Mientras que la más baja iba guiándolos, la otra joven iba detrás de ellos, vigilándolos. Ellos caminaron en silencio detrás de la ojiverde. La reina iba estudiando todo lo que sabía. No entendía por qué había tantas personas interesadas en la castaña, ¿la conocerían? ¿Tendrían una relación, por muy lejana que fuese, con ella? Invitados. ¿Qué había querido decir Black con invitados? Eran prisioneros, no habían ido allí por voluntad propia. Guerra. Había una guerra próxima, según las palabras de la líder. ¿Quedarían ellos en medio de todo eso?
Black no se había molestado en no llamar a nadie por su nombre. Eso no le daba muchas esperanzas de que pudiese pasar algo bueno. Solo le decía que podrían tenerlos allí de por vida, o que iban a asesinarlos. Pero, ¿por qué los llevaban a una habitación? ¿Por qué no a una celda? ¿Qué pensaban hacer con ellos?
No sabía si estaba más asustada que intrigada, pero sí sabía algo. No podían quedarse allí. No podían sentarse a esperar que decidieran qué iban a hacer con ellos. Les resultaría bastante fácil escapar de las dos muchachas, pero fuera se encontrarían con más personas y todas éstas ya sabían quiénes eran, por lo tanto, no los dejarían escapar. ¿Qué planes tenía Black? Podremos reclamar lo que nos fue arrebatado. ¿Quién, con exactitud se suponía que era?
Llegaron a uno de los pasillos superiores, quizá en el tercer piso, y se detuvieron frente a una puerta de roble con adornos de plata. La ojiverde, Alice, sacó una llave de entre su ropa y abrió la puerta, indicándoles que entrasen. La habitación era muy espaciosa, una gran cama con sábanas azules y negras, muebles azul marino, un par de tocadores de madera negra con muchas cosas polvorientas sobre ellos, y un gran ventanal que abría paso a un balcón.
La muchacha que iba detrás, Stacy, entró y con un pequeño cuchillo cortó las sogas que ataban sus muñecas. Nadie se atrevió a hacer nada, aparentemente compartiendo un mismo pensamiento. Al momento de liberar a la castaña, dudó un segundo al acercarse a ella, pareció asustada, pero rápidamente se tranquilizó, como si supiese por qué había reaccionado así. Sin decir una palabra salieron de la habitación, cerrando tras ellas; escucharon un clic cuando le echaron llave a la puerta.
Al parecer, ella no fue la única que se dio cuenta de la actitud de la muchacha, pues todos veían fijamente a la castaña. Nadie decía nada, demasiado conmocionados como para procesar lo que estaba pasando. ¿Qué harían?
-Tenemos que salir de aquí- murmuró Ashley al cabo, captando la atención de todos- No me gusta este lugar.
-Me arriesgaría a decir que a ninguno de nosotros le gusta- dijo Jessica, quien abrazaba sus propios brazos, insegura, más no parecía estar demasiado asustada.
-Necesitamos un plan- terció la princesa, un poco más entusiasta que el resto, pero manteniendo la tensión de la situación.
-Éste lugar me pone los pelos de punta- comentó el rubio, acercándose al ventanal y observando a la gente ir y venir tranquila, al igual que en Arendelle.
-Hay una energía extraña en este lugar- dijo la rubia, sin esperar realmente que le prestasen atención.
-¿Muerte, quizá? – sugirió Jessica.
-No- dijo la castaña- Es magia- todos volvieron la mirada a ella, extrañados- Puedo sentirlo. Hay personas aquí con magia, con poderes muy peculiares. Pero son tan… familiares- lo último lo dijo musitando para sí misma, frunciendo el entrecejo, esforzándose por buscar una razón por la cual le resultaba tan conocido el ambiente de ese lugar- Anna tiene razón, necesitamos un plan que nos saque de aquí- anunció saliendo de golpe de su ensimismamiento.
-¿Cómo haremos eso? Estamos en un pueblo de ladrones que, por si fuera poco, ahora parece que poseen magia- dijo Kristoff mientras se dejaba caer sobre una mullida butaca azul marino, que levantó una leve nube de polvo.
-¿Qué habrá querido decir con invitados?- preguntó la princesa, algunos se encogieron en hombros, otros negaron con la cabeza.
-No creo que alguien encerrado sea un invitado- dijo el rubio, Jessica había comenzado a estudiar la habitación.
-Tenemos que conseguir información- dijo Elsa- No sabemos siquiera cómo llegamos hasta aquí, ni que tan lejos estamos de Arendelle. Tampoco sabemos cuál camino nos llevaría a una salida segura ni cuántas personas hay en este lugar. Necesitamos información si queremos trazar un buen plan.
-Podríamos capturar a Black y obligarlos a que nos dejen ir- sugirió Kristoff desde la butaca.
-Dudo que funcione- dijo la castaña, de brazos cruzados- Dudo que siquiera podamos acercarnos demasiado a ella.
En ese momento la puerta volvía a abrirse y todos guardaron silencio, dirigiendo la mirada allí. Hablando del rey de Roma, pensó Elsa. Black apareció en la habitación, sonriendo socarronamente, junto al muchacho que respondía al nombre Max, cerrando la puerta tras ellos. Se quedaron de pie frente a ésta, examinándolos a todos con la mirada. Black parecía contenta, realmente contenta o satisfecha. Ellos la veían con recelo.
Black vestía muy similar a la castaña, con un chaleco blanco y camisa azul cielo, pantalones negros y botas igual. Llevaba una espada en la cintura. Parecía un miembro de la realeza, sus ropas estaban muy limpias y su porte recto le daba un aire seguro que era digno de Ashley. Su cabello púrpura tenía un cierto parecido con el de ella, estaba peinado de forma similar, de lado, pero se diferenciaban en que el de la castaña estaba hacia la izquierda y el púrpura a la derecha, cayéndole sobre un ojo; era liso y tentaba a tocarlo. En su cuello colgaba una cadeneta de plata con una especie de luna creciente.
-Majestades- dijo solemne, haciendo una profundamente burlona reverencia; ambas reinas dieron un paso al frente, sin intenciones de parecer sobrecogidas- Espero que tengan una estancia placentera- su sonrisa se pronunció aún más- Supongo que se preguntarán por qué los hemos traído hasta aquí- dijo apoyando la espalda a la puerta despreocupadamente, ninguno hizo el más mínimo amago de responder.
-La Alpha les ha hecho una pregunta- terció el muchacho a la falta de respuesta.
-Relájate, Max- le espetó con suavidad, no parecía tomarse en serio el asunto que había ido a tratar. A la reina le llamó la atención la palabra Alpha, creyó haberla escuchado en otro contexto- Bien, iré directo al punto: Necesitamos su ayuda…- una risa despectiva por parte de la pelinegra la interrumpió.
-¿Qué te hace pensar que, luego de traernos aquí a la fuerza, te ayudaremos? – inquirió, Black dirigió la mirada a ella, Jessica la contrarrestó, impasible, pero la mirada de Black no era más que de maliciosa curiosidad; sonrió nuevamente, desconcertando a la pelinegra.
-Dudo que tengan algo mejor que hacer estando aquí- dijo y vio lacónica la habitación en la que se encontraban- De cualquier manera, tengo todo el tiempo del mundo. Tarden un mes, o un año en decidirse, obtendré lo que quiero- su altanería llegó a irritar a la rubia, luego guiñó descaradamente un ojo la pelinegra, quien le devolvió una mueca de asco.
-Tenemos mejores cosas que hacer que seguir tus órdenes- dijo la princesa desde detrás de su hermana.
-¿Ah sí? – rió Black, enseñando los caninos afilados- ¿Cómo, por ejemplo, qué? ¿Contar a mis hombres? ¿Hacer inventario de la habitación? ¿Intentar escalar por el balcón? – no podía ser más irritante, o tal vez si se lo proponía…
-Escapar- murmuró la castaña en voz lo suficientemente alta para ser escuchada, sin saber que realmente no era necesario para que su comentario llegase a oídos de Black.
-Debí suponerlo- rió nuevamente, parecía extremadamente divertida- No pueden escapar. Me he encargado de ello- dijo y levantó el brazo derecho, en su muñeca tenía una pulsera de cuero negro con inscripciones en azul brillante en algún idioma extraño. La reina reconoció esas inscripciones, eran runas antiguas.
La reina sintió que algo calentaba su muñeca hasta hacerle soltar un gemido, igualmente el resto. Tenían pulseras parecidas a esa, solo que sin las runas. Debieron habérselas puesto cuando estaban inconscientes. No las habían notado hasta ahora, eran extremadamente ligeras y no apretaban en sus muñecas. El calor disminuyó de la misma forma abrupta de la que había subido.
-No se molesten en intentar quitárselas, solo quien se las puso puede hacerlo- anticipó Black, todos volvieron la mirada a ella, algunos angustiados, los otros molestos con su presencia- Si se alejan demasiado de mi posición, las pulseras quemarán en sus muñecas, y yo sabré quién intenta escapar mediante esto- con el índice dio unos golpecitos en su brazalete- ¿Alguna pregunta? – preguntó sin borrar su sonrisa.
-Sí- salió la reina de Arendelle, Black la miró con una ceja enarcada- ¿Qué clase de ayuda? – preguntó ante la mirada atónita de la mayoría, Black la miraba satisfecha. Realmente no estaba considerando el ayudarle, dudaba mucho que esa ayuda fuese un trabajo inocente. Tal vez podrían fingir que estaban dispuestos a ayudarle y ganarse su confianza. Era un acceso fácil a la información y a un buen plan de escape.
-Como dije antes, se aproxima una guerra. La iniciemos o no nosotros, será inevitable- todos prestaban atención a sus palabras, la sonrisa se había borrado de su rostro- Hace dos años se nos fue arrebatado todo, y ahora quieren lo poco que nos queda. Somos pocos frente a ellos e iríamos con las de perder. Pero si ustedes nos ayudan, estoy segura de que podríamos ganar…
-¿Qué te hace pesar que arriesgaríamos las vidas de nuestros hombres por ustedes? – inquirió fríamente la pelinegra.
-No les he pedido eso- su afirmación dejó confundidas a ambas reinas- La reina Elsa de Arendelle se ha vuelto muy famosa por su peculiar don- insinuó, volviendo a sonreír.
-Sueñas si crees que matará a alguien con sus poderes- saltó molesta la castaña. Ya había aguantado suficiente de esa chica, su socarronería le evocaba un recuerdo doloroso y desprendía un aura especial que se diferenciaba notoriamente del resto de los habitantes de ese pueblo, mas no sabía diferenciar en qué.
-Yo no he dicho eso- las palabras de Black los confundían cada vez más, ¿qué era lo que en realidad quería? - ¿Está dispuesta a ayudar? – preguntó a la rubia, quien hizo como si lo estuviese pensando. No confiaba en la joven. Pese a su parecido con la castaña, el aura que desprendía causaba desconfianza- Aun así, no es la única aquí que puede ayudar- añadió y le dio una rápida mirada a la castaña- Pero sí a quien quise traer aquí en un principio.
-¿Qué quieres decir con éso?- preguntó alarmada la princesa.
-Quiero decir, que el resto está aquí porque no me apetecía mancharme las manos- dijo despreocupadamente, dirigiendo ahora la mirada a la pelinegra, quien la escrutaba con mirada inexpresiva- Como sea, los dejaré para que se lo piensen. Cuando lo hayan pensado bien, búsqueme. Si nos ayudan, podrán irse y no volverán a saber de nosotros jamás. Si necesitan algo, pueden pedirlo- añadió y salió de la habitación con el muchacho, quien solo había ido a hacer de escolta.
Se quedaron sumergidos en un silencio abrumador. ¿Querían su ayuda? Esa no parecía la manera más adecuada para pedirla. Una guerra. No tendría que matar a nadie con sus poderes, pero los necesitaba. ¿Qué era lo que esa chica tenía planeado? ¿Qué era lo que en verdad quería? El resto solo estaban allí porque no quiso llenarse las manos de sangre. No creía en ninguna de sus palabras.
Esas y más preguntas se arremolinaban en la mente de la reina. No podían hacer nada, estaba allí encerrados, sin posibilidades de escapar. Solo les quedaba hacer lo que Black quería, pero ¿qué era lo que quería?
-¿Realmente consideraste el ayudarle? – cuestionó la princesa luego de un largo y agobiante silencio.
-No. Pero es mejor que crea que es así- dijo la rubia, analizando su nuevo plan- Si cree que hay posibilidad de que nos pongamos de su parte, tendremos oportunidad de acercarnos a ella y sacarle información. Tal vez incluso son deshagamos de estas pulseras- analizó en voz alta puntos que se le iban ocurriendo a medida que estudiaba su idea.
-Me suena a un plan- comentó Kristoff.
-Un plan bastante arriesgado- terció la castaña.
-Y con un margen de error muy grande- añadió la pelinegra.
-Pero el único plan que tenemos- concluyó la princesa.
Durante el transcurso de la tarde siguieron trazando el plan para intentar acercarse a Black. Llegaron a la conclusión de que se mostrarían flexibles ante sus palabras, interesados en lo que les dijese, y dispuestos a tomárselo en serio. Así mismo, no podrían cambiar lo que le había replicado. Los respectivos ejércitos de Arendelle y el reino del Norte estaban indiscutiblemente fuera de ese asunto. Porque no creían que no quisieran ayuda de sus ejércitos en una guerra.
Todos estuvieron de acuerdo en que, por el comportamiento que mostró, despreocupado y firme, Black no les quitaría aquellas pulseras sino posiblemente hasta después de que le hubiesen ayudado. Si es que pensaba cumplir realmente su palabra. Pero aún había otras cosas que podrían hacer para escapar. Mientras que la princesa sugirió el usar magia para bloquear la conexión de sus pulseras con la de Black, Kristoff dijo que podrían obligarle a que se las quitase, Jessica propuso intentar quitárselas para comprobar que lo que les había dicho Black era cierto.
Recalcando que no sabían cómo bloquear esas pulseras, que Black no cedería a sus órdenes de quitarles las pulseras y que era cierto lo que dijo Black sobre que solo quien se las puso (y suponían que fue ella) podía quitárselas, Ashley expuso la única solución aparente, sugerida por Kristoff cuando no la consideraba una posibilidad: capturar a Black. La reina meditó en esa estrategia.
Black había dicho que, si se alejaban de ella, los brazaletes quemarían, pero si la llevaban con ellos, no se alejaría. Antes era poco viable puesto que no pensaban poder acercarse a ella, pero ahora que, fingiendo querer colaborar o, por mínimo, ganarse la libertad, podrían hacerlo, parecía más bien un arriesgado plan. Habían comprobado que no era de dejarse dominar y se mantenía firme en lo que quería. También debían considerar que había la probabilidad de que estuviese escoltada en todo momento, como cuando se presentó en la habitación con el muchacho, Max.
Si lograban ganarse su confianza, ¿cómo harían para someterle, suponiendo que se confiase a estar con ellos sin necesidad de una escolta? ¿Cómo harían para llevarla con ellos sin que les atacasen o sin que se diesen cuenta? La indiferencia que mostró Black cuando Ashley amenazaba con matar a uno de sus colegas hacía pensar que ellos tendrían la misma consideración al momento de atacar habiendo el riesgo de herirle a ella. ¿Por dónde saldrían de allí? ¿Arendelle estaría muy lejos de ese pequeño pueblo? En caso de que lograsen someterle, ¿cuánto tardaría en rebelarse? ¿Cuán lejos podrían ir antes de que notasen su ausencia?
Al anochecer, el muchacho de cabello paja arribó en la habitación para informarles que la cena estaba servida en el comedor. Ninguno de ellos quiso bajar y se negaron cuando el chico les ofreció llevarles la comida hasta el dormitorio. ¿Qué les aseguraba que no habían puesto nada en la comida? Se habían pasado la tarde evaluando sus posibilidades, las cuales eran penosas.
La princesa no dejaba de ir de un lado a otro por la habitación, demasiado inquieta para quedarse en un solo lugar; el rubio había permanecido en la misma butaca y cambiaba de posición en ella de vez en cuando, la pelinegra se había quedado sentada al borde de la cama, contemplando sus pocas esperanzas; la rubia se había acercado al ventanal y hacía un esfuerzo para calcular un aproximado de las personas que habitaban en ese extraño pueblecillo, pero las horas se lo dificultaban; y la castaña permanecía en un rincón de la habitación, observando sus botas sin hacerlo realmente, sombría y callada.
Esa noche nadie quiso dormir, pero insistieron en que sería lo mejor. Quedaron en que uno de ellos se quedaría despierto mientras los otros dormían y luego sería el turno de otro para montar aquella guardia. La primera guardia, al igual que la vez anterior, la tomó la ojimarrón. Kristoff se había dormido en la butaca, Anna había optado por usar la gran cama, al igual que Jessica, y Elsa se dispuso a intentar conciliar el sueño desde un sofá cercano a la ventana.
Por más que lo intentase, no lograba conciliar el sueño. Su mente daba demasiadas vueltas como para poder dejarse caer en ese estado de paz que tanto le ayudaría. Ashley se había sentado en una butaca cercana al sofá donde ella estaba, observando con aburrimiento la puerta. Ella había estado convencida de que nadie iría allí durante la noche, pero el resto insistió en montar esa guardia.
Se había comportado de manera extraña durante el transcurso de la tarde. Ajena, solo opinaba de vez en cuando y su voz sonaba distante y sombría, como si apenas le prestase atención a lo que decía. Se había mantenido en aquél rincón, sumida en sus pensamientos, desentendida de las discusiones que se habían planteado para llegar a una conclusión sobre lo que tenían que hacer, aparentemente convencida de que era más útil centrarse en sus pensamientos que en la solución del problema.
No se había dirigido a ella, ni a nadie, solo hacía comentarios generales sobre la situación, parecía ser imparcial y siempre daba en el obstáculo que impedía que las ideas concebidas resultasen buenas. Era muy extraño que se comportase así. Indiferente. Fría. Distante. Y hostil.
Todo lo que escuchaba en esos momentos era el murmullo de la maraña de sus pensamientos, las respiraciones profundas y lentas de sus compañeros y el pequeño golpe tintineante del viento en los cristales del ventanal. Estaba completamente despierta y contemplaba al cielo negro y estrellado desde el sofá. Sintió que la mirada de la castaña se posaba en ella. Le escuchó exhalar un suspiro, pero no retiró la mirada.
A medida que fue avanzando la noche, los turnos cambiaban, y cuando llegó el suyo, que fue el tercero, se dio cuenta de por qué a la castaña le parecía una pérdida de tiempo. No había nada más aburrido que observar fijamente a una puerta en la penumbra, sin escuchar nada que le indicase que pusiesen abrirla, mientras que los demás dormitaban. Sabía que la castaña estaba despierta, pero no hablaba con ella, se limitaba a sentir su mirada sobre sí.
Luego de su guardia, el sueño empezó a pesarle sobre los párpados y en pocos minutos logró sumergirse en un sueño intranquilo. Otra pesadilla. Pero esa fue muy diferente.
Estaba en el castillo, durmiendo tranquilamente, compartía la habitación con su hermana, cuando de repente un potente ruido la despertó, algo como una explosión. Se levantó rápidamente y tomó a su hermana, quien se había levantado sobresaltada al igual que ella, y echaron a correr por los pasillos. El castillo estaba sumido en las sombras, pero por todos lados corrían personas de la servidumbre y soldados.
Pero no era el castillo de Arendelle. Era un castillo desconocido que, aun así, conocía a la perfección y sabía que era su hogar. Corrió por pasillos y atajos, tirando de la mano de su hermana para no perderla por un segundo. No podía separarse de ella, no cuando era lo último que le quedaba. Sabía que eso iba a pasar tarde o temprano, pero, con todo, no estaba preparada para que fuese tan pronto.
Salieron al exterior por una puerta de servicio y encontraron al pueblo en caos. Las personas corrían de un lado a otro, gritando, angustiadas, aterradas. Las madres llevaban en brazos a sus hijos pequeños y tiraban desesperadas de las manos de los más grandes. Casas en llamas. Todo ese alboroto era causado por un numeroso grupo de personas, que invadían las casas y les prendían fuego, sacaban a rastras a sus ocupantes y los tiraban al suelo, tomaban a cualquiera que se les cruzase y los mataban a sangre fría, sin piedad ni remordimiento alguno, sedientos de poder.
Las personas corrían hacia el bosque que limitaba con el pueblo, buscado así refugio de los terroristas. No eran muchos los que lo conseguían. Resonaban las risas crueles de los hombres que destruían el pueblo. Corrió junto al resto de la gente hacia el bosque, desviándose en un punto en el que uno de los hombres les iba a interceptar. Aunque ella pudiese defenderse, su hermana no, y no podía dejar que se la llevasen.
Corrieron por un solitario callejón al que llegaban los espantosos gritos y los sonidos del desastre. Estaban a punto de llegar al bosque, corrieron lo más veloz que pudieron. Si llegaban estarían a salvo. Había soltado la mano de su hermana, pero en ella ahora empuñaba algo y por eso no se centró demasiado en ello. Se había adelantado una distancia considerable de su hermana, que corría tras ella. Entonces frenó. Un grito a sus espaldas la obligó a hacerlo. Se dio vuelta lentamente para presenciar horrorizada la escena.
Un hombre tenía sujeta a su hermana y apoyaba el filo de una larga espada de plata en su espalda. Se le cortó la respiración. Se quedó paralizada por el miedo. Solo podía ver al hombre dispuesto a matar a su hermana, quien le suplicaba con la mirada, esforzándose por retener las lágrimas, el pueblo consumiéndose tras ellos.
-Entrégamelo, …- dijo con voz falsamente grave, parecía ensayada, sus ojos verdes brillaron en malevolencia. Había dicho su nombre, estaba segura, pero no lo oyó salir de sus labios- Entrégalo y la dejaré libre.
Aunque no reaccionó de inmediato, no lo pensó demasiado. ¿Qué le importaba la corona, el poder? ¿De qué valía aquello si no tenía a su hermana?
-Está bien- aceptó al cabo, oyó su voz más grave de lo que era- Solo… no le hagas daño- dijo y se llevó las manos a la parte trasera del cuello, de donde desabrochó la cadena de plata que adornaba el mismo.
La empuñó por unos momentos, no dudando su debía dársela o no, sino sintiendo una intensa oleada de odio, como nunca la había sentido antes en su sano juicio, recorrer su cuerpo. Se la lanzó al hombre, la cadeneta brilló en el aire cruzando unos cinco metros, el hombre la atrapó, sin dejar de amenazar a su hermana. La examinó en su mano y formó una maliciosa y retorcida sonrisa, volviendo la mirada a ella.
-¡Ahora suéltala! – ordenó, aunque su voz era firme no pudo evitar ese dejo de miedo que le dio un matiz ligeramente inseguro. El hombre ya no sujetaba a su hermana, pero seguía amenazándola y sonriendo.
-Mejor no.
Cuando esas palabras llegaron a sus oídos lo comprendió. Comprendió lo que había hecho, lo que había pasado, lo que iba a pasar. Su hermana abrió los ojos de par en par, dándose cuanta igual, e intentó escapar. El hombre fue más rápido. La larga hoja de plata fue enterrada en su espalda hasta la empuñadura. Ella gritó el nombre de su hermana mientras era. El hombre sacó la espada de su cuerpo de un tirón y el cuerpo de su hermana cayó inerte en el suelo, un hilo de sangre brotaba de su boca y sus ojos aún permanecían abiertos. El hombre lanzó la cadeneta al suelo, junto a su cuerpo y desapareció entre las sombras.
Dolor. Angustia. Desesperación. Sufrimiento. Impotencia. Tristeza. Abandono. Nada.
No había nada más que hacer. Ella estaba muerta. No había nada más que sentir. No había nada que ella pudiera hacer. No tenía ya nada que hacer allí. Sin ella, ¿qué sentido tenía permanecer allí? Una lágrima solitaria resbaló de su ojo izquierdo. Aún empuñaba algo en su mano derecha. Vio un destello metálico bajo la luz de la luna.
Y despertó. El sudor frío empapaba su frente. Su respiración era pesada y el mismo horrible sentimiento volvía a surcar su espalda. Se quedó observando al techo. Una nueva pesadilla. Eso era raro. Comúnmente se repetían las mismas sin un patrón exacto, pero no serían más de seis, tal vez. Variaba el entorno. Pero esa era completamente diferente. ¿Qué había sido aquello? Tan nuevo, tan espeluznante, tan real… Aunque podría haber jurado que ya había sentido algo similar antes.
Pronto amanecería. Casi todos dormían. No valía la pena volver a intentar dormir. Siguió escuchando el murmullo de las respiraciones tranquilas y los enredos de su mente. Desde el momento en el que cayó en el sueño, hasta el mismo instante en el que salió de él, con el abrumo y el desasosiego; con todo: sabía que la mirada de Ashley seguía sobre ella.
Observó como el cielo pasaba de negro a azul claro con las franjas doradas que brindaba el Sol. No pudo tranquilizarse y por alguna razón, prefirió no hablar de todo aquello con la castaña, aunque se sintió tentada a hacerlo. Su mirada no salió de ella. Cuando el cielo ya era totalmente azul, los otros tres despertaron, desilusionados, probablemente pensando que se despertarían de una pesadilla.
A eso de las siete les rugían los estómagos, resultado de no haber cenado. De vez en cuando alguien comentaba alguna sugerencia para intentar escapar, cada una más fantasiosa que la anterior. Rato después, dos muchachas aparecieron en la habitación, llevándoles ropa y comida. Aunque desconfiados, terminaron por comerse lo que les habían dejado. Se ducharon y cambiaron. Todos vestían similar, pantalones y camisas, solo varaban los colores de las camisas. La de Kristoff era color crema, la de Anna rosa bebé, la de Elsa azul, la de Jessica roja y la de Ashley blanca.
Pasaron toda la mañana allí encerrados, sin hablar demasiado y nadie volvió a presentarse allí hasta la hora del almuerzo. Kristoff se había encariñado con la butaca y no se había levantado de allí más que para alcanzar la ropa y la comida. Anna analizaba cada uno de los objetos de la habitación que le parecían interesantes, los cuales eran muchos, pues el lugar estaba repleto de artilugios con símbolos raros en relieve. Jessica se había hecho con un libro bastante grueso cuya portada negra siquiera se había molestado en leer. Ashley había salido al balcón y escudriñaba el pueblo con la vista.
La reina salió y se apoyó en el barandal junto a ella, la castaña no se volvió. Recibía la fría brisa invernal en la cara y notó que, pese a todo estar cubierto de nieve, el ambiente no se sentía frío y con la simple camisa que llevaba bastaba para abrigarse. Como vio que la ojimarrón no tenía intenciones de hablar con ella, se dispuso a observar el pueblecillo. Personas iban y venían de un lado a otro, los niños correteaban las calles, vio a varios persiguiendo a animales pequeños (como cachorros de zorro o conejos), divirtiéndose con ellos. Mientras los adultos llevaban a cabo las tareas cotidianas.
Le recordaba mucho a la vida en Arendelle. Desde ese punto, si se permitía dejar de pensar en la situación en la que estaban podía pensar en ese entorno. Parecían personas normales. Un pueblo normal con personas normales que irradiaban magia. Esas personas se veían felices, pero esa aura de resentimiento seguía siendo apreciable. Pensó en las palabras que les había dirigido Black. ¿Qué les habrían arrebatado? El día anterior había vitoreado a sus palabras. Compartían un mismo deseo. Querían algo devuelta. Pero, ¿qué podría ser ese algo? ¿Qué les podrían haber quitado tan importante como para formar un pueblo aparentemente normal que era aparentemente abastecido por delincuentes y se estaba preparando para una guerra?
¿Sería cierto? ¿En realidad necesitarían ayuda? ¿O solo se estaba dejando llevar por aquella labia de Black? Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando escuchó suspirar ruidosamente a Ashley.
-Tú también lo has notado, ¿cierto? - preguntó sin dirigir la mirada a ella, la rubia no respondió de inmediato, intentado descubrir a qué se refería realmente- ¿Por qué demonios se quedan mirándome? – añadió, en ese momento notó que unos cuantos chicos cuchicheaban reunidos en la plaza de la hoguera, mirando no tan disimuladamente al balcón donde ellas estaban.
-Sí…- admitió ella, sin saber realmente qué debería decir.
-Este lugar me pone ansiosa- confesó la castaña, hablaba con voz baja y con un ligero temblor en ésta. Por la forma en la que jugaba con sus manos y el compás con el que tamborileaba el suelo con el pie, era cierto- La magia que hay aquí es muy peculiar, y no me agrada en absoluto- al ver que la rubia se quedaba muda prosiguió- La energía que irradia Black es especialmente inquietante. Es más fuerte, más sobresaliente- soltó un suspiro de frustración y añadió con amargura- y aun así no pude percatarme de ello sino hasta que fue demasiado tarde.
-Sí, lo he notado- afirmó la reina- Tal vez por éso sea la… Alpha.
La mención de ese término pareció tener impacto en la castaña. Siguió frotándose las manos, movía el pie más deprisa, y observaba a todos lados, evidentemente ansiosa, como temiendo que alguien estuviese espiándolas. A Elsa la palabra Alpha seguía haciéndosele familiar, ahora más que nunca, pero no lograba recordar por qué. Era como intentar recordar las palabras de un tutor que contó un relato de ejemplo que luego aparece en un examen.
-¿Crees que tengamos alguna oportunidad de hacernos con ella? – inquirió la reina, en un intento de sacar a la castaña de su tenso ensimismamiento.
-Eso creo, pero no será nada fácil- dijo, perdiendo la mirada en una zona que parecía un pequeño mercado.
-Este lugar es tan… extraño. Niños jugando como si nada, ¿estarán enterados de lo que hacen los demás? ¿Sabrán cuántas vidas se han cobrado estos maleantes? – expresó, dedicándose a mirar a un par de chicos de cabellos negros, quizás hermanos, jugar con espadas de madera.
-Estoy casi segura de que esos niños- dijo fijando también la mirada en los hermanos que parecían tener 12 y 8 años de edad- saben más que nosotros.
-¿Someter a criaturas inocentes a una realidad tan cruda? – se asqueó la reina. Que los mayores hicieran lo que hicieran era una cosa, y otra era someter a niños pequeños a llevar con esa carga.
-Si es cierto lo que dice Black, y les han arrebatado todo, esos niños perdieron esa inocencia hace dos años- comentó, en ese momento el más pequeño de los hermanos, cansado de que su hermano le arrebatase el arma de madera con tanta facilidad, la dejó olvidada en el piso y embistió juguetonamente contra él, rodaron por el suelo y siguieron forcejeando mientras reían a carcajadas- Semejantes desastres arrebatan la inocencia de una manera tan abrupta que es casi inverosímil imaginar que en algún momento pudiste haber pensado que la vida es justa.
La rubia se volvió hacia la ojimarrón, una media sonrisa cargada de melancolía estaba pintada en sus labios, en el mismo momento en el que apartó la mirada, ambos niños en el suelo parecían mordisquearse entre sí, con evidentes intenciones de juego, en algo que, desde esa altura, eran solo manchas rojizas sobre las matas de pelo negro de sus cabezas. Ashley hablaba con tal convicción que, una vez más, ponía en duda lo que sabía de ella. ¿Habría presenciado algún desastre? ¿Por eso vería con tal hipocondría a los niños jugando?
Dejó de pensar cuando sintió su brazo rodearle y apegarla a ella, en un gesto cariñoso. Tenía la cabeza técnicamente apoyada en su hombro, pero la castaña seguía resistiéndose a verle a los ojos. Notaba el hecho de que su respiración no estaba tan acompasada como siempre, consecuencia de su ansiedad. El viento frío le revolvía el cabello y lo despeinaba un poco más de lo que normalmente estaba. Aunque pudo vislumbrar un destello de nostalgia en sus ojos, brillaban en optimismo, confianza en que podrían salir de allí, y eran sombríos por un motivo que desconocía.
-La vida no es justa, y aunque esas criaturas se dieron cuenta de ello demasiado pronto, hay algo que sí podría objetar- murmuró, su voz volvía a tornarse aquél misterioso ronroneo; mientras tanto, el menor de los hermanos de pelo negro habría empezado a llorar, se había hecho un corte en la mejilla-: Siempre nos da algo por lo que soportarla- el mayor se acercó a su hermano y examinó brevemente la herida, dirigiéndole palabras de consuelo a su hermanito, quien dejó de llorar y lo observaba con lágrimas en los ojos; luego el mayor empezó a hacer morisquetas y el pequeño comenzó a reír nuevamente.
Entre tanto, la reina pensaba en las palabras dichas por la castaña, observando a los hermanos. La joven la estrechó un poco más contra sí, dando un mensaje implícito, pero bastante claro para Elsa…
…
Los días transcurrieron con una lentitud desesperante. A cinco días después de haber arribado al clan de los ladrones, aún no lograban acercarse a Black como era su cometido. El día después de su captura, se había presentado en la habitación nuevamente durante la tarde, aproximadamente a la misma hora que el día anterior, acompañada por Max. Les había preguntado si habían pensado en lo que les había dicho. Ellos se mostraron prudencialmente interesados. Sería sospechoso mostrarse completamente dispuestos luego de haberse mostrado tan escépticos con su petición.
Al retirarse, Black parecía satisfecha, creyendo que podría convencerlos de colaborarle. Aunque no había logrado mayores avances, como sacarle mayor información sobre el clan o sus planes para esa supuesta guerra, o logrado que no le echase llave a la puerta, habían dado el primer paso: convencerla.
Los días que sucedieron a ése tuvieron resultados parecidos. Black se presentaba a la misma hora, acompañada del mismo muchacho, a discutir sobre el mismo tema. Hasta ahora el mayor avance, logrado en el cuarto día, fue el de lograr que esa habitación no fuese una celda con más comodidad. Black no le había puesto el seguro al salir y dudaban mucho que se hubiese olvidado de ello. Pudieron vagar por los pasillos, la mayoría de ello solitarios, intentando encontrar algo útil. En las puertas del castillo, un par de hombres armados (que eran más bien muchachos) les cortaron el paso. Otros les impidieron ir al ala Este del castillo. Aparentemente allí se encontraban los aposentos de Black.
Entre otros detalles a destacar se hallaba el hecho de que no habían oído a nadie comentar ni por casualidad alguna noticia sobre sus respectivos reinos. Llevaban cinco días desaparecidos, sabían que ya se había accionado alguna alarma y ya habría personas buscándolos. Ahora más que nunca era cuando la reina se alegraba de no haber dejado el castillo de Arendelle sin su debida protección. No podía contar con un rescate, puesto que, si las personas no comentaban nada acerca de ello, significaba que no estaban ni cerca de alguna pista.
La reina encontraba cada vez más difícil el descubrir algo, a dondequiera que iba había algún guardia apostado en las esquinas de los pasillos y las puertas de la gran mayoría de las habitaciones estaban cerradas con llave. Ashley seguía igual de ansiosa que los primeros días, aunque ya se contenía de demostrarlo. Jessica seguía implacablemente con la mirada a Black cada vez que aparecía. Anna ya casi conocía tan bien esos pasillos como los de Arendelle, claro está sin contar las habitaciones, y Kristoff se esforzaba por averiguar dónde estaba Sven, de lo que nadie le daba respuesta.
El día anterior habían quedado en que se reunirían con Black en su despacho. Le habían hecho creer que le ayudarían si estaba dispuesta a decirle todo lo que ocurría en ese lugar. La joven Alpha no había aceptado nada, pero había accedido a reunirse con ellos a discutir eso. En ese momento, los cinco se dirigían al despacho de Black, el cual ella les había indicado dónde estaba. No sabían a qué acuerdo iban a llegar, cuánto estaban dispuestos a aceptar, ni cuánto estaría dispuesta Black a contarles.
Llegaron frente a la puerta de madera negra, la rubia sentía una opresión en el pecho, un cosquilleo en las manos y un peso frío en sus hombros. Antes de que sus nudillos golpeasen la madera, oyó voces hablando en el interior.
-¿Estás segura? – inquiría una voz de hombre rasposa y grosera, exasperada.
-¿Cuántas veces voy a repetirte que sí? ¡Despierta, Winston, el que tú no lo quieras no significa que no sea así! Además, solo tú y tus… colegas son los que no desean que sea verdad- repuso fríamente la voz de Black, quien, sorprendentemente para ellos, parecía furiosa.
-Estás loca, Black. ¡Ella no puede regresar! ¡Porque así lo desees no se hará! ¡Y si lo fuera, es una traidora y debe ser tratada como tal! - exclamó la voz del hombre, Winston, y se oyó un golpe sordo, probablemente hubiese golpeado una mesa.
-Me parece que aquí quien decide quién es un traidor soy yo- espetó Black, su voz volvía a tener ese matiz, calmado y altanero que la caracterizaba.
-¡De no proclamarla a ella traidora, tú, también, lo serás, Black! ¡No puedes superponerte a nuestras leyes! ¡Debe morir como la rata que…- gritó nuevamente Winston, dando otro puñetazo a la superficie de la mesa.
-¡YA BASTA! – estalló Black, con un grito tan atronador, cargado de una ira tan intensa, que ellos no pudieron evitar dar un paso atrás- ¡Yo soy quien decidirá eso! Si no te gustan mis decisiones, puedes tomar tus cosas, a tus colegas, y largarte de aquí, Winston. ¡Si te atreves a decir una palabra más en su contra… ¡Si osas volver a referirte así de ella tendrás el placer de conocerme! - gritaba, ellos se vieron entre sí, ya debía ser hora de anunciar que estaban allí- ¡Sabes muy bien que tu legítima Alpha no soy yo, porque así no estaba destinado a ser! ¡La Alpha que quieres tachar de traidora es anda más y nada menos que…
La reina dio tres golpes discretos, pero sonoros a la plancha de madera negra. Dentro se hizo el silencio total, Black se interrumpió a mitad de frase. La reina estaba casi segura de que ambos miraban a la puerta. Aunque les había fijado la hora de la reunión, parecía que Black no los esperaba tan pronto. Por un momento se maldijo por no haber dejado que Black terminase la frase. Luego de unos interminables segundos, por fin recibieron respuesta.
-Adelante- invitó la voz de la joven Alpha.
La estancia no era muy grande. Las paredes estaban prácticamente hechas de estanterías repletas de polvorientos libros, en su mayoría tomos muy gruesos con portadas de colores vivos, aunque se colaba algún que otro forro negro o de cuero. En otras estanterías residían objetos muy peculiares y botellas con etiquetas que decían el contenido de la misma, ninguno de los cuales tenía pizca de polvo. En medio de la habitación estaba un escritorio de madera de roble muy viejo, aunque improvisadamente restaurado, sobre el cual reposaban muchos sobres de cartas esparcidos y las mismas dobladas aquí y allá; un tintero, una pluma de halcón negra, varios lápices de carbón y un cuaderno de cuero marrón reposaban entre ellas.
Un amplio ventanal se alzaba detrás de la silla que debía ocupar Black al leer las cartas, iluminando el lugar. Black estaba de pie a un lado de su silla, intentando calmarse, se notaba que tamborileaba un pie con impaciencia. Frente a ella, vuelto hacia ellos, estaba un hombre de unos dos metros de altura, ojos grises y cabello cobrizo, que vestía con pantalones, botas y una camisilla blanca manchada de tierra y con manchas muy distantes de algo que parecía sangre, una espada residía en su espalda; ese debía ser el tal Winston. En un rincón, a un lado del ventanal, estaba Dean, cruzado de brazos, vigilando desde su posición, les dirigió una dura mirada a todos ellos y luego la clavó en la pelinegra, por alguna razón.
Winston los observó con desdén a los cinco, deteniéndose en la castaña de forma en que lo notase. Luego se dio la vuelta, pasó entre ellos con aire resuelto, dándole un golpe a la ojimarrón con el hombro, y salió de la habitación refunfuñando y cerrando de un portazo. Aunque estaban consternados, era mejor fingir demencia y hacer como si no hubiesen escuchado la acalorada discusión de Black con Winston.
-No le presten atención a Winston, últimamente ha estado más irritable de lo normal, y eso es decir mucho- escucharon decir a Black, quien recuperó su semblante despreocupado y su comportamiento seguro, aunque aún se sentía la tensión en el habiente- ¿Qué era lo que querían discutir? – preguntó como quien no quiere la cosa, con una sonrisa falsa, no como las que mayormente dedicaba, y se sentó en su silla tras el escritorio.
-Queremos saber qué es lo que tendremos que hacer si aceptamos ayudarte- dijo la rubia, dando un paso al frente, con la fría voz de una negociadora, pero con un dejo falso de interés.
-Ya he dicho, su majestad, que la mayor parte de la carga se le atribuye a usted- explicó Black, sonriente.
-¿Qué papel jugarían mis poderes allí?
-Verá, aunque lográsemos doblar nuestro ejército, no somos rivales para ellos. Hace unos días un grupo de invasores logró entrar en este pueblo. Pudimos contra ellos, porque eran pocos y no muy buenos guerreros. Pero estoy más que segura que eran solo los novicios de los que su jefe se quería liberar- se levantó y empezó a pasearse por la habitación, parecía tomarse ese tema muy en serio- Con usted de nuestro lado podríamos intimidar en el campo de batalla. Hombres mentalmente reducidos no pueden hacer frente al enemigo. Aunque hay una forma de evitar la guerra- murmuró para sí, dándoles la espalda.
-Así que, no tendríamos que pelear- puntualizó la princesa.
-No- respondió simplemente Black, satisfecha de sí misma.
-Ustedes librarían una batalla con la ventaja de la moral- dijo Jessica, quien parecía interesarse en el tema.
-Efectivamente.
-Esta guerra, ¿cómo se originó? - preguntó Ashley con curiosidad, la reina notó que no era fingida. Black no respondió en seguida, seguía dándoles la espalda con la mirada perdida entre las calles del pueblo.
-Hace dos años, un grupo de hombre avariciosos devastó la aldea en la que vivíamos todos nosotros- comenzó a decir lentamente, Dean volvió la mirada a ella, sorprendido de que fuese a contárselos- Eran guiados por un hombre al que llamamos Lion por el simple desprecio a su nombre. Él era parte, también, de nosotros, pero, a diferencia del resto, siempre estuvo en desacuerdo con la forma en que vivíamos. Los Alphas del pueblo, que son el rey y la reina para ustedes, nos llevaban por un camino de paz en el que ninguno de nosotros podía pedir más de lo que teníamos. Gozábamos de felicidad, fiestas, teníamos familias…
-Pero Lion quería más de lo que ya poseíamos. Quería riquezas, poder, tierras y todo lo que, para él, tuviese valor. Él nunca hizo pública su codicia, pues sabía que el resto éramos felices. Fue reclutando personas, engatusándolas con los ideales de gloria y riqueza, atrayéndolos con falsas promesas. Durante años hizo eso oculto, buscando la oportunidad de rebelarse y tomar el poder. Y esa oportunidad llegó, un año después de la muerte de la Alpha…
-El Alpha ya había muerto hacía cuatro años, y, por lo tanto, sus descendientes se convirtieron en sus herederos. Tenían dos hijas, y luego del año de luto la mayor sería nombrada Alpha. Fue la noche antes de que se cumpliera el plazo. Atacaron por la noche. Destruyeron el pueblo. Casas reducidas en escombros, familias completas fueron asesinadas a sangre fría. Huérfanos, padres que perdieron a sus hijos. De ninguna familia sobrevivieron más de tres personas…
-Lo perdimos todo. Nos vimos obligados a refugiarnos de ellos en el bosque. Eran más de los que podíamos contar. Yo misma salí mortalmente herida de allí. Fue Dean quien me rescató y gracias a él estoy aquí hoy. Optamos por mantenernos juntos, siempre habíamos sido una manada y la separación significaría la perdición. Caminamos sin rumbo durante mucho tiempo, hasta que llegamos aquí. Nos instalamos, intentamos empezar de cero, pero la herida era más profunda de lo que podíamos pensar. No podíamos ignorar el dolor de perderlo todo, así como así. Sabíamos que algún día podríamos recuperar lo que nos quitaron, solo debíamos ser pacientes…
-Pero necesitábamos un líder, un Alpha. No sabíamos vivir sin alguien que impusiese el orden, sin una figura de autoridad, sin alguien que nos guiase a lo que anhelábamos. Dicen que la hija mayor de los Alphas, la heredera, huyó al encontrar a su hermana muerta. Que no vio un motivo para seguir estando allí, cuando realmente no había siquiera dónde estar. Tuvimos que elegir nosotros mismo a un Alpha…
Se hizo el silencio. Black parecía haberse interrumpido, como si le causase demasiada emoción seguir con su relato. La reina estaba impresionada. O bien era una actuación muy bien preparada, o una historia realmente trágica. Se imaginó el hecho. Que alguien atacase Arendelle. Familias corriendo, intentando salvarse de un fuego devorador, mientras los causantes de eso reían. Que alguien matase a su hermana frente a sus ojos…
¿Frente a sus ojos? Black no había dicho nada de eso. Estaba exagerando, se estaba dejando llevar. Aun así, no pudo evitar que el desagradable escalofrío recorriese su espalda. Podía escuchar las respiraciones de sus acompañantes y casi sus corazones latir. El de Ashley estaba particularmente acelerado. ¿Cómo lo sabía? No estaba segura. Pero tenía la certeza de que el corazón de la castaña bombeaba bastante más rápidamente de lo normal. Le dirigió una mirada de soslayo y vio que tenía la cabeza gacha, al igual que Dean, como si realmente le hubiese afectado mucho el relato de Black.
-¿Por qué te eligieron? - Jessica rompió el silencio, todos se volvieron a ella- ¿Por qué fuiste elegida Alpha? - repitió con suavidad, ella también estaba impresionada por la historia.
-Es curioso que lo preguntes- dijo Black al cabo, volviéndose por fin, con una media sonrisa en el rostro- Nadie quería cambiar de Alpha, pues esa familia siempre había estado al poder, la misma raza, el mismo tipo de criatura, la misma sangre. Era casi una ley que fueran los de su especie en específico quienes tuvieran el poder. Pero, como las herederas eran las únicas que quedaban y, mientras que una había huido, la otra estaba muerta, tuvimos que elegir a alguien más para eso…
-No has respondido a mi pregunta- replicó la pelinegra, la pelimorada enarcó una ceja y sonrió, como si hubiese esperado que dijese eso.
-Me eligieron porque soy quien más se parece a la heredera, si vamos por esas- sonrió, volvió a hacerse el silencio.
-¿Es tu apellido Black? - preguntó la ojimarrón al cabo de unos pocos minutos. La pelimorada sonrió nuevamente, pero su sonrisa era incluso más ancha y reluciente. La reina notó el dejo nervioso en la voz de la castaña
-No- contestó ella, como si hubiese ansiado esa pregunta desde un principio- Es parte de mi apodo.
-¿Parte? – cuestionó la castaña, aún más nerviosa, por alguna razón- ¿Cuál es tu apodo?
-Black Wolf.
Antes de siquiera poder procesar esas palabras, un grito desgarrador por parte de Black rasgó el silencio y cayó al suelo, apoyándose con una rodilla y una mano, mientras que con la otra se sujetaba el costado derecho. Todos dieron un brinco, asustados por el repentino chillido, pero luego cayeron en que Black se estaba desangrando. Una mancha roja se esparcía por la tela de su camisa blanca, mientras ella se sujetaba el costado y gemía de dolor.
El primero en acercarse fue Dean, quien se arrodilló rápidamente a un lado de Black, intentando saber qué había pasado.
-¡Black, Black, ¿qué ocurrió?! – preguntó éste, evidentemente preocupado por la pelimorada.
-Es la herida. La hoja debió estar envenenada… ¡Maldición! – gruñó, Dean hizo que se sentase en el suelo y descansase la espalda en el trozo de pared debajo del ventanal- Dean… ve por Henry…
-¡No voy a dejarte así! – se opuso él con decisión.
-Tienes que ir por él… Dean, si no lo haces podría morir aquí… Y me rehúso a no morir por algo…- decía costosamente mientras hacía muecas de dolor, ellos se acercaron a ella, manteniéndose de pie a su alrededor- Tienes que ir por él… Estaré bien si lo haces…- la pelimorada ya cabeceaba en una lucha contra la inconsciencia. El castaño le dirigió una preocupada mirada, luego los vio a ellos, entre preocupados e intrigados por la extraña situación.
-¡Tú!- exclamó el castaño, mirando a Jessica- Agrégale presión a la herida, hay que evitar que se desangre antes de que yo vuelva con Henry- ordenó, la pelinegra se agachó a un lado de él y sostuvo donde le indicó, presionando la herida, sacándole otra mueca a Black. Dean se levantó de un brinco y se dirigió a los demás- Procuren que se mantenga fresca, no dejen que se desmaye- dijo y salió disparado por la puerta.
La reina se agachó junto a Black, al igual que su hermana y Ashley, analizando la escena. La pelimorada era un río de sangre y la ayuda de Jessica no era muy útil. Estaba luchando por mantenerse consciente, mientras que la reina no veía una manera de ayudarle. Estaba pálida y había comenzado a sudar frío. Vio a su hermana, quien le devolvió una preocupada mirada, luego a Ashley, quien observaba con atención a la pelimorada, luego a Jessica, quien intentaba impedir que el torrente de sangre siguiese saliendo del cuerpo de Black tan deprisa.
¿Qué harían? Si Dean no se daba prisa y traía al tal Henry, que suponía debía ser un sanador, Black se desangraría. ¿Qué pasaría si moría en compañía de ellos? ¿Los culparían por su muerte? Black seguía cabeceando en un esfuerzo por no dejarse arrastrar por la bruma en su mente, su pecho subía y bajaba con su respiración pesada. No podían dejarla morir, no cuando ahora estaban tan prontos a conseguir la libertad, no cuando acababa de revelarles su historia. No cuando ya sabían a lo que se enfrentaban.
Tenían que hacer algo para evitar que siguiese desangrándose, a ese paso no sobreviviría por más de cinco minutos. Pidió a Jessica que le dejase levantar su camisa. En el costado izquierdo tenía un profundo corte que probablemente fue un intento de partirla a la mitad fallido. La herida estaba a carne viva, aunque parecía reabierta, la sangre brotaba de ella como agua en una fuente, la carne alrededor de ésta adquiría un tono azulado y levemente brillante. No era solo un veneno, era magia.
La imagen de Black en ese estado, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared, cabeceando, apenas consciente, balbuceando y sangrando, le evocó un recuerdo. La noche en la que Ashley entró por primera vez, estando en Arendelle, en ese estado instintivo o animal.
Se le ocurrió una idea. Dijo a Jessica que apartase las manos de la herida cuando se lo dijese. Cuando era una niña, que ella y su hermana pasaban los días jugando y divirtiéndose, en más de una ocasión la princesa se había hecho cortes, productos de alguna caída o algún descuido; ella había podido crear una especie de gasa con sus poderes, y al ponerla sobre el corte, ese dejaba de sangran casi inmediatamente. Tal vez podría intentar algo similar, si bien no había tratado antes con heridas de esa magnitud ni tampoco mágicas, tal vez podría ganar el tiempo necesario para que Black no se secase.
Puso las manos sobre la herida, sacándole a la pelimorada otra queja, y se concentró en lo que quería lograr. El primer destello salió de sus manos al emplear sus poderes, materializando sobre la herida una gasa blanca con la textura de la nieve, igual de fría; el segundo resplandor salió de la herida de la joven, el leve brillo azul que ya despedía su carne se intensificó por segundos antes de desaparecer por completo, dejando solo la gran herida. Black no había dejado de sangrar, pero al menos ya no lo hacía a aquél ritmo alarmante que con seguridad la mataría.
Se permitieron respirar aliviados por un minuto. Black no moriría y, por tanto, no los culparían de ello, además de que no se terminaba de decidir si realmente se lo merecería o no. Antes de poder intercambiar miradas, escucharon pasos acercarse a la puerta apresuradamente. Debía ser el aclamado Henry, porque parecía ser solo una persona. Se volvieron a la puerta con una sensación de alivio que desapareció al ver quién realmente estaba allí.
Era Winston. Éste se había quedado de pie en el umbral, con una expresión consternada que no daba crédito a lo que realmente sentía. Se fijó en su líder, tendida en el suelo, cubierta de su propia sangre y herida, luego los miró a ellos, la princesa y la castaña miraban atentamente al hombre, el rubio estaba de pie tras ellas, ambas reinas tenían las manos ensangrentadas y lo miraban aterradas. En el rostro del hombre se formó una desagradable mueca que era el intento y la contención de una sonrisa siniestra.
-¿Qué tenemos aquí? – murmuró con malicia, ninguno de ellos se movió, estaban pasmados, sabían lo que pasaba por la mente del hombre- Atacaron a nuestra líder- dijo saboreando las palabras que salían de esa mueca, ninguno tuvo valor para replicar más que en su mente- Sabía que se equivocaba. No podemos confiar en ustedes, los humanos- decía con desprecio, escupiendo al hablar y acercándose con paso lento a ellos- Podría matarlos ahora mismo por traición, pero eso no sería divertido. No. Hay que seguir nuestras leyes… Y nuestras leyes dicen que esto se hará público…
White Wolf is back.
Aquí está el capítulo 11 de Blutmond. Hay veces en las que me sorprendo a mí misma. En realidad nada de lo que pasa en este capítulo era como yo lo había previsto cuando empecé con el cap anterior, pero se me ocurrieron algunas cosas y no me resistí jaja.
No se me ocurre mucho que decir en esta nota, pero no me parece algo insípido no ponerla... no lo sé, tal vez sea una manía... Lo que puedo decir es que estaré publicando el un fic ElsaxAshley en nuestro universo... un par de colegialas, no puedo decir común y corrientes... una mente perturbada... miedo a enamorarse... a sufrir otra vez...
Bueno, en realidad no tengo nada más que decir, o escribir. Espero que les esté gustando la historia y que cumpla con las expectativas que seguramente les ha dejado. Déjenme su opinión en sus comentarios, ya saben que estoy abierta a todo. Nos leemos por ahí.
Chau chau.
