Capítulo 11

La primera semana como hombre comprometido oficialmente había pasado casi volando y la euforia de que pronto sería un hombre casado se había quedado atrás. Los chicos avanzaban rápido en las clases, Elisabeth seguía mejorando con el piano e incluso me había enseñado un par de notas, la señora Holmes se había tranquilizado con todo el tema de la boda, pero lo más importante, Holmes había dejado de acosarme.

Después de nuestra charla y su sinceramiento de los días pasados había cambiado su actitud hacia mí. No había vuelto a pasar nada raro ni a encontrarlo en extrañas situaciones. En cambio seguía mirándome constantemente, pero de forma diferente a como lo hacía siempre. Ya no era con ese misterio que lo rodeaba, pero tampoco de arrepentimiento por todo lo que me había hecho pasar. Era una especie de liberación por haber compartido su problema con alguien y a la vez resignación.

Nuestros encuentros se limitaban a decir los "buenos días" en los desayunos y las "buenas noches" en las cenas. Desde mi habitación podía escuchar su violín algunas noches. En alguna macabra manera, echaba de menos su excentricidad y mis discusiones con él. Ni mucho menos quería que ocurriera de nuevo lo de aquella noche, ya que estaba aclarado todo el problema, pero los días se volvieron monótonos y sin gracia. Quería algo de acción. Por un momento, todo aquello me recordó a la guerra. No tenía ni punto de comparación pero después de los dos años que llevaba en Londres sentado tras un escritorio, aquello era lo más parecido a la acción que había vivido desde entonces.

Seguía paseando por las mañanas y trataba de evitar el sitio conflictivo pero a veces me gustaba quedarme bien alejado como para que ni él me viera, y observarle nadar. Me arrepentiría de ello después pero después de mucho pensarlo y discutir conmigo mismo decidí que podría aprovechar mis conocimientos en ayudarle. Él no tenía la culpa de tener aquella enfermedad y, quizá, intentando apaciguar esos instintos, no sería tan grosero. Pero también quizá su adicción y su intelecto estuvieran unidos como decía él.

Yo no tenía muchos conocimientos sobre aquel tema pero todos los médicos conocíamos de una forma u otra los diversos métodos que había para combatir aquellos deseos. En mi opinión, la ciencia y medicina estaban bastante atrasadas en aquellos temas. Si bien aquellos gustos solo podían ser fruto de alguna enfermedad española, los tratamientos estaban algo anticuados y someter a un paciente a la tortura para olvidar todo eso no era la mejor opción.

Probablemente la enfermedad viniera de alguno de aquellos sirvientes. Tendría que preguntarle cuando ocurrió todo aquello por primera vez. Aunque no hubiera ningún libro que relacione la duración de la enfermedad con la intensidad de esta, estaba casi al cien por cien seguro de que el señor Holmes llevaba demasiados años con todo eso. Llegó la cena y deseé que Holmes no se presentara para poder alagar aquello cuanto más, mejor. Pero para mi desdicha allí estaba sentado y mirando a su plato. Tan solo había dos comensales más. Allí estaban sus ojos azules clavados en mí de nuevo.

—Podemos charlar sobre lo que te preocupa después de la cena— me sobresaltó.

Ni había visto sus labios moverse. Sin duda, definitivamente era un vampiro. Otras veces podía adivinar mis pensamientos pero aquello ya fue demasiado.

—Por supuesto—asentí con la cabeza cuando entraba Elisabeth por la puerta.

La cena fue agradable y animada. Elisabeth se mostró muy cariñosa conmigo cogiéndome la mano por debajo del mantel. Pero la sensación de sentirme observado que casi había olvidado había vuelto inesperadamente.

El comedor se quedó vacío a excepción de Holmes y yo que habíamos alargado el postre con tal de quedarnos a solas.

—¿Qué es eso que te tiene tan preocupado?— se levantó elegantemente de su asiento y se alisó la camisa ya que aquella noche no llevaba chaqueta. Buena idea para el sofocante calor que hacía ese día—. No me lo digas; sigues con aquel tema.

Suspiró y rodó los ojos dramáticamente. Salió de la habitación y lo seguí escaleras arriba. Por suerte se dirigió al desván, aquel sitio donde las confesiones ya eran habituales. Esta vez la mesa tenía un experimento nuevo. Pude distinguir algunos utensilios de jardinería, unos cuchillos y...

—¡Ese es mi bisturí!— señalé horrorizado a mi herramienta que se encontraba clavada en el pecho de una pobre rata.

—¿El qué...?—no me prestó atención—. Oh, sí. Lo necesitaba.

Recordé aquella tarde que se hizo el herido solo para que yo estuviera en la misma habitación que él. Y después jugando con mi maletín.

—Bueno, ya quédeselo— me resigné y encogí de hombros.

Le dejé unos minutos trabajar en lo que quisiera que estuviera haciendo y me dediqué a ver los cambios que había hecho en aquel cuarto. Las cajas del fondo cada vez eran más altas y estaban más desordenadas. Los cachivaches, ropa y otras cosas estaban desperdigadas por el suelo. Y el colchón estaba tirado en una esquina con una manta arrugada encima. No sería capaz de dormir así...

—Prefiero no dormir pero cuando no tengo más remedio lo hago aquí y me ahorro el camino de ida y vuelta a mi habitación— me dedicó una sonrisa tan amplia que daba miedo.

Casi prefería el Holmes serio y gruñón de siempre.

—Señor Holmes, no quiero robarle más tiempo. Yo solo quería ofrecerle mi ayuda con su problema— dije sin tomar aire y lo más deprisa que pude.

Él siguió inclinado sobre la mesa y apuntando cosas en un trozo de pergamino que más tarde pegó en la pared con otras docenas de pergaminos.

— ¿Qué problema?

— Señor Holmes, no haga esto más difícil, por favor. Su problema— remarqué el "su".

—Sé perfectamente lo que quieres decir, John. El punto es que no es ningún problema. Aunque no se muy bien si te refieres a que soy propenso a tomar drogas, práctico bastante sexo o que esto último lo haga más con hombres que con mujeres.

Me dio la espalda en todo momento, cosa que agradecí, si no me hubiera visto sonrojarme. Ahí tenía razón, todas esas cosas eran un problema pero, ¿cuál era más grave? Holmes siguió a lo suyo y me dejó tiempo para preparar mi respuesta. Mantener relaciones sexuales frecuentemente no era un problema, al fin y al cabo. Las prostitutas lo hacían constantemente y tenían incluso mejor salud que sus clientes. La cosa era practicar con gente de su mismo sexo. Ese era el gran problema. No tenía idea de cómo tratarlo. La otra cosa eran las drogas. No me llevó mucho afirmar que ese problema era más grave que el sexo con hombres. Ir al infierno ya lo iba a hacer pero su salud era otra cosa. No podía permitir que siguiera tomando drogas así como así. Un desliz, una dosis mayor de lo normal y adiós al detective. En conclusión, él quería liberar su mente de una forma u otra.

—Bien. Sí, Holmes. Al menos dos de las tres citadas son un problema. Yo no soy experto en estos temas pero estoy dispuesto a hacer un esfuerzo y ayudarle.

—¿Ayudarme?— se giró sobre sus talones y me encaró. Su voz era más grave y enfadada de lo normal—. No hay nada de malo en lo que hago. Mírame, llevo años así y puedo asegurarte que estoy mejor en forma y salud que todos los habitantes de esta casa.

—Probablemente cogieras la enfermedad cuando lo hiciste por primera vez...

—¿Enfermedad?— negó con la cabeza riendo levemente y acabó con una gran carcajada—. Veo que la Iglesia sabe bien como lavar el cerebro. Me decepcionas, John. Yo que tenía tantas esperanzas en ti. Pensaba que eras un hombre inteligente y te habías dado cuenta de las mentiras a las que está sometida Inglaterra y el resto del mundo.

—Disculpe, señor Holmes. Esa es su opinión, yo tengo la mía.

—Una opinión errónea y obsoleta.

—Mire, dígame que no quiere mi ayuda y punto. No entiendo como siempre que intento hablar con usted acabo de los nervios y enfadado— cerré los puños y me giré como solía hacer en el ejercito.

Caminé con paso decidido a la puerta cuando una mano sobre mi hombro me detuvo.

— John...

Hijo de puta. Otra vez su voz, su maldita voz que me hacía dudar de si mis razonamientos estaban equivocados como decía él. Me hacía dudar y sudar debajo de mi ropa. Y también recordar todas aquellas ocasiones en las que Sherlock Holmes me había hecho sentir de una forma totalmente inapropiada. El vello de la nuca se me erizó como aquella noche.

—He cambiado de opinión—su voz volvió a la de siempre, alegre y arrogante—. Creo que puede ser divertido. Puedo sacar provecho de esto.

—¿Qué?— aquellos cambios bruscos de personalidad me desconcertaban—. Claro, no se arrepentirá.

Le sonreí cálidamente y metí las manos en bolsillos. Me quedé de pie incómodo balanceándome sobre los talones ligeramente.

— Bueno, ya empezaremos un día de estos...

—¿Empezamos ya?

Nos interrumpimos el uno al otro y aumentó la incomodidad por mi parte, él parecía estar disfrutando realmente de todo aquello.

—La verdad, señor Holmes, es que no tengo ni la más remota idea de cómo tratarle. Conozco más o menos los métodos que se utilizan en estos casos pero no pienso utilizarlos. Por otra parte, creo que aun tratando ambos problemas, debemos centrarnos en el consumo de drogas.

—John, puedo dejar de tomar drogas cuando me plazca. Puedo dejar se tener sexo cuando quiera, también. Pero encontraré otra forma de escapar de mi mente, una incluso peor.

—Lo sé... ¿No ha pensado en la música? Es decir, usted toca el violín de una forma que no había visto nunca. Es como si sintiera cada nota, como si saliera de su alma...—por su cara me di cuenta de que mi discurso no iba por buen camino—. Usted sabe a lo que me refiero.

—Sin duda, tienes razón. La música es una de las pocas cosas que me llenan por completo. Componer es mi mayor afición, aparte de mi trabajo, claro está. Pero no es suficiente. Mi cuerpo solo responde liberando mi mente al placer o al dolor. Como este último no es muy agradable, recurro al placer. Y, por desgracia, la música no me produce el suficiente como para dejar mi mente en blanco.

Me quedé en silencio unos minutos asimilando lo que me había dicho. Coloqué recta una silla del suelo y me senté para estar más cómodo mientras el seguía diseccionando la rata tranquilamente.

—Bien. Entonces, debo preguntarle cómo y cuándo empezó todo esto. Tanto las drogas como...

—Puedo contarte lo que quieras, John, pero dudo mucho de que tenga alguna utilidad.

—Aun así creo que debería saberlo.

Le escuché suspirar cuando paró de cortar durante cinco segundos.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—¿Cuándo empezó con las drogas?—respondí intentando no ser muy invasivo, cosa que no se me daba del todo bien.

—Empecé a fumar cuando empecé la adolescencia, si cuentas el tabaco como droga—. Su explicación apenas duró una escueta frase, esto sería difícil.

—Ya veo… ¿Y las drogas fuertes?— esto iba a ser muy complicado si tenía que sacarle todo a cuentagotas.

Se tomó unos minutos para pensar la respuesta mientras ponía una expresión de concentración.

—No estoy seguro, a los quince, dieciséis…— concluyó con menos de una frase esta vez. Me quedé en silencio y mirándole fijamente a ver si se percataba de algo—. ¡Oh! Quieres saber él qué—tamborileó su mano libre sobre la mesa—, creo que fue marihuana, si, estoy seguro. La conseguí de un camello bastante asequible.

Me sonrió efusivamente y volvió a sus asuntos. No me quería ni imaginar como sería tener como hijo a un chico que se drogaba desde tan temprana edad. La señora Holmes y su marido debían de haberlo pasado mal. Aunque ahora no parecía tener ningún problema con todo aquello.

—Y, ¿con… lo otro?

—¿El sexo?

—Los hombres— dije al final. Le encantaba tomarme el pelo.

—Diecisiete.

No quise insistir más. Por un día había sido mucho más de lo que podía haber esperado.


¡Notas!

Antes de todo, quiero disculparme por si alguien se ha sentido ofendido respecto a lo que dice Sherlock sobre la Iglesia. Obviamente es la opinión que creo que tiene el personaje y si mi opinión es la misma o diferente, no tiene nada que ver con lo escrito.

Y ahora también disculparme por la tardanza, los que me seguís habréis visto que no he dejado de publicar ninguna semana. Una fue un Shanderson (incompleto) y otro el regalito de Momo. Aun así, estas últimas semanas me he estancado un poco con la trama. Espero poder seguir publicando regularmente aparte de los exámenes que no estudio… Porque sí, solo he aprobado el teórico de conducir y uno de tres de la universidad (Ole mis coj**)

Este capítulo lo he beteado yo misma porque no quería poner en un apuro a Taitta y hacerla corregirlo en dos minutos (quería publicar cuanto antes mejor) así que todos los errores son míos. Y agradecerle a Momo (as always) por su comprensión, ayuda y todo lo que hace por mí.

¡Todos los comentarios, reviews, quejas, son agradecidos!