¡Buenas tardes! Después de tardarme un poco más que en el último capítulo por fin lo tengo aquí, ha sido duro, espero que os guste. La verdad es que al final me ha quedado muy, y digo muy largo, tanto que no me cabe en una sola parte. Así que voy a publicar la primera parte hoy, y la segunda en unos días, tal vez el martes. ¡Pero tened en cuenta que se trata del mismo capítulo!


Me haces amar, odiar, llorar, tomar cada parte de ti.

Me haces gritar, arder, tocar, aprender todo de ti.

Zella Day

10. Stream City: Stand by

«El corazón tiene razones que la razón no entiende»

Blaise Pascal

Barry pasó su asombrada mirada por la extensión de gran variedad cromática que se desdoblaba frente a él, iluminando de viveza la famosa, y ya de por sí sobrecogedora, Plaza de San Felizzo. Había pancartas de todo tipo colgando de las balaustradas de los balcones; se podían apreciar ribetes y guirnaldas de colores disfrazando los bancos, las esculturas y las farolas, imperiales de tres puntos, que se alzaban en medio de la noche creando un hexágono de luz concéntrico al perímetro de la plaza. Brillante. Todo era brillante y pomposo, ornamentado de una forma tan recargada y dispar que podría haberse tratado de la representación de un cuadro de Picasso.

―Tu cara es como la de un niño de parvularios, Barry.

No le hizo caso, y es que todo aquello era sensacional. Habían llegado hacía solo unos minutos y se habían sentado en una de las terrazas de la Plaza de San Felizzo. La torre del reloj, situada junto a la insigne Basílica, marcaba las ocho y media de la tarde aunque el cielo ya era un mosaico de sombras y luces artificiales. Barry había traído primero a Harrison, dejándolo sentado en un banco, para luego volver a Central City a por la silla de ruedas; y, aún teniendo que cruzar kilómetros de agua, no habían tardado más de media hora en total, una pequeña ventaja más de la fuerza veloz de la que Barry se sentía orgulloso.

Escuchó a Harrison resoplar divertido ante su falta de respuesta. Sorbió de la pajita de su cóctel, servido en un bonito recipiente en forma de góndola ―un distintivo de aquella pequeña urbanización―, y el sabor dulce explotó en su paladar y le hizo sentir un confortable sosiego que hacía días que no sentía. Un niño que corría con una cometa se tropezó con su vestido de la época victoriana londinense y cayó sobre el suelo empedrado. Barry lo vio recoger la máscara que se le había desprendido de la cara, y se dijo que, como todas aquellas personas, él también iba a intentar distraerse aquella noche.

―Oh, Harrison, mira, mira allí ―le apremió de pronto, señalando al cielo―. Va, mira, justo ahí. Hazme caso.

Tres globos luminosos descollaban en medio del cielo nocturno como soles y, colgados por unos finos alambres, tres acróbatas hacían piruetas como si las leyes de la gravedad no estuvieran hechas para ellos, como si sus cuerpos fueran un conjunto de plumas ligeras. Se oyeron las exclamaciones encantadas de la multitud. Barry miró a Harrison.

―No puedo entender cómo se doblan así, y a esa altura.

―Tú corres sobre el agua y bajas y subes por las paredes de los edificios.

Barry resopló. ―Ya sabes lo que quiero decir. Hay que tener mucha dedicación para lograrlo.

―No hay nada que salga solo, si quieres ser bueno en algo debes dedicar cuerpo y alma a ello ―mantuvo el científico.

―Tienes ganas de molestarme, ¿verdad?

Harrison abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego se tapó la boca con la mano y Barry pudo ver asomar una sonrisa.

―Eres adorable cuando te molestan.

―¡Yo no…! Lo… que... ―balbuceó. Finalmente, suspiró antes de reconocer―. Y tú eres muy bueno en ello.

―Me esfuerzo en hacerlo bien.

Probablemente Harrison no tardó en arrepentirse de esas palabras luego de decirlas, porque Barry fue, en efecto, implacable cuando se afanó en hacerle el mejor ataque de cosquillas del mundo, creyéndose que tenía el poder absoluto y sin sospechar el esfuerzo que su pareja tuvo que hacer para mantener la inmovilidad de las piernas.

Estuvieron charlando distendidamente durante un buen rato. La Plaza de San Felizzo era enorme y varios espectáculos se llevaban a cabo al mismo tiempo en distintos puntos. Había llegado a Stream City desanimado y lleno de rencor. Una parte de su mente seguía en ese estado, seguía con Joe, seguía torturándose a sí mismo por no haber podido evitar lo sucedido; pero la otra se sentía, sino en paz, entretenida con todo el Pandemonium de gente, con las luces, la música, maravillado por el espíritu de unas fiestas que su madre hubo amado, emocionado con Harrison. Otro tema menos importante era que Barry aún trataba de entender porque todos los hombres iban con largos vestidos de telas muy finas ―como la seda o la muselina―, mientras que las mujeres se ocultaban bajo sombreros de copa de todos los tamaños ―y colores― imaginables.

Su madre no había escatimado en lisonjas al describir la pequeña ciudad y ahora Barry comprendió por qué. Recordó la rauda exposición artística de Harrison al principio de haber llegado. Stream City había sido cimentada sobre el Lago Haiass, y los innumerables canales que recorrían la ciudad en un entresijo parecido a la tela de una araña portaban en ellos el agua de aquel maravilloso lago. En su conjunto era un sitio repleto de una riqueza artística sin igual que se expresaba de manera destacada mediante las formas de su arquitectura urbana, producto de las diferentes corrientes artísticas que derivaron en la ciudad hacía siglos. En el caso concreto de la Plaza de San Felizzo, punto central de la ciudad y de su vida nocturna y ajetreo, «Te permite apreciar el arte salomónico en el diseño de las columnas gemelas que se alzan en espirales en la entrada, justo allí, al fondo, y sobre las cuales, como puedes observar, fueron dispuestas las esculturas de dos sirenas que contemplan a la multitud con la mirada pétrea característica de unas Diosas» había dicho con una voz calmada mientras se desplazaba con su silla de ruedas con tal de señalarle los distintos lugares relevantes. En ese momento, Barry había pensado que Harrison hubiera ejercido perfectamente como guía turístico si así lo hubiera querido y se sintió bien con ello. Aprendió, también, acerca de cómo las corrientes góticas que se imponían en algunas estructuras y balaustradas, con acabados religiosos y crucifijos, estaban contrapuestas al toque bizantino que aportaba la Gran Basílica, al lado opuesto de las columnas y junto a la torre del reloj. Los adoquines de piedra del pavimento, de color gris y blanco hueso, fueron una de las cosas más impresionantes, ya que habían sido colocados de tal forma que creaban toda una confusión de formas geométricas y curvilíneas. «Desde el cielo debe ser una verdadera delicia de perspectiva» había dicho Harrison; Barry no había necesitado nada más para subirse a uno de los edificios y contemplar dicha perspectiva. No le decepcionó.

La pieza que tocaban un cuarteto de cuerda y un piano en la terraza de al lado terminó y, de repente, las casas y edificios de poca altura se iluminaron con una luz dorada que se derramó sobre toda la Plaza y que brindó a esta de un aspecto casi celestial. Quizá Stream City inmovilizara la vida de años y años para que así los turistas e historiadores pudieran gozar de ella; pero durante las noches de la Bohemian Night aquello se desvanecía y Stream City se convertía en un hervidero de vida exultante e independiente, tan cambiante como el mismo mundo.

―¿Que pasa por tu mente?

La voz de Harrison junto a su oído sacudió su ensoñación.

―Sonará muy cliché, pero estaba pensando en ti ―dijo―. No tenía ni idea de que te gustara el arte; pensaba que eras de números puros, probetas y física, ¿donde aprendiste tanto acerca de arquitectura y corrientes artísticas?

El hombre lo escuchó, mirándolo con la mejilla recostada contra la palma de su mano, y los irises de sus ojos, bajo el resplandor dorado, adquirieron el color del cielo azul al ser atravesado por los rayos del sol. Barry quiso besarlo. Harrison apartó la mirada.

―La ciencia y el arte tienen más relación de la que crees.

―Pero… La ciencia es lógica, deducción, ¿no? Mientras que el arte, bueno, suele decirse que es un sentimiento, una emoción, es…

―El arte es orgánico ―señaló el científico; distraídamente agitaba la pajita de su copa―, tal vez, esa sea la diferencia más marcada, que la ciencia es una extrapolación de la mente fuera del cuerpo, una disección. Sin embargo, tanto la ciencia como el arte se haya, a priori, en la naturaleza; aunque el ser humano no tenga la capacidad necesaria, sensitiva y mental, para entender ambas cosas en conjunto. He ahí el motivo por el cual trata de separarlas.

El silencio se hizo entre ellos un instante, Barry meditó sus palabras ligeramente descolocado, pero creyendo entender lo que el otro hombre quería expresar.

―¿Quieres decir que solo son dos perspectivas diferentes de ver la vida?

Harrison ladeó la cabeza en respuesta.

―Dos formas de enfocar la vida que pueden resultar opuestas pero que, al final, solo tratan de responder a las mismas cuestiones que tanto preocupan al ser humano. ―Barry siguió la línea de la mirada de Harrison que acababa en el centro de la plaza, sobre un banco de piedra en el que se acababa de encaramar un hombre. Llevaba un micrófono en la mano y, con tal de comprobar su correcto funcionamiento, le empezó a dar golpes ligeros mientras entonaba «Tu noche, los micrófonos. Chupaita, no micrófonos. El sexo, el sexo, el sexo, no micrófonos, ay ay ayyy». Después de un momento, Barry se sintió observado y volteó a ver al científico, que continuó hablando―: Debes saber que la mayoría de los buenos científicos o filósofos de la historia no se dedicaban exclusivamente a la lógica ni a los cálculos, el arte estaba también muy presente en sus vidas.

Sí, Barry recordaba eso de sus años de instituto.

―¿Solías ir a museos con tu padre? ―preguntó el chico, no pudiendo aplacar su curiosidad.

―No.

―Pero…

―¡Signore e Signori, benvenutos!

La voz que se proyectó a lo largo y ancho de la Plaza de San Felizzo interrumpió su pretensión de seguir hurgando en la infancia de Harrison. Ambos, siguiendo las acciones de una multitud gregaria, enfocaron su atención en el hombre que había estado haciendo pruebas ―y entonando aquella lamentable canción― con el micrófono; subido en un banco bien ubicado en el centro de la congregación, y acicalado a base de Corsé y un vestido de corte Flounced dress ―con vistosos bordados de lazos y una falda de vuelo amplio―, daba la bienvenida a los viandantes que habían decidido unirse a la fiesta de esa noche.

Barry a penas pudo entender algunas palabras sueltas en el idioma de Stream City ―que no era el inglés sino el italiano―, como "día inverso", "pizza", "baile" y algo que sonó sospechosamente similar a "Mucho amor y sexo", pero no estaba seguro. Además, no le sorprendió ver que, de hecho, Harrison sí conocía el idioma local y no le estaba suponiendo un grave esfuerzo entender lo que decía el hombre entre ademanes pomposos.

Todo continuó en perfecta paz y armonía. Al menos lo hizo hasta que el sujeto en cuestión pegó un grito agudo que resonó por el micrófono y se llevó las manos a la boca como si acabase de presenciar una tragedia. En un primer momento, lo único que Barry supo fue que el tipo soltaba una retahíla de imprecaciones, unas que, si bien fueron un completo sinsentido para él, hicieron palidecer a Harrison. Nada bueno. Entonces el hombre estuvo junto a ellos. Era espigado y huesudo y tenía los ojos saltones como los de una rana asomando tras un antifaz púrpura, cosas que sumadas al fino bigote de estilo parisino le daban un aspecto peculiar ―por no decir ridículo― embutido en las vestimentas femeninas que portaba.

―Oh, ya entiendo, no habláis el idioma. Disculpad mi mala educación, mi cabeza llena de brillantinas no había notado que erais forasteros. ¡Pero Dios de mi vida! ¿Qué hacéis con esas ropas? ¿es que no os han informado de nada? ―Barry tuvo intención de responder pero el hombre atajó su pretensión con un chasqueo de lengua. Se sacó un folleto de un bolsillo escondido en el largo ropaje y se lo tendió a Barry―. Pues aquí tienes, cariño. Hoy estamos a día 27 lo que significa… ¿¡Qué significa, Signore e Signori?!

Se escucharon algunas respuestas descoordinadas entre el público, tanto en inglés como en italiano. Tarde, Barry se dio cuenta de que centenares de ojos estaban fijos en ellos y maldijo al hombre por ello así como por la sensación de bochorno que le acometió aún siendo él y Harrison los únicos vestidos de forma "normal". Optó que era preferible no echar un vistazo a Harrison y, en su lugar, miró el folleto que había acabado en sus manos ligeramente arrugado. Con una lectura en diagonal comprendió que cada noche giraba alrededor de una temática de disfraces y que las actividades iban sujetas a dicha temática.

… 25 de Diciembre: Noche Victoriana…

… 26 de Diciembre: Noche salvaje…

… 27 de Diciembre: Noche inversa… Noche… inversa

Tras ese título se leía el cuerpo del apartado: «¡Esta noche los sexos se vuelven locos! Únete a nosotros en la Noche Inversa y déjate confundir por una sociedad del siglo XVIII en la que las etiquetas de los hombres y mujeres han sido intercambiadas. ¡Señores, no sean tímidos, asuman su rol coqueto pero delicado y cojan su abanico mientras que las damas de la casa se ponen sus pantalones y dirigen los bailes! Una noche que alberga el más puro concepto bohemio»; una nota en el lateral del folleto, bajo los signos que simbolizan los géneros ligeramente modificados en favor del propósito, advertía: «Obligatoria la participación en los disfraces para asistir a los eventos». Barry parpadeó perplejo, no pudo continuar con la lectura de actividades para esa noche. Aunque no había sido demasiado complicado imaginarse algo del estilo, en ningún momento había predicho ni de cerca que fuese obligatorio involucrarse en el intercambio de atuendos. Bien cierto era que, ahora que lo pensaba, no le venía a la mente haber vislumbrado a nadie en aquella ciudad que no fuese ataviado con los ornamentados ropajes que habían sido estipulados; pero había supuesto que los residentes guardaban una severa fidelidad a sus tradiciones y, para qué negarlo, tampoco era que le hubiese dado muchas vueltas al asunto, ocupado en tratar de olvidar el estado de Joe por un rato así como en admirar la hermosura del sitio, y luego centrado en Harrison.

La mirada del hombre del antifaz púrpura cuando Barry alzó la vista era depredadora.

―¿Esto es enserio?

La sonrisa del sujeto se ensanchó y Harrison se tensó a su lado. Barry dejó escapar el aire en un vago suspiro. No parecían tener alternativa si querían quedarse en la fiesta y Barry quería; una parte de él, la más animada y menos frecuente en los últimos días, pensaba que podía ser divertido. Su temor estaba más ligado a Harrison y a cuántas probabilidades había de que eso le molestara.

―Barry, absolutamente no ―dijo el científico, rotundo.

Un abucheo multitudinario de los habitantes más cercanos hendió el ambiente. Barry pudo decir que su novio estaba haciendo un esfuerzo importante por armarse de paciencia al verlo juguetear con sus gafas de montura negra, por lo que se acercó para susurrarle al oído:

―Me gustaría quedarme y si no hay otro remedio que seguir la corriente a la gente… Bueno, es una nueva experiencia.

―Sí, una que no tengo la más mínima intención de experimentar.

―¿No te sientes más ridículo estando aquí vestido normal mientras todo el mundo va disfrazado?

―Lo cierto es que no. ―Harrison se mantuvo en sus trece.

―¿Ni siquiera por mi? ―probó Barry una última vez. Le había entrado el gusanillo y ya se había hecho a la idea de presenciar al menos una noche de las fiestas que su madre y su padre tanto se habían esmerado en alabar antaño, debido a eso, sintió una ligera decepción ante los ojos en blanco de Harrison y su parco mutismo.

Barry creyó oportuno entonces dar por finalizado su moderado plan de insistencia, pero no obstante, el hombre del antifaz púrpura no estaba dispuesto a dejarlos marchar y, tras proferir un incomprensible galimatías por el micrófono en italiano, le agarró por los hombros en un gesto amanerado que le dejó sorprendido.

―Ay, Jesusito de mi vida, no me digáis que sois pareja ―exclamó inclinándose hacia ellos en un aire confidencial que, apreciando que estaban rodeados por decenas de pares de ojos pendientes de sus movimientos, no dejaba de ser hilarante―. Bueno, pues ya está, decidido, no hay más que hablar. A ver si le das un poco de juerga al chiquillo, joder, que cualquier día te vuela ―añadió esto último hacia Harrison y Barry sintió como se le subían los colores―. Andando, os voy a hacer un tour por las boutiques más chic que vais a ver en vuestra existencia. ¡Divino!

Luego de eso, Barry aprovechó que el hombre se entretuvo unos instantes para despedirse del público y apartó a Harrison lo máximo que pudo entre toda aquella marea de gente, hizo caso omiso de las puntuales ovaciones en inglés que le animaban a calzar unos buenos tacones, o incluso a algunos de los avispados comentarios de ligue que iban dirigidos a él en su mayoría; si bien no se perdió las miradas poco disimuladas de algunas mujeres ―mujeres en pantalones y sombrero de copa― a Harrison.

―Lo siento, no quería que esto pasara. Podemos irnos.

―No parecías muy dispuesto a irnos.

―Oye, a mi también me da bochorno ponerme esos vestidos pero reconozco que puede estar bien, quiero decir… Sé que puede ser incómodo para ti porq… No, no quiero decir eso, no lo digo por tu condición, p-pero… yo… ―Su determinación fue flaqueando hasta que su voz murió en un insonoro hilo de voz. Harrison le observaba con una ceja arqueada y expresión desafiante, no parecía íntegramente molesto pero había algo de tensión en su expresión y en la rigidez de sus brazos entrecruzados―. Será mejor que volvamos a casa.

Harrison bufó. ―De ninguna forma.

―¿Qué?

―Ahí viene el Sr. Aceitera. Necesita entender donde puede poner las manos y donde no debe hacerlo.

Una sonrisa bailoteó en los labios de Barry, una realmente genuina. Después de un segundo en el que oteó hacia donde el hombre del antifaz púrpura, o Sr. Aceitera como lo había bautizado Harrison, se habría paso hacia ellos sorteando al gentío con un suave contoneo y gestos exagerados y pomposos, Barry no pudo contener una carcajada que fue secundada por una media sonrisa del científico.

Y es que un poco de aceite si que perdía.

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Eobard empezó maldiciéndose a sí mismo y al instante en el que había tenido la magnífica ocurrencia de ir a Stream City. Estaba sentado en su silla de ruedas, pero el respaldo de esta había sido inclinado hacia atrás hasta quedar paralelo al suelo; a su espalda, un hombre de aspecto bonachón y generosa barriga tensó las cuerdas del corsé y Eobard sintió como si le estuvieran oprimiendo el pecho al vacío.

―Yo de ti iría con cuidado ―siseó echándole una mirada por encima del hombro.

―No hacen falta amenazas, se lo va a tener que poner de igual manera, es contraproducente usar el Princess Dress que te hemos escogido sin un corsé.

Volvió a apretar la prenda. Eobard se juró que un día vendría a Stream City solo para acabar con su putrefacta vida, cuando el tipo no llevara una horrenda faja en su culo gordo ni tuviera los labios pintados de azul ―porque cada vez que lo veía, Eobard tenía el repentino impulso de salir huyendo a sabiendas de que también él iba a acabar de forma parecida―. Rechinó los dientes cuando por fin la asfixia en sus pulmones dejó de crecer. Si se mareaba por falta de aire, consideraría a toda la población de Stream City culpable por organizar aquellas estúpidas fiestas, conllevando así a la muerte prematura de millones de personas.

Se vio en la lamentable obligación de maldecir a Barry también, no en vano habían sido tanto este como las sombras que no terminaban de desaparecer de sus ojos ―indicio del rencor y la culpabilidad por lo acaecido con Joe― los propulsores que habían llevado a Eobard a aceptar quedarse en Stream City, a sufrir aquel martirio.

El extraño sujeto del micrófono que, a pesar de haberse presentado como Giovanni él prefería seguir llamando Sr. Aceitera, los había llevado por varias boutiques de disfraces que guardaban relación con la antigua Inglaterra de la Reina Victoria, tiendas de máscaras y antifaces de todos los colores y formas imaginables ―un requisito indispensable y recurrente en cada noche de las fiestas de la Bohemian Night―, y había acabado de exponer su recorrido dando unas ligeras referencias al salón de belleza al que los conduciría cuando estuvieran correctamente vestidos. Luego los había separado bajo la premisa de que tratándose ellos de una pareja de enamorados, palabras textuales del Sr. Aceitera que Eobard prefirió ignorar, no era propicio que se vieran hasta estar listos, y ante eso tuvo que morderse la lengua para no responderle algo desmesuradamente mordaz que levantara las sospechas de Barry sobre su verdadera identidad. Al final había acabado cada uno en una boutique diferente, pero situadas una al lado de la otra, mientras Giovanni iba y venía comprobando que todo estuviera en orden.

Cuando por fin el dependiente rechoncho le hubo engalanado con todas las piezas que componían el vestido, desde un miriñaque muy amplio hasta el corsé y los distintos ornatos, Eobard fue conducido fuera del vestidor a través de un estrecho pasillo de paredes granates y ornamentación barroca. Se detuvieron en una sala de estructura rectangular en la que su mayor atracción era el amplio espejo que ocupaba la extensión de las paredes, rodeando todo el perímetro como una cinta reflectora. Había otro tipo unos metros más allá siendo atendido por un dependiente, pero no se giraron con su llegada.

―¿Qué le parece? Puede que ahora se vea raro, pero en cuanto pase por la peluquería y el salón de belleza la imagen mejorará, y mucho ―dijo el dependiente que le había estado ayudando en el probador―. Tiene la suerte de no tener una espalda demasiado ancha; la falta de curvas sí son un problema pero quedan disimuladas gracias al corsé y al miriñaque de aros que abomba la falda; lo que encuentro más problemático son esos bíceps, los tenía bien ocultos por el polo de manga larga que vestía.

Eobard contempló su reflejo y todo lo dicho por el hombre quedó reducido en su mente a una sencilla aserción: se veía ridículo. Tal vez no tanto como se había figurado en un principio empero ridículo en cualquier caso.

Su único consuelo: que la máscara iba a ocultar su rostro; aunque no fuera su verdadero rostro después de quince años uno llegaba a identificarse.

Las cortinas que daban paso a la sala se abrieron entonces y entró Giovanni, balanceando su esqueleto con garbo; los brazos extendidos hacia arriba.

―¡De qué placer gozan mis ojos! Estás estupendo, mi amor, el color cian te sienta de fábula y combina a la perfección con tus ojos. No hagas caso a este ―añadió mientras se situaba a su lado y deslizaba una mano por uno de sus brazos desnudos―, semejantes bíceps no sobran ni en el gallinero de mi tío, y créeme, a veces le he encontrado gallinas hasta en los calzoncillos.

Eobard le ignoró e hizo rodar la silla para alejarse de él. Sin embargo, Giovanni no se dio por aludido y siguió toqueteándole a la vez que derrochaba saliva inútilmente.

―Por cierto, tu chico se veía un poco chafado ―confesó, afligido―, intenta disimularlo pero creo que le pasa algo; justo lo he dejado en el salón de belleza y me acerqué a ver que os llevaba tanto rato a vosotros. Eso sí, te vas a quedar de piedra cuando lo veas, porque está de muerte, ¡divino! Lástima que estas vestimentas oculten sus abdominales…

Y la paciencia de Eobard llegó a su fin.

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La peluquera llamada Bárbara, aunque no lucía mucho mayor que Barry, se movía tras él con la agilidad digna de una profesional con años de dedicación a sus espaldas. Llevaba un atuendo de hombre a tonos oscuros que iban desde el azul marino hasta un marrón casi negro; el único punto de luz era una chorrera blanca que pertenecía a la camisa y le sobresalía por la parte del pecho. El sombrero de copa baja lo había dejado apartado para trabajar.

―Mi consejo es que utilices un tono de castaño más oscuro que el tuyo natural. Los ingleses eran de tez especialmente pálida en el S. XVIII, por lo que tu piel blanca no será un problema, y le dará un toque distinto a tu vestuario. ―Le pasó las manos por el corto cabello, sus ojos marrones le observaban a través del espejo―. Es que tienes un castaño tan claro que te va a quedar demasiado uniforme con el color dorado del vestido.

―Como tu veas.

―En cuanto a la longitud, personalmente prefiero una extensión hasta media espalda que nos permita jugar con los peinados ―dijo―. Una trenza de lado te sentaría muy bien.

Barry se encogió de hombros y la chica se puso manos a la obra. Antes le había explicado lo que era una peluca indetectable completa, las que solían utilizar las actrices y modelos, ya que Barry no tenía ni la más ligera idea al respecto. El método con el que eran dispuestas sobre todo el perímetro craneal con un tipo especial de malla aseguraban una sujeción infalible; «Y no te preocupes por quitártela luego» le había tranquilizado Bárbara, «con el horario de la Bohemia Night cerramos a las siete de la mañana por lo que puedes pasarte antes a la hora que quieras y te la quitamos en cuestión de 20 minutos». Un alivio. Por un momento, al oír todas las explicaciones de cómo iba adherida al cabello, había creído que la peluca sería su eterna compañera.

Contempló el proceder de la chica desde una nube de frío distanciamiento. De repente, prácticamente al haber sido separado de Harrison, su frágil entusiasmo había flaqueado y la realidad de su presente le había golpeado con fuerza. La realidad de un presente sin su madre y en el que el hombre de amarillo podía arrebatarle todo cuanto tenía. Había tenido que respirar hondo un par de veces y se había alegrado profundamente en los momentos que Giovanni lo dejaba solo con el dependiente de la boutique para ir a comprobar el progreso de Harrison. No había prestado demasiada atención a lo que hacían con él, sino que se había dejado manejar como un títere entre las distintas vestimentas y en la tienda de máscaras, contestando con monosílabos y una estudiada sonrisa agradable cuando se le requería.

«Soy un caprichoso. He hecho a Harrison quedarse por mi en contra de su deseo y ahora ni siquiera estoy a gusto» pensó con amargura; ¿donde habían quedado todas esas ganas de disfrutar?

―Barry, ¿estás bien?

Vio a sus propios párpados aletear con sorpresa en el espejo. Luego se percató de que Bárbara le había estado hablando.

―Perdona, me había quedado en babia.

―Mi abuela solía decir que cuando alguien se queda mirando al vacío, en blanco, es porque su mundo interior tiene más preocupaciones de las que hay a su alrededor ―sonrió y su tez morena se iluminó con una apacible amabilidad.

―Tu abuela era sabia. ―Las palabras murieron en sus labios al reparar, por primera vez, en la imagen que el espejo le devolvía de sí mismo―. Wow… ¿ese soy yo?

―Soberbio, ¿verdad? No luces del todo mal como chica.

Barry tenía los ojos abiertos de par en par. Una gran impresión se abrió paso a través de él, como el caudal de un río hace su camino en la tierra. Si no lo supiera nunca hubiera adivinado acerca de la falsedad de aquella melena, la cual Bárbara había recogido en una gruesa trenza que le caía por un hombro hasta medio pecho.

―Es una trenza de espiga. Confieso que tengo debilidad por ellas.

―¿Debería preocuparme por verme bien dentro de los parámetros femeninos?

Una carcajada fuerte escapó de la boca de ella. ―No, no te preocupes. La gente suele subestimar el poder de una buena caracterización.

Barry se echó otra mirada, suspicaz, cuando notó un peso sobre su hombro: la mano de Bárbara.

―Te voy a aconsejar una cosa. Por mucha oscuridad que haya en tu vida, aférrate a los momentos felices y a las oportunidades para divertirte. No desaproveches esta noche, o lo que sea que te quedes en las fiestas de la Bohemian Night, consumiendote por las preocupaciones; estas no van a desaparecer pero ―Hizo una pausa; tenía el ceño y la boca fruncidos y cuando continuó su voz no era más que un murmullo―, créeme, la felicidad se evapora con una rapidez asombrosa. Hay personas fuertes, que saben enfrentar los momentos tristes de la vida con entereza, pero que luego no son capaz de vivir los felices.

Barry la miró en silencio.

―Gracias ―dijo, luego―. Lo tendré en cuenta.

―Pues solo queda maquillarte y te pones ese precioso antifaz.

―Sí.

―Además, Giovanni me lo dijo cuando te acompañó aquí ―añadió mientras rebuscaba en un cajón repleto de cosméticos―, no todo el mundo tiene un novio guapo que le paga los mejores disfraces.

Barry esbozó una sonrisa de medio lado.

―Ha venido por mi, no me hace gracia que lo pague todo él.

―Pero es de buena cuna.

―Bueno ―dijo, encogiéndose de hombros―, se gana bien la vida, sí.

―Entonces no te sientas mal.

Había un brillo en sus ojos, notó Barry, mientras evaluaba y escogía las pinturas que iba a utilizar, mientras hacía su trabajo, que la hacía destacar de un modo atractivo sin ser una chica especialmente guapa o bonita.

―¡Aquí está! ―exclamó cogiendo un pintalabios que debía haber estado buscando―. Vamos a hacerte despertar pasiones esta noche, Barry.

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En algún punto inconcreto del Lago Haiass, minutos más tarde, cuando Giovanni hubo guiado a Eobard a la compra de máscaras y seguidamente al Salón de Belleza, un antifaz púrpura flotó a la deriva.

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Cuando Barry vio a Harrison traspasar las puertas del bar no pudo más que mirarle los ojos, dos enormes lunas azules realzadas por el tono celeste de su vestido.

Cuando Eobard vio a Barry, sentado en una mesa apartada y con un refresco a medio camino de la boca, no pudo más que pensar que era un ángel dorado. Casi ni lo reconoció.

Ambos se miraron por un largo instante en el que el resto del mundo dejó de existir, la gente desapareció, también las mesas y las sillas y la música ―sí, incluso la música―. Barry se movió con celeridad, dejó un billete sobre el mostrador y salió a la noche luminosa junto a él.

Un canal partía la calle en dos veredas estrechas y una pequeña góndola circulaba por las mansas aguas. Barry tardó un momento en encontrar el habla y cuando lo hizo el hallazgo no fue de lo más elocuente.

―Hey.

―Hey ―contestó el científico, que tampoco se hallaba en su mejor condición, si bien pudo recuperarse más rápido―. ¿Hace mucho que esperas?

―No mucho, cuando te he enviado el mensaje citándote en este bar acababa de entrar.

Harrison asintió. El silencio cayó sobre ellos, de nuevo, pesado. Barry había acabado de alistarse con Bárbara y, en vistas de que Harrison aún no había acabado, le había mandado un mensaje de texto en el que le decía que lo esperaba en el bar que había al fondo de la calle, iluminado por unos farolillos rojos.

La indumentaria del hombre era elegante y sofisticada. Un largo vestido celeste le cubría hasta los pies; la falda, de amplio vuelo, caía como una cascada de volantes de organza de la misma tonalidad celeste y, puntualmente, una hilera de volantes plateados descendía en diagonal como si fuera el brillo de la luna en el mar. Las piedrecillas de color plata estaban desperdigadas por el pecho; mientras que los gruesos tirantes caídos dejaban al descubierto los hombros. Harrison, por supuesto, no tenía una marcada curva, y Barry no la echaba en falta, pero el vestido, hecho para resaltar la figura femenina, se ceñía con un encaje también plateado que le rodeaba la cintura. Los únicos accesorios además del antifaz, eran unos guantes celestes y un colgante de diamantes; su cabello ―o el de la peluca― caía en profundos rizos azabache hasta la altura del pecho. Y sus labios… ¡Oh, sus labios! Habían sido sombreados con un ligero tono melocotón que hizo a Barry salivar.

―Ti… Tienes el…

Harrison le miró, expectante. Barry se mordió el labio inferior antes de dar un paso hacia delante y colocar el vuelo del vestido de modo que quedase pillado entre las piernas del hombre y los laterales de la silla de ruedas.

―Se estaba arrugando ―musitó. Luego carraspeó, incómodo―. B-bueno, ¿qué te apetece hacer?

Los ojos azules demoraron unos segundos más en apartarse de su anatomía y cuando lo hicieron reflejaron una ligera turbación. Barry se preguntó si el científico se había sentido tan fascinado al verle como él se había sentido, y si el mismo desconcierto patente en el rostro de Harrison se había reflejado en el propio.

―Es casi medianoche. En media hora cocinan una pizza de 20 metros de diámetro en la Plaza Saturno.

Barry abrió mucho los ojos y sacó el folleto de actividades.

―Oh, Dios mío, no lo puedo creer. Espero que sea una Carbonara ―y su estómago rugió de tal forma que le hizo ruborizarse―. Ya lo ves, creo que se me ha abierto el apetito.

―Yo estoy hambriento también. ―Harrison entornó la mirada―. Mm…

―¿Q-que pasa?

Vio cómo el hombre alzaba la mano y la deslizaba por su trenza en una paulatina caricia. ―Te sienta bien ―dijo.

Las mejillas de Barry se pusieron rojas en un instante, y él rompió en una carcajada.

―Eso parece ―admitió después, y bromeó―: Soy una bella dama.

―Lo eres. Y un atractivo hombre también.

Barry sonrió levemente antes de recordar:

―Por cierto, ¿que ha sido de Giovanni? Pensaba que no iba a dejar de acosarnos.

Los farolillos rojos que colgaban de la entrada del bar dieron al científico un relieve sobrenatural cuando sonrió.

―Ha tenido que irse ―dijo, simplemente.

―Oh. ―Barry contempló a su novio por un momento―. Entonces, podemos ir tirando hacia la Plaza Saturno, según pone en el mapa ―Sacudió el folleto que les había dado Giovanni― la avenida de la derecha nos llevará allí, y como es una de las principales seguro que hay montones de tenderetes y puestos ambulantes.

―Perfecto ―cortó Harrison, impaciente― Pero béseme en este mismo instante, Sr. Allen, o no respondo de mis actos.

Barry lo besó sin resistencia, con ardor. Los antifaces chocaron pero no les importó; el pintalabios rojo de Barry se juntó con el de Harrison y les importó menos aún. Amparados por la melodía de un violín y por el barullo, por la noche, purpurina y por kilómetros de distancia con Central City, se besaron durante lo que pudo ser un minuto, o cinco o diez o quinientos.

Las próximas horas transcurrieron de forma precipitada. Probablemente fueron las mejores horas de Barry en mucho tiempo. De camino a la Plaza Saturno se habían encontrado con numerosas y variopintas paradas, en las que vendían desde antifaces y abanicos hasta objetos antiguos como tarros, piezas de góndolas, y amuletos de la suerte. Se habían detenido en un fotomatón y, poco antes de llegar a su destino, también en una tómbola, ambas por petición de Barry. Este había cogido el rifle y apuntado a las latas con una confianza que no le hizo justicia.

―¡Tío, pero que malo eres! ―le había dicho el dueño del puesto, que vestía un simple vestido liso―. Has hecho diez partidas y no has ganado ni una.

Barry había fruncido el ceño, contrariado, antes de dejar el rifle y dar media vuelta. Harrison lo había seguido después de dedicar un ligero cabeceo hacia el hombre en ademán de despedida.

―¡Vuelve otra noche!

No hubieron bromas al respecto, pero en la mirada azul de Harrison había un tácito recochineo y una ceja alzada permanentemente que, de forma eventual, habían provocado un bufido disconforme por parte de Barry, que se había echado a reír y soltado protestas como «Esto es insultante», o «Te odio, me estabas poniendo nervioso tocándome la pierna» y «¡Un flash me ha deslumbrado!». Luego se habían besado.

―Madre mía, he comido como un cosaco ―dijo Barry después del generoso banquete pizzero y de haberse distanciado notablemente de la zona más concurrida de Stream City―. No sé si volveré a comer algún día.

―Lo más probable es que dentro de unas horas te estés zampando un buen desayuno. Son las ―alzó la muñeca donde llevaba el reloj― dos y media de la mañana.

―No me llames comilón.

―¿Como quieres que llame a lo tuyo?

―Antes de conseguir la fuerza veloz no era este pozo sin fondo. ―Barry miró por enésima vez el mapa que había en la parte posterior del folleto, y giró a la izquierda por una angosta callejuela por la que la silla de ruedas de Harrison cupo a duras penas―. El Laberinto del Mar debería estar justo a la salida.

Cruzaron en fila india y en silencio. Las paredes de los edificios, hechas de ladrillo viejo, estaban recubiertas por numerosas cañerías que escalaban la poca altura de las construcciones como si fueran hiedras. Había algunos balcones con balaustradas de hierro pero eran opacados por varias cuerdas de tender, de las que pendían algunas sábanas, calcetines, camisas y vestiduras. Estuvieron fuera de la callejuela en cuestión de segundos y el traqueteo de la silla de ruedas fue sustituido por el lejano rumor de un DJ cuando se detuvieron frente a las verjas de un espacio boscoso.

―La antigua mansión de los Darcy y su colosal jardín ―dijo el científico a nadie en particular.

Barry asintió. Eran ambos dos figuras relucientes en sus vestidos, quietas en una noche menos fría que la de Central City, contemplando la majestuosa residencia señorial amparada por los altos y gruesos barrotes en forma de pico. Entre las copas de los árboles y la espesura del laberinto que recorría el jardín, se vislumbraban decenas de fugaces chorros de agua que ascendían hacia el cielo en una lluvia inversa de colores, formando arcos de luz que quedaban estampados contra el cielo antes de volver a caer al interior de la fronda. El Laberinto del Mar, así llamaban los residentes al hermoso jardín que el último Sr. Darcy había mandado diseñar, un complejo sistema de fuentes y plantaciones, de intrincados caminos que nadie, excepto él, había sabido a donde llevaban. Un laberinto en el que de día, decían, debido a las múltiples fuentes que alcanzaban hasta veinte metros de altura, se formaba una cúpula de arcoiris natural que cubría todo el jardín. Algunos de los residentes, incluso, cuando Barry había preguntado acerca del lugar después de ver una foto en un folleto informativo, les habían ilustrado con curiosos mitos acerca de colonias de hadas que habitaban en esos jardines, robando las pertenencias de los desventurados que se perdían entre sus muros. Barry había pensado que debía ser parte del folklore de Stream City, y le había parecido encantador.

De repente, Harrison, que, como él, había estado contemplando en silencio la sensual danza de agua iluminada, volteó hacia él.

―Sé que antes has dicho que no querías ir a ningún baile, pero…

―Lo dije en serio. Admito que me hubiera gustado bailar contigo, pero ―Su mirada se desvió hacia las piernas de Harrison, este lo notó― hubiera sido incómodo con tanta gente.

―Puedo bailar en una silla de ruedas aunque parezca inaudito.

―Y seguro que lo haces mejor que yo, créeme. Lo más probable es que acabara pisándote.

Las cejas del científico se enarcaron. Barry podía verlo a pesar del antifaz, pues el que había escogido no era uno completamente opaco ―a diferencia del que Barry llevaba―, sino que estaba fabricado a partir de finos alambres negros que dibujaban intrincados motivos vegetales de un modo exquisito y elegante que le resaltaba el azul de los ojos.

―No es como si me fueran a doler tus pisadas ―retrucó el hombre. Barry casi se atragantó.

―Lo siento, no quería…

―Barry ―le detuvo―, estoy bromeando.

―Oh, por supuesto. ―Le golpeó en el hombro―. Estúpido.

La única respuesta fue un ronco ronroneo de Harrison que a Barry le recordó a un gato en celo y le hizo querer desvestirlo en ese mismo instante ―¿a quién le importaban las tres o cuatro personas desperdigadas por ahí? A él no, seguro―. Se removió, incómodo en su vestido, y se pasó las manos por la falda alisando unas arrugas inexistentes.

―¿Qué? ―preguntó Harrison.

Era tan extraño pensar en él como Harrison al verlo con aquellos ropajes... pero en ese momento, tanto los ojos cobalto como las hendiduras de los bíceps, al descubierto como pocas veces, parecían haberse vuelto imanes para la mirada hambrienta de Barry.

―Creo… Creo que me gustaría subir a una góndola.

―Dijiste que querías ver el Laberinto del Mar ―protestó Harrison con suavidad al tiempo que se cruzaba de brazos. ¡Y eso lo hacía peor, porque se le marcaban más los músculos de los brazos! En un rápido movimiento hubo acorralado al científico contra la silla; las manos estuvieron apoyadas contra el respaldo, una a cada lado de la cabeza; y sus labios rozando el cuello del hombre.

―¿Qué puedo hacer? ―susurró, muy bajo, tan bajo que mandó un estremecimiento al cuerpo de Harrison―. Si soy un caprichoso. ―Deslizó la lengua en un camino ascendente hasta la oreja―. Tan caprichoso… que nunca podré dejarte ir, no importa lo mucho que intentes convencerme de que es un error, de que eres demasiado mayor para mi. ―Capturó el lóbulo de la oreja entre sus dientes. Un pequeño gemido nació en la boca de Harrison, que empezó a deslizar una mano por la espalda de Barry―. Soy tan caprichoso ―continuó el chico mientras dejaba lametones lentos y pausados dentro de la oreja y, cuando hablaba, su aliento cálido chocaba contra la piel lamida y Harrison vibraba de la excitación―… tan caprichoso que te quiero a ti, ahora, más de lo que nunca jamás he necesitado a nadie.

Los labios rojos de Barry se alejaron en un suspiro que acarició la mejilla de Harrison, separándose solo lo justo para poderse mirar a los ojos. Había fuego en la mirada de Barry, fuego abrasador que golpeó con fuerza al otro hombre. Devorar, quería, ansiaba devorar a Barry, hacerle suyo, completamente suyo como nunca lo habían hecho.

―Stream City está en el centro del lago Haiass ―dijo, entrecortadamente. Barry lo miró con curiosidad aclararse la garganta antes de continuar―: Lo que significa que está rodeada de solitarias calas a las que podemos ir.

―¿Y a qué esperamos?

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El centinela que había estado haciendo guardia en la puerta del hospital notó un leve pinchazo en el brazo, como el de una avispa, antes de desplomarse contra el suelo dormido, luego, haciendo uso de algunas de sus herramientas, abrir las puertas cerradas del hospital fue pan comido.

La recepción del hospital estaba a oscuras, las sombras lamían las blancas e impolutas paredes y solo el rumor de un televisor encendido, que provenía del mostrador, distorsionaba aquella chirriante quietud. Avanzó con cuidado, parapetándose tras las columnas cuando el tipo sentado tras el mostrador cabeceaba, medio despierto, echaba un vistazo alrededor, cambiaba de canal y volvía a caer dormido en aquella incómoda silla. Inspiró hondo antes de apuntar al hombre con el dardo y disparar. No iba a arriesgarse a que se despertara, ¡en menudo lío se podía meter! Los siguientes pasos hasta alcanzar la habitación de Joe en los pisos superiores fueron más sencillos y menos una aventura característica de Los Ángeles de Charlie.

Las cortinas de la habitación que Joe ocupaba estaban abiertas de par en par y una tersa luminosidad se derramaba al interior de la estancia, iluminando los contornos de los muebles como si fueran finos hilos de plata. Joe había estado pensativo, observando desde la camilla el tránsito urbano que se desplegaba al otro lado de la pequeña ventana de hospital, cuando la puerta blanca que daba al pasillo se había abierto con suavidad y alguien hubo entrado. No se volteó, pero el interruptor de la luz fue accionado y el efecto plateado de la luna se anuló.

―Buenas noches… ―masculló el recién llegado, somnoliento― nunca más vuelvas a pedirme nada como esto, he tenido que disparar a un centinela y al recepcionista, ahora están teniendo dulces sueños. Pero, ¿sabes que hora es? ―Alzó la mano―. Está bien, no contestes, no puedes saberlo, porque de saberlo asumo que no me hubieras llamado a las dos de la mañana para que me colase en un hospital como si fuese un agente secreto del CIA.

―Espero que no te haya supuesto demasiada complicación, Cisco ―dijo Joe, al fin, girándose para mirarlo―. Iris no quería dejarme solo, no fue fácil convencerla.

―Imagino que vendrá en los genes… ―murmuró por lo bajini. Luego suspiró y fue a sentarse en una silla junto a la cama―. ¿Cómo estás?

«Se ve extraño», pensó Cisco echándole una mirada contemplativa, «diferente a como estaba cuando me fui esta mañana».

―Vivo y despierto ―respondió, adusto―. Pero no es ese el motivo por el que te he hecho venir a estas horas.

―¡Eso espero! Porque solo sería así de calzonazos por mi novia.

―Quiero que compruebes que Barry esté en casa, o, en su defecto, en casa de Wells.

―¿Qué? No. No, no y déjame repetir mi rotundo no. Ni hablar, no voy a hacer eso ―Sacudió la cabeza, categóricamente, para dar énfasis a su punto. No iba, por ningún motivo, a presentarse en casa de Barry como un perturbado solo para decirle «Eh, tío, siento despertarte, solo quería asegurarme que no te habías movido de casita, encargo de tu padre adoptivo, ya sabes»― Mi decisión es inamovible.

―Estoy preocupado por él… Está demasiado apegado a Wells y él…

―¡Todos estamos apegados al Dr. Wells! ―exclamó de pronto, más entusiasta de lo que pretendió. Joe lo miró―. Mira, he estado hablando con Caitlin.

―Espera, ¿le has dicho algo de nuestra investigación?

―No, no lo he hecho ―musitó―. Pero el punto aquí es que nosotros confiamos en el Dr. Wells, sabemos… yo sé ―enfatizó― que nunca nos mentiría en algo como esto, él no puede ser el Reverso, es una buena persona.

Cisco nunca había imaginado que iba a estar teniendo una conversación así con nadie, mucho menos con Joe. Se sentía consternado pero sobretodo culpable, un traidor por haber dudado de alguien que le había dado una oportunidad, que le había abierto puertas, alguien a quien realmente estimaba y…

―No os conviene tener esa fe ciega ―La seguridad en la voz profunda de Joe le irritó y Cisco tuvo la imperiosa necesidad de moverse, de hacer algo, lo que fuera, por lo que se puso en pie y comenzó a caminar en bucle―. Jesús, chaval, ¿es que no te das cuenta? ―chistó el detective, incrédulo― ¿Crees que ha sido una casualidad el ataque, justo cuando lo estábamos investigando?

El hispanoparlante se había movido hasta la ventana, el cansancio se mostraba sin tapujos en su ceño fruncido y en el desconcierto de sus ojos marrones. Abrió los brazos y luego los entrecruzó.

―Creo que, independientemente de la identidad del Reverso, este pudo haber querido quitarte del medio, después de todo vas detrás de él.

―No, no es así. Wells es el hombre de amarillo, hay demasiadas cosas en él que no me gustan ―dijo pensativo.

Cisco perdió la paciencia y exclamó: ―¡Que no te caiga bien no implica que tenga que ser un psicópata mentiroso!

Un ruido se escuchó al otro lado de la puerta, en el pasillo, por lo que Joe hizo un gesto a Cisco de que guardara silencio, este aprovechó para pasarse las manos por la cara. Sobrepasado. Se sentía sobrepasado con todo aquello.

―Mira ―murmuró Cisco en un hilo de voz―. Hay unas metahumanas allá afuera con ganas de destripar a todo Central City, cosa que admito que me preocupa. Que me guste el cine gore no significa que quiera vivir su representación en mis carnes ni en la de otra gente ―Joe negó con la cabeza, parecía frustrado pero el chico insistió―. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano por atraparlas.

―¡Por supuesto, todos lo vamos a hacer! ¿Entonces me estás diciendo que debemos enfocar nuestras fuerzas en un solo criminal cuando hay cientos de ellos?

―No, solo creo que es nuestra prioridad ahora. De todos ―añadió―, también del Dr. Wells.

Un silencio se extendió entre ellos como una apisonadora, como una muralla invisible que los separó y los dejó a cada cual sumido en sus propios pensamientos, una telaraña de preocupaciones y de intrigas, incógnitas y secretos que no parecían tener fin. Cuando Cisco alzó la mirada del suelo para ver a Joe, la imagen le descolocó. El hombre se había mostrado fuerte y sereno hasta entonces, como de costumbre; Cisco siempre había pensado en él como una estructura férrea e inamovible bajo la que se escondía un gran corazón. Y, sin embargo, en ese momento, su rostro era un rictus de dolor y desconsuelo.

―Joe…

Dio un paso incierto hacia delante, pero el hombre le detuvo con un gesto.

―No es nada ―dijo con voz temblorosa. Sorbió con la nariz, los ojos le brillaban como dos canicas azabache―. No es nada ―repitió―. Yo solo… desearía equivocarme, creeme, pero hasta que no esté seguro no puedo echarme atrás. Por Barry.

De repente hacía mucho frío en aquella habitación, o, por lo menos, Cisco sintió frío. Tragó saliva buscando algo que decir pero Joe se le adelantó.

―No puedo hablar de esto con Barry, es imposible, ni siquiera me escucha. Últimamente… él y Wells parecen estar más unido de lo que solían y cualquier insinuación acerca de este tema es… En fin ―resolvió con una risa falsa―, te lo puedes imaginar.

―¿Y Eddie? Dijiste que…

―Eddie tiene sus propias luchas internas, no quiere ayudar mientras le sigamos ocultando a Iris que Barry es Flash.

Un mudo asentimiento fue su respuesta. No tenía nada que decir acerca del tema, había demasiados factores involucrados; el instinto paternal de Joe, la culpabilidad y el amor de Eddie, los sentimientos de Barry, la seguridad de Iris.

―Es como un padre para mí ―dijo Cisco, al fin, después de una breve pausa―, el Dr. Wells.

Era la primera vez que se lo admitía a alguien en voz alta, fuera de las protecciones de su mente, y resultaba irónico que esa persona fuera Joe y que la apacible calma que creyó que sentiría al admitirlo, al admitir que consideraba una figura paterna a alguien que no era de su propia sangre antes que a su padre biológico, fuera sustituida por una vorágine de incertidumbre.

―Entonces siento lástima por ti. De la misma forma que por Barry.

Cisco se tensó como si le hubieran electrocutado. Dio media vuelta para irse.

―Cisco ―le llamó, en el último momento―. Por favor, te lo ruego.

El chico asintió; una mano en el pomo.

―Iré a echar un vistazo ― y se fue.


g01. .

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Estás imagenes de aquí arriba son los vestuarios de Harrison y Barry.
El vestido azul y el antifaz negro (Harrison); vestido dorado y antifaz dorado (Barry) ;) Si aquí no se ven podéis verlas directamente en mi cuenta de Archiveofourown, usuario Nicole_Moon

Como he dicho, publicaré la segunda parte el martes seguramente, pues tengo que ultimar algunas cosas. Espero que os haya gustado a pesar de que no haya mucho avance de la historia, como el título bien señala está todo en reposo xD Y la mejor parte... que muchos me habéis pedido desde hace algún tiempo... viene en la continuación del martes, ¡Siiiii, lemonnn, sexooo, todooo!

Pues nos leemos amados lectores, gracias por vuestro apoyo :) Cualquier duda estoy a vuestra disposición.