Cuando la imagen de Sesshomaru Taisho fue destruida por una horrible calumnia, jamás imaginó que la idea de su hermano lo llevaría a vivir con Lin Susuhara. Ahora el destino lo obligaba a sacarla de un abismo y construir sobre una vida llena de heridas. ¿Podría encontrar los trozos del corazón de su hermosa pesadilla sin empeñar el suyo propio en el intento?
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CLAUDIA GAZZIERO
CAPÍTULO XII
MENTIROSO
—Ten.
—Muchas gracias. —Manifestó Lin mientras entraba al auto. Aquella mañana había sido cubierta por nubes ostentosas y oscuras. El viento azotaba el rostro de la chica hasta que Sesshomaru procuró darle su bufanda. Rodeó el carro y se posicionó en el lugar del conductor.
—Ayer el Sol estaba esplendoroso, y ahora… —Comentó. Las últimas semanas habían sido alegres y animadas. Su corazón estaba curándose poco a poco.
—Es lógico, el verano comenzará a irse muy pronto. —Respondió, refiriéndose al horrible amanecer que se había instalado sobre ellos.
—Aún así… es temprano aún para que venga el otoño
—Mejor abrígate, en el Centro debe estar lloviendo. —Se dirigían a la Clínica que Sesshomaru había catalogado como la mejor en Psicología Médica. Ahí, el Doctor Ukita tenía su consulta particular. Habían derivado a Lin desde el Hospital público al cual había llegado en estado de Shock hacía un mes, aproximadamente.
—Estoy nerviosa. —Declaró, pegada al asiento. El camino amenazaba con terminar.
Sesshomaru sonrió sin despegar su vista de la calle. El automóvil se llenó de tranquilidad. —Hoy es la primera cita. Aún no sabes cómo es.
—¿Qué haré si…? —Tenía miedo. No por estar con un doctor, si no por que no podía controlar sus reacciones en algunas ocasiones. Había ciertos temas que le causaban incomodidad, rechazo, histeria. El último tiempo había sido maravilloso, pero Sesshomaru insistía en que debía recibir ayuda médica y así, enfrentar y superar el pasado.
Tal vez era lo mejor.
—Tranquila. —Interrumpió sus cavilaciones. —Él es un profesional, y yo estaré afuera.
—Creo que me siento mejor. —Bromeó. Sesshomaru la observó con reproche desde su lugar, para volver a lo que estaba haciendo.
—Te sentirás mejor luego. Tienes mi apoyo.
—Ya lo se. —Lo estudió. Cada día de ese armónico mes, su devoción por el había aumentado.
—Lin… —Llamó cuando entraban al estacionamiento abierto de la Clínica. Ella bajó del auto para escuchar qué tenía el por decirle fuera. Sesshomaru la siguió.
—Depende de ti también. —Expuso tranquilamente bajo la fatigante llovizna exterior. Confianza, Sesshomaru confiaba en ella. Si no lo hacía por el, debía hacerlo por ella misma. No podía defraudar a dos personas.
—Sesshomaru…
Cerró el auto y le puso atención. El cielo se oscurecía. —Dime.
—Voy a estar bien. —Aseguró. Cuando ella saliera de ese lugar lo haría completamente sana. Seguiría luchando por ella misma. Después de haber superado pruebas y pruebas, una más era pan comido.
Sesshomaru estaba feliz. Podía ver la decisión que la llevaría al triunfo del largo sendero que estaba a punto de comenzar a recorrer. —Son cinco para las ocho, apresurémonos.
—Ya voy.
El edificio era pequeño, como una vieja casona remodelada y pintada de blanco, con antiguas ventanas de cortinas rosadas o azules. En recepción había una enfermera hablando por teléfono. Sesshomaru esperó a que terminara y luego habló.
—Tenemos cita a las ocho.
—Necesito su identificación. —Sesshomaru dio la de Lin. La muchacha la recibió y tecleó en la computadora. —El Doctor Ukita lo atenderá en la puerta siete, por ese pasillo a la derecha. —Indicó.
Sesshomaru la condujo por el extenso corredor y se sentaron en una pequeña sala de espera para las puertas que iban desde el cinco al doce. No había nadie más.
—Te dije que todo estaría bien… —Resolvió.
—Ya lo se. —Insistió.
Sesshomaru aguardó para formular una pregunta que le rondaba la cabeza, como si fuera un pequeño niño con una curiosidad incómoda. —¿Tienes miedo?
Lin se desubicó y luego sonrió con dejación. —¿Quieres que mienta o que diga la verdad? —Se hundió en el asiento y cruzó los brazos descuidadamente, sin recordar todos los modales que estaba aprendiendo. Era difícil acostumbrarse a utilizarlos todos.
—Prefiero la verdad. Siempre la verdad. —Apuntó. Lin lo grabó en su memoria para que no se le olvidase jamás.
—Es un miedo extraño… —Expresó.
—¿Por qué?
—Por que quiero hacerlo… tengo ganas de dejar esto atrás, ya sabes… —Trató de explicar. Siempre era difícil aceptar que le costaba hacerlo. Era un golpe para su orgullo, que era lo único que la protegía.
—¿Entonces por qué el miedo?
—Miedo de tratar pero no poder… miedo de que a pesar que ponga todo mi esfuerzo no resulte… Supongo que se llama temer al fracaso. —Se burló de si misma.
—Si tienes las ganas es seguro que va a resultar. —Obvió.
—Es fácil decirlo cuando no se está en los zapatos. —Ironizó.
—Lin…
—Lo siento. No debí decir eso. —Se sintió mal por estar a la defensiva cuando no era necesario, el sólo estaba siendo generoso.
—No, mira tus manos. —Ella bajó la vista y las observó. Estaban tiritando. Su labio inferior también comenzaba a hacerlo.
—No pasa nada… —Ignoró.
Sesshomaru puso su mano sobre la de ella. El tintineo se detuvo. Respiró profundamente y vio todo con mayor claridad.
—Gracias… —Sonrió.
—Cuando tengas miedo, piensa que alguien está contigo. —Aconsejó.
—No tengo miedo, solo estoy nerviosa. —Comentó.
Un adulto de unos cuarenta y tantos años salió de la puerta siete con una ficha. —Lin Taisho. —Leyó.
Sesshomaru se levantó para ayudarla. Ella aceptó su mano, pero no su compañía. —Iré sola. —Declaró segura. Ella era invencible ¿verdad?
—Quiero acompañarte.
—Quedamos en que esperarías afuera. —Recordó.
—Ya lo se, pero…
—No, hasta pronto. —Se despidió y caminó hasta la habitación sin el. Sesshomaru se sentó en su lugar, miró su reloj, y cerró los ojos para no pensar. Quizás era lo mejor. Ella necesitaba privacidad, había pasado el último mes hostigándola. Tal vez requería una ocupación secundaria. Desde que ella había dejado de odiarlo, se había convertido en su trabajo de tiempo completo. Era posible que estuviera harta de el. Jadeó incómodo.
Lin caminó aturdida hasta allá. Antes de entrar se dio la vuelta para ver a Sesshomaru, pero este se había sentado y tenía los ojos cerrados. Tragó saliva e ingresó. Adentró había un sillón, un escritorio y varios juegos y cuadros pueriles. La atmósfera era bastante infantil. También había una radio y un televisor, una repisa llena de libros y cuentos. Por la ventana se veía el césped del patio trasero, estaba cerrada por que afuera comenzaba a llover más fuerte aún.
—Señorita… —La llamó amablemente el hombre. Lin no supo que hacer. —Siéntate, no tengas miedo.
Caminó hasta la silla del escritorio, al frente de el.
—¿Cuántos años tienes, Lin?
—17 —Contó mecánicamente.
—¿Es la primera vez que asistes a un psicólogo? —Preguntas de rutina. Eran tan impersonales que las odiaba.
—Si. —Respondió. El tomaba nota de cada cosa en el expediente que acababa de inaugurar para ella. Se veía una buena persona, no la ponía tensa. El nerviosismo parecía disminuir.
—¿Por qué has venido? —Dejó el lápiz, cruzó ambas manos debajo del mentón y la estudió.
¿Así de rápido? —Yo… —La situación era mucho peor de lo que imaginó. Debía decirle a ese hombre que apenas conocía todas sus cosas así de repente. ¿Qué quería que respondiese? He venido porque… porque… ¡Era difícil decirlo hasta para si misma! ¿En qué rayos estaba pensando cuando aceptó entrar?
—Dijeron que… que tenía que venir. —Largó. El doctor puso una mueca y cambió de actitud a una más jovial.
—Yo soy Musashiro. Musashiro Ukita, puedes llamarme . Voy a acompañarte en la terapia hasta que estés bien, pero antes debo saber qué ocurre contigo, si no, no sabré que tengo que hacer. ¿Estás dispuesta a ayudarme?
Se sintió entre la espada y la pared. Ya estaba allí, no había forma de escapar. Sesshomaru estaba afuera esperando que todo fuera bien.
—Si. —Resolvió sin pensarlo.
—Cuéntame entonces…
Nunca había explicado todo a nadie, mucho menos hablado en primera persona. Se sentía tan avergonzada. Ni siquiera sabía lo que había pasado exactamente, no conocía palabras para relatarlo.
—Yo vine… vine por que… —El la espectó. —Me enviaron del hospital público.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —Repitió nerviosa, comenzó a doblar sus dedos de diferentes maneras. Buena pregunta. ¿Por qué¿ ¿Qué había pasado con ella ese día? ¿Qué había pasado con su vida?
—Si, ¿por qué te sugirieron que vinieras a verme? —Preguntó calmadamente queriendo llegar a una conclusión veloz.
—Por que yo… no lo se. —Cerró los ojos. Se sentía tan sucia. ¡Tan avergonzada! Quería correr a esconderse debajo de la colcha de su habitación y que nadie viera su humillación.
—¿Hay algo que te incomode? —Trató de ayudar el doctor. Lin abrió un ojo tímidamente.
—Si…
—¿Qué es?
—No lo se… ¡Todo!
—¿No quieres estar acá?
—Si… es decir, no. No lo sé… —Puso ambas manos para cubrir su semblante histérico.
—Timidez, inseguridad, miedo, nerviosismo, vergüenza…
Lin no entendía a qué quería llegar. ¿Qué estaba hablando?
—Yo sé por qué estás aquí. —Declaró. El era doctor, y como académico lo había descubierto. ¡Había sido tan obvio! Lin se agachó más en su silla.
—¿Violencia sexual? —Aventuró. Sabía que para ella, decirlo costaba una inmensidad, pero oírlo de la boca de otro era aún peor.
—¡Si ya lo sabe para qué me pregunta!
—Esa es una pésima reacción, Lin. —Regañó tranquilamente. Su voz parsimoniosa y sin preocupación alguna hartó sus oídos.
—¡Qué sabe usted de mi! ¡Yo digo lo que quiera! —Habló duro, levantando el rostro.
El doctor suspiró como diciendo: caso difícil. Se levantó de su silla e invitó a Lin al blanco sillón que había pegado a una pared alba también. Esta lo obedeció con desconfianza.
—¿Tienes pesadillas? —Preguntó cuando estuvo sentado a su lado.
—Si.
—¿Pocas… o muchas?
Decidió hablar con la verdad. Sesshomaru así lo esperaba. Su respiración se relajó un poco. —Antes tenía todas las noches, pero desde hace unos meses han disminuido. Ahora son sólo algunas, cuando pienso mucho durante el día.
—Entiendo. ¿Reviviscencias?
—Si. —Lin recordó con melancolía las miles de veces que se había visto enredada en sus recuerdos a tal punto que los había vivido una y otra vez.
—¿Te sientes en condiciones de contar… relatar con detalle lo que ocurrió?
Era una pregunta complicada. Guardó silencio un momento. Nunca había ordenado las escenas, era doloroso admitir que… era triste recordar lo que había pasado con ella y con su vida. Era terrible recordarlo todo. ¿Por qué había tenido que pasarle habiendo tanta gente en el mundo? ¡Tenía tan mala suerte!
Se abrumó en hechos que no querían ponerse en secuencia. —Creo que… no puedo hacerlo. —Se rindió.
—¿Crees que podrás un día, tal vez la próxima sesión? Tenemos mucho de que hablar, Lin.
—No es tan fácil como "hablar". —Socarroneó. Es mucho más que eso. Mi vida se arruinó desde ese momento. No es un hecho aislado que pasó un día y quedó atrás. Yo seguí viviendo. —Insistió por que el no la comprendía. —Son años… —Quiso que el doctor entendiera de una vez. —…Años que tendría que contar. —Y eran demasiados… cubiertos por un manto amargo y cruel, lleno de abusos e injusticias.
—Estoy dispuesto a escuchar. —Solucionó.
—Usted exige algo realmente complicado.
—Yo exijo algo que te hará bien… ni siquiera exijo. Lin, te lo estoy pidiendo por favor. —Habló el doctor. No era malvado.
—Puede que no quiera contarle. —Se empecinó.
Ukita tomó otra postura. El problema de ella era su incredulidad. —Escucha, yo soy un profesional. He visto y estudiado miles de casos como el tuyo, he ayudado a niñas y niños que han sufrido tanto como tu. Se cómo hacerlo, es lo que escogí hacer hasta que muera. —Argumentó. —Está en tus manos aceptar mi ayuda. —La tomó de la mano en señal de apoyo.
—No va a creerme. —Lo que había pasado no lo había vivido nadie más. Ninguna madre era tan cruel. Solo la suya…
—Voy a creerlo todo.
—Me va a culpar. —El iba a creer que ella era una tonta por permitirlo, y por seguir sufriendo con lo mismo después de años, a tal punto que requería una terapia. Era una estúpida. Un verdadero desastre.
—Nada es por tu causa. Eras una niña.
—No era una niña. —Corrigió. —Nunca he sido una niña.
—Nunca te han dejado ser una niña, pero eres una mujer admirable por el hecho de estar aquí. —Alentó.
—Soy solo una tonta…
El la observó con desaprobación. —Creo que estás equivocada.
—Creo que quiero irme ya. —Susurró débilmente.
—¿Pensarás en lo que te dije? —Insistió.
—¿Qué?
El se levantó del sillón y fue hasta el escritorio. —Buscarás la forma de contarme.
—Tal vez.
—Será bueno que ordenes tu cabeza, tienes mucho por delante. —Se adelantó el doctor, optimistamente.
—¿Es necesario?
—Realmente necesario. Detalle por detalle. —Volvió a sentirse intimidada. Sería un gran trabajo. ¿Estaba dispuesta a hacerlo? La respuesta era afirmativa. El problema recaía en si su corazón estaba dispuesto a soportar.
—No prometo nada.
—Algo es algo. —Bromeó el doctor. Escribió en su expediente y Lin esperó impaciente, quería irse de ese lugar por que era fío y nada acogedor. —Srta. Taisho. Volverás en tres semanas. ¿Es tiempo suficiente para ti?
—Tres semanas…
—Así es. —Le dio la cita, un carnet de consultas hecho de cartón.
—Hasta entonces. —Salió apurada.
—¡Espera! —La llamó desde adentro.
Se asomó. —¿Si?
—¿Puedes pedirle al Sr. Taisho que venga? ¿El te acompaña, verdad?
—Si. —Dudó. —¿Para qué lo necesita?
—Lo sabrás después. —Lin, molesta decidió obedecer. Fue hasta donde estaba el, sentado y siguiendo cada uno de sus movimientos, con la ropa limpia, bienoliente, y sus ojos dorados bellísimos.
—El doctor lo necesita.
Sesshomaru se extrañó de ese trato impersonal. —¿Ahora mismo?
—Si, está esperando. —Se sentó donde antes estaba y escondió la mirada seriamente. Sesshomaru se levantó y caminó fríamente hasta la consulta. Tenía el presentimiento de que no todo había andado bien.
El doctor, como ella había dicho, lo esperaba. —Siéntese, Señor Taisho. —Sesshomaru tomó asiento en el mismo lugar que ella. El doctor lo escrutó largo rato tratando de buscar palabras para explicar la situación.
—¿Hay algo que ande mal? —Preguntó con inseguridad, temiendo la respuesta.
El doctor esbozó una sonrisa apesadumbrada. —La verdad es que si… anda casi todo mal. —El corazón de Sesshomaru latió más fuerte de la impaciencia. ¿Qué pasaba?
—Puede contarme, ¿verdad?
—Para eso lo llamé. —Sesshomaru se sintió aliviado. —Verá… —Prosiguió el médico. Lin es una muchacha muy inteligente, y muy linda también. —Sesshomaru pensó lo mismo.
—Estamos ante un problema por el que han pasado cientos de adolescentes en su niñez. En el caso de Lin, ella vivió una experiencia horrible. Las víctimas de violencia sexual tienden a ser bastante retraídas, como es el caso de ella.
—No solo fue violencia sexual. Ella fue abusada, y es algo que no ha podido superar a pesar del tiempo. —Aclaró con desconfianza.
—Eso es evidente. Será un tratamiento largo. ¿Sabe usted si el trauma es por una escena particular?
—No es un hecho aislado. Ella… —De repente, Sesshomaru se había quedado sin palabras. El doctor supo de inmediato que el trauma debía ser superado por ambos.
—¿Ella? —Lo incitó a que continuara.
Tartamudeó. —Ella… Ella fue. ¿Cómo decirlo? —No habían palabras para explicar aquello. Era completamente abominable. —Ella fue una víctima constante.
—¿Algún familiar, tal vez? —Sugirió.
—No. Peor aún. Fue una… —¡¿Esa era la palabra? ¡¿Cómo podía una niña tan pequeña serlo? Prostituta. Sonaba atroz, golpeado, duro, feo… Su madre la había convertido en prostituta sin que se diera cuenta. Ella vendió el cuerpo de niña a un hombre. Ella vendió su inocencia, su libertad, su vida. Ella no tenía escrúpulos. Sintió asco de esa mujer.
—Ejerció comercio sexual. —El doctor intento ocultar una mueca de sorpresa, sin embargo una de sus cejas se alzo por sobre los anteojos.
—¿Voluntario?
—No… era una niña. Eso es imposible. —¡¿Cómo podía ocurrírsele que ella podía haberlo querido un día? —Fue obligada.
—Violación. —Sentenció el académico.
Lin había sido violada.
Era tan triste. Sintió angustia, lástima, dolor. Un dolor que podía compararse con el de ella. Era el mismo. Sintió como ella… con ella. Entendía todo. Ahora comprendía el por qué de todas las cosas. Ella no era una muchacha normal por que su vida no se lo había permitido. Odiaba al mundo por haberlo hecho así, sin embargo, gracias a eso ella estaba con el. Eso era lo único bueno.
—Supongo, entonces, que esto fue una situación, en algún momento, permanente.
—Así es… —Respondió ajeno.
—¿Puede usted decirme cómo ocurrió? —Pidió, tomando el lápiz para anotar todo lo que el dijera.
Sesshomaru se sintió nervioso. Debía hacerlo para ayudarla, pero poco sabía. —Casi no se nada… Ella llegó a mi vida hace unos meses. No soy su padre, ni su hermano, ni siquiera era un amigo cuando la adopté. Ella creció en un orfanato.
El Señor Itawa comprendía menos que un burro. —No entiendo… ¿Para qué iba a adoptar usted a una joven de diecisiete años? —En su mirada el recelo crecía con cada segundo que tardó en responder.
—Fue una estrategia comercial, yo necesitaba tener una familia para tener credibilidad. —Antes de que el lo condenara por su acción despiadada se apresuró en agregar. —Pero ahora no…
—¿Se siente en deuda con ella? —¿Esa era la razón por la cual la había llevado a esa consulta? No. Era más.
—Yo tenía que ayudarla. —Remarcó. —Ella no es solo mi boleto al éxito. De hecho… fue mi pase a la cesantía, y ni siquiera me importa. —Murmuró. — Ella es todo lo que tengo. —Sonrió tristemente. El doctor volvió a esconder su cara sorprendida.
Entendió. —Creo que si ella está acompañada por usted, una persona que la ama, podrá salir de este embrollo mucho más rápido de lo normal. Es algo positivo. —Sonrió levemente conmovido y creyéndolo todo.
Una persona que la ama. Sesshomaru escuchó veinte veces en su cabeza aquella frase con un eco inacabable. ¿El era una persona que amaba? ¿Todavía era capaz de hacerlo? Su pecho palpitaba fuerte. Una embestida contra el, otra… otra.
¿En qué momento habían llegado los sentimientos? Se le acusaba de amar. Era, sofocantemente escandalizador. Era ridículo, descabellado, irónico. Aún así… solemnemente hermoso. Sesshomaru Taisho se alegró desde la parte más impenetrable de su corazón por saberse un hombre capaz de amar. Capaz de amar de nuevo. Capaz de amar a Lin.
No reprodujo palabra.
—Ella va a necesitar su especial dedicación en algunas cosas… Presté atención, por favor. —Sesshomaru bajó de las nubes.
—Estoy aquí…
El escribió en unos talonarios. —Con este certificado usted tendrá la prueba de los efectos sicológicos del abuso sexual. Al presentarlo en cualquier comisaría podrá comenzar una investigación, debe conversarlo muy bien con su abogado, y decidir si quiere llegar a esos términos. Recuerde que hablamos de un delito penado por la ley.
Sesshomaru enmudeció. ¿Una investigación? —Creo que eso no será posible. —Comentó.
—¿Por qué razón? ¿Conoce al agresor?
—No.
—Por eso es necesaria la investigación.
—No lo conozco, pero se quién es… y lo que pasó con el. Murió hace mucho tiempo.
—En ese caso las acciones judiciales están en sus manos. Ella fue obligada por alguien y usted lo sabe.
Su madre. Su propia madre era su verdugo y mataba todo en ella con el correr del tiempo. Bajó el rostro.
Continuó. —Con este otro, necesito que acuda en cualquier clínica u hospital a todas estas especialidades. —Le mostró un listado de doctores, Sesshomaru leyó entre el alboroto de su letra corrida Asistencia ginecológica, que era la más grande y la que más se notaba de todas ellas. —Le pedirán una serie de exámenes que corresponden al proceso a seguir en estos casos.
—¿A qué pruebas se refiere?
—ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual), todas y cada una de ellas: Sífilis, Papiloma Humano, VIH, Gonorrea… Se comprobará el hecho a través de una revisión ginecológica. Debemos saber la magnitud del daño causado, sus consecuencias… las huellas que ha dejado, y la condición física actual de la paciente. Así mismo, radiografías completas para todo el cuerpo, para verificar las lesiones.
El doctor quería encontrar en el cuerpo de ella todas las pruebas del horror que había vivido. ¿Qué sentiría ella cuando estuviera siendo analizada? ¿Invasión? ¿No era duro someterla a esa revisión? ¿Y si no salía todo bien qué haría? El Sr. Itawa terminó de ordenar lo que debía hacer desde ese momento.
—Es todo por ahora. —Sesshomaru suspiró con un mohín.
—Si decido iniciar una investigación… ¿Qué sucederá con Lin?
El doctor volvió su rostro neutro y lo observó a los ojos. —Sufrirá como nunca. Sus heridas volverán a abrirse y sus traumas se harán mucho más presentes. Todo su pasado volverá a estar frente a ella.
Sesshomaru se quedó respiración.
—Sin embargo… —Siguió lentamente. —Si todo sale bien, y se hace justicia con ella, todo ese peso agobiante saldrá de ella. Será libre. —A Sesshomaru le picó el corazón.
—¿Y si no resulta? ¿Y si esa persona es declarada inocente? —Murmuró temeroso.
—Usted tendrá que ser fuerte, por que vendrán días difíciles.
—Usted no me entiende. —Estaba por perder la calma ante la tranquilidad del doctor. Su cara aproblemada lo estaba poniendo histérico. —¿Qué sucederá con Lin, entonces?
—Vivirá en el mismo infierno del pasado, y será muy complicado. Por eso deberá ser fuerte. Usted es lo único que tiene.
Ahí estaba Sesshomaru Taisho, con el destino de Lin en sus manos. Si abría un expediente para realizar justicia con ella y vengarse de todos aquellos que la dañaron para que pudiese al fin sacarse todo ese peso de encima, ella se recuperaría, y entonces la vida estaría recién comenzando. Si la justicia fallaba, todo acabaría. Era arriesgarlo todo. Era arriesgar esa sonrisa matutina que había nacido hacía unas semanas. Era arriesgar esas ganas de salir adelante, de estudiar y de crecer. Era arriesgar ese cariño que le habían declarado.
Era mucho.
No sabía qué hacer. Era apostar, empeñar lo más importante que tenía. No quería perderlo todo. No quería perderla. ¡Pero cuánto deseaba que ella estuviera bien! ¿Qué debía decidir?
—Ella lo ama.
—¿Qué dice? —Tosió exaltado.
—Que usted lo es todo para ella.
—Se equivoca. —Musitó nervioso.
—Ella no quiere fallar.
—Es obvio que quiere recuperarse. —Solucionó.
—No. —Negó el doctor amigablemente. —Ella no quiere fallarle a usted. —Declaró. —Por eso le aconsejo pensar muy bien sobre las medidas que tomará. Consúltelo con ella. Decida con ella. —Al ver que no respondía nada siguió. —Por favor no la presione. Deje que siga el tratamiento como ella quiera. Usted es su apoyo, no su superior.
La intención era maravillosa. Era un profesional admirable. Sus palabras le habían hecho notar la realidad. El solo estaba presionándola. En su afán por verla bien estaba obligándola a contarle cosas. Le recordaba su pasado. Esperaba mucho de ella.
—Lo voy a tener presente.
El doctor sonrió. Abrió su carpeta y comenzó a escribir nuevamente. Sesshomaru notó que era el momento de marcharse.
—Muchas gracias. Me retiro. —Se despidió.
—No esté tan pendiente de ella. Ayúdela, pero déjele su espacio. Usted también tiene una vida. —Aconsejó por última vez. Luego de un apretón de manos Sesshomaru salió de la consulta con una sensación extraña. Completamente pensativo. Su vida… el también tenía una, recordó.
Caminó dudoso hasta donde Lin por que no tenía idea alguna de cómo tratarla. Ella estaba con los ojos cerrados esperándolo. Cuando estuvo en frente le tendió la mano. Despejó su mirada y notó su rostro desfigurado. Sesshomaru lucía como si tuviera un peso encima que no cargaba antes de entrar allí. Sintió que ella era la culpable. Ella y sus estúpidos problemas que habían terminado involucrándolo. Sabía lo que el doctor quería. El solo lo había llamado para comprometerlo hasta las patas. Ahora el debía sentir una obligación con ella.
Estaba entre la espada y la pared igual que Lin. Quizás molesto. Tal vez era mucha responsabilidad. Lo más obvio es que ella era un gran problema, y el ya no estaba tan seguro de ayudarla. Era una gran carga. Ella era el peso que el llevaba en la espalda al salir de esa consulta médica.
Se sintió enferma. Se sintió inútil. Una porquería. Quería ayudar pero solo complicaba las cosas. Ella misma era un caos andante. Se sentía mal por preocuparlo, abusar de su confianza y más encima depender tanto de el. No le gustaba esa sensación. No era agradable ser una maldita escoria. No era justo para ella, estaba cansada de existir. Mucho menos era justo para el. Sobretodo para el.
—Hola. —Saludó Sesshomaru después de mucho pensar en qué diría.
—Hola. —Respondió ella impersonalmente.
—¿Vamos a casa? —Propuso, tratando de hacerse ánimo. Todo era una broma horrible. Había llevado a Lin al psicólogo y había resultado más afectado el.
—No te preocupes por mi… —Le pidió sin pensar.
Sesshomaru tomó su mano y la hizo levantarse de su silla. Decidió dejarle su espacio. No podía estar metido ni pegado a ella todo el tiempo.
—Ten. —Le dio, nuevamente el paraguas.
—Gracias.
Caminaron hasta el auto. Había un calor agradable ahí adentro, sin embargo, parecía una larga condena que tenía cumplir a su lado. Le avergonzaba estar con el. No tenía cara para mirarlo en esas circunstancias. Se sentía como un verdadero chicle pegado a su zapato.
Sesshomaru percibía la pesada atmósfera que crecía entre ambos. Había gato encerrado en la cara acongojada de ella. Estaba rehuyendo de el como si fuera la peste. ¿Había dejado de confiar en el? ¿Estaba enojada por que había interferido y hablado con el doctor? Emprendió el camino a casa, pero el silencio comenzó a desesperarlo. ¿Por qué ella no le hablaba?
—Lin…
—Quiero ir a la escuela.
—¿Qué?
—Quiero ir a la escuela, por favor déjame aquí. —Giró su rostro y le dedicó una faz tan angustiada como la de el.
—Pero si no has traído nada. —Dijo sin saber qué ocurría.
—No importa. Déjame ir. Para el auto. —Le pidió como si tuviera claustrofobia.
—Estamos lejos. Si quieres pasamos por la casa a buscar tus cosas y luego te llevo hasta allá. —Resolvió.
—No. —Gimió ella. —Por favor… detén el auto.
—Lin… no tienes que… —Trató de hacerla entrar en razón. Se estaba asustando por el extraño comportamiento de ella.
—Sesshomaru, por favor… ¡Déjame aquí! —Le rogó a punto de estallar en lágrimas. El pie de el cayó en el freno y se detuvieron abruptamente. El auto de atrás les tocó la bocina mil veces en esos segundos, mientras ninguno de los dos atinaba a actuar. Sesshomaru quiso saber qué pasaba y la sometió a una intensa mirada que ella no podía sostener. Fueron adelantados por tres carros y Sesshomaru recibió varios improperios por estar parado al medio de la calle. Lin comenzó a mover la manilla hacia todos lados, pero esta no funcionaba. Sesshomaru tomó su mano para que ella se tranquilizara, pero ella, con la respiración agitada y a punto de gritar por que esta no abría, escapó de su escrutinio y empujo la puerta. El frió entró y ella salió, llegó a la acera y casi corriendo desapareció en una esquina. Sesshomaru se quedó impávido.
Un auto lo chocó por detrás y el golpe hizo que todos sus órganos internos se azotaran contra sus huesos. Sin mirar para tras supo lo que había pasado. Su auto había avanzado unos metros con el impacto que seguro le había dejado una linda abolladura en la parte de atrás. Ya no podía más con esa presión. No era tan fuerte. ¡No era tan fuerte! Cubrió su semblante desesperado y agobiado con ambas manos y gritó de rabia. ¿Por qué todo siempre tenía que salir tan mal?
—¡Dios! —Reclamó sin sentido alguno. El ocupante del auto de atrás tocó su ventana con violencia, haciendo un verdadero escándalo. La gente se detuvo a ver el espectáculo y Sesshomaru supo que no podría ir tras ella.
Recorrió la calle deprisa dirigiéndose a un lugar que la apartara de el. De su presencia abrumadora. De su estudio inconciente. De su personalidad envolvente. No quería darle más problemas, no quería depender más de el. No quería arruinar su vida también. Nunca se iba a recuperar si sabía que por su culpa otros sufrían. No quería ser el maldito problema de nadie.
Lo único que deseaba en esos momentos era estar sola. Quería no tener que pedirle nada a el. ¡Si tan solo fuese mayor! ¡Si por lo menos tuviera un centavo! ¡Si hubiera terminado ya la escuela! ¡Si hubiera muerto hacía ochos año… hubiera sido tan inmensamente feliz! Comenzó a llorar como se había propuesto no hacerlo.
Autonomía. Tener mucho que estudiar evitaría pensamientos autodestructivos y la ayudaría a superar todo rápidamente. Tener su propio dinero la haría menos dependiente. ¿Pero de dónde sacarlo?
Se detuvo tras una masa de gente que se amontonaba en un cruce esperando la luz verde. Deseó haber tenido la cabeza en su lugar y por lo menos haber sacado también el paraguas del auto. El ser impulsiva era algo que no podía controlar. Un gran defecto que esperaba dejara de dominarla en ese tipo de situaciones. Aprender a guardar la calma era una prioridad. No podía pararse ante el mundo así, o su vida le prometía la misma soledad que sentía en ese minuto.
La gente avanzó apresurada y comenzó empujarla cuando el semáforo permitió que todos cruzaran. Un chico pasó corriendo y dándole un golpe de costado le gritó "muévete" y la arrojó al piso. Lin, que ya se sentía lo suficientemente abrumada como para pelear con el, no se lamento por estar de rodillas, ni se entristeció con la herida que se había hecho. No se molestó por haber caído en un charco, ni por estar completamente empapada. Mucho menos se enfadó con el muchacho ni le reclamó la falta de respeto. Ya era lo suficientemente miserable antes de caerse. Estar en peores condiciones ya ni siquiera le importaba.
Tomó la mano de un anciano que, amablemente la ayudó a levantarse del piso. Estrujó sus pantalones y se hizo a la orilla. El viejo se marchó murmurando algunas palabras que no alcanzó a entender. Pegó su frente a la vitrina y bramó desolada.
—¡¿Qué estoy haciendo? —Esperó a calmarse un poco, respiró profundo tratando de buscar la calma. Intentó poner sus ideas en orden pero era imposible. Al parecer, era más dependiente de lo que quería, y necesitaba que el viniera y le dijese Todo está bien, para que de verdad lo sintiera. Sin embargo, no podía ser más. Ella debía ser independiente. Contó hasta diez, para ver si venía un ángel del cielo y le obsequiaba una salida. Luego de frustrarse aún más, levantó el semblante. Cuándo su vista enfocó nítidamente las letras del cartel en el cual se acabada de apoyar, su corazón galopó dentro de ella solo por la impresión que le produjo encontrar esa puerta a libertad.
Ahí, a diez centímetros de sus ojos estaba el mejor de todos los caminos a la autonomía.
Se necesita muchacha joven. Buena apariencia, ganas de aprender y mucho entusiasmo
El cartel estaba escrito a computador, y el restaurante se veía muy lujoso. Lin sonrió impacientemente, arregló su cabello observándose en el vidrió y, tomando aire y decisión, entró dignamente a hablar con el jefe de ese lugar.
Una hora y veinticinco minutos eran una eternidad cuando ella había huido por la ciudad y sin paraguas. El Señor Takato era una horrible persona, su frente prominente, su cabello canoso y sus ojos astutos no lo hacían una compañía agradable, más aún cuando este hablaba y hablaba sobre su aseguradora, el valor de su auto, las infracciones de tránsito y las acciones judiciales que tomaría contra el si no pagaba los daños. Sesshomaru, que no estaba como para derrochar dinero gracias a su cesantía, tuvo que callarlo con un cheque que logro sacarle una sonrisa aprovechada.
El se subió a su auto que funcionaba perfectamente y Sesshomaru observó como desaparecía unas cuadras más arriba. Solo entonces se permitió suspirar y desahogar la presión. Poniendo el pie en el acelerador avanzó por esa misma avenida sin rumbo definido. A Lin no la iba a encontrar aunque la buscase, y si ella estaba en la escuela tampoco podría sacarla de adentro. Además, ¿Para qué? Ella era capaz de superar adversidades solas, y el ya no quería estorbar más. Era un hombre realmente torpe, así que, para evitar algún caos o pelea, que era lo que menos quería en ese momento, dejaría que ella estuviese sola.
Necesitaba poner en orden sus ideas. Se sentía un fracaso. El verdadero fracasado de la familia Taisho era el, no su hermano. No tenía idea de qué iba a hacer con Lin cuando los meses terminasen y ella tuviese dieciocho años. Recordaba el trato horrible que le había propuesto y lo encontraba verdaderamente depravado. Solo una bestia como el pudo haber ideado semejante atrocidad. Se burló de su insensibilidad con una sonrisa febril.
A veces quería estar con ella toda la vida. Dejarla sola era una idea descabellada. Habían muchas cosas de por medio, ella lo había traído de vuelta a la vida, había curado su soledad, le había dado una razón para superarse y salir de la agonía. Estaba, además, el cariño desmedido que sentía por ella. En unos meses se había convertido en la persona más importante para el.
¿Cómo sería vivir sin su compañía? ¿Sentiría nuevamente el frío de ese departamento oscuro y sin color? ¿Volvería a comer porquerías rápidas? ¿Tendría alguna adicción que lo apartara de la realidad? Su antigua vida no presentaba un panorama muy alentador. No le gustaba. No quería volver a ella. No quería estar solo de nuevo. Se había acostumbrado demasiado a ella como para dejarla de un día a otro.
Si ella no estaba… ¿Tendría algo nuevo que hacer todos los días? ¿Recibiría ese abrazo sanador? ¿Una sonrisa lo esperaría todos los días? ¿Tendría a quien curar? ¿Un motivo para vivir?
No. ¡No y no! No tendría nada. Sin Lin ya no había nada.
La luz roja lo sacó de su ensimismamiento. Sin embargo, debía también volcarse a si mismo. Tenía que hacer algo para ser una persona normal. Debía encontrar los intereses que había perdido. Debía estar satisfecho consigo mismo también. Con Lin todo era felicidad, quería sentir esa alegría por un logro propio. Recordaba los últimos días en la universidad cuando tenía tantos proyectos y metas por delante. ¿Alguno de ellos se había concretado?
Ninguno.
Su padre y su familia siempre habían antepuesto los intereses familiares antes que los de el. Sesshomaru Taisho nunca se había realizado, nunca había pensado en el antes que en otros. Todo estaba bien ahora. Las puertas de la vida estaban abiertas para hacer y deshacer a su antojo. Sesshomaru podía al fin dedicarse a lo que amaba.
Leer y escribir. Saber, saber y saber. Sesshomaru era un intelectual frustrado y después de ocho años de dedicarse al negocio que odiaba, era completamente libre para hacer lo que quisiese.
Observó a su alrededor con entusiasmo y emoción. Tenía ganas de gritarle a todos que haría lo que quería. Estaba decidido. Detuvo su mirada expectante de éxito y la localizo en el gran galpón viejo y desocupado que estaba en aquella esquina. Entonces, entre vidrios rotos, paredes de adobe y mucho polvo, cerró los ojos y vio su librería.
Su soñada librería.
Cuando la luz verde volvió a aparecer, Sesshomaru cruzó por la calle ignorando las protestas soeces de todos los automovilistas. Estacionó su carro ilegalmente en la acera de la principal avenida de esa ciudad y caminó con celular en mano para marcar el teléfono de la corredora.
—Recuerda, el cliente siempre tiene razón. —Señaló Koharu.
Después de haber hablado con el encargado de personal Lin había conseguido el puesto por un día. Si lograba hacer todo bien y aprender hasta el último detalle, el trabajo era de ella. Ganaría una suma importante cada jornada, para fin de año la cuenta que abriría para depositar estaría lo suficientemente gruesa para no morir de hambre.
—Muchas gracias por los consejos. —Sonrió.
—No me lo agradezcas. Ánimo, siempre debes sonreír. —Acotó, ya que le parecía que la faz de la nueva chica era algo demacrada. Debía esforzarse en dar un aire de alegría.
Río. —Confía en mi.
Caminó y salió por la puerta de la cocina. El traje de mesera era extravagante y cómodo, incluso incluía un gorro rojo. Koharu, la chica que tomaba el turno de la mañana le había enseñado en los escasos dies minutos que tuvo para charlar todo lo que debía hacer una vez llegara a la mesa. Mantuvo el paso regular y la espalda recta, sin mirar al piso. Tomó una orden en la mesa dos y la anotó con letra clara en el pequeño block de notas que le dieron. Luego, Koharu se marchaba a su universidad y Lin tomaba el turno de la tarde que quedaba libre. Claro que para eso debía impresionar al dueño con su buen desplante.
Se sentía viva de nuevo. Entusiasmada y alegre. Estaba tomando las riendas de la vida. El tiempo en la casa de Sesshomaru Taisho sobraba, y las tardes cuando el no estaba eran largas y solitarias. Ahora por lo menos, tenía una ocupación para después de la escuela. No tendría tanto tiempo para tomarle más y más cariño a ese departamento y a todo lo que vivía allí.
Todo andaba sobre ruedas. Cuando marcó el teléfono que apuntaba el anuncio se comunicó directamente con el dueño. Era un anciano jubilado que quería vender todas sus propiedades y comprarse una residencia pequeña fuera de la ciudad, para pasar sus últimos años en compañía de la naturaleza y una hermana solterona que siempre había vivido en esa región.
Vino desde una comuna alejada para cerrar el trato. Mencionó que tenía tres ofertas de compra. De una inmobiliaria y dos constructoras, sin embargo, ver su negocio de toda la vida convertido en escombros le rompía el corazón. Por ese motivo, ante la idea de Sesshomaru, que consistía solo en una remodelación su rostro se iluminó y no dudó dos segundos para aceptar con un apretón de manos.
La oferta de Sesshomaru era un poco más que el precio que el pedía, pero menos que lo ofrecido por los otros. De todas formas se había quedado con el lugar al mencionar su noble idea. El viejo lo alentó, y luego de pasar por una notaría habían conseguido algunos de los papeles necesarios para llegar a cabo la transacción.
Estaba realmente feliz. Tenía energía incluso para correr una maratón. Cada vez que observaba el local, roído y misterioso en aquella esquina, visualizaba su nuevo proyecto realizado. La librería sería innovadora, la fachada sería elegante y los libros serían infinitos. Arriba tendría un estudio, una bodega, y si todo salía bien, podía incluso convertirla en biblioteca. ¡¿Quién sabía en realidad?
Tenía miles de ideas. Había organizado toda su realización, detalle por detalle. Al día siguiente el sería el único propietario. Entonces, buscaría un arquitecto para lo convirtiera en lo que tenía en mente. Buscaría los proveedores apropiados, registraría su firma y al final, la abriría con bombos y platillos. Acudirían toda clase de personas y los libros estarían dispuestos para todos. Sería un éxito. Sesshomaru Taisho era un genio para hacer surgir los negocios. Deseaba tener la misma suerte con el propio.
Tomó su carro y se dirigió por las calles hasta su hogar. Eran cerca de las seis y media y para esa hora Lin, seguramente, ya estaba en casa. Estaba seguro de que se pondría muy contenta cuando le contase. Podían hablar de todo, clara y abiertamente. Ella sabía que ese era su sueño, y viviría con el la alegría de su cumplimiento. También podía hasta darle nuevas ideas o ese toque femenino y cálido que necesitan todas las cosas.
Se le ocurrió comprar algo delicioso para celebrar. Lin siempre cocinaba algo delicioso, pero tal vez, con lo de la mañana, estaba ocupada poniendo en orden sus ideas. No debía olvidar que ella estaba confundida, si embargo, no aguantaba esperar hasta que ella recuperase el ánimo.
Tomó su celular para hablarle. Quería saber cómo estaba y si era posible llevar algo para cenar. Borró eso de su cabeza. Debía comprar algo delicioso no por que el estaba feliz, si no por que debía ayudarla, hacerla sentir querida y apoyada.
Esperó, pero nadie contestó. Quizás se había quedado dormida, era lo más posible, ya que ella siempre estaba en casa cuando el cielo estaba oscuro. De todas formas, era mucho mejor, ya que se convertiría en una sorpresa. Cambió de rumbo y luego de recorrer dos veces una calle llena de restaurantes, se decidió a pedirla por teléfono para que llegara directamente a la casa, y así evitar que llegara toda destruida con el.
Cuando pasó por fuera de una florería que estaba cerrando un impulso lo obligó a entrar, y luego de debatirse cinco minutos, salió con una despampanante rosa roja. Esa era la flor indicada para ella, ya que Lin era sencilla, simple, y no le gustaban los lujos. Un ramo enorme, seguramente, sería demasiado ostentoso, además una sola flor podía admirarse más que cuando habían diez juntas.
Iba camino al estacionamiento de un restaurante al cual no había entrado, cuando su celular sonó. Confundido lo tomó, ya que no deseaba recibir llamadas ni de su padre, ni de InuYasha, ni de nada que tuviera en su nombre la palabra Taisho.
Una voz de mujer lo desconcertó, ya que por un segundo pensó que Lin estaba preocupada por su demora. Kagura Touma, al parecer, seguía insistiendo.
—¿Qué quieres ahora? —Bufó a modo de saludo.
—Quiero pedirte un favor. —Su voz sonaba triste y desvalida.
—No tengo por qué hacerte uno. Kagura… —Se complicó. —Déjame en paz. Realmente no estoy de ánimo para escucharte.
—Sesshomaru, por favor… es una emergencia. Yo…
—No. Estoy hablando en serio. —Quiso cortar el tema.
—Debo hablar contigo. ¿Puedes darme unos minutos?
—Después de todo lo que has hecho no mereces ni un segundo, Kagura. —Sesshomaru recordó la repugnante sensación de amanecer al lado de una mujer que no amaba.
—Sesshomaru, ya no quiero más guerra. Quiero que todo se acabe. Debo hablar contigo. Solo será un minuto. —Rogó al borde de las lágrimas. Sintió hastío de la situación.
—Está bien… —Concedió Sesshomaru. —Lo que tengas que decir dilo ahora… te escucho. —Sentía que su alegría era tan grande que ni siquiera Kagura Touma podía corromperla.
—¿Dónde estás? —Dudó ella.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Debe ser en persona. —Explicó ella con urgencia.
—Kagura, no…
—¡Dijiste que estaba bien! Solo serán unas palabras. —Reclamó histérica.
—Estoy en la calle dos, en BeautifulFoood.
Kagura suspiró. —Estaré allá en un segundo. Espérame en alguna mesa.
—Un segundo, Kagura. —Advirtió. —Me voy si te extiendes.
—Prometo que no tendrás ningún problema. Voy para allá. Adiós.
Cortó. Cerró los ojos resignado. Nunca había comprendido a Kagura. Siempre era prepotente y calculadora. Ahora le hablaba al borde de las lágrimas, como si estuviera realmente desahuciada y rogaba hablarle. ¿Qué quería? ¿Estaba tramando alguna cosa nueva? Debía tener cuidado y no fiarse. Sea lo que fuere, debía ser firme. Escucharla sin creerle nada y sin involucrarse con ella.
Se burló del mismo. ¿Por qué huía de Kagura como si fuese la peste? Por que cuando estaba con ella sentía ese vacío enorme en su corazón. Cuando hablaba con ella no podía evitar recordar la voz dulce de Kaguya. Y cuando la veía, no podía dejar de verla a ella. Eran tan idénticas, y tan diferetentes a la vez. Y era tan complicado no desearla que prefería negarse a su compañía.
Cuando estaba con Kagura, era difícil recordar que Kaguya ya no estaba, y era más doloroso aceptarlo. Era como si estuviera nuevamente con ella, pero sin poder sentirla. Subió al restaurante por las escaleras y salió del subterráneo. Buscó una mesa vacía, pero una chica alegre lo llevó hasta una con dos sillas. Se sentó y miró por la vitrina hacia fuera. Todas las luces de la ciudad estaban encendidas y la hora pico había comenzado. Los autos se amontonaban por doblar en aquella concurrida esquina.
Miró su reloj, habían pasado cinco minutos. Si Kagura no aparecía en cinco más se levantaría y no la escucharía nunca más.
—Buenas Noches… —Saludo una mesera. ¿Qué va a ordenar, señor?
Sesshomaru salió de su ensimismamiento. —Nada por ahora, muchas gracias.
—Volveré en otro momento. —Señaló la muchacha al no ser requerida.
Debía admitir que estaba nervioso. Kagura, además de ser la hermana de Kaguya, era la hija de Naraku, uno de los accionistas más importantes de la empresa de su padre, y un hombre del cual no se fiaba. Siempre le había inspirado una sensación de peligro. Touma destilaba una mala vibra que lo tenía siempre alerta.
Kagura apareció de la nada y dejó su bolso encima de la mesa y se quedó estática observándolo. —Sesshomaru…
—Buenas Noches, Kagura. —Saludó fríamente. —¿No piensas sentarte?
Obedeció, se sacó el blazer y tomó asiento frente a el. Su mirada lo escrutaba intensamente. Sus ojos pardos parecían querer grabar todo de el con admiración y desconsuelo.
—¿Qué es lo que tienes que decir? —Se adelantó el, al ver que ella estaba muda.
—No es fácil. —Comentó.
—Ese no es mi problema. Pediste unos minutos y solo eso te daré. Así que si no quieres que me marche habla rápido y preciso.
Kagura calló y miró la mesa largo rato.
—¿Y bien…? —Insistió el.
—Te amo… —Declaró ella, levantó la cara valientemente y la dirigió hasta Sesshomaru intensamente. Se quedó sin respuesta ante una afirmación como esa. Claro que ya lo sabía, ella lo repetía siempre como si fuera un disco rayado, pero era diferente en ese momento. Algo le ocurría.
—¿Nada más? —Articuló duramente. Kagura frunció el seño.
—Quiero estar contigo… —Largó.
Sesshomaru se descolocó. No entendía nada. ¿Qué era todo eso? ¿Una broma? ¿Ella quería estar con el? ¿Cómo?
—¿Qué?
—Quiero estar contigo, Sesshomaru. —Musitó tragándose su orgullo y dejando de ser esa víbora que el conocía.
No era Kagura. Era otra persona. —Por qué… —Exigió saber. —No creía que era por que lo amaba. Debía ocurrir alguna otra cosa.
—Por que ya no puedo más. —Evidenció al borde de un colapso nervioso.
—¡Lin, la mesa seis necesita orden! —Le gritó una de las chicas.
Fue hasta la doce y dejó los finos platos. Les deseo a los clientes una cena deliciosa y fue apresuradamente hasta la seis tratando de no correr. No había tiempo para estar nerviosa. A las seis el local se había llenado por arte de magia y era necesario que todos tuviesen lo que querían rápida y eficientemente. Debía coordinarse con las demás chicas y con la cocina. Era algo difícil ya que no conocía a muchas personas, sin embargo, todo estaba resultando de maravilla.
Era entretenido y dinámico. Mucho mejor que estar sentada en su casa todos los días. Conocía a unas cuantas personas y todos la trataban de fabulosamente, incluso los clientes.
Bajó los tres escalones que separaban los pequeños niveles y regresó a su sector. Había dos personas en la mesa seis.
—Buenas noches… —Saludó sin prestar atención. Había manchado su blusa con whisky. Hacía un rato había derramado una copa pequeña de licor, pero nadie se había dado cuenta.
—¿Algo especial? —Propuso a la mujer. Llevaba ropa de oficina y tenía mucha clase. Seguramente le dejaría una buena propina. Ella dejó de mirar a su acompañante.
—Una copa de brandy, por favor. —Pidió, la miró con sus grandes y profundos ojos pardos. Lin se hizo pequeña de repente. Sintió una sensación extraña, un aire incómodo entre ambas y quiso irse de ese lugar lo antes posible. Esa mujer le causaba malestar.
La conocía. La había visto en alguna parte. ¿Quién era? Decidió.
—Tú… —Habló ella.
Si, por su puesto que sabía quién era. Era la mujer que había estado en el hospital. La novia de Sesshomaru. Esa que el ocultaba. La mujer de la cual nunca hablaba y la que estaba en la foto de su habitación y el observaba cada noche.
Era ella. —Entonces el señor… —Debía ser… Desvió la mirada hasta su acompañante y balbuceó con voz apenas audible.
—Agua… Solo agua. —El levantó el rostro y Lin se topó de frente con su arrebatadora mirada ámbar. Entonces quiso morir.
Sesshomaru Taisho estaba de cita con su novia. Eso no podía estar pasando. —Un momento… —Apretó el menú y dio un paso atrás. Quería huir. Quería irse de ahí.
—¿Qué haces aquí? —Exigió saber el acelerado, completamente atónito.
Había sido tan tonta que había creído que después de que el la enfocase directamente, no notaría que era ella. No solo eso, también estaba al tanto de que ella estaba trabajando, y sin tener siquiera su permiso. ¿Por qué todo tenía que ir tan mal siempre?
—Vuelvo enseguida. —Iba a iniciar una huída, pero Sesshomaru la tomó del brazo y la jaló para que lo mirase.
—Lin, ¿qué haces aquí? —Repitió. Quería desaparecer de una vez por todas.
—¿Está todo bien? —Preguntó Canela, desconfiadamente desde la mesa de al lado, al ver que el hombre jalaba del brazo a su compañera.
—Si. Está todo bien. —Aclaró furibundamente con un vozarrón. La chica se asustó y desapareció en la cocina.
—Lamento interrumpir tu cena. —Murmuró, haciendo obvia la presencia de Kagura.
—¡Lo sabía! —Exclamó ella desde su lugar, reprochando por su presencia.
—Kagura, tú no te metas. —Advirtió.
—¡No deberías tratarla así si la amas tanto! —Chilló nerviosa. Sintió su pecho desquebrajarse por dentro. Sabía que el estaba profundamente enamorado de una mujer. Sin embargo, era… ni siquiera podía pensar en alguna palabra para describir aquello.
Y era tan bonita. Tenía clase. Tenía educación, dinero. Ella tenía todo para hacerlo feliz.
Solo sobraba. Era el maldito karma de el. Una molesta y estúpida carga. Burló el agarre poderoso de el y escapó por el oscuro corredor hacia la sala de empleados donde tenía sus cosas, para estar a salvo de el.
Sesshomaru, que en su otra mano tenía la rosa que había comprado, se puso de pié y se enterró una de las espinas.
—Sesshomaru, déjala. —Aconsejó Kagura, como si ella fuera una causa por la cual no había que levantar un dedo.
Sesshomaru se enfureció. —¡Cállate y deja de tratar de meterte en mi vida! —Gritó atosigado de todo. Esquivó a otra mesera siguió el camino que ella había recorrido.
Sus grandes zancadas lo pusieron en un instante en la espalda de Lin, a unos metros de una puerta que decía "Solo personal" la detuvo. Tomó su brazo implacablemente y la obligó a mirarlo.
—¿Qué haces aquí? —Reiteró apabullado. Todo el exterior desapareció en ese momento. Solo estaban el y ella, esperando una explicación que no existía.
Lin trató de hacerse la valiente y responder lo más serena posible. —Trabajo. —Articuló.
—¡¿Por qué? —Le gritó el. Si el le daba todo, por qué lo hacía. No tenía una razón.
¿Por qué diablos tenía que especificar todos sus actos? ¡Odiaba que la tratasen como a una niña! —¡Por que quiero! —Le gritó también, completamente histérica. Forcejeó para que el la soltase, pero su atadura era tan férreo como su voz. Ese animal descontrolado que estaba con ella no era Sesshomaru. Había olvidado lo que era pelear con el.
—No lo necesitas. —Trató de ordenarse para no cometer errores que después le hicieran arrepentirse.
—¡Claro que si! —Insistió ella sin sentido alguno. ¿Era tan difícil solo entender que quería un poco de libertad?
—¿¡Para qué! —Era ilógico. ¿Siempre iba a haber algo que le impidiera ser feliz con ella? ¿Por qué le hacía eso a esas alturas?
—¡Para irme! —Explotó en lágrimas. Precisaba ese dinero para dejarlo para siempre. Ya no toleraba estar un segundo más atada a el.
—No… —Dijo el sin entender nada.
—Si… —Lloró. Ante la mirada suplicante de Lin Sesshomaru cayó en la cuenta de sus palabras y todo su mundo se desbarató.
—¿Por qué quieres irte? —Interrogó desesperado. A el le parecía que ella estaba volviendo a ser feliz. ¿Había hecho algo mal? ¿Todo era una mentira?
—Por que no voy a soportar más. —Bramó desconsolada.
—¿Qué? —No comprendía nada. ¡No sabía qué estaba pasando! ¿Por qué ella quería irse si el solo quería estar con ella?
—No pertenezco a esta vida, Sesshomaru. Me trajiste aquí solo para sufrir. —Acusó atribulada, sin saber cómo explicarle todo lo que quería que el supiera.
—¿Qué pasa… ¿ ¿Qué te pasa, Lin? ¡No entiendo nada! —Tronó incordiado.
Lin ya no pudo pensar. —Se va a acabar… —Habló sin razón, diciendo exactamente qué era lo que preocupaba a su corazón. Sesshomaru no respondió. —El tiempo se va a acabar…
Entonces entendió. Lin sentía lo mismo que el. Ella quería que llegase su cumpleaños tanto como el: Nada. Cuando el tiempo pasaba no regresaba jamás, y todo lo que se ama se convierte en pasado.
—Vete con tu novia. —Exigió con porfía para librarse de el.
—¡¿Qué? —Nada tenía que ver una cosa con la otra. ¿Por qué le cambiaba el tema de esa manera?
—¡Qué te vayas con ella y me dejes tranquila!
Jaló su brazo aún más fuerte. —¡¿Qué te pasa, Lin? —Buscó una explicación. La merecía.
—¡Déjame, por favor! —Rogó. ¿No comprendía que ella no deseaba verlo nunca más?
—¡¿Por qué? —Insistió al borde del colapso.
—¿Por qué quieres que esté contigo? ¿Por qué me haces esto? —Voceó descontrolada.
No fue capaz de idear una respuesta. Ni si quiera tenía una para satisfacer su propia incertidumbre. —Por que tenemos un trato. —Formuló, aumentando el nudo poderoso que la mantenía con el.
El corazón de Lin terminó de romperse ante ese enunciado. —¡Eres un mentiroso! —Lo acusó ahogada con sus propias lágrimas. Quiso darle miles de golpes cargados de reproche. Estaba rota. Ante esto, verdaderamente, ya no quedaba nada de ella en pie. ¡Era tan cruel! ¿Había sido engañada? ¿Es que acaso el siempre había fingido preocupación? ¿Había hecho todo para que ella no arruinase su estúpido plan? Lo peor era que le había creído cada una de sus palabras… Cada una de sus bellas y auxiliadoras palabras… De un segundo a otro había retrocedido hasta el inicio. Sesshomaru volvía a ser un desconocido. No lo aceptaba. No podía caber en su cabeza.
—¡Todo es una mentira! ¡Tú no me quieres, no quieres ayudarme y ni siquiera te importa lo que yo piensa y sienta! ¡Eres un maldito! ¡Un maldito! —Recriminó patéticamente.
Sesshomaru jaló de ella angustiado, con un nudo en la garganta que lo ahogaba. ¿Por qué ella lo acusaba de esa manera? ¿Qué había pasado? ¡Nada de lo que decía era verdad! Puso sus luceros chocolate enfrente de los suyos implacablemente de un solo tirón y Lin se quedó a dos centímetros de su rostro, completamente sin aire. Abrió sus ojos desmesurados y no escondió la cara. Su faz cambió de la impresión fugaz hasta una profunda y perpetua delación.
—¡¿En qué idioma debo decirlo para que lo entiendas? —Vociferó. —¡No es mentira, ¿Lo entiendes? —Supo lo que ella reclamaba, y el necesitaba aclarar las cosas para que dejara de creer que no era importante para el. Los ojos de Lin derramaron lágrimas de sangre. Su rostro mustio no emitió ninguna señal de credibilidad. Sesshomaru la escrutó vehementemente y se perdió en ella. Era todo falso. Nunca había fingido nada. ¡La quería! ¿Cómo iba a hacer semejante atrocidad? ¿Cómo podía ponerlo en duda de esa forma? La quería tanto que era insoportable. Sus labios tiritaban y su respiración estaba entrecortada. ¡Y cómo no hacerlo si era así! Tan linda... tan envolvente y de cerca se veía tan fascinantemente maravillosa.
Lin reparó en la insondable mirada de el. Estaba confundida. Ya no sabía qué pensar, ni qué debía hacer. Completamente perdida. El la estudiaba de esa manera, y hacía que ella se derritiera como mantequilla caliente en su presencia. ¡Era tan débil ante el! Odió ser atraída por su aura magnificente, frunció el ceño y desfiguró su rostro para hacerle notar febrilmente que nunca iba a perdonar aquella traición.
—Mentiroso. —Asestó en su cara atrapada en su orgullo insano y reparado, con sus labios confusamente rojos e hinchados, enfurecida con ella misma y con el. Entonces Sesshomaru embriagado a una sensación que no sabía que existiera olvidó el juicio y, sin importarle las protestas que ella alegaba, respondió al primer impulso que tuvo y unió su boca a la de ella como si todo estuviera perdido y solo hubiese una cosa por hacer. La opresión de su pecho se liberó y estar cada vez más cerca de ella se volvió una necesidad implacable… imploró por que ese momento no acabase jamás. Sintió su sabor, su respiración y su presencia. Sobretodo su presencia. Nunca había imaginado que estar unido con otra persona causara tanta paz… Era como si todo el mundo se hubiese solucionado y la alegría de la población del globo se hubiese volcado sobre el. ¡Cuánto la quería! Tanto…
No podía ser. Sesshomaru Taisho la estaba besando, y ella caía por un precipicio al vació, porque el la acariciaba, y la abrazaba, y la apretaba contra si, y tocaba su cabello, acercándola cada vez más. La llamaba por su nombre, cerraba sus ojos. Era… era… Estalló. No pudo más, bramó y lloró. —Sesshomaru… —Lo abrazó como el a ella. No quería estar nunca lejos de el. Sentía su cuerpo sosegado, su contacto era desgarradoramente atenuante. Su vida, de un momento a otro, estaba liberada. Todo el sufrimiento había desaparecido.
—Te quiero… —Se separó el y la miró directamente como si ella de repente se hubiera convertido en alguien especial. Lin sintió su corazón ir cada vez más acelerado e hincharse e hincharse hasta amenazar con explotar.
—Yo también… no puedes imaginar cuánto… —Sintió que todo se desmoronaba cuando midió sus palabras luego de recobrar el aliento.
La mentirosa era ella.
Si sabía cuanto. Lo acababa de descubrir y era horrible. Trató de encubrir ese sentimiento que afloraba por cada centímetro de su piel, pero solo encontraba lágrimas que no querían quedarse en sus ojos. Sesshomaru volvió a abrazarla y a reclamarla como si le perteneciera. Se asfixió.
Demasiado. Era demasiado para ella. Era cierto que ya no era capaz de seguir en pie. Era su límite. Ni su mente ni sus sentimientos soportaban más presión. No era capaz de resistir más dolor. Mucho menos aquel dolor que provenía de las penas de amor.
De amor no correspondido.
Y se deshizo entre sus brazos. Todo se mezcló con un negro espeluznante y ya no vio más la luz de sus ojos dorados.
Sesshomaru percibió cómo ella desaparecía en su abrazo y se volvía un cuerpo sin vida. Reparó en su rostro ido y comprendió que ya no estaba con el. La tomó entre sus brazos y salió corriendo de ese corredor, sin tomar en cuenta a nadie. Ella necesitaba un médico o EL iba a morir.
Se incorporó en la realidad. Ella se había desmayado por que el, el hombre en el cual más confiaba le había robado un beso. Un beso, igual como lo habían hecho esos canallas que la habían besado antes.
¡Era tan canalla como todos!
CONTINUARÁ...
