claro, ella también estaba feliz. Al fin, después de alrededor de 5 años volvería a verlos, podría abrazarlos, decirles cuánto los amaba y acunarse en sus brazos como hacía de niña.

El viaje en barco fue corto y la presión lo hizo prácticamente interminable. Las horas del mediodía tocaban cuando aparcaron en el pequeño muelle de la aldea de la hierba. Habían pasado cinco días en alta mar, pisar tierra al fin les producía una sensación de felicidad indescriptible. La felicidad en los ojos rojos que recibieron a las tres féminas fue tan inmensa que en un solo abrazo pudo abarcar a las dos mujeres y la niña.

La discusión sobre cuántos guardias las acompañarían en la travesía se tomó cinco días, hasta que finalmente seis fue el numero aprobado por Sakura. Quería algo sencillo, sin llamar demasiado la atención. Lo que más preocupaba a la pelirrosa era el mostrar de un solo trago a Sarada aquel mundo en el que ella había crecido, siendo este tan diferente al mundo en que la niña había sido criada.

Sarada no conocía de Shinobis, Kunoichis, Shurikens, Katanas, Ninjutsu, Taijutsu, Dojutsu, ni si quiera tenía idea de la fuerza sobre humana que su madre podría emplear, sí, en alguna ocasión la había visto levantando la nevera con una mano pero tras recibir una mentira piadosa de parte de ella o Karin todo había sido olvidado.

Sakura y Karin nunca habían dejado de lado su entrenamiento, como si en el fondo ambas sabían que un día volverían, pero, nunca le comentaron nada al respecto a la pequeña. Aquel era un tema delicado, preferían mantenerla ajena a ello. Por esa misma razón, Sakura prefería que el viaje fuese lo menos interesante del mundo, ya si se ameritaba, ella misma haría lo imposible por proteger a su adorada hija.

El camino a paso calmo se hacía eterno, en cinco horas solo habían recorrido lo que ya hubiesen avanzado en veinte minutos a su paso habitual.

—¡Mamá! —exclamó la niña nuevamente— ¡No quiero caminar más! —se sentó en el suelo cruzada de piernas, infló las mejillas a más no poder y cerrando los ojos giró el rostro.

—¡Sarada, no comiences una escena ahora! —la tomó de la mano y de un tirón la puso de pie—. ¿Por qué no quieres caminar?

—¡Porque no, Hmp! —volvió a esquivar la reprobatoria mirada de su madre.

—Sarada… —en el rostro de la pelirosa se enmarcaban algunas venas por el enojo—. Te he dicho muchas veces que no hagas eso.

—¿Hacer qué? ¡Hmp! —una mirada desafiante se adueño de su pequeño rostro.

—¡Eso! «Hmp» ¡Detesto que lo hagas! —alzó la voz apretando los puños.

—¡Hmp, hmp, hmp! Mira como lo hago ¡hmp, hmp! —le mostró la lengua a su madre y se dio la espalda cruzada de brazos.

—Pequeña mocosa… —sus ojos verdes parecían tornarse rojos de la rabia.

—Sakura-chan —intervino Karin al ver la presión mezclada con estrés que se acumulaba en su compañera—. Creo que será mejor que lo hagamos a la antigua, tú sabes, cómo solíamos hacerlo antes, aumentar la velocidad —suspiró—, sé que no quieres pero, si seguimos deteniendo la marcha cada vez que Sarada se canse, no llegaremos nunca.

—Tienes razón —admitió rendida—. Supongo que no tenemos otra alternativa —hizo crujir su espalda con un par de movimientos—. Sarada-chan —sonrió a la niña con dulzura—. Sube a mi espalda, ¿sí? Mami te cargará un rato.

—Está bien mamá —la pequeña esbozó su mejor sonrisa, esa que exhibía cuando su mamá la consentía tras reprenderla y sin cambiar de expresión subió a la espalda de su madre.

—No te vayas a soltar bajo ninguna razón, ¿entendido, Sarada? —la sujeto con fuerza de las piernas y en cuestión de segundos se alejaron a gran velocidad, saltando de árbol en árbol como solían hacer.

—¡Mamá! —espetó con notoria emoción—. ¡¿Desde cuándo aprendiste a correr así?!

—¡Desde que tenía tu edad o menos! —estaba feliz, Sarada no se había espantado, al contrario, parecía feliz.

—Esto no es nada Sarada —anunció Karin—. Cuando conozcas a los amigos de tu mami te sorprenderás de las cosas que pueden hacer —Sakura asintió ante aquel comentario, con el corazón al fin en paz después de tanto lio.

Aquel paso, acelerado y forzoso les brindó un acercamiento más rápido a Konoha. Debieron parar para acampar unos kilómetros antes, pero al día siguiente, manteniendo el trote llegarían para el medio día.

—Mami… —la voz de su pequeña la despertó.

—¿Sí, qué ocurre, cariño? —preguntó, abriendo sus brazos para que se acunará ahí, cómo solía hacer.

—¿Extrañas a papá? —Sakura respiró hondo y pausado.

—¿A qué viene esa pregunta? —le revolvió el cabello sonriendo.

—Es que… no veo que llores por él en las noches, en cambio Karin suele hacerlo seguido.

—Sarada… mi vida, Karin y tu papá tenían una relación de tío-sobrina muy estrecha, para ella ha sido muy doloroso.

—¿Y para ti no? —aquello no lo había esperado.

—Sí, pero… las cosas entre tu papi y yo eran… diferentes.

—Mamá, ¿te puedo preguntar otra cosa? —la pelirosa asintió un poco tensa—. ¿Tu amabas a mi papá?

—Sarada…

—Es que, un día escuché al Padre Alphonse y a Jemine hablando de ti, y Jemine le dijo que seguías llorando por mi papá, porque aún lo amabas, pero, cuando escuché eso, papá no había muerto aún.

—Sarada, es suficiente por hoy, será mejor que descansemos.

—Pero mamá… solo quiero saber, ¿tú amabas más a mi papá August o a mi otro papá?

—Sarada, te he dicho esto desde siempre, tú tienes un solo papá y se llama August, no hay otro papá.

—Pero…

—Pero nada —contuvo la respiración un instante—. Tú padre, August, quería que tú supieras siempre la verdad sobre él, por eso te contamos que él no era tu padre como tal. Eres una niña muy lista y lo aceptaste y lo asimilaste de maravilla. Por favor, como nos prometiste a tu padre y a mí, no le des importancia al resto. Tuviste el mejor padre del mundo y eso es todo lo que importa, ¿está bien?

—Sí, lo entiendo… —sonrió levemente y se aferró al torso de su madre—. Te quiero, mami, buenas noches.

—Yo también, que descanses —dijo antes de besar su frente.

A la mañana siguiente continuó la travesía. Como habían previsto, y gracias a haber aumentado aún más la velocidad del viaje con el sol marcando el medio día estuvieron en pie frente a las puertas de Konoha.

El rostro de Sakura se iluminó. Al fin veía aquellas puertas gigantescas abiertas frente a ella. Las cruzó decidida, sorprendiendo a los guardias, quienes felices de verla incluso se atrevieron a tomarla en un abrazo. Lo que más les sorprendió fue la pequeña niña que les acompañaba a ella y a la pelirroja.

—¡No puedo creerlo! —exclamó al fin, llena de felicidad, derramando algunas lágrimas cargadas de felicidad y nostalgia.

—¿Mami, estás bien? —preguntó la pequeña niña, de pie frente a ella.

—¡Mejor que nunca! —secó las lágrimas que se habían fugado y la alzó en brazos, abrazándola con fuerza—. Vamos, Sarada, hay mucho que recorrer aún.

—¿Karin…? —aquella voz las detuvo—. ¡¿Karin eres tú?! —exclamó un joven alto de cabellos rojizos, con gran parte de su cuerpo cubierto por una capa.

—¡Naa! Recuerda que ya no se permite la entrada de mujeres feas a la aldea —respondió con sorna su acompañante, de cabellos blanquecinos y ojos violetas—. Aunque parece que logró colarse una.

—¡Sui-get-su! —corrió en su dirección, apretando los dientes al decir su nombre y con toda la intención de golpearlo. Juugo se interpuso tomando a Karin de la franela con una mano y poniendo su brazo frente al antes mencionado— ¡Su-sueltame Juugo!

—Esa no es la forma de saludar a viejos amigos, Karin —Juugo sonrió y al par endemoniado no les quedó más opción que hacer lo mismo— Como pasa el tiempo, ¿cuántos años tienes ya?

—¡23! —exclamó con alegría levantando el dedo pulgar de su mano derecha

—No sabía que tenías 23 años paseándote por otros rumbos— repuso el peliblanco.

—¡Tú, no has cambiado para nada! —Karin chistaba los dientes y apretaba los puños enojada—. ¡Aún deseo matarte, Suigetsu idiota!

—¡Karin! —intervino al fin Sakura, cansada de ser espectante en aquella discusión— ¿Qué estás haciendo?

—Sa-Sakura-chan… —una parte de la pelirroja se preguntaba si el presentarlos sería bueno o malo para ella—. Ellos son… Juugo y Suigetsu, los otros dos miembros de Taka… o bueno, los otros dos subordinados de…

—Entiendo —la interrumpió sonriendo.

—¡Oh! —Suigetsu se acerco a Sakura y le extendió la mano. La chaqueta otorgada a los Jounins resaltaba en su aspecto— ¿Tu eres Sakura-san?

—Me alegro que haya vuelto al fin a su hogar, y más que esté con bien —agregó Juugo inclinándose un poco respetuosamente.

—Gracias. ¿Pero acaso nos conocemos? —intentaba llevar la conversación con total neutralidad.

—No realmente —respondió Juugo.

—Simplemente escuchamos mucho de ti porque Naruto nunca para de hablar de ti —comentó algo aburrido el peliblanco.

—Suigetsu, te he dicho que debes de tratar con más respeto a Naruto-Sama. Él es el séptimo Hokage y gracias a él estamos viviendo plácidamente en esta aldea —afirmó con seriedad en su rostro.

—Valla… Ese Naruto —se inclinó, en agradecimiento por la amabilidad. La pequeña niña había estado todo ese tiempo escondiendo la mitad de su cuerpo tras Sakura —Karin, si quieres ve y diviértete con tus amigos. Yo iré a ver a ese tarado.

—¡E-Ellos no son mis amigos! —gritó sonrojada—. ¡¿Escuchaste, Sakura?!

—¡Sí, sí! —respondió la aludida sin interés, alejándose—. ¡Si quieres puedes quedarte en casa de mis padres hoy!

—Vamos Karin. No seas tímida —dijo Suigetsu, abrazándola por la espalda.

—¡Su-suéltame! ¡Baka! —Juugo solo sostenía una sonrisa casi imperceptible, al verlos discutir, para él, aquella escena era por demás graciosa.

—¡Oh diablos! —sin decir más corrió hacía Sakura y Sarada—. ¡Tus lentes! —gritó sacando un pequeño estuche del bolsillo.

—No los quiero, ¡hmp! —Sakura rodó los ojos y los recibió en su lugar.

—Vamos, no seas grosera que sabes que no puedes pasar mucho tiempo sin ellos —le reprendió con dulzura.

—Pero mamá… me veo como una idiota —se bufó.

—Vamos, te los pondrás solo cuando hagan falta, ¿vale?

—Hmp —rodó los ojos y asintió rendida.

La pelirroja por su parte, volvió con los otros dos, con una sonrisa burlona por la actitud de la pequeña, pero aliviada de haberle entregado aquel accesorio que tanta falta le podría hacer luego.

—Oi, Karin —le llamó Suigetsu—. ¿Quién es esa niña? —preguntó, recibiendo silencio por respuesta.

—Se parece mucho a… —Juugo fue detenido en su hablar.

—Cállate —le pidió con su típico tono autoritario—. Esa niña…Creo que a ustedes dos les puedo decir, pero no en este lugar —una sonrisa maliciosa se formó en sus labios al sostener las gafas —si ellos abren la boca, ya no será mi culpa que él se entere, juju—. Les contare todo. Pero solo si vamos a comer algo —ambos asintieron con la palabra curiosidad palpable en sus rostros—. Suigetsu invita —tomó a cada uno de un brazo y comenzó a caminar hacia el centro de la aldea, ignorando las quejas de quien debía cancelar.

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Los rostros incrédulos de los guardias de la torre del Hokage eran una obra de arte. No habían dicho nada, con la boca abierta habían señalado la puerta, indicando que podía entrar. El edificio estaba relativamente solo, después de todo, era medio día y al parecer todo estaba muy tranquilo en aquel lugar.

Estaba feliz y entusiasmada de pensar que vería a su maestra. Aquello solo revolvió su estomago. Cuando viera a la niña… ¿qué diría? Bueno, era su maestra, esperaba que se alegrara, que junto a ella brindara por su primogénita pero, también imaginaba el gigantesco cuestionario que debería responder. Ni modo, a su momento la enfrentaría. Por ahora tenía un claro objetivo.

—¡BASTA! —escuchó desde el pasillo el grito furioso del rubio—. ¡La Vieja Tsunade es una tramposa! —lanzó todos los papeles al suelo—. Volvió a engañarme para que hiciera su trabajo.

—Naruto-kun, deja de quejarte por favor —esta vez fue la suave voz de Hinata la que llegó a sus oídos, mientras ella relajada disfrutaba de la escena desde la entrada, viéndola agacharse para recoger los papeles.

—¡Hinata-chan! —saltó –literalmente– del escritorio para recoger el desastre—. Esto ha sido mi culpa, no tienes que... —sonrió recogiendo los papeles del suelo mientras Hinata lo miraba de pie junto a él con su mano derecha posada sobre su poco abultado vientre.

—Gracias, Naruto-kun —el rubio se puso de pie y acarició el cabello de la hermosa chica junto a él, besando sus labios delicadamente mientras la abrazaba con delicadeza.

—¡Naruto! —el grito de la pelirrosa los devolvió a la realidad haciendo que Hinata se desmayara al darse cuenta que Sakura –y una pequeña niña junto a ella– los había visto.

—¿Sakura-chan? —no cabía de la impresión que aquella visita le daba. Ni siquiera se creía lo que veía—. ¡Hinata-chan! —volvió a enfocarse en su esposa—. ¡Despierta, Hinata-chan! —la levantó en brazos y la recostó en su silla, cubriéndola con la capa que reflejaba la palabra «Séptimo» con claridad.

—Ella siempre se desmaya no te preocupes —sonrió y Naruto con una gran alegría la abrazo. Ambos comenzaron a llorar ante la mirada curiosa de Sarada.

—Estoy tan feliz de verte, después de tanto tiempo.

—Lo mismo digo. No sabes, no tienes idea de cuánto te he extrañado, Naruto.

—Todos pasan de mi en este lugar ¡Hmp! —bramó, haciéndose notar al fin por los adultos, quienes simplemente habían olvidado –ignorado– por completo su presencia a causa de la emoción del reencuentro.

—¿Y la mocosa esta quién es? —preguntó frunciendo el entrecejo confundido. Recibiendo una mofa de parte de la niña.

—¡Soy Sarada, Harley Sarada, dobe! —dijo lo último cruzándose de brazos, ofendida.

—¡No me digas dobe mocosa!

—¡Hmp! Pero eres un dobe.

—¡Tú! —la tomó de los brazos, colgando en el aire.

—¡Suéltame! —gritó—. ¡Mamá! —pidió auxilio con lágrimas en sus ojos.

—Sarada. Te he dicho en muchas ocasiones que debes de ser respetuosa, sobre todo con aquellos que aún no te han demostrado confianza. Naruto es una de las personas más importantes de mi hogar. —cruzó sus brazos, mostrando su gran desinterés por interponerse.

—Bueno, la dejaré ir esta vez —anunció dejándola caer sentada al suelo—. Es una llorona. ¿Segura de que es tu hija? —preguntó mostrándole su lengua a la pequeña.

—Sí, es mi hija —respondió con una cálida sonrisa—. Es mi pequeña Sarada.

—¡Ignorando su actitud es muy linda, 'ttebayo! —la sonrisa de su compañera se extendió—. ¡Cuándo Hinata-chan despierte iremos a celebrar a Ichiraku, 'ttebayo! —sus ojos se desviaron con recelo al sofá donde su ahora esposa dormía apaciblemente.

—Si quieres puedo ayudarla —se acercó con calma, sentándose al borde del sofá, posando sobre sus piernas la cabeza de su amiga.

—Sakura-chan… veras, Hinata ya no suele desmayarse tanto como antes, pero esta vez... —su sonrisa mostraba orgullo y felicidad—. Hinata tiene 1 mes y medio de embarazo. Hace ya un par de años que estamos casados.

—¿Qué? Pero… ¿cómo? —Naruto sonrió agraciado—. ¿De verdad Hiashi-sama aceptó? —el rubio asintió mostrándose ofendido.

—Es que… antes de que te fueras, Hinata me contó, llorando a mares que en nuestros… —miró de reojo a la niña, buscando las palabras adecuadas—. ¡Paseos al parque, 'ttebayo! —exclamó—. Pues, quedó en cinta y… pensaba decirte todo antes de que te fueras, pero decidimos esperar a que volvieras y luego ya no volviste…

—Naruto…

—Pero, ya no importa, estás aquí y al fin puedo saber con certeza que estás bien, y no quedarme con las meras fotografías que Karin me envía eventualmente.

—¿Karin te ha…?

—Sí, desde que se fue, me dijo que quería saber cómo estaban tú y tu hija y entonces sin decir más se fue y comenzó a enviarme fotos y cartas —suspiró y volvió a posar sus ojos en la pequeña niña—. Al final le pedí a Hiashi, más bien le rogué que me dejara casarme con Hinata y contrario a cualquier pronóstico pareció no molestarle en lo más mínimo. Lo único que me dijo no concebía es que Hinata se hubiese embarazado antes de casarnos pero… creo que tras su careta tosca estaba feliz de saberse abuelo.

—Realmente… lamento no haber asistido a tu boda.

—No pasa nada, 'ttebayo. Más tarde iremos por Bolt a la academia, seguro se llevarán bien —tomó a la niña, levantándola, mirándola cara a cara—. Sin embargo, quiero saberlo todo.

—Lo supuse.

No había nada más que se pudiera decir, al menos no delante de la pequeña, era un terreno resbaladizo que se debía de tocar con cuidado, aunque Sakura ya imaginaba que Naruto estaba enterado por las cartas y a su vez él imaginaba que su ex compañera sospechaba de su conocimiento sobre el tema.

Ya habría tiempo para internarse a remover el polvo a cosas viejas.

Hinata despertó y entusiasmados partieron en dirección a aquel restaurant de Ramen que el rubio tanto adoraba. Mantenían cierta distancia del bullicio, aunque aun así, la pequeña que les acompañaba no paraba de llamar la atención.

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—¿Qué es esto? ¿Qué es este lugar? —dijo sacudiendo el polvo de una pared—. Estamos muy lejos de mamá, Oji-san.

Aquel lugar al que había ido a parar era enorme, aunque lucia bastante descuidado, el polvo estaba por todos lados y no había nadie aparte de ellos dos. No paraba de quejarse sobre la tierra en sus zapatos y las telarañas con las que había chocado un par de veces, pero seguía usando sus pequeñas manos para sacudir las paredes y poder ver algo.

—¿Qué es este símbolo? —preguntó al ver aquel abanico rojo y blanco con los colores desteñidos por el tiempo afirmado en la pared—. ¿Oji-san? —No encontró al hombre que se suponía estaba detrás de ella— ¿A dónde te fuiste?

Estaba comenzando a asustarse, estaba sola, en un sitio que no conocía, había desobedecido a su madre y se había alejado siguiendo a un completo desconocido por simple aburrimiento, ¿de dónde le había salido tanto coraje y osadía? Bueno, de alguna manera se había sentido segura a su lado, además, aquel lugar, no le parecía tan peligroso como su madre advertía una y otra vez, al contrario, estaba segura de que su hogar era más peligroso, después de todo, iba día y noche asediada por un millar de guaruras, dispuestos a matar a cualquiera que se le acercara demasiado.

—¿Qué es este lugar? —había retrocedido y pudo notar que tras el polvo y las telarañas aún se notaba que el símbolo se repetía a lo largo de las paredes—. ¿Oji-san? —siguió llamando al hombre que la había llevado a ese lugar—. ¡Oji-san, quiero ir con mi mamá! —exclamó al fin perdiendo la cordura. No recibía respuesta y como cualquier niña de su edad hubiese hecho, solo se sentó a llorar.

Estaba temblando, no estaba segura de donde estaba y aunque no necesitaba usarlos las 24 horas del día, comenzaba a necesitar sus lentes para ver bien las cosas más pequeñas.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —escuchó aquel cuestionamiento y se giró en el acto. Era un hombre, no aparentaba demasiada edad, juraría que compartía años con su mamá y las personas que había conocido antes.

—Y-yo… —fue lo único que salió de sus labios. Observando con dificultad aquel par de ojos negros, tan negros como los suyos que la miraban expectantes.

—Responde —exigió—. ¿Quién eres y qué haces en las tierras de mi familia? —estaba temblando pero, por alguna razón sentía que no debía mostrarse cobarde, no sabía quién era, pero ella no era una cobarde, todo menos eso.

—¡So-Soy Sarada! —su esmero se fue ante aquel gesto despectivo que él mostraba en su rostro.

—¿Qué estás haciendo aquí? —se agachó, quedando a la altura de la niña—. Este es un lugar muy peligroso, los estudiantes de la academia tienen prohibido venir, ¿entendido? Así que vete.

—L-lo siento —repentinamente sentía el llanto escapándose nuevamente de sus ojos—. Solo seguí a alguien y terminé aquí —secó su rostro y esta vez lo encaró—. Pero, si es peligroso —sollozaba, aún contra su voluntad—. ¿Por qué tú vienes aquí?

—Hmp —respondió—. Eso no es tu problema —fijo sus ojos en el abanico que ella había develado un poco en la pared—. Solo vine a visitar a alguien.

—Creí que nadie vivía aquí —no pudo evitar sentirse agobiado por aquellos ojos que le miraban confundidos.

—Deberías irte —se quedó mirándola fijamente, le parecía tan familiar, no sabía porque, pero sus facciones, podría jurar haberlas visto antes en otra persona—. No la he visto en mis visitas a la academia —pensó con desdén.

—O-oiga…

—Mi nombre es Uchiha Sasuke —soltó repentinamente, la ayudó a levantar y se dispuso a caminar, adentrándose en la vereda—. Sera mejor que te vayas de aquí, y no volveré a repetirlo.

—P-Pero —corrió detrás de él, aferrándose a su mano una vez que lo alcanzó —No sé como volver, por favor señor, ¿puede ayudarme a llegar con mi mamá?

—Pero… —notó las lágrimas apilarse nuevamente en los ojos de la infante—. Hagamos un trato. Ven conmigo a hacer algo y luego te llevo con tu mamá ¿Te parece?

—¡Sí! – La niña se aferró más a aquella mano, sin la menor intención de soltarla—. Muchas gracias.

—Hmp —respondió inexpresivo.

—Mamá dice que es de mala educación hacer eso.

—¿Hacer qué, hmp?

—¡Eso! «¡Hmp!» ella dice que es grosero y siempre que lo hago me regaña.

—Tu mamá… ha de ser muy molesta...

—No, la verdad es una gran mamá, pero es mandona la mayor parte del tiempo. Pero aún así la amo.

—Sé a qué te refieres, yo conocí a alguien así, más que molesta, era irritante, y le gustaba estar diciéndome que hacer, pero aún así… —aclaró su garganta—. Hmp. Cuéntame ¿cómo llegaste aquí? —estaba muy intrigado pues ella aseguraba haber sido guiada, y nadie, a excepción de él se acercaba a aquel lugar o lo que quedaba de él.

—Pues… mamá y yo llegamos de un largo viaje, nos encontramos con dos de sus amigos y fuimos a comer a un restaurant shikiraki, no, shicuraki, no, Ichirake, no, ¡Ichiraku! —sonrió triunfante al recordar el nombre—. Estaba aburrida y salí a jugar en la calle a las puertas de la tienda, un hombre comenzó a hablarme y terminé siguiéndolo.

~FlashBack~

—Hola, ¿cómo estás? —era alto, tenía el cabello largo y grandes ojeras, tomó la mano de la pequeña y levantándola preguntó—: ¿Eres Sarada?

—¡Sí! —respondió entusiasmada—. Soy Sarada.

—Es un placer, Sarada —dijo con dulzura en su masculina voz—. ¿Te gustaría dar una vuelta por la aldea conmigo? —se inclinó, extendiendo su mano a la pequeña, mostrando una tenue sonrisa.

—Mamá dice que no debo de hablar con extraños —advirtió con seriedad en su mirada—. Pero… tú no pareces una mala persona —dijo viendo fijamente aquel par de ojos negros, tan parecidos a los suyos—. ¿Eres una mala persona? —él negó resistiendo a reír de aquel comentario—. Entonces estará bien, pero vamos rápido antes de que mamá se dé de cuenta.

—Entiendo, sígueme, Sarada —tomó la mano de la niña y comenzó a andar con calma, guiándola por las veredas de la alborotada aldea—. Entonces, Ese tal August, no era tú padre —más que una pregunta fue una afirmación ante la extensa historia que la niña venia narrando sobre su vida.

—No —respondí—. Él era solo el esposo de mamá, pero ya que yo iba a nacer y él no podía tener hijos, me tomó como suya o algo así y eso me convierte en su única hija. La verdad nunca he entendido bien toda esa historia, pero, mamá y papá nunca quisieron ocultarme la verdad.

—¿Y quién es tu papá entonces? —preguntó sonriendo y ella desvió la mirada.

—No lo sé… mamá nunca habla de él y Karin dice que es mejor que no le dé importancia a eso.

—A veces, los adultos le ocultan cosas a los niños para que estos puedan vivir felices y tranquilos, estoy segura de que te lo ocultaron para no enredarte demasiado esa pequeña cabeza tuya —dijo revolviéndole el cabello.

—Hmp. Supongo —aquella razón seguía sin convencerla pero sabía que lidiar contra su madre en ese tema era básicamente imposible, así que sonriendo decidió dar una vuelta a la conversación— Oye, ¿y tú cómo te llamas? —preguntó, percatándose de que se habían alejado bastante.

—¿Yo…? —suspiró—. Soy Itachi, Uchiha Itachi. Pero puedes llamarme Oji-san.

—¿Por qué Oji-san? —preguntó intrigada.

—Porque Oji-san significa Tío —la expresión de su rostro mostraba tal tranquilidad que la pequeña sonrió, aceptando aquel nombre para ese extraño—. Hemos llegado.

—¿A dónde? —aquel lugar estaba desolado, con telaraña y polvo cubriendo gran parte de las desplomadas estructuras, estando la mayoría en ruinas.

—A casa —ella le miró aturdida, había algo en él que se le hacía tan familiar, comenzando por sus fuertes ojos negros.

Observó perdida el paisaje. Las paredes parecían estar dibujadas tras la capa de polvo que el tiempo había acumulado en ellas. Era un sitio considerablemente tranquilo y parecía estar aislado del resto de la aldea, pero le parecía en cierto modo acogedor, cómo si ella debiera estar allí.

—Oji-san... —habló por fin tras unos instantes—. ¿Puedo ver eso? —preguntó acercándose despacio hasta las paredes, solo para develar una pequeña parte de uno de los tantos abanicos que decoraban el mural.

~Fin del Flashback~

—Estaba tan entusiasmada descubriendo lo que estaba en la pared que me olvidé por un instante de él. Para cuando volví a mirar ya se había ido —el hombre frente a ella no podía formular palabra alguna, lo que ella decía era demasiado para él en ese momento—. Ahora que lo pienso, tu también tienes ese apellido, Uchiha. ¿Lo conoces?

—¿Itachi…? —aclaró su garganta, buscando las palabras y la cordura para responder—. Sí, y es imposible que hayas hablado con él.

—Pero es la verdad —espetó enojada—. Nunca digo mentiras.

—Es imposible, Itachi murió hace muchos años.

—¡Pero yo hablé con él!

—Pero está muerto, y aunque hubiese sido él… —su cuerpo se tensó—. ¿Por qué le pediría a esta niña que le llamara Tío? —pensó.

—¿Si hubiera sido él, qué? —preguntó con la mirada turbada.

—No… no lo sé. Tal vez era alguien más, diciendo ser él.

—¿Sasuke-kun? —Sarada apretó su mano, notando el rostro preocupado que mostraba—. ¿Está bien?

—¿Sasuke-kun? —repitió en sus adentros. El tono de preocupación y el gesto en su rostro. Hacía años que no se sentía de esa manera—. Sarada —la pequeña fijó toda su atención en él—. No le puedes decir a nadie que hablaste con Itachi, ¿entendido? —no era que le creyera del todo, una parte de él negaba todos los sucesos de antes pero, quería prevenir un alboroto.

—Está bien, Sasuke-kun —respondió y el azabache enarcó una ceja.

—Deja de llamarme así, ¿Está bien? —ella rodó los ojos restándole importancia—. Y respóndeme una pregunta —Sara asintió—. ¿Cómo se llama tu mamá?

—Sakura, Haruno Sakura —respondió en el acto con orgullo y el hombre a su lado parecía aún más tenso y alterado—. ¿Por qué?

—¿Y el esposo de tu mama? El que dices que no es tu papá ¿cómo se llama él? —luchaba por contener la ansiedad que explotaba en su boca, secándole la garganta, haciéndole sudar e interrogar a esa niña como si se tratase de un criminal.

—Se llamaba August —dijo bajando la mirada con tristeza—. Harley August, pero murió hace poco más de un mes —secó una lagrima que intentó escapar de sus ojos y volvió a mirar a Sasuke, forzando una sonrisa—. Fue un gran padre, tenía un gran corazón y nos quería mucho a mamá y a mí.

—Lo siento, es que esto es… —no lo resistía más, se arrojó al suelo, cubriendo su rostro, recostado, descubriendo solo sus ojos para mirar al cielo—. Esto es imposible.

—¿Está bien, Sasuke-kun? —tapó su boca rápidamente—. Lo siento, quiero decir, Sasuke —se arrodilló a su lado, asomando su rostro sobre el de él, cubriendo el cielo que el miraba con su cara—. ¿Qué es este lugar?

—Sarada… ven —la levantó, sentándola sobre sus hombros—. Voy a visitar la tumba de mis padres.

—¿Enserio? —con paso calmado se abrieron paso a través del barrio Uchiha, llegando finalmente a una gran roca negra, tallada, similar a una lapida—. ¿Qué es eso? —preguntó rosándola con las yemas de los dedos.

—Es una roca memorial, yo mismo la tallé hace un par de años —respondió con tranquilidad. En cuanto habían llegado la había dejado andar por sus propios pies—. En ella están escritos los nombres de todos los miembros de mi familia. —sonrió a la niña y ésta en respuesta mostró un leve sonrojo.

—Son muchos nombres… —susurró.

—Sí… —respondió él en el mismo tono deprimido.

—¿Puedo ayudarte con algo, Sasuke-ku… Sasuke? —preguntó sujetándose del brazo de su acompañante.

—Bueno, si así lo quieres —se hincó ante la roca, rodeada de verde césped y flores bien cuidadas, tomó el jarrón de en medio y se lo entregó—. Busca algunas flores de los alrededores y tráelas aquí, las daremos de homenaje a mi familia.

—¡Sí! —aferró el jarrón a su cuerpo con ambas manos y emprendió la tarea. Recogió de todas clases y colores disponibles. Volvió con el jarro lleno y se lo tendió—. Toma, son las más bonitas que encontré.

—Ya veo, son muy bonitas, como tú —dijo, mostrando un aspecto tierno que creía era incapaz de portar.

Devolvió el jarrón a su lugar, adornado con tan hermosas flores la base de la roca. Se levantó y siendo imitado por la niña juntó sus manos, inclinándose como señal de respeto, para luego emprender el viaje de regreso afuera del barrio.

—¿Sasuke-kun? —preguntó, ignorando la reprimenda que podría recibir por llamarlo así.

—¿Mmm? —musitó devolviéndola a sus hombros.

—¿Puedes llevarme ahora con mamá? —preguntó un poco entristecida—. Me ha gustado hablar contigo pero… realmente comienzo a extrañarla.

—Sí, entiendo, es hora de que vuelvas con tu mami —cerró los ojos un instante, buscando la paz que necesitaba—. Estoy seguro —pensó—. Por alguna razón estoy seguro. Sé que solo fue una vez, pero todo coincide, tal vez… solo tal vez esta niña… Sarada, ¿podría tal vez, en el más desquiciado de los caso… ser yo el "verdadero" padre del que nunca le quiso hablar su madre, del que nunca ha querido hablarle Sakura?

Los recuerdos de aquella noche volvieron a su mente, justo cuando parecía haberlos olvidado finalmente, retorciendo su pecho y haciendo que su ansiedad aumentara. Quería verla, estaba seguro, no podría ser todo coincidencia o exactamente igual sin tratarse de ella. Estaba seguro, esa niña era hija de Sakura, de la Sakura Haruno que siempre le había molestado. Además, era su hija, podría jurar que esa niña, con el mismo negro intenso en los ojos y el cabello no podría ser hija de nadie más sino de él. Sobre todo aquel cuento sobre Itachi le aseguraba que era así. Ahora solo tenía una cosa por hacer; enfrentar a Sakura.

Continuará…


Bueno… con esto se nos fue otro capítulo de esta historia.

La verdad, el editarla, aunque sé que no lo hago a la perfección, me ha permitido notar lo mucho que he mejorado en unos 2 años :') me siento orgullosa de mí misma :')

Sonará engreído pero, debemos aprender a elogiarnos pues no muchas personas lo harán, de esta manera, mantenemos el autoestima alto y las ganas de continuar a mil!

Hasta el siguiente, y ya nos quedan 6 para el final :P

Besos~~ FanFicMatica :*