XII

Un búho real inmenso y hermoso golpeó suavemente en una ventana mientras Rosalía volvía a entrar en el comedor. Todos dirigieron su mirada al majestuoso pájaro que les devolvió una mirada ambarina. Aisone se acercó con premura y abrió una de las hojas mientras Rosalía se dirigía hacia Graciana y le susurraba algo al oído. El animal dio un pequeño salto y se posó en el antebrazo de la bruja. Cassiopea pensó que era una de las aves más bellas que había visto nunca. El pájaro extendió la pata y Aisone recogió el sobre.

- Es para usted.- dijo mirando al brujo del Ministerio. Callejón se levantó de la mesa y corrió a recoger el sobre mientras Graciana se levantaba de la mesa y desaparecía por la puerta.

- Es del Ministerio.- murmuró el mago.- Los Aurores han completado su trabajo de campo. Podemos ir al lugar donde encontraron el cadáver.

Cassiopeia sintió que su corazón latía con fuerza. Por alguna razón que se le escapaba, presentía que aquel muerto tenía mucho que ver con el brazalete.

- Bien, - dijo Amparo.- No quiero que las niñas aparezcan por allí. En cuanto a ti.- dijo mirando fijamente a Cassiopeia. – por supuesto no puedo impedírtelo, pero me parece arriesgado que asomes la cabeza, al menos tan pronto. Si alguien vigila, podrían reconocerte.

Cassiopeia abrió la boca para decir algo sobre sus poderes de metamorfomagia, pero lo pensó mejor y cambió de tercio.

- ¿Usted que opina? – preguntó a Callejón. Al fin y al cabo, el mago estaba al tanto de su particular condición y era un hombre inteligente.

- Creo que es sensato que para esta primera aproximación se quede aquí. Si lo desea, podemos disfrazar a su amigo como un mago del ministerio.

Malcolm se levantó de un salto, entusiasmado.

- ¡Por supuesto! ¡Estaré encantado de acompañarle en las pesquisas!

- Bien.- dijo Callejón. Sugiero que todos tomemos precauciones. Los asistentes que no sean del Ministerio irán disfrazados. - Se formó un pequeño grupo y pronto tuvieron todo preparado para salir hacia Daimiel. Quedaron en la casa Aisone y Graciana, además de Cassiopeia y las dos hijas de Amparo. Cuando se hubieron marchado, Cassiopeia se excusó y subió al piso superior. En las escaleras se cruzó con una Graciana que refunfuñaba pero salvo un breve saludo no intercambiaron información. Llegó al tercer piso y llamó a la puerta del que dedujo era el dormitorio de Sara. Esperó unos instantes decidida a abrir de todos modos si nadie le contestaba. Al fin y al cabo, siempre podía argumentar que buscando un baño se había confundido de puerta. Cuando ya iba a hacer girar el picaporte oyó una voz conocida que contestaba tras la puerta.

- ¿Si?

- Soy Cassiopeia.- dijo desde fuera.- ¿Puedo entrar?

- Adelante.- contestó Sara con voz cansina. Cassiopeia abrió resueltamente la puerta y se quedó en el quicio, con la boca abierta, asombrada ante lo que veía. No esperaba encontrarse en una habitación como aquella. Para empezar, era un cuarto enorme, aunque eso no era lo más sorprendente puesto que seguramente era cosa de magia. Frente a ella, sentada en un escritorio que le recordaba vívidamente a la mesa del despacho de su padre, Cygnus Black en la residencia familiar de Swansie, estaba Sara sellando un sobre y entregándoselo a una lechuza pequeña y marrón, un animal cuya apariencia era si cabe más anodina comparada con el búho real del Ministerio. Cassiopeia observó cómo salía volando por la ventana abierta y se perdía entre las nubes, mientras Sara cerraba la ventana tras de sí con un toque de varita. La mesa hacía un ángulo con la ventana, de manera que el sol, en caso de lucir, daba de lleno en el tablero mientras ella al escribir no se daba sombra. Simultáneamente, le permitía mirar de frente a la puerta. Una disposición astuta, digna de un Slytherin. Dos de las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros. Otra estaba ocupada por un enorme armario y una cómoda. En la última se apoyaba el cabecero de la cama. Aunque la mesilla de noche también sostenía una pila de libros.

- ¿Te vas a quedar en la puerta? – dijo Sara sin elevar el tono de voz, pero con un deje de ironía que no gustó mucho a Cassiopeia.

Sobre la mesa, Sara tenía una serie de volúmenes apilados ordenadamente, un montón de pequeños pergaminos lisos donde estaba tomando notas, la tinta y las plumas cuidadosamente dispuestas, un pequeño recipiente de un bello cristal tallado lleno de gominolas y una taza humeante, que dedujo debía ser una poción subida por Graciana.

Si le hubieran dicho que imaginara cómo sería el dormitorio de una joven bruja del medio rural español, aquel cuarto era lo último que se le hubiera ocurrido. Pero allí estaba, como si fuera una estudiosa. Recordó que un rato antes les había obsequiado con una pequeña charla sobre Brujería e Inquisición Española.

La observó mientras se reclinaba en el sillón. Un sillón de cuero articulado con ruedas. Se aproximó hasta la mesa y conjuró una butaca.

- Nunca te había visto con gafas....- Fue lo primero que se le ocurrió decir.

- Las uso para leer. Tengo astigmatismo. Sin ellas no veo dos renglones iguales.

- ¡Ah! Pues es obvio que lees mucho.- dijo mirando alrededor.- ¡Esto parece una biblioteca, más que un dormitorio!

Sara sonrió con displicencia.

- Soy una escolar. Una Scholar, como se diría en Inglés.

- ¿Una escolar?

- Si. Preparo una Disertatio en una Schola Universitatis. En Salamanca, para ser exactos. Sobre antropología mágica.

Cassiopeia alzó las cejas.

- En Inglaterra son contadísimos los que hacen ese tipo de cosas.

- Aquí no es del todo infrecuente. Mi madre, por ejemplo, parece que las colecciona. Si lo es estudiar antropología mágica. Estudio Historia, Sociología, Arqueología...incluso algo de psicología, aunque en eso no soy muy hábil. Por eso tengo muchos libros y, puesto que mi Director se empeña en que en que investigue la Inquisición, algo se del tema. Creo que eso lo explica todo.

- ¿Hace mucho que te dedicas a eso? ¿Puedo...? – preguntó señalando la pila de libros. Sara asintió.

- Desde finales de enero. Hacen los exámenes de selección incluso antes de que terminemos la formación básica. Si los superas, desde ese mismo momento te ponen a trabajar.

- Vaya. Eso es muy exigente.- dijo mientras pasaba la vista por los títulos. "Vidas mágicas e Inquisición"..."El Oficio de Inquisidor"..."Brujas, magos, demonios y cerdos"..."Los Procesos de Daimiel"..."Pierre de Lancre ¿Un brujo renegado?"..."Juana Ruiz Arias o el escándalo en el cementerio"..."Alonso de Salazar, el hombre que sabía demasiado"...- ¿Me prestas éstos? Me vendrá bien informarme sobre el lugar y su historia mágica.

Sara asintió con la cabeza.

- Supongo que no has subido hasta el Palomar solamente por un libro. ¿Me equivoco?

- No. Quería hablar contigo. Pero todavía no he salido de mi asombro. Sinceramente. Hasta hace un momento, cuando entré en esta habitación, te hacía una bruja rural. Parece el despacho de mi bisabuelo Phineas Niguellus, que fue Director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería... ¿El Palomar? ¿Así llamáis a este piso?

- Ajá. Antes era una buhardilla.

- Debes ser toda una erudita en el tema inquisitorial...

- No. En realidad lo encuentro estresante. Nueve meses llevo. Y, si me permites la ironía, mi mente aún no ha "parido" nada que sea digno del aprecio de mi director. Ahí tienes.- dijo señalando los libros en las manos de Cassiopeia.- Muchas historias. Algunas, no lo niego, tienen su parte jocosa, como el caso de Juana Ruiz, pero otras no tienen ninguna gracia. "Oh, arrojemos a la mujer al agua con un peso en los pies".- dijo poniendo una exagerada voz dramática-. "Si se hunde, la pobrecita no estaba poseída. Estará disfrutando en el Paraíso. Si flota, entonces habrá que quemarla viva, pues es prueba evidente de que hizo un pacto de brujería".

- Ya veo. Te afecta leer los casos de condenas.

- Como dije antes, no llegaron al medio centenar. Pero es que todos los que yo he leído eran ingenuos. O muggles como tu dices. Ingenuos enviados a una muerte horrible por una superstición. Y porque no hubo ningún mago o bruja que interviniera y los rescatara. Al fin y al cabo, la causa última de su desgracia fue que había brujos y brujas de verdad.

Cassiopeia estuvo a punto de decir que solo se trataba de muggles, pero se cuidó muy mucho de dejar escapar nada que pudiera sonar despectivo. La sociedad mágica española era mucho más compleja que la inglesa, y no estaba segura de cuáles eran los puntos de vista con respecto a los muggles. De hecho, sospechaba que la familia de Sara era proclive a ellos, y eso a pesar de la apabullante evidencia de su pureza de sangre.

- ¿No te parece que es llevar las cosas demasiado lejos?- preguntó suavemente.

- ¿A ti te lo parece? ¿Has pensado alguna vez lo que puede ser que te quemen vivo?

- Oye. Hay muchas familias de magos en Europa que perdieron alguno de sus miembros más jóvenes porque no eran suficientemente duchos como para escapar...

- Eso es incompetencia. En el caso de los muggles, era incapacidad. Absoluta incapacidad.

Cassiopeia se encogió de hombros. Era inútil discutir con ella en ese estado de ofuscación.

- En cualquier otro momento podemos discutir el tema con calma. Ahora hay asuntos más urgentes.- dijo intentando cambiar de tema.

- Yo estoy atada de pies y manos. Ya lo has oído.

- Eso no es así.

- ¡Ah! ¿no? Por si no te has dado cuenta, mi señora madre ha decretado un toque de queda.

- No tiene autoridad para ello.

- No. Cierto. Pero todavía no he sopesado si me merece la pena enfrentarme a ella. Tu no la conoces.

- Me parece una madre protectora. Pero también me parece una mujer inteligente. Acabará dándose cuenta...

- Y es una bruja poderosa.

- ¿Y? Tu también lo eres.

- Es mi madre. A ver si lo entiendes. ¿Tu no tienes madre?

Cassiopeia suspiró. – Claro que tengo madre. Pero no se entera de todo lo que hago.

- ¡Ah! ¡Fantástico! ¡Vamos a engañar a Amparo Moltó! ¡Como no pertenece a casi ninguna Tradición no se enterará!

- ¿Qué estás diciendo?

- Que a mi madre la conocen en todas partes, y la gente es de natural cotilla. Si nos ven en Daimiel a Katalintxe o a mi ¿cuánto tiempo crees que tardarán en contárselo?

- ¿Y qué si se lo cuentan?

- Nosotras tendremos una bastante gorda y te aseguro que tomará medidas para que no vuelva a pasar.

- Entonces lo que tenéis que hacer es evitar que se entere.

- Las cosas no son exactamente lo que parecen.

- Y ¿Cómo son, realmente?

- Bastante más complicadas. Las demás también tenemos una vida. ¿Sabes? Una vida que se ha complicado demasiado gracias a tu aventura europea.

- Me pregunto dónde ha quedado aquella bruja positiva, capaz y resuelta que conocí en junio. Aquella chica valiente y desinteresada. Tal vez es que nunca existió. ¿A ti qué te parece?

- Es posible que solo fuera una ilusión.- contestó Sara. Era notorio que se había enfadado. Cassiopeia decidió que era mejor dejarlo estar. Al menos por el momento. Insistir no conduciría a nada bueno.

- En fin. Gracias por los libros. Me serán muy útiles para ambientarme. Han ido de camino a Daimiel ¿sabes?. Veremos qué nos cuentan cuando vuelvan. Te dejo con lo que estuvieras haciendo.

Cassiopeia se levantó, de un golpe de varita hizo desaparecer su butaca y sin añadir ni una palabra se marchó por la puerta con toda la dignidad del mundo y una pila de libros bajo el brazo.

Sara se quedó mirando cómo cerraba la puerta con el ceño fruncido. Cruzó los brazos y apoyó los codos sobre el tablero de su mesa. Todo en su vida se complicaba terriblemente y, para colmo, Cassiopeia había tenido la virtud de asestarle un puyazo donde más podía dolerle, en aquello que, según Santiago, era lo que le había atraído de ella. Tomó la taza de poción y dio un buen trago. La garganta volvía a dolerle terriblemente.