De acuerdo con su hermana, Isabella escribió a su madre a la mañana siguiente, pidiéndole que

les mandase el coche aquel mismo día. Pero la señora Swan había calculado que sus hijas estarían en Netherfield hasta el martes en que haría una semana justa que Rosalie había llegado allí, y no estaba dispuesta a que regresara antes de la fecha citada. Así, pues, su respuesta no fue muy favorable o, por lo menos, no fue la respuesta que Isabella hubiera deseado, pues estaba impaciente por volver a su casa. La señora Swan les contestó que no le era posible enviarles el coche antes del martes; en la posdata añadía que si el señor Mc. Carty y su hermana les insistían para que se quedasen más tiempo, no lo dudasen, pues podía pasar

muy bien sin ellas. Sin embargo, Isabella estaba dispuesta a no seguir allí por mucho que se lo pidieran; temiendo, al contrario, resultar molestas por quedarse más tiempo innecesariamente, rogó a Rosalie que le pidiese el coche a Mc. Carty en seguida; y, por último, decidieron exponer su proyecto de salir de Netherfield aquella misma mañana y pedir que les prestasen el coche.

La noticia provocó muchas manifestaciones de preocupación; les expresaron reiteradamente su

deseo de que se quedasen por los menos hasta el día siguiente, y no hubo más remedio que demorar la marcha hasta entonces. A la señorita Mc. Carty le pesó después haber propuesto la demora, porque los celos y la antipatía que sentía por una de las hermanas era muy superior al afecto que sentía por la otra.

Al señor de la casa le causó mucha tristeza el saber que se iban a ir tan pronto, e intentó

insistentemente convencer a Rosalie de que no sería bueno para ella, porque todavía no estaba totalmente recuperada; pero Rosalie era firme cuando sabía que obraba como debía.

A Cullen le pareció bien la noticia. Isabella había estado ya bastante tiempo en Netherfield. Le

atraía más de lo que él quería y la señorita Mc. Carty era descortés con ella, y con él más molesta que nunca.

Se propuso tener especial cuidado en que no se le escapase ninguna señal de admiración ni nada que pudiera hacer creer a Isabella que tuviera ninguna influencia en su felicidad. Consciente de que podía haber sugerido semejante idea, su comportamiento durante el último día debía ser decisivo para confirmársela o quitársela de la cabeza. Firme en su propósito, apenas le dirigió diez palabras en todo el sábado y, a pesar de que los dejaron solos durante media hora, se metió de lleno en su libro y ni siquiera la miró.

El domingo, después del oficio religioso de la mañana, tuvo lugar la separación tan grata para casi todos. La cortesía de la señorita Mc. Carty con Isabella aumentó rápidamente en el último momento, así como su afecto por Rosalie. Al despedirse, después de asegurar a esta última el placer que siempre le daría verla tanto en Longbourn como en Netherfield y darle un tierno abrazo, a la primera sólo le dio la mano.

Isabella se despidió de todos con el espíritu más alegre que nunca.

La madre no fue muy cordial al darles la bienvenida. No entendía por qué habían regresado tan

pronto y les dijo que hacían muy mal en ocasionarle semejante contrariedad, estaba segura de que Rosalie había cogido frío otra vez. Pero el padre, aunque era muy lacónico al expresar la alegría, estaba verdaderamente contento de verlas. Se había dado cuenta de la importancia que tenían en el círculo familiar. Las tertulias de la noche, cuando se reunían todos, habían perdido la animación e incluso el sentido con la ausencia de Rosalie y Isabella.

Hallaron a Lauren, como de costumbre, enfrascada en el estudio profundo de la naturaleza humana; tenían que admirar sus nuevos resúmenes y escuchar las observaciones que había hecho recientemente sobre una moral muy poco convincente. Lo que Lean y Angela tenían que contarles era muy distinto. Se habían hecho y dicho muchas cosas en el regimiento desde el miércoles anterior; varios oficiales habían cenado recientemente con su tío, un soldado había sido azotado, y corría el rumor de que el coronel Forster iba a casarse.