NADA DE ESTO ME PERTENESEN LOS PERSONAJES SON CREACION DE S. MEYER Y LA HISTORIA A L.M.R


CAPITULO 12

Club Meteor

El hombre gruñó pesadamente, clavándole dolorosamente los dedos en las caderas y se dejó caer sobre ella. Tanya no se atrevía a empujarlo por los hombros para sacárselo de encima (al fin y al cabo había pagado por ello) intentando respirar aunque tuviera los pulmones aplastados.

Por favor, Dios, no dejes que se quede dormido.

Después de unos minutos, cuando Tanya empezó a ver puntos negros, el hombre gimió, se salió de ella y rodó sobre su espalda, con los antebrazos cruzados sobre los ojos.

Desde aquel momento en adelante ella era invisible. Como decían, para eso se pagaba a las prostitutas. Para irse.

Se levantó de la cama silenciosamente, respirando de manera superficial. Él había marcado su piel con el olor rancio de su sudor y una capa de Armani para hombres. Su entrepierna olía a su semen. El sexo sin condón se pagaba mucho mejor y bajo la nueva gestión rusa, lo que se pagara más era definitivamente lo que se prefería.

Algunas mujeres más mayores eran dadas a hombres a los que les gustaba hacer daño. Había habitaciones especiales insonorizadas en la otra ala para eso. Los rusos habían dejado claro que no había límites para lo que se podía hacer, mientras los hombres pagaran lo suficiente.

En el último mes habían desaparecido dos mujeres.

Tanya miró al hombre que le había hecho daño, intentando apartar la furia roja que la recorría.

—John —había dicho que era su nombre, y ella intentó no sonreír porque el nombre era también su descripción. Seh. Un john*.

Su verdadero nombre era Larry Cameron y dirigía un enorme negocio de venta de coches en Chula Vista. Su cara aparecía todo el tiempo en la tele por la noche.

A Tanya no le importaba. No le importaba nada, en realidad. Últimamente más y más, mientras hombres gruñían sobre ella, usando su cuerpo, ella volaba más allá. Ella había regresado esta vez en mitad de su vuelo a desgana porque «John» le había estado haciendo tanto daño que había sido imposible de ignorar. Embistiéndola, clavándole los dedos en las caderas, mordiéndole los pechos.

Antes James habría tenido unas palabras con él. Entre caballeros, por supuesto. Había que cuidar la mercancía y tal. Pero desde la llegada de los rusos, muchos de los clientes habían olfateado un nuevo régimen, como animales oliendo la libertad, y se habían vuelto violentos, fuera de control. Las chicas empezaban a mostrar moratones que costaba más y más maquillaje para taparlos. Un par habían necesitado cuidados médicos.

Era como si un nuevo espíritu maligno rondara el club. Los rusos habían llegado y de algún modo su dura presencia había desatado algo. Algo malo.

En opinión de Tanya, los hombres estaban muy cerca del reino animal. Como caballos que podían sentir la presencia de un león entre ellos y se ponían nerviosos, así sus clientes habían sentido la presencia de una raza de hombres más crueles entre ellos, una presencia que quitaba inhibiciones, les daba a los hombres permiso silencioso para dejarse llevar por sus más oscuros impulsos.

Porque, después de todo, pagaban por ello y ¿quién iba a quejarse?

Tanya podía ver en sus ojos que se habían infectado con esta nueva plaga. A veces salía de su cuerpo en cuanto la puerta se cerraba detrás de ella y se le ordenaba desnudarse, porque podía sentir que estaban infectados. Incluso los ojos azules se volvían fríos y oscuros. Ella estaba sudorosa, olía y estaba amoratada.

Cada habitación lujosa tenía su propio baño, pero ella no podía soportar la idea de mostrarse desnuda mientras el hombre caía rendido en la cama. Tenía su propia habitación en un anexo separado con las otras chicas y ansiaba la quietud de su dormitorio, ansiaba tomar un baño de una hora bajo el chorro de agua más caliente que pudiera aguantar, sabiendo que no lavaría nada.

Tanya tomó sus ropas, notando sin interés que él había roto sus bragas y sujetador. «John» era uno de esos que se excitaban por el sexo dos segundos después de cerrar la puerta y estar a solas en la habitación.

Las bragas y el sujetador habían sido bonitos, pensó. De seda lavanda pálido con encajes en los bordes. Ahora estaban arruinados.

Tanya salió de sí. Miró desde el techo a la joven mujer debajo de ella deslizar entre sus manos la sedosa ropa interior destrozada. La joven dejó caer lentamente las bragas hasta el suelo y, agarrando con los puños los bordes del sujetador, tiró.

La seda era delicada pero fuerte, como una suave cuerda.

Tanya miró abajo, a la joven desnuda, flexionando la cuerda que había hecho con el sujetador, tirando una y otra vez, probando su fuerza. Tanya en el techo no sintió absolutamente nada. Observó con el mínimo interés cómo la joven desnuda caminaba lentamente hacia la cama y miraba al hombre, un gran fardo sobre el colchón.

Era grande, pesado y peludo. Su pene goteante estaba resbaloso por su semen y K-Y porque ella estaba muy seca. Incluso con el gel había dolido.

Su pene yacía apagado junto a su muslo.

La trabajosa respiración se convirtió en un ronquido, ronquidos enormemente pesados como los de un oso hibernando. Qué feo, qué inútil.

Tanya observó a la joven poner una rodilla sobre el colchón, inclinarse hacia el hombre, la cuerda improvisada entre sus puños, llevar la seda hacia el cuello del hombre…

Una repentina alarma sonó y Tanya bajó, regresando al cuerpo de la joven mujer justo cuando los ojos del hombre se abrieron de golpe, de color azul claro e inyectados de sangre.

— ¿Qué-qué estás haciendo? —arrastraba las palabras, mirando que estaba inclinada sobre él, su voz sonando alarmada—. ¿Qué coño? ¿Qué coño estás haciendo?

Matándote. Las palabras llenaron su mente, unidas a la rabia que venía de ningún lado alzándose como un viento fuerte en el desierto. Donde antes Tanya no había sentido nada, ahora sentía demasiado. La rabia latía en ella como sangre, recorriéndola entera a oleadas. Una furia tan total y completa que le caló hasta los huesos.

El hombre intentó levantarse sobre los codos pero resbaló. Demasiado borracho con whisky y sexo para mantenerse derecho. Pero las nubes estaban desapareciendo de sus ojos azules, la consciencia estaba regresando.

Tanya miró con ganas su garganta. Podía ver dónde encajaría la cuerda, justo sobre la nuez. La retorcería en la parte trasera de su cuello, la retorcería fuerte, la sostendría allí…

Ella lo sostendría allí mientras él luchaba sobre la cama, toda su bovina fuerza sería inútil. Ella observaría mientras él se volvía rojo oscuro, sus ojos saliéndosele, sus peludas piernas darían patadas.

En el orfanato, hacía muchos años, había visto a alguien estrangulado hasta morir y nunca lo había olvidado.

Ella apretaría y apretaría hasta que el hombre se quedara quieto, con la lengua negra saliéndole de la boca.

— ¡Apártate de mí! —Ojos fijos en los de ella, sus piernas moviéndose extrañamente mientras intentaba apartarse, y Tanya odió cada célula de ese enorme y seboso cuerpo y supo que su rabia era visible en su rostro.

Cuidado, Tanya. Ten cuidado de no dejar que tu enfado te supere. Porque estás muy, muy enfadada y no te has dado ni cuenta.

La voz de su cabeza era suave y razonable. Bella. Su salvavidas. Una mujer que en cierto modo la entendía, completa y totalmente, sin juzgarla. Bella, elegante, cultivada, rica, pero que a pesar de todo la trataba como una igual y una amiga.

Ahora Bella estaba en su cabeza, era Bella quien calmó sus facciones, la convirtió en la gatita sexual que era su máscara. Bella la hizo bajar el tono de la voz para convertirla en un ronquido cuando en realidad lo que quería era gritar.

—Ah, John —ronroneó Tanya, cruzando el sujetador-cuerda a través de los hombros de él, deslizándolo lentamente por su pecho. Se detuvo en sus pezones y los acarició someramente con la punta de sus dedos, sonriendo con los ojos entrecerrados por el sobresalto de placer de él.

La Bella de su cabeza le estaba salvando la vida. Tanya comprendió que ella no habría tenido la fuerza para estrangular a ese hombre. Él la habría dominado fácilmente con su fuerza, habría llamado a seguridad (verdadera seguridad, los monstruos rusos) y su vida habría acabado.

Las chicas del club susurraban sobre lo que había sucedido a las que se habían rebelado. Eran dadas a hombres que amaban los más oscuros de los placeres oscuros y jamás se las volvía a ver.

La voz de Bella en su cabeza le había salvado la vida.

—Antes ha sido tan maravilloso —susurró, preguntándose cómo podía mentir tan fácilmente. Abrió sus muslos, sabiendo que él podría ver su sexo, los labios hinchados donde él antes la había machacado durante una hora—. Tan maravilloso. Quiero más. Más. Más. Más.

Tanya se sentó a horcajadas sobre él, rodeó con el sujetador de seda su pene y tiró. Él pudo sentir la suave seda y su mano meneándoselo.

—Ah, nena —gimió, la cabeza cayendo sobre la almohada—, ¿por qué no lo dijiste antes? —sonrió, haciendo un gesto con su mano hacia su miembro, que se estaba endureciendo—. Es todo tuyo, nena. Trabájalo.

Después, lavándose la boca con una mano temblorosa, Tanya se vistió y silenciosamente cerró la puerta de la habitación tras de sí, preguntándose qué hacer, dónde ir. Su siguiente sesión era en una hora, pero los hilos de su autodominio estaban fracturándose peligrosamente.

Le temblaban las piernas, casi no podía respirar. Su cuerpo se sentía maltratado. Odiaba su cuerpo, se odiaba a sí misma.

Odiaba a los johns, a todos ellos.

No. Ya no más. Hoy no más. Había estado peligrosamente cerca de intentar matar a un hombre, y de acabar su propia vida. Se encerraría en su habitación en la oscuridad y diría que tenía un dolor de cabeza masivo. Una migraña. Diría que no podía trabajar porque se marearía y vomitaría encima del cliente.

Eso había funcionado antes.

Y entonces mañana iría y hablaría con Bella. La calmada y comprensiva Bella. Bella, quien le apartaría esos pensamientos asesinos. Bella, quien le enseñaría cómo quedarse en su propio cuerpo.

Su mejor amiga, Jessica, venía por el pasillo. Jessica fue la primera persona en hablar con Bella en el refugio, en un momento de desesperación. Había estado encerrada en una habitación insonorizada, a oscuras durante cuatro días sin comida o agua después de morder a un cliente. La habían soltado solo por la intercesión de James ante los rusos. Todos pensaban que los rusos simplemente la dejarían allí hasta que muriera. Jessica también lo había pensado.

Aunque Bella nunca daba consejo, nunca juzgaba, solo escuchaba, Jessica siempre decía que se sentía mejor después. Así que Tanya también se había dejado caer. Una vez al mes, al principio. Como una atrayente golosina, peligrosa si se consumía. Luego dos veces al mes y ahora una vez a la semana.

Tanya estaba pensando en huir y vivir en el refugio, para siempre.

Solo que los rusos la encontrarían y la arrastrarían de vuelta.

Tanya frunció el ceño. Jessica le hizo un gesto, se la veía en shock.

—Tanya —susurró Jessica, agarrándola del brazo, mirando a izquierda y derecha. Desde que llegaran los rusos, habían empezado a hablar en susurros—. ¿Has oído lo que ha pasado?

—No. — ¿Qué podría haber pasado? Para que Jessica estuviera en shock debía ser algo grande, porque lo había visto ya todo. ¿Había muerto alguien? No sería la primera vez.

—Bella. Los rusos han atacado a Bella. Por hablar con nosotras.

El corazón de Tanya se le detuvo en el pecho. Bella. Bella herida por intentar ayudarlas. Por intentar ayudarle a ella.

Bella, que la ayudaba a vivir.

Esta vez la rabia fue negra, fuerte, amarga y sobrecogedora.

Y no había ninguna Bella en su cabeza para hacer que desapareciera.

XXXXXX

—Estás preocupado por Bella —dijo Rosalie amablemente con amor y preocupación en sus ojos, observando a su marido caminar arriba y abajo por el dormitorio. Su maravilloso marido, con ese exterior de súper macho duro ocultando un corazón tan tierno—. Yo también estoy preocupada. Pero tú, Edward y Jasper descubriréis qué es lo que está pasando y la protegeréis. Y Edward… bueno, él está loco por ella. Está bastante claro. No puedo imaginar a nadie pasando por encima de Edward.

—Seh. —Emmett se pasó una enorme mano por su cabello castaño oscuro, un gesto que ella le había visto hacer miles de veces. Significaba estrés y frustración, y ella comprendía ambas cosas. Su hermana estaba en peligro y eso le estaba volviendo loco.

Nadie sabía mejor que ella el inmenso dolor que Emmett llevó durante toda su vida al pensar que no había sido capaz de proteger a su hermana pequeñita.

Y nadie sabía mejor que Rosalie lo increíblemente feliz que había estado Emmett por encontrar de nuevo a su hermanita, y lo mucho que la amaba.

Rosalie también quería a Bella. Era muy fácil quererla, no costaba ningún esfuerzo. Bella era amable, lista y buena. Las chicas, Lili y Marie, la adoraban. Bella era una bendición en sus vidas.

Pero Edward… Edward la quería de una manera completamente diferente.

—Nunca entendí por qué Edward se alejó de Bella durante todo este tiempo, estando como está tan loco por ella. Un ciego vería que estaba totalmente enamorado de ella, y aun así solo la ha seguido sin dar el paso, el tonto. Y estamos hablando de Edward, el facilón. Edward, el hombre que tiraba la caña a lo que fuera que se moviese. Aunque, la verdad, es difícil imaginárselo así al verlo seguir a Bella por todos lados como si fuera un cachorro adoptado en estos últimos seis meses. Incluso ha estado dispuesto a ver videos de princesas eternamente con las chicas con tal de que Bella estuviera ahí. Lo que siente está ahí para que todos lo vean. Eso es tan raro. Que se retirara de Bella pero que por otro lado se quedara tan cerca. Alice y yo no hemos podido descubrir porqué. Ni Bella. La ha vuelto loca. Al menos, mira, este lío ha obligado a Edward a dar un paso. Se ha pasado todos estos meses prácticamente persiguiéndola y sin tocarla. Lo raro es… ¿Emmett? —Rosalie se levantó de la cama de un bote—. Emmett Swan. ¿Qué sabes de esto? Si sabes algo, vomítalo ahora mismo, porque nos está volviendo locas.

Había algo raro. Rosalie conocía cada una de las expresiones de Emmett, y esta era de total culpabilidad.

— ¿Emmett?

Con un suspiro, su marido se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano.

—Sabes que cuando reapareció Bella todos nos quedamos muy sorprendidos.

—Oh, sí. —Rosalie sonrió y alargó la mano para apartarle un mechón de pelo.

Emmett se restregó la nuca, algo que también hacía bajo estrés.

—No puedo decirte la impresión que ella causó cuando entró en nuestra oficina. Se movía tan cuidadosa y lentamente, no como ahora…

—Bueno, Edward le ha hecho trabajar estos últimos seis meses. Ahora está tan fuerte como un caballo. Edward se encargó de eso.

Emmett se aclaró la garganta.

—Seh. Es verdad. —Se mordió el labio, término emmettsiano para expresar incomodidad. Rosalie se sentó más recta contra el cabezal. Emmett normalmente era de lo más controlado. Estaba viviendo un momento realmente emotivo para él—. De todos modos, todo lo que pude ver aquel día fue a una mujer frágil. Insegura y temerosa. Parecía como si un viento fuerte se la pudiera llevar. Y su historia, Jesús. Diez años en el hospital. Un padre que no era su padre intentando violarla. Y no te olvides de que yo sabía lo que hubo antes de aquello. Vivir en pánico en la casa de un drogadicto violento que estuvo jodidamente cerca de matarla. Que yo pensaba que la había matado. Bella parecía tan totalmente vulnerable, esta mujer joven a la que la vida no le había dado ningún respiro. Cuando vi que Edward iba a por ella tan fuerte, yo, bueno, me estalló la cabeza. Él había roto corazones a diestro y siniestro. Y cuando se lo llevaron para el interrogatorio… quiero decir que yo sabía que él jamás le hizo daño a aquella mujer. Sabía que no lo haría. Pero sí se la había fo… había tenido sexo con ella. Una loca cocainómana que acababa de conocer. Porque él tenía sexo con cualquier cosa que respirara y tuviera el equipo adecuado. Como si tuviera diecisiete en vez de ser un hombre adulto. Todo el asunto era tan sórdido. No quería que nada de eso tocara a Bella. No quería que le rompieran el corazón. Así que…

Se detuvo y apretó la mandíbula.

— ¿Y? —preguntó Rosalie suavemente.

A Emmett le costó soltarlo, las palabras le salieron a desgana.

—Así que… cuando Bella hizo aquel truco con su detective privada y le exoneró cuando estaba enfrentándose a un tiempo en prisión, pensé… va a colarse por él. Tal vez ya lo está. Todas lo hacen. Y le romperá el corazón. Y no podré soportar pensarlo. Así que le hice prometer a él que no tocaría a Bella.

Rosalie parpadeó.

— ¿Con esas palabras? ¿Esas palabras exactas? ¿No toques a Bella?

—Seh. —Emmett dejó caer la cabeza—. No sé en lo que estaba pensando. Imagino que estarás bastante cabreada.

Rosalie se rió y Emmett volvió a levantar la cabeza.

— ¿Qué?

—Ay, mi querido, queridísimo marido. —Rosalie alargó la mano y sonrió cuando la de él tomó la suya. Sus manos se sentían maravillosas juntas. Siempre había sido así y siempre lo sería. Lo sabía, sin ninguna sombra de duda, que si ella se moría primero, él estaría a su lado y que pasaría a la otra vida con sus manos unidas.

Rosalie dio un tirón hacia ella y Emmett obedientemente se acercó. Enterró el rostro en su cabello y respiró profundamente, soltando un suspiro.

— ¿No estás cabreada conmigo?

—Ay, amor mío. —Rosalie se apartó y sonrió a aquel amado y preocupado rostro—. ¿Cómo podría enfadarme contigo cuando tú solito has logrado unir a dos de mis personas favoritas?

Emmett miró alrededor de la habitación y luego a ella, como si buscara la comprensión entre las paredes.

— ¿Sí?

—Hmm. —Rosalie le rodeó el cuello con sus brazos, disfrutando al sentir su fortaleza bajo sus manos, sabiendo que era una fortaleza tanto física como emocional—. Habría sido un desastre si se hubieran liado enseguida. Bella estaba tan insegura de sí, tan sola. Tan malditamente vulnerable. Tenías razón sobre eso. Y Edward… estaba acostumbrado a tener relaciones fáciles y sin emoción. Jamás ha tenido que esforzarse por una mujer. Nunca ha conocido a sus mujeres en el verdadero sentido del término. Fue muy listo por tu parte obligarle a quedarse con los pantalones puestos. Así que, ¿cuándo pretendes levantar la prohibición?

—Ah… ¿nunca?

Rosalie parpadeó.

— ¿Nunca? Guau. Eso sería difícil de superar porque como has visto, Edward te ha tomado la palabra. Ojalá hubiera sabido esto antes para decírselo a Alice. Nos volvimos majaras intentando descubrir qué pasaba. Él casi nunca se aparta de su lado pero no da el paso. Nos volvía locas.

—Vosotras dos podrías haberos encargado de vuestros propios asuntos —señaló Emmett.

Ya, ya.

—Eso no es una opción. Así que imagino que pronto Bella va a ser mi cuñada en todos los sentidos.

Emmett levantó la cabeza de golpe.

— ¡Ey! No, absolutamente no. —Frunció el ceño—. ¿No vas un poquito rápido?

—No, para nada. —Rosalie besó a su marido. Un besito, luego un poco más profundo—. Él está loco por ella y ella está colada. Y en vez de tener un lío desastroso al principio, en el que él la habría dejado de golpe porque no podría manejar sus sentimientos y ella se habría visto superada, desconcertada y dolida, ahora mismo están en buen camino. Excepto por lo de los rusos yendo a por ella. Pero aparte de eso, están muy bien encaminados. Has hecho un buen trabajo, Swan. Muy buen trabajo.

—Esa no era mi intención. Mi intención era apartar a Edward de por vida, pero desde luego me llevaré las alabanzas.

Manteniéndole la mirada, sonriente, Rosalie hizo un gesto con los hombros que ni remotamente habría sido capaz de hacer dos años atrás. Las tiras de su camisón le cayeron por los hombros, haciendo descansar todo el camisón sobre la parte superior de sus pechos. Se levantó junto a la cama, volvió a hacer ese gesto y el camisón cayó sedoso al suelo. Con su nuevísima y sexy voz, le dijo:

—Creo que las buenas obras se merecen una recompensa, ¿no?

Se inclinó y colocó su mano en la entrepierna de Emmett, con una total y completa fe en que le encontraría caliente y duro como el acero. Bingo. ¿Conocía a su hombre o no?

Un rápido meneo con su mano y lo tuvo siseando entre dientes.

—Me merezco una recompensa ¿no? —preguntó, su voz baja y ronca—. Por ser tan astuto y eso. Tan listo de haberlo planeado.

Él la empujó sobre la cama, cayendo sobre ella. Aunque era mucho más alto que ella, encajaban perfectamente. Siempre habían encajado. Siempre lo harían.

Rosalie lo sintió apretarse contra su monte. Una oleada de calor se elevó desde su ingle y ella apretó hacia arriba, adorando sentirlo. Él se alargó y endureció.

A ella le encantaba aquello. Le encantaba conocer su cuerpo tan bien y que él conociera el suyo. En vez de hacerlo aburrido, convertía su amor en algo infinitamente rico y complejo. Ella había temido que Edward, con todo aquel trasiego en su cama, jamás conociera aquello.

Tal vez ahora sí lo haría.

Emmett le mordió detrás de la oreja, sabiendo que a ella se le pondría la piel de gallina. Rosalie sonrió sobre su hombro, atrayendo su gran mano hacia el estómago.

Le mordió su lóbulo y sonrió de nuevo cuando él tembló. Susurró directamente a su oído.

—Creo que te mereces otra recompensa. Una extra especial.

— ¿Sí? —le susurró también él, interesado—. ¿Mejor que el sexo? Eso suena bien. No puedo esperar.

—Pues tendrás que hacerlo, porque llevará un tiempo. —Rosalie apretó la mano sobre la de Emmett, todavía en su estómago—. Tendrás tu regalo para san Valentín. En unos ocho meses.

El cuerpo de Emmett se estremeció sobre el de ella como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Se levantó apoyándose en los antebrazos, mirándola profundamente a los ojos.

—Rosalie. —Ella casi llora por la pura emoción en su voz, por lo que veía en sus ojos—. ¿Otro hijo? Ay, Dios. ¿Otro hijo?

Ella sabía lo que significaba para Emmett. Lo mismo que para ella. Ambos estaban sin familia, habían estado solos en el mundo durante mucho tiempo. Se habían encontrado mutuamente y habían hecho a Lili, que llenaba sus vidas de júbilo. Luego habían encontrado a Bella. Ahora otro hijo.

Era casi demasiada felicidad.

Emmett cayó sobre ella como si de golpe los brazos no pudieran soportar su peso. Le temblaron los hombros y ella le sostuvo fuerte, fuertemente, besándole la oreja, el cuello, la cara. Cualquier cosa que su boca tocara. Lo rodeó con sus brazos y piernas, intentando envolverse sobre él, y mientras se besaban, él se deslizó dentro de ella y se mecieron suavemente juntos, Emmett, Rosalie y el bebé que llevaba.


* John: nombre que se les da a los hombres que van con prostitutas.