Pues venga, otro más para el saco. Ciertamente me lo paso bomba escribiendo este fanfic.

Muchas grácias de nuevo, Akane-chan, por tus reviews, que me animan a seguir escribiendo. Bueno, ahora no se me ocurre nada más que decir XD.

Espero que este os guste a todos lo que leáis, aunque no dejéis reviews.

Hasta pronto XD.

Cielo y tierra enfrentados

Capítulo 12.- La luz del corazón. El último Seiryuu

Miaka estaba durmiendo plácidamente, aún a pesar de estar acampados en medio del bosque. Pero algo la despertó, algo que no logró identificar. Abrió lentamente los ojos, para ver una sombra sobre sí, muy cerca de ella. Reaccionando por instinto, levantó un puño y golpeó aquel rostro con todas sus fuerzas, dispuesta a defenderse. Pero se arrepintió de inmediato, una vez lo reconoció.

- ¡Miaka...! -dijo la voz enojada de Tamahome.

- Oh, Tamahome... -dijo Miaka abriendo mucho los ojos. Ahogó una risa nerviosa- Je, lo siento. Creí que era un monstruo o algo así...

- Sí, encima insúltame... -dijo el chico tratando de detener la hemorrágia nasal. Aunque, por dentro, sabía que aquel carácter inocente era lo que más quería de ella. Recuperó la seriedad de nuevo- Miaka, algo no va bien. Suboshi quiere hablar contigo.

La chica se desperezó, preguntándose qué querría este a aquellas horas de la noche. Ni siquiera se veía el tono rosáceo del alba. Debía ser muy pronto todavía. Andó entre sus compañeros, tratando de no despertarles, y se dirigió con Tamahome hasta donde estaba Suboshi. El chico estaba sentado al pie del árbol, con una expresión de desesperación extrema. Sus ojos azules eran ahora grises y apagados, sin rastro de la vivacidad que les caracterizaba. Miaka le miró preocupada.

- Suboshi, ¿qué ha pasado?

- Miaka...Yui tiene problemas -dijo simplemente el chico de cabellos castaños.

- ¿Qué...? -preguntó Miaka- ¿Yui...? ¿Pero...cómo...?

- Antes, mientras dormíais, he conseguido, no sé como...comunicarme con ella -dijo lentamente él- Estábamos hablando pero, de repente, ha dejado de hablarme, y he sentido una energía muy fuerte...la de Seiryuu. He tenido una sensación extraña...y creo...que es culpa mía.

- ¿Culpa tuya? -dijo Miaka sin entender- ¿Por qué...?

- Le...he pedido...que volviera aquí -dijo él lentamente- Le he implorado que regresara...Yo...quería verla. Y...cuando ha sucedido aquello...no lo sé, pero creo que algo ha pasado...algo grave.

El silencio reinó por unos instantes. Cientos de preguntas desfilaban por la mente de Miaka. Yui...si las palabras de Suboshi eran ciertas, algo malo le había ocurrido a su amiga. De todas formas, tampoco tenían forma alguna de saberlo con seguridad. Miaka se inclinó al lado de Suboshi, viendo que el chico estaba destrozado. Entendió de inmediato que no se había equivocado. Él seguía profundamente enamorado de Yui.

- Escucha, no podemos saber con certeza que haya ocurrido algo... -dijo Miaka- Quizás la comunicación de cortó porque sí...No te preocupes, Suboshi. Hay...personas en nuestro mundo que quieren protegerla. No le pasará nada.

El chico levantó levemente la cabeza, al parecer nada convencido de sus palabras. Pero al final suspiró pesadamente y asintió de mala gana, aceptando su versión.

- De acuerdo, Miaka -dijo- Trataré de no preocuparme. Solamente espero...tener muy pronto notícias suyas.

-o-o-o-o-o-o-o-o-

Tetsuya estaba desesperado. Seguía de aquél modo, sentado en el sofá del apartamento de Yui, cogiéndose con fuerza los cabellos y gimiendo constantemente las mismas palabras.

- Yui...¿Por qué te has ido...? No...¿no me dijiste que nunca más volverías allí...?

Keisuke le miraba con lástima. Ni siquiera él era capaz de decir nada para aliviar el dolor de su amigo. Tetsuya estaba destrozado. Entendía sus sentimientos: aquella impoténcia, aquella desesperación...de saber que lo que más quería había desaparecido y él no podía hacer nada por traerlo de vuelta. Sin ni siquiera hacer un ruido, Keisuke abrió de nuevo el libro, por el punto en el cual se había quedado, temiendo lo que leería allí. Sus ojos se abrieron de sorpresa.

- Tetsuya, es Yui -dijo sorprendido.

El chico tardó a reaccionar, deshecho como estaba, pero al final se incorporó lentamente, mirándole.

- ¿Qué dice...? -preguntó casi sin voz.

- Al despertar, la sacerdotisa de Seiryuu se encontró en el templo de su diós, en compañía de Tomo, Miboshi y Ashitare, estrellas de Seiryuu... -levantó la vista- Ya ha aparecido el sexto. Ahora...sólo queda...uno... -acabó atenuando el tono.

- Nakago... -dijo Tetsuya con fiereza en la voz, casi odio.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Yui andaba por los pasillos del palacio de Kutô, que tan bien conocía tras su estáncia allí hacía tres años en su mundo. A su lado, como escoltándola, iban "sus" tres guerreros. La chica había decidido mantener la calma, tratar de averiguar qué estaba ocurriendo y después pensar un plan para escapar de aquél lugar. Debía buscar a Miaka y a sus amigos...y a Suboshi. Sumida en aquellas cavilaciones, advirtió que la habían llevado a un enorme salón que conocía muy bien. Se trataba de la sala del trono, donde normalmente permanecía el emperador del país. Había alguien ocupando el trono, que se erguía sobre unas escalinatas, al fondo de la sala.

Yui no titubeó y miró directamente a los ojos oscuros del emperador de Kutô. Este le dirigió una sonrisa calmada pero calculadora.

- Bienvenida, sacerdotisa de Seiryuu -dijo complacido- Me alegra veros aquí.

- ¡Vé al grano...! -exclamó Yui sin titubear, decidida- ¿Para qué me quieres?

El emperador rió levemente, al parecer divertido por la arrogáncia de la joven.

- Sois valiente, sacerdotisa -dijo- De momento no necesito nada de vos. La única utilidad que os daré será invocar a Seiryuu. Hasta entonces, os mantendré aquí, en el palacio de Kutô. Eso sí, gozáis de absoluta libertad para hacer lo que os plazca.

- No creas que me retendrás aquí -dijo Yui- a la mínima que te descuides, huiré de este lugar. No tengo ningún interés en ser sacerdotisa de nuevo.

Muy lejos de perder la calma, el hombre agudizó los ojos, pronunciando su calmada sonrisa.

- No os adelantéis a los hechos, alteza -dijo remarcando aquella palabra- Tengo algo muy preciado en mis manos...que os hará acatar mis órdenes al pie de la letra.

Sus ojos se desviaron hacia un extremo de la sala. Yui no pudo evitar seguir la trayectória de sus ojos, para sentir que su alma pesaba más que el ploma y caía hacia sus pies. Corrió a toda prisa hacia aquél lugar, sintiendo que su corazón se acceleraba. MIró al interior de la cuna de ropas blancas, reconociendo a la pequeña criatura que permanecía entre ellas. Al verla, el pequeño de cabellos verdes y ojos dorados empejó a reír alegremente, alargando las manitas hacia ella. Con una leve sonrisa, Yui se inclinó y le cogió entre sus brazos. El bebé pareció calmarse al estar cerca de ella.

- Hikari... -susurró Yui, aliviada- Tu padre y tu madre estan muy preocupados por tí...

Le tenía mucho cariño a aquel niño. De hecho, desde que había nacido, había jugado mucho con él, junto con Miaka y Taka. Asegurándose de que no se le cayera, se dió la vuelta, con los ojos verdes encendidos de ira.

- ¡¿Qué queréis hacerle a Hikari! -exclamó- ¡Responde!

- Ese niño es el shinjazo de Suzaku -dijo el emperador entornando los ojos- A su debido tiempo, en la invocación de Seiryuu, usted absorberá su poder para hacer bajar al diós dragón de los cielos.

- No haré tal cosa -dijo Yui convencida.

- Lo hará... -dijo el emperador con seguridad- si no quiere que le pase algo malo a ese niño...

Yui titubeó unos instantes. Estaba bien atada. No podía intentar huír, o Hikari correría peligro. El emperador interpretó su silencio como una señal de derrota.

- Puede ocuparse de él mientras esté aquí -dijo lentamente- No quiero consideraros una rehén ni una prisionera. Sois una invitada. Pero...al mínimo intento de fuga, ese niño pagará las consecuéncias.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Ajenos a los espeluznantes sucesos que tenían lugar no demasiado lejos de allí, Miaka y sus amigos seguían avanzando en Kutô. Habían dejado atrás los bosques y se dirigían a la segunda mayor ciudad del imperio, Kertaka. Fuera como fuera, debían reabastecerse. Llevaban ya dos días sin apenas comer. Empezaban a desesperarse, pero entonces encontraron el camino a la polis, sintiendo que les había salvado la vida.

Llegaron para la tarde, es decir que la ciudad estaba en pleno bullício. Pero ello evitaron tales multitudes. Estaban completamente agotados, hambrientos y hechos polvo. De hecho, se alejaron de inmediato por la periféria, alejándose del centro, donde se concentraban los negocios. Llevaban mucho rato caminando, al parecer buscando un lugar decente donde comer y descansar hasta el día siguiente. Realmente lo necesitaban: tantos días durmiendo a la intempérie empezaba a pasarles factura.

- Tengo hambre... -dijo Tasuki por enésima vez, cuando sus tripas rugieron.

- Tasuki, eres un pesado -dijo Miaka indignada- Para de quejarte.

- Mira quién habla... -dijeron Nuriko y Amiboshi por lo bajo.

Miaka les hizo mala cara, pero, entonces, su nariz captó algo. Se detubo bruscamente, husmeando el aire a su alrededor. Una mueca de felicidad iluminó su rostro, haciéndola parecer de nuevo más infantil.

- ¡Son fideos chinos...! -exclamó jovialmente.

- ¡Miaka...! -exclamó Tamahome. Se detuvo por unos instantes, percibiendo algo. Una expresión de anhelo iluminó su rostro- ¡Pero si es verdad...!

- Eh, mirad... -dijo Chiriko señalando un edificio aislado que había cerca.

Todos voltearon para ver lo que el muchacho señalaba. No fueron capaces de describir la ilusión que les embargó. Miaka dió un salto en el aire, alzando un puño en señal de triunfo.

- ¡Sí...! -dijo feliz- Una posada...Y con baños termales y todos.

Ninguno de ellos pudo evitar que se les hiciera la boca agua ante el panorama de comer bien, darse un baño bien calentito y dormir en una cama cómoda y a cubierto. Antes de que pudieran detenerlos, Miaka, Tasuki y Nuriko ya estaba dentro, pidiendo comida a lo loco. Los demás les miraron con una gran gota en sus cabezas.

- Esto es increíble... -murmuró Suboshi por lo bajo.

- Y que lo digas... -dijo Mitsukake bajando la cabeza en un gesto de resignación.

-------------------------

Aunque no todos habían querían admitirlo, disfrutaron de lo lindo de la cena, riendo y divirtiéndose como hacía días que no hacían. Después de la comida, la ama del local, que parecía una señora de los más amable, les ofreció darse un baño caliente en las termas naturales que daban a la montaña. Naturalmente, todos aceptaron encantados. Así que, veinte minutos más tarde de terminar de cenar, todos fueron de buenísima gana a tomar un relajante baño termal...eh, quizás no tan relajante.

- ¡Tíos, esto es un sueño...! -exclamó Tasuki feliz, saltando al agua caliente y salpicándolos a todos.

- Tasuki, comportate, anda... -dijo Chichiri siguiéndole, aunque sin saltar a lo rana como él.

- Déjale que se divierta, Chichiri -dijeron Hotohori y Mitsukake metiéndose hasta la barbilla en la terma.

- Es un crío -dijo Nuriko haciéndose el serio, mientras entraba en el agua caliente, quitándose la toalla.

- ¿Y lo dices tú...? -dijeron Tamahome y Chiriko mirándole ceñudo.

- ¿Qué decís...? -dijo Nuriko amenazadoramente, levantando con una sola mano una de las enormes rocas del fondo.

- Nada, nada... -dijeron ambos nerviosamente.

Los gemelos Amiboshi y Suboshi parecían un poco nerviosos de unirse a la fiesta. Aún se consideraban unos perfectos extraños, a pesar de que los Suzakus les habían recibido con los brazos abiertos. Tasuki y Nuriko no pudieron evitar darse cuenta de ello, así que se acercaron a ellos con dos enormes sonrisas.

- Eh, ¿os pasa algo? -preguntó Nuriko amistosamente.

- Es que... -empezó Amiboshi rojo como un tomate.

- ¡Anda ya...! -exclamó Tasuki riendo como un histérico- ¡Tenéis verguenza...! ¡Tranquilos, algún día creceréis...!

- No es eso... -dijo Suboshi colorado- ¡Y grácias por animar...! -dijo sarcásticamente.

- Venga ya, muchachos -dijeron a la vez, Nuriko y Tasuki, saliendo empapados y sin ropa del agua- ¡Venga, divertiros un rato...!

El resto de compañeros tubieron que contemplar con una enorme gota en sus cabezas como los dos chicos, completamente desnudos, empezaban a correr por las termas, tratando de quitarles las toallas a los dos gemelos, que aún a pesar de sus pequeñas piernas lograban escabullirse.

-----------------------

Desde el baño de las chicas, Miaka oía a los chicos jugar y divertirse de lo lindo, gritando a sus anchas y corriendo como locos. Dió un largo y cansado suspiro y se sumergió más en el agua, tratando de relajarse. Aunque con la algarabía que montaban los muchachos era bastante difícil. La puerta se abrió instantes más tarde. Miró quién entraba y vió a la pequeña Kurumi llegar a la terma, cerrando tras ella. Le dirigió una leve sonrisa y se metió el agua, deshaciendo su peinado y dejando sus largos cabellos violetas sueltos. Miaka le sonrió, tratando de hacerse aún más amiga de aquella niña.

- Vaya alboroto que montan, ¿eh? -dijo alegremente.

- Son unos inmaduros... -dijo Kurumi con un tono casi adulto- sobretodo ese Tasuki...me pone de los nervios.

- Eh...bueno, sí... -dijo Miaka aceptando sus palabras.

La chica de los cabellos castaños observó a su acompañante con seriedad. Quizás la niña estaba de mal humor porqué se la habían llevado de su casa tan de repente, sin apenas darle explicaciones.

- Oye, Kurumi... -dijo Miaka lentamente, llamando la atención de la muchacha- Siento mucho que hayas tenido que marchar de tu casa y venir a la fuerza con nosotros...No queremos que te sientas mal. Pero...es necesário para todo lo que está pasando...

Kurumi, es decir, Soi miró a Miaka con los ojos muy abiertos. ¿Por qué...? A pesar de todas las cosas malas que le había hecho, todas las veces que la había herido o intentado matarla...¿Por qué aquella mujer era tan amable con ella? ¿Por qué se preocupada de ella como si de un miembro más de su grupo se tratara? No era capaz de entenderlo...O era estúpida hasta la locura...o simplemente tenía un corazón muy grande...el más grande que había visto jamás. No pudo seguir fingiendo. No podía seguir ocultando lo que era desde hacía días...Debía decirselo, no podía callarlo más tiempo...

- Miaka... -dijo lentamente- Siento mucho...todo lo que pasó...todo lo que te hicimos Nakago...y yo...

La aludida abrió mucho los ojos y se dió la vuelta, mirando a la chica con los ojos desorbitados.

- ¿Soi...? -preguntó aturdida.

La chica asintió lentamente, apartando los ojos y mirando a otro lugar.

- Nakago...significó mucho para mí... -dijo lentamente- Me rescató de un burdel cuando tenía diez años...desde entonces le seguí fielmente, acatando sus órdenes...con la esperanza de que se fijara en mí y me amara como yo le amaba a él...Cuando os conocí a Tamahome y a tí...sentí envídia...Os queríais de verdad el uno al otro...en cierto modo, era el tipo de relación que yo quería con Nakago...Pero acabamos mal de verdad. Creo que él...nunca llegó a quererme... -dijo la chica agachando la cabeza.

Miaka estaba conmovida por aquellas palabras. Lo entendía. Todos los actos de aquella mujer habían sido por amor, amor a alguien que no le correspondía...

- No es verdad que él no te quisiera -dijo Miaka lentamente- Después de que murieras por él...recuerdo que sus ojos estaban más apagados...no había sólo arrogáncia...parecía sufrir de verdad...y creo que sufría por tu muerte...

Soi permaneció unos instantes mirándola, en silencio, pero después una leve sonrisa asomó en su rostro...la primera sonrisa de verdad que hacía en mucho tiempo.

- Grácias, Miaka... -dijo lentamente.

- De nada, mujer -dijo Miaka sonriendo abiertamente.

--------------------------

De repente, la puerta que llevaba a la terma se abrió, dejando ver a alguien que entraba. Una voz aguda, quizás la de un niño, se hizo oír. Aunque no pudieron ver quién era, pues llevaba una montaña de toallas y kimonos blancos en los brazos, que le cubría por completo.

- Buenas noches, señoras -dijo la voz amable del que suponieron que era un muchacho- Perdonen que las moleste, pero aquí tienen la ropa para cuando salgan y unas toallas.

- Muchas grácias -dijo Miaka sonriendo.

El chico, que debía tener apenas unos diez años, les dió la espalda y dejó el pilón de ropa sobre el suelo, lejos del agua. Con aquél gesto, vieron una mata de pelo rúbio dorado que caía sobre los hombros del chico, como una cascada de cabellos. Ambas se quedaron ensimismadas. Qué extraño, un niño rúbio...¿en Kutô? Tras acabar su faena, el chico se dió la vuelta, regalándoles una inocente sonrisa.

- Que disfruten del baño, señoras -dijo amablemente.

Las dos chicas sintieron un fuerte dejá vu, un escalofrío que les recorrió la espalda por completo. Con aquella expresión, habían podido ver que el niño tenía unos enormes y profundos ojos azul claro, transparentes y limpios.

- No...no puede ser... -susurró Soi.

Sus ojos, de un azul cian, se habían dilatado, mientras empezaban a temblarle las manos. Sin poder resistirse, fue hacia fuera, cogiendo a toda prisa una toalla y cubriéndose, mientras salía del agua a toda prisa y se lanzaba a abrazar al chico, recostando su cabeza contra su pecho.

- ¡Nakago...! -exclamó casi sin voz.

El muchacho se quedó de piedra, sin reaccionar, solamente mirando al frente con los ojos muy abiertos. La chica lloraba silenciosamente sobre su pecho, abrazándole con fuerza, con contínuos estremecimientos sacudiendo sus hombros.

- Nakago...te he echado de menos... -susurró Soi.

El chico siguió en silencio, pero después sonrió nerviosamente, mientras ponía sus manos en los hombros de la chica y la separaba lentamente de sí.

- Lo siento, señorita, pero me confunde con alguien más... -dijo él- Mi nombre es Toki y no soy el tal...Nakago.

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Miaka prefirio no decirles nada de todo lo ocurrido a los chicos, al menos de momento. Los muchachos se estaban diviertiendo mucho y no quería aguarles la fiesta. Ahora estaban todos en el bar, viendo como Tamahome, Tasuki y Nuriko hacían una competición para comprobar quién era capaz de beber más sake. Al principio el último se había negado, pero con los gritos de "nenaza" de los otros dos, había aceptado enfurecido. Miaka decidió permitir que su marido se emborrachara una noche y se dedicó a meditar el asunto.

No estaban realmente seguras de que aquel niño fuera realmente Nakago. Aunque...debía admitir que el parecido era asombroso. La piel blanca, los ojos de un azul claro como el hielo, los cabellos rúbios oro...si incluso llevaba el mismo corte de pelo que le recordaban. Además, la reacción de Soi era un factor a tener en cuenta. Seguramente ella le reconocería en cualquier circunstáncia.

La muchacha había ido con el niño, ya que habían simpatizado de inmediato. O al menos eso quería aparentar Soi. La verdad es que Toki era de un carácter muy afable, amable y atento, inocente como el que más. Qué diferente al Nakago que ellos conocían...se parecían como un huevo a una castaña. Ahora los veía a ambos sentados en el exterior de la posada, mirando las estrellas que brillaban sobre sus cabezas. El chico sonreía mientras le contaba histórias relacionadas con las constelaciones y las estrellas...sobre las cuatro casas celestes y las veintiocho constelaciones que las formaban...Miaka sonrió lentamente.

- ¿Crees que puede ser él? -preguntó una voz cercana.

La chica dió un salto, sólo para darse cuenta de que Amiboshi estaba tras ella, mirando fijamente a la pareja que se sentaba fuera.

- Amiboshi...menudo susto -dijo Miaka llevándose una mano al pecho.

Pero el chico miraba hacia el exterior, con sus ojos fijos en el niño de la cabellera rúbia.

- Creo que es posible que sea Nakago... -dijo el Seiryuu lentamente- Se le parece mucho...además, Kurumi le ha reconocido...puede que empiece a recordar...

- No empieza, ya lo recuerda -dijo Miaka- Desde hace días, de hecho. Pero no ha querido decirlo hasta hace un rato...se ha disculpado por lo que hizo. Creo...que se arrepiente de verdad -añadió, viendo que la muchacha se ponía colorada al despedirse de Toki, que volvía a sus tareas.

- Me alegra saberlo -dijo Amiboshi con una ligera sonrisa.

- Creo que debemos decírselo a los demás -dijo Miaka seriamente.

- No lo creo... -dijo Amiboshi con resignación, ahogando un suspiro- Mírales.

Miaka se dió la vuelta, para ver a los chicos saliendo del bar. Tasuki y Tamahome iban recostados el uno en el otro, haciendo eses a medida que caminaban, colorados hasta las orejas, completamente ebrios.

- No me encuentro bien... -dijo Tasuki llevándose una mano al estómago.

- Creo...que voy a vomitar... -consiguió decir Tamahome con un hilo de voz.

- Os lo he dicho -dijo Nuriko apareciendo tras ellos con una gran sonrisa. El único signo del alcohol en él eran sus mejillas tremendamente coloradas- Sois unos críos, no tenéis agallas para beber como los hombres...

- ¡Pero si tú eres más joven que nosotros...! -exclamó Tasuki enfurecido- ¡Y además un mariposón...!

Un manotazo de Nuriko le hizo impactar contra el muro de enfrente, haciendo un agujero en la pared.

- Me voy a dormir -dijo el muchacho de los cabellos violetas con una jovial sonrisa- ¡Hasta mañana...!

- Sí, creo que yo también... -dijo Tasuki, subiendo a trompicones por las escaleras.

- Mejor te acompaño...podrías acabar perdiéndote... -dijo Chichiri siguiéndole.

Al final, los chicos se fueron a su habitación, por lo que por fín reinó el silencio en el lugar. Miaka, de mala gana, cogió por un brazo a Tamahome, que cada vez parecía estar más mareado, y le ayudó a subir por las escaleras. Al llegar arriba, cuando iban a entrar en la habitación que habían pedido para ellos solos, vieron a Amiboshi, Suboshi y Soi discutiendo en el rellano.

- Pero bueno, Kurumi -dijo Suboshi, que aún no sabía nada del asunto- No te pongas así...no vamos a acerte nada.

- No pienso dormir con dos tíos de dudosas intenciones... -dijo la chica cruzándose de brazos. Al parecer sí que se le había "pegado" algo de carácter infantil.

- Escucha, ¿por qué no podemos ser amigos? -preguntó Amiboshi- Por...los viejos tiempos.

La chica se quedó de piedra. Él sabía algo, lo supo de inmediato. Ninguno de los dos rompió el contacto visual durante un rato. Suboshi les miraba, sin entender nada acerca de su reacción, pero al final bostezó ruidosamente y se metió en el cuarto.

- Pues yo...me voy a dormir -dijo despreocupadamente.

- Todos deberíamos hacer lo mismo -dijo Miaka- mañana...tenemos mucho de qué hablar. Además, Tamahome está un poco...bueno, ya lo véis.

El chico apenas se sostenía en pie, así que Miaka se apresuró a cerrar la puerta tras de sí y a ayudarle a recostarse sobre la cama. Le quitó la camisa, lo que le costó lo suyo, pues él no cesaba de decir cosas incoherentes y de reír como un histérico. Al final, consiguió que se estubiera quieto, o mejor dicho, se había quedado dormido como un tronco. La chica dió un suspiro y se alejó, en la penumbra de la habitación, en dirección a la ventana. Abrió las ventanas y miró a la ciudad que se abría al exterior, bajo la noche estrellada.

En algún lugar de aquél inmenso imperio estaba su pequeño Hikari. Se sintió muy culpable. Con tantos problemas, contratiempos y luchas no había tenido ni siquiera tiempo de pensar en su hijo. Y le echaba de menos...Aún todas las noches, despertaba bruscamente y le buscaba alrededor...sin encontrarle nunca a su lado...En esos momentos se sentía más sola que nunca, a pesar de tener a Tamahome y a sus amigos cerca.

De repente, sintió un movimiento tras de sí...sólo para notar instantes más tarde que unos fuertes y masculinos brazos la aferraban por la cintura. Después, aquel conocido aliento sobre el cuello, mientras la respiración calmada de Tamahome retumbaba en sus oídos.

- Dime, ¿qué te ocurre...? -preguntó con sorprendente lucidez, a juzgar por la cantidad de alcohol que había tomado.

- Nada... -intentó mentir Miaka- he abierto para que se te pase la borrachera...

- No me mientas... -susurró Tamahome hundiendo la cara en los hombros de ella- tus ojos te delatan...

Miaka agachó la cabeza lentamente, dominada de repente por un sentimiento de tristeza que no podía retener. Su cuerpo se estremeció, mientras las lágrimas pugnaban por manar de sus ojos.

- Hikari tendrá hambre ahora... -dijo ella lentamente- siempre era a estas horas que nos despertaba llorando...

Tamahome se quedó sin palabras. La frustración y el dolor que reflejaban la voz de Miaka era imposible de describir. Un sufrimiento que él no lograba apagar, que no conseguía calmar...

- Por eso debemos darnos prisa... -susurró- Para volver a tenerle con nosotros...pero... -la cogió por un brazo y tiró de ella- hasta entonces... -la sentó en la cama con suavidad- yo cuidaré de tí...

Antes de que ella pudiera detenerle, él se recostó sobre ella, besándola con ternura y suavidad. Al principio ella no quiso. Pensó que estaba mal...que a pesar de ser un matrimonio, estaban pasando por cosas malas y no era tiempo para semejantes coses...pero no pudo resistirse. Cerró los ojos suavemente y se dejó llevar...por aquella sensación que siempre conseguía encender las llamas de su espíritu.

El cuerpo de Tamahome era cálido. Sus manos lo recorrieron suavemente. Se detuvo unos instantes. Estaba más delgado...era más bajo...por supuesto, ya no era Taka...era Tamahome. Pero no le importó los más mínimo. Le quería, fuera como fuera físicamente. Él seguía besándola, cada vez con más pasión. Una de sus manos acariciaba una pierna de ella, haciendola estremecer con el sensual contacto. Sin que él apenas pudiera advertirlo, una de sus manos iba acariciando el abdómen de ella, subiendo cada vez más...desplazándose bajo su ropa...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

El muchacho de los cabellos rúbios acabó de limpiar los escalones de la posada y, con una jovial sonrisa, se secó la frente y se dispuso a entrar. Pero entonces sintió algo tras de sí. Una preséncia que no supo identificar...Se dió la vuelta lentamente y observó en la penumbra.

Alguien permanecía de pie en lo bajo de la escalera, mirando hacia la posada. Era una pequeña figura, cubierta por una capa negra. El muchacho, creyendo que era un cliente, hizo una leve inclinación y una sonrisa.

- Buenas noches, señor -dijo con respeto- ¿Busca alojamiento? Lo siento, pero ahora mismo estan todas las habitaciones ocupadas...

Una sonrisa se dibujó en el rostro del desconocido, visible entre los pliegues de tela.

- Ha pasado mucho tiempo...Nakago... -dijo este con una voz de lo más tétrica.

El individuo se quitó de pronto la capa negra que le cubría, dejando ver debajo un niño de unos siete años, de penetrantes ojos negros. El muchacho rúbio le miró sin entender nada, con los ojos desorbitados de sorpresa.

- ¿Quién...quién eres tú...? -preguntó.

- Muy pronto lo recordarás... -susurró Tomo.

De inmediato, el suelo se resquebrajó bajo los pies de Toki, haciendo que decenas de zarzas de espinos se enredaran alrededor de su cuerpo, oprimiéndole. El muchacho ahogó un grito de pánico, sin comprender por qué un desconocido le atacaba de aquel modo. Una sonrisa cruel se dibujó en el rostro de su atacante.

- Volverás con nosotros, Nakago...ya lo verás...

-o-o-o-o-o-o-o-o-o-

Tamahome se incorporó bruscamente, separándose de los labios de Miaka, cuando a sus oídos llegó un grito de terror. La chica le imitó y se sentó, arreglándose la ropa.

- ¿Qué ha sido eso...? -preguntó temerosa.

- No lo sé... -dijo Tamahome poniéndose la camisa- iré a ver...

Miaka miró inquieta como Tamahome salía del cuarto, buscando el orígen del sonido. Fue en ese momento cuando en la oscuridad del cuarto brilló un destello azul. Miaka se levantó inquieta y buscó entre sus cosas...hasta dar con el espejo de Taitsu-kun. Miró la superfície translúcida con detenimiento.

- ¿Q...qué...? -preguntó lentamente.

El kanji "raíz" brillaba con fuerza en la superfície reflectante. Miaka sintió de inmediato el peligro. ¿Quién...?

- ¡Eh, despertad...! -resonó una voz en el pasillo.

Miaka salió a toda prisa al corredor, para ver a Nuriko golpeando la puerta de la habitación de Tasuki y Mitsukake con todas sus fuerzas. Mientras, Tamahome entraba en el cuarto de los Seiryuu, al parecer despertándoles. Miaka se acercó al muchacho de la trenza violeta.

- Nuriko, ¿qué ocurre?

- Chichiri ha sentido una preséncia muy rara... -dijo el chico- Cree que proviene de otro Seiryuu...

Al cabo de un minuto, todos estaban reunidos en el pasillo. Sin dar explicación alguna, Chichiri echó a correr escaleras abajo, llevando su vara en la mano. Los demás le siguieron sin articular palabra. Cuando salieron a la calle y vieron lo que había ante sus ojos, sintieron un escalofrío de sorpresa.

Ante ellos, atrapado por unas zarzas que salían de la misma tierra, estaba Toki, el muchacho de los cabellos rúbios. El chico tenía el rostro tensado por el dolor y el miedo, con el cuerpo lleno de arañazos y pequeñas heridas, que sangraban lentamente. Frente a él, observando con una sonrisa cínica y los brazos cruzados, había un muchacho más jóven que él, de cabellos negros recogidos.

- Hacía tiempo que no nos encontrábamos...Suzakus -dijo sonriendo.

- ¿Quién eres tú? -gritó Suboshi impulsivamente, haciendo girar a su alrededor las esferas meteóricas.

El chico moreno sonrió más pronunciadamente, reconociendo al muchacho.

- Vaya, Suboshi... -dijo sonriendo- Veo que estás vivo. Y sigues siendo un traidor, como de costumbre...No has cambiado nada desde que me mataste...

La cara del muchacho de cabellos marrones se ensombreció, al igual que la de su hermano.

- No puede ser... -dijo Tamahome.

- Tomo -terminó Suboshi.

El aludido entrecerró los ojos con satisfacción.

- En efecto, Suboshi -dijo Tomo- He venido para tener una charla con vosotros...

Sus ojos se clavaron en los dos muchachos que estaban tras él.

- Amiboshi...me alegra verte -dijo- Y...¿Soi? No puedo creerlo...Qué bonita reunión.

- ¡¿Para qué has venido...! -exclamó Hotohori levantando al frente su espada, amenazante.

Los ojos negros de Tomo se convirtieron en dos rendijas oscuras.

- Nadie te ha pedido que hablaras...solamente sóis un estorbo, Suzakus -dijo chasqueando los dedos.

Al instante, las mismas espinas que habían apresado a Toki envolvieron a los siete Suzakus y a su sacerdotisa, impidiéndoles moverse.

- ¿Qué...es esto! -consiguió exclamar Tasuki.

- Os aconsejo que no es mováis -dijo Tomo complacido- Si lo hacéis, por instinto os oprimirán más y más...hasta mataros.

Después, dirigió sus ojos hacia los tres muchachos que tenía ante sí, que le observaban con profundo odio en sus ojos. La muchacha, Soi, dió un paso atrás y comprobó que Toki estaba bien, aunque era de esperar que malherido. Después, clavó sus fríos ojos azules en Tomo.

- ¡¿Qué haces! -gritó furiosa- ¡Suéltale...! ¡Él no tiene nada que ver con esto...!

- No me mientas, Soi -dijo Tomo- Sé perfectamente que es la reencarnación de Nakago...

- ¡Nakago...! -exclamaron los dos gemelos.

La chica agachó la cabeza, mordiéndose la lengua. Sus ojos azules destellaron con un reflejo eléctrico conocido, mientras en un acto efímero levantaba una mano, juntando dos dedos, y convocaba el poder que le había sido concedido.

- ¡Tormenta...! -gritó con ira.

En apenas instantes, sobre sus cabezas se formó una tormenta. De inmediato empezaron a retumbar los truenos. Entonces, dominando aquella fuerza como siempre, Soi hizo caer un rayo sobre su enemigo. Tomo, pero, ni siquiera se inmutó. Con una agilidad asombrosa, saltó a muchos metros, evitando la descarga. Aterrizó con elegáncia, mirando a Soi y negando con un dedo frente a ella.

- No, no... -dijo- Eso no te funcionará conmigo, Soi.

- ¿Cómo estás seguro...de qué ese chico es Nakago...? -consiguió articular Miaka, aún a pesar de estar perdiendo el aire.

- Las auras de los guerreros estan hechas para atraerse entre sí -dijo Tomo- Un Seiryuu sabe reconocer a otro de inmediato. Es más que evidente que ese muchacho es una estrella del este...Y ahora me lo llevaré. No pienso dejar que os quedéis al último Seiryuu...

- ¿El último? -exclamó Amiboshi- ¿Los demás...ya se han encontrado?

- Exacto -dijo Tomo sonriendo- Y por nada del mundo se unirían a los Suzakus...Habéis elegido el bando perdedor, chicos. Una vez consigamos el poder de Nakago, destronaremos al actual emperador de este país junto con Hokai, y entonces gobernaremos Kutô. Después arrasaremos Konan, Hokkan, Sairo...y después, quién sabe...Quizás podamos salir de este libro.

- ¡No te lo permitiremos...! -gritó Suboshi, atacándole con las esferas.

Tomo saltó en el aire para esquivar el arma del muchacho, que ni siquiera le rozó. Con una sonrisa cruel, Tomo levantó una mano fugazmente.

- ¡No dejaré que me mates de nuevo, Suboshi...! -exclamó- ¡He luchado mucho por volver a la vida...!

Ante su órden, el suelo bajo ellos tembló violentamente y se abrió, saltando por los aires. Rápidamente, Amiboshi se llevó la flauta a los labios y entonó una rápida y enérgica melodía. Al instante, un campo de fuerza los rodeó a los tres, protegiéndolos de la fuerza mágica. Tomo no parecía furioso por aquella defensa, de hecho seguía sonriendo como siempre.

- Ese truquito no te funcionará de nuevo, Amiboshi -dijo- ¡He vuelto, y esta vez ninguno de vosotros podrá pararme...!

Simplemente con un movimiento de su mano, una tremenda explosión estalló frente a él, arremetiendo contra sus oponentes. Los Suzakus estaban también en el camino de la onda expansiva. A pesar de sus esfuerzos, no lograban liberarse de aquellas espinas maléficas. Todos vieron como la fuerza destructora de acercaba a toda prisa, imparable, sin que fueran capaces de hacer nada...

-------------------------

Pero, en ese momento, un destello azul estalló en el lugar, anulando la fuerza explosiva de Tomo. Tomó la forma de una esfera, que se dirigió hacia el Seiryuu, que a duras penas consiguió esquivarlo. Ahora sí con rábia, Tomo miró frente a él.

- ¡¿Quién ha sido!

El polvo que se había alzado con el choque de poderes tardó en disperarse. Cuando lo hizo, empezó a verse una silueta de pie en el suelo. Nadie podía dar crédito a lo que veía.

Los largos cabellos rúbios se mecían violentamente con una energía enfurecida que despedía su própio ser. Y, en su frente, como si de una estrella luminosa se tratara, brillaba el carácter "corazón".

- Imposible... -dijo Tomo sorprendido.

Pero Soi ya había dado dos pasos al frente, con los ojos claros llenos de sorpresa y emociones retenidas. Su voz tembló al tratar de hablar.

- ¿Na...Nakago...? -susurró.

Solamente la fría mirada azul del último Seiryuu respondió a su pregunta. Aquellos infantiles ojos, ahora agudos y llenos de decisión, se clavaron en el maestro de las ilusiones, al tiempo que en su rostro se formaba una expresión de ira.

- Veo que no has perdido el tiempo, Tomo -dijo- Sigues siendo un patético cobarde.

Miaka abrió mucho los ojos, mirando sin poder hacer nada la batalla que iba a desarrollarse frente a sus ojos...en la cual se enfrentarían dos antiguos compañeros, en aquellos momentos los Seiryuus más poderosos que nunca hubieran existido.

-O-O-O-O-O-O-O-O-

Venga, ya ha salido el rubito, que muy malo él pero está como un bombón XD. Tenía ganas de hacerle salir ya: esta história no está centrada solamente en los de Suzaku (aunque son mis favoritos), si no que quiero profundizar en todas y cada una de las estrellas (bueno, en algunos no tanto ;P).

Bueno, muy pronto el siguiente. Espero que alguien siga leyendo.

El siguiente: Engaño mortal. Una batalla sin fín