Bueno, lo primero es lo primero... perdón por la tardanza. Me he retrasado bastante en la entrega de este capítulo, y lo siento. He tenido unos días muy moviditos en los que a punto estuve de tirar la toalla. Pero bueno, perseveré, y aquí está el fruto de mis esfuerzos.

No quiero retrasaros más, así que...

Axis Powers Hetalia no me pertenece a mí, es exclusiva propiedad de Hidekaz Himaruya.

¡Dentro fic!


Hermoso.

Ésa era la única palabra en la que podía pensar Antonio al ver el amplio vestíbulo del edificio del lago por primera vez. Se trataba de una habitación de piedra, iluminada por una enorme lámpara de araña y elaborados candelabros de plata, y decorada con numerosos retratos de hombres altaneros y sonrientes que, a juzgar por el tamaño de su nariz y lo macabro de su sonrisa, debían de haber sido los antepasados del señor Braginski. ¿Los antiguos directores? Enarcó una ceja. "Así que el puesto de director es hereditario...".

Aburrido, dirigió la mirada al techo y descubrió con sorpresa que el emblema del instituto, un bellísimo rosetón sobre un copo de nieve gigante, estaba grabado en la piedra del mismo. Ladeó la cabeza, mirando el grabado con interés, y sonrió de nuevo. De no haber supuesto la existencia de la protección mágica que había en torno a aquel centro, se habría preguntado cómo era posible que el paso del tiempo y la humedad no hubieran hecho estragos en él. Amplió su sonrisa. Todo aquello le parecía tan interesante...

El señor Éjszaka, una vez se aseguró de que no faltaba ningún estudiante, prosiguió la marcha, inflexible, y el español apenas tuvo tiempo de despedir mentalmente a la extraña belleza que poseía aquella estancia. No tardó demasiado en lamentarlo: el pasillo por el que ahora les llevaba el bibliotecario, estrecho, oscuro y serpenteante, le recordaba demasiado al de una mazmorra. Ni siquiera las mágicas antorchas, que se encendían y apagaban a medida que iban avanzando por aquel espeluznante lugar, conseguían subir los ánimos del grupo... o, por lo menos, eso era lo que parecía indicar el débil eco de unos lloriqueos.

El líder, sin prestar atención a ninguno de los estudiantes, dobló una esquina y les condujo a otro pasillo. Aquél, para gran alivio de los menores, tenía una pared hecha enteramente de duro y grueso cristal que permitía la entrada de la luz refractada por el lago, confiriéndole al corredor un tranquilizante color verdeazulado que calmó enseguida los nervios de todos. Llenos de energía, los alumnos apuraron el paso en dirección a las pesadas puertas de madera de roble que veían a lo lejos, al final del pasillo, que permanecieron sólidas e inamovibles hasta el momento en el que el bibliotecario, solemne, posó las palmas de sus manos sobre ellas.

Como un lamento, las puertas rechinaron al abrirse, desvelando el secreto oculto tras ellas.

Los ojos de Antonio se abrieron como platos al ver la estancia a la que habían llegado. No se parecía en nada a la sala judicial que se había imaginado, y mucho menos a una especie de Gran Comedor de Hogwarts: aquel salón, enorme y circular, parecía una extraña mezcla de un salón de la corte de los castillos medievales y una capilla. De la bóveda azul cielo que constituía el techo pendía una antigua y maltratada lámpara dorada con siete brazos, cada uno de ellos con una luz de color distinto, que lo bañaba todo con una hermosa luz blanca. No era la única iluminación de aquel sitio; allí había, estratégicamente colocadas en las blancas paredes, cinco ventanas de distintos colores que, en vez de dar al lago, mostraban imágenes pertenecientes a distintas partes del mundo.

Al otro lado del salón, formando un perfecto semicírculo, cinco grupos, divididos a su vez en dos columnas, los miraban, serios y formales. Justo detrás de ellos, en una mesa alta y de madera oscura, como la de un tribunal, un numeroso grupo de adultos con uniformes morados y lilas rodeaban a una figura sonriente enteramente vestida de blanco. El director. Éste, con una mano en el corazón, se puso de pie y empezó a hablarles.

De repente, Antonio oyó que, a su lado, Gilbert resoplaba. Lo miró de reojo. Sonrojado y sudoroso, el albino se sujetaba el brazo con fuerza excesiva, como si le doliera o quemara. ¿Estaría enfermo?

Gilbert pareció darse cuenta de la curiosa mirada del español, puesto que giró la cabeza en su dirección y le sonrió.

—Estoy bien, ¡kesesesese~! —susurró, guiñándole un ojo— El increíble yo tuvo ciertos problemillas anoche y creo que pesqué un resfriado, ¡pero no me pasa nada, porque soy perfecto! ¡Kesesesese!

Antonio, ingenuo, creyó a su amigo y, tras devolverle la sonrisa, desvió la atención de él y se dedicó a mirar a sus compañeros, que, curiosos y recelosos, fingían atender al discurso del director mientras esperaban a que alguien les dijera qué hacer. Los ojos del español recorrieron cada cara hasta detenerse en la que buscaba, la del hermano gemelo del amigo de Ludwig. Lo admiró. Tenía los brazos cruzados, el ceño fruncido y los miraba a todos con irritación y desprecio; pero, para él, no podía haber nada más lindo y adorable sobre la faz de la tierra. Se fijó en sus mejillas, rojas como tomates, y sintió ganas de acercarse y pincharlas con suavidad con los dedos...

Como alertado por un sexto sentido, el italiano se giró y lo fulminó con la mirada. El español, contento, le dirigió una sonrisa brillante a la que el otro respondió con un gesto obsceno antes de darse la vuelta a toda prisa. Divertido, Antonio se echó a reír: las mejillas del pequeño italiano se habían puesto mucho más rojas que de costumbre. "Tomatito...", suspiró, soñador, y fijó la vista en el suelo empedrado.

Sólo en ese momento se dio cuenta del desgastado emblema, grabado justo en el centro de la estancia.

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En el mismo momento en que sintió que el calor y las náuseas ya estaban bajo control, Gilbert alzó la vista y la paseó por todo el salón, encontrando toda aquella irritante solemnidad mucho más interesante que lo que fuera que estuviera diciendo el director. Tembló, sintiéndose aún más enfermo, y puso cara de asco al notar cómo el sudor descendía por su espalda, dejándosela húmeda y pegajosa. El mero sonido de su voz era más que suficiente para darle escalofríos... y para ponerlo peor, por lo visto. Apartó la vista de él, con el corazón latiendo furiosamente, y su cara, roja por el calor, se puso pálida por breves instantes.

¿Sería el señor Braginski el responsable de las marcas en su cuerpo y de su malestar?

No, no, para nada, se dijo, tratando de autoconvencerse. Era siniestro, lo dejaba todo frío allá a donde iba y el sólo oír su nombre bastaba para quedarse aterrorizado, eso era cierto. Pero, con esa fuerza, lo más probable era que fuera un caballero... Además, ¿qué era lo que le hacía pensar que le trataba de manera distinta a los demás? ¡Si los trataba a todos exactamente igual!

Unos sonoros pasos rompieron el hilo de sus pensamientos. Un hombre alto y respetable, con largos cabellos castañodorados y una barba rizada del mismo color, avanzaba con dignidad hacia el centro de la sala. Gilbert se fijó en el fichero amarillo que sostenía en una de sus largas y finas manos y se lo quedó mirando, intrigado. ¿Para qué sería?

Ignorando las miradas de curiosidad de las que era objeto, el hombre se detuvo en un punto exacto entre los nuevos magos y caballeros y los seis grupos y, tras aclararse la garganta, abrió el fichero y empezó a leer.

—Primer año: Ferrinas, Wendy, maga; Kirkland, Peter, caballero...

Ajá, así que, a medida que aquel hombre iba diciendo un nombre, el aludido tenía que salir del grupo e irse a su lugar correspondiente. Por supuesto, lo típico, pensó el albino, poniendo los ojos en blanco. Para una cosa normal que hacían en ese lugar tan fuera de lo común, y tenía que ser ésa...

Una fila de niños enfundados en uniformes turquesa claro desfiló obedientemente a la otra punta del salón, donde una mujer de aspecto amable, algo apartada de los demás, los esperaba. Ella, tras recibirles con una sonrisa adorable, como la de un gatito, los dividió rápidamente en dos filas, quedando así como el resto de los grupos.

El hombre continuó recitando nombres, impasible, y las procesiones continuaron. Aburrido y sin mucho interés, Gilbert contempló al grupo azul marino que, dócil, se reunía con el resto de sus compañeros, tratando en vano de buscar a alguien conocido.

Con los de tercer año tuvo más éxito. El primero al que vio fue a su hermano, que, libre momentáneamente de la presencia de sus amigos italianos, caminaba firme y muy serio, como un soldado alemán; y, algo más atrás, vio a las hermanas que se habían peleado no hacía mucho en la biblioteca, cuchicheando entre ellas como si nada hubiera pasado. Los hermanos Vargas, los últimos en la cola, parecían estar en un constante tira y afloja: el de pelo oscuro y cara de pocos amigos caminaba a toda prisa, tratando de librarse de su lloroso hermano de pelo rojizo, que, al no poder ir tan rápido, tiraba del otro para poder ir ambos al mismo ritmo. Quiso ver más, pero, nada más alcanzaron su destino, los de cuarto año hicieron acto de presencia.

Después de que Seoane, Kaori se reuniera con sus compañeros de beige, el desconocido se lamió los labios y pasó la hoja.

—Quinto año: Beilschmidt, Gilbert, caballero...

Gilbert dio un respingo al oír que lo llamaban y dio inconscientemente un paso adelante, sin saber muy bien qué hacer en un primer momento hasta que recordó lo que habían hecho todos los demás. Apañándoselas para sonreír como sólo él sabía, se dirigió con dignidad al grupo dorado, presidido por su tutor, el señor Wang, quien lo metió en una fila al azar en el mismo momento en que llegó. No mucho después, Francis se puso detrás de él, sonriendo malignamente. En un intento de ignorarle, el albino miró al frente e hizo un curioso descubrimiento. Justo delante de él, Alfred Jones, incapaz de atender a nada, se entretenía con un videojuego.

"¿Desde cuándo Alfred es Ritter (caballero)?", pensó, extrañado, y examinó con cierto nerviosismo a todos los estudiantes que esperaban delante de ellos. Si Alfred estaba allí, su hermano gemelo no debía andar muy lejos...

Tras una intensa búsqueda, lo encontró, pero no delante de Alfred, sino en la fila de al lado. Y no estaba solo. Arthur Kirkland, Emil Bonnewick (y su inseparable mascota) e Im Yong Soo también estaban allí. Gilbert frunció el ceño. ¿También ellos eran magos? Aunque era cierto que, en cierta forma, se lo esperaba del Presidente del Consejo Estudiantil... ¡pero no podía decir lo mismo de los otros dos!

"Menudo asco", se dijo, frunciendo el ceño.

...

Después de una larga sucesión de nombres que parecía no terminar nunca, el hombre cerró el fichero y volvió a la mesa, serio y solemne. Casi al instante, los profesores al mando de cada grupo les hicieron una señal a sus alumnos y se dieron la vuelta, guiándolos hacia una puertecita situada justo al lado de la mesa que el albino no había podido ver antes. Tras ella, había más y más corredores diminutos y laberínticos, aunque también menos aterradores y mejor iluminados que los que habían tenido que atravesar antes, por lo que aquel recorrido fue más llevadero.

El profesor Wang los condujo sin vacilar a través de aquella red de pasillos, a un ritmo demasiado apresurado para el gusto de Gilbert, y entró en un aula al azar (o, al menos, eso le pareció al albino). Dentro de aquel cuarto, un desorden de papeles que nada tenía que envidiar al que reinaba en su habitación en Alemania cubría totalmente las paredes, sin dejar ni un solo espacio vacío a excepción del de la pizarra. El prusiano, interesado, los examinó. Mapas anotados con tinta de distintos colores, dibujos, alineaciones, listas... Preguntándose con curiosidad qué clase de asignatura se impartiría allí, se sentó en uno de los pupitres del fondo de la clase y se puso cómodo.

Una vez los asientos se llenaron, el profesor, de pie en la tarima, los miró y, tras carraspear un poco, alzó la voz.

—Bienvenidos a otro año más en la Vsemirnaya Shkola-Internat para Magos y Caballeros, aru yo —recitó, esbozando una pequeña sonrisa, y juntó las palmas de sus manos—. Bienvenidos a otro año más en el que potenciaréis vuestras habilidades, tanto físicas como mágicas, y las llevaréis a un nivel nuevo, aru. No sé qué más puedo deciros que no os hayan dicho antes, aru... Bueno, debo insistiros en que, a final de este curso, todos debéis tener pareja, puesto que, el próximo año, las clases consistirán básicamente en entrenamiento en parejas, aru yo... ¡Ah, es cierto, aru! —exclamó de repente, haciendo que un medio dormido Gilbert diera un salto sobre su silla—. Los nuevos no lo sabéis, aru... Qué vergüenza la mía, aru... Bueno... —pensativo, se humedeció los labios con la lengua y procedió con la explicación.

—Este centro, construido hace más de mil años —empezó—, se dedica desde su apertura a la educación y entrenamiento de personas con habilidades especiales, aru. Estas personas están clasificadas en "magos" y "caballeros", aru. Los "magos" son aquellos que saben dominar la magia pero no pelear en un combate cuerpo a cuerpo, aru; mientras que los "caballeros" son los que poseen una fuerza, resistencia y velocidad muy por encima de lo normal, así como una total incapacidad para hacer nada mágico, aru.

=Para no despertar sospechas de ninguna clase y para garantizar la seguridad de los magos y caballeros en proceso de formación, se permitió también la educación a los estudiantes ordinarios, aru. Por supuesto, a partir de ese momento, estas clases extraordinarias tuvieron que ser mantenidas en secreto, aru; pero todo eso son minucias, comparado con todas las veces que este centro estuvo a punto de ser descubierto, aru...

—¿Y cuándo pasó eso? —preguntó el albino en voz alta, sin levantar la mano. El profesor, mirándolo con irritación, murmuró entre dientes algo relativo a la irrespetuosidad de los europeos antes de responderle.

—Muchas veces, aru —explicó, jugueteando con algo oculto en el interior de sus mangas—. Por ejemplo, en las numerosas cacerías europeas de brujas, aru. Nuestros predecesores tuvieron que actuar con muchísima cautela para que no les capturasen, aru... Ah, y todo este siglo pasado, aru. Con todos los revuelos y guerras y esa extraña dictadura comunista, aru... El PCUS estuvo a punto de cerrar este internado muchísimas veces, pero siempre hemos tenido suerte, aru yo. ¿Alguna pregunta más, aru?

El eco de sus palabras fue lo único que obtuvo como respuesta, pero no pareció importarle en absoluto.

—Bien, aru —asintió, sonriendo, y se dio la vuelta para poder coger una pila de papeles que tenía sobre su escritorio—. Ahora voy a daros vuestros horarios, aru —explicó, deambulando por entre las mesas y repartiendo los folios a medida que hablaba—. Creo que no es necesario que os hable de las asignaturas, aru... ¡Ah! Aunque las clases y entrenamientos se darán los miércoles por la tarde, se puede ir aquí cualquier día de la semana para tomar sesiones extra, aru —al decir aquello, miró a unos cuantos alumnos, Gilbert incluido, y éste le devolvió la mirada, ceñudo—. El señor Edelstein me pidió amablemente que os lo recordara, dijo que "no quería perder el tiempo dando clase a dumme Menschen (gente estúpida)", aru...

Farfullando en voz baja algo en chino, llegó por fin a donde estaba Gilbert y le dio unas cuantas hojas grapadas que el albino hojeó con rapidez en cuanto el profesor se dio la vuelta.

La primera hoja era, en apariencia, un horario normal y corriente, pero, con sólo pasar la vista por encima, se podía ver que las materias propuestas no eran muy comunes.

"Estrategia y Defensa, Artes Mágicas, Esgrima, Resistencia... ¿pero esto qué es?", pensó, enarcando ambas cejas, sin saber qué pensar al respecto. "Oh, bueno, como soy tan genial, seguro que seré el mejor en todo, ¡kesesesese~!", sonrió, convencido, y pasó la página.

Lo que ahora veía era un mapa, parecido a aquél que le habían dado a principios de curso, pero no era el instituto y su extraña estructura de campus universitario lo que estaba viendo, sino el edificio del lago y su organización. "Humm, sala de entrenamiento, otra sala de entrenamiento...", leyó, pasando el dedo con cautela por encima de cada recuadro. "Un dojo, aulas, un arsenal...". Al leer aquella palabra, soltó una risita. "Arsenal, ¿eh...? Qué ganas tengo de ir allí, kesesesese~".

Pasó la página de nuevo. La última hoja contenía una serie de normas y avisos, muy parecidos a los que el profesor ya les había dado. Uno en especial atrajo su atención.

"Todos los caballeros deberán ir el primer día al arsenal para escoger un arma".

Sonrió de nuevo, ilusionado, y empezó a soñar despierto, sin que sus ojos se apartaran ni un segundo de aquella frase.

Por primera vez en su vida, sintió deseos de empezar aquellas clases cuanto antes.

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—Desu yo... —suspiró Peter, cansado, y se estiró para desperezarse. El estúpido de Arthur había tenido razón: el primer día, aunque no se hiciera nada, era muy agotador... ¡Pero bueno, siempre era mejor que estar con su quisquilloso y aburrido hermano!

—London Bridge is falling down, falling down, falling down... —canturreó, saliendo a saltitos de su aula, y se mezcló enseguida con el resto de los estudiantes. Dejándose llevar, empezó a soñar despierto con todos los cómics que se leería después de cenar. Qué pena que no tuviera un portátil, así podría ver Mazinger Z...

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Raivis, temblando como un flan a causa de los nervios, corrió por el pasillo con la vana ilusión de poder acabar a tiempo todas las tareas que el señor Braginski le había mandado. Si al menos no le hubiera mandado tantas... Como el día anterior, que había tenido que irse a cama tarde y sin cenar por culpa de sus extraños caprichos. ¿Sería su imaginación, o el señor director estaba comportándose de una manera más extraña que de costumbre?

Sin detenerse, sacudió la cabeza. Por supuesto que tenía que ser su imaginación. El señor Braginski siempre había sido extraño, caprichoso y hasta cruel; y, si lo era todavía más con él, era solamente por el mero hecho de ser su subordinado más cercano. Sí, sería eso...

Perdido en sus pensamientos, siguió avanzando, sin ver por dónde iba.

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—¡Ay! —se quejó Peter al chocar de repente contra alguien que, segundos antes, no estaba ahí— Pero qué...

Tras murmurar con educación una disculpa, trató de alejarse; pero su enojo aumentó al descubrir que, pese a todos sus esfuerzos, no conseguía alejarse de aquella persona.

—Desu yo? ¿Qué está pasando aquí? —protestó, algo enfadado, y aquello a lo que estaba pegado tembló.

—Es... es atvainojos (Lo... lo siento) —farfulló una tímida vocecita por encima de su cabeza. En aquel momento, la curiosidad fue mucho más fuerte que su irritación y Peter se atrevió a alzar la vista, encontrándose enseguida con un par de llorosos ojos violetas pertenecientes a un joven no mucho mayor que él.

—Es atvainojos —volvió a disculparse aquel joven, asustado y desesperado, y cerró los ojos. Peter lo observó con interés. Su cara estaba deformada en un gesto intenso de concentración, pero, a juzgar por las gotitas de sudor que adornaban su frente, su esfuerzo no estaba dando frutos. El joven suspiró, muerto de miedo, y el británico, para su sorpresa, se rió un poco.

—¿Qué es tan gracioso? —quiso saber, extrañado, y Peter volvió a mirarlo a los ojos.

—Me recuerdas a baka-Arthur cuando algo le sale mal, desu yo~ —explicó, divertido, y le dirigió una gran sonrisa—. Es divertido, desu yo~.

El joven, contagiado de la alegría del más pequeño, le sonrió. Esa sonrisa, que caló hondo en el inocente corazón de Peter, borró como por encanto el miedo que había en su rostro, haciéndolo más adulto y cautivador. En ese momento, un extraño y sonoro "plop" se oyó, y, al instante, sus cuerpos se separaron.

Peter, por fin libre, miró fijamente al otro con el ceño fruncido. Lo primero que le llamó la atención fue su altura; apenas le debía llevar una cabeza. En su cara, redondita y juvenil, brillaba un par de grandes ojos violeta claro, perfectamente situados a ambos lados de una pequeña y respingona nariz, bajo la cual, un par de labios carnosos le dirigían una tímida sonrisa. No parecía ser mucho mayor que él, caviló, pero el uniforme lila claro, aquél que sólo llevaban los trabajadores, lo confundía bastante.

—No pareces mala persona, desu yo... —comentó, arrancándole un suspiro de alivio al otro, y sonrió de nuevo—. Me caes bien, desu. Mi nombre es Peter Kirkland y tengo doce años, desu yo~ —anunció, orgulloso, y dio un saltito—. ¿Y tú cómo te llamas?

El otro se sonrojó vivamente y miró al suelo.

—Yo soy Raivis Galante... —murmuró, algo menos asustado, y apretó los puños.

—Raivis... —repitió el pequeño con concentración, con el fin de no olvidarse, y palmoteó, encantado— What a beautiful name, desu yo~! (¡Qué bonito nombre, desu yo!)

El rubor de Raivis se acentuó y Peter, tomándolo como una muestra de rechazo, se enfurruñó.

—Lo digo en serio, desu yo. Yo nunca miento, soy demasiado genial como para hacerlo —dijo, hinchando los mofletes, y, ofendido, se dio la vuelta.

Pero no llegó muy lejos.

Una mano cálida y temblorosa aprisionó la suya, impidiendo que se alejara. Raivis lo miraba, temblando y con lágrimas de miedo en los ojos.

—Es aitvanojos, Peter —suplicó, fijando sus pupilas en las del estudiante, y apretó sin querer su mano—. Es sólo que... estoy tan acostumbrado a que me digan cosas malas que, cuando me dicen algo bueno, no sé qué responder... —manifestó, mirando al suelo, y despertando la simpatía de Peter.

—Oh, well, no pasa nada, desu —le dijo, más animado—. No sé quién será esa mala persona que te hace sentir mal, pero yo, como tu nuevo y más guay mejor amigo, te trataré como te mereces, desu yo~.

Dicho esto, le dirigió una última sonrisa de ánimo y salió de allí, riendo.

Raivis, confundido y sin saber qué pensar, se limitó a mirar a la esquina por la que Peter había desaparecido.

—Mi nuevo mejor amigo... —repitió, y una tímida sonrisa afloró a sus labios—. Qué niño más amable...

Sintiéndose mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo, se alejó de aquel lugar, canturreando.

Ahora sí que tenía ánimos para hacer su trabajo.

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Gilbert gruñó de fastidio al entrar en su habitación y descubrir que, nuevamente, su esquivo compañero de cuarto aún no había aparecido.

—A saber lo que le pasará para no venir aquí a la hora —murmuró, enfadado, mientras se ponía el pijama a toda prisa—. Aunque tampoco le costaba tanto presentarse, para, al menos, saber con quién duerme el magnificente yo...

Refunfuñando, terminó enseguida de vestirse y se acostó, pero los recuerdos de la noche anterior hicieron que cambiara de opinión.

"Un minuto...", pensó, ceñudo, y se levantó para revisar las ventanas. Éstas estaban bien cerradas, y, como pudo comprobar, no se podían abrir tan fácilmente por acción del viento. Suspirando de alivio, fue a la otra punta del cuarto e hizo lo mismo la puerta. No parecía estar rota ni en mal estado, y era prácticamente imposible que alguna corriente que se filtrase por la rendija del suelo pudiera helar de semejante manera el aire de dentro del cuarto.

"Bien", sonrió, olvidando su enfado, y se metió de un salto en la cama. Aunque aquellas noches distaran mucho de ser como las de Alemania, tan cálidas y agradables, por lo menos tenía asegurado que, en aquella habitación, podría dormir calentito, siempre y cuando no se despistara. Satisfecho, se tapó bien con aquellas gruesas mantas de lana y se hizo un ovillo.

Antes de poder pensar siquiera en los acontecimientos del día, la fatiga hizo mella en él, haciendo que se quedara dormido al poco rato.

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El reloj despertador de Gilbert marcó en aquel momento la una de la mañana.

La luz verdosa de los números del aparato, única iluminación de aquel dormitorio, fue un testigo mudo de la aparición de Iván Braginski y del intenso y repentino frío que siempre lo acompañaba. Cobijado por la oscuridad, Iván escrutó con recelo cada rincón del cuarto, esperando que el objeto de su interés no se hubiera despertado. Por suerte para él, Gilbert gruñó y se ovilló todavía más, sin despertarse.

Más tranquilo, el director se puso de rodillas al lado de la cabecera del prusiano y, en silencio, lo miró. Gilbert, ajeno a su presencia, dormía profundamente. Sus labios entreabiertos se abrían levemente cada vez que cogía aire y se cerraban cada vez que lo expulsaba. Sus pestañas, larguísimas, temblaban de vez en cuando, como si fuera a abrir los ojos, pero no llegó a despertarse. Se mordió los labios, conteniendo un suspiro de admiración, y se acercó un poco más a él. ¿Podía haber alguna criatura más hermosa que aquélla? Oh, lo dudaba.

Tomó aire y lo expulsó lentamente, con cuidado de no interrumpir el sueño del albino y, por consiguiente, arriesgarse a ser descubierto. No. Tal cosa no debía pasar nunca. Tenía todo el derecho del mundo a velar su sueño; después de todo, había establecido un contrato con él... le pertenecía... Sonrió al pensar esto último y alargó una mano para acariciar su cara...

De repente, el picaporte chirrió. Aunque era un sonido apenas audible, los afinados oídos de Iván lo percibieron enseguida.

"Der'mo (Mierda)", pensó, frenético. ¡Raivis había sido demasiado rápido!

Con miedo de ser descubierto, le dio las buenas noches en voz muy baja al albino antes de desaparecer enseguida.

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Al abrir la puerta, Raivis fue recibido con una corriente helada de aire que le caló los huesos.

"¿Issand Braginski?", se preguntó, incrédulo, y entró en la habitación.

A excepción del propio Gilbert, que dormía tranquilo en su cama, nadie más estaba allí dentro. Las ventanas estaban cerradas, por lo que era imposible que hubiera podido entrar algo de aire nocturno.

El secretario tembló.

"Sea lo que sea lo que esté pasando, no me gusta nada...", pensó, angustiado, y cerró los ojos para no llorar.

¿Qué estaba pasando ahí?


¿Cómo le irá a nuestro querido albino en sus nuevas clases? ¿Conseguirá superarlos a todos? Y, lo más importante... ¿logrará Raivis terminar el año con su cordura y su salud intactas?

Kaori Seoane- Kana02. Sé que no me dijiste nada, pero te hacía ilusión salir. Las demás que no se preocupen, que ya tendrán su aparición.

Gracias por vuestros reviews, chicas, sois un encanto. ¡Si supierais la de ánimos que sois capaces de dar con una sola frase!

¡Hasta la próxima!