Gracias a todos los que esperan las actualizaciones con ansias. Besos 3

El moreno se puso una gruesa chaqueta antes de bajar del barco. Todas sus cosas fueron colocadas en un camión de mudanza y les dio a los encargados la dirección a la que debían ir. Él tomó un taxi, y mientras viajaba por las calles de aquella isla miraba el encapotado cielo. A pesar de que era una playa no era ni remotamente soleada o cálida, pero en parte estaba bien pues congeniaba con su estado de ánimo. El auto tardó quince minutos en llegar hasta el edificio que ahora sería su casa. Miró la fachada del lugar una vez estuvo parado frente a éste y entró, no tan listo para enfrentar su nueva vida, pero sin poder hacer mucho más. En la recepción le esperaba una anciana, quien le dio la bienvenida, parecía una mujer agradable y de instinto maternal. Le entregó las llaves de su departamento y le guío hasta el cuarto piso, Ace abrió la lúgubre habitación y la recorrió; era un lugar pequeño, con dos habitaciones, el baño, una cocina y un pequeño espacio en el que la sala y el comedor se unían. Le agradeció a la mujer y las personas de la mudanza comenzaron a llevar todas sus pertenencias, dejando las cajas apiladas en el recibidor. Cuando todos se hubieron marchado el azabache se dirigió a la que sería su habitación y miró por la ventana, la lluvia comenzaba a caer y el viento soplaba.

A pesar de que no se sentía con ánimos de desempacar comenzó a sacar las cosas de las cajas y las acomodó aquí y allá sin ningún orden en particular, no le importaba como se viera su nueva casa pues sabía que no volvería a sentir que pertenecía a ningún lugar. Quitó las mantas de los muebles y limpió todo, sólo se detuvo un momento para comer un bocadillo a pesar de que no tenía apetito, así que sentó en una de las sillas del comedor y miró a la pared. En sólo dos días había organizado todo el cambio de hogar. Encontró esa pequeña isla en un mapa, investigó y decidió que sería el nuevo lugar donde viviría, así que buscó departamentos, mudanzas y compró un pasaje para irse y nunca más volver. Todo había sido improvisado, pero por lo menos podría salir de esa ciudad. Se sentía con prisa, pues no quería que Marco volviera antes de lo previsto del viaje. No sabía si podía afrontarlo, si podría ver a la cara a quien le estaba haciendo tanto daño. Y luego de llevar a cabo todo su plan ahora solo le restaba encontrar un trabajo.

El dinero no le sobraba, pero por lo menos podría arreglárselas hasta que encontrara un nuevo empleo. A pesar de que necesitaría el pago de ese mes por su trabajo en el café no quiso esperar más tiempo, pues sabía que tendrían que pasar unos días hasta que su jefe le diera el dinero, por lo que decidió arreglárselas con todo lo que tenía ahorrado y las propinas que había ganado ese mes.

Esa era su nueva vida. En una isla eternamente gris a donde sólo se podía llegar por barco y con un clima mayormente lluvioso. No tenía nada, y no había posibilidad de que nadie le encontrara ahí, pues ni siquiera se había despedido de Sanji, mucho menos le había dicho a Marco a donde iría. Incluso cambió su número de celular, así que desapareció sin dejar nada atrás, dispuesto a iniciar una vez más, buscando olvidar el dolor que sentía. Suspiró y se levantó de la silla, la lluvia por fin había parado y podía salir a hacer la compra, y de paso a buscar algún lugar donde podría trabajar. Al bajar a la recepción del edificio se encontró de nuevo con la anciana que lo había recibido. Ésta le preguntó si se encontraba bien y ya se había terminado de instalar, Ace le dijo que todo estaba listo y le agradeció por su hospitalidad, a lo que la mujer le invitó a tomar una taza de té. El moreno no pudo negarse y acompañó a la anciana hasta la pequeña cocina que había detrás de la recepción, pues ella vivía ahí mismo.

El pecoso se encargó de preparar el té mientras la mujer le contaba algunas cosas de la isla y de donde podía encontrar tiendas para realizar la compra, lugares para divertirse y el centro de la ciudad. El azabache le agradeció por todo ello y llevó el té a la mesa, sentándose frente a la anciana.

—¿Y por qué elegiste venir aquí? —Preguntó dulcemente la mujer, tocando un tema que era espinoso para Ace.

El menor suspiró y miró afligido su taza, desde la que el danzante vapor salía.

—Supongo que quería escapar.

—No pareces la clase de muchacho que se mete en problemas. ¿Es por alguien en particular?

Aquella canosa mujer tenía la experiencia suficiente que sus años le habían brindado para saber que ese joven sufría profundamente por alguien, que sus afligidos ojos negros tenían a un causante de la melancolía que los opacaba. Y supo que estaba en lo correcto cuando el azabache pareció quebrarse ligeramente bajo la aparente calma de su rostro ojeroso, mientras saladas lágrimas le nublaban la vista.

—¿Quién te rompió tanto el corazón muchacho?

Esa voz calmada y la gentil mano que tomaba la suya hacía que el pelinegro no pudiera ocultar más todo lo que le dolía su situación y no tener con quién hablar de ello.

Los océanos que eran los ojos del moreno comenzaron a desbordarse y la mujer le dio un pañuelo al tiempo que le alentaba a desahogarse, pues a veces era necesario disfrutar del dolor para poder dejarlo atrás y seguir. Ace le habló de Marco, le contó del tiempo que pasaron juntos, de las cosas que solían hacer y de lo maravillosa que su vida había sido durante esos meses. Y después la parte más dolorosa, esa que a nadie le había dicho. Le habló del compromiso que mantenía con otra mujer, de la mentira sobre quien era en verdad aquel ojiazul, y de la boda que se acercaba. Se permitió decirle a aquella anciana cómo se sentía, lo mucho que sufría y sentía que odiaba a Marco, pero se odiaba más a sí mismo por seguirle amando, por no haberle reprochado el que no le dijera la verdad desde un principio.

—Pero mi niño. —Habló ella observando a su joven huésped que sollozaba—. ¿Nunca te has callado para no herir a alguien que amas?

Él le observó con confusión.

—¿No te has puesto a pensar que si él no te dijo nada no fue porque quisiera mentirte, sino porque no deseaba hacerte daño?

El azabache pensó un poco en aquellas palabras, y aunque no se había detenido a pensar en eso, no borraba todo lo que sentía, no quitaba la traición del mayor. Ella sólo se dedicó a seguir escuchando los pesares del moreno y acariciaba sus manos buscando confortarlo. Luego de un par de horas las lágrimas de Ace se habían detenido y ahora sólo se sentía vacío, esa había sido su rutina desde hacía días.

—¿Y qué piensas hacer ahora muchacho?

—Supongo que por el momento iré a comprar algunas cosas y a buscar un trabajo.

El menor se levantó de la mesa, llevando consigo las tazas y cansado se haber llorado tanto otra vez.

—Mi nieta necesita a alguien que le ayude en un pequeño restaurante que acaba de abrir ¿te gustaría trabajar con ella?

No esperó una respuesta cuando también abandonó su lugar para buscar un papel y un bolígrafo para anotar la dirección y el nombre de su nieta.

Ace asintió gustoso, y recibió el papel que la anciana le entregó, escuchando claramente las indicaciones que le daba. Le agradeció de nuevo por todo lo que había hecho por él y salió a la calle, mientras ella le despedía y le decía que podía visitarla siempre que quisiera. El pecoso decidió ir a buscar primero a la nieta de la mujer, al parecer el restaurante estaba a diez minutos de su edificio, así que caminó tranquilamente por las calles, dejando que el frío aire le serenara y pensando en todo lo que le había dicho a la anciana. Y si bien desahogarse le había hecho sentir mejor, todavía quedaba el escozor las heridas que Marco le había causado cada que pensaba en él. Subía una pequeña colina y se giró a ver el gris océano. El ojiazul le había prometido que le buscaría inmediatamente luego de volver a la ciudad ¿qué pensaría al no encontrarle? ¿Qué pensaría de él cuando supiera que había partido? ¿Incluso entonces tal vez movería cielo, mar y tierra con tal de encontrarle? La imaginación de Ace puso un barco que se dirigía a la isla en las calmadas aguas del mar, soñando que desde el descendería el mayor, buscándole a gritos por la ciudad sólo para encontrarle en aquella calle, y le juraría que ya no era un hombre comprometido, llenándole de palabras de amor y prometiéndole estar a su lado toda la vida, zurciendo así todo el daño que le había causado.

El moreno agitó la cabeza ante esa ilusión y se encontró de nuevo con el vacío horizonte. La tristeza se enterró de nuevo en su pecho y reanudo la caminata. No podía vivir de ilusiones vanas que sólo alimentaban el amor que todavía sentía y vitoreaban al dolor que le quitaba el aliento. Siguió andando y unos minutos después llegó a un pequeño local, pintado con alegres colores y del que salía un exquisito olor. Al entrar una chica con el cabello rosa le dio la bienvenida.

—Hola. —Le saludo tímidamente el pecoso—. He venido por lo del trabajo.

—Pero si aún no he puesto ningún anunció todavía.

Exclamó ella luego de sar un apretón de manos al chico.

-Ah no, tu abuela fue quien me dijo que necesitabas ayuda. Acabo de mudarme hoy a un departamento en su edificio.

—En ese caso está bien.

Ella sonrío como si se encontrara con un viejo amigo y no con un desconocido de demacrado aspecto, pero si su abuela lo había enviado allí sus motivos debía tener.

—¿Has trabajado como mesero antes?

El moreno rio un poco y asintió. Conversaron un rato más y la joven le explicó lo que tendría que hacer, que en realidad era bastante fácil. Sólo debía ayudarle a cocinar, atender las mesas y limpiar. Ace asintió ante todo lo que le decía la chica, era muy agradable y parecía ser de su edad; supuso que se llevarían bien.

—Entonces ¿puedes comenzar desde mañana?

—Claro, vendré temprano—. Le aseguró el moreno.

—Perfecto, entonces nos vemos mañana. Me llamo Rebecca, por cierto.

—Ace.

El pelinegro se despidió de su nueva jefa y emprendió de nuevo el camino hacia el supermercado.

Salió del local y caminó, buscando una tienda de comestibles pues, aunque no había tenido hambre desde hacía días, no podía dejar de comer. Vivía un extraño debate consigo mismo. Una parte de él quería mandar todo al carajo, encerrarse y no volver a ver a nadie, pero por otro lado sabía que no podía dejarse morir, que debía continuar con su vida y que algún día todo lo que estaba sucediendo en ese momento serian malos recuerdos, de los que podría aprender alguna buena lección.

Encontró por fin un supermercado y compró algunas cosas, principalmente dulces y chocolates que por algún extraño motivo fueron un antojo, pero lo atribuía a que su cuerpo le pedía azúcar luego de haber pasado días alimentándose precariamente y sin apenas dormir más de unas cuantas horas. Caminó de vuelta a casa y el cielo comenzaba a oscurecerse sin más. No volvería a ver los hermosos atardeceres de su antigua ciudad, ni volvería a sentir el calor de los días mientras el sol brillaba en el cielo. No volvería a ver la extraña mezcla de la noche y el ocaso, todo aquello que había vivido al lado de Marco se había quedado atrás, y él sólo intentaba comenzar de nuevo. Se preguntó qué estaría haciendo el rubio en esos momentos, apenas habían pasado tres días desde que se marchó y le había dicho que tal vez volvería en una semana. Al llegar a casa calentó un plato de comida instantánea y se sentó a ver televisión, luego de pasar un buen rato de no prestar atención a nada de lo que veía por estar sumido en sus pensamientos apagó el aparato, dejó el plato a medio comer y fue a su habitación. Se dio una ducha rápida y el agua caliente le ayudó a sentirse un poco mejor, destensando sus músculos y haciéndole sentirse inusualmente cansado. Se puso el pijama y se metió en la cama, que estaba junto a una ventana y le daba una maravillosa vista del paisaje nocturno de su nueva ciudad. Miró la luna, que comenzaba a asomarse tímidamente entre las nubes por momentos, y de nuevo unas pequeñas lágrimas rodaron de sus ojos.

—Marco. -Susurró a la noche fría—. ¿Pensarás en mí?

Preguntó mientras miraba el plateado satélite, como si esperaba que éste le diera una respuesta. Pero aquello no le parecía probable, quizá él era el único idiota que pasaba las noches en vela y sentía que no podía seguir, mientras su compañero dormía plácidamente como una persona normal, de esas a las que no les han robado el corazón todavía.

Tres días después y de vuelta en la ciudad Marco estaba al borde de la histeria. Había regresado de su viaje y procuro mantenerse calmado luego de que Ace no contestara sus llamadas ni mensajes durante dos días, pero su serenidad se había esfumado cuando al llegar a la isla se percató de que el pecoso no estaba. Su casa se volvía a alquilar y en el trabajo su compañero sólo le había dicho que había renunciado sin más. Recorrió toda la ciudad una y otra vez, pero nada, no había ninguna señal de él y su número de celular ya no servía.

No quería parecer paranoico, pero no sabía qué hacer. Al final una llamada de su secretaría le recordó que tenía varios pendientes en la oficina y decidió que iría a hacer su trabajo rápidamente para después seguir con la búsqueda de Ace, si no aparecía debía recurrir a la policía. Que se pudrieran los reporteros y el gran escándalo que eso ocasionaría.

La recepcionista que había recibido el sobre que el joven había dejado se sorprendió al verle de regreso antes de lo esperado, pero abandonó su puesto en la recepción y corrió hasta su casillero para tomar el sobre que seguía entre las páginas del libro. Se detuvo antes de echar a correr de nuevo. No parecía muy buena idea interceptar a su jefe en las escaleras o el elevador y decirle que un chico que era la tristeza hecha persona le había dejado algo. Decidió entonces subir hasta las oficinas principales, podía decir que le habían mandado a llamar desde ahí y con eso se libraría del posible regaño por descuidar tanto tiempo su puesto. Tomó aire y se dirigió a los elevadores, se sentía nerviosa, pero no podía flaquear, ese chico le había confiado aquella misión y la cumpliría a toda costa, sólo esperaba no perder el trabajo por hacerla de mandadera celestial.

Se detuvo ante la enorme puerta de la oficina de Marco, tomo un respiro y se arregló discretamente la ropa. Iba a entregar un encargo, pero no por eso desperdiciaría la oportunidad de hablar directamente con uno de los millonarios más perseguidos, codiciados y guapos del país. Tocó la madera ligeramente y esperó hasta que escuchó una afirmativa para entrar. Abrió con cuidado la puerta y entró lentamente en la oficina, temblando un poco y tratando de disimular sus nervios. Marco estaba sentado al otro lado del escritorio, y tenía que ser honesta, ese hombre quitaba el sueño con sólo mirarlo.

—Buenos días, señor. —Le saludo tímidamente—. Disculpe la interrupción.

—Pasa. —Le indicó el ojiazul.

No tenía tiempo para perderlo en una nerviosa chica así que ni siquiera la miró. Ella, que antes había visto a su jefe llegar a la oficina y sonreír a todos, se sorprendía de lo frío e irritado que parecía el heredero de los Newgate en ese momento. Quería salir corriendo antes de cometer una estupidez, pero ya se encontraba ahí y no podía rendirse durante la batalla.

—Venía a entregarle esto.

Mientras caminaba hasta el escritorio, extendió el sobre en dirección al ojiazul, pero al ver que el hombre no tenía intensión de recibirlo lo dejó en el escritorio de éste, esperando porque dijera algo o al menos reaccionara, la estaba matando con esa falta de reacción.

Marco dirigió sus azules orbes hasta lo que la mujer dejó frente a él y luego miró a la chica por encima de la montura de sus gafas. ¡Dios! Pensó ella cuando esos ojos le escrutaron.

—El correo se deja en los buzones. —Le espetó el rubio mientras le miraba con un poco de fastidio.

La chica se volvió un manojo de nervios y jugueteaba con sus dedos mientras intentaba encontrar una manera de explicarle sin titubear porqué ese sobre no estaba con todo el correo como debería.

—Lo sé, señor. Pero, bueno, un joven me pidió que se lo entregara, y no quise dejarlo en el correo porque parecía ser algo urgente.

El ojiazul tomó el sobre y lo miró por ambos lados. Al ver que no tenía ningún nombre escrito miró interrogante a la joven.

—Es de parte de Portgas D. Ace.

Ella estrujaba el papel en donde había escrito el nombre de ese joven solo por si llegaba a olvidarse de él durante su súbita subida de adrenalina.

El rubio reaccionó ante el nombre y miró de nuevo a la chica, que creía haber dicho algo que no debía por la repentina expresión de su jefe. Parecía que el alma se le había salido del cuerpo.

—¿Cuándo vino? ¿Te dijo algo más aparte de dejar esto?

Sus preguntas ansiosas surgieron una tras otra. Ella pareció dudar un segundo antes de responder.

—Vino hace dos días, pero sólo me pidió que le entregara eso y no dijo más. Sé que no debí recibirlo, pero él parecía tan triste. Estaba muy pálido y ojeroso. Por favor discúlpeme.

Siguió jugueteando con el papel, observando al suelo y lista para escuchar que había sido despedida por ser tan tonta.

—No, hiciste bien. Gracias por haberlo traído. Descuida no tendrás problemas—. Marco se sentía culpable por haber desquitado su mal humor en aquella joven, que no tenía la culpa de lo que estaba sucediendo por sus propias decisiones—. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

La mujer se ruborizó ante el ofrecimiento de su jefe y titubeó, le aseguró que no necesitaba nada, pero Marco insistió y le dijo que le daría el doble de sueldo esa semana. Ella le agradeció y se dispuso a retirarse, dejando a un consternado ojiazul que miraba ese sobre como si acabara de mostrarle la lengua. Al cruzar finalmente la puerta y cerrarla tras de sí dio un hondo suspiro, aliviada de que todo hubiera salido bien y volvió a su trabajo, radiante de felicidad.

El rubio acariciaba el papel del sobre mientras sentía nervios. Era un sobre de tamaño mediano y parecía contener varias cosas pues estaba ligeramente lleno. Tomó un abrecartas y rasgo el papel. Dentro había cuatro hojas perfectamente dobladas, una blanca con algo escrito y tres más que parecían ser de una revista. Se decidió por abrir primero estas últimas, y su corazón se detuvo durante un instante al ver qué había en ellas.

Esas hojas, arrancadas de alguna publicación, le mostraban a él y a Bay en su fiesta de compromiso. En ellas había a todo detalle fotos de la fiesta, de él arrodillado pidiéndole matrimonio a la peliazul y del beso que le había dado luego de bailar. Sintió la desesperación inundar su mente al leer todo lo que la redacción decía, ahí estaba una resumida, pero completa biografía de su vida, donde todas sus mentiras estaban al descubierto. Mierda, mierda, mierda. Sabía que esa fiesta sería noticia, pero no contaba con que llegaría a las manos de Ace pues éste odiaba leer revistas. Tomó entonces la hoja blanca y la abrió rápidamente. La caligrafía del moreno llenaba el papel y comenzó a leer.

Marco.

Para cuando leas esto yo no estaré más en la ciudad, perdóname por irme sin decir ni siquiera adiós, pero no deseo verte de nuevo. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que sé lo que pasa y lamento que tu juego no haya durado más de unos meses. Me doy cuenta de que realmente nunca te conocí y que todo lo que creía saber son sólo mentiras. No espero hacerte sentir mal con esta carta, sólo quería que supieras que ya no debes temer por tus secretos y que no planeo interrumpir tus planes.

Me voy porque no quiero ser un estorbo, no quiero ser un escándalo ante la perfecta vida que piensas llevar con esa mujer, y no te preocupes, no diré nada a nadie, todo se mantendrá entre tú y yo como hasta ahora. Supongo que debo agradecerte por el tiempo que me diste, por las cosas que hiciste por mí y por darme un amor que, aunque falso, me hizo realmente feliz. No esperaba que las cosas terminaran así, pero creo que entre nosotros ya no queda nada, y ni siquiera sé si alguna vez lo hubo, pero prefiero partir antes de que vuelvas. Las despedidas no son necesarias.

Espero que seas muy feliz con tu novia y en tu matrimonio. No te guardo rencor ni nada por el estilo, sólo quiero pedirte que nunca más me busques, y yo tampoco te volveré a molestar.

Ace