Con ustedes el capítulo doce: Camus.

Advertencias del capi: Yaoi. Ubicado en la saga de Hades. Triste? Quizás un poco.

Ah, nada mío. Todo de Kurumada.

El amor es natural.

Mi corazón palpita violentamente, deteniendo mis pasos. Mi respiración se entrecorta y, de repente, ya no sé quién soy. O en quién me has convertido. Miedo. Esa es la palabra que más se acerca a la sensación que me invade. Miedo de tu reacción al momento de encontrarnos. Miedo de ver tu mirada, siempre viva y alegre, cargada de rencor y desprecio al verme con esta nueva coraza que cubre mi piel. Sapuri.

Sin embargo, el plan está sellado ya. No hay manera en que pueda regresar y el tiempo corre. Mientras, yo desespero por el deseo de verte, de encontrar tu cabello alborotado, y perderme en tu sonrisa; pero al mismo instante tiemblo al pensar en tu rechazo. Una risa irónica y cínica surge de mis labios.

Y no puedo evitarlo. Yo, que antepuse la obligación a todo lo demás, por el simple hecho de que eso no estaba permitido. Porque el calor humano era solo una debilidad, la condena para un caballero. ¿Y los sentimientos? Sencillamente no tenían lugar. Porque atan y limitan; o ciegan y enloquecen.

Así, me labre mi propia coraza. Una firme y seria, fría; para que nadie la pudiera romper y jamás me tomaran por alguien débil. Aunque en el fondo amenazara con congelarme. Sí, las noches son largas y frías en Siberia; pero pueden serlo incluso más cuando no se tiene a nadie con quien compartirlas.

Entonces, llegaste tú. Y, todo se fue a la mierda. Te me acercaste, me tendiste la mano, me sonreíste y sobretodo, te comportaste como un amigo. Esa extraña conexión entre dos personas que no tienen nada de qué hablar, pero aún así lo dicen todo. En esos tiempos no lo entendí. Intenté alejarte, evitar que esa calidez se arraigara en mi interior...y fallé.

Cuando me di cuenta ya estabas dentro. Me descubrí imaginándote, soñándote, llamándote. Lo ignoré. Ignoré esa espontaneidad tuya que me enloquecía y me fastidiaba. Pase por alto la descarga eléctrica que tu sonrisa me causaba cada vez que te acercabas. Quise omitir la frescura que tu aroma traía a cada paso. Hasta que ya no pude más y caí. Irremediablemente.

La coraza se convirtió en eso: sólo una máscara para los demás; mientras algo iba cobrando vida lentamente en mi pecho. Tus manos me rozaban insinuantes en las peleas. Te seguí el juego. Tus ojos buscaban encontrarse con los míos. Te sostuve la mirada. Frialdad contra calidez. Pasión. Tu respiración chocaba en mi cuello, cuando estábamos completamente solos. Mi piel se erizaba respondiendo a tal estímulo. Y fue natural.

Tan natural como el extrañarte cuando estaba lejos, cuando el frío calaba en mi interior y ansiaba tenerte entre mis brazos para llenar ese vacío que cada vez se hacía mayor. Entonces entrenaba con más ahínco, sin decir ni una sola palabra, luchando por apagar eso que surgía con la simple evocación de tu nombre.

Eso que en un principio catalogué como amistad. Y que ahora me negaba a darle nombre, sencillamente para no demostrar que eras mi punto débil. Mi flaqueza. ¿Cómo ocultarlo? Me volvías loco, no sé si de la desesperación al no poder verte o por no ser capaz de comprenderte.

Pero partí. Partí, descubriendo la nostalgia y la melancolía. Añorando las horas que pasamos juntos, simplemente en silencio. Partí, comprendiendo finalmente nuestra obligación, el contrato que habíamos firmado de antemano. Antes que nada, caballeros. Me mentí. Haciéndome daño, haciéndoselos a ellos después. Haciéndotelo a ti.

Cuando regresé ya no me encontré al niño, inocente e inquieto. Creciste, igual que yo. Nuestros cuerpos, inevitablemente, reaccionaron. La misma sonrisa, los mismos ojos. La misma mirada que me desvestía, igual que la mía lo hacía contigo. Ese cabello alborotado que me seducía, que me incitaba; mientras el deber quedaba olvidado en un rincón. Y conocí el amor. Desnudo y al natural, en mi templo.

Te amé, una y otra vez, la noche entera. Perdí lo que me quedaba de inocencia. Perdiste la tuya también. Juntos. Entrelazando nuestros destinos, prometiendo, esperando...anhelando. Aunque algo en el fondo seguía diciéndome que no estaba bien, que sería algo breve, que estábamos condenados. Pero, tus caricias se encargaban de callar esos pensamientos; constantes en el día, olvidados por la noche. Con tu aroma en mi almohada, me permití soñar.

Aquél día, lo dijiste. Quedamente, en mis labios. Palabras que mueren apenas al surgir; y sin embargo, dan vida. Esperanza. Pues bien, en ese instante no lo entendí, sencillamente sentí algo quebrarse por completo en mi interior. Y temí. Como nunca antes lo había hecho. Temí, al no poder contestarte. Tus manos temblaron en su agarre, tus pupilas dudaron también, interrogantes, mientras el silencio se apoderaba de la habitación. Hasta que sonreíste. Sonreíste y el agarre se volvió más fuerte, el calor más intenso y la distancia más corta. Un sólo beso vino después. El último.

Fue mi culpa, lo admito. Mi cobardía, mi equivocación. Quise demostrar un punto que de antemano sabía era erróneo. Quise hacerle ver a él, mi alumno, que los sentimientos son sencillamente fragilidad; cuando eran lo único que me ataba ya a este mundo. Tu lo viste desde antes, dejándoles el camino libre. Yo, en cambio, pretendí enseñar una lección que únicamente yo necesitaba entender. Ahora lo hago, como lo hice en ese instante. Dicen que uno ve su vida pasar cuando la muerte se avecina. Pues bien, yo sólo te vi a ti...mientras la muerte me besaba.

Dije que Siberia es frío. Déjame decirte que el Inframundo lo es aún más. O quizás sea que me has hecho falta. Las noches son largas y el peso se hace grande en una existencia que no es real; mientras los recuerdos vuelven con más fuerza que nunca. Mientras ansío volver a sentir tu aroma en mi almohada y tu respirar en mi nuca. Mientras me pregunto que hubiera sido si te hubiera podido contestar, aunque supongo que ya lo sabes; de alguna manera siempre lo has sabido. Tu sonrisa te delata. Siempre tan tú, tan natural.

Algunas veces, cuando más pienso en ti, he podido sentirte a lo lejos...llamándome. Y me arrepiento mil veces más, al sentirme tan cobarde. Por eso firme, por la necesidad de verte, de siquiera encontrar tu mirada otra vez. Pero ahora, ahora mi corazón tiembla al estar aquí, de pie frente a ti. Tiembla al pensar en el daño que te he hecho y la promesa que dejé atrás, al comprender que no habrá más tardes apacibles de silencio. Ni noches intensas o días de desasosiego. Y temo.

El encuentro esta próximo y, aunque quede poco tiempo, debo terminar la conversación que quedó pendiente. Mi mente lo demanda. Mi cuerpo lo exige. Naturalmente, puesto que no podría ser de otra manera. Debo susurrarte en los labios un "te quiero".

o.o.o.o.o.o

Sí, sé que me he tardado un poco con este capítulo. El regreso a clases no deja mucho tiempo! Pero ya estamos terminando y debo decir que me ha gustado mucho escribir esto.

Quise mostrar un Camus menos frío, sin caer en el OOC, espero haberlo logrado. (Ah! este capi puede complementarse con "¿Dónde estás?" aunque sean independientes) Espero además haberlo hecho un poco de justicia a Camus, que es uno de mis caballeros favoritos.

Ya sólo dos capítulos!

Gracias por leer!

Ya saben, se aceptan comentarios, críticas y sugerencias.

Saludos!