Con los músculos agotados, Meimi volvía a casa con mucha más calma y menos ganas de seguir con la aventura nocturna. Al llegar encontró las luces apagadas, menos la del cuarto de sus padres. Se acercó con sumo cuidado para evitar ser vista por su padre, y saber por qué sus padres no dormían a esa hora. Y de pronto el miedo le recorrió todo el cuerpo como una descarga eléctrica, casi haciéndola tener una convulsión.

-Ya era hora de que llegaras Henaeoka... He estado charlando un poco con tus padres, y tal parece que no quisieron cooperar...- La voz tenebrosa y áspera de Erasmus dejó en shock a la lo peor, Meimi entró de golpe a la habitación. Sus padres yacían inconscientes en el Erasmus absorbía la energía de ellos, con la luz negra y púrpura emananado de sus manos. No pudo articular ninguna palabra. Su mundo se derrumbó de golpe.

Era poco hablar de terror para describir la euforia que invadió el corazón de la joven pelirroja, al ver a sus padres sometidos por la criatura sobrenatural. No sabía que resultaría si lograba salir con vida de aquel embrollo, mientras temblaba de pies a cabeza, tanto que se sostenía en pie por muy poco.

-Déjalos en paz.- susurró Meimi con la voz llena de rabia y tremor. No sabía si era un shock o si su instinto de conservación la hacía tener aquella aparente calma inaudita.

-...O si no qué, niñita... Te tengo donde quería. Ya no puedes encerrarme. El libro esta destruido...- se carcajeó mostrandole un monton de cenizas en un rincón de la habitación de sus padres. - Tu madre no pudo hacer nada... Pero ya no importa. Tus padres vivirán. - el corazón de la chica dio un vuelco, liberando tensión de golpe, tanta que sintió que estaba a punto de orinarse.- Pero tendrán que lidiar con una hija momificada...- Meimi recuperó el valor de golpe. Enfrentaría al malvado sin importar lo que sucediera con ella.

-Esta bien. Voy a pelear contigo.- espetó Meimi con los ojos azules destellando furia.- Pero preferiría que nos alejemos de aquí. No quiero que mis padres ni mi casa sufran daños. - El hechicero le lanzó una mirada socarrona de incredulidad.

-Bien. Como gustes. Aunque no será necesario movernos físicamente. Puedo derrotarte en tus sueños. Jajajaja!- Erasmus rió diabólicamente. Alzó un brazo que brilló con energía púrpura. Mientras Meimi empezaba a sentirse adormilada y luchaba por mantener la consciencia, solo pudo pronunciar.

-Que la luz del universo me ilumine...

Erasmus seguía riéndose. La madre de Meimi se movía un poco, sin que el hechicero se diese cuenta.

...y me permita hacer el bien...-

Estaba todo a oscuras. Meimi se movía vacilante en medio de la penumbra. De pronto, como si hubiesen corrido un velo por sus ojos, aparecieron en un valle inhóspito y seco, cubierto de nubarrones grises y relámpagos.

-Aquí será un buen lugar para acabar contigo, chiquilla.- Erasmus estaba frente a ella, brillando con una luz púrpura. Su cuerpo comenzó a mutar mientras profería espantosos gruñidos y berridos de dolor. Emergieron pinchos y cuernos del cuerpo del hechicero, y su piel dejó de verse momificada y pútrida. Ahora era un monstruo terrible frente a Meimi, de apariencia de reptil que se erigía frente a ella con la espalda encorvada. Su pelo se había vuelto mas bien un penacho de escamas de color pálido como la nieve, y sus manos y pies eran como garras de águila. Una cola de serpiente emergía de su espalda baja.

-Este es el poder que me concederán los Antiguos en el plano físico una vez que te mate. Tu energía me estorba, no sé si fue ese tal Lancaster el que te dio ese poder, pero no me conviene que sigas viva...-rugió el monstruo, sacando una larga lengua bífida. Meimi tenía la mente clara y fría. Su enemigo había revelado que ella poseía un poder oculto. Debía de activarlo cuanto antes. Cerró los ojos rogando y rezando para sí.

"Jack, no se si fuiste tu, pero, gracias por tu ayuda. Es una pena que...quizás no vuelva a verte. Y si existe un poder dentro de mí...por favor, Señor, ayúdame a despertarlo. Debo detener a este hombre antes de que mate a más gente inocente..." el hombre caminaba hacia la adolescente con sus garras listas para clavarse en la piel de la joven.

Una luz dorada brilló de pronto, cegando de golpe a la bestia que gruñía y se echaba hacia atrás. Meimi estaba cubierta con una túnica rosa. Una armadura plateada con detalles negros cubría sus partes más vulnerables. Un par de alas blancas de águila surgían de su espalda, mientras sostenía una versión más larga y elegante de su bastón mágico. De su cabeza también emergían un par de alas y en su frente una diadema que hacía juego con su bastón. Una aureola dorada rodeaba su cabeza. Aún llevaba su cabello estilizado en una cola de caballo.

-Estoy lista.- enunció la joven empuñando su cetro hacia el hechicero, que no daba crédito a lo que veía. -¡Te detendré a costa de mi vida si es necesario!- Erasmus se lanzó sobre ella, que lo repelió con su bastón. Intercambiaron una serie de descargas de energía rosa y púrpura, hasta que un fuerte choque entre sus poderes los separó. El mago monstruoso estaba eufórico y respiraba agitadamente. Los ojos se le salían de las órbitas de lo alterado que estaba. Una hombrera de la armadura de Meimi cayó al piso, mientras el hombro de la joven sangraba. Aunque no sentía ningún dolor. Erasmus también tenía una larga llaga en el abdomen, pero era superficial. Su sangre se había tornado de color violeta.

-Ríndete, malvado.- sentenció Meimi. Tengo el poder del Señor, Su Espíritu Santo me ha bendecido. Él es el único Dios. Él siempre me salva cuando estoy en peligro y me ayuda a hacer el bien...- Erasmus se pusó colorado y sus venas palpitaron bajo su escamosa piel de reptil. -Si te rindes, quizás el Señor perdone tus pecados y limpie tu alma de maldad...- Aquellas palabras exaltaron más al mago, que gritó llenó de rabia y frustración:

-Esta bien, niñita estúpida! Tu lo pediste! - Cerró sus ojos, ahora similares a los de una serpiente, murmurando palabras que Meimi no entendió. Después de un instante, abrió los ojos. Un dolor acometió a la joven en el hombro. Aunque no despertó, en el mundo su madre Eimi se arrastraba hacia ella mientras veía como un espasmo repentino sacudía a su hija dormida, y la sangre brotaba de pronto del mismo hombro donde la había herido en sueños...