Capítulo 11 (part 2): Hagen y Minako

— * —

Notas de la autora:

Lo primero… ¡Hurra! Los de FFnet han arreglado la opción de parejas de los fics y ya por fin, no me sale que este fic es un Aoshi/Kaoru ¬_¬º. Por alguna extraña razón, aunque los colocaras en el orden de las parejas, luego se ordenaba alfabéticamente y por tanto, me salía como que la pareja era Aoshi/Kaoru, haciéndome tener que ponerlo en la sinopsis. Eso sí, les ha costado ¿cuánto? ¿Cinco años? ¬_¬º. Porque cuando añadieron la opción de 4 personajes, a Aoshi y Misao no les pude poner porque me alteraban las parejas u_uº. Pero en fin, ya está solucionado y mis fics ya se han actualizado como tiene que ser *o* .

Lo segundo, siento el retraso pero se me han acumulado un montón de cosas desde que me marché y no me pude poner con este capítulo hasta casi el miércoles por la noche. Además, no tiene mucho que ver con la versión original porque está reescrito entero (habré reutilizado dos o tres párrafos, no mucho más O_o). Por otro lado, sigo todavía con gran parte de esas cosas acumuladas, así que el próximo capítulo no estará para el lunes. Aun así, sí que intentaré que parte de él lo pueda subir la semana que viene. El capítulo 12 es más largo que el 11 y éste ya me ha ocupado la friolera de más de 9.000 palabras (con las dos partes). Así que el próximo pasará de las 11.000 con toda probabilidad.

Y lo tercero, este capítulo contiene un lemon, así que los pequeñines cuyos ojos inocentes no puedan leer estas temáticas… pues que lo lean y así aprenden, jajaja. ¡Que no, que no! Es broma ^_^º. En fin, cada uno sabrá, yo sólo lo aviso.

Esta pareja originalmente no iba a tener lemon, pero las chicas que lo leyeron en su día antes de subirlo se pusieron un poco «insistentes» en que hiciera uno, y bueno, les di el gusto. Por eso es el final del todo (la perspectiva de Minako). Si no lo leéis no os vais a perder gran cosa de la trama.

— * —

Comentarios a los reviews:

Kaory: No, no aparecen ni Kori ni Keisuke. Es que este capítulo es la conclusión de la historia de Hagen y Minako (de ahí que se indique en el título). El capítulo 12 es la conclusión de Keisuke y Kori.

En cuanto al drama, como bien dices, Minako sabe la realidad de Hagen, así que no necesita muchas más excusas ni argumentos. Sabe que Annelise fue la que manipuló todo. No tenía mucho sentido que se cabreara con él cuando fue tan víctima como ella.

De lo del padre… pues sí, es muy triste que haya gente así. Recuerdo que una chica que lo leyó en su día me dijo que le había recordado a su padre porque él haría exactamente eso :-s . No veas el mal «yuyu» que me dio. Yo no conozco a nadie de mi alrededor que tenga unos padres semejantes »_« .

Guest:¡Sííííí! Ya están juntos *o*. Ya sólo faltan KK. Espero que para la semana que viene podáis ir viendo parte de lo que les depara el destino ^_^º

Mariona: Bueno, pues ya has visto que no, el capítulo no lo pude subir ayer T_T. Lo terminé por la noche y hoy le he dado otro repaso. Cuando lo empecé el miércoles, con todo lo que tengo por hacer, no estaba segura de terminarlo en esta semana. Pero en fin, he encontrado unos cuantos ratos y lo he terminado :-D

Gracias a todas por escribir :-D . Y os dejo ya con el capítulo, ¡espero que os guste este final para la pareja!

— * —

Capítulo 11 (part 2): Hagen y Minako

«Un amor grande, vence mil dificultades»

Hagen

Hagen se quedó mirando la puerta por la que había salido Minako con un cabreo monumental. Cuando se giró para mirar al otro hombre de la estancia, pudo ver que se había quedado perplejo por la reacción de su hija. Intuyendo cómo se había manejado la relación entre ambos a lo largo de los años, no creía que Minako hubiera faltado al respeto de esa forma a su padre en la vida.

Hagen suspiró con paciencia. Tendría que arreglárselas para calmar a Minako, aunque podía imaginarse que estaría enfadada por un tiempo. Dentro de lo malo, podía dar gracias por estar «acostumbrado» a las explosiones de Misao en su otra vida. Al menos conocía varios trucos con los que serenarla.

—¿Me ha mandado al infierno? —preguntó aún atónito Takeshi.

Curiosamente, en Hagen, la actitud de Minako había conseguido devolverle su cabeza fría.

—Es normal, está dolida al verse traicionada por su padre. —Como puñalada, no había estado nada mal, se regocijó Hagen internamente al ver que Takeshi le miraba con expresión sombría.

—¿Quién se cree que es para hablarme así?

Hagen resopló audiblemente.

—Por desgracia, alguien que se va a incorporar a su familia. —Takeshi fue a replicar, pero Hagen le cortó—. Y tenga clara una cosa: no me estaba tirando un farol cuando le dije que me llevaría a su hija. Si después de haber tratado así a Minako, aún tuviera el ánimo de arreglar la relación con usted, tenga por seguro que no permitiré nunca que la vuelva a tratar así —le amenazó con frialdad.

—Soy su padre y no…

—Como si es el emperador de Japón —le interrumpió bruscamente—. Si vuelve a decirle una sola mala palabra, no dejaré que vuelva a cruzarse con ella ni por la calle. ¿Me ha entendido bien?

—El que no lo ha entendido bien es usted. Minako es menor de edad, y aunque un matrimonio con usted sea ventajoso, todavía está a mi cargo. Así que no se muestre tan prepotente.

Hagen no solía echar de menos la sociedad de antaño, pero en esos momentos le habría encantado estar siglo y medio atrás, cuando a un tipo como ese podría rebanarle el cuello y seguir con su vida sin mayor inconveniente. Por desgracia, en esa época acabaría en la cárcel y no le apetecía lo más mínimo. Así que optó por sujetarle del cuello del jersey y levantarle. Por mucho que pareciera más joven seguía teniendo una constitución fuerte propia de su gente y por supuesto, le sacaba más de una cabeza al hombre de mayor edad.

—Que no le confunda mi apariencia. Puede que con las mujeres le funcione, pero a mí no me intimida. —Hagen no sabía muy bien qué estaba viendo Takeshi, pero se echó a temblar—. Hombrecillos como usted, que necesitan abusar de personas más débiles que él para sentirse mejor, no me duran ni un asalto. —Le soltó de malos modos haciendo que perdiera el equilibrio y estuviera a punto de caerse—. Hágase a la idea de que Minako es mayor de edad desde este momento. Se viene a vivir conmigo, así que espero que para cuando volvamos, tenga sus cosas preparadas para llevárselas.

No esperó ni a que el hombre contestara. Se marchó de allí tranquilamente en busca de Minako. Por alguna razón, sus pies le llevaron hasta el museo de Kioto. Su corazón le decía que estaría allí, en el mismo banco de siempre.

Y sin fallar en sus sospechas, allí estaba derritiéndose en un mar de lágrimas. Si antes ya le dolía verla en ese estado, ahora su alma lloraba con ella. Hagen se acercó a Minako sin saber muy bien por dónde empezar.

—¿Cómo puede pensar eso? —dijo de pronto. Hagen aprovechó y se sentó a su lado.

—Lo siento —se condolió por ella, aunque en el fondo no le preocupaba. Si aquella discusión hacía que rompiera los lazos con su familia, él tenía una que la acogería con los brazos abiertos.

—Es mi padre —siguió ella—, ¿cómo puede decirme eso?

—No lo sé —contestó sincero—. Mis padres nunca nos han tratado como moneda de cambio ni a mí ni a mis hermanos. Ha sido desconcertante verlo en esta época.

Minako le miró, aún con sus ojos inundados de lágrimas.

—No sé qué voy a hacer ahora. No quiero volver a verle hasta que no recapacite.

—Lo sé, por eso te vienes a vivir conmigo. —Minako soltó una risa desganada.

—Mi padre nunca lo va a permitir.

—Créeme que sí lo va a permitir —dijo con contundencia—. Y te tendrá preparada la maleta para cuando vayamos a buscarla.

Minako le miró de hito en hito asombrada por sus palabras.

—¿Qué has hecho? —preguntó en un susurro.

—Nada —contestó con inocencia—. Sólo le he informado de que te vendrías a vivir conmigo. Claro que fui bastante convincente, así que…

Dejó la frase sin terminar y Minako abrió los ojos como platos.

—¿Has amenazado a mi padre? —Y acto seguido se encaró a él—. No le habrás pegado, ¿verdad?

—No… pero ganas no me faltaron —masculló, y por cómo se tensó Minako, supo que le había escuchado eso último—. Sólo le persuadí para que te dejara venir conmigo.

Minako le miró atentamente y sonrió.

—Cuando quieres algo lo consigues, ¿eh?

—Estamos hablando de ti —dijo muy serio—; pasaría por encima de cualquiera para tenerte.

Minako sonrió más y se recostó contra él. Hagen pasó su brazo por detrás para ahuecarla contra su cuerpo.

—Te quiero, Hagen.

—Y yo a ti.

Minako le cogió de la mano y poco a poco perdió la sonrisa.

—Mi padre sólo te acepta porque tienes dinero. —Hagen le apretó más la mano entendiendo que Minako volvía otra vez a la discusión con su padre. Era algo que sabía que le costaría superar—. No me había esperado eso de él. Ni siquiera que considerara la posibilidad de realizar un matrimonio de conveniencia conmigo. El matrimonio de mis padres fue así, pero no esperaba que lo considerara para mí.

—Lo siento —volvió a condolerse. Lo cierto era que no tenía mucha más idea de qué decirle. Takeshi era su padre y Minako le quería; tenía que ser duro entender que sólo era considerada como una pieza de ajedrez.

—Creo que mi padre aún piensa que estoy contigo por tu dinero —añadió con tono preocupado aunque sereno teniendo en cuenta lo enfadada que había estado en su casa por ese motivo—. Debiste decirle que sabes que no es cierto.

—Minako, en realidad me importa tan poco lo que piense tu padre, que ni me molesto en gastar saliva con él. Yo sé la verdad y es lo único que me vale. Sé que me has querido toda una vida y lo que llevamos de ésta. —Subió la mano que tenía cogida a la suya y posó un suave beso en ella—. Ésa es mi mayor prueba: yo lo sé, tú lo sabes, eso es lo único que me importa.

Minako se separó de él y le miró con ojos esta vez muy preocupados.

—Pero si esto lo piensa mi propio padre, ¿qué dirá tu familia?

Hagen se rio por su insegura pregunta. Si ella supiera el revuelo que iba a crear…

—Te aseguro que te puedes preocupar de cualquier cosa menos por mi familia. —Minako le miró confundida—. Llevan queriéndote conocer desde hace años. Ni siquiera voy a contárselo por teléfono porque quiero estar presente para verles la cara cuando se lo diga.

Minako frunció el ceño desconcertada por un momento, pero enseguida abrió los ojos ampliamente cuando entendió sus palabras.

—¿Tu familia sabe lo «nuestro»? —preguntó perpleja, y Hagen supo que se refería a sus vidas pasadas.

—Claro —respondió sonriente.

—¿Y cómo es que no te han mandado a un psiquiátrico? —Minako no cabía en sí del estupor y Hagen se rio de nuevo.

—Creo que influyó bastante el que hablara japonés desde que nací cuando nadie me lo había enseñado —comentó a modo de broma—. Sin embargo, hasta que no tuve diez años no descubrí que era un idioma real en vez de uno inventado. Fue entonces cuando salió todo a la luz en mi familia. De inicio es difícil de creer, pero era la única explicación de que supiera tanto sobre la historia de Japón siendo tan niño.

—Así que al menos siempre has podido hablar con ellos de tus sueños.

—Sí, pero también tiene sus inconvenientes.

—¿Como cuáles? —preguntó con curiosidad.

—Mi familia es consciente de que desde niño he querido a una mujer que andaba perdida por el mundo. He tenido varias parejas y, con cada una, he visto la compasión en sus ojos al saber que me tenía que «conformar» con ellas. —Minako se recostó contra él y le abrazó para consolarle—. Por eso a mi madre le va a dar algo cuando aparezca contigo en casa. Y a mi hermana ni te cuento —rió—. Adora nuestra historia.

—Sé que te vas a reír, pero no sabes lo tranquila que me dejan tus palabras. No quiero que piensen que te he atrapado.

Y tal y como había sospechado, a Hagen le dio la risa.

—Por supuesto que van a pensar que me has atrapado; pero fue algo que hiciste antes de que naciera.

Hagen la besó suavemente y Minako suspiró. Aún se le hacía difícil concebir que la tuviera entre sus brazos. La había buscado tanto que hasta se había acabado resignando de que no la encontraría nunca. Pero aquí la tenía: tan feliz de estar con él, como él de estar con ella.

Hagen se levantó y, cogiéndola de la mano, la instó a que caminara con él hacia su casa donde podrían estar más tranquilos. A la noche se preocuparía de ir a casa de sus padres para recoger sus cosas, porque ahora mismo, sólo quería estar con ella.

Minako se encerró en sus pensamientos y no volvió a hablar.

—¿En qué piensas? —inquirió con curiosidad.

—En que Kori ha hecho bien en salir con Keisuke.

—¿Cómo dices?

—Ella es Kaoru. —Minako le miró fijamente—. Ha hecho bien en salir con un chico del que ahora está enamorada. Imagínate: si tú naciste en Dinamarca, ¿dónde podría estar él? Quizás esté en alguna aldea sin recursos de otro continente incapaz de poder buscarla, a diferencia de ti. Eso es muy triste, Hagen. Sólo espero que él también pueda rehacer su vida como lo está intentando Kori.

Por alguna razón, a Hagen no le extrañó esa confesión. Kaoru era la vida pasada de Kori y, como en aquella vida, Kori y Minako era buenas amigas. Y ahora Kori pasaba por la misma etapa que él hacía algunos años: se resignaba y buscaba a alguien.

Pero había una diferencia significativa entre ellos: Kori sí parecía querer a la persona que había elegido a su lado: Keisuke. Desde que le había visto la semana anterior había tenido una sensación extraña con ese chico y ahora que sabía la verdad de Minako y Kori, ¿podría no ser casualidad? Tinte pelirrojo, lentillas malvas, semblante de Battosai...

—¿Cómo lo conocisteis?

—¿A quién?

—A Keisuke.

Minako lo pensó durante varios segundos.

—En la cafetería de su facultad, supongo. Le vimos y nos asombró su aspecto. Fue cuando Kori y yo nos dimos cuenta del alcance de nuestros sueños.

—¿Y le preguntasteis sobre su aspecto?

—¿Te has vuelto loco? ¡Claro que no! —exclamó horrorizada—. No queríamos acabar en un psiquiátrico. Kori me sacó de allí a rastras.

—Y entonces, ¿cómo acabaron juntos si no hablasteis con él? —cuestionó extrañado.

—Según Kori, nos anduvo buscando durante... cerca de un mes —añadió tras calcular el tiempo que transcurrió—. Para pedirnos disculpas.

—¿Disculpas? —No entendía nada.

—Por asustarnos... La primera vez que lo vi se disculpó por asustarme con su aspecto. —Hagen no daba crédito a lo que oía—. Lo sé, suena raro, ¿verdad?

—Cariño, raro es poco.

—Sé lo que estás pensando porque yo también lo he pensado alguna vez. Pero sería mucha casualidad que fuese Kenshin y más ahora que los límites que habíamos pensado son más amplios. Sería mucha suerte que de entre todo el mundo, pudiera estar tan cerca de nosotras.

—Tengo que reconocer que, después de hoy, me lo creo todo —añadió con una sonrisa.

—No lo sé... —Minako se abrazó a él—. Pensarás que soy egoísta, pero en este momento no quiero pensar en nadie más que en nosotros. Todavía me cuesta asimilarlo. ¡Eres mi amado Aoshi Shinomori!

Su entusiasmo volvió a hacerle reír.

—Y tú la luz de mi vida.

Se quedaron abrazados sin decir nada más durante el resto del camino, mientras los segundos y los minutos corrían hasta alcanzar las primeras horas de la tarde. Pero no necesitaban decir nada más; sólo sentirse el uno al otro.

Habían sido demasiadas emociones para asimilar en un sólo día.

— * —

«Cinco sentidos tenemos y los cinco necesitamos, pero los cinco perdemos cuando nos enamoramos»

Minako

—Seguro que los dueños tienen más copias de la llave. —Y le oyó dejarlas en la bandeja de una mesita del recibidor—. Les diré que me den otra para ti. De mientras, dejo las llaves aquí para que las cojas.

A Minako se le hizo raro contemplar el piso de alquiler de Hagen como su nueva residencia. Había sido todo tan rápido que se le hizo extraño. Pero sabía que no le costaría nada acostumbrarse a ello. Sólo necesitaba estar allí donde estuviera él. El sitio era lo de menos.

—Claro.

—A la noche me acercaré a tu casa a recoger tus cosas.

—Será mejor que te acompañe; serán muchos bultos.

—No te preocupes, me acercaré con el coche y los traeré.

—¿Has alquilado también un coche? —preguntó sorprendida.

—Por supuesto. Me gusta hacer turismo y algún transporte necesito para moverme donde quiero.

Como normalmente quedaban por la ciudad y nunca se movían a grandes distancias, nunca le había visto en coche. Pero si lo pensaba bien, no sabía qué cosas haría Hagen cuando estaba solo. Allí no trabajaba ni estudiaba; de alguna forma tenía que rellenar el tiempo libre cuando no estaba con ella.

—¿Pero cuánto dinero tienes? —El tono le había salido entre sorprendido y ultrajado, y eso hizo reír a Hagen.

—Mucho —contestó escuetamente.

—Que sepas que la idea está empezando a darme escalofríos.

Hagen se acercó y la besó sin ningún tipo de aviso. Todo su cuerpo tembló por la caricia.

—El único que te tiene que dar escalofríos soy yo —susurró sensual.

—Y lo consigues muy bien —le confirmó ella con una sonrisa.

Hagen la volvió a besar con suavidad mientras metía su mano por debajo de su jersey, acariciando ahora su piel. Minako subió su mano hasta su cuello atrayéndolo más a ella y devolviéndole ese dulce beso.

Minako notó la mano fuerte y masculina de Hagen desplazándose por su espalda hasta que con una fuerte presión, pegó su cuerpo al de él. Enseguida notó la protuberancia que aumentaba indicándole su excitación, algo que Minako sabía que era capaz de encender casi sin proponérselo. Hagen era un hombre pasional, de eso no tenía dudas, y ella era la chispa que ponía siempre todo en marcha.

Y entonces, el cierre del sujetador se soltó.

—Hagen, ¿qué estás haciendo? —inquirió sorprendida separándose de él.

—¿Tú qué crees? —replicó con el tono habitual de quien dice algo por todos sabido.

Y a Minako le cayeron encima kilos y kilos de abrumadora evidencia. Hagen quería acostarse con ella, sin más preámbulos, y a ella le asaltó el nerviosismo ante el inminente acto.

Cierto era que se lo había planteado incluso de antes de saber que era Aoshi, pero siempre se había dicho que una vez que decidiera dar ese paso, se daría un tiempo para concienciarse de ello.

—¡Espera, Hagen! Esto es un poco precipitado…

—¿Precipitado? —cuestionó confundido—. ¿A qué le tienes miedo? Aunque no hayamos hecho esto antes, yo conservo muy buenos recuerdos... —y añadió juguetón—: de los mejores, ¿acaso tú no?

Minako sintió que se ruborizaba de cuerpo entero. Notó un calor instantáneo por todo el cuerpo al recordar la intensa actividad sexual que tenían en su vida anterior.

—Sí, claro... Pero ahora vuelve a ser todo nuevo y…

—¿Y qué? —la interrumpió sin miramientos—. Ya va siendo hora de que tengamos recuerdos reales en esta época.

—Pero podíamos esperar unos días, para que me haga a la idea. —Minako empezó a sonar algo alterada.

—¿Te has venido a vivir conmigo? ¿Qué esperabas? De hecho, sólo hay una cama en este piso.

Hagen la cogió de la muñeca tirando de ella hacia su habitación y a Minako casi le dio un infarto.

—Pero así, tan de repente… —se excusó Minako con un tono agudo de voz mientras era arrastrada—. Hace un par de semanas que me depilé, seguro que han empezado a crecer… —empezó a balbucear histérica—, y querría estar duchada antes… y encima llevo una temporada sin echarme crema hidratante en el cuerpo por el frío que hace… y…

Hagen se giró tan pasmado que Minako dejó de hablar.

—Las mujeres estáis locas. Sólo a vosotras se os ocurren esas cosas. —Hagen dio un último tirón y Minako acabó recostada en la cama—. Cuando un hombre desea fervientemente a una mujer, ni se da cuenta de esos detalles. Y yo llevo esperándote una eternidad. Para cuando empiece contigo, no voy a recordar ni que me los has dicho.

No dijo nada más, acto seguido se subió sobre ella y sus bocas se unieron en un intenso beso que casi les dejó sin respiración. Sus lenguas se encontraron saboreándose una vez más en una caricia tan pasional que les quitó el aliento.

Hagen volvió a meter una de sus manos por debajo de su jersey hasta que se deslizó por debajo del sujetador, dejándolo flojo y suelto, cubriendo con su palma un pecho suave que poco a poco se fue endureciendo. Acarició con la yema de sus dedos la cumbre proporcionándole el placer que recordaba y ansiaba con aquellas manos expertas. Su mano se pasó de un seno al otro haciéndole gemir, desearle más... cada vez con menos fuerzas para detener aquel desenfreno.

Minako tenía tantos sueños de momentos como ése que en realidad no sabía por qué ponía tanta objeción. La única deducción lógica que le aparecía por la cabeza era el nerviosismo que le creaba la primera vez.

Hagen cogió sus muñecas y se las pasó por encima de su cabeza sujetándolas con la mano libre. Con la que acariciaba su cuerpo levantó el jersey, la camiseta que llevaba debajo y su sujetador, descubriendo así sus pechos y recreándose la vista con ellos. Estuvo tanto tiempo sin reaccionar que Minako acabó tensándose.

—Preciosos —susurró con un anhelo tan fiero que Minako sintió que todo su cuerpo se derretía.

La boca de Hagen se posó sobre uno de sus senos, besando y succionando ávidamente. Su mano libre descendió poco a poco hasta su suave vientre, acariciando con delicadeza y abriéndose paso por su pantalón.

Minako dio un respingo cuando alcanzó su sexo y se le cortó la respiración. Sus hábiles dedos tocaron entre sus pliegues haciéndola suspirar.

Sentía tanto placer... hacía mucho tiempo que no sentía algo así.

Acarició con su dedo pulgar el clítoris mientras bordeaba la entrada con la tentativa de traspasarla. Esta vez, Minako jadeó con fuerza y Hagen aprovechó la separación con su boca para rociar de besos su cuello.

Sacó su mano de su sexo y fue acariciando con sus dedos húmedos de vuelta a sus pechos, y después, a sus labios.

—Da igual el cuerpo que tengas —dijo provocador—, sigues siendo deliciosa.

Minako se ruborizó de pies a cabeza. ¿Por qué era tan dolorosamente excitante? ¿Y por qué la torturaba siempre de esa manera? Le ansiaba y él se detenía en jueguecitos. Quería que soltara sus manos para poder acariciarle también y no sólo darse el banquete él.

Sin embargo, su deseo se cumplió antes de lo esperado. Hagen cogió su jersey con la camiseta y se lo sacó soltando así sus manos. El sujetador sufrió el mismo destino y acabó también en el suelo. Hagen se posicionó en el hueco de sus piernas saboreando esa piel que adoraba.

Minako optó por empatar el juego y como pudo, le desnudó de cintura para arriba. Antes de darse cuenta, habían comenzado una batalla por ver quién ganaba el privilegiado puesto de ser el que más piel expuesta del otro acariciaba. Pero Hagen se escaqueó del duelo y bajó con sus labios dejando suaves besos hasta llegar al pantalón. Desabrochó los botones y fue deslizándolos —ropa interior incluida—, hasta quitárselos.

Era evidente que la batalla la perdió Minako. Apenas podía tocarle con sus manos mientras que él seguía rozando y besando sus piernas.

Y quiso dar la vuelta a las tornas.

Minako se incorporó y le empujó colocándose encima de él. A pesar de estar ella encima, él seguía teniendo nuevo territorio que explorar: en especial, las caderas que tan firmemente estaban apoyadas sobre él.

Le acarició y besó su torso tan minuciosamente como él había hecho con ella y Minako sintió cómo sus manos se detenían mientras se dejaba caer en ese mar de emociones que le estaba regalando. Aunque fuese nueva en esta época, conservaba valiosísimos recuerdos de la otra y Hagen estaba siendo receptor de aquellos trucos.

Minako subió su boca hasta sus labios sedientos de su esencia mientras bajaba las manos memorizando ese nuevo cuerpo sin cicatrices; ese nuevo cuerpo que le pertenecía. Se separó de él y fue abriendo los botones de sus pantalones, dejando cada vez más suelto ese bulto que manifestaba su deseo por ella.

Le dejó desnudo quedando en igualdad de condiciones, aunque había una significativa diferencia entre el cuerpo masculino que recordaba y el nuevo que tenía delante de ella.

Aunque Aoshi no era precisamente débil, siempre había sido de la constitución delgada propia de los japoneses. Hagen, en cambio, era más fuerte; con un cuerpo más musculado y fibroso. Aunque no tenía un entrenamiento exhaustivo como Aoshi, sabía que Hagen se mantenía en forma yendo al gimnasio casi todos los días, por lo que no debería haberse sorprendido por que tuviera un cuerpo trabajado. Pero no se lo había esperado.

Minako pasó con ligereza la punta de sus dedos por encima de su duro vientre. El tono de su piel era más pálido incluso que su rostro; por tanto, mucho más que Aoshi. Era de un color casi blanco después de meses sin sentir los rayos del sol.

Pasó sus ojos por encima de él hasta llegar a su rostro; tan rubio y con esos ojos claros. Hagen cumplía con todos los estereotipos atribuidos a un hombre de un país nórdico europeo. Eran tan diferentes como la noche y el día.

Sin embargo, las diferencias no terminaban ahí. Minako llevó su mano hasta el miembro erguido de Hagen y lo acarició suavemente en toda su envergadura sabiendo lo placentero que sería para él. Pero no pudo evitar darse cuenta de ese «pequeño» detalle.

—¿Hagen? —Había cerrado sus ojos en cuanto le tocó, y no los abrió al contestar.

—¿Sí?

Minako estaba muerta de vergüenza antes incluso de decir una palabra. No sabía cómo abordar algo así. Detuvo su mano a la mitad y con el pulgar frotó sobre el frenillo.

—Me lo parece o es más... —Minako no pudo continuar. Tenía que haberse callado; a ella se lo parecía y punto. Nunca volvería a sacar ese tema que tanto la abochornaba.

Pero Hagen se rio y se incorporó sobre sus codos para mirarla.

—Que conste que no me puedo quejar del cuerpo de Aoshi, pero la media de los japoneses es más baja por algo. —Siguió riéndose sin contemplaciones, mortificando aún más a Minako.

—Ya veo... —murmuró insegura—. Pues yo sí soy japonesa.

Hagen la agarró y les hizo rodar sobre la cama para posicionarse encima de ella, atrapándola así con su cuerpo. La besó dulcemente por el cuello hasta llegar a su oído.

—Lo sé. Y eres una japonesa preciosa que me vuelve loco. —Le mordió el lóbulo de la oreja y gimió—. No tienes de qué preocuparte.

Subió una mano a uno de sus pechos y succionó el otro con hambre. Pero no se detuvo ahí; siguió un reguero de besos por su torso en dirección a su vientre.

—Quiero besar cada centímetro de tu cuerpo. Tenemos que descubrir si te gustan las mismas cosas que antes.

«Pues de momento estás haciendo un trabajo espectacular», pensó Minako.

—Gracias —contestó para su sorpresa Hagen y Minako se azoró al darse cuenta de que había hablado en alto.

Era evidente para ella que Hagen no se sentía para nada incómodo con lo que estaban haciendo. Ella no debería sentirse así; había hecho aquello innumerables veces. Pero a la hora de la verdad, sólo era un autoengaño: era la primera vez que harían el amor. Más aún: era la primera vez que ella se acostaría con un hombre. Minako tenía recuerdos de Misao, pero eran sólo eso: recuerdos. Aunque los experimentara en sueños, para Minako no eran reales.

Y era eso lo que la tenía nerviosa, por mucho que fuese el hombre que amaba.

Hagen le separó más las piernas y, buscando la entrada, introdujo un dedo en su cuerpo. Minako se tensó al momento presionando contra ese dedo. Le produjo cierta sorpresa su reacción involuntaria. Ella no era una mojigata; había hecho eso mismo más veces ella sola. Pero había una diferencia abismal entre Hagen y ella.

No alteró el ritmo ante la resistencia; siguió lento pero continuo, y utilizó la mano libre que le quedaba para acariciarle las piernas y las nalgas. Eran caricias tranquilas con el objetivo de calmarla para que se destensara, algo que consiguió poco a poco mientras Minako seguía retorciéndose de placer.

Y entonces, él se detuvo.

Su cuerpo quemaba y necesitaba urgentemente que ese fuego encendido se apagara. Por eso le miró horrorizada ante la mera idea de que empezara con sus típicos juegos otra vez.

Le mataría.

—Ni se te ocurra ponerte con tus jueguecitos —le amenazó—. Hoy, no.

Él se deslizó por encima de su cuerpo como un depredador acechando a su presa hasta llegar a sus labios y volver a besarla. Se acomodó sobre su cuerpo rozando con su miembro su sexo y riendo divertido ante la queja.

—¿Mis jueguecitos? Creo que aún no te he enseñado ninguno. —Hagen le acarició con el pulgar el labio inferior y le separó los labios—. Pero voy a ser compasivo contigo puesto que la última vez que tuvimos un primer encuentro, te hice «sufrir» bastante.

—Más te vale.

Bajó su cabeza para lamer sus labios de forma ardiente. Sin embargo, se incorporó sin previo aviso sobre ella y se inclinó hacia la mesilla, rebuscando en un cajón. Su mano retorno con un preservativo.

—Aunque al final a tu padre no parecía disgustarle la idea de ser abuelo —dijo sarcásticamente—, supongo que preferirás terminar tus estudios antes de tener hijos.

Si no fuera por el mal rato que había vivido en su casa por la discusión familiar, se habría reído ante la imagen de su padre adorando al nieto que en un principio no quería.

Minako asintió a su afirmación y Hagen se colocó de forma rápida y eficiente el preservativo.

—¿Prefieres alguna postura en especial? —se preocupó él para hacerla sentir lo más cómoda posible esa primera vez.

—Estoy bastante nerviosa; si me dejas pensármelo mucho quizás salga corriendo.

Hagen rio mientras se acomodaba sobre ella impidiéndole cualquier tentativa de escape.

—Estás loca si crees que te deja ría —susurró divertido.

—No entiendo por qué estoy tan nerviosa. Ya he pasado por esto antes. —Misao había estado nerviosa pero más por su ignorancia frente a la noche de bodas que por el hecho en sí, que era el caso de Minako.

Hagen la miró a los ojos algo más serio y acarició su mejilla.

—No, no lo has hecho. —Hagen pasó su mano por su cintura y siguió hacia abajo hasta posarla sobre su pierna y separársela algo más—. Aunque les recordemos, no somos ellos. Tenemos distintos gustos y tememos distintas cosas. Aunque influyan en nuestras vidas, eso no nos reduce a ser ellos. Tú eres Minako y yo soy Hagen; y te aseguro que el hombre de esta época también está enamorado de la mujer de esta época.

Minako le sujetó de la nuca y le bajó hasta ella para besarle. No se había dado cuenta de la verdad que encerraban esas palabras. Porque ella se estaba enamorando de Hagen antes de saber que era Aoshi.

Sintió la presión de Hagen deslizándose dentro de ella con pequeños movimientos de vaivén que la relajaban cuando la sentía tensarse. Sin embargo, antes de que pudiera darse cuenta, sus cuerpos se habían fundido. Él se detuvo cuando llegó al final, esperando a que se acostumbrara y ella aguantó sin quejarse para no preocuparle. Pero dolía. Había invadido su cuerpo y éste se quejaba por ello.

Por eso, cuando Hagen intentó moverse, Minako no pudo evitarlo y le clavó las uñas en los hombros.

—¿Te encuentras… bien? —preguntó con la voz entrecortada por el esfuerzo.

—Sólo dame un momento.

—¿Por qué no me has... avisado antes? —siguió entre jadeos.

Minako no respondió intentando controlar su respiración y amoldarse a Hagen. Él se dedicó a besarla de nuevo y acariciarla con ternura para estimularla por otro camino. Le cogió de las piernas y cambió con cuidado la postura abriéndola más. Aunque seguía completamente enterrado en ella, notó el cambio al momento, siendo la fricción más suave.

Poco después dejó de clavarle las uñas y comenzó a pasear sus manos por su ancha espalda. Minako le miró a los ojos y Hagen entendió la señal. Con cuidado, comenzó un ritmo suave tan enloquecedoramente lento como deseable. Se deslizaba saliendo prácticamente entero e introduciéndose hasta encajarse completamente. Lento pero sin pausa, consiguió que el poco dolor que quedaba se esfumara. Sus palabras dulces entre besos, sus gemidos, su nombre susurrado con placer, hicieron el resto para conseguir que la abrumara el placer.

Minako acompasó poco a poco el movimiento de sus caderas con el ritmo de él. Quería más, deseaba más, y sabía que él se lo daría. Sus acometidas cada vez eran más rápidas y profundas casi dejándola sin aire; proporcionándole un placer carnal que sólo conservaba en recuerdos.

Y por fin esos recuerdos se avivaban gracias a él: al hombre que amaba desde niña. Todas sus vidas pasadas, presentes y futuras le amarían siempre, porque él era suyo y ella siempre le pertenecería.

Minako sintió su ritmo aumentar tanto en velocidad como en intensidad. Supo que Hagen estaba a punto de llegar al clímax aunque intentaba contenerse por ella. Pero ella tampoco estaba muy lejos de llegar al final.

Y entonces le sintió irse con unas embestidas duras y secas, que hicieron que su cuerpo se estremeciera de arriba abajo alcanzado su propio placer con gran intensidad y espasmos violentos.

Hagen se relajó sobre Minako apenas unos segundos hasta que sus contracciones cesaron y rápidamente se separó quitándose el preservativo embadurnado de sus esencias. Se levantó y desapareció de la habitación volviendo al momento sin el preservativo usado y con un pañuelo. Se tumbó a su lado mientras colocaba el pañuelo sobre su sexo y limpiaba suavemente. De haberlo podido hacer ella, lo habría hecho, pero estaba exhausta y aún le temblaban los brazos y respiraba con rapidez.

—¿Cómo te encuentras?

—Un poco dolorida. —Hagen le dio un casto beso.

—Eso es normal.

Esta vez, no fue un casto beso y lo hizo a conciencia mientras la seguía acariciando con cuidado con el pañuelo. Lo dejó en el suelo al terminar y la atrajo hasta su cuerpo para mantenerla entre ellos.

—Es algo pasajero —comentó con picardía cubriendo sus cuerpos con las mantas—: te acostumbrarás a mí.

—Seguramente, pero no será hasta dentro de unos días. Necesito recuperarme.

Hagen frunció el ceño.

—No creo que pueda aguantar días después de haberte probado. —Le acarició el rostro y compuso una sonrisa descarada—. Te concedo un sueño reparador y cuando despiertes lo negociaremos.

Minako se echó a reír por la sugerencia de negociar sus posibles encuentros en el plazo de unos días y por alguna razón, sabía que acabaría cediendo ella. Se acurrucó más contra su cuerpo y cerró los ojos dispuesta a tomarse ese sueño reparador que le ofrecía.

—Te quiero, Hagen... mi amor actual.

Hagen la apretó más contra él y le susurró al oído.

—Y yo a ti, Minako... mi amor por siempre.