Inuyasha © Rumiko Takahashi


12 La analogía

Kagome prometía comerse el tatami de su cuarto de hotel con sus idas y venidas.

¿Por qué nos ofreció su hospitalidad? ¡No tenía ninguna obligación de hacerlo!

¿Y a mí, después de todo lo que le dije?

Sus amigos estarán ahí. ¡Su hermana! ¿Por qué querría que conociera a su hermana?

Las horas previas a la cita fueron una auténtica agonía, y ni las largas caminatas con su madre ni los atractivos de la ciudad mermaron su agitación. Al contrario, pasar frente a ese mercado en donde supo encontrárselo tantos meses atrás fue un cruel recordatorio de que pronto estaría en su presencia nuevamente, en su casa, entre las personas que componían su círculo íntimo.

—¿Kagome?

Si había una palabra que podía describir a la Sra. Higurashi esa era sutil. En ningún momento abordó el tema del que no debía ser nombrado, no hizo acotaciones sobre él puntualmente y ni siquiera se explayó tanto en su casa; había continuado con sus vacaciones como si tal cosa y no fue hasta el día siguiente, el de su cita, que decidió ponerse en contexto para lo que se avecinaba.

—¿Sí? —parándose en seco en medio de la habitación, miró a su madre.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, claro.

Una mirada sugestiva y Kagome se desinfló por completo.

—No sé por qué nos invitó.

—¿No?

—¡No! No somos ni amigos, ni colegas, ni nada. ¡Yo sabía que no teníamos que ir a su casa!

—Es inútil que te lamentes ahora, hija.

—Es lo único que me queda por hacer, madre.

La Sra. Higurashi rió con el apelativo. Kagome sólo la llama "madre" cuando pretendía ser sarcástica y cuando estaba nerviosa o enojada. No tenía que recurrir a ninguna ecuación matemática para saber qué le pasaba a su primogénita.

—Obviamente le caes bien al Sr. Taisho, de otra manera no te habría invitado a su casa.

Nos invitó.

—Oh —sonrió—, a mí me invitó porque también estaba allí. Sus modales no le habrían permitido otra cosa.

—Tengo la sensación de que lo estás defendiendo.

—Sólo dices eso porque no me estoy lamentando contigo. En lo personal creo que será una buena velada. Ahora vístete, no quisiera que llegáramos tarde —y se retiró, satisfecha con sus conclusiones.


Se preguntó si las personas que saben que van a morir se sienten así.

Tal vez esté siendo un poco dramática.

Respiró profundamente una vez y caminó hacia delante, su madre a su lado, infundiéndole el coraje del que aparentemente carecía. En la entrada estaba Sesshomaru Taisho y su hermana a su lado, ancha sonrisa en los labios, tal vez mostrándose feliz por ambos, porque su hermano era una gárgola que no emitía emoción alguna, o al menos eso decía la fachada.

—Señorita, señora —y tras una reverencia señaló a su hermana, que ansiosa esperaba integrar el círculo—. Permítanme presentarles a mi hermana, Rin.

—Es un honor conocerla finalmente, señorita Higurashi —habló pronto, sonriéndole con gran apertura—. Señora, bienvenidas.

¿Finalmente?

Rin se acercó a Kagome en un movimiento y juntas encabezaron la procesión hacia el interior de la residencia. Sesshomaru, natural y acostumbrado, inició una conversación de cortesía con la señora Higurashi y quien recibía las atenciones sólo rectificaba sus teorías e ideas sobre aquel hombre.

—Su piano —comentó Kagome, reconociéndolo.

—¿Toca?

—Oh, no, en absoluto. No sé nada del tema.

—Algo tiene que saber si disfruta de la Orquesta Filarmónica.

Kagome ni siquiera vio el violento sonrojo venir y evitando la mirada del hermano, sonrió.

—No toco instrumentos pero soy una gran oyente.

—Sería un privilegio tocar para usted.

—Sólo si me llamas por mi nombre.

Rin sonrió tanto que distrajo a todos los presentes. El peso del momento compartido entre las jóvenes estaba surtiendo el efecto de algo en Sesshomaru y antes de mostrarse en evidencia, procedió a escoltarlas a todas a un amplio salón donde el resto de sus invitados departía con gran humor. Entre la concurrencia estaba Miroku y en cuanto vio a Kagome, saltó a su encuentro y sin preocuparse por nada, preguntó por su amiga.

—Está muy bien, gracias por preguntar.

Miroku sonrió, dejando que el mundo viera que estaba deseoso por saber más, pero contuvo sus impulsos y con fluidez comenzó a charlar con la señora Higurashi y entre risas recordaron su experiencia en la degustación de espumantes.

Kagome reconoció algunos rostros del cumpleaños de Miroku y otros le fueron presentados por Sesshomaru. Éste sabía que era objeto de feroz escrutinio, por parte de sus acompañantes, quienes en realidad podían emitir cuanta opinión deseasen pues no le preocupaba, y su hermana; ella, por otro lado, dijese lo que dijese, le importaría lo suficiente como para abordarla al final del día y pedirle sus impresiones. Había sido satisfactorio verlas interactuar, conversar con naturalidad y llevarse bien desde el inicio. Le había importado que la señorita Higurashi conociera a su hermana especialmente.

Kagome se sentía un poco ridícula entre tantas personas que no conocía pero Rin hacía todo un poco más sencillo. Ni siquiera con su madre pudo contar mucho pues Miroku la había monopolizado impunemente.

Rin tocó el piano para todos y la experiencia fue deliciosa. Su avanzado conocimiento del piano y la música fue un prolongado tópico de conversación entre las jóvenes al final de la presentación y Sesshomaru sólo observaba desde la distancia, silencioso y clínico. Rin no solía darse con las personas, no le abundaban las amistades y siempre había contado exclusivamente con él cuando se trató de las cuestiones de su vida, especialmente después de la muerte de su padre; por lo que verla charlar con Kagome con tanta soltura, verla gesticular y reír le nutrió de felicidad.

—Tienen un jardín bellísimo —comentó, mirándolo desde la distancia.

—Oh, sí —accedió Rin— y según mi padre, tiene más de cien años. Hermano, ¿por qué no se lo muestras?

Sesshomaru, que estaba compartiendo con Miroku y la señora Higurashi, fue tomado con la guardia baja y no dijo nada inmediatamente. Sí miró a su hermana para reprocharle su indiscreción pero Rin sonreía como si nada, casi provocándolo a hacer un comentario. Kagome se sonrojó por quinta vez en el día y a punto de desembarazarse de la situación, el anfitrión se incorporó de su asiento y se acercó a las mujeres.

—¿Señorita Higurashi? —le extendió su mano para ayudarla a pararse y Kagome la tomó más por impulso que por otra cosa.

—No quisiera molestar…

—En absoluto.

Kagome miró fugazmente a su madre y descubrió avergonzada que le sonreía intencionalmente. Cuando el tacto del hombre comenzó a producir corto circuito en su piel, lo soltó y se dejó guiar hacia el exterior guardando decorosa distancia. Demasiado nerviosa para apreciar el real esplendor del jardín, comenzó a mirar en todas direcciones sin observar nada en realidad. Caminaron en silencio unos minutos, a paso muy pausado, hasta que llegaron a un sector abierto con un cerezo protagonista en el centro.

—Es casi centenario —dijo su voz y la riqueza de su tono fue un bálsamo—. Vengo cada primavera para su floración, es un verdadero espectáculo.

Kagome se acercó al árbol para sentir su corteza y ver su follaje de cerca.

—Señor Taisho —comenzó entonces, volviéndose, sólo para descubrirlo a escasa distancia. Se miraron con intensidad pero él guardó su sitio y ella se esforzó por retomar lo que quería decir, que consideraba importante—, quisiera…

Se aclaró la garganta, mirando la circunferencia de su campo de visión. Ni siquiera sabía cómo lo diría o si decirlo era adecuado y propicio en absoluto.

—Este sector del jardín es privado. No está abierto al público porque lo considero íntimo.

Kagome pensó que estaba loca: había comprendido la analogía; sabía que podía decir lo que sea que él no la juzgaría, no le reprocharía nada, sólo oficiaría de oyente.

—Gracias por mostrármelo —dijo por el contrario.


—¡Qué aspecto tenía la señorita Higurashi! —comenzó Kagura— Su piel tan demacrada, tan oscura.

—A mí me pareció que el bronceado le sentaba muy bien —convino Miroku—. Considerando que ha vacacionado durante varios días, expuesta al sol.

—¿Que le sentaba bien? Oh, Miroku, siempre conciliador —Kagura se paseaba por el salón, lenta y cadenciosamente, como una serpiente—. ¿Qué opinas, Sesshomaru? ¿No crees que el aspecto general de tu invitada dejaba bastante que desear?

—Al contrario —fue todo lo que dijo.

Kagura sonrió.

—Hay mujeres que le sientan esos colores, a la señorita Higurashi decididamente no.

—Me pareció una excelente persona —intervino Rin.

—Oh, sí, muy entretenida —accedió con delicada sorna—. Pero no creo que se trate de una mujer muy hermosa. Sesshomaru, debes de estar de acuerdo conmigo.

—No —sin abandonar la contemplación de ese íntimo jardín, agregó:—, hace tiempo que considero a la señorita Higurashi una de las mujeres más hermosas entre mis conocidas —y miró a Kagura con dura intención, forzándola a zanjar el tema.

Sesshomaru no pensaría en otra cosa por el resto del día; en que la mujer que había invitado a su casa se había llevado, tal vez para siempre, valiosas palabras.


Notas de la autora: ¿Acaso importa quiénes son todos esos amigos de Sesshomaru? Estamos todos de acuerdo con que no. Y no sé por qué, pero me gusta la amistad entre Miroku y la Sra. Higurashi.

Por cierto, el capítulo 15 será el último.