doce
El golpe avisa…
El Santuario
-Ven y canta conmigo, espíritu de lejanía.
Yo he caminado sin cesar recogiendo historias,
sueños y leyendas,
he dado voz a alegrías y tristezas
que he leído en el vuelo de las aves.
Ven y acompáñame, espíritu de sueños.
Ya hemos cantado antes de añoranzas y pesares.
Cantemos hoy la balada de Ares.
Algunas veces nos sorprendemos a nosotros mismos tarareando sin darnos cuenta, o con la letra de una canción rondándonos la mente. Muchas veces ni siquiera se trata de una canción que nos agrada... En el caso de Mihail, se trataba de una canción que odiaba con toda el alma.
Sólo la había escuchado una vez en su vida. Estaba en un viejo caset que su madre guardaba como un tesoro, ya que el padre de Misha había hablado y cantado un poco para probar la grabadora que acababan de conseguir en aquel entonces, cuando no hacía un año que se habían casado, cuando aún no sabían que Misha nacería en el siguiente invierno y que su padre no estaría ahí para enterarse.
Se trataba de una conversación casual "-¿Crees que deberíamos mover ese vasar de ahí? -Lo haremos dar vueltas por toda la casa y terminará en el mismo sitio, mi vida. -Qué bien me conoces, Nikki. ¿Tu padre vendrá a cenar hoy? -Es capaz de venir junto con todos mis tíos... -Entonces prepararé bastante para no falte... ¿por qué no me cantas algo? -¿Cantar? Sabe más una vaca de aeronáutica que yo de música. Pero si quieres arriesgarte..."
Había tres o cuatro canciones populares que aquella adorable pareja cantó a dúo, pero la última canción la había cantado Nikolai solo. La Balada de Ares.
Y la Balada de Ares había aterrorizado a Mihail de un modo muy particular cuando tenía seis o siete años, la única vez que la escuchó. Su madre le había regalado el caset y él siempre lo escuchaba cuando se sentía solo, pero lo paraba antes de llegar a esa canción.
¿Por qué no lo dejaba en paz? Los versos venían una y otra vez a su memoria, como si quisieran obligarlo a cantarlos... ¿Y cómo era que se había aprendido la balada completa, si sólo la había escuchado una vez?
-¿En verdad cree que sea prudente, Señora?
Tatsumi clasificaba la correspondencia y de vez en cuando miraba de reojo a Saori, que estaba sumergida en su propio trabajo.
-¿A qué te refieres?
-A enviar a la señorita Ginsei junto con Andreia y Thiérry a Inglaterra. Ahora que sabemos que Thiérry es uno de los Budas...
-El disgusto de Shun cuando le dije que quería a su hijo fuera del Santuario me confirma en mi posición. Es mejor que Terry esté lejos. Y si Ginsei no va también, eso sería darle motivos a Shun para protestar, y medio Santuario se pondría de su parte. En guerra avisada no muere soldado, Tatsumi.
El mayordomo guardó silencio, pero no porque estuviera de acuerdo con los argumentos de Saori. Apresuradamente guardó una carta en el bolsillo de su chaqueta y salió de la oficina tan pronto como tuvo oportunidad.
No solía pasear mucho por el Santuario. En todos los años que llevaba ahí, solo había abandonado el palacio cuando tenía que viajar por asuntos de la Fundación, y ahora se daba cuenta de que no conocía los alrededores. Pero tampoco quería tener que acudir a nadie para preguntar dónde se encontraba la persona con la que necesitaba hablar, así que confió en su suerte y rodeó la Casa de Virgo en lugar de entrar, y pronto se encontró en medio de una lenta nevada de pétalos rosados.
Encontrar a Shun no fue tan difícil como había pensado en un principio. El caballero lo miró sorprendido, como si fuera la última persona que esperara encontrar en su jardín de cerezos.
-¿Qué se te ofrece, Tatsumi?
-Necesito hablar contigo.
-¿De qué se trata?
Tatsumi sacó el sobre que llevaba consigo.
-Llegó una carta para Mihail.
-¿Y por qué no se la has dado?
-El nombre del remitente...
-¿Sí?
-Alexei Bratsk... Lo conozco.
-Te escucho.
-El señor Mitsumasa usó una vez la armadura de Sagitario, ¿lo sabías?
-Escuché alguna vez a Saori decir que la había usado, sí. Recuerdo que me llamó la atención, ya que el señor Kido no era un caballero, después de todo.
-La vez que la usó estuvo a punto de perder la vida.
Las manos de Tatsumi empezaban a arrugar la carta por el nerviosismo.
-Ese día un hombre llamado Alexei Brastk llegó a la Mansión Kido para reclamar las muertes de su hija y su nieto.
-¿Su hija y su nieto?
-Natasha y... Hyoga.
-Oh... ¿Él pensaba que Hyoga había muerto en el naufragio?
-Cosa que me sorprendió, ya que yo mismo me encargué de notificarle a Nikolai Bratsk, el hermano de la señora Natasha, que Hyoga estaba a salvo, en la Fundación. Ahora pienso que Nikolai no le dijo nada a su padre... Pero eso no es lo importante, sino la carta y Mihail.
-Francamente...
-¿Cómo piensas que reaccionaría la Señora si supiera que hay alguien en el Santuario relacionado con el hombre que estuvo a punto de matar al señor Mitsumasa?
-¿Significa que no se lo has dicho?
Tatsumi se sentó en la hamaca, sin despegar la mirada del remitente de la carta, mientras Shun se quedaba frente a él, los brazos cruzados detrás de la espalda. Por un segundo, Shun tuvo una sensación de deja vu, la primera vez que había visto a Tatsumi también había tenido que quedarse de pie mientras el mayordomo revisaba unos papeles.
-En otro tiempo, habría sido mi primera reacción, pero últimamente estoy pensando demasiado antes de tomar cualquier decisión. Hay demasiada gente alrededor de la Señora, aconsejándole qué hacer y confundiéndola las más de las veces.
¿"Mucha gente"? Ambos sabían que en realidad sólo había una persona. Tatsumi continuó.
-Así que me puse a pensar por qué Alexei enviaría una carta a Mihail... bueno, es evidente, por el apellido, que hay algún parentesco entre ambos. Y si Alexei tuviera alguna mala intención, no habría sido tan ingenuo como para descubrirse así, tal vez no habría razón para alarmarme... bueno... el caso es que recordé cuando Mihail llegó al Santuario y el capitán del barco vino aquí a reclamarlo. Tú lo defendiste e incluso pagaste la deuda que tenía el muchacho con aquel marino.
-Fue un préstamo, el cual Mihail devolvió cumplidamente.
-En todo caso, tú fuiste la primera persona que lo ayudó aquí, y luego Hyoga lo acogió en la Casa de Acuario...
Shun se quedó callado, esperando pacientemente a que Tatsumi se decidiera a terminar de hablar.
-Lo que quiero es que le des la carta a Mihail y que hables con él por si necesita ayuda.
-¿Tú crees que la necesite?
-No lo sé. Hace casi veinte años que de pronto me di cuenta de que en realidad no sé nada de nada. Desde entonces no puedo hacer nada más que andarme con pies de plomo.
-Entiendo tu preocupación, todos hemos pasado por algo parecido. Con gusto me haré cargo de esto.
Tatsumi no dijo nada, aunque le dirigió una mirada agradecida. Ninguno de los dos lo mencionó, pero ambos estaban conscientes de que la preocupación de Tatsumi en aquel asunto no era por Mihail sino por Saori.
Mientras se dirigía hacia la Casa de Acuario, Shun se preguntaba cuánto esfuerzo le habría costado a aquel anciano darse cuenta de que había cosas que era mejor no mencionarle a Saori... para evitar así que Lilith se enterara e interviniera en cualquier asunto. Sin duda había resultado doloroso esconder esa carta y buscar al Caballero de Virgo para encargarle el problema de saber si Misha realmente tenía algo que ocultar.
Hacía unos cuantos años que esperaba que sucediera algo así.
Rodorio
Jabu nunca se había considerado el tipo de persona a la que le agradan los niños, pero después de una tarde con Enma y Gabriella estaba reconsiderando su opinión: no recordaba haber reído tanto en toda su vida.
Las cosas no habían empezado demasiado bien: primero había tenido que sobrevivir a un minucioso interrogatorio por parte de Seishiro y Xellos, que los habían estado esperando en la puerta cuando iban de salida, a pesar de que Deidre tenía permiso de su jefa para salir (había oído hablar de suegros y cuñados celosos, pero esos dos debían ocupar alguna categoría especial); luego, no habían contado con que no se permitía la entrada de mascotas al cine, así que en lugar de ver la película, Deidre y él llevaron a las niñas y al zorro a un parque cercano. El resultado fue más agotador que cualquier sesión de entrenamiento, pero infinitamente más agradable.
Al tiempo que empezaba a ponerse el sol, las niñas seguían jugando con su mascota, mientras Jabu y Deidre descansaban en los columpios.
-Son un encanto, pero cuidarlas a diario debe ser una verdadera faena –comentó Jabu.
-Sí que lo es.
-¿Cómo fue que se te ocurrió trabajar como niñera?
-Bueno, en realidad, cuidar a Enma y Gabriella es parte de mis obligaciones como aprendiz de la Señora Vanessa.
-¿Aprendiz? ¿Desde cuándo los abogados tienen aprendices?
-No soy aprendiz de abogada...
Deidre inclinó la cabeza, de modo que una parte de su cabello caía sobre su cara, ocultando sus ojos.
-Voy a contarte una leyenda, Jabu...
Hace mucho tiempo, los bosques se extendían de un lado a otro de Europa, en aquella gran extensión tenían su corte dos seres mágicos, los Primordiales Bosque y Lluvia.
Su reinado fue largo y pacífico, pero la paz terminó cuando las tribus humanas empezaron a talar y quemar los bosques.
Por aquel entonces, la mayor parte de los Primordiales se habían puesto de acuerdo para abandonar la superficie de la Tierra y ocultarse en un sitio seguro, pero Bosque se negó a seguirlos. Su corte se convirtió en el último refugio de muchos seres mágicos que huían de la persecución de los humanos, entre esos seres había muchos unicornios, cuando esas criaturas mágicas aún eran abundantes.
Bosque y Lluvia mantuvieron su último hogar a salvo tanto tiempo como pudieron, pero llegó el día en que los humanos prendieron fuego a aquel lugar, habitado, según decían, por brujas y demonios.
Fue de esa manera que los dos últimos Primordiales que no habían huido aún perdieron todo lo que les había pertenecido desde el principio del tiempo... y aún así decidieron quedarse y reconstruirlo.
Sobre las cenizas de lo que había sido su hogar, Bosque lloró por primera y última vez en su vida, lágrimas que nacían directamente de su corazón.
En ese momento lo acompañaban Lluvia y el único unicornio que había sobrevivido al incendio, el último unicornio.
Una lágrima de Bosque cayó sobre la frente del maravilloso animal, y se solidificó ahí, dando origen a la joya conocida como Carbunclo del Unicornio, y también como Esplendor de Occidente.
Se dice que quien posea esa gema, nacida del dolor de Bosque, tendrá los poderes del Unicornio, y la fuerza e inmortalidad de Bosque.
Durante muchas generaciones, los descendientes de Bosque y Lluvia protegieron al Unicornio como a un miembro de su familia, pero un día el Unicornio se marchó y nunca más se volvió a saber de él.
Las hadas que pertenecían a esa familia fueron olvidando al Unicornio con el paso del tiempo, pero la leyenda seguía viva entre unas pocas, y de vez en cuando, un hada o dos abandonaba el refugio de las pocas tierras vírgenes que quedan en el planeta para buscarlo.
En los últimos tiempos, eran muchas las hadas que lo buscaban.
-Porque Bosque se debilita. Tememos que pueda morir... Pero si recuperáramos el Esplendor, entonces Bosque sanaría y nuestro hogar permanecería seguro por mil años más. Yo he viajado mucho, durante mucho tiempo, buscando esa joya... finalmente, recibí un oráculo, según el cual debería pasar por el infierno y luego encontraría un unicornio protegido por un escorpión... fue por ello que cuando tuve la oportunidad de ser la aprendiz de la Señora Vanessa, no vacilé en aceptar, pensando que ese sería el infierno del oráculo.
-¿Por qué tendría que relacionarse eso con el infierno?
-La Señora Vanessa es un demonio... un demonio muy poderoso, es hija y heredera de Tiamat... ¿has oído hablar de Tiamat?
Jabu asintió.
-El dragón primigenio de los antiguos babilonios, la madre de los dioses de esa cultura y su principal enemiga. Pero ella fue muerta por Marduk, el dios del sol...
-No se puede matar en forma definitiva algo tan viejo como Tiamat. Y creo, Jabu, que el Esplendor está dentro del Santuario.
Jabu miró a Deidre a los ojos, la joven sostuvo su mirada con serenidad.
-¿Por qué me cuentas esto? –preguntó él.
-Porque quiero pedirte ayuda. Y sé que un auténtico caballero no se negará a ayudar a quien se lo solicita.
El Santuario
-Sangra el sol
reflejándose en el filo de la espada,
anuncio de la sangre
que pronto habrá de saciarla.
Arden las almas de los guerreros,
hoy es el día, llegó el momento.
Mihail sonrió al ver a Shun. Sabía que a esas horas debía estar empacando para acompañar a Andy, Terry y Ginsei a Inglaterra, y estaba a punto de ir a la Casa de Virgo para despedirse, Shun le había ahorrado el viaje.
Pero la eterna sonrisa del muchacho se desvaneció cuando Shun le entregó la carta.
-Así que me encontró... –murmuró Misha-. Imagino que este lugar le pareció el último sitio del universo al que yo podría haber querido dirigirme.
-¿Hay alguna razón para que el señor Bratsk deba pensar eso?
-¿Aparte de que su único hijo varón murió en forma violenta poco después de regresar a Siberia luego de visitar al Patriarca? Oh... y no olvidemos que además fue muerto por uno de sus estudiantes, que además resultó ser su nieto.
-Entonces, no me equivoqué –dijo Shun en voz baja-, sí eres pariente de Hyoga.
-¿Usted conocía el nombre de mi familia? –preguntó Misha, sorprendido.
-No.
-Pues no habrá sido por el "parecido familiar", Hyoga y yo no nos parecemos en nada.
-Eso crees tú. La próxima vez que pases cerca de un espejo, mírate bien. Tus ojos son mucho más claros que los de Hyoga, pero tienen la misma forma. En cualquier caso, no fue por eso que me di cuenta de que tenías algún parentesco con él.
-¿No?
-Fue por tu cosmos.
-¿Qué?
Shun se sentó sobre una columna derribada que había cerca de ahí.
-Unos pocos meses antes de que llegaras al Santuario, me di cuenta de que aquí estaba ocurriendo algo extraño con las corrientes de poder. La fuerza del Santuario en conjunto se estaba intensificando y empezaba a opacar los cosmos individuales. Como podrás comprender, eso me preocupó mucho... Saori no le dio mucha importancia, pero a mí no me dejaba en paz la idea de que algo malo podía suceder en cualquier momento, así que me dediqué a afinar mi percepción del cosmos. Si no hubiera sido así, quizá no hubiera percibido lo cerca que está el tuyo del de Hyoga, eso es algo que sólo he visto que suceda en uno de tres casos: cuando dos personas se odian, cuando dos personas se aman, y cuando dos personas comparten la misma sangre. Hyoga y tú no se conocían antes de que vinieras aquí, y además no eres capaz de odiar con la intensidad suficiente como para que tu cosmos copie el de tu enemigo. Sólo quedaba la tercera posibilidad.
-¿Se lo dirá a alguien?
-No. Pero si el señor Bratsk te ha escrito, es sólo cuestión de tiempo para que Saori se entere. En fin, Misha, ya dije lo que tenía que decir, y ahora debo despedirme, Esmeralda, los niños y yo partimos hoy a Inglaterra.
Misha no pudo evitar un gesto de sorpresa.
-¿Eso es todo? ¿Entregarme la carta, decirme que sabe quién soy y marcharse?
-No sé quién seas en realidad y dudo que tú mismo lo sepas. Confío en que si consideras necesario decirme algo, lo harás. Y te conozco lo suficiente como para estar seguro de que harás lo que consideres correcto. ¿O estoy equivocado?
El muchacho no contestó, Shun esperó un poco, luego le dio una palmadita en el hombro, a modo de despedida, y empezó a alejarse.
-¿Shun?
-¿Sí?
-Gracias. Por todo.
Shun sonrió levemente.
-Para servirte, Misha.
Colegio San Pablo
El padre Javier no pudo evitar una mirada de desaprobación al recibir a alguien que acababa de llegar al colegio.
Se trataba de un hombre que habría podido tener cualquier edad entre los treinta y la eternidad, no había manera de decirlo. Tenía una voz joven, ciertamente, y sus rasgos no mostraban arrugas ni marcas de expresión, algo propio de las personas jóvenes, pero su manera de hablar sugería que no era tan joven, y algo en su porte incluso insinuaba que más bien era antiguo.
Sin duda lo que más llamaba la atención era su cabello, largo hasta la cintura, y que usaba recogido en una trenza, al menos cuando visitaba el colegio. Parecía ser que estaba de moda, pensó el padre Javier, ya que era el cuarto hombre de cabello largo que llegaba de visita ese mes.
Pero ese visitante ya había estado ahí en otras ocasiones, era el padre de tres alumnos del colegio y tenía, entre los maestros, fama de ser una persona seria.
Aunque usara el cabello así de largo.
-Señor Seadragon.
-Padre Javier, me alegro de verlo.
Imposible saber si era cierto, en especial por esa costumbre del señor Seadragon de usar lentes oscuros, no había manera de adivinar la expresión de sus ojos, y el padre Javier estaba firmemente convencido de que los ojos son los espejos del alma.
Tras una breve conversación, el padre Javier volvió a sus asuntos, el visitante simplemente quería hablar con sus hijos unos minutos y no le sería difícil encontrarlos, ya conocía bastante bien el plantel.
Mientras se alejaba, el sacerdote pensó que quizá sería mejor ofrecerse a acompañarlo a buscar a los niños, después de todo, pero cuando volteó a buscarlo, el señor Seadragon ya había desaparecido.
Como si se hubiera esfumado en el aire.
Mitsumasa giró en redondo con la sensación de que alguien lo estaba llamando cuando una persona pasó cerca de él. Los ojos del muchacho se agrandaron por la sorpresa y cuando quiso hablar, descubrió que no encontraba su voz.
Kanon, por su parte, también advirtió algo extraño y no tuvo más remedio que mirar por encima de su hombro.
-U-usted... –consiguió decir Mitsumasa.
En realidad quería decir muchísimas cosas más. Como, por ejemplo, que Kanon era idéntico a cualquiera de los dos personajes que aparecían en el retrato del último Caballero de Géminis, el cual se conservaba en el Santuario, pero no conseguía decirlo, y de todos modos no hacía falta: Kanon no sabía quién podría ser ese muchacho, pero evidente que lo había reconocido de alguna manera.
-Hola, papá, no te esperaba hasta la otra semana –saludó Esteban.
Kanon no contestó. Esteban lo miró a él y luego a Mitsumasa, que seguía tratando de encontrar las palabras adecuadas para las impresiones que tenía en ese momento.
-Eh... ¿sucede algo de lo que deba enterarme ahora mismo, o es mejor que vuelva más tarde? –preguntó Esteban, en el tono de alguien que está acostumbrado a tomar como normales las cosas más extrañas.
Rodorio
Lento pero seguro, el ferry se aproximaba al pequeño puerto. Por alguna extraña razón, Hyoga sentía más el peso de la urna, como si la armadura se volviera más real en la proximidad del Santuario.
-Un centavo por tus pensamientos –dijo Shiryu.
-Creo que... debimos haber insistido un poco más. Quizá hubiéramos podido convencerlo.
-Está con su familia, y parece estar a gusto.
-En realidad... creo que lo que dije fue más por nosotros que por él. El Santuario será un caos hasta que Saori designe otro Patriarca.
-¿Y qué podría hacer él aquí? Fue expulsado de la Orden.
-Lo sé, sin embargo... tengo la impresión de que la Orden no lo considera así.
Aunque tenía que inclinar un poco la cabeza para ver a Azrael a los ojos, Hyoga nunca había tenido la impresión de que el Maestro fuera más bajo que él, hasta el momento de despedirse en el aeropuerto. La imagen de Azrael vestido con ropa corriente (aunque siempre de negro), dándole la mano al menor de sus hermanos mientras los otros cinco esperaban a poca distancia, acompañados por la madre de uno de ellos y por aquel extraño personaje rubio... había sido tan irreal como un sueño y, en cierto modo, incómoda, como si Azrael definitivamente no pudiera encajar en el cuadro que formaba su familia.
-No puedo volver, y lo sabes, Acuario. Es la voluntad de Atenea.
Aquello, aunque dicho con toda la seriedad del mundo, había sonado tan irreal como el resto de la imagen.
-Es un error.
-Quizá, pero es el error de alguien a quien juramos obedecer.
-Mira, parece que vinieron a recibirnos –dijo Shiryu.
Seiya, Shun, Esmeralda, Andy, Terry y Ginsei estaban en el muelle.
-Llevan maletas –apuntó Hyoga.
-¿Y a dónde irá ahora?
-A casa.
Eso había sonado todavía más extraño que todo lo anterior.
¿A casa? Para Hyoga ese concepto tenía relación con "familia" y "permanencia", y, de algún modo, resultaba ligado al Santuario, al menos hasta que las palabras de Azrael lo obligaron a meditar al respecto. Al regresar al Santuario, tenía la impresión de que era hora de viajar a Siberia por algún tiempo, para aclarar sus ideas. Además, a Vega también le vendrían bien unas vacaciones...
-Unos van, otros vienen –sonrió Seiya-. Shiryu, Hyoga, saluden a los nuevos caballeros del Fénix y Andrómeda.
-Caballero y Amazona –corrigió Andy.
-La Orden crece a pesar de todo, y cuenta con otros protectores que la misma Saori desconoce. El Santuario estará a salvo aunque los muros se derrumben.
¿En realidad estaba justificada la angustia de Hyoga?
O más bien...
¿En realidad estaba justificada la calma de Azrael?
-Dentro de unos quince días, procuren pasar por Londres, habrá una boda en el exilio –indicó Shun, como por casualidad, cuando el ferry estaba a punto de partir de nuevo.
-¿En el exilio, dices? –preguntó Shiryu, como si no recordara que esa la forma que Seiya había usado para referirse a su propia boda.
-No tenemos la bendición de Atenea –aclaró Shun, con una expresión extraña, irónica.
Shiryu tardó un buen rato en darse cuenta de por qué le resultaba familiar esa mirada tan imposible en Shun. Era bastante similar a la que tenía Azrael al decir "es la voluntad de Atenea".
Definitivamente, todos necesitaban unas vacaciones.
El Santuario
Vega de Lyra terminó de comprobar sus cálculos por tercera vez.
Había hecho esas mismas cartas astrales al enterarse del nacimiento de los niños Nemo, pero en aquel entonces las había reproducido en pergamino auténtico como un obsequio para Marijose y tenían más bien un propósito artístico, ya que había usado técnicas propias de los manuscritos antiguos, sabía que ahora estaban enmarcadas y ocupaban un sitio de honor en la casa de su amiga, lo que contribuyó a aumentar su sorpresa cuando Leonel le pidió que comprobara las cartas, en forma detallada.
-Bueno, pues ya está. Si tus cachorros fueran a ser aprendices aquí, entrenarían... Alex por la armadura de Sagitta, oye, qué bien, Caballero de Plata,... y Diana, por la de Leo Minor. Lo que no consigo es imaginármelos después compitiendo por la armadura de Leo.
-No te preocupes, eso no pasará.
-¿Por qué me pediste que repasara esto?
-Nada más quería estar seguro... ¿En qué fase estaba la luna cuando nació Diana?
-A ver... llena.
-Gracias, Vega.
-No hay por qué.
Al salir de la oficina de Vega, Leonel estuvo a punto de tropezar con dos amazonas enmascaradas, se disculpó sin prestarles mucha atención y trató de seguir su camino.
-¿Ya se te olvidó cómo saludar, Aioria-kun?
Si hubiera sido cualquier otra persona quien lo llamara así, se habría hecho el sordo, pero aquella amazona que utilizaba expresiones japonesas sin serlo ni parecerlo ni estar dirigiéndose a un japonés había sido una de las pocas personas que no habían dejado de dirigirle la palabra una eternidad atrás, cuando la armadura de Leo era sólo un sueño para el hermano del traidor.
Jennifer y Ana eran más altas que la última vez que las había visto, poco antes de que cayeran en desgracia ante el Patriarca... ante Saga... pero había un detalle que no había cambiado: seguían empeñadas en usar las máscaras; comprendía el motivo de Jennifer e imaginó que Ana la imitaba por solidaridad.
-Mi nombre es Leonel –dijo con suavidad.
-Oh, es cierto, y el mío es Pocahontas. ¿Ya se te olvidó que tienes amigos en los que puedes confiar, pase lo que pase, Aioria-kun?
-Jenny... –empezó a decir Ana.
-No, espera, Ana, creo que tú y yo tenemos derecho a preocuparnos por un buen amigo al que no hemos visto en veinte años y que cuando lo encontramos dice tener otro nombre y actúa como si no nos conociera.
-Clarooo... y cuando se enfade, estarás plenamente satisfecha.
-Bueno, tal vez no, pero ya lo dije, ¿verdad? ¡Tenías que haberme detenido antes de que empezara a hablar!
Leonel desvió la mirada, tratando de esconder una sonrisa exasperada.
-Lo cierto, Jenny-chan, Ana-chan,... quisiera pedirles un favor en nombre de una amistad que durado más de dos décadas y que por lo visto ha sobrevivido a unas cuantas muertes, incluyendo la de Aioria.
-Tú dirás –dijeron ambas al mismo tiempo.
-Llámenme Leonel.
Luego de unos instantes, las dos amazonas asintieron lentamente, la sonrisa de Leonel se hizo más evidente.
-Gracias
-¿Qué opinas? –preguntó Jenny cuando Leonel ya se había marchado.
-Que no vino para quedarse.
-¡De eso podía darme cuenta yo sola!
Erin
Gienath quería hablar con su hermana mayor lo más pronto posible, pero al parecer no había llegado en un buen momento. El aura de una guerrera que no le era familiar destacaba en el salón de armas de Tara y se reflejaba en la inquietud de los presentes.
La Amazona del Roble archivó para "más tarde" el asunto que quería tratar con Nemain y se colocó silenciosamente en el lugar que le correspondía como amazona principal de Tara, a la derecha del sillón que ocupaba la diosa.
Nemain tenía en las manos una nota, desde donde estaba, Gienath alcanzó a advertir que la letra era bastante clara, firme y angulosa, y que los trazos finales de la firma se inclinaban un poco hacia arriba, señales de un carácter fuerte y dominante.
-¿Por qué organiza Lord Ares este torneo? –preguntó Nemain.
-Mi Señor desea honrar a las diosas de esta tierra mágica –contestó Alhena.
-Tu Señor está rompiendo el protocolo. Según puedo entender, nos ha invitado a Macha, a Morrigan y a mí, pero no ha mencionado a Danna, a quien servimos.
-¿Desde cuándo importan esos detalles a los dueños de la Guerra? –preguntó la Berserker, con una sonrisa ligeramente burlona. Gienath tuvo que recurrir a su fuerza de voluntad para no llevar la mano a su espada.
-Nosotras no somos dueñas sino hijas de la Guerra –replicó Nemain con frialdad-. Asumiré que el omitir a la diosa madre Danna ha sido por ignorancia y no por descortesía. Puedes decirle a tu Señor que comunicaré su invitación a mi Señora y hermanas, y que le haré saber si asistiremos a su festejo. Retírate.
Alhena se despidió con una reverencia y abandonó el salón.
-¿Y esto, qué fue? –preguntó Gienath.
-Fue una provocación o es una trampa. Da igual, no caeremos tan fácilmente en su juego. ¿Pudiste averiguar algo acerca de la hija de Tiamat, Bárbara?
-No mucho... tiene a una descendiente de los Primordiales como aprendiz.
-¿Sí? ¿De qué tribu?
-De los hijos de Bosque y Lluvia.
El Santuario
Muchas veces había escuchado que el heroísmo consiste en estar en el sitio equivocado en el momento equivocado y además tener la mala suerte de actuar de acuerdo con la propia conciencia. La persona que solía emplear esa frase, su abuelo paterno, no era alguien a quien pudiera considerarse cínico o pesimista; simplemente hablaba en esa forma porque estaba convencido de que dos terceras partes del valor eran mala suerte, y el tercio restante, un exceso de honradez.
Meditando en eso, Misha se preguntaba qué hacía realmente en el Santuario.
No lograba comprender qué lo había impulsado a huir de su casa y viajar hasta Grecia, tampoco entendía por qué había llegado al Santuario ni de dónde había salido la ocurrencia de solicitar lugar como aprendiz.
¿Para qué había fingido aprender junto con los demás, cuando su abuelo se había encargado de entrenarlo desde su infancia y sabía perfectamente que al llegar al Santuario tenía ya el nivel de un Caballero de Plata?
Al principio había pensado que lo que lo impulsaba era el deseo de vengar a su padre... y ahora se preguntaba ¿vengarlo en quién? ¿Y para qué?
Por eso cuando acababa de abandonar el Santuario por una zona despoblada y vio a Hyoga que se aproximaba a él, sintió de nuevo la mano misteriosa que lo había estado guiando. Hyoga no tenía ningún motivo para regresar al Santuario por ese lado, siempre usaba el camino principal... ¿por qué había elegido ese camino precisamente cuando Misha iba a marcharse?
Hyoga empezó a preguntarse si algún día se acabarían las sorpresas. ¿Por qué entre todas las cosas que sucedían a diario tenía que encontrarse a Misha con su mochila de viaje, abandonando el Santuario por un camino que no era el principal, justo como un adolescente que estuviese huyendo de su casa?
-¡Mihail! ¿Qué se supone que estás haciendo?
-Hubiera sido mejor que no preguntaras –replicó Misha, con un aspecto tan fatigado que lo hacía lucir mucho mayor de lo que era en realidad.
El Vaticano
Siete Ángeles y una Sombra escalaban Star Hill tratando de pasar inadvertidos para los habitantes del Santuario. Ragüel abría la marcha, Anmael y Miguel iban al final.
Azrael era el segundo en la escalada, pero aún así se dio cuenta de inmediato cuando Anmael empezó a tener problemas: de un momento a otro, todas las piedras de las que trataba de sujetarse estaban flojas. Pudo haber caído, pero Miguel consiguió sostenerlo hasta que recuperó el equilibrio.
-Por amor a Dios, ten cuidado... -empezó a decir Miguel.
Anmael asintió, pero ya era tarde, tocó ligeramente otra piedra suelta, la cual se desprendió de la ladera y cayó golpeando otras.
-¡Anmael!
La Sombra Azul se sonrojó un poco.
-... El golpe avisa... –respondió, en voz muy baja, al enfurecido Miguel.
El resultado final de la caída de la piedra fue un pequeño derrumbe que acabó tumbando unos cuantos árboles. Azrael casi pudo ver las ondas sonoras extendiéndose hacia el Santuario.
-Ya lo creo que avisa... –dijo Gabriel con algo de desaliento-. Si quedaba alguien que no nos había detectado acercándonos, ahora debe haberse dado cuenta.
-No era mi intención –protestó Anmael, haciendo un puchero.
-Mis dudas tengo –dijo Rafael, sombrío-, miren allá.
Una forma oscura empezaba a cubrir el cielo, había algo familiar...
-¡DESPIERTA!
Estuvo a punto de caerse de la silla
-¿Qué?
No, no estaba escalando Star Hill, estaba en la cocina de su casa, en el Vaticano, y se había quedado dormido mientras los demás preparaban el almuerzo.
-Te dije que lo dejaras dormir tranquilo –protestó Miguel.
Anmael, que era quien le había gritado que se despertara, puso una cara digna de un mártir.
-Pero estaba teniendo una pesadilla...
-¿Y tú cómo sabes eso? –dijo Rafael, con aire de desconfianza.
-Sé reconocer las pesadillas, he vivido entre ellas toda mi vida.
-Está bien, está bien –dijo Azrael mientras se frotaba los ojos-, no era un sueño particularmente agradable.
Por alguna extraña razón, a los demás no parecía importarles mucho lo que opinara él, ya que siguieron discutiendo con Anmael sin hacerle caso. En medio de las voces airadas, alcanzó a escuchar que alguien llamaba a la puerta y fue a abrir, bastante resignado.
Las cosas habían sido bastante enojosas desde su decisión de proteger a Anmael. No era tan ingenuo como para esperar que la Sombra tuviera buenas intenciones, pero se sentía decepcionado al ver la forma en la que sus hermanos estaban siempre buscándole pleito, cosa que Anmael aprovechaba para actuar como víctima y obligarlo a salir en su defensa, era evidente que disfrutaba sembrando cizaña entre ellos y resultaba doloroso que los demás cayeran con tanta facilidad en su juego...
Todos sus problemas familiares fueron arrojados al rincón más lejano de su mente al abrir la puerta y ver al visitante inesperado.
No lo conocía personalmente, y de hecho, se suponía que era alguien que había muerto por la época en la que él era un niño pequeño, pero había encontrado su fotografía en los archivos del Santuario, y, por lo visto, Albiore lo conocía a él.
-Maestro Keres, menos mal que he podido encontrarlo.
¿Y además lo llamaba "Maestro"?
Siempre sucede algo más cuando creemos que ya no puede pasar nada que nos sorprenda.
-Oh... lo siento, supongo que estará preguntándose qué clase de loco soy.
-No, si lo sé... Quiero decir, sé quién es usted –atinó a decir Azrael-. Es sólo que por un momento creí que era un fantasma... Tenía entendido que había muerto.
-Sí y no... yo... eh...
-Pase, por favor.
Albiore estaba a punto de hacerlo, pero no se movió de su sitio. Azrael se sorprendió al verlo palidecer, no se había imaginado que pudiera ponerse todavía más blanco de lo que ya estaba.
-¿Le ocurre algo?
-Tú...
-¿Yo?
Albiore dio media vuelta y escapó corriendo. Azrael no lo siguió, sólo se quedó en su sitio, bastante desconcertado, hasta que escuchó una risita a sus espaldas.
-¿Qué es lo gracioso, Anmael?
-¿No te diste cuenta? ¡Te confundió con Tamiel!
-¿Qué?
-Ahora es adulto, pero lo reconocí de inmediato. Cuando las Sombras atacamos el Santuario la primera vez, tres aprendices quisieron participar en la batalla. Recuerdo sus nombres: Marin, Aioria y Albiore.
Azrael enarcó las cejas y se dispuso a alcanzar a Albiore.
-¡Detente ahí donde estás! –exclamó Miguel, con su tono más autoritario.
-Será cosa de un minuto –respondió Azrael sin mirar atrás.
-He dicho que no. Lo que suceda con los dioses griegos y sus servidores no es asunto nuestro.
Tenía la impresión de haber estado esperando desde el recuentro de los siete hermanos que algo así sucediera. En esa reencarnación, Azrael había chocado más de una vez con Miguel y siempre terminaba cediendo porque mantener la paz entre los siete resultaba más importante que su propia opinión, pero quizá era el momento de imponerse, aunque fuera por una vez...
-No puedo negarle mi ayuda a alguien que me necesita –dijo Azrael, con la mayor suavidad posible para evitar que Miguel se sintiera ofendido, y preparándose mentalmente para cualquier réplica.
Anmael cerró la puerta de un empujón.
-¿Pero qué haces? –preguntó Azrael.
-No tiene caso que lo busques. Aunque logres alcanzarlo y convencerlo de que no eres Tamiel, creo que ya ha perdido el impulso para lo que trataba de hacer.
-Odio estar de acuerdo con Anmael, pero tiene razón –dijo Miguel-. Ocupémonos de nuestros asuntos.
Azrael bajó la mirada, cediendo una vez más.
Ninguno de los dos ángeles notó la leve sonrisa que apenas tocaba los labios de Anmael. Quien sí lo vio fue Raquel.
Aeropuerto de Atenas
-¿Y estás seguro de los datos que te dio la abogada? –preguntó Shun.
-Pues, la verdad, es lo único que he conseguido y es mejor que nada, ¿no te parece? Ahora sé que al menos uno de sus hermanos vive en el Vaticano.
-Esperemos que sirva de algo... ¿Puede saberse por qué tienes tanta prisa por verlo?
-Tengo un recado para él...
La voz de una empleada del aeropuerto hablando por los parlantes interrumpió la conversación.
-Señor Seiya Kido, por favor, diríjase a Información.
Sorprendido, Seiya obedeció, para enterarse de que un paquete con su nombre había sido entregado unos minutos antes.
-¿Será una bomba? –preguntó Shun, enarcando una ceja.
-Por favor, no me hagas esa clase de bromas... hum, esto no tiene remitente.
Al abrirlo, encontró una pequeña caja de madera, dentro de la cual, cuidadosamente envuelto, había un ángel de oricalco, el mismo que sirviera como remate al báculo del Patriarca.
-Como te iba diciendo... tengo un recado para él, y, por lo visto, también tengo que entregarle esto...
-Déjame darte un consejo... ve preparado para cualquier cosa.
-Lo estoy, siempre he estado de acuerdo con Murphy.
-¿"Si algo puede salir mal, sale mal"?
-Eh... no esa ley precisamente, una de las otras.
-¿Cuál?
-"Todavía se puede poner peor".
Laboratorio Central de la Fundación Graude, Suiza
Cristina comprobó los datos por enésima vez, no cabía duda. Exael había metido la pata.
Bueno, no era exactamente que se hubiera equivocado, a fin de cuentas había cumplido con las órdenes de Lilith y había capturado no a todos los Guerreros, pero sí a una buena cantidad de ellos, nueve, para ser exactos. El problema era que no había logrado traer precisamente a la persona que Cristina tenía interés en ver; y eso lo ponía furiosa.
Y para empeorar las cosas, no podía desahogarse gritándole a ese torpe todo lo que pensaba acerca de él, una tecnomaga, por muy importante que fuera, y sin importar cuán indispensable resultara para la Señora, no podía darse el lujo de tratar a una Sombra como si fuera un subordinado.
¿Hasta cuándo tendría que esperar para tener a los doce Guerreros juntos y poder concluir su trabajo? Habían sido casi diez años desde que ingresara a la Fundación Graude bajo la autoridad de Lilith; para encontrarse ahí con el legado de uno de los grandes científicos de los últimos tiempos, al cual consideraba su maestro e inspiración. Casi había llorado de alegría cuando Lilith le hizo saber que deseaba que ella continuara la máxima obra de Kay MacFinn. Pero todo había sido un contratiempo tras otro.
Y ahora llegaba Exael y le traía sólo a nueve Guerreros y ninguno era de particular importancia para su trabajo. Inaceptable.
Pero de todos modos se las arregló para sonreír.
-Gracias, Exael –dijo con calma.
La Sombra Violeta hizo la señal correspondiente a "de nada" y se marchó.
Cristina repasó las fichas de los nuevos especímenes, jugando sin darse cuenta con el anillo que usaba en la mano derecha, un anillo de oro con una incrustación de malaquita.
Colegio San Pablo
-Así que eres hijo de Seiya –dijo Kanon, con aire pensativo.
-¿Conoce a mi padre? –preguntó Mitsumasa.
-Nos hemos encontrado unas cuantas veces, pero siempre con demasiada prisa como para poder conversar como debiéramos. Debo admitir que nunca imaginé que Seiya fuera a ponerle Mitsumasa a uno de sus hijos, esperaba cualquier otro nombre. Aioros, por ejemplo.
Mitsumasa se sonrojó ligeramente.
-Me lo han comentado con alguna frecuencia. ¿Conoció a... mi tocayo?
Kanon meditó un poco antes de contestar.
-Más de lo que hubiera querido y no lo suficiente como para apreciarlo.
Vaya, al sujeto parecía gustarle hablar en enigmas.
-Papá me dijo una vez que ponerme este nombre era lo más cerca que podía llegar de reconciliarse con el señor Kido. Dijo que quizá habrían podido ser amigos si el anciano hubiera vivido un poco más.
-Tiene algo en común con él: una terquedad extraordinaria... oh, no pongas esa cara, no pretendo hablar mal de ninguno de los dos. Para ser sincero, admiro la terquedad de tu padre, le salvó la vida en más de una ocasión. Ahora, tengo la leve impresión de que estás ansioso por preguntar algo y no sabes cómo hacerlo.
Mitsumasa, Esteban y el señor Seadragon habían ocupado una de las bancas de piedra que salpicaban el jardín del colegio. Esteban había permanecido callado y Mitsumasa ni siquiera estaba seguro de si el muchacho escuchaba o no lo que conversaban ellos, pero lo más importante en ese momento es que sí tenía una pregunta que no sabía cómo plantear.
-Seadragon... Dragón del Mar... y su nombre es Kanon... yo... yo quisiera saber...
-¿Si soy Kanon del Dragón Marino, General Marino de Poseidón y hermano gemelo de Saga de Géminis, Caballero Dorado de Atenea?
-Pues... sí.
-La respuesta es no. Soy Kanon Seadragon, librero.
-¿Li...?
-Librero. Vendo libros. Si conozco a tu padre es porque tengo una librería en Rodorio... quizá la conozcas: Universo Otaku.
Mitsumasa abrió mucho los ojos. Si Kanon negaba con tanta tranquilidad ser el mismo Kanon del que había escuchado hablar en una que otra ocasión, sólo había dos posibilidades: que lo fuera y estuviera mintiendo con un descaro increíble, o que estuviera diciendo la verdad y aquella semejanza (incluso en lo que toca al apellido) fuera la coincidencia más extraordinaria que el muchacho vería en toda su existencia.
-"Seadragon" es sólo la traducción al inglés del apellido de mi madre, Dracomarii, la idea era hacerlo un poco más comercial.
-Pero entonces... ¿usted no es un...?
-¿Un caballero? Claro que no lo soy. Y nunca lo he sido. Te he platicado esto porque he tenido el mismo problema desde que acepté trabajar en el manga...
-¡Pero por supuesto! ¡Usted es el modelo que posó para los diseños de Saga y Kanon en "Saint Seiya"! –exclamó una voz femenina.
Los tres se pusieron en pie más por sorpresa que por cualquier otra cosa. Varias estudiantes estaban ahí, con los ojos brillantes de admiración.
Luego de conversar un rato con las jóvenes, Kanon se disculpó y se alejó junto con Esteban, para tratar "un asunto de familia". Abandonado a su suerte, Mitsumasa tuvo que ingeniárselas para escapar del grupito (que crecía más a cada segundo) de otakus del colegio, que repentinamente habían hecho la conexión entre su nombre y el manga. Cuando por fin lo consiguió, ya había olvidado qué era lo que no encajaba de todo lo que había hablado con el señor Seadragon.
-Creí que eras mejor para inventar mentiras –dijo Esteban a su padre.
Kanon sacudió la cabeza.
-No tiene importancia, antes de que logre darse cuenta de lo inconsistente de mi historia, tendrá otras cosas de qué ocuparse, y tú también, si las Triadas están en lo cierto.
-¿Qué ocurre ahora?
Esteban puso todos sus sentidos en las noticias que le traía Kanon. Si los tres dioses de la Justicia y las tres diosas de la Luna lo habían enviado sin avisar siquiera, sólo podía significar problemas.
Esa tarde, Mitsumasa llegó a clase justo a tiempo. Esteban había llegado antes que él, pero no tuvo oportunidad de hablarle, no sólo porque el profesor ya había empezado a explicar las funciones de las proteínas, sino también porque Esteban estaba demasiado ensimismado como para prestarle atención.
El Vaticano
Albiore no se sorprendió al darse cuenta de que no sabía en dónde estaba. Había caminado sin rumbo y ese lugar en medio del laberinto de callejuelas empezaba a parecerle una metáfora sobre su vida, si es que a eso podía considerársele una vida.
La única cosa de la que había estado cien por ciento seguro en los últimos veinte años, era que había muerto en la Isla de Andrómeda. Milo y Afrodita habían hecho un buen trabajo. La isla había sido arrasada, él había muerto y sus discípulos se habían dispersado.
Cuando volvió de entre las sombras para encontrarse bajo el poder de Ares, había estado a punto de suicidarse, era la única forma que se le ocurría para poder escapar, pero Saga... Ares se había reído de él y le había contado por qué estaba con vida nuevamente.
No, no podía darse el lujo de escapar cuando Mirach y Zaniah estaban atrapados en algo peor que el infierno. Ellos eran su responsabilidad.
Con la espalda apoyada contra una pared, se dejó resbalar hasta quedar acuclillado en el suelo. Desde su regreso, había intentado llorar con bastante frecuencia, tampoco ahora lo consiguió, hasta ese consuelo le había sido negado. Y también toda esperanza.
Esperanza.
Había visto tantas esperanzas romperse como burbujas de jabón que ya estaba empezando a dudar de que hubieran existido alguna vez. Había perdido todo lo que poseía, todas las personas a las que amaba, su propia vida y el derecho a descansar después de la muerte, y ahora acababa de descubrir que la persona a la que había pensado pedir ayuda era un enemigo más. Tamiel del Rayo Añil...
-Sí que tienes mal aspecto, Maestro.
Javier y Josué. ¿No deberían haber partido ya a Inglaterra para ayudar a Misty?
-Creo que esta es la tercera vez que intenta hablar con gente ajen a nuestra Orden –comentó Javier.
-Y el Amo tiene muy poca paciencia –añadió Josué.
-Ha llegado a considerar que estos reiterados intentos por comunicarse con los Caballeros de Atenea son un intento de traicionarlo.
-El precio de la traición es la muerte.
Había entrenado a veinte o más de los actuales Berserkers de Ares y siempre notaba la misma cosa: sin importar cómo fuera su forma de ser original, una vez que cualquiera de ellos obtenía su armadura se convertía en algo como lo que tenía enfrente en ese momento. Las excepciones eran muy pocas.
Mientras se preparaba para el combate, se repitió a sí mismo, casi con desesperación, que aquellos dos habían dejado de ser Javier y Josué, los simpáticos gemelos que siempre tenían la risa a flor de labios y que habían estado a su cuidado desde los diez años. Eran Eris y Harmonía y estaban listos para matarlo.
Erin
Era un día hermoso para un torneo. El eterno verano de las Islas Afortunadas se mostraba en su máximo esplendor y la suave brisa de la media mañana hacía ondear las banderas.
Alhena recorrió con la mirada el lugar elegido para el torneo que Ares había organizado. Era un prado en el que ya se había construido un palco cubierto con un dosel de seda. Los invitados habían llegado y ocupaban ya sus lugares. Por supuesto, Danna tenía el sitio de honor, luego estaban las tres diosas de la Guerra, y en un arranque de falsa humildad que no engañaba a nadie, Ares había decidido ocupar un sitial inferior a los de Macha, Morrigan y Nemain.
La mirada de Alhena se desvió hacia el grupo de caballeros de las Islas Afortunadas que representarían al pueblo de Danna en el torneo. Todos lucían jóvenes y fuertes, ataviados con armaduras europeas de distintas épocas que iban del siglo IX al XIII. Desde la distancia en que se encontraba, no podía identificar a ninguno excepto por sus emblemas, así que prestó toda su atención a ello.
Ah, finalmente, ahí estaba.
Un caballero que ya llevaba el rostro cubierto por el yelmo lucía, en la punta de su lanza, un pañuelo color sangre, evidentemente colocado ahí por su dama. Y el rojo era un color reservado en Erin para las diosas de la Guerra. Alhena sabía de sobra que de las tres solo Nemain tenía un caballero al que entregaría su pañuelo, y aunque no lo supiera, se habría dado cuenta de quién era al ver que lucía una banda blanca en su yelmo, lo cual en la Edad Media había sido el distintivo de los caballeros nacidos en Francia. Sonrió satisfecha, Kamus de Erin participaría en el torneo, y a ella, por ser la principal entre los generales de Ares, le correspondería batirse contra el principal de los caballeros de Nemain.
Sin dejar de sonreír, terminó de ajustarse los guantes de su armadura. La armadura de Ate era color rojo sangre, como la mayoría de las armaduras de los berserkers, sólo unas pocas lucían un color distinto, y éstas eran blancas, para hacer resaltar todavía más la sangre que cayera sobre ellas durante un combate.
No estaba acostumbrada al tipo de armas que se destinaban para los torneos, pero confiaba en su habilidad natural y en las instrucciones de Ares, era casi tan buen maestro como lo había sido Saga.
Mientras esperaba que iniciara el torneo, miró de nuevo hacia el palco. Fobos y Deimos habían llegado sin hacer ruido, como siempre, y ocupaban sus lugares, de pie y detrás del sitial de Ares.
La gente de Erin fingía no verlos, pero su presencia inquietaba aún a la propia Danna, cosa que le arrancó una sonrisa amarga a Alhena.
Los dos guardaespaldas de Ares vestían sencillas túnicas cortas, al estilo de los jóvenes griegos de la antigüedad, y cada uno usaba una piel de oso polar a modo de capa. Todo en ellos resplandecía como nieve, incluyendo los brazaletes de platino con incrustaciones de marfil (meramente ornamentales, demasiado delicados como para ofrecer protección alguna), hasta las sandalias de piel blanca; ambos tenían el cabello de un rubio casi blanco... y una palidez nada tranquilizadora en la piel que quedaba expuesta al aire. Pero lo que probablemente causaba más angustia eran sus máscaras, tan blancas como las pieles de oso, y carentes por completo de rasgos; Alhena se había preguntado más de una vez cómo conseguían ver y respirar a través de eso, en caso, claro de que realmente necesitaran ver... o respirar.
Corrían cientos de rumores acerca de ellos dos entre los berserkers. Algunos afirmaban que aquellos dos eran los auténticos Fobos y Deimos de la mitología, y que se habían dado el lujo de no reencarnar. Otros decían que las máscaras ocultaban dos calaveras descarnadas o alguna horrible cicatriz de guerra. El rumor al que Alhena había prestado más atención (y que era el menos difundido) afirmaba que los berserkers de Fobos y Deimos habían sido dos muchachos que habían ofrecido sus almas a Ares a cambio de que éste reviviera a un muerto.
Pero no era momento para perderse en especulaciones. El torneo estaba a punto de empezar, y los planes de Ares marchaban viento en popa.
Colegio San Pablo
-¡Oh, Dios! Cuántos son mis enemigos,
cuántos los que se alzan contra mí,
cuántos los que dicen de mi vida:
"Dios no puede ser su salvación".
Mas tú, mi Dios, eres escudo que me ciñes,
mi gloria, que sostienes mi cabeza.
A voz en cuello clamo a mi Señor
y Él me responde desde su monte santo.
Al ir acercándose a la capilla, Braulio alcanzó a escuchar la voz de un miembro del coro ensayando uno de los salmos, el 3, ya se lo sabía de memoria a fuerza de escucharlo y siguió la voz inmediatamente. Al cabo de un año de haber sido adoptado por su nueva familia, a Braulio ya le era inconfundible la voz del que había pasado a ser su hermano; Esteban tenía una cualidad especial para la música sacra y cantar era una de las cosas que lo hacían realmente feliz, aunque también le traía uno que otro problema, como las quejas de su compañero de habitación, que empezaba a detestar al músico.
Esteban siempre cerraba los ojos al cantar, disfrutando cada nota con toda su alma, aún así, se dio cuenta de la llegada de Braulio y guardó silencio de inmediato.
-Si estás pidiéndole protección para una batalla, es señal de que estás preocupado –dijo Braulio, mirando hacia el altar como si dudara entre arrodillarse y permanecer en pie.
-La forma correcta de saludar al Santísimo es una genuflexión y la señal de la cruz –señaló Esteban-, dado que no eres católico, no te voy a pedir que lo hagas, nada más procura no hablar muy alto. Y siempre le pido ayuda a Él. Anda, acércate.
Braulio se sonrojó, pero obedeció inmediatamente. Cuando llegó a la banca que ocupaba su hermano y se sentó junto a él, se dio cuenta nuevamente de que ese "algo" especial que había en la capilla lo obligaba a hablar en susurros, incluso sin la advertencia de Esteban. La única forma en que alguna vez había conseguido elevar ahí la voz era cantando, y la música nunca se le había dado bien.
-¿Entonces es seguro? ¿Papá no tiene ninguna duda al respecto?
-Creo que prefiero correr el riesgo de equivocarse que el de no avisarnos, la verdad es que quisiera que esta vez fuera un error. No me siento listo para un combate real... y creo que no lo estaré nunca.
-¿Qué dice Daniela?
-No dice nada, reserva su juicio para después de que haya pasado todo. Ahora está practicando. Preparándose.
-A veces me sorprende. Y tú, ¿estás preparándote?
-Cada quien lo hace como mejor puede. Estamos esperándolos, ¿no? Veremos si es cierto que en guerra avisada...
Braulio cerró los ojos y se concentró en seguir con el pensamiento, ya que no conseguía hacerlo con la voz, la canción de su hermano.
-Yo, sea que me acueste, que me duerma
o me levante, sé que Dios me ayuda.
No temo a los millares de gente
que vienen contra mí de todas partes.
El Santuario
Hyoga supo en ese momento que algo andaba mal. La temperatura bajó en una forma tan rápida y a tal extremo que se pudo escuchar claramente un crujido al tiempo que la hierba húmeda se congelaba. Luego de escuchar la historia de Misha, no había podido evitar una sonrisa que sin duda había sido malinterpretada por el muchacho. Había sonreído porque de pronto sentía una alegría como no había esperado sentir en mucho tiempo, pero probablemente Misha había pensado que no le creía y que estaba riéndose de él.
-¡FLECHAS DE HIELO!
No era exactamente como el Polvo de Diamantes, los fragmentos de hielo eran más grandes y mucho más escasos de lo que deberían, pero la postura que Misha asumió era muy similar a la que Cristal le había enseñado a Hyoga.
No tuvo necesidad de moverse para esquivar las filosas saetas, era evidente que Mihail no había intentado lastimarlo con algo tan lento y espaciado como eso.
-¿Por qué me atacaste?
-¿Quién dice que te ataqué? Si lo hubiera hecho, no estarías en condición de interrogarme. Sólo quería dejar algo claro.
-¿Que conoces técnicas que Geki no pudo haberte enseñado? ¿Que tu cosmos es de hielo y de la misma tonalidad que el mío? Te creo, Misha. También te creo si afirmas que eres hijo de mi Maestro, no hacía falta que me lo demostraras.
-¿Entonces por qué esa risa?
-¿Por qué crees? ¡Es una gran noticia!
-... Perdóname. Estoy algo sensible esta mañana.
-No tenía idea de que mi Maestro tuviera familia. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
Había algo de extrañeza en la mirada que le devolvió Misha.
-¿No sabías de su familia?... Oh, eso explica por qué... Alexei Bratsk. ¿Te suena familiar ese nombre?
-No. ¿Debería?
-Tal vez.
Misha sonrió con tristeza. No había disminuido su cosmos en ningún momento y más bien había iniciado una pequeña nevada.
-Él sirvió a Atenea y al Santuario durante cuarenta años, hasta que su hijo Nikolai tomó su lugar... tú conociste a Nikolai.
-¿Sí?
-Sí, sólo que tu lo llamabas por el nombre de su armadura. Era el Caballero de Cristal.
Los recuerdos volvieron de golpe a la memoria de Hyoga. Siberia, el campo de entrenamiento, los otros aprendices, el Maestro Cristal... y un hombre grande como un oso y todavía tremendamente fuerte a pesar de su edad, el padre de Cristal, el Maestro Alexei.
-Y Nikolai Alexevich era mi padre –continuó Misha.
-Eso veo. ¡No me explico cómo no noté antes la semejanza!
La sonrisa de Misha se hizo más amplia, aunque seguía igual de triste.
-Sé que esos nombres deben serte familiares, pero no solo por el tiempo que pasaste entrenando para obtener la armadura del Cisne. De pequeño, viviste en la misma casa que Nikolai y Alexei hasta que tu madre, Natasha, te llevó a Japón.
-¿De qué...?
El cosmos de Misha desapareció como por encanto, el joven recogió su mochila y le dio la espalda a Hyoga.
-Mihail, espera...
-En la mesita de noche, en mi habitación, encontrarás un álbum de fotografías. Son retratos de mi familia, un regalo para ti.
-Pero... Misha, no puedo aceptar algo así.
-Oh, ¿es la costumbre japonesa de rehusar un par de veces antes de aceptar? Has pasado demasiado tiempo entre orientales. He dicho que es un regalo. Mi madre vive aún y tengo muchas otras fotografías de mi padre y mi tía, pero no creo que tú conserves alguna de tu madre... Primo Hyoga.
-¿"Primo"? ¿Pero de qué estás hablando?
-¿Es que no lo has entendido? Tu "Maestro Cristal" era también tu tío Nikolai, el hermano de tu madre.
Un terremoto en ese momento no habría sorprendido más a Hyoga. Demasiadas cosas curiosas, demasiados recuerdos fragmentados encajaron en sus lugares en forma repentina. Era cierto, y de alguna manera siempre había sabido quién era Cristal realmente, pero una parte de él se había negado a recordarlo hasta ese momento.
-¡Mihail! ¡Espera!
Isla de la Reina Muerte
Alguien había tenido piedad ese día y soplaba algo de viento para refrescar el calor del ambiente. Fénix cerró los ojos para disfrutarlo mejor, sorprendida de lo mucho que le costaba acostumbrarse al clima de la isla luego de su ausencia.
Además, trataba de poner la mente en blanco, apartarse un poco de las angustias y preocupaciones. Si tan sólo pudiera concentrarse un poco, con calma, tal vez podría encontrar una solución. O al menos darle un poco de sentido a todo lo que le había estado pasando últimamente.
Ismael estaba cerca de ahí, lo suficiente como para llegar con rapidez si lo necesitaba, pero al mismo tiempo lo bastante lejos como para no molestarla. Era sorprendente lo bien que la comprendía el muchacho griego.
-¿Ismael?
-¿Sí?
-¿Qué eras tú antes de que Marcela te encontrara?
-Trabajaba en una granja hidropónica.
-Y ella... ¿te dijo algo acerca de nuestra misión?
-No. A veces creo que se equivocó de persona cuando me trajo la placa dorada. ¿Y a ti?
-Una parte de mí sabe todo lo que necesita saber al respecto. El resto de mí sólo contempla lo que pasa y cada vez entiende menos. Creo que ese el sentido de que los animales del zodiaco despertaran dentro de sus huéspedes humanos. Ellos saben lo que quieren, nosotros sólo somos el vehículo para lograrlo.
-¿Eso piensas en verdad? ¿Nuestra opinión no cuenta para nada?
-¿Ha contado alguna vez?
-Mar dijo que estábamos destinados a ser los constructores de la paz, pero que una vez despiertos los Guerreros, seríamos el motivo del fin del mundo, porque esa había sido la voluntad de Yu Huang.
-Sin embargo, Fénix, yo no creo en los dioses chinos, y aunque creyera, no me fiaría de ellos, a más de uno lo han destituido sus mismos adoradores por incompetente.
-Sin embargo... parece ser que Yu Huang es real...
-¿Tú has hablado con él?
-No, pero...
-Soy un hijo de la Iglesia Ortodoxa, si alguien me presentara un caso como este lo primero que haría sería preguntarme si el tal Yu Huang que desea que yo acabe con el mundo no será un demonio disfrazado, y yo un ingenuo por dejarme envolver en esto tan cándidamente. Y en todo caso, aparte de la palabra de Marcela, ¿qué pruebas tenemos de que causar una guerra mundial sea la misión que nos corresponde cumplir, en caso de que realmente haya una misión?
-Pero nosotros no...
-No actuamos por nuestra voluntad. Ahí está el detalle, ¿verdad? Nunca te ha simpatizado tu primo Terry, pero fue la guerrera del Gallo, no Fénix, quien lo atacó... ¿es eso lo que quieres decir?
-En parte...
-Pues no es verdad.
-¿Eh?
-Existe algo que se llama "libre albedrío". También existe el deseo del bien y la fascinación del mal. Esos tres elementos deben interactuar y darle forma a lo que se supone que es ser humano. No sé muy bien qué es lo que nos pasa ahora, pero sí estoy seguro de algo y es una idea que defenderé mientras tenga vida: pueden quitarnos todo, menos la libertad de elegir nuestra propia actitud. Esa "otra persona" que parece tomar el control cuando usas la armaduras no debería poder reemplazarte y dejarte observando lo que hace en tu lugar.
-Pero lo hace.
-¿Estás segura? Porque yo no experimento ningún cambio.
Fénix lo miró con sorpresa. Ismael tenía la mirada fija en el mar, pero parecía estar conciente de que había logrado su atención.
-El Gallo no es una personalidad secundaria mía... ¡es el gallo del zodiaco chino!
-¿Has pensado que quizá te asustaste tanto de darte cuenta que eres capaz de buscar la muerte de alguien, que preferiste pensar que otra persona lo hacía en tu lugar?
Fénix lo miró con sorpresa. ¿Podría ser cierto eso?
Colegio San Pablo
-¿Bueno, y para qué querías verme? –preguntó Mitsumasa con algo de fastidio cuando encontró a Ethan sentado en el brocal de la fuente.
-¿Yo a ti? Fuiste tú quien me dejó recado de que viniera acá.
-Pues yo encontré una nota tuya en mi habitación, indicándome que viniera –respondió Mitsumasa, mostrándosela.
-Esta no es mi letra –Ethan sacó otra nota-... y empiezo a imaginar que esta tampoco es la tuya.
-No, no lo es...
-Tengo clase en diez minutos –dijo Vadhani, que acababa de llegar-, si tienen algo que decirme, más vale que lo hagan rápido...
-Sí, por favor, nosotras tenemos que ir a ensayar con el grupo de teatro –dijo Eloísa, que venía por otro rincón, acompañada por su mejor amiga, una chica de cabello oscuro llamada Carolina.
-¿Quién de ustedes fue el que me dejó una nota diciéndome que viniera? –preguntó Rhiannon.
-¿Pero qué está pasando aquí? –preguntó Mitsumasa al ver llegar a Ten y Sora.
-En realidad, se trata de una pequeña reunión, convocada por nosotros –dijo alguien más.
Todos voltearon a mirar hacia el roble más alto, tres jóvenes estaban cómodamente ubicados entre sus ramas, donde habían esperado escondidos a que los demás se reunieran. Esteban, Braulio y Daniela Seadragon.
-Ustedes... –Ethan frunció el ceño, notando que el Baelrath empezaba a despedir un intenso brillo azul-. ¿Qué es lo que quieren?
-Parlamentar –dijo Braulio-. Llevamos casi un año fingiendo que no sabemos que estás vigilando esta fuente y tú llevas el mismo tiempo fingiendo que no sabes que estamos vigilándote, Ethan de Erin. Tú quieres el poder de la Fuente para el pueblo de Danna y nosotros queremos que permanezca intacta, como propiedad de las Triadas de la Luna y la Justicia. Pero está a punto de suceder algo que nos obliga a borrar nuestras diferencias.
-¿Ah, sí?
-Sí. Ares está a punto de atacar el colegio para apoderarse de la Fuente.
-¿Ares? ¡No se atre...! Pero qué estoy diciendo, claro que se atrevería.
-Es por eso que queremos proponerles una alianza.
-¿Y con quiénes se supone que nos estamos aliando? –interrumpió Ten.
-Somos tres de los Caballeros de Némesis, el hermano gemelo de Atenea.
-De Némesis... –murmuró Ethan-. He escuchado acerca de ustedes, usan armaduras que son contrarias a las que se forjaron para Atenea, como las imágenes en un espejo.
-Una visión un tanto simplista de lo que son realmente nuestras armaduras. Nosotros las llamamos Dobles Oscuros, pero eso es una historia demasiado larga y no tenemos tiempo –dijo Braulio.
Gritos de terror llegaron hasta ellos de repente.
-El ataque se ha iniciado –dijo Esteban.
El Santuario
-Bueno, esto es lo que me gano por seguir pensando en mí mismo como Caballero del Unicornio, a pesar de ser ya el del Escorpión –se dijo Jabu a sí mismo-. Seguí a la hermosa doncella y me dieron una puñalada por la espalda. No sé ni por qué me sorprendo, ya es la segunda vez que me pasa... Pero lo que en definitiva no entiendo es qué diantres hago aquí.
Esa parte del Santuario se conocía popularmente como "la bodega", pero en realidad era más bien un museo, un enorme museo.
Jabú llegó a la parte que le interesaba y contempló con aire sombrío la sección de los alicornos.
Desde la Edad Media hasta bastante avanzado el Renacimiento, varias reencarnaciones de Atenea recibieron cuernos de unicornio como regalos por parte de diversos nobles y gobernantes europeos; ahora ocupaban un rincón del Santuario, acumulando polvo.
Nada más verlos, comprendió que se trataba de falsificaciones: la gran mayoría eran cuernos de narval, y había incluso algunos colmillos de elefante que habían sido tallados para simular las legendarias estrías del alicorno.
-No, aquí no ha habido nunca un cuerno verdadero de unicornio... y no veo nada que se parezca a la joya que describió Deidre... en cualquier, caso, de estar, estaría mejor guardada.
Jabu repasó una vez más las hileras de cuernos, contándolos, mientras recordaba su última conversación con Deidre, antes de acompañarla hasta la casa de Vanessa. No había dicho ni sí ni no a su petición de ayuda; su primer impulso había sido decírselo todo a Saori, pero luego de pensarlo un poco le pareció que era mejor reunir pruebas antes de hacerlo, así que buscó la joya por el Santuario.
Y mientras recorría el museo, empezó a interrogarse a sí mismo otra vez. ¿Realmente guardaba silencio sólo hasta tener algo en qué apoyarse? ¿O sólo estaba retrasando el momento de tomar una decisión?
Siempre había pensado que sabía lo que hacía, ahora de pronto se daba cuenta de que no estaba seguro de nada.
Erin
En el primer encuentro, tanto Alhena como Camus habían roto las lanzas sin que ninguno de los dos saliera mayormente afectado, lo mismo sucedió con el segundo choque.
Ares disimuló un bostezo.
-¿Acaso el dios de la Guerra no encuentra entretenido un combate organizado por él mismo? –preguntó Nemain.
-¿Entretenido? No es una palabra que yo usaría para calificar un combate. Claro que todo depende del punto de vista y esto no es un combate, Dama Nemain.
-¿No?
-Es solo una exhibición. Algo preparado de acuerdo con las reglas de mi hermana Atenea, no con las mías.
-¿A qué te refieres?
-Todo está medido, regulado, calculado... Romper tres lanzas, luego sacar la espada, no salirse de los límites del campo, estar atentos a lo que indiquen los jueces del combate... es un deporte como cualquier otro. Mi hermana ve la guerra al mismo nivel que la danza, la música o bordar tapices: es un arte y debe ser tratado cuidadosamente para producir algo bello con el mínimo de sangre, porque para ella la sangre derramada es algo antiestético. Mi punto de vista es algo diferente. La guerra no es un arte, es un homenaje a la vida.
Morrigan empezó a reír por lo bajo.
-¡Es es serio! –Ares volteó a mirar a las tres diosas de la Guerra con los ojos brillantes de entusiasmo-. ¡Nunca disfrutas tanto la vida como estando en el filo mismo de la muerte!
-En tal caso –señaló Macha-, un enfermo agonizante debe disfrutar muchísimo.
-No me refería a eso –Ares parecía disgustado-. La enfermedad, la decadencia... la debilidad... eso es un insulto a la vida. Todo ser viviente debería tener derecho de morir en su mejor momento, en la flor de la juventud, en posesión de todas sus facultades y siendo dueño de su fuerza y su voluntad. Sólo teniéndolo todo vale la pena arriesgarse a perderlo. Pienso que el mejor momento para morir es cuando se tiene todo por qué vivir.
-Y solo puedes reunir esas condiciones muriendo en una guerra, en un accidente o siendo asesinado –Nemain completó el pensamiento-. Es una curiosa manera de ver la vida... y la muerte.
-Supongo que cada quien tiene un concepto diferente –Ares volvió a mirar a Alhena y Camus, que estaban listos para el tercer encuentro-. Permíteme darte un ejemplo. Ahí tenemos a mi mejor general y tu primer caballero. Alhena es una chica maravillosa que ha perdido toda ilusión y no le importa si vive o muere en el próximo segundo, mientras que Kamus tiene una familia, amigos, etcétera, etcétera... Em... bueno, los ponemos juntos y ¿cuál es el resultado? Kamus se conduce maravillosamente, siguiendo las reglas de Atenea: creará belleza con el combate haciendo constar su propia habilidad y la de Alhena, que también sabe ser una digna rival en ese arte, y por supuesto, todo ello sin la menor intención de lastimarla, porque no la odia, no tiene nada en contra suya y esto es una exhibición para deleite del público, por algo se está usando lanzas sin punta... ¿Y qué hay de Alhena de Ate, Berserker del Odio?
En ese momento, a pocos metros de Camus, Alhena dejó caer la lanza y desenvainó la espada, esquivó la lanza del caballero y golpeó a Camus en el pecho, derribándolo del caballo. De un salto, bajó ella del suyo, y, arrodillándose junto al caballero caído, apoyó la punta de su espada contra el cuello de éste, lista para hundirla a la menor señal de Ares.
-Pues Alhena sigue las reglas que le he enseñado: no hay reglas en un combate, porque se trata de una guerra y en una guerra el ganar lo es todo –sonrió el dios.
El Vaticano
Actuaban justo como les había enseñado. Eris atacaba con lo que en apariencia era una furia descontrolada, pero en realidad era una técnica muy precisa, y mientras tanto Harmonía esperaba, para encargarse del golpe final. Habían aprendido demasiado bien, pero, por suerte para Albiore, no se apartaban para nada de la técnica, eso le permitió hacerle frente por un buen rato, anticipándose a sus movimientos. Pero sabía que en cualquier caso lo que les sobraba a los dos jóvenes era tiempo, ya acabaría él cansándose y entonces terminaría todo.
Eso sí, le llamaba la atención lo callados que estaban, normalmente Eris acompañaba su técnica con gritos de guerra, pero esta vez se movía con los labios apretados y en un silencio total. ¿Quedaría aún algo de Javier y Josué en ellos?
Ni siquiera se molestó en invocar su propia armadura, si Ares lo había condenado a muerte, era seguro que no podría usarla de nuevo, así que sólo quedaba...
Un sonido extraño atrajo la atención de los tres. Era como un batir de alas.
Viendo que Eris se detenía, Albiore se arriesgó a mirar por encima del hombro. Alguien más había llegado al lugar en que se encontraban. Un niño de unos diez años, vestido con lo que parecía ser una armadura blanca con detalles violeta, la cual incluía unas alas grises con reflejos violeta... ¿o las alas formaban parte de él? Era difícil decirlo y Albiore no se detuvo a pensar en ello.
-¡Vete, niño, este lugar es peligroso!
La aparición lo miró directamente, había asombro en los grandes ojos violeta, pero no había rastro de miedo.
-Me quedo –dijo mientras avanzaba hasta colocarse junto a Albiore.
-Los Ángeles no pueden intervenir –protestó Eris-. Si Ares decide castigar a un traidor encontrado entre sus berserkers, es asunto de Ares.
¿Un Ángel? Albiore no podía creerlo. Recordaba muy bien a los ángeles que atacaron el Santuario el año del nacimiento de Atenea, y ese no era ninguno de los siete. Su armadura se parecía a la del que había dicho llamarse Exael del Rayo Violeta, pero era blanca en lugar de negra... Aunque ahora que lo miraba con más atención, podía darse cuenta de que el niño era muy parecido a Exael...
-No sé cuál sea su crimen, si es que lo hay, pero pidió ayuda a los Ángeles, eso me obliga a defenderlo, incluso de tu amo en persona –respondió el niño.
Eris ya no discutió más, sino que atacó, de tal forma que habría podido cortar en dos a Raziel si éste no se hubiera apresurado a apartarse. Albiore miró a Harmonía, si el niño lograba presentarle pelea a Eris era seguro que el segundo berserker intervendría, pero Harmonía no parecía darse cuenta de lo que estaba pasando, quizá pensaba que su hermano no tardaría en despachar al intruso.
Sin embargo, Raziel no parecía ser un oponente fácil, se las arreglaba para esquivar las espadas sin apenas moverse de su lugar y Albiore se daba cuenta de que el niño no perdía de vista a ninguno de los tres al tiempo que movía los labios silenciosamente, como si rezara... ¿o era algo más? No lograba distinguir palabras, pero le parecía sentir más que oír un leve murmullo...
El temblor fue tan fuerte como para derribar a los berserkers y a Albiore; desde el suelo, pudo ver durante unos instantes enloquecedores cómo ondulaban las paredes de los edificios y el suelo mismo, mientras que el niño permanecía en pie sin ningún problema, como si fuera la fuente de aquello...
La tierra dejó de moverse casi enseguida y los berserkers se pusieron en pie, inexpresivos. Eris iba a atacar de nuevo, pero Harmonía lo detuvo.
-Déjalo, es mejor así.
Eris guardó sus espadas sin dejar de mirar a Raziel.
-Esto lo pagarás –dijo entre dientes.
Raziel respondió con una leve inclinación de cabeza y esperó a que se marcharan para ayudar a Albiore a levantarse.
-¿Tú hiciste eso? –preguntó Albiore.
-Creo que sí. Ahora, ven conmigo.
-¿A dónde?
-A mi casa. Querías hablar con mi hermano Azrael, según me han dicho.
-¿Azrael?
-El Maestro Keres. ¿Por qué te quedas ahí? Mamá dijo que parecías necesitar ayuda.
-No... no puedo ir allá.
-¿Y a dónde más puedes ir? Esos dos dijeron que traicionaste a Ares.
Albiore bajó la vista y, luego de meditar un poco, siguió a Raziel.
En la azotea de un edificio cercano, alguien se aventuró a asomarse un poco.
-No tenía idea de que en un terremoto la tierra podía sacudirse de arriba abajo lo mismo que hacia los lados... –dijo Sheena.
-Vive y aprende –respondió Junta.
-¡Rápido! –exclamó Jorge-. ¡Tenemos que seguirlos! Marina, Sheena, ustedes siguen a Albiore, Junta y yo iremos por los Berserkers.
Antes de que las amazonas pudieran replicar, los caballeros ya se habían marchado.
-¡Hombres! –exclamó Sheena, resentida-. Nos mandan a seguir a Albiore y al niño porque quieren que estemos lejos de los combates.
-Son las consecuencias de haber dejado de usar las máscaras, no pueden olvidar que un caballero nunca pone en peligro a una dama –respondió Marin con calma.
-¡Oye, pero a dónde vas!
-A seguir a Junta y Jorge. Albiore y su nuevo amigo irán a la casa en la que estaba yo, me interesa más saber a dónde irán los siervos de Ares. Además, alguien tiene que proteger a los muchachos.
-Me encanta la forma en que pones las cosas en perspectiva –sonrió Sheena, apresurándose a alcanzarla.
Colegio San Pablo
Maestros y estudiantes se encontraron pronto reunidos en el patio principal. Algunos de los niños lloraban y todos en general estaban confundidos y asustados.
Aquella gente, todos vestidos con armaduras, como salidos de alguna película del Rey Arturo... el aspecto de muchos era francamente ridículo, pero los golpes que propinaban al que trataba de discutir iban muy en serio.
-Nunca me imaginé que estas cosas fueran a pasar en mitad de una ciudad y a plena luz del sol –comentó Mitsumasa, mientras se reunía con los demás en el círculo de árboles, luego de haber explorado un poco.
-¿Acaso estarán locos? Cuando los ingleses se enteren, enviarán aquí la policía y el ejército –señaló Rhiannon-. ¿Acaso creen que pueden contra todo un país?
-No creo que eso les importe –dijo Daniela-, los Berserkers no suelen detenerse a pensar mucho las cosas. Las autoridades tratarán esto como un ataque terrorista, no creo que estén preparados para ver que se trata de una invasión de origen... divino.
-Además, no creo que necesiten quedarse mucho tiempo, lo que necesitan es la Fuente para Ares, bastará con que él venga y la use y entonces le pertenecerá para siempre –añadió Braulio.
-¿Y entonces, qué vamos a hacer? –preguntó Ten.
-Lo único que nos queda –respondió Ethan, levantando la mano para permitirles ver la forma en que estaba brillando el Baelrath-: pelear.
El Santuario
Saori apresuró el paso cuando escuchó un alarido realmente escalofriante. Abrió la puerta de golpe y encontró a Tatsumi desmayado en mitad del salón del trono. Cerca de él estaba una figura traslúcida, un hombre de cabello azul claro, ataviado con una túnica blanca. Un fantasma.
-¿Qué es lo que pasa aquí? –preguntó Saori sin moverse del umbral-. ¿Qué le hiciste a Tatsumi?
"¡Nada!" exclamó Afrodita. "Yo sólo llegué aquí, él me vio y cayó como una piedra. ¡De verdad que no quería asustarlo!"
-Creí que estabas encerrado dentro de la armadura de Piscis.
"Lo estaba, pero Saga me trajo y..."
-¿Saga?
Saori dio media vuelta y se marchó sin decir una palabra más.
"Podía haberme ayudado con el calvo..." murmuró Afrodita.
Tatsumi, que acababa de volver en sí, miró al fantasma y se desmayó de nuevo.
"Sigh, creo que no estoy comenzando muy bien..."
Londres, Inglaterra
Ginsei se sentó en su maleta mientras esperaba a que Shun consiguiera un taxi. Con un suspiro, sacó de sus bolsillos la pieza de marfil y la gubia; ya casi había conseguido borrar los arañazos accidentales y aquello empezaba a tomar forma de... algo, sólo que era difícil decir de qué.
-¿Y eso, qué es? –preguntó Terry.
-Mi tarea. Tengo que darle forma.
-¿Forma de qué?
-De cualquier cosa.
-Bueno, entonces ya lo lograste. Es una ameba perfecta
-Ja-ja. Hay días en que eres odioso, Terry.
-Lo sé –el muchacho estaba bastante serio-. Debiste haber empezado con algo más maleable, arcilla tal vez, el marfil es muy difícil de trabajar para alguien que no tiene experiencia.
-He podido darme cuenta.
-Bueno... –Terry tomó la pieza y la puso a contraluz-. Un consejo: no trates de forzarla a adoptar una forma que no le corresponde, nada más elimina lo que le sobra.
-¿Qué..?
-Solo mírala bien, lo que estás buscando está ahí dentro.
-Tú estás medio loco.
-No, yo nunca hago nada a medias.
La conversación quedó interrumpida en ese momento, cuando todos percibieron con claridad una oleada de energía extraña.
-¿Qué es lo que ocurre? –dijo Esmeralda.
-No lo sé... pero parece que nos queda de camino –respondió Shun, mirando primero un mapa y luego hacia la dirección en que sentía aquella fuerza... como si viniera del Colegio San Pablo.
El Santuario
Ya habían pasado demasiadas cosas raras como para que Marijose se sorprendiera, pero aún así le admiró lo preocupado que se veía Hyoga cuando la saludó.
Era los últimos minutos de los Nemo en el Santuario, Marijose debía volver a la Editorial y Leonel había recibido un mensaje bastante histérico de uno de sus ayudantes... algo acerca de unas tuberías y una pequeña inundación en el gimnasio.
-Definitivamente, los desastres me tienen miedo: esperan a que yo me vaya para suceder –fue el único comentario de Leonel antes de empezar a hacer las maletas.
Y luego, cuando buscaban a Saori para despedirse, encontraron a Hyoga y Vega, que también buscaban a la misma persona. Pero al parecer nadie sabía dónde estaba la diosa, y no llevaba su localizador.
-Habrá que buscarla templo por templo –dijo Hyoga.
-Bueno aprovecharemos para bajar las maletas y reunir a la manada –sonrió Leonel.
Diana estaba sentada en las gradas de la entrada al templo de Leo, junto a un oso de peluche, blanco, que era casi tan grande como ella.
-¿Y eso? –dijo Marijose, sorprendida.
-Se parece al que tiene Misha en su habitación –dijo Vega.
-Creo que es el mismo, Misha se lo regaló –explicó Alex-. Dijo que tenía que hacer un viaje y que quería dárselo para que lo recordara. Y a mí me dio esto –añadió, sacando una navaja suiza.
-¡Una navaja! Cielos, no, eso es peligroso... –exclamó Marijose.
-... Y me dijo que le dijera a papá que me la guarde hasta que me den permiso de usarla...
-Entonces... es definitivo que se marchó –dijo Vega mientras Marijose confiscaba la navaja.
Hyoga asintió y luego se dirigió a la otra pareja.
-Leonel, Marijose, ¿puedo pedirles un favor?
Colegio San Pablo
-Lo tuyo con la limpieza es una obsesión, ¿lo sabías? –dijo Osvaldo, mientras Misty se limpiaba con desesperación unas gotas de sangre que le habían caído en la cara.
-Empiezo a creer que no es la limpieza en sí. Es la sangre lo que me molesta.
-¿Pero qué clase de Berserker eres tú?
-Uno que no soporta ver sangre. ¿Está claro? –replicó Misty, con un tono que solía significar "ya no me sigas molestando o vas a arrepentirte".
Osvaldo se encogió de hombros, considerando que había rarezas peores.
-Ya tenemos asegurado el lugar y a toda la gente a buen recaudo. ¿Cuáles son las órdenes ahora?
-Bueno... hay que esperar a que el amo venga para tomar posesión de la Fuente, mientras tanto, que alguien localice a Vadhani y Eloísa, quiero que salgan de aquí.
-¿Seguro?
-No tienen por qué estar en un sitio que pronto va a dejar de existir.
-Oh, bueno, eso. Lo que quería decir es que sería un buen momento para que hablaras con tus hijos, tal vez Vadhani querría considerar la posibilidad de ser un Berserker de Ares en lugar de esa manía suya de querer convertirse en Caballero de Atenea.
Misty suspiró y luego le dio a Osvaldo un empujón que lo envió directo al suelo.
-¡Tú encárgate de que mis hijos salgan de aquí antes de que se enteren de quién está dirigiendo el ataque y guárdate tus ideas!
-Como ordene, general –gruñó Osvaldo, sacudiéndose el polvo mientras se levantaba.
Misty se llevó una mano a la frente, de pronto estaba empezando a dolerle la cabeza. Las cosas eran mucho más sencillas cuando no tenía que preocuparse por nadie más que por sí mismo.
Erin
-¡¿Cómo te atreves, miserable? –gritó Nemain.
Macha y Morrigan se habían puesto en pie al mismo tiempo que ella, mientras que Fobos y Deimos daban vuelta lentamente para quedar frente a las tres diosas, pero Danna intervino en ese momento.
-Tranquilas, hijas mías, sepamos qué es lo que desea Ares.
Ares, que seguía en su lugar y dándoles la espalda, se permitió sonreírle a Alhena antes de contestar.
-Creo que quiero establecer a mi gente en este lugar, Erin tiene un clima muy agradable...
-¿Qué? –exclamó Morrigan.
-Y el espacio es adecuado, aquí podré organizar bien mi ejército para cuando llegue el momento de hacerle una nueva visita a mi querida hermana Atenea.
-No estarás hablando en serio –susurró Macha.
-No podemos permitir eso. No estamos en guerra contra Atenea.
-No, no estás en guerra, pero tu consorte tiene la punta de una espada en la garganta... y en este momento, mis berserkers están tomando el control del Colegio San Pablo. Tienen orden de no lastimar al joven Ethan, pero si yo llegara a disgustarme...
-¡Madito canalla!
-Adularme no va a ayudarte.
A poca distancia de ahí, el Buda Fugen suspiró y se volvió hacia su acompañante.
-¿Lo ves? Justo como le dije a Nemain que sucedería.
-Lo veo. ¿Y cuál es el próximo paso?
-Rescatar el Colegio. No podemos permitir que Ares tenga acceso a la Fuente. Así, de paso, los Budas cumpliremos nuestra parte del trato que hicimos con Nemain.
-Bien, mi gente está lista, pero... -con un gesto, el hombre señaló al caballero que seguía inmóvil a los pies de Alhena, quien tampoco se había movido ni un milímetro, esperando las órdenes de Ares- ¿Qué hay de él?
-Creo que estará bien en tanto a nadie se le ocurra decirle que se quite el yelmo. Y si actuamos rápido, podremos volver y ayudarlo antes de que las cosas se compliquen. Pero es mejor que tengas en cuenta que Aioros sabía el riesgo que estaba corriendo cuando pidió tomar tu lugar en este torneo.
Kamus asintió con un suspiro y él y Fugen se marcharon para reunirse con el resto de los caballeros de Erin.
Continuará...
Notas:
¿El apellido de Misha? Eh... bueno, quería una palabra en ruso que significara "hielo" o "nieve" pero no confío bastante en lo que conseguí, así que mejor lo dejé en Bratsk ^^ Es el nombre de una ciudad de Rusia ubicada en Siberia Meridional.
Lo que comenta Ismael acerca de que algunos dioses chinos han sido destituidos por sus adoradores es cierto 0_~ En la religión taoísta, la jerarquía de los dioses es igual a la de un gobierno, y ha ocurrido en par de ocasiones que algún dios ha sido considerado incompetente y, como castigo, ha sido degradado en el escalafón...
