¡Momento! Los sé, nunca había puesto nota de autor al comienzo del fic, pero esto es necesario.

Antes de que empiecen a leer, necesito que se pasen a mi perfil. Ahí, justo arriba, encontraran un link. Es un mapa que necesito que vayan conociendo ya, con todo y la información que tiene.

¿…Listo?

Bien, ahora sí, aquí tienen el capítulo de noviembre.

Disclaimer: Fire Emblem no me pertenece, sino yo sería rica y este fic ya sería un juego más en la franquicia…


XI

—Esto no tiene sentido —se quejó Geoffrey, golpeando con el puño la fuerte y gruesa mesa de roble barnizado—. Nos están atacando sin razón alguna.

Soren suspiró, sintiendo la tensión en los hombros, como si llevara el mundo encima. La situación estaba algo fuera de control, durante el camino de Toha a Melior habían ocurrido otros dos ataques más en Crimea e incluso había rumores de que también, algunos soldados portando armaduras negras, habían atacado Begnion. Sin embargo, y para suerte de todos, la emperatriz Sanaki no había enviado mensajero alguno para confirmarlo.

—¿El soldado ya habló? —preguntó Ike. Debajo de sus ojos se podían ver claramente unas ojeras, algo que era de esperarse por el simple hecho de que, junto al rey Geoffrey, se había dedicado a mantener Crimea lo más segura posible y evitar que el pánico dejara libre el camino para bandidos aprovechados.

—No —negó Elincia, sus grandes y brillantes ojos castaños reflejaban frustración y, al igual que su esposo y Ike, ella también tenía grandes ojeras que la hacían lucir más como una mujer de treinta que como una de veinte.

—Estamos perdiendo mucho tiempo —replicó Soren, ya cansado de darle tantas vueltas a lo mismo—. Si no quiere hablar hay que obligarlo. No es un noble, no es de este reino, ni siquiera de este continente; no le debemos respeto. La tortura le aflojará la lengua.

Ike se removió incomodo en su asiento y Elincia palideció de inmediato, apretando los labios y dirigiendo su cansada mirada a su esposo.

—Yo… —balbuceó Geoffrey, evitando contacto visual con la reina.

—Estoy totalmente de acuerdo con Soren —comentó Bastian, de brazos cruzados en su asiento y con la mirada perdida en el supuesto mapa de Gamma mal dibujado sobre la mesa. El hecho de que el hombre estuviera hablando de una manera tan simple y diferente a su regular lenguaje era preocupante—. Pero a fin de cuentas es la reina quien debe de autorizar algo así.

La joven monarca suspiró pesadamente y se puso de pie, dando algunos pasos de un lado al otro, masajeando su frente.

—¿Qué tal si esto solo nos trae más problemas? —preguntó, claramente frustrada.

—Es un simple soldado —le aseguró el mago, viéndola fijamente con su mirada roja—. Ahora es rehén del reino enemigo.

—Ese hombre no habría dudado en torturar a uno de los nuestros —intervino Bastian, frotándose la barbilla—. Técnicamente lo hizo, y eran civiles. Fueron catorce hombres y mujeres los que murieron en el ataque a Toha y aun no se tiene la cifra de los otros dos ataques.

Elincia estaba a punto de hablar cuando las puertas del salón se abrieron estrepitosamente y un soldado, bastante agitado, se encamino.

—Alteza —jadeó, haciendo una rápida reverencia—. Me disculpo por entrar así, alteza, pero allá afuera hay un mensajero que viene desde Begnion y…está gravemente herido.

Tanto Elincia como Geoffrey no esperaron más y salieron del salón, siendo guiados por el soldado y con Bastian precipitándose detrás de ellos.

Soren, por su parte, ya se imaginaba las noticias que ese mensajero debía traer, y por la expresión que vio en su comandante, seguramente él también se lo imaginaba.

El mago tomó el mapa de Gamma que Aqua había tratado de dibujar a petición de Ike. Obviamente este no incluía detalles o nada por el estilo, era simplemente la posición de los siete reinos de Gamma en relatividad con Tellius, era lo único que necesitaban. O al menos así era por el momento.

—Para que Dubhe viajara desde aquí hasta acá —dijo Soren mientras señalaba dicho reino, más bien hablando para sí mismo—, debió tomar demasiado tiempo. Si viajaron en barco fue muchísimo tiempo.

—Aqua dijo que no hay manera que haya podido atravesar por los otros reinos —comentó Ike, también echando un vistazo al mapa—. Se supone que Dubhe solo está en buenos términos con Megrez. Si llegaron aquí tuvo que ser por mar o por aire.

—No, volando no, serian demasiados días sin pisar tierra firme, sus monturas no resistirían y la verdad es que los jinetes tampoco.

Ike se estiró en su asiento, haciendo que las patas traseras de la silla sostuvieran su peso.

—Vas a caerte —le advirtió Soren, sin apartar la vista del mapa.

—¿Crees que pudieron usar un bastón o algo así para aparecer en el desierto y luego seguir hasta Daein? —preguntó el mercenario, como si no hubiera escuchado el comentario anterior.

—No creo —replicó, a secas—. Se requiere de una gran cantidad de magia para usar esas cosas. Es muy difícil mover a una sola persona, ni hablar de cientos.

—Entonces llegaron por barco.

Soren se limitó a asentir, volviendo a dejar el mapa en su sitio. Se quedó en silencio, pensando en lo que se podía hacer para evitar que los problemas crecieran más. Ellos tenían la desventaja porque estaban lidiando con un reino del que no conocían nada más que el nombre del rey, mientras que sus enemigos parecían estar muy bien informados. Podían cruzar todo un continente y un desierto para llegar a Crimea y hacer destrozos, luego esfumarse de la nada, esconderse como cobardes y esperar al mejor momento para salir de nuevo.

Soren no quería admitirlo, y nunca lo haría, pero en verdad estaba preocupado por lo que pudiera ocurrir.

—Tenemos que hacer hablar a ese tipo —dijo, mirando a su comandante.

Ike suspiró, aun manteniendo la silla en sus patas traseras, con los pies apoyados en la mesa, la vista al techo y las manos en la nuca.

—Supongo que podemos seguir insistiendo con lo de…la tortura —comentó, con gesto reflexivo y el ceño mas fruncido de lo normal.

—No, Ike, escúchame —el mago se puso de pie, ganando de nuevo la completa atención del joven comandante—. Tenemos que hacer que ese hombre hable.

—Entonces, ¿qué sugieres? —inquirió, viéndolo de manera firme—. ¿Qué lo torturemos nosotros? No podemos mientras Elincia no lo autorice, ya ni siquiera podemos hablar con él si no tenemos su permiso.

Antes de que Soren pudiera hacer un comentario al respecto, la reina volvió, con una expresión de total seguridad en su rostro. Sus ojos del color del chocolate brillaron y sus puños estaban apretados hasta poner la piel de sus nudillos mucho mas blanca de lo que ya era.

—Haremos lo de la tortura —dijo, en un tono de voz que dejaba más que claro que eso era una orden definitiva.

Ike casi pierde el balance de su silla al escucharla y Soren tuvo que reprimir una sonrisa victoriosa.

—Lo mejor es comenzar ahora, alteza —sugirió, mirando a la mujer directo a los ojos.

Buscó en el semblante de la joven reina alguna duda, y por un momento la encontró, pero su mirada se mostró firme de nuevo y se limitó a asentir con la cabeza.

—Bien… —dijo Ike, con un gesto un tanto inconforme.

Los tres salieron de la estancia y se encaminaron por los largos corredores del castillo. El cielo nublado no permitía que los rayos del sol escaparan de sus garras, por lo que la poca luz que se colaba por las ventanas le daba un color gris a todo y lo hacía lucir como el aburrido cuadro de un artista sin inspiración.

Cuando llegaron hasta las escaleras que conducían a los calabozos, Geoffrey y Bastian, junto con un alto hombre de rostro cubierto, ya los estaban esperando.

El grupo bajó y de inmediato el cambio se hizo presente. La luz grisácea fue remplazada por matices tenues en rojo y naranja, proveniente de las antorchas apostadas a lo largo del camino hacia abajo, dibujando siniestras sombras en las sucias paredes. Los roedores andaban caminando libremente por los corredores, metiéndose a las celdas o entre los agujeros en los muros. El único aire que se podía respirar allí adentro era denso y sofocado, cargado de un horrible hedor a humedad, orina y excremento que obligó a Soren a arrugar la nariz.

Llegaron hasta lo más profundo de los calabozos, donde se adentraron a un cuartucho mucho más encerrado que el resto del lugar. Ahí, sentado en una vieja silla de madera ya podrida, estaba el soldado de cabello rubio, con sus ojos rojos viendo hacia el techo de manera despreocupada. Frente a él había una mesa en las mismas condiciones que la silla, sosteniendo un extraño artefacto que Soren no había visto antes. Este consistía de tres barras de metal oxidado dispuestas de forma vertical, y en la parte superior había una madera maciza que parecía poder deslizarse hacia abajo.

El hombre con la máscara negra desató las manos del preso y las colocó entre las barras de metal del curioso artefacto, justo debajo de la madera.

Soren observó detenidamente cada expresión del preso de ojos rojos. Sus finos labios parecían estar fruncidos en un gesto de disgusto, pero su mirada seguía siendo totalmente indiferente e incluso un bostezo se le escapó.

—Soldado —dijo la reina, su voz amplificada por el eco.

El aludido la miró de pies a cabeza, dibujando una sonrisa que sacó a relucir sus aun blancos dientes y aquellos colmillos extrañamente alargados.

—Alteza, es un honor para mí ser alguien tan importante como para hacerla venir hasta aquí —comentó, con claro tono burlón en su voz.

—Debido a su negativa para hablar —continuó la reina, si aquello le había molestado, no dejó verlo en la expresión neutra de su rostro—, se ha decido revocarle todos los privilegios que se le otorgaron en un principio.

Hubo un largo silencio, como a la espera de una respuesta por parte del hombre de los ojos rojos, pero este ni siquiera miró de nuevo a los presentes. Elincia respiró profundo y asintió al sujeto con la máscara. Este se acercó al aparato sobre la mesa y, mediante un tonillo, empezó a hacer que la madera se deslizara por las tres barras de metal hasta aplastar los dedos del preso, haciendo crujir sus huesos y muy seguramente, rompiéndole las uñas.

Y aun así, además de un estremecimiento, el supuesto soldado de Dubhe no se inmutó más, a pesar de que sus dedos serian destrozados si seguía manteniéndose callado.

—¿Por qué vinieron aquí? —preguntó Geoffrey.

La intensa mirada roja del que estaba siendo torturado en ese momento se clavó en cada uno de los presentes.

—Porque se nos dio la gana —musitó, con la mandíbula tensa y las fosas nasales dilatadas. Soren veía como su cuerpo se estremecía con cada jadeo reprimido.

El verdugo forzó más el artefacto y la madera creó más presión en los ya mutilados dedos de la victima quien, esta vez, ahogó un gemido antes de empezar a reír como desquiciado.

—A ver, entonces les diré…solo una cosa porque…se nota que están muy desesperados —dijo, de manera entrecortada debido a la risa y sus respiraciones un tanto forzosas a causa del dolor que seguramente estaba experimentando.

—Habla entonces, rápido —exigió Elincia, con el rostro claramente pálido.

—Vinimos aquí a buscar armas.

—¿Qué armas? —intervino Soren.

—Armas lindas —se burló el soldado, provocando que Elincia, ya molesta, diera la orden al verdugo para que aplastara más sus dedos—. ¡Ah!

El crujir de huesos resonó de nuevo y la sangre escurrió entre la madera.

—¡¿Qué armas?! —repitió Geoffrey, con las manos sobre los hombros su joven esposa que parecía estar al borde del desmayo.

—Ya no hablaré más, ya no —jadeó el hombre, con una sonrisa socarrona plasmada en sus labios—. Por el rey Regulus, y por mi reino, yo ya no hablaré.

El hombre rió levemente y, ante la atónita mirada de los presentes, apretó con fuerza sus dientes, produciendo no solo un sonido grotesco de algo húmedo al romperse, sino que también un hilillo de sangre se derramara por la comisura de su boca. Elincia ahogó una exclamación mientras el verdugo se debatía entre la sorpresa y el deber, congelándose en su lugar como idiota y dejando solo a Ike para tratar de abrirle la boca al reo. Soren, por su parte, sintió que se le revolvía el estomago al darse cuenta exactamente de lo que estaba ocurriendo.

De la boca del hombre chorreaba más sangre al tiempo que se le veía masticar algo en un ritmo casi desesperado, moviendo la cabeza de un lado a otro para evitar que un muy irritado Ike lo detuviera. Cuando el reo finalmente escupió su propia lengua cercenada, el mercenario se apartó de golpe, maldiciendo en voz alta. Elincia finalmente gritó y Geoffrey no dudó ni un instante en sacarla de ahí.

Soren sintió su última comida subir hasta su garganta y las arqueadas lo hicieron encorvarse y apartar la vista. Al haber sido participe de dos guerras, el joven estaba acostumbrado a la sangre y su espantoso aroma metálico que se concentraba en la garganta de cualquiera que tuviera el infortunio de olerla en demasiadas cantidades. Durante las batallas, las heridas largas y profundas que abrían por completo el vientre, las amputaciones y demás era algo común. Pero lo que acababa de ocurrir era muy distinto porque en ningún momento había visto a un hombre, arrancarse la lengua a mordidas.

Echó un vistazo rápido a aquel demente, quien aun lucía una sonrisa de satisfacción bien plasmada en esos labios cubiertos del espeso líquido color carmín que escurría a montones hasta su cuello.

Fue en ese momento cuando el joven estratega se dio cuenta de algo que jamás le habría gustado admitir. Supo que esas nauseas no se debían tanto a lo grotesco de aquella escena, sino más bien a unos incontrolables nervios que le hacían un apretado nudo en el estomago.

Eso era un miedo que le nacía desde las entrañas al ver aquellos ojos rojos que parecían brillar tanto como la sangre a pesar de la falta de luz y al dueño de ellos: un repulsivo ser que acababa de demostrar que estaba dispuesto a todo con tal de cumplir con su promesa al rey que lo regia.

Si todos esos soldados tenían tal devoción a ese monarca, el panorama se tornaba oscuro. Soren lo sabía y la preocupación empezaba a hacer estragos en él al vislumbrar la serie de posibilidades que algo así podría traer.

Su respiración se agitó y una película de sudor frío se extendió por su frente. Las manos y los labios le hormigueaban y apenas escuchó, como un zumbido algo distante, que Ike lo estaba llamando.

—Estoy bien —aseguró el mago, sin siquiera saber exactamente lo que el comandante le había preguntado.

—Salgamos de aquí —le dijo Ike, dando leves empujoncitos a su compañero, quien se encaminó de inmediato a la salida. La voz de Bastian dando órdenes para que se le diera atención médica al reo los acompañó hasta la salida de los calabozos.

Inconscientemente, Soren llevó su mano al pecho, sintiendo las aceleradas palpitaciones de su corazón. En su mente aun estaba gravada la risa macabra de aquel hombre y los sonidos húmedos y grotescos que salían de su boca mientras se mordía la lengua hasta arrancarla.

Era una de esas cosas que le costaría mucho olvidar.

—Soren, ¿seguro que estás bien? —insistió Ike, viendo fijamente al muchacho.

—Sí, no te preocupes —le aseguró.

Los latidos de su corazón se habían vuelto más calmados al igual que su respiración. El respirar el aire fresco y limpio que había fuera de los calabozos le estaba ayudando a relajarse.

—Bien, yo iré a comer. ¿Vienes?

Soren frunció el ceño ante la pregunta del comandante, sintiendo que el estomago se le revolvía de nuevo.

—¿Cómo puedes comer después de lo que pasó? —cuestionó el mago, reprimiendo un escalofrío ante la extraña maquinación de su mente, que le mostraba a un Ike devorando la lengua de aquel preso.

—Tengo hambre, el hambre hace que se me olvide —aseguró el hombre de mirada azul, siempre con ese aire un tanto despreocupado.

Soren suspiró pesadamente, pero no dijo nada más y se limitó a hacer un ademan desinteresado con la mano. Ike se despidió y se marchó a toda prisa al comedor.

Durante el resto del día, el joven mago no habló con nadie más y optó por encerrarse en la habitación que había sido asignada para él. Se dedicó a leer un montón de libros, aprovechando que Elincia le había dado total libertad para tomar los que quisiera.

Todos eran sobre leyendas, cuentos y mitos que hablaban de tierras lejanas y, muy seguramente, inexistentes, pero no perdía nada con buscar algo que pudiera servirle. Bien sabía que los mitos siempre escondían algo de verdad.

Ya cuando llegó la noche y su última vela estaba por agotarse, Soren se topó con algo que despertó su curiosidad, entre las viejas y amarillentas páginas de un grueso libro. Era una extensa leyenda escrita con tinta verde algo borrosa y muy difícil de leer. Además, aquella caligrafía era un montón de garabatos y letras torcidas, con líneas más prolongadas de lo debido que dejaban ver que la persona que la haya escrito temblaba tanto como un alcohólico en abstinencia.

Por lo que Soren estaba entendiendo en medio de tantos borrones y manchas, el relato hablaba sobre un montón de dioses reunidos en un mundo gris donde la luz del sol no podía llegar. Todas las divinidades ahí presentes discutían sobre la creación de un objeto místico para los hombres que ayudarían a devolver la luz cuando la oscuridad plagara todo otra vez.

El dios de la muerte hablaba de la reencarnación, mientras que su esposa, la diosa de la vida, insistía sobre el renacer. Cosa que sin duda alguna y desde el fastidiado punto de vista de Soren, era exactamente lo mismo.

Otros, como el dios del mar y la diosa de la luna, apoyaban la idea del renacer, pero de algo más que no tenía nada que ver con lo que la diosa de la vida quería.

Finalmente, callando a todos los presentes, el supuesto dios supremo apareció, concediendo al dios de la muerte y al dios del mar sus peticiones.

Sin embargo, la diosa de la vida enfureció tanto que se marchó de ahí. Lloró y lloró por el desprecio a sus deseos y todas esas lágrimas, ahora convertidas en hielo, las dejó caer sobre el reino favorito del dios supremo, matando así a muchos de sus habitantes y dejando al resto en la miseria de un mundo eternamente congelado.

Soren se entretuvo tanto en tratar de descifrar aquellos garabatos y darle un poco de coherencia al relato que un improperio escapó de sus labios cuando la titilante luz de la vela finalmente se apagó.

Cerró el libro con fuerza para descargar un poco su frustración y finalmente se echó a la cama, con los ojos clavados en la perpetua oscuridad que se cernía sobre él. Poco a poco el agotamiento se encargó de limpiar su mente con rapidez y adormilarlo un poco, dejándole a la deriva en el siniestro mundo entre el estado de vigilia y el sueño. Allí, el dios de las pesadillas lo hizo su presa.

Se sentía atrapado e incapaz de diferenciar la realidad de una fantasía. Escuchaba voces que, de momentos, estaba seguro de que eran parte de su sueño, pero que al abrir los ojos seguían siendo perfectamente audibles. Percibía figuras deslizarse junto a su cama, susurrarle al oído e incluso acariciarle la frente.

Soren intentó moverse varias veces, pero todo su cuerpo era demasiado pesado, incluso sus parpados requerían de mucho esfuerzo para mantenerse abiertos por un corto periodo de tiempo.

Alguien estaba con él, dentro de ese cuarto oscuro, no solo eran sus sueños. Soren estaba seguro de que, antes de quedarse completamente dormido, alguien lo estaba observando.


No recuerdo cuando fue la última vez que escribí algo tan largo…

Pero bueno, ¿qué les pareció? ¿Fue fácil de entender? Porque la verdad yo siento que me quedó muy confuso y…aburrido.

Ahora, espero que hayan revisado el mapa de Gamma y que le hayan dado una lectura rápida a la información que presenté ahí. Estoy haciendo todo lo posible para que toda esta información no los confunda. Es difícil introducir todo un nuevo continente.

En cuanto a los puntos de vista en que están escritos los capítulos, todos siempre serán solo de un personaje a la vez. Este le correspondió a Soren, pero la mayoría serán del punto de vista de Ike porque…pues…él es el protagonista.

En fin, si tienen dudas háganmelo saber, responderé todas sus preguntas sin hacer spoiler… Siempre siéntanse libres de expresarme su opinión.

¡Muchísimas gracias por leer!

¿Review?