INUYASHA NO ME PERTENECE. ESTE FANFIC ESTÁ ESCRITO SIN FINES DE LUCRO.
NOTA DE LA AUTORA
¡Hola! Esta vez intenté demorarme menos de dos semanas, pero no sé si lo logré ajaja. Debo decirles que este es el fic que actualizo más rápido, es un defecto que trato de superar pero no puedo! En fin, sé que les gustará este capítulo, al fin Kagome empieza a tener su revancha! Espero lo disfruten tanto como yo lo hago escribiéndolo! puedes creer que a pesar de tener que ver el dorama mil veces para escribir este fic, no me cansa? Soy una maniaca. Les recomiendo no ver la serie hasta que termine el fic, se morirían con lo machista del personaje de Sesshomaru.
ESTE CAPÍTULO ESTÁ DEDICADO A SIMY-CHAN, quien estuvo de cumpleaños hace poquito. Querida, espero lo disfrutes!
*Si quieren agregarme a facebook pueden buscarme como Claudia Gazziero.
EL ARGUMENTO DE ESTA HISTORIA ESTÁ BASADO EN LA SERIE KOREANA "I NEED ROMANCE 2012", CUYOS DERECHOS PERTENECEN A TVN. SIN EMBARGO, LA ADAPTACIÓN DE ESTA OBRA NO ESTA BASADA EN EL GUIÓN, SINO EN EL ARGUMENTO Y CADA PALABRA ES ESCRITA POR MÍ.
"No sabían exactamente cuando habían empezado a verse como hombre y mujer, lo cierto era que estaban enamorados. En doce años de noviazgo habían terminado cinco veces y regresado sólo cuatro. Hacía tres años que vivir con Sesshomaru Taisho, sin ser una pareja, era una verdadera tortura. ¡Kagome Higurashi necesitaba DESESPERADAMENTE un romance con otro hombre!"
¡NECESITO UN ROMANCE!
Claudia Gazziero
CAPÍTULO 12
INUYASHA TAKAHASHI
I
—¿De verdad terminaste con Sesshomaru? —preguntó Rin sin poder creerlo, mientras golpeaba fallidamente una pelota en la mesa de Pool.
Kagome sonrió triunfal. —Puedes creerlo Rin, al fin he superado a ese hombre.
—¿Puedo presentarle una chica a tu ex? —se atrevió a preguntar Sango, sólo para provocarla. Era difícil creer que Kagome cumpliera su palabra de dejarlo por sí misma.
—¡Por supuesto! Incluso estoy dispuesta a quererla como a una hermana.
—¿Y si es Kagura Touma?
—Ella no —se opuso fervientemente—. Los mataré a ambos si forman una pareja, ya se lo he advertido al inútil de Sesshomaru.
Rin y Sango se miraron entre ellas sin atreverse a decir nada más. Era demasiado extraño que Kagome hubiera tomado una decisión tan drástica de la noche a la mañana, sobretodo porque sabían que Sesshomaru Taisho había sido el único hombre en el corazón de la chica durante toda su vida.
—Me acabo de dar cuenta de algo espantoso… —intervino la morena repentinamente, completamente afligida.
—¿De qué?
—Nunca podremos ser las protagonistas de una película romántica… —se quejó con casi lágrimas en los ojos. Kagome rió estrepitosamente.
-¡Por supuesto que no! —pensó la azabache de inmediato. Eso era algo obvio, ella no era una mujer sumisa ni se quedaba callada frente a un hombre. Ella siempre tenía la última palabra y era tan dramática que siempre podía empeorar la situación monumentalmente. Recordó todas las veces en que había amenazado de muerte al peliplata y no supo si llorar y reír. Ahí estaba su respuesta, por eso Sesshomaru no la quería, porque era una mujer vulgar. Él estaba acostumbrado a las chicas nobles de sus novelas, las cuales no tenían nada en común con ella.
—Sango debería ser la villana en una novela rosa —se burló luego, intentando verse noble al lado de la castaña y suprimir su pesar.
Ella rió. —O una psicópata, ese papel me vendría bien…
Oh sí, le iba de maravilla. Sango era una de esas mujeres exuberantes, decididas y de armas tomar, no como ella que se había comportado como una verdadera idiota desde… ya ni siquiera recordaba desde cuándo, esperaba que no hubiese sido durante toda su miserable vida, aunque eso era muy probable.
El teléfono de Rin comenzó a sonar -con ese infantil sonido característico-, y por la cara de su amiga, supusieron en seguida que se trataba del novio fracaso, Onigumo.
—¿No que habías terminado con él?
—La verdad no, solo dejé de verlo y desaparecí —admitió apenada la chica, cortando la llamada con rabia.
Kagome resopló. —¿Por qué nuestras vidas son así? —En ese momento, las tres eran mujeres solteras que no tenían a absolutamente nadie en el mundo. Bueno, al menos Rin tenía su mamá, ella estaba completamente sola.
Sango intervino, corroborando la teoría de Kagome. —Nuestras vidas no son el problema, chicas. El problema es nuestro carácter…
Las tres suspiraron resignadas y sin saber qué hacer para mejorar la situación. Debían tomar medidas drásticas, cambiar de aspecto, de personalidad e incluso hacerse vegetarianas, si era necesario. Todo valía si era con el objetivo de dejar de sentirse miserable. Por eso, al otro día estaban muy temprano frente a la casa de una pitonisa. Querían una explicación, no era posible que tuvieran tanta mala suerte en su vida. ¡Debían sacarse esa maldición!
—He oído que ni siquiera necesitas decirle tu cumpleaños, ella lo sabe todo —relató Rin sentada al medio de ellas, mientras esperaban su turno para la consulta—. Ella solo mira tus ojos y descubre tu nombre y edad.
Sango se burló brutalmente de su amiga, ella realmente era muy ingenua y le causaba demasiada gracia. —Rin, es solo superstición. No te hagas tantas esperanzas, no es como si nos fuera a decir los números de la Lotería.
—Creo que podría hacerlo bien, después de todo es una adivina, ¿no? Es lo que hace… —murmuró esperanzada la azabache. ¿En qué momento había sido embaucada por Rin?
Un hombre apareció para preguntarles si iban a entrar juntas o querían tres consultas particulares, pero no fue necesaria una respuesta, ya que las tres se levantaron gloriosamente y caminaron hasta la oficina sin soltarse las manos y dándose ánimos entre ellas.
Adentro y después de un saludo demasiado normal para Kagome, que estaba esperando algo con más parafernalia, la mujer de extrañas ropas les pidió ver sus orejas y luego sus manos. No entendían nada, pero accedieron de todos modos, ya que esa mujer era una profesional de la adivinación.
Sin embargo, a Kagome le causaba desconfianza. Sus orejas siempre habían sido demasiado pequeñas… —Quizás las orejas son simbólicas, es por eso que tenemos dos orejas y solo una boca, es para escuchar antes de hablar. ¿Por qué no lo pensé antes? Como mis orejas son pequeñas jamás escucho lo que me dicen —lloró en su mente la azabache, sin poder concentrarse.
—¿Cuánto tiempo han sido amigas? —preguntó de improviso la pitonisa.
—Desde la escuela media… —respondieron al unísono las tres, ansiosas.
La mujer miró al cielo, cerró los ojos y les ordenó con voz autoritaria que sostuvieran sus manos.
—¿Qué? —preguntó Sango confundida.
Ella se molestó. —Sostengan sus manos, ¿no entienden español?
Rin tomó las manos de las chicas a su lado asustada. A la modelo no le causaba mucha gracia que una mujer antipática viera su futuro, ella lucía como una vieja solterona y aburrida, esperaba no terminar como ella.
—Bien, lo único que puedo decirles es que deben ser muy buenas amigas siempre.
—Ya lo somos —sonrió Kagome. De hecho, al parecer, eso era lo único bueno que tenía en la vida.
—Deben apoyarse entre ustedes y sostenerse en los momentos difíciles. No peleen cuando una se equivoque, quiéranla y guíenla, eso las mantendrá unidas —murmuró lamentándose—. Nunca he visto a unas mujeres como ustedes… ¡Ustedes nacieron con el mismo destino!
Las tres se inclinaron ansiosas. —¿Qué clase de destino?
Ella levantó un báculo y pareció ser poseída por el poder de los espíritus durante largo rato, emitiendo extraños sonidos y poniendo los ojos en blanco como un fantasma poco agraciado. Cuando al fin se tranquilizó y las chicas pudieron respirar tranquilas, lo dejó sobre la mesa y las miró seriamente. —¡Tienen un destino violento!
Las tres se espantaron y se alejaron de ella. —¿Es en serio? —preguntó Kagome escéptica. ¿Cómo había adivinado tan rápido que ella era mujer agresiva?
—¿Por qué mi destino es igual al de Sango y Kagome? —protestó Rin, desesperada.
—¿Qué tiene de malo? —se molestó la castaña. Ser ella no era tan malo, ¿o sí?
—¡Nunca antes había visto tanta violencia en mi vida! —prosiguió la pitonisa—. Ustedes, definitivamente, no tienen nada de suerte. ¡Expulsan a los hombres de sus vidas! ¡Morirán solas y amargadas porque no saben cerrar la boca!
Oh, eso sí tenía sentido, aunque sonara infernalmente mal. Kagome estuvo segura de que el destino era la razón por la cual no podía encontrar un hombre maravilloso, ni tampoco sus amigas. ¿Acaso Sango la había malinfluenciado? Según recordaba, ella era una chica agradable antes de conocerla. ¿Qué había pasado? No, no era Sango, era Sesshomaru quien había sembrado, cultivado y cosechado cada uno de sus defectos. ¡Él la había transformado en lo que era!
—¿Cómo es posible que hayan vivido así? –empatizó la anciana, tomándolas de las manos.
Rin asintió con la cabeza al borde de las lágrimas, mientras sus amigas la consolaban, también queriendo llorar. Estaba acabada, una mujer frígida no podía ser feliz, sobretodo si era como una gran roca en la intimidad. ¡Oh, destino cruel! ¿Por qué se había ensañado con ella?
—Pobres…
—Es cierto, pobre de nosotras… —se autocompadeció Kagome.
La pitonisa la miró molesta. —No ustedes, me refiero a los hombres en sus vidas…
—¡¿Qué?! —gritó Sango enfurecida y sin poder creer lo que escuchaba.
La extraña mujer la ignoró. —Solo tengo tres hijos, pero no me gustaría que terminaran enredados con mujeres como ustedes.
Luego de aquella frase, tuvieron que sacar a Sango a rastras de ese lugar. La pobre estaba tan molesta que quería golpear a la pitonisa por su atrevimiento, y razones no le faltaban. ¿Cómo una mujer podía sentir tan poca empatía por infortunadas personas de su mismo sexo? ¿Acaso no sabía nada de compañerismo femenino?
Tristes, acabadas y desdichadas, se dirigieron a una Iglesia Católica Apostólica Romana en busca de su último amigo: el buen Dios. A esa altura de sus vidas, Él era lo único que les quedaba.
—¡Esto no tiene ningún sentido! —lloró Rin mientras bebía una cerveza adentro del recinto Cristiano, sin ningún tipo de vergüenza.
Sango tosió ebria. —¡Si fui creada de la costilla de un hombre debería tener uno predestinado! ¿De quién era la maldita costilla de la que fui creada?
Kagome levantó la cabeza del banco y dejó la lata a un lado. —Nunca tuve un padre y mi madre murió cuando solo tenía dieciocho años. ¡Lo único que tenía era a Sesshomaru! ¿Cómo no iba a enamorarme de él? ¡No quiero que él sea mi hombre predestinado! —lloró inconsolablemente-. ¡Quiero a Brad Pitt! ¿Por qué se casó con esa zorra?
—Sango, no llores —se enfadó Rin—. Tú dijiste que era solo superstición…
La castaña no la escuchó, estaba orando fervientemente. —Oh, Señor… Tienes otro plan para mí, ¿verdad? ¿Miroku se quedará conmigo? ¿Aparecerá otro hombre como él?
—¡Por favor, respóndenos! —chilló Kagome también ebria.
—¡Oigan, señoritas! —las llamó una anciana voz desde la entrada. La irrupción en la Casa de Cristo había fracasado también, como todo en sus paupérrimas vidas. ¿A quién se le había ocurrido beber?
Las tres voltearon mareadas y, entre la intensa Luz que entraba a través de la puerta, una figura conocida apareció. No podían creerlo, ¡era la Maestra Kaede… y era una monja!
¿¡Por qué demonios era una monja!?
—¡Maestra, maestra! —exclamaron mientras corrían hacia ella y la abrazaban. Los días en que ella las torturaba con su varilla habían desaparecido de sus memorias sin explicación alguna. Tenían mucho que agradecerle a la exigente mujer, aunque lamentaban el hecho de que a pesar de sus reprimendas, nunca habían podido convertirse en rectas.
—¡No puedo creerlo! ¿En verdad son ustedes? –Las recibió la anciana en sus brazos y les arregló los cabellos para poder ver sus caras con claridad. Ese gesto maternal hizo que las tres tuvieran otro brote de depresión y comenzaran a llorar nuevamente.
¡La maestra las recordaba, no las había olvidado! Eso era mucho más de lo que podían pedirle a Dios. ¿Cómo era posible que Dios hiciera milagros tan rápido? ¿Siempre hacía esas cosas? Oh, necesitaban ir más a la Iglesia.
La maestra arqueó una ceja y las miró fijamente. -¿Por qué huelen a alcohol, chicas? ¡No puedo creer que ustedes aún no se hayan vuelto decentes! —se lamentó la mujer investida en ropajes santos—. ¿Por qué están bebiendo alcohol en la Casa de Dios? ¡Ya deben tener más de treinta años y todavía necesito regañarlas! —dijo golpeándoles la cabeza a cada una.
Rin se cubrió con las manos y rogó por su vida. —¡No nos golpee más, estamos sufriendo mucho!
—¿Cómo puede una monja golpear a las personas? —se preguntó Kagome molesta.
—Ustedes deben ser regañadas, sobretodo tú Sango. Saliste en los periódicos cometiendo adulterio.
—Oh, esto es demasiado… —se quejó la castaña—. Este es un lugar para los pecadores, ¿en qué otro lugar estarían más felices de verme?
—¡Cierren la boca y síganme! —ordenó la Anciana Kaede mientras se cubría la nariz para no oler el alcohol en el aire-. Ustedes necesitan un poco de meditación…
Por más que Kagome lo intentó no pudo mantenerse despierta durante la sesión. ¿Cómo era posible que hiciera eso por diversión? En media hora no había podido concentrarse ni siquiera un poco, además necesitaba ir al baño urgentemente. Los monjes no tenían vejiga, era un hecho.
—¿A quién se le ocurrió venir a la Iglesia? —rezongó Sango cuando lograron escapar con una mala excusa de Kagome.
La azabache golpeó a la morena con el codo. —¿A quién más? A Rin…
—¿Quién quiso ir donde la adivina, en primer lugar?
—Rin… -Volvió a golpearla mientras le reprochaba con la mirada.
—Deberían agradecerme, gracias a mí sus almas están purificadas. De hecho, ahora que mi espíritu está de regreso en el camino correcto, me marcharé porque mañana debo trabajar temprano. ¡El trabajo purifica al hombre!
Kagome y Sango se miraron consternadas, habían perdido a Rin. La verdad era que siempre habían sabido que ese día llegaría, ella era demasiado susceptible a esas cosas y creía fervientemente en el pecado. Era sorprendente que no se hubiera convertido en monja durante su juventud.
—Chicas, ¡las amo! —se despidió sonriente la morena, mientras corría emocionada hasta la parada de autobús. Estaba borracha, maldición. Kagome rogó a su nuevo amigo Dios que su amiga no estuviera tan ebria como para montar un escándalo otra vez en plena vía pública.
—¡También te amamos, querida! —respondieron sin ganas, mientras le mandaban besos con las manos y la veían desaparecer a la distancia. Bien, sus pasos no estaban tan chuecos, probablemente llegaría con vida a su hogar.
Luego de despedirse de Sango, se subió como una autómata a su autobús y se sentó en el último asiento. Ese día había sido demasiado extraño, había analizado su relación con Sesshomaru desde diferentes perspectivas y la verdad era que no sabía realmente si era mala suerte o ella misma se había provocado su propio dolor.
Maldijo en silencio a la cerveza que corría por sus venas, siempre que se embriagaba se ponía de mal humor y se desquitaba con la primera persona que tuviera cerca, pero ese día no había nadie a quien golpear y lastimar. Sabía que la rabia dentro suyo no era más que una excusa para ocultar lo que verdaderamente sentía, pero aún así no podía evitar lastimarse con juicios autodestructivos. Estaba triste, no podía esconderlo más, y se lastimaría hasta que encontrara a alguien a quien herir.
Mientras miraba por la ventana a las nubes cubrir por completo la ciudad, dejó fluir toda la tristeza que guardaba con llave en su interior. Ella no se permitía llorar a menudo, y tampoco lo haría ese día, pero debía admitir que se moría de ganas de lanzarse a bramar como una niña pequeña en brazos de su madre; como no tenía una, debía resignarse y comportarse como una mujer adulta.
Además, ya era una mujer en sus treinta. A esa edad no había muchas sorpresas para el corazón, todo se mantenía en equilibrio, ya fuera para bien o para mal. No había grandes eventos, ni tampoco cosas especialmente malas, los días y los años seguían su curso normal y sin novedades hasta la muerte, y eso no era un problema. La oportunidad de encontrar al príncipe azul se reducía exponencialmente con cada arruga en la piel y ella no era la excepción. Tenía más de treinta años y un amor no correspondido que la había acabado por completo. ¿Qué otra cosa necesitaba saber?
Bien, tampoco era tan malo. Había gente que no tenía comida en África y mujeres que eran obligadas a casarse con ancianos por conveniencia. El dolor de una mujer solterona y solitaria era nada comparado con el dolor del mundo.
Además, Sesshomaru no era lo único que tenía en la vida, a pesar de que siempre lo había creído así. No, él estaba ahí para ella, pero realmente estaba ausente. Él siempre había sido ajeno a su dolor y se había mostrado inflexible. Quizás esa era la razón por la cual se aferraba a él como si fuera un tronco en medio del mar durante un naufragio. Sesshomaru no era suyo, pero había estado siempre cerca, y ella se había acostumbrado a mirarlo sin poder abrazarlo.
En su vida había habido siempre solo una verdad irrefutable: Luego de la muerte de su madre, Kagome Higurashi estaba completamente sola en el mundo. El peliplata nunca había estado con ella realmente, entonces, al terminar con él no había perdido nada que hubiera tenido alguna vez.
Recordó el día del funeral de su madre con dolor. Nadie del resto de la familia había ido por ella porque ya había cumplido la mayoría de edad, tampoco se habían presentado al funeral, aludiendo al hecho de que los pasajes para ir a la ciudad eran demasiado caros. La única persona que había estado con ella había sido Sesshomaru, solo para alimentar una ilusión de compañía que nunca se había vuelto realidad y para darle falsas esperanzas de amor.
—El dolor pasará, estoy aquí para ti. Estaré contigo, lo prometo. —Esas habían sido sus palabras luego de que de su madre no quedaran más que cenizas, y ella, con el dolor de la soledad a cuestas le había creído todo.
¡Qué ingenua había sido!
Habría sido bueno si en ese momento hubiera habido una señal que le advirtiera que no debía creerle a ese hombre. De hecho, habría sido realmente maravilloso si en su vida hubiera habido señales que le indicaran cuando detenerse:
"Detente, Kagome".
"No sigas".
"Es peligroso".
"Déjalo, te lastimarás"
"Huye"
"Ten cuidado"
"Anda a la derecha"
"Ve a la izquierda"
"Sigue derecho"
"Deja de amarlo"
"No confíes"
"No creas"
"No le creas…"
"No le creas más"
Oh sí, la vida habría sido muy simple y nada dolorosa con indicaciones de ese tipo. Suspiró resignada, si alguien se lo hubiera dicho de antemano se habría ahorrado toda la desgracia que había venido después.
Un mensaje llegó a su celular, sacándola abruptamente de sus pensamientos. A regañadientes lo cogió, pensando que era Sesshomaru, pero se sorprendió al ver que era Inuyasha Takahashi.
"Esta noche lloverá. Si estás en casa lleva un paraguas, si estás fuera, yo podría ir a recogerte. Este fue un mensaje de Inuyasha, el meteorólogo".
No sonrió, ya jamás creería en las palabras de un hombre. Olvidar y comenzar de nuevo no era tan sencillo como una persona ajena podía imaginar, ¡era su vida y dolía demasiado! No podía estar contenta sabiendo que se había equivocado en todo durante más de quince años.
Alcanzó a caminar solo unos pasos desde la parada del bus hasta su casa cuando empezó a llover torrencialmente y tuvo que regresar al paradero. —¡Genial! —resopló molesta. La pitonisa no había hecho ningún artilugio para quitarle la mala fortuna, ¡y le había costado 50 dolares!
Una mujer que estaba refugiándose en ese lugar la observó de pies a cabeza y se mofó por o corto y veraniego de su vestido, pero Kagome la ignoró por completo, no estaba de humor para sentirse ofendida por una idiota como ella. De repente, vio que un hombre joven caminaba hasta ellas y reconoció el impermeable de Sesshomaru. Iba a gritarle que no lo necesitaba y a salir corriendo, cuando notó que se había equivocado. No era el peliplata, sino el novio de la antipática chica a su lado. Ambos se besaron en un abrazo apasionado y se marcharon bajo la protección de un solo paraguas. ¡Qué cursilería!
Sí, le habría encantado que ese hombre fuera Sesshomaru Taisho. Habría sido estúpidamente feliz si él hubiera ido a buscarla a la parada de autobús con esa sonrisa sincera, pero no era y nunca sería. Caminó con pesar hasta la casa, mojándose completamente y preguntándose enrabiada en qué parte del cuerpo estaban los malditos sentimientos, porque quería arrancarlos de cuajo y como no podía hacerlo, estaba condenada a soportar todo el dolor que había acumulado durante más de una década.
En la entrada de la casa, y luego de esperar a Kagome durante más de media hora, el ambarino finalmente decidió entrar. Al parecer, ella tenía otros planes y no iba a llegar esa noche. Quizás iba quedarse con Rin en su departamento, eso era lo más seguro, ya que la lluvia realmente estaba cayendo fuerte.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Kagura apenas entró.
—Estaba comprando algo —mintió.
Ella lo miró confundida, ya que no traía nada en las manos, pero decidió no decir nada. Era obvio que estaba esperando a Kagome Higurashi, después de todo, habían crecido juntos.
—Kagura… —llamó mientras subía la escalera hacia su cuarto—. ¿Puedes prender las luces del patio delantero?
—Está bien…
Afuera, Kagome miraba la casa sin querer entrar, le dolía mucho el corazón y en ese lugar le dolería todavía más. Quería vivir lejos de él, a salvo de sus miradas, de sus órdenes y de su desamor. Esa casa ya la había visto sufrir demasiado y no le daría el gusto de verla llorar una noche más. Se permitió mirarla solo un segundo más y finalmente decidió dormir en el estudio de grabación. Ese día no le mostraría su cara arruinada a Sesshomaru, él no debía darse cuenta de que a ella le afectaba la ruptura.
—Dormiré fuera, Sesshomaru Taisho… -susurró al viento-. Te aviso a pesar de que no te preocuparás por mí.
Entonces, emprendió una alicaída marcha hasta la Avenida Principal, sin alcanzar a ver las luces delanteras prenderse en su espera. Observó la oscuridad de la noche a su alrededor y la forma en que la Luz de los faroles se reflejaba en el cemento mojado, dándole un aspecto tenebroso a la calle vacía.
Las luces de las casas comenzaban a apagarse y se obligó a mirar su reloj, era medianoche. Apagó el celular y verificó si traía las llaves del Estudio consigo. Antes de darse cuenta ya estaba en la esquina en donde coincidía su Estudio, con el café de Inuyasha y su casa.
Inuyasha Takahashi…
Se quedó un rato con la mente en blanco, sintiendo la fría lluvia caer y golpear sus brazos desnudos con furia. No tenía ganas de ponerse a salvo, necesitaba vivir una noche de rebeldía bajo el yugo de la Naturaleza y castigarse por todo lo que había hecho mal durante la lucha por el corazón del peliplata.
—¿¡Qué estás haciendo, Kagome!? ¿¡Por qué te mojas bajo la lluvia!? —escuchó la voz de Inuyasha llamándola desde el edificio en donde vivía. Lo vio bajar por las escaleras, cubriéndose con un periódico, y jalarla del brazo hasta la entrada del edificio. -¿Por qué estás caminando a la mitad de la noche con esta tormenta?
—¿Qué tipo de meteorólogo anuncia que va a llover un minuto antes de que llueva? —protestó enrabiada, recordando el mensaje que él le había enviado—. Idiota…
Él la miró sintiéndose mal, cual perro mojado bajo la lluvia, era una lástima que ya no creyera en los hombres o habría terminado irremediablemente enamorada de él con esa mirada. —Si me hubieras llamado hubiera ido a buscarte, te esperé…
No lo creía, era demasiado bueno para ser verdad. ¡Él era demasiado bueno para ser verdad! —¿Por qué? —preguntó enojada-. ¿Por qué irías por una mujer que no es tu novia en medio de una tormenta?
—Dijiste que era tu amigo… —solucionó él sin reparos—. Además no me hace muy feliz ver a la chica que me gusta caminando como un zombie bajo la lluvia.
Kagome no dijo nada, aunque se le erizó la piel ante esa declaración de amor tan despreocupada.
—¿Tienes frío? —le preguntó el joven mientras se sacaba la chaqueta y se la ponía sobre los hombros.
Sí, Inuyasha no era verdad -no podía ser verdad-, era un hombre demasiado bueno para ser real. Lo miró a los ojos buscando traición pero no encontró nada en ellos, él era sincero. ¿Cómo podía existir alguien así? Tosió un par de veces y lamentó haberse empapado, el resfriado había vuelto.
—Mira, atrapaste un resfriado…
—No lo cogí hoy, ya estaba enferma antes de mojarme.
—Entonces, ¿por qué te mojas si sabes que puedes empeorar? —suspiró él—. ¿Quieres algo caliente? ¿Quieres venir a mi casa?
Kagome lo observó desconfiada. —¿Eres alguna clase de jugador o psicópata?
—¿Por qué dices eso? Te invito porque estoy preocupado…
—No, quieres seducirme… —refunfuñó mordazmente—. ¿Sabes? No creo que te guste de veras…
—¿Por qué no lo crees? ¿No tienes ninguna confianza en ti misma? -Kagome bajó el rostro. —No, he perdido totalmente mi autoestima… Te dije que fui dejada por el hombre que amo.
Él suspiró complicado. —Vamos a casa, primero debes cambiarte esa ropa mojada. —La vio dudar de sus intenciones nuevamente y exhaló—. No estoy tratando de seducirte, Kagome. Eres una mujer con el corazón roto, tengo mis límites. Además, soy cinturón negro, debo mantener mi honor.
—No trates de hacer nada… —le advirtió mientras pasaba a su lado. La violencia en sus palabras y en el empujón que le dio con su hombro al pasar a su lado llamó su atención. ¿Era por ese hombre otra vez? ¿Por qué se desquitaba con él de sus penas de amor? Kagome era una mujer muy extraña, aunque valía la pena conocerla. Sonrió con ganas y la siguió; esperaba, al menos, no ser asesinado por ella mientras dormía.
Luego de una hora Kagome ya había cambiado el disco tres veces en busca de "una canción que llenara su corazón", y se había bebido cuatro tazas de café cargado. Inuyasha la miraba extasiado, ella sí que sabía llenar su corazón roto con música maravillosamente melancólica. Había cierta belleza en la tristeza, y ella era una persona que lo sabía demasiado bien, se veía hermosa incluso cuando estaba destrozada.
Se sentó en el sofá con una botella de vino y la llamó. —Ven aquí a tomar una copa conmigo…
Kagome se sentó a su lado y lo miró desconfiada, esperando que hiciera algo incorrecto para marcharse indignada. –No podrás seducirme de esta forma porque ya estoy un poco ebria… Tomé cerveza con mis amigas…
El ambarino sonrió, mirándola de reojo. —Eres muy especial, ¿sabes? Vas caminando bajo la lluvia medio borracha porque fuiste dejada por un hombre, es dramático y romántico a la vez. ¿Estás en la pubertad? —bromeó.
La azabache rio y se inclinó hacia él con complicidad. —¿Quieres saber por qué me han dejado?
—Usa la expresión correcta, ¿por qué dices que te han dejado? ¿Eres un balón de fútbol o algo así?
—No lo sé, pero me gustaría ser un balón, supongo que los balones no tienen sentimientos, ¿verdad?
Inuyasha bebió de su vino. —No lo sé, nunca he sido uno…
Kagome se sirvió nuevamente y pareció desinhibirse más, ya que subió ambas piernas al sillón. —Esto es muy secreto, pero te lo contaré: Fui dejada porque tengo un temperamento terrible.
El ambarino rio con gracia. —¿Cuán terrible es? Me gustaría verlo.
—Él dijo que voy hasta el final y lo presiono demasiado, al punto de hacerlo perder la cabeza. Dijo que yo lo hacía ser un mal hombre… —Tomó otro sorbo y se recostó en el sillón—. Cuando lo digo en voz alta suena como si fuese sobre otra persona. Contigo soy diferente…
—No es que tú seas diferente conmigo, es que yo soy diferente a él —afirmó mirándola inmutablemente. Físicamente se parecía a Sesshomaru, pero era mil veces más dulce que él.
—¿Podrías no mirarme así? Es incómodo —reclamó sintiéndose perturbada—. ¿Estás seduciéndome justo ahora?
Él se echó hacia atrás. —Quizás él tenga un poco de razón… —rio ante el comentario de la azabache—. Ya que estás confiando yo también te contaré algo privado.
Kagome lo escrutó expectante ante lo que escucharía. Una parte de ella quiso que fuera algo hermoso sobre ella y el amor que él le profesaba. Su autoestima necesitaba de Inuyasha mucho más de lo que ella podía darse cuenta.
—Gracias a tu temperamento desagradable salvaste mi vida una vez… —exhaló con parsimonia y la miró con sus ojos dorados profundos—. Yo estoy vivo gracias a ti, Kagome.
—¿Cómo pude salvar tu vida? —se burló la chica sin respeto alguno.
Él inició un relato mágico y espectacular sobre el café, mientras su voz calma y suave la transportaba al mágico mundo del que hablaba. —Me empezó a gustar el café cuando estuve en África. Viví más de dos años en Etiopía, pasando hambre y sed. El café era lo único que me daba energía para seguir con vida y ayudando a las personas de ese lugar. Un día fui en busca de víveres en un carro muy viejo y me perdí. El carro se averió pronto y quedé solo en medio de la nada. Como había manejado más de tres días no había mucha esperanza de que encontrar a alguien que pudiera ayudarme, pero debía intentarlo. Me bajé del carro y caminé otros tres días en busca de ayuda, pero no encontré a nadie. Sin agua ni comida, y terriblemente cansado, me acosté sobre la tierra caliente y esperé mi muerte. Entonces, una voz que había olvidado completamente vino a mi cabeza…
—¿Esa soy yo? —intervino emocionada la azabache, ya sintiéndose la heroína de la vida de Inuyasha.
Él cerró los ojos y recordó las clases de guitarra a las que había asistido algunos años atrás.
—Deben dolerles mucho los dedos, ¿verdad? —preguntó Kagome, quien en ese momento era la maestra.
—Sí, los tengo totalmente dormidos… —respondió una chica de mala gana.
Inuyasha miró sus manos enrojecidas y suspiró. La hermosa maestra continuó hablando. —Como duelen los dedos, la mayoría de la gente decide dejar de tocar. Sin embargo, algunas personas son más perseverantes y continúan tocando un poco más, a pesar del dolor. Los dedos de las personas que renuncian continúan doliendo para siempre, pero a las personas que continúan se les forman cayos y el dolor desaparece… Así que, aunque les duela, continúen tocando, esa es la clave para que nuestros dedos se acostumbren y dejen de doler. Cinco minutos más, diez minutos más, un poco más, solo un poco más y otro poco… entonces podrán tocar con facilidad y sin dolor, se los aseguro. ¿Entendieron?
—¿Cómo pudo salvar eso tu vida? —interrumpió la azabache, sacando a Inuyasha de su ensimismamiento.
Él calló un momento y luego se incorporó. —Yo había renunciado a todo, acostado y con los ojos cerrados, muriéndome de sed y de hambre hasta que de pronto esas palabras vinieron a mi mente. Entonces me levanté y comencé a caminar otra vez. Cuando pensaba que mi cuerpo ya no podía más pensaba: "Cinco minutos más, diez minutos más, un poco más, solo un poco y otro poco…" —sonrió, mirándola profundamente—. Luego de un día y medio encontré una casa y me dieron comida, agua y un lugar donde dormir. Así es como salvaste mi vida, Kagome Higurashi.
La sonrisa que Inuyasha le dedicó en ese momento hizo que Kagome pensara por primera vez en la posibilidad de encontrar el amor bajo su abrazo.
II
—Julieta, tu madre no llegó anoche… —le comentó Sesshomaru a la perra de Kagome, mientras le daba alimento seco y se inclinaba para acariciarla—. ¿Puedes creerlo?
Sí, estaba preocupado. Había llamado a Rin y a Sango pero ninguna de ellas sabía sobre Kagome. En el estudio, Jacken había dicho que no había rastro de ella. ¿Dónde estaría? La azabache nunca había hecho algo como eso, ni siquiera en los peores momentos de la relación. —Cuando llegue deben morderla… —ordenó a los Golden Retrievers. Quizás era necesario ir a buscarla…
La soledad era igual de fría que una casa sin Kagome.
La azabache se despertó con la primera Luz de la mañana en su rostro. La noche anterior había bebido y reído tanto que ni siquiera había cerrado las cortinas para dormir. Miró a su alrededor, Inuyasha Taisho le había prestado su cama y no había osado abusar de ella en toda la noche. Sonrió, era un hombre que cumplía su palabra y eso era bueno.
Se acomodó la gran camiseta masculina, que en ella lucía aún más grande y holgada, y salió del cuarto en busca del ambarino. Lo encontró aún durmiendo en el sofá de la sala, escondía el rostro entre las almohadas porque la Luz que entraba por la ventana lo golpeaba de lleno. Afuera, los pajarillos aún cantaban y Kagome supuso que era bastante temprano, aunque no lo suficiente como para llegar al Estudio sin retraso.
Acercó su mano al rostro de Inuyasha para ver si realmente estaba dormido y se deleitó cuando la sombra de sus dedos oscureció su semblante. Él no se movió ni un poco, así que supuso que estaba sumido en un sueño profundo. Cerró las persianas para darle sombra y se sentó en la pequeña mesa al lado del sofá.
—Él es lindo… —admitió ruborizada—, aunque parece un jugador cuando trata de seducirme. Gracias por lo de anoche, Inuyasha Takahashi. Fue bueno que estuvieras aquí para mí… —agradeció para irse antes que él despertara.
Pero él ya estaba despierto; abrió los ojos de golpe y la azabache se sobresaltó. —Lo escuché todo… —aclaró sentándose y mirándola de esa forma en que solo él podía hacerlo.
El ambiente de la habitación cambió y Kagome, desprevenida y somnolienta, se sintió incapaz de respirar ante esos ojos cargados de devoción. Entonces, él se inclinó de improviso y la besó.
Fue un beso corto, sencillo y suave, pero un beso después de todo. Sus labios solo se tocaron durante un segundo, muy sutilmente y sin su permiso, pero para Kagome, que no se había besado con nadie más que con Sesshomaru Taisho durante años, significó el fin del mundo como lo conocía.
Se separó descomunalmente sorprendida y salió corriendo sin voltear atrás. Abrió la puerta y bajó las escaleras descalza hasta estar en medio de la calle. Una vez que se sintió segura y su corazón recuperó el aliento, se detuvo y se maldijo internamente. —¡Tonta Kagome! ¿Qué vas a hacer ahora? —chilló mientras se tocaba los labios, rememorando los del del ambarino sobre los de ella y queriendo morir.
Iba a continuar su camino hasta su casa sin importarle que vistiera ropa de hombre cuando se encontró de frente con Sesshomaru.
Contuvo la respiración y se quedó de piedra sobre el asfalto. No podía ser, ¿por qué estaba él ahí?
Silencio.
Sintió cada segundo pasar como si fuera una hora hasta que vio por su rostro que él ya se había dado cuenta de que ahí vivía Inuyasha Takahashi, el chico OST. —¿Dónde has dormido? —exigió saber.
—¿Sabes que no tienes el derecho para hacerme esa pregunta, verdad? No eres ni mi novio ni mi marido, no te importa con quién salgo o con quien duermo.
—Retrocede y ven afuera en tu ropa –ordenó.
—No quiero —se opuso la azabache enrabiada. No volvería a seguir las miserables órdenes de ese sujeto, antes prefería cortarse las venas con un cuchillo de mantequilla.
—¿Piensas vivir la vida loca? Ya no tienes edad para hacer estas cosas…
No podía tolerar que él fuera a darle lecciones de moral, además no había hecho nada malo. —¿Qué tiene de malo que haya dormido en otra parte?
—Ni siquiera llamaste, nunca habías hecho algo así. Eres libre de enamorarte y salir con otros hombres, pero hazlo responsablemente. No quiero interferir, pero tampoco me gusta que te arruines a ti misma.
—¿Cómo puedes romper con un una mujer de la que estás tan preocupado? Tu preocupación es falsa Sesshomaru, y yo haré lo que quiera. Si quiero verlo lo veré, incluso lo veré cuando no quiera verlo. Voy a besarlo y dormir con él si se me da la gana, no me importa lo que tú pienses…
—Si vas a vivir tu vida de esta manera es mejor que no regreses a casa.
—¿Acaso la casa es tuya? ¡No tengo otro lugar a donde ir! –protestó queriendo lanzarse sobre él y arrancarle los cabellos.
—¿Por qué no tienes un lugar a donde ir? —irrumpió una conocida voz a sus espaldas—. Siempre puedes venir aquí, Kagome…
Sorprendida, dejó que Inuyasha la abrazara por la cintura y acomodara su cabello tras su oreja. Miró a Sesshomaru para ver su reacción ante ese gesto de intimidad pero él no parecía estar afectado. De hecho, continuaba inclemente como de costumbre. Solo entonces se permitió asegurar lo evidente, hacía mucho tiempo que Sesshomaru ya no la amaba como a su mujer.
Observó sus duros ojos dorados por última vez y dejó que el chico la llevara hacia adentro.
—Solo sígueme… —insistió el chico cuando notó que ella quería voltear atrás y regresar con él. Se detuvo esperando que no lo hiciera y esperó largos segundos hasta que ella finalmente cerró los ojos y lo siguió.
Entró al edificio bajo su abrazo y sin verificar si Sesshomaru la seguía. Quería confiar en Inuyasha porque era honesto con ella y sus sentimientos eran sinceros. Entre ella y él no había barreras que superar más que las que ella misma imponía… y no sabía realmente si quería seguir manteniéndolas.
¡Oh, cuánto necesitaba ser amada!
Afuera, Sesshomaru se quedó con el impulso de tomarla del brazo y arrastrarla hasta la casa. No tenía el derecho de interponerse ella y lo que más deseaba en el mundo: amor.
"Vas a estar por siempre solo dentro de ese círculo, Sesshomaru Taisho".
La voz de Kagome resonó en su cabeza y descubrió que, por primera vez, ella había roto con él de verdad.
CONTINUARÁ…
¡Ah, sé que quieren matarme!
Publicación: 22/04/2014
Corrección: 07/05/2014
