Capítulo 11

Eran apenas las ocho de la mañana y ya hacía un bochorno sofocante. Las ondas de calor comenzaban a relumbrar sobre la negra superficie de la autopista por la que caminaban Bulma y Vegeta.

Bulma aún no había digerido el pesado desayuno que había tomado, y maldijo el capricho que le había llevado esa mañana a ponerse unos tacones altos de Maron. Tenía que dejar de ceder a esos impulsos infantiles para fastidiar a Vegeta, porque invariablemente redundaban en perjuicio de ella.

Avanzando a trompicones, intentando mantener el paso de sus largas zancadas, apartando la licra húmeda y pegajosa de su pecho sudoroso, Bulma soñaba con ropas sueltas que permitieran el aire circular por su piel. Frescas camisas de algodón y pantalones cortos y anchos. Vestidos largos que se limitaran a cubrir su cuerpo, en lugar de pegarse a cada centímetro.

Si alguna vez volvía al mundo real, pensaba ponerse la ropa más amplia que tuviera para no volver a quitársela jamás. De todas formas, ¿por qué intentaba mantener la velocidad de Ouji? Bulma aminoró el paso de inmediato. No era a ella a quien le convenía llegar a tiempo a la estación de autobuses.

Vegeta dio tres zancadas más por la cuneta antes de darse cuenta de que Bulma ya no caminaba a su lado.

Entonces se volvió impaciente.

—¿Y ahora qué pasa, peliazul?

—¿Además de que tengo calor, me duelen los pies y que estoy harta de andar trotando detrás de ti como un caniche? Nada en absoluto, Ouji.

Con un paso de gigante, Vegeta se acercó a ella y se quedó mirando sus piernas largas y desnudas.

—Oye, a mí no me eches la culpa de que te duelan los pies. Si te hubieras puesto las Keds en lugar de esos estúpidos tacones, tal como te sugerí… — Pero Vegeta no iba por buen camino, porque aquello le trajo a la mente una visión de inquietante claridad de la peliazul esa mañana, dando pasitos con aquellos malditos tacones, con su camisa de paño blanco abrochada hasta el cuello encima del vestidito rosa que llevaba ahora. La camisa le había
cubierto por entero el ceñido vestido, lo cual debería de haber supuesto un alivio. Pero en vez de ello, daba la sensación de que bajo la camisa estaba desnuda, y entre eso y el recuerdo de aquellas piernas blancas y tersas en torno a su cintura, Vegeta estuvo a punto de empezar a aullar.

—¿Que me lo sugeriste? Y una mierda. ¡Me lo ordenaste!

Vale, Vegeta lo admitía… aunque solo para sus adentros. Aquello probablemente había sido un error, porque ella al instante alzó esa naricita suya y volvió a fustigarle con el látigo de su silencio. Y los sugerentes tacones habían seguido firmemente pegados a sus pies.

—Además —saltó ella, alzando un brazo para enjugarse el sudor de la frente—, si no fueras tan tacaño, a lo mejor podríamos coger algún taxi para ir a la estación, en lugar de tenernos que pasar la vida pateándonos la carretera.

—¡Si tú no comieras como un camionero, a lo mejor me lo podría permitir!

Ella avanzó un paso furiosa en su dirección.

—¡Ni se te ocurra empezar otra vez a llamarme gorda!

—¡Maldita sea, peliazul! —En su desesperación, se acercó a ella de una zancada, y se quedó tan encima que Bulma tuvo que echarse hacia atrás doblándose por la cintura solo para verle la cara—. ¡Yo no he dicho que estés gorda! ¡No lo he dicho ni una sola vez! Comenté que algunos, al verte, dirían que estás bien alimentada, pues bien, hazme caso, guapa: lo estás. Y siendo yo el que he pagado tus comidas, puedo asegurarlo. —Retrocedió un paso y cogió mejor las bolsas, mientras ella se enderezaba—. Y ahora ya puedes mover el culo —añadió entre dientes—. Tenemos que coger el autobús. —Dio media vuelta y echó a andar de nuevo por el arcén.
Bulma avanzaba detrás de él, a un ritmo más pausado. Un coche pasó a toda velocidad, levantando una nube de polvo. Bulma se detuvo tosiendo para esperar a que el aire se despejara, dando manotazos para dispersar la tierra que revoloteaba en torno a su cabeza.

Vegeta se volvió hacia ella y lanzó una frase tan obscena que Bulma retrocedió un paso. Ouji se acercó con furiosas zancadas, pasándose las dos bolsas a una sola mano, y sin detenerse un instante se agachó, le hundió el hombro en la cintura y volvió a levantarse con ella cargándola como si fuera un bombero que le estuviera salvando la vida. Agarrándola con la manaza en el muslo, dio media vuelta y echó a andar de nuevo.

—¡Maldita sea, Vegeta! ¡Hace demasiado calor para esto! —Bulma le dio un puñetazo en la espalda y notó que el sudor empezaba a pegar sus cuerpos allí donde se tocaban—. ¡Suéltame! —Otro coche pasó tocando la bocina con entusiasmo. En el aire cargado de calor flotaron los gritos burlones de lo que parecían adolescentes—. ¡Que me sueltes, Vegeta! ¡Seguro que con esta falda me están viendo hasta las intenciones!

—¿Y tengo que creerme que eso le preocupa a una exhibicionista como tú?

—¡Vegeta!

—¿Te vas a poner las Keds como una buena chica y vas a dejar de dar la tabarra?

El estómago de Bulma daba tumbos sobre el duro hombro con cada zancada, y el desayuno que había tomado no hacía mucho amenazaba con hacer una súbita aparición. Las palabras de Ouji bastaron para hacerle apretar los dientes, pero se tragó su rabia y contestó:

—Sí. Y ahora suéltame.

Vegeta se inclinó para dejarla en el suelo. Luego soltó la maleta y se agachó delante de ella. Al cabo de un momento le tendió las zapatillas deportivas.

—Entrega esos tacones.

Bulma se los dio y se ató las zapatillas de deporte. Cuando alzó la vista, se encontró a Vegeta con las sandalias rosas de tacones en una mano, contemplando pensativo un matorral más allá de la carretera.

—Ni lo pienses, capullo —advirtió ella—. A menos que estés dispuesto a gastar tu precioso dinero para comprarme otros.
Vegeta gruñó, pero metió los tacones en la maleta. Luego la agarró a ella de la muñeca y echó a andar de nuevo.

—Vamos. No pienso perder ese autobús.

Bulma estaba acalorada y de mal humor cuando llegaron a la estación donde había aire acondicionado. Se agarró a los faldones de la camisa de Vegeta, que llevaba por fuera de los téjanos para ocultar la pistola, y los alzó para enjugarse el sudor del cuello. Él dio un respingo, con el estómago al descubierto hasta la primera costilla. Con el movimiento quedó a centímetros de ella, y antes de que pudiera imaginar lo que iba a hacer, Bulma se había metido la mano con los faldones de la camisa por el escote de su minivestido rosa. Cuando volvió a sacarla, la camisa estaba húmeda y arrugada. Bulma la apartó con fastidio de su cuerpo agarrándola con la punta del índice y el pulgar y la soltó como si fuera un pañuelo usado.

—Estoy harta de mirar el paisaje todo el santo día —comentó malhumorada. Y con estas palabras se bajó las faldas del vestido y dio un discreto meneo para ajustárselo bien—. Quiero leer algo.
Vegeta, que miraba desconcertado las faldas de su camisa arrugada, alzó la vista.

—No creo que aquí tengan revistas de culebrones, peliazul.

—Qué gracioso. Vamos. —Le agarró de la huesuda muñeca y le arrastró hasta el quiosco de libros y revistas.

Vegeta contempló las ofertas y cogió una novela rosa con la cubierta más morbosa que había visto nunca. —Toma. Seguro que esto es lo tuyo.

Bulma abrió el libro para leer la solapa. Luego leyó también la sinopsis en la primera página.

—¡Uau! Esto tiene buena pinta. Me lo llevo.

Vegeta miró el precio. —¿Siete con cincuenta por un libro de bolsillo? —exclamó, devolviendo el libro a su sitio—. Elige otra cosa. —Sacó una revista, Confesiones verídicas, y se la tendió—. Toma. ¿Qué te parece esto?

—Dios mío —suspiró ella—. Mira que eres agarrado. Y tus gustos literarios dejan muchísimo que desear. —Sin hacer caso de la revista que Ouji le ofrecía, cogió el último número del Time—. Me llevo esta. —Y lo miró con disgusto—. Debería parecerte bien, Ouji, puesto que cuando yo termine podrás leerla tú. O a lo mejor prefieres que me lleve el Playboy.

—Sí, claro. Yo puedo leer los artículos y tú miras las fotos.

—Muy gracioso. Bueno, sea como sea, esto tranquilizará tu corazoncito miserable, puesto que solo tendrás que pagar una revista.

Vegeta la miró ceñudo y volvió a coger la novela rosa, las bolsas y la revista que Bulma había elegido. Se acercó al mostrador a pagar y a continuación le puso el libro en las manos.

—Toma. Lee y calla.

Ella parpadeó. Algo en su expresión le dio un pellizco en el corazón. ¿Había herido sus sentimientos con sus comentarios? Pero, no… Aquello era ridículo. Sencillamente se mostraba tan contradictorio como siempre. Miró a hurtadillas sus cejas ceñudas, sus ojos azabaches que evitaban mirarla, el gesto hosco de su boca. Luego bajó la vista a su mano, que apretaba la revista enrollada con tanta fuerza que la blancura de sus nudillos destacaba contra su piel bronceada.

—Gracias por el libro —se oyó decir con suavidad, y tuvo que hacer incluso un esfuerzo por no acariciarle la mano. ¡Maldición! Se había convertido en un claro caso del síndrome de Estocolmo. ¿Cómo explicar si no el súbito deseo de aplacar a su captor? Pero no podía permitírselo.

Bulma miró a su alrededor, decidida a volver al buen camino. Lo que se imponía en ese momento era complicarle de nuevo la situación, y lo que era más importante, encontrar una idea para lograr su objetivo último: seguir retrasando la preciosa agenda de Vegeta y hacer un agujero en su adorada cartera. Al principio las posibilidades parecían mínimas. Todo el mundo iba a lo suyo. Aquello le parecía fatal, lo que decía mucho de su deterioro moral de los últimos días.

Pero de pronto vio a un joven sentado en un banco al otro lado de la sala, que le miraba los pechos con ojos vidriosos. Bulma se animó al instante, pensando que con él la cosa podría funcionar. Para probar su teoría, echó un poco los hombros hacia atrás, respiró hondo y vio que el joven se quedaba con la boca abierta. Bulma suspiró. Tenía que explotar de nuevo su exuberante cuerpo. Tal vez su madre tenía razón. Si una mujer exponía demasiadas curvas, los hombres parecían perder toda capacidad de raciocinio. Y seguramente su deseo de explotar aquella característica era pecaminoso.

Pero ¿qué podía hacer al respecto? Se veía obligada a ello. Y si un pobre baboso era incapaz de ver más allá de un par de tetas y de unas piernas largas, bueno… Por ella, perfecto.

Vegeta estaba decidido a impedir como fuese que ese día la peliazul lograse que los echaran del autobús. Y con ese fin, mantuvo sobre ella una secreta vigilancia. Durante un largo rato tan solo la vio leer. En el momento en que el autobús salió de la estación, enterró la nariz en el libro y no volvió a alzarla para respirar hasta al cabo de dos largas horas.

Estaba a punto de concluir que posiblemente eran los ocho pavos mejor empleados en toda su vida, cuando ella hizo el primer movimiento. El deseo que Vegeta sentía por Bulma estaba en su apogeo al igual que su frustración, y cuando ella le pasó los dedos por la pierna, su reacción instintiva fue apartarle la mano. Eso, o agarrársela para que aquellos dedos blancos presionaran sobre la parte que él realmente deseaba que le tocara, y desde luego eso no contribuiría a dar una imagen muy profesional.

De manera que le cogió la mano con brusquedad y se la devolvió a su lado del reposabrazos. Desconocía lo que se proponía la peliazul, pero sí supo que había caído en la trampa cuando vio que ella daba un respingo como si él hubiera aplicado a su gesto mucha más presión de la que en realidad había sido.

«Ah, joder. ¿Para quién estará interpretando ahora?»

Vegeta echó un subrepticio vistazo alrededor. Su vista se frenó en seco al llegar al joven sentado al otro lado del pasillo. El chico le miró furioso. ¡Mierda! Desde luego la peliazul sabía elegir a sus víctimas. El muchacho seguramente sería lo bastante joven y estúpido para provocar un enfrentamiento sin pensárselo dos veces, y estaría sin duda rebosante de testosterona. Un gallito dispuesto a disparar indiscriminadamente sin mucha discusión preliminar.

Vegeta desvió la mirada, buscando a la desesperada una manera de neutralizar la situación antes de que llegara la sangre al río y volvieran a echarlos del autobús. Se volvió a tiempo de ver que Bulma dirigía al muchacho una sonrisa trémula de valentía.
Genial. Con dos sencillos movimientos había convencido al muchacho de que estaban maltratándola. Una cosa sí debía reconocer: la mujer tenía talento. Esta vez tuvo cuidado de mantener las manos quietas, a pesar de que la peliazul hizo otro intento de provocarle. Pero cuando le tocó ya por tercera vez, Vegeta había tenido tiempo de meditar el problema, y le cubrió la mano con la suya para frotarla por su muslo arriba y abajo.
Volvió la cabeza y le dedicó una sonrisa somnolienta y carnal. Bulma entornó los ojos y él frunció los labios para soplarle un beso. Vegeta no se atrevió a mirar al otro lado del pasillo, pero esperaba que el chico estuviera por lo menos confuso. Una hora más tarde, el joven se levantó y se dirigió al fondo del autobús.
Un instante después Bulma le dio un codazo.

—Perdona —murmuró—, pero tengo que ir al servicio.

Vegeta se levantó sin decir una palabra y retrocedió para dejarle paso. Bulma se contoneó por el pasillo como si tuviera las caderas ensambladas por rodamientos bien engrasados.

Se detuvo detrás del joven, que esperaba su turno para entrar en el servicio, y Vegeta vio que el chico se volvía en respuesta a algo que ella había dicho. Respiró hondo, y echó a andar por el pasillo en dirección a ellos.

Se acercó a Bulma por la espalda, le echó los brazos en torno a la cintura y le dio un beso en el cuello.

—Eh, cariño —dijo con voz grave contra la piel cálida y perfumada, estrechándola más entre sus brazos—. Siento el mal genio de antes. — Apretando todavía más su cuerpo rígido, murmuró—: ¿Me perdonas? Por favor, cariño. Estaba muy tenso, pero me he dado cuenta de que tanta caricia era para decirme que por fin la penicilina ha hecho efecto y que ese problemilla que tenías ha desaparecido.

Bulma miraba directamente el rostro del joven, de manera que no pudo evitar ver la cara de horror que ponía al comprender lo que pasaba. Bulma notó que le ardían las mejillas e intentó hundir el codo en el costado de Vegeta, pero él la tenía tan apretada que no consiguió hacerle ningún daño. Así que optó por clavarle las uñas en el cálido y peludo antebrazo.

—¡Cerdo!

—¡Ay, cariño! —murmuró Vegeta, todavía en su cuello—, no te enfades conmigo. —Le frotó la mejilla afeitada por el lado del cuello, y a Bulma le dio un brinco el estómago—. Ya sé que no debería haber hablado de tu infección en público, pero es que ha durado tanto… Y cuando por fin entendí lo que estabas intentando decirme, me dio tanta alegría.

De pronto se quedó callado. Bulma volvió la cabeza a tiempo de ver que Vegeta clavaba en el joven una mirada de hombre a hombre.
—No quería ser insensible, pero seguro que este chico entiende que haya sido tan impulsivo, ¿verdad, hijo?

—¿Eh? —La mirada del muchacho parecía atascada en las voluptuosas curvas de Bulma, pero cuando empezó a comprender que le hablaban a él, se puso colorado como un tomate—. Eh… sí, sí, claro.

El servicio quedó libre justo en ese momento, y el chico exhaló un largo suspiro de alivio. —Eh… perdonen. —Desapareció en el interior y cerró la puerta con tanta fuerza que rebotó contra el marco y tuvo que volver a agarrarla para cerrarla de nuevo, esta vez con más cuidado.

—Parada para almorzar en Arabesque, Wyoming. Dentro de cuarenta y cinco minutos —anunció el conductor.

Vegeta aflojó el abrazo un poco. —¿Quieres sacarme ya las garras del brazo, peliazul?

—Mira, más te vale no preguntarme lo que quiero en este momento, Ouji. —Pero de todas formas dejó de clavarle las uñas.

Él esbozó una sonrisa malévola y la soltó, y por más enfadada que estuviera, ella tuvo que hacer un esfuerzo por no devolverle la sonrisa.

Se sentía humillada de la cabeza a las uñas recién pintadas de los pies con solo pensar que una persona de este mundo creyera que Bulma Briefs había contraído una enfermedad de transmisión sexual. Pero a pesar de todo no podía evitar sentir una secreta admiración por el ardid de Vegeta. Ella lo habría utilizado sin pensárselo un instante si la situación hubiera sido al revés y se le hubiera ocurrido la idea. Había algo en aquel duelo de ingenio que le resultaba peligrosamente estimulante. Pero así no iba por buen camino, de modo que asumió su gesto más estricto de profesora.

—Diviértete mientras puedas, guapo —aconsejó con frialdad, mientras le empujaba para volver a su sitio—. Porque seré yo la que se ría la última.

—Ah, eso crees, ¿eh? —Vegeta echó a andar detrás de ella sin disimular su diversión.

—No es que lo crea, Ouji, es que lo sé. —Su venganza era que sabía que cuando el autobús llegara a su destino y se terminaran por fin las escaramuzas, sus huellas dactilares no coincidirían con las de su hermana. Y el gran cazarrecompensas Vegeta Ouji iba a quedarse con un palmo de narices.

Tendría que meterse a monje, como había prometido el primer día. Bulma se encogió de hombros. El caso es que iba a disfrutar viéndole morder el polvo.


Gracias por los comentarios, lo siento estos días no he podido escribir mucho por las tareas y esas cosas.
Hasta la próxima trataré de actualizar seguido ;3