CAPÍTULO 11
A pesar de todos los esfuerzos que Shaoran y Mayu hacían por impedirlo, Sakura siguió desapareciendo casi todas las tardes de la semana siguiente. Sólo ella conocía su destino. Mayu trataba de no quitarle los ojos de encima, pero la muchacha lograba escabullirse de alguna forma misteriosa, los empleados nunca encontraban ningún cerrojo descorrido. Entonces... si no salía de la casa, ¿adónde iba? Esta pregunta intrigaba a todas las personas que residían en la mansión Li, desde Shaoran y Mayu hasta el mozo de cuadra más joven.
Una tarde, una semana después del día en que Sakura desapareció por primera vez, Mayu llamó a Shaoran para informarle de que finalmente se había resuelto el misterio.
—Logré engañarla —le dijo a Shaoran con orgullo— Fingí que estaba ocupada en otra cosa. Esperé a que se escabullera y luego la seguí. Usted nunca adivinaría adónde iba la chica. No lo adivinaría ni en un millón de años.
Shaoran miró a su ama de llaves con expectación. Cuando cayó en la cuenta de que ella no tenía la intención de decir nada más, apretó los dientes.
—Mayu, dímelo de una vez, por el amor de Dios. ¿Adónde va?
—¡Al ático! —le informó, sonriendo llena de satisfacción— Subía al puñetero ático.
—¿Cómo? Tú me aseguraste... dijiste que estabas segurísima, ¿recuerdas?... que lo mantenías cerrado con llave. ¿Nunca subiste a echar un vistazo?
—Yo tengo la llave —le recordó ella— No vi la necesidad de echar un vistazo, pues estaba segura de que nadie podía abrirlo.
—¡Pero obviamente estaba abierto!
—Yato, otra vez —dijo ella a manera de explicación.
—¿Yato?
—Cuando usted reemplazó la caja fuerte de su estudio, le ordené que subiera la vieja al ático. Seguramente olvidó cerrar la puerta con llave. Cuando le pregunté, me aseguró que lo había hecho, y no vi ningún motivo para dudar de su palabra.
Shaoran suspiró.
—Sólo Yato podría pensar que ha cerrado una puerta con llave sin haberlo hecho. Debí subir yo mismo a echar un vistazo. —Alzó la vista hacia el rellano del primer piso y frunció el ceño—. ¿El ático? El lugar más sucio y desagradable. —Negó con la cabeza—. ¿Para qué subirá allí?
—No tengo ni idea. Por eso le pedí que viniera, para que la trajera aquí. Yo iría a buscarla, pero usted sabe cuánto odio los ratones.
Lo que más le preocupaba a Shaoran era que en el ático probablemente hiciese un calor sofocante en aquella época del año, por no mencionar que debía estar oscuro, cubierto de polvo e infestado de arañas. Dado que las viudas negras eran autóctonas de aquella región, éste no era un pensamiento muy reconfortante.
Shaoran apartó a Mayu de un empujón y se dirigió a las escaleras.
—¿Quiere que le pida a Wei que suba para que le ayude a buscarla? —gritó ella.
Shaoran en ningún momento aflojó el paso.
—Creo que puedo encontrarla solo. Sigue con tu trabajo, Mayu. Yo la traeré, gracias por todo.
La escalera que conducía al ático estaba situada en el ala occidental del segundo piso. Imaginando que Sakura había recibido la mordedura mortal de una araña, Shaoran subió las peligrosamente empinadas y estrechas escaleras como alma que lleva el diablo. La puerta, oxidada por la falta de uso, chirrió de manera inquietante cuando él la abrió. Se dijo que debía haber pensado en llevar una lámpara, y se introdujo en la penumbra. La única fuente de luz procedía de las buhardillas y las ventanas estratégicamente situadas. Pero su eficacia como focos luminosos se veía reducida por la mugre. El olor a polvo y a moho le provocaba escozor en las ventanas de la nariz.
Cuando se detuvo para orientarse y permitir que sus ojos se adaptaran a la oscuridad, oyó un sonido apenas perceptible, de bichos correteando, ruido que hizo que se le helara la sangre en las venas. Roedores. Aunque nunca se lo confesaría a nadie, tenía un miedo irracional a esas horribles criaturas. No sabía muy bien por qué. No sentía repugnancia hacia las serpientes. Las arañas casi no le decían nada. No recelaba particularmente de los grandes carnívoros. Pero los ratones eran otra cosa. En las raras ocasiones en que alguno aparecía en la planta baja, se sentía tentado de seguir el ejemplo de Mayu y subirse a una silla hasta que Wei llegara para deshacerse de él.
Gotas de sudor cubrieron su frente. A su derecha oyó sonidos como de un animal arañando y royendo. Se le puso la piel de gallina. Dios santo. Después de muchos años había logrado vencer su miedo lo suficiente como para enfrentarse muy de vez en cuando a un ratón. Su orgullo no le había dejado otra alternativa. Pero ¿sería capaz de plantar cara a toda una legión de estos bichos? Se sentía como debió de sentirse Goliat al enfrentarse a David. Sólo que, en esta confrontación, David se había multiplicado.
Al dar un paso adelante, se arañó una espinilla con un viejo baúl.
Maldición.
—¡Sakura! —gritó con brusquedad.
Tras atreverse a dar unos cuantos pasos más, tropezó con un enorme caldero de hierro.
—¡Rayos! —dijo en voz baja. Luego, habló más alto— Sakura, ¿dónde estás?
Mientras se abría paso a través de la caótica variedad de objetos, Shaoran se recordó a sí mismo que su esposa no podía contestarle. ¡Qué imbécil era! Estaba gritando como si esperase una respuesta. Por otro lado, el ático era casi tan grande como los tres pisos de abajo, y no le entusiasmaba la idea de buscar hasta en el último rincón de aquel lugar. Aunque no le entendiera o no le oyera, seguía hablando.
—¿Sakura? Mayu te ha preparado pasteles y té.
Eso no era exactamente una mentira. Cuando llevara a la chica abajo, se ocuparía de que le dieran de todo.
—¿Me has oído? Pasteles.
Sin recibir respuesta alguna, siguió adentrándose en aquel lugar.
— ¿Sakura? Sé que estás en algún lugar aquí arriba. ¿No quieres venir? ¡Por favor! Corres peligro aquí.
Cuando se irguió, Shaoran oyó un ruido que pensó que salía del ala oriental. Aliviado por haber encontrado al menos el lugar aproximado donde se encontraba Sakura, se volvió para encaminarse en aquella dirección. Para su gran alivio, descubrió que el camino había sido despejado unos cuantos metros más allá de la puerta, como si ella hubiera apartado las cosas para que no le bloquearan el paso. Hizo un gesto de desagrado al pensar en la mujer embarazada moviendo muebles pesados. Si la preocupación era una enfermedad mortal, esta chica lo llevaría sin duda a una muerte prematura.
Mientras se dirigía al sector oriental del ático, notó que la luz era cada vez más fuerte. Atraído por la luz, avanzó con paso firme. Tras rodear un tabique que dividía aquel espacio, Shaoran finalmente divisó a su presa. Se detuvo, sin poder creer del todo lo que veía. Era Sakura... pero no la Sakura que él conocía. Llevaba un vestido de día de color rosa y zapatos negros de cabritilla, que seguramente había sacado de uno de los baúles de su madrastra muerta. Vestida de esta manera parecía un verdadero figurín, si bien era cierto que su aspecto estaba totalmente pasado de moda. Con su largo pelo recogido en un moño despeinado y ligeramente descentrado, el cual sujetaba con una pequeña cinta, su perfil parecía el de una muñeca. Así y todo, era la mujer más preciosa que hubiese visto en toda su vida, sin duda alguna.
—Sakura, ¿qué estás haciendo?— Tan asombrado que no podía moverse, Shaoran se quedó mirándola sorprendido.
No hubo reacción alguna. Ni siquiera hizo el más mínimo movimiento para indicarle que le había oído. Sakura siguió ocupándose de sus asuntos, y muy ocupada parecía estar, en efecto. Usó muebles viejos para organizar un salón, si así pudiese llamársele, en el cual él advirtió que no había telarañas ni polvo. Había puesto tazas y platillos rotos en una mesa de tres patas sostenida por cajones en una de sus esquinas, y fingía estar sirviendo el té.
Sus invitados imaginarios, un muñeco y una muñeca que había hecho con ropas viejas rellenas, se encontraban sentados en dos de las tres sillas desiguales que había sacado de algún lugar del ático. El caballero estaba exquisitamente vestido con un traje apolillado, y la dama igualmente elegante con su vestido azul desteñido, con adornos de encaje amarillo. Sus cabezas, hechas con medias rellenas, estaban engalanadas con sombreros.
Shaoran no pudo menos que sonreír. Era un milagro que Mayu no se hubiese quejado de que las medias de Sakura estuvieran desapareciendo. Al parecer, la chica también había cogido a escondidas bayas de la mesa del desayuno. Sus muñecos rellenos tenían las caras pintadas con un sospechoso color rojo frambuesa.
—¡Sakura, esto es increíble! ¿Hay algo que no hayas...?
Se interrumpió para observar cómo servía la chica el té imaginario. Sonreía gentilmente a sus invitados. De pronto empezó a mover los labios. Aunque de su boca no salió sonido alguno, parecía como si estuviese hablando. Sus movimientos eran precisos y fluidos a la vez, exactamente como debían ser los de una dama.
—¿Azúcar? —le preguntó ella en silencio al caballero al tiempo que le presentaba la azucarera , dirigiendo la mirada hacia la luz del sol que entraba por las ventanas, dijo— ¡Caramba! Hace un día precioso, ¿verdad?
O al menos esto fue lo que Shaoran creyó ver que intentaba decir. No podía estar seguro porque nunca había tenido que leer los labios a nadie. Sakura siguió «hablando», pero Shaoran tuvo dificultades para entender las palabras que decía.
Las palabras que decía... ¡Dios santo! Aunque fuese en silencio ¡Ella estaba hablando! Aunque pareciese mentira, estaba hablando. Era como mirar a una niña jugando en su mundo de fantasía. Sólo que ella no era una niña. Y aquello no era para ella un mundo de fantasía, sino la realidad. Su única realidad.
Una vez, hacía ya muchos años, un semental adulto coceó en el vientre a Shaoran. El golpe lo hizo tambalearse. Se quedó sin respiración durante un interminable instante. Todo se volvió borroso. Sintió incluso como si el corazón hubiera dejado de latirle. Pues bien, así se sentía también en aquel momento: le parecía que había sufrido una tremenda sacudida y que todo se hubiera parado en su interior.
Sakura Kinomoto, la idiota del pueblo. No era ninguna idiota. Estaba sorda. Sorda como una tapia. Y él, que Dios lo perdonara, había estado completamente ciego.
Pasmado, Shaoran vio a Sakura llevarse una mano al cuello y mirar seductora y tímidamente al muñeco relleno. Luego, para su gran asombro, ella rodeó la improvisada mesa, cogió a su caballero del brazo y empezó a dar pasos de vals perfectamente ejecutados. Su falda giraba mientras ella se movía majestuosamente por la habitación.
Una hermosa joven, bailando al compás de una música que nadie más podía oír, en los brazos de un hombre que ella había creado con sus creativas manos y su rica imaginación. Junto a aquel muñeco ella podía ser alguien; privilegio que el resto del mundo, incluyendo a Shaoran, le había negado. Inconscientemente, Shaoran trasladó el peso de su cuerpo de una pierna a otra y una tabla del suelo cedió levemente bajo su pie. Con los agudos sentidos de una persona sorda, Sakura sintió que la tabla cedía y enseguida se quedó inmóvil. Sus ojos enormes y recelosos lo buscaron en la oscuridad.
Shaoran vio que estaba asustada. Después de lo que había pasado entre ellos en las caballerizas, y sabiendo que ella esperaba que él le pegase si volvía a escabullirse, le sorprendió que hubiese tenido el valor de subir al ático de nuevo. Aunque entendía perfectamente que corriera ese riesgo. En aquel salón imaginario ella podía ser quien le diera la gana y hacer lo que quisiera. En comparación, el mundo que la esperaba abajo probablemente pareciese una cárcel.
Sakura, la idiota, encerrada dentro de una casa para protegerla. Sakura, la idiota, que tenía que comer lo que se le sirviese, bañarse cuando se le ordenara, vestirse como una vagabundilla. No era más que una muñeca de carne y hueso de la que ellos se ocupaban, que casi todo el tiempo dejaban en una habitación cuya ventana tenía barrotes y que vigilaban como si fuese una niña pequeña el resto del tiempo. El en su lugar, también habría corrido el riesgo de que le dieran una paliza para subir al ático.
Una paliza... Por la expresión de angustia que vio en su rostro, Shaoran supuso que el castigo físico no era lo único que Sakura temía. Al ir a aquel lugar, él había descubierto su secreto. Simplemente haciendo girar una llave, él podía cerrar la puerta e impedirle regresar al ático. O, peor aún, con sólo hacer girar una llave, podía encerrarla en una habitación que tuviese una ventana con barrotes y no permitirle salir nunca.
Pero jamás haría algo semejante. Por nada del mundo.
Moviéndose con mucha cautela, salvó la distancia que los separaba. Era arriesgado, y lo sabía. Al fin y al cabo era su mundo —un mundo secreto—, y nadie le había invitado a entrar en él. Pero esto fue lo único que se le ocurrió para tratar de ganársela.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, dio un golpecito en el hombro a su exánime pareja de baile de trapo. Tras hacer una cortés reverencia, le dijo:
—¿Me concede este baile?
Sakura permaneció inmóvil. Shaoran sabía que ella podía tratar de huir. Y con toda la razón. Después del trato que Shilon la había dispensado, él no había llegado a su vida con muy buenas recomendaciones; y, en el tiempo que había transcurrido desde entonces, no había hecho gran cosa para rectificar ese error.
—Por favor, Sakura. Sólo una pieza —dijo él con voz ronca— No creo que tengas todos los bailes comprometidos.
Allí estaba de nuevo aquella expresión de confusión y perplejidad en sus ojos. Ya la había visto varias veces y hasta entonces creyó erróneamente que era un reflejo de su idiotez, de su deficiencia. Estaba equivocado. El único idiota era él. La razón por la que ella parecía estar tan desconcertada era que no había podido entender una parte de lo que él dijo. Este era el motivo por el cual ella siempre miraba tan atentamente su boca cuando él le hablaba, y también el motivo por el cual algunas veces parecía confundida. Puesto que él no sabía que ella era sorda, era muy posible que en innumerables ocasiones hubiese vuelto la cabeza a otro lado mientras hablaba.
Hablando más despacio y formando en los labios cada palabra con precisión, para que pudiera entenderle más fácilmente, Shaoran repitió lo que le había dicho. Moviéndose con cautela para no asustarla, extendió una mano.
—Por favor, Sakura.
Con mucha renuencia, Sakura finalmente cedió, y dejó a un lado a su otra pareja de baile. El pobre hombre se cayó y fue a parar a un montón inerte, que era exactamente donde Shaoran esperaba que se quedara. Era su baile. Ella era su esposa. Un hada silenciosa. Había descubierto algo increíblemente valioso, extraordinariamente precioso y totalmente inesperado. Cuando Dios se dignaba hacer un obsequio semejante, ningún hombre medianamente sensato hacía pregunta alguna.
Shaoran puso una palma alrededor de su cintura, le tomó la mano y con delicadeza empezó a moverse al compás de un silencioso vals. Acostumbrada a llevar a su pareja, ella tropezó ligeramente y le pisó los dedos del pie, pero pesaba tan poco que Shaoran apenas se dio cuenta. Como si pudiera sentir los dedos de los pies o cualquier otra cosa teniendo a aquella mujer que le quitaba el sentido entre sus brazos. Aquella primera mañana en el carruaje, había tenido una sensación muy placentera, pero horrorizado por sus sentimientos, la había rehuido. Ahora entendía que debía confiar en su instinto, lo que importaba era aquel momento, y la sensación de que aquello era maravillosa y absolutamente perfecto.
Después de unos cuantos giros en la pista de baile imaginaria, Sakura se relajó y empezó a permitir que él la llevara, flotando con la música con tanta gracia como una mariposa empujada por la brisa. Al mirar a su pequeño rostro, casi podía oír a la orquesta tocando. Sakura, bailando al compás de una música imaginaria, en un mundo imaginario, pero ahora, no en los brazos de un hombre imaginario. Aquel universo de fantasía que él había invadido era todo lo que ella tenía.
Tildada de idiota, rechazada durante casi toda su vida, sin educación, sin amigos. No era una mujer, sino un secreto inquietante que sus padres habían mantenido oculto. Una tremenda furia se desató dentro de él, pero logró contenerla. Más adelante se permitiría pensar en el cómo y el porqué. Ya encontraría a los culpables.
Por el momento, sólo existían el vals y la mujer que estrechaba entre sus brazos. El solo hecho de tenerla tan cerca, aunque sólo fuese para bailar, hacía que lo invadiera una sensación mágica. Aunque pequeña y de complexión delicada, ella encajaba en su cuerpo como si hubiera sido creada especialmente para él. Podía sentir sus caderas moviéndose bajo la palma de su mano. Delicadamente, captó con el tacto la hinchazón producida por el embarazo. Deseó poder apretarla contra su cuerpo, sentir en sus mejillas el cabello de la muchacha, oler el fresco aroma del jabón de glicerina y rosas que Mayu usaba para bañarla.
Incapaz de resistirse, eso fue precisamente lo que hizo.
Momentáneamente sorprendida por la inesperada proximidad, Sakura se puso tensa. Pero cuando él siguió bailando, ella se vio obligada a rendirse ante la fuerza de su brazo y dejó que su cuerpo se amoldara al del hombre. Shaoran apretó el rostro contra su cabello y cerró los ojos. Preciosa. Esta era la única palabra que se le ocurría para describirla. Con la ayuda de Dios, nunca permitiría que ella se marchase.
Temeroso de que ella se cansara, Shaoran tuvo que poner fin al vals. Cuando dejó de bailar y se alejó de Sakura, ella se quedó levemente desorientada, con la mirada perdida, las mejillas coloradas y la boca abierta por la falta de aire.
—Gracias, Sakura —dijo él lentamente— Ha sido un placer.
Un hoyuelo apareció en su mejilla cuando le devolvió la sonrisa.
— Ha sido un placer.
Estas palabras, articuladas por sus maravillosos y silenciosos labios, le parecieron a Shaoran casi tan audibles como si las hubiera dicho en voz alta, a lo mejor porque eran la respuesta esperada. Tenía que aprender a leer los labios, pensó. Necesitaba aprender enseguida. Tenía que comunicarse con ella sin traba alguna.
Reacio a abandonar el ático y dejar aquella versión mágica de Sakura, recorrió el salón imaginario con la mirada, buscando casi desesperadamente un pretexto, cualquier pretexto, para prolongar aquel rato irrepetible.
Se le ocurrió una idea genial al ver la vajilla rota sobre la mesa. Fingiendo aceptar una invitación de su dama, se sentó en la silla del muñeco, levantó la taza vacía y la extendió hacia ella para pedirle que le sirviera más té. A pesar de la penumbra, pudo ver el recelo que volvía a adueñarse de la mirada de la joven.
La magia del vals había llegado a su fin. Y ahora, aunque no les gustase, habían vuelto a la realidad. Pero Shaoran ya no sabía muy bien qué era la realidad. Dónde empezaba, ni dónde terminaba. Sólo sabía que la vida había sido injusta con aquella hermosa mujer y que, de alguna manera, tenía que compensarla por ello. Y para ayudarla, lo primero que tenía que hacer era ganarse su confianza.
Permaneció con la taza extendida, esperando, invitándola con la mirada. Algo rozó la pernera de su pantalón. Él lo ignoró. Sólo Sakura le importaba en aquel instante. Luego, sintió una especie de cosquilleo a través del calcetín. Pequeños pinchazos. No pudiendo ahuyentar esta sensación, movió el pie ligeramente y se inclinó para rascarse el tobillo. En este momento, las yemas de sus dedos rozaron un cuerpecito peludo.
—Hijo de... ¡Por Dios!
La taza de té y él se separaron. La primera salió disparada hacia arriba. Shaoran se abalanzó sobre sus pantalones para atacarlos a manotazos. Oyó en segundo plano el sonido de la porcelana haciéndose añicos.
—¡Demonios! —Se levantó de un salto— Está subiendo por la... ¡Será posible!
Un ratón estaba subiendo por la pernera de su pantalón. El terror se adueñó de él. Empezó a bailar de nuevo, esta vez solo y al compás de una melodía mucho más rápida y caótica. Un condenado ratón. Y el pequeño demonio buscaba la manera de seguir avanzando, derechito a la entrepierna. Pero aquel bicho asqueroso no llegaría allí mientras él viviese.
Shaoran se daba palmadas en la pierna. Fuertes palmadas para aplastar al ratón. Su intención era matarlo. Hasta tal punto había centrado su atención en el roedor que tardó un momento en caer en la cuenta de que tenía a Sakura colgada de su brazo.
—¡Noooo! —gritó ella.
¿No? Shaoran quedó tan impactado de oírla producir un sonido que se olvidó del condenado ratón.
—¡Noooo! —gritó la chica de nuevo.
La palabra salía distorsionada de su boca. Era un sonido no del todo humano. Pero para Shaoran era la cosa más maravillosa que había oído en toda su vida. No. Una palabra tan sencilla como ésta.
Puesto que ella parecía tan desesperada por salvar al ratón, Shaoran se abstuvo de seguir dándose palmadas en la pierna. Lo que menos quería era partirle el corazón al matar a ese repugnante bicho. Eso sólo serviría para abrir otra brecha entre ellos. Aterrorizado por causa de los golpes, el ratón siguió ascendiendo. Shaoran apretó los dientes.
Temía que el roedor estuviese escarbando más arriba de sus rodillas. Luego lo notó en el muslo.
Lo soportó durante un segundo —sin duda el más largo de su vida—, luego soltó una palabrota y sus manos se abalanzaron sobre la bragueta. Si el ratón llegaba a subir unos centímetros más...le daba miedo sólo pensarlo. Casi podía sentir los horribles dientecillos clavándose en sus partes nobles.
Olvidándose de todo —Sakura, el decoro, la decencia—, se bajó los pantalones. El ratón se aferraba con todas sus fuerzas a los calzoncillos con sus diminutas garras. Lo cogió por la cola, hizo que soltara la tela de un tirón y lo sujetó con el brazo extendido para mantenerlo alejado de él. El animal retorcía su cuerpecito y soltaba agudos chillidos. ¡Dios santo! Aquélla era su peor pesadilla. Sin saber muy bien qué hacer con la criatura, miró a Sakura, y descubrió que ella se había tapado la boca con una mano y parecía estar a punto de echarse a reír.
Shaoran cayó en la cuenta al fin de lo muy ridículo que debía parecer. Un hombre saltando de un lado para otro como una mujer histérica. Los pantalones alrededor de sus rodillas. Los calzoncillos expuestos. Un ratón colgando de su mano. Se rio entre dientes, a pesar de que no era ésta su intención. Inclinándose para liberar a su pequeño prisionero, negó con la cabeza.
—Tú vas a acabar conmigo.
Sakura emitió un sonido detrás de su mano que no podía ser más que una risita ahogada. Shaoran volvió a abrocharse los pantalones y el cinturón.
—Crees que es gracioso, ¿verdad? —Luego, haciendo un gesto con sus dedos pulgar e índice, como si estuviese midiendo algo con ellos, sonrió y dijo— Tu amiguito estuvo así de cerca de reunirse con su creador. —Empujó ligeramente un fragmento de porcelana con la punta de su bota— Por su culpa, creo que nuestro té ha terminado.
Ella se agachó para dar palmaditas en el dobladillo de su larga falda, encontró al ratón, que se había refugiado junto a sus pies, y lo levantó sobre sus manos ahuecadas. A Shaoran se le revolvió el estómago cuando ella besó la cabecita del roedor y luego lo llevó a su mejilla. Como si supiese que había estado a punto de morir, la trémula criatura se hizo un ovillo. Sakura lo besó de nuevo, lo acarició con la yema de un dedo y luego lo dejó en el suelo para que corriera a ponerse a salvo.
Cuando se levantó y su mirada se cruzó con la de Shaoran, se le borró la sonrisa de la cara. Se puso a juguetear nerviosamente con los botones de su canesú. Tras dejar escapar un suspiro, Shaoran concluyó que una vuelta alrededor de la pista de baile no era suficiente para infundir confianza a una joven recelosa tan especial. No esperaba que se produjese un milagro, pero habría deseado ver un poco menos de temor en sus ojos.
Terminó de meterse la camisa en los pantalones y se agachó para recoger los fragmentos rotos de la porcelana. Guardando una distancia prudente, Sakura se arrodilló para ayudarle. Cuando por casualidad los dos intentaron coger el mismo pedazo de porcelana, ella apartó la mano de un tirón, como si temiera que él tratase de agarrarla. Shaoran hizo todo lo posible para no ofenderse. Ganarse su confianza iba a llevar bastante tiempo.
Sakura era consciente de que Shaoran la estaba mirando y se puso cada vez más nerviosa. Tonta, mil veces tonta. Nunca debió subir a aquel ático a hurtadillas. Ahora él conocía la verdad respecto a ella, y probablemente la mandase a aquel horrible lugar del que su madre siempre le hablaba: el lugar donde las jóvenes como ella eran encerradas en cuartitos y comían gachas con gusanos. Su madre le había dicho que no sólo le prohibirían volver a salir, sino que además eran muy crueles, terriblemente crueles con la gente que estaba allí recluida.
A Sakura se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas empezaron a quemarle los ojos. Rehuyendo la mirada de Shaoran, dejó caer los fragmentos sobre la mesa y se limpió las manos frotándolas. Deseaba que él saliera de allí para poder ponerse su propia ropa y soltarse el pelo. A lo mejor, si ella se portaba muy, muy bien y nunca volvía a subir allí, el hombre podría olvidar todo lo que había visto y no le contaría nada a su padre.
Él le dio un pequeño susto al cogerla de la barbilla de repente y obligarla a mirarlo a la cara. Sakura parpadeó, pero fue en vano. Sus lágrimas no tenían otro lugar donde ir: sólo al exterior; y se desbordaron de sus ojos para correr por las mejillas.
—Hey...— dijo suavemente intentando llamar su atención.
Ella imaginó su voz, grave y con un tono de dulce reprensión. Por alguna razón, esto hizo que deseara llorar con más fuerza. Con sus dedos ásperos, él secó las lágrimas de sus mejillas. Esbozó una sonrisa algo preocupada.
—No tengas miedo, Sakura. Todo irá bien. Te lo prometo.
Era fácil para él decir estas palabras. No era él quien tendría que comer gusanos. Desconcertada por la penetrante mirada de Shaoran, la joven bajó la vista. A manera de respuesta, él apretó ligeramente su barbilla. Sorprendida, Sakura lo miró de nuevo.
—Confía en mí—dijo él muy despacio— ¿Conoces la palabra confiar? Significa que quiero que creas que soy tu amigo. ¿Puedes intentarlo?
Sakura lo miró con la expresión de perplejidad que había perfeccionado a lo largo de todos esos años. Su sonrisa se hizo más profunda.
—No puedes engañarme. Sé muy bien que entiendes lo que te estoy diciendo.
Tras decir estas palabras, la soltó y se levantó. Sin saber qué hacer, Sakura permaneció agachada a sus pies. Cuando finalmente encontró el valor necesario para alzar la vista y mirarlo a los ojos, descubrió que el hombre estaba sonriendo y le tendía una mano.
—Venga, bajemos ya. Mayu no va a poder dar crédito a sus ojos.
El corazón de Sakura empezó a latir con fuerza. Lanzó una mirada desesperada a su ropa, que había dejado doblada sobre la mecedora. El siguió su mirada, luego sonrió y negó con la cabeza.
—Así estás maravillosa. Vamos.
Cuando vio que ella no hacía movimiento alguno para obedecerlo, se inclinó para cogerla del brazo y acercarla a él.
—Le pediré a una de las criadas que venga a buscar tus cosas.
La joven miró con preocupación hacia las sombras. Cuando volvió a dirigir su mirada hacia él, Shaoran le dijo:
—Daré órdenes estrictas para que nadie le haga daño a ninguno de tus amiguitos, te lo prometo. Deja ya de preocuparte. Sin embargo, no puedo asegurar lo mismo respecto a las arañas—Siguiendo su ejemplo, él miró detenidamente la oscuridad que los rodeaba— Mañana o pasado mañana, voy a mandar a todo un equipo de criadas que venga aquí arriba. Si vas a pasar tiempo aquí, quiero que limpien hasta el último rincón de este ático. No creo que sea seguro venir a este lugar en el estado en que se encuentra.
Nada volvería a ser igual. Sakura tiró de su brazo para intentar liberarlo. Él no sólo quería que bajara vestida de aquella manera, sino que además tenía la intención de mandar a todo un equipo de criadas allí arriba. Todas ellas verían su rincón secreto. ¡Absolutamente todas!
—Vamos, Sakura.
Dispuesto a no conformarse con un no, la obligó a seguirlo. Cuando la luz de las buhardillas empezó a desvanecerse y la oscuridad se hizo más densa en torno a ellos, el miedo de Sakura también se volvió más intenso. No podía bajar vestida de aquella manera. Y también tenía que impedir como fuese que enviara a las criadas allí arriba. Los juegos a los que se entregaba en el ático eran un secreto.
Su madre le decía que así debía mantenerlos. Si la gente los descubría, la enviarían a un internado.
Cuando llegaron a la puerta del ático, el miedo de Sakura se había convertido en verdadero pánico. Estaba temblando de tal forma que tenía la certeza de que Shaoran podía sentir su terror. Con todo, él abrió la puerta y la llevó a la estrecha escalera.
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CONTINUARÁ
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