BELLA
-¿Alfons Mucha?
-Así es. En dos semanas se inaugura en Praga la mayor colección de posters y pinturas de Mucha, son 151 piezas en total. Ivan Lendl organizó la exposición, y resulta que uno de nuestros mayores beneficiarios conoce a Ivan, así que hace un par de meses hablé con él y me puso en contacto con la Casa Municipal en la plaza de la República allí en Praga; nos ofrecimos a hacerles publicidad gratis desde aquí para dar a conocer el trabajo del artista checo. Lo que implica obviamente organizar una exposición, de reproducciones obviamente.
-¿Para cuando tendría que estar todo dispuesto?
-Aun no lo sé. Todavía ando un poco desubicada, dame un par de días para poner todo en orden y la galería volverá a la normalidad.
-Bella, no te he dicho nada, pero siento mucho lo de…
-Lo sé, gracias Jessica. Aun así todavía no he tenido tiempo de compensarte todo el trabajo extra que has hecho. Has estado magnífica.
-Gracias.- Con una mínima inclinación de cabeza se despidió y fue a cumplir con sus tareas. Desde el momento en el que decidí volver a hacer algo útil con mi vida, y volver a la galería, respiraba mejor. Por supuesto era incapaz de olvidarme de Aaron, pero el hecho de estar haciendo algo productivo en vez de ser un manojo de nervios sentada en un sofá esperando una llamada de teléfono me aliviaba. Ni que decir tiene que mi cabeza no estaba en el trabajo, era más un estorbo que una ayuda para Jessica, pero la vida era así.
Me dirigí a mi despacho con una taza bien cargada de café en la mano y tres magdalenas de chocolate, indicaciones precisas de médico y órdenes expresas de un muy cabreado Edward Cullen. Una semana había pasado desde que Jasper entrara por la puerta de la galería exigiendo hablar conmigo, una semana desde que Angela fuera asesinada y Aaron secuestrado.
El increíble despliegue de medios que Edward había conseguido por parte de los SWAT no había durado tanto como él había esperado, sin embargo, la lealtad de Emmett McCarthy había permanecido- lealtad que yo aún no sabía a qué se debía- y había pedido una excedencia para permanecer en casa de los Cullen hasta que el pequeño apareciera. Otro asunto muy distinto era cuando habíamos ido aquella mañana a la comisaría. Entonces había gritado, maldecido y rompido cosas hasta quedarse sin voz cuando el inspector Michael Newton había dicho que la investigación se encontraba en un punto muerto y que con las pistas con las que contaban no podían hacer mucho más. Yo había permanecido en silencio a su lado mirando fijamente a Edward quien parecía que iba a saltarle a la yugular de un momento a otro, había sido incapaz de reaccionar de otro modo y cuando Edward al final dejó de amenazarle con interminables demandas por negligencia e ineptitud, me levanté de la silla, recogí las cosas de Edward y las mías y tirando suavemente de su mano le había sacado sin incidentes de la comisaría. Después nos habíamos montado en su coche y sin una palabra él me había dejado en casa. Yo tampoco dije nada, tan solo nos miramos a los ojos mientras la lluvia arreciaba con fuerza.
Como había conseguido volver a mi casa, no era algo sencillo. Después de mi ataque de ansiedad, vi las cosas mucho más claras.
No es que lloviera: diluviaba. Cuando al final abrí los ojos, alguien había corrido la cortina completamente dándome una panorámica bastante interesante del jardín trasero. Del jardín trasero de la mansión Cullen.
Me incorporé bruscamente, mientras se desvanecía con dificultad la bruma que nublaba mi mente, iba recogiendo pedazo a pedazo los últimos acontecimientos. Era como si alguien estuviese atornillándome algo a la cabeza, y lo último que podía recordar era a Edward gritando mi nombre y suplicándome que respirara.
¿Acaso había dejado de respirar? ¿Edward había suplicado que siguiera respirando?
Como ya he dicho, diluviaba solo como en Seattle era posible. Siempre me había gustado la lluvia, me hacía sentir en casa, pero yo no estaba en casa, sino en la de Carlisle y Esmeralda Cullen, de modo que fue en ese mismo momento cuando decidí que por mucho que me costase poner un pie allí, debía volver a mi casa y dejar de lloriquear. Lo que parecía un ataque de ansiedad iba cobrando forma en mi mente, después del lamentable espectáculo que había dado hacía tan solo unas pocas horas solo me quedaba recomponerme y ser fuerte, de ninguna otra manera iba a conseguir que Aaron apareciera. Me levantaría, me lavaría la cara, pediría un taxi e iría de nuevo a la comisaría, no sin antes preguntar a Carlisle si sabía algo más, cosa que dudaba en sobremanera.
Y así lo hice. Me levanté de la cama ignorando el palpitante dolor de cabeza, me lavé la cara y me mojé la nuca con agua fría y recogí mi chaqueta y mi bolso. Miré un reloj y vi que eran las tres y cuarto de la tarde por lo que consecuentemente y por las leyes de la lógica –y teniendo en cuenta que no había comido nada desde al menos un día- debería tener al menos un poco de hambre. Cuando salí en pos de Carlisle o Esme me sorprendió ver aquello tan vacío, fue tan solo cuando llegué al salón cuando me recibió una alta figura de pelo lustroso rubio y labios rojos, como no Katherine.
Me quedé parada, pero era indudable que aunque ella seguía mirando la revista Vanity Fair que tenía entre las piernas y sosteniendo una taza con la mano derecha, me había visto. Opté por lo sencillo.
-Buenas tardes,- y eché a andar hacia la salida sin esperar respuesta. No tuve suerte.
-Me preguntaba cuando íbamos a tener tú y yo una charla. Isabella Swan, ¿no?
-Sí. Nos conocimos en el evento del Wachovia Bank. Te tendí la mano.
-¿En serio? No te recuerdo.- No contesté, mientras ella me miraba desde el último pelo de mi coleta deshecha hasta la suela de las botas marrones. Me dije que ella no era mi problema para nada, lo había dejado de ser el día que decidí que todo había terminado entre Edward y yo. Sin embargo el tono condescendiente de sus palabras y su modo de mirarme me estaban poniendo peligrosamente a prueba.
-Bueno, ha sido un placer verte de nuevo, pero en realidad estoy…
-Edward ha salido. Hace bastante por cierto.
-No estoy buscando a Edward.
-Perdona mi franqueza, puede que toda esta panda de estúpidos crédulos se haya tragado todo esta historia, mi querido marido el primero, pero a mí no me engañas.
-Me parece muy bien, ahora si me disculpas.
-Creo que no me has entendido,- retiró con delicadeza la revista de sus piernas y posó la taza en la mesa frente a ella antes de incorporarse.- No voy a dejar que te interpongas entre mi marido y yo usando como excusa la paternidad de ese pobre crío.
Ya lo había conseguido, me había cabreado.
-Ese pobre crío del que estás hablando es mi hijo, así que ten cuidado con lo que dices. Y acerca de tu esposo no te preocupes, no me interesa en absoluto, me dejo de interesar en el momento en que supe que lo estaba compartiendo contigo, y ahora si me disculpas, de verdad tengo sitios más importantes en los que estar y conversaciones más interesantes que mantener, pero ha sido un auténtico placer volver a verte.
La dejé con la mandíbula descolgando de una manera muy vulgar de su elegante rostro, y salí de allí antes de que tuviera la oportunidad de añadir nada más. No sabía aún qué coño le había visto Edward a esa mujer para querer pasar con ella el resto de su vida. Aparté con rapidez esos pensamientos de la cabeza, y cuando me encontré a una empleada en mitad de uno de los corredores interminables de esa casa, tuvo la amabilidad de indicarme que Esmeralda y Carlisle Cullen habían salido. Dicho eso, me dispuse a salir de allí y poner tierra de por medio entre esa casa y la mía, pero cuál fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta principal, bajo esa interminable y grisácea pantalla que la lluvia creaba delante de mí, de un flamante volvo vi bajarse a Edward… con mi padre.
¿Qué coño estaba pasando allí? ¿Cuándo había llegado mi padre?
En un acto reflejo cerré la puerta de un portazo y las vidrieras de colores laterales resonaron en el amplio vestíbulo, no había duda de que me habían visto. Retrocedí unos pasos, mi cabeza funcionaba a toda velocidad. ¿En qué clase de universo paralelo me hallaba? ¿Acaso me lo había imaginado? Miré a través de las vidrieras, mierda se estaban acercando. Estaba bloqueada. Así fue como me encontraron cuando la puerta se abrió. Edward hizo girar la llave y esta se desplazó con facilidad, al verme allí con los pies plantados en el suelo como si tuviera plomo en las botas y los ojos abiertos desmesuradamente, el cabronazo no pudo sino sonreír. Si no hubiera sido por lo confusa que me sentía me habría encantado estamparle en la cabeza el jarrón de porcelana china que había a mi derecha. Con las flores incluidas.
-Me alegra ver que te encuentras mejor.- Tras él, mi padre entró en el vestíbulo, y dada mi cara de desconcierto, Edward contestó a mi pregunta no formulada.- Rosalie comentó que tu padre llegaría hoy al aeropuerto y yo me ofrecí para ir a recogerle. Espero que no te importe.
Algún mecanismo interno de mi cabeza me permitió asentir como una estúpida. Mis ojos estaban clavados en mi padre. Charles Wenham Swan. Definir con una sola palabra la relación con mi padre habría sido complicado. Ni siquiera había sido capaz de coger el teléfono y llamar a Portland para decirle que su nieto había desaparecido, Rose había tenido que hacerlo. Pero todo aquello no importó en aquel momento, mi padre me tendió los brazos y yo no dudé en dejarme envolver por sus brazos y por el olor familiar que me recordaba a mi niñez. Aquel policía galardonado en múltiples ocasiones seguía siendo mi padre, y yo seguía siendo su única hija. Todo se desvaneció, hasta ese momento no supe por qué Rosalie había insistido tanto en llamarle, y ahora me daba cuenta de que le necesitaba como al respirar. El nudo en la garganta reapareció pero esta vez reprimí con todas mis fuerzas las lágrimas. Aunque ahora mi padre estuviera allí, la presencia de Edward me seguía sin pasar inadvertida. No llegaba a ser un grano en el culo pero se le aproximaba sobremanera.
Carlisle apareció no mucho después de la llegada de mi padre y la conversación que tuvo lugar a continuación me hizo querer cortarme las venas. Las presentaciones formales se sucedieron en un ambiente insoportablemente cordial.
-¿Cómo te encuentras, Bella?
El momento en el que Carlisle me hizo la pregunta, mi sangre quedó congelada en las venas por la mirada de mi padre. Vale que estuviera aquí, pero no tenía por qué enterarse del lamentable espectáculo de esta mañana.
-Estoy perfectamente, gracias.
-¿Has comido algo?- Edward intervino. Negué con la cabeza lentamente. Las tripas me crujían; tenía mucha hambre. Abrió la puerta de un salón que ahora por suerte no contaba con la presencia de Katherine y localizó a una de las asistentas.- ¿Le importaría traer algo para comer? Una ensalada de patata, los medallones de solomillo con salsa de fruta y un trozo de esa magnífica tarta de chocolate que usted misma ha preparado debería ser suficiente.
¿En serio pretendía que me comiera todo aquello? Solo decirlo había hecho que empezara a salivar, sin embargo aún quería estamparle algo en la cabeza. Preferiblemente algo grande pesado y que hiciera mucho ruido al impactar contra su perfecta cabeza.
-Bella tienes que cuidarte,- la voz de aquel importantísimo doctor sonaba paternal.- Debes comer. La deshidratación y malnutrición no hacen buenas migas con los ataques de ansiedad.
Y ahí estaba, lo había tenido que decir. En voz alta. Por Dios, ¿acaso aquel hombre no tenía filtro? ¿No era obvio que yo no quería hablar del tema con mi padre presente?
-¿Un ataque de ansiedad, Bella? No será como la última vez espero.
-De verdad papá, no hace falta que te preocupes.- Me apresuré a contestar antes de que nadie más pudiera hacer cualquier otra aportación.- Estoy perfectamente, solo necesito comer algo.
-¿Ha ocurrido más veces?- Carlisle seguía con sus preguntitas puntillosas.
-No,- la mentira salió con naturalidad y seguridad.
-Sí.- Y mi padre no callaba.- Ha ocurrido con anterioridad.- Como no, se dispuso a contar la interesante historia de los ataques de ansiedad de Isabella Swan, y durante diez angustiosos minutos durante los cuales me mordí el labio para no llorar delante de mi audiencia y me sujeté las manos para no atizarle, mi padre contó cómo durante el embarazo se habían sucedido uno tras otro. Así descubrió Edward un embarazo de alto riesgo que había culminado con un nacimiento antes de tiempo y un año y medio de terapia infructuosa. Digo infructuosa porque evidentemente había vuelto a tener otro ataque. Tuve que soportar los consejos médicos de un cardiólogo que en mi opinión no tenía ni idea sobre la psicología y las miradas angustiadas de un Edward que evitaba a toda costa establecer contacto visual conmigo.
Después de aquello la vida parecía transcurrir a cámara lenta, cuando Charlie acabo con su discurso acerca de mis traumas evidentes y de su obvia preocupación por su estado de salud, yo me encargué de repetirle una y otra vez y asegurarle que me iba a cuidar, que iba a comer y que iba a procurar tranquilizarme en la medida de lo posible, no solo a él sino también al nuevo abuelo de mi hijo, que parecía casi estar igual de preocupado. Y acto seguido comuniqué mi intención de volver a casa y no permanecer ni un puto segundo más bajo el techo de los irritablemente amables Cullen. Por supuesto no lo dije con esas palabras, sino que eché mano de mis raíces británicas para hacerlo sonar tan cordial y educado como fuera posible.
Ni que decir tiene que se volvió a montar gorda entre Edward y yo, que nos volvimos a llamar de todo y que el ruido de nuestra discusión acalló cualquier protesta de Carlisle o de Charlie, mientras que Esme sacó la cabeza de la cocina donde preparaba- una vez más- café, o que Rose, Alice, Jasper y Emmett aparecieron tras las puertas correderas del despacho del cardiólogo. Los gritos se sucedían, sin parar, uno tras otro. Tú has dicho, yo he hecho, tú no has hecho. Por tu culpa, por la mía. Vete a la mierda, ojalá no te hubiera conocido en la vida, eres un puto mentiroso de mierda, tú tampoco te quedas lejos, me has ocultado a MI hijo (ese MI y su sentido de la posesión después me harían mucha gracia). Me has destrozado la vida, si no fueras tan sumamente orgullosa y cabezota Aaron no habría desparecido.
Fue justamente cuando de su boca salieron esas palabras cuando yo callé. ¿Qué iba a decirle? Tenía razón, mucha en realidad. Me quedé mirándole sin aliento y parecía que él esperaba que yo soltara algo mordaz o algo mucho más hiriente que todo lo anterior. Aquello marcó un antes y un después, con mi padre a mi derecha, Carlisle en el sofá de enfrente con Esme junto a él, Katherine medio escondida tras el marco de entrada al comedor y los cuatro fantásticos observando sin descaro ninguno. Me di cuenta de que Edward tenía parte de razón, que no era culpable de absolutamente todo lo malo que había en el mundo y que no era Satanás reencarnado. No había sido culpa de él que Aaron desapareciese, al menos no directa, y que si yo me hubiera tragado el orgullo y aceptado que Edward merecía ser parte de la vida de mi hijo, quizá aún lo conservara junto a mí. Quizá entonces podría empezar a conocerle, mientras yo les observaba desde lejos con recelo. La culpa de que Aaron hubiera desaparecido era el resultado de mi prepotencia como madre, pero sobre todo como mujer.
Había conseguido retener las lágrimas hasta ese momento, pero entonces una sola se escapó mientras yo me froté los ojos con rapidez. Miré en rededor para al final volver de nuevo a Edward quien me devolvía la mirada con un sufrimiento y una ansiedad difíciles de ignorar.
-Tienes razón Edward, sino hubiera sido tan soberbia y tan irrazonable, quizá Aaron no habría desaparecido. Perdóname.
Tenía la voz rota cuando pronuncié aquellas palabras, y Edward me miró como hacía mucho que no me miraba. Me decía todo con los ojos sin tener que abrir la boca. Fue entonces cuando Charlie se levantó y me dijo que era hora de irnos a casa, y esa vez nadie dijo nada en contra, y aquel hombre de profundos ojos verdes vidriosos me vio marchar hacia la lluvia con un nudo en la garganta muy parecido al mío.
La taza de café se había quedado fría en mi mano. Ahora estaba en la galería, días después, con una montaña de trabajo sobre mi mesa que suplicaba ser terminada. La reproducción de la exposición checa de Alfons Mucha, una nueva subasta, las pinturas futuristas de Boccioni que acababan de llegar y que aún se encontraban en la caja fuerte sin desembalar… Di cuenta rápidamente de lo que quedaba de magdalenas de chocolate, y di varios tragos de café. Me limpié la boca con un pañuelo y me estiré el vestido antes de salir de nuevo a la galería, Jessica no estaba y aquello era raro. Sin embargo divisé a un hombre junto a la entrada contemplando embelesado un cuadro impresionista que nos había llegado hacía no mucho. Me acerqué a él con todo el aire profesional del que fui capaz, pero no tenía ningunas ganas de tratar con ningún cliente.
-Buenas tardes, ¿puedo ayudarle en algo?
Se trataba de un hombre alto, apuesto de complexión fuerte y rasgos finos, vestido exquisitamente. Tenía los ojos muy azules y una mirada decidida, y una cascada de rizos rubios que le rozaban las orejas.
-Estaba admirando esta belleza impresionista, aunque usted sin duda es otra clase de belleza totalmente distinta, ¿no es así?- No era la primera vez que un cliente había intentado coquetear conmigo, y desde luego este no había sido ni remotamente el más descarado, así que sonreí con condescendencia. El acento inglés sin duda le sumaba encanto.
-En este caso se trata de la pintura impresionista de Camille Pisarro de 1873, Campo de Coles en…
-Pontoise, Francia.-Su conocimiento me sorprendió, no había mucha gente en Seattle que conociera a Pisarro.- Parece una casualidad de la vida, el hecho de que este hombre pintara mi ciudad natal y que usted haya recogido la obra en una galería de arte en la otra punta del mundo. El cómo yo haya llegado aquí poco importa, lo realmente crucial es el hecho de que este aquí con usted en este momento.
Sonreí, aquel hombre tenía pinta de ir a hacer una compra muy provechosa. Tomé aire antes de soltarle toda mi perorata previamente preparada.
-Frente a otros impresionistas como Monet o Renoir que sentían predilección por el ocio burgués, Pisarro se decantó por el ambiente rural, cuando la obra fue expuesta en la primera muestra impresionista en 1874, los entendidos criticaron la vulgaridad de las coles, sin embargo la bruma matinal que envuelve las formas es el verdadero protagonista, que Pisarro capta con una técnica a medio camino entre el monocromismo de Corot y la pincelada abierta tan característica de la corriente impresionista.
-Y el resultado es una obra serena en la que el tiempo parece haberse detenido, ¿acaso no le parece maravilloso?
-Ciertamente lo es.
-Sería magnífico quedar retenido en el tiempo, quedar retenido en ese paraje de ensueño, brumoso y misterioso a primera hora de la mañana. Allí me críe yo, un sitio especial sin duda. ¿Y a usted? ¿En qué momento le gustaría quedarse retenida?
-La pregunta me pilla desprevenida, no sé qué decirle.
-¿Le gustaría quedar atrapada en este preciso momento, con un atractivo y misterioso extranjero en esta pequeña mina de oro en la ciudad esmeralda?- No contesté, su tono era juguetón y yo no estaba de humor, aun así hice un esfuerzo por sonreír.-Su cara me suena, ¿puede ser que por alguna casualidad del destino nos hayamos conocido antes?
-Me temo que no, sin duda me acordaría.
-Sin embargo… ¿Sabe? Hace poco conocí a un niño.- La sangre abandonó mi cara de un golpe,- era un niño precioso, y aunque tenía los ojos verdes y el pelo de un extraño tono castaño, me recuerda muchísimo a ti, seguro que en lo demás salió a su padre.
-¿Quién es usted?
-Perdone, que descortesía la mía. No me he presentado. Mi nombre es Jacques Moreau Ravenscroft, pero me llaman James, ya sabe, por mi madre que era inglesa.- Hizo ademán de cogerme la mano pero yo retrocedí con paso inseguro hasta dar con el mostrador a mi espalda.- Y usted es Isabella Swan, no sabe el tiempo que llevo queriendo conocerla, pero claro está, tenía otras obligaciones como niñera, y las circunstancias no lo han permitido.
-¿Dónde está Aaron?
-Si el señor Edward Cullen es tan inteligente como parece, ya debería haber dado con él, le dejé hace cosa de ochenta minutos en el paseo marítimo. Algo le tiene que conceder, sin conocer al chiquillo ya da signos de ser un padre muy devoto.
El nudo en la garganta pareció aflojarse de una manera increíble. Algo me decía que aquel hombre no mentía, sin duda su mirada fría y calculadora revelaba una personalidad retorcida detrás de una educación impecable, pero era aquel hombre quien había asesinado a Angela y quien se había llevado a Aaron. Tenía toda la razón del mundo para estar asustada. Mis dedos dieron con el teléfono móvil y a ciegas logré marcar el primer número de mi agenda, si no me había equivocado, mi padre debería estar cogiendo el móvil en pocos segundos. O eso, o había llamado a Abbie Monroe, una compañera del instituto.
Edward estaba con Aaron, Edward tenía a Aaron, Aaron estaba a salvo. Y yo tenía que estar con él, yo tenía que ir con él.
-¿No dices nada, Bella?
No tenía mucho tiempo. Agarré con una mano un pisapapeles que había sobre el mostrador y se lo lancé intentando acertar en la cabeza. Fallé miserablemente, pero cuando el pisapapeles en forma de Peine de los Vientos de Chillida, le alcanzó en una rodilla, me dio el tiempo justo para agarrar el móvil y echarme a la fría lluvia de Seattle y correr como alma que lleva el diablo lejos de aquel hombre. Pero no me lo iba a poner fácil, no. Contra toda previsión, no le llevó más de diez segundos reponerse de la sorpresa- o del dolor- y salir en pos de mí.
Yo no sentí la lluvia contra mi cara y mis brazos desnudos, ni el frío que amenazaba con empaparme los huesos, tampoco el latido desbocado de mi corazón por el esfuerzo. No sentía nada de eso, tan solo la imperiosa necesidad de encontrar a Edward y con él a Aaron. Pero James me pisaba los talones, y temía lo que pudiera ocurrir si me alcanzaba.
-o-
De nuevo quiero pediros perdón por el retraso, y daros mil gracias por vuestro interés en la historia. No dejó de recibir mensajes de suscripciones, alertas de autor y de historia y favoritos, así como reviews, y eso me dice que no debo de estar haciéndolo tan mal.
Bueno ahí van 4000 palabras más, lo que se dice pronto. Por cierto, la exposición de Alfons Mucha en Praga es una auténtica delicia y una verdadera maravilla, y la exposición de Pisarro en el museo Thyssen Bornemisza de Madrid merece la pena ser vista.
Por último y se queréis echarle un ojo a la pintura futurista de Boccioni y al Peine de los Vientos de Eduardo Chillida en San Sebastián.
Muchos besos.
Xenia
