11.- Ajuste de Cuentas…
Era un día soleado. No existían las nubes grises. El viento soplaba suavemente para hacer volar los pétalos de las flores de cerezo. No había nada que temer, pues el eclipse se alejó así como pronto había aparecido. En medio de las ruinas del Santuario se encontraba Seika arrodillada en el piso. Con las manos entrelazadas fuertemente y los ojos cerrados pedía a Dios que se encontrara sano y salvo.
De repente, sintió como la leve brisa levantaba su cabello, seguida de lo que creyó escuchar un tranquilo eco. Abrió sus párpados elevando la vista al cielo. Y así, como si sus ruegos fueran escuchados, pronto pudo divisar que en el horizonte, algo venía acercándose cada vez más con un vuelo suave. Una gran esfera cristalina con miles de destellos alrededor, aterrizó suavemente en medio de donde no solo ella, también Marín, Shaina, Kiki, y los otros santos de bronce esperaban. El extraño objeto se fue haciendo más y más pequeño mientras seguía resplandeciendo, hasta desaparecer en medio del símbolo del cetro Niké, y revelar la silueta de dos personajes. Saori quien, envestida con la armadura de Athena, se encontraba arrodillada, abrazando fuertemente un cuerpo de cabello castaño tendido en su regazo, y lo acurrucaba como un pequeño niño profundamente dormido. Escuchó el sonido del golpe del cetro al caer. Tan solo así, se atrevió a alejarse para admirar el rostro que acariciaba. Luego, notó que la armadura divina que portaba el cuerpo inerte comenzó a brillar levemente, para luego desvanecerse y ser reemplazada por una simple de bronce.
-¡Señorita Saori! – No hizo caso de la voz de Jabu que le llamaba. Era como si la escuchara muy lejos, como un eco.
- ¡Athena! – Gritaban al unísono los caballeros femeninos.
- ¡Seiya! – Una tercera voz, una que no reconocía, le hizo levantar la vista lentamente. - ¡SEIYA! – En su dirección corría una chica de cabello corto, vestida a la manera de las aldeas alrededor del Santuario. "¿Podría ser…?" Pensó "¿Acaso es… Seika?", mientras lo depositaba en el suelo. Pero ella ya había llegado a su lado, y dejándose caer de rodillas estiró los brazos para alcanzar su cuerpo, y notó aquella gran herida causada por la Sagrada Espada de Hades en su pecho, la cual ya no sangraba, pero seguía allí latente y amenazante. - ¡No! – Anegada en lágrimas, y con una mueca de horrible desesperación, Seika abrazó a su hermano como momentos antes hiciera Saori y ponía una mano en la herida sin saber qué hacer. - ¡NOOO! – Gritó finalmente. - ¡DIOS, NOOO. POR FAVOR, NO ME LO ARREBATES! – Gritaba al cielo, completamente desfigurada por el dolor. - ¡NO AHORA QUE LO HE ENCONTRADO! – Hundía su cabeza en su pecho. Solo así enmudecía mientras lloraba y gimoteaba, balanceándose atrás y adelante, como arrullándolo. ¿Cómo poder describir tal escena?, ¿Cómo poder describir el dolor de perder a quien apenas se le ha encontrado después de años, a un hermano, a un ser querido al que se ha buscado con tanto anhelo?, ¿Cómo acercarse siquiera una cuarta parte a describirle con precisión?
Los demás santos también se habían reunido alrededor de aquella desgarradora escena trágica. Decir que a Saori se le rompía el corazón de una profunda impotencia estaría de más. Sólo observaba, sin poder ser capaz de derramar una sola lágrima. Pronto tomó su cetro para después levantarse. De repente sintió cómo una mano se posaba en su hombro. Al girar se encontró con el Unicornio, quien la miraba con una triste sonrisa.
-¡Señorita Kido! Qué bueno que usted ha regresado a salvo.
- Jabu. – Recitó ella. – No pude… ¡No pude hacer nada! – Finalmente su voz se quebró mientras tomaba su mano. - ¡No pude hacer nada para salvarlo!
- Señorita Kido…
- Es que yo… yo no pude… no pude… - Negaba con la cabeza mientras él observaba como luchaba por no llorar. Al apartar la vista, un poco más allá se dio cuenta que sus compañeros, Kiki, y Marín solo observaban alrededor de aquella escena. Shaina apretaba los puños tan fuerte que inconscientemente temblaban a sus costados. Y notó cómo algunas lágrimas resbalaban por debajo de su máscara, deslizándose por su cuello. Otras caían desde la barbilla hasta perderse en el vacío.
…
Al día siguiente, Saori pidió a Jabu que la acompañara hasta donde se encontraba Seika, quien cuidaba de Seiya dentro de aquella casa a las faldas del Santuario, cerca de los doce templos. Todo el camino fue en silencio. Él no sabía qué decir ni qué hacer. Aquella atmósfera era tan desoladora…
Una vez hubieron llegado a la morada, al entrar encontraron a Kiki preparando algo en la cocina, lo que parecía medicina tradicional. Al verlos llegar, él le lanzó a Saori una mirada de complicidad, pues sabía que lo que él preparara no serviría de nada. Sin embargo, el darle esperanzas y reconfortar a aquella chica se había convertido en su único empeño. La armadura se encontraba en un rincón más allá, olvidada y guardada en su caja. Ella se encontraba en el fondo del cuarto, sentada a un lado de la cama, lugar donde habían depositado el cuerpo de su hermano, quien aún llevaba la ropa raída. Con los codos apoyados en esta, tenía las manos entrelazadas en posición de rezo, sosteniendo las cuentas de un rosario de madera.
Saori se quedó allí un momento en silencio, a sus espaldas, admirando la escena, hasta que por fin se atrevió a romper la atmósfera. – Buenos días Seika. Espero te encuentres bien aquí - . Pero la chica no respondió. Ni siquiera se inmutó ante la voz que le hablaba. – ¿Sabes? He pensado que tal vez puedas estar más cómoda en una de las habitaciones del templo del patriarca…
-Estamos bien. Gracias. No queremos causarle molestias. – Por fin respondió la chica sin voltear, pero su tono era frío y cortante. – Creo que debería irse. Este no es un lugar digno de alguien como usted. – Terminó tajantemente.
- ¡Seika! – Se sorprendió Jabu. – La señorita Kido solo quiere ayudar…
- Jabu. Por favor. – Lo interrumpió ella alzando su brazo y girando la cabeza en su dirección. Negó en señal de que guardara silencio.
- ¿Ayudar? – Seika se enderezó en la silla. - ¿En verdad? – Giró medio cuerpo en su dirección y la miró. - ¿Él la llamó, "Kido"?
- Así es. – Inclinó un poco la cabeza adelante en señal de un respetuoso saludo. – Mi nombre es Saori Kido.
Seika solo cerró los ojos, girando una vez más y volviendo a su posición inicial. – Je. – rió sarcástica. – Lo siento. No confío. Discúlpeme, no es personal. Pero la última vez que un Kido se ofreció a ayudarnos, no hizo otra cosa que separarnos a mi hermano y a mí del orfanato.
-Seika, no sabes con quien…- Comenzó Jabu. Y de nuevo fue acallado por Saori con el toque de su gesto.
- Entiendo cómo te sientes. – Ella se acercó un poco más. – Yo también fui adoptada por Mitsumasa Kido. Pero te aseguro que…
- No. – De un golpe ella se levantó, provocando que la silla temblara. – Usted no sabe cómo me siento. – Otra vez se volvió en su dirección. – Señorita Kido, ¿Alguna vez ha perdido a alguien?, ¿Alguna vez ha sentido que el alma se le quiebra en mil pedazos al ver a un ser amado alejarse, desaparecer, y luego después de tanto tiempo, volver a encontrarlo tan solo para verlo morir? – Pero Saori no respondió, tan solo se quedó allí plantada en medio del cuarto, con las manos entrelazadas al frente, tenía la vista clavada en el suelo. Al momento de tragar solo pudo sentir una inmensa bola de clavos pasar por su garganta. – Ya veo. – Siguió Seika. – Ahora que pude recuperar la memoria, recuerdo que hace años, después que se fuera, supe que quien se había llevado a Seiya era Mitsumasa Kido, y que no solo él era su hijo, también muchos más. Después de años de no preocuparse por ellos, por ninguno, ahora los adoptaba a todos y los alojaba en su mansión. Pero no conforme con tenerlos enjaulados, peor que a animales de corral, los enviaba a distintos lugares del mundo a morir, como en un rastro, solo para traer esto. – Señaló sin mirar la caja de la armadura de bronce. – Y no solo eso. Si no que además adoptó a una niña de origen desconocido, la crió, y le cumplía todos sus caprichos, dándole todo, cada cosa que pedía, inclusive sin importar que maltratara a SUS HIJOS. ¡Su propia sangre! Todo para una niña que no era nada de él. – Su voz comenzaba a quebrarse, pero el rencor seguía saliendo de su pecho. – Tenía que sacar a mi hermano de aquél infierno. Teníamos que reunirnos otra vez. ¡Habíamos hecho una promesa!
- ¡¿Qué?! – Saori levantó la cabeza. - ¡¿Una promesa?!
- Así es. – Sus ojos comenzaban a tornarse acuosos. – Una vez que supe dónde habían enviado a Seiya llegué aquí. Desafortunadamente tuve un accidente y perdí la memoria. Pero eso no quiere decir que mi vida estuvo detenida todos estos años. Aquél anciano que cuidó de mí, y que prácticamente me crió como si fuese su hija, me enseñó un oficio, a sostenerme a mí misma. Junto con él, yo viví todas las penalidades que se sienten al ser un habitante de aquellas villas bajo el yugo de Athena. Observé oculta cómo los guardias del Santuario buscaban y perseguían a aquél desgraciado oriental que había osado arrebatarles la armadura de Pegaso. – Las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas. – Sufrí el hambre causada por no comer durante tres días porque todas nuestras reservas iban a parar al estómago del patriarca. ¡Todo a cambio de que sus caballeros no nos mataran! – Apretaba los puños fuertemente a causa de la impotencia. – Él argumentaba que "la Gran Athena" lo decretaba, y que cualquiera que desobedeciera su ley sería crucificado. Yo misma vi caer a muchos hombres valientes que escondían uno, - levantó un dedo. – solo un mendrugo mohoso de pan para dárselo a los más pequeños. Fui testigo de aquél horror al ver que eran decapitados a causa de ayudar a los más desvalidos. Así que, - hiso una pausa, para dar un pequeño suspiro y reponerse. – Señorita Kido, ¿Usted sabe cómo me siento?, ¿Usted, quien fue adoptada por un hombre millonario?, ¿Usted que en su vida ha sentido el hambre, la desolación, la angustia, o el miedo, y que sólo conoció la felicidad y el gozo?
- Seika… - Intervino Kiki en voz baja, quien lentamente se acercó y tomó una mano de la chica con la intención de tranquilizarle, - por favor, cálmate… - , pero ella la rechazó de un manotazo.
- ¿Por qué he de calmarme?, ¿Qué todo esto no fue causado por Mitsumasa Kido?
- No. - Saori se acercó tan solo un poco. – Te equivocas. Mi abuelo no fue el culpable. Todo esto fue a causa mía.
Seika la observó por un instante. – Sí. En parte es cierto. Pues después de su muerte, usted continuó con el trabajo de ese hombre.
-No me refiero a eso. – en medio de la estancia había una mesita redonda de madera, encima de la cual estaba colocado un viejo jarrón de barro con diferentes flores dentro. Saori se acercó más, siempre con su cetro, hasta quedar a la altura de aquél mueble, y a unos pasos de la chica. – Yo, en un principio, hace ya mucho tiempo, fui la causante de todo el dolor del que me acusas ahora. – Pero ella no comprendía. – Pero no como Saori Kido. Sino como Athena.
- ¡¿Qué?! – Se quedó congelada. - ¿Qué es lo que ha dicho?
- Así es Seika. – Dijo Jabu caminando en su dirección, deteniéndose a la par de Saori. – No sabías a quien le estabas hablando de esa manera. Pero estás ante la presencia de la diosa Athena, única soberana del Santuario del Partenón.
- ¿Qué? – dio un paso adelante. – eso es, ¡imposible! – caminó unos cuantos pasos en su dirección, no podía creer lo que escuchaba. – Entonces… ¡Ah! – Sin fijarse donde ponía los pies, pisó un pequeño vaso, lo que la hizo tropezar y caer de rodillas.
- ¡Seika! – Kiki fue en su auxilio. Posó una mano sobre su hombro y la otra en su espalda. - ¿Te encuentras bien?
- ¡Una diosa! – Dijo para sí. Tenía ambas manos apoyadas en el piso, y su rostro inclinado. Sus uñas rasgaban este cuando sus dedos se encogieron. - ¡Ella es una diosa!
- Sí. – De repente, notó como a su frente a se encontraba una mano tendida ofrecida por la misma Saori, para ayudarla a levantarse. Seika la aceptó sin más. – Y ahora te ofrezco mi apoyo. Porque sí sé del sufrimiento del que me hablas, ya que yo también he perdido a una persona muy importante para mí.
"Su piel es tan cálida, y sus ojos son piadosos y maternales", pensó ella. - ¡Entonces sálvelo! – Exclamó finalmente, en un tono suplicante. - ¡Por favor Athena! – Juntó sus manos en forma de rezo. – Se lo ruego. Por favor, ¡Devuélvame a mi pequeño hermano!
A Saori se le rompía el corazón. – Lo siento mucho Seika.
-¿Eh?
- Pero no puedo hacerlo.
- ¿Qué, pero…pero por qué? – Ella tenía los ojos muy abiertos, y la boca solo un poco entrecerrada. Bajó solo un poco las manos entrelazadas. – Señorita, ¡usted es una diosa!, ¡La Diosa Athena!, ¡Los Dioses son todopoderosos, no hay nada que ustedes no puedan hacer! Tienen un control absoluto sobre la vida y la muerte. ¡Se lo suplico!, ¡Se lo ruego! Por favor. – Pedía con tanto fervor, sus manos estaban tan pegadas a sus labios, que se mordía los dedos. – Cúrelo. Haga algo. – Terminó con un susurro.
- ¿Harías cualquier cosa solo para verlo sano y salvo otra vez? – Preguntó Saori, enigmática.
- ¡Pero claro! - Frunció el entrecejo. - ¡Lo que fuera, lo que sea necesario!
La diosa la observó por un momento. Tan fija y penetrantemente, que la joven solo pudo sentir cómo desnudaba su alma a través de sus ojos, en los cuales creyó ver el reflejo del inmenso universo. Notó como lentamente, se dibujaba una leve, muy tenue sonrisa en sus labios. – Ahora estoy convencida. Eres su hermana. Nadie más podría ser tan enérgico como él. – La joven guardó silencio. – Ojalá las cosas fueran así de fáciles. – Continuó en tono melancólico. – Pero la verdad es que no es tan sencillo.
Ella no protestó. No se quejó. Tan solo se quedó allí por un instante, como si el tiempo se detuviera, hasta que por fin, bajó lentamente la mirada. Y con los ojos entrecerrados, asintió lentamente contrayendo la boca en un gesto amargo. – Bueno. Solo quería confirmar. – Dejó caer sus brazos a los costados, haciendo que el rosario de madera sonara. – Pero ahora entiendo. – Suspiró. – Entiendo que todo tiene un precio, ¿No? – Posó su mano izquierda sobre la mesa con el jarrón encima, y la deslizó hasta alcanzar la orilla. A continuación la alzó de nuevo, empuñando unas grandes tijeras de corte fino. Posó la punta del filo encima de su pecho, justo a la altura del corazón.
-¡Seika! – Gritó Kiki nervioso, alzando los brazos.
- ¡Seika, ¿Qué haces?! – Jabu se acercó incrédulo. Sin embargo, Saori ni siquiera se movió.
- ¡Atrás! – Exclamó la chica. – Entiendo que todo tiene un precio. – Repitió. Pero solo Saori se reflejaba en sus ojos. – Nadie otorga nada, sin esperar algo a cambio en esta vida. – En ellos ya no había lágrimas. Sólo brillaba la decisión que firmemente había tomado. – Y yo decido ofrendar la mía, ante usted Athena, a cambio de que Seiya vuelva a caminar.
- Seika, - Saori solo avanzó un poco en su dirección. – tú no…
- Sé cómo funciona esto. ¿Una vida por otra, No?, ¡Adelante, yo la ofrezco! – Levantaba la cabeza en señal de orgullo. – Si los Dioses quieren un sacrificio, pues aquí estoy yo. No le temo a la muerte ahora que he encontrado a mi hermano. – Sostenía con más fuerza las tijeras, como si quisiera encajarlas. – ¿En verdad desea ayudarme? Ayúdelo. Que yo intercambio mi vida por la de él. Tráigalo de vuelta. – Sentenció.
El tiempo se congeló. Todo mundo dejó de respirar. Solo observaban expectantes, alertas a cada movimiento, a cada gesto, sonido o respuesta. Era como si hubiesen pasado horas, días o meses en lo que en realidad eran segundos. Y así como así, sin más, Saori extendió su mano y la posó sobre la que sostenía las tijeras. Tranquilamente apartó estas de su pecho, haciendo que abandonaran a su portadora sin ningún esfuerzo. Las tomó y las dejó caer al piso con un sonido hueco. A continuación deslizó sus dedos sobre su hombro, y rodeando su espalda la abrazó tiernamente. – No seas tonta mujer. – Le dijo finalmente en voz baja. – Si tú mueres, ¿qué razón tendría Seiya para seguir viviendo?
Aquellas palabras hicieron que sus ojos se abriesen como platos. - ¿Eh?
-La única razón por la cual Seiya aceptó ser un caballero, era su hermana. – Saori apartó un poco su rostro para observarla. – Porque al igual que tú, - deslizó sus dedos sobre las mejillas para limpiar sus lágrimas. – Él siempre tuvo la esperanza de que algún día se reencontraran. – Siguió mirándola maternalmente. – Y si tú no estás aquí, ¿qué razón hay para que siga entre nosotros?, ¿Qué es lo que voy a decirle después? Hicieron una promesa, ¿Ya lo olvidaste?
- ¡Athena! – Las lágrimas volvieron a rodar. Ella no parpadeaba. Tenía la boca seca y entreabierta. Temblaba, ¿Por qué?, ¿Qué le pasaba?
- Yo te juro, que voy a traerlo de vuelta. – Con esto, acercó su rostro al de ella, y terminó por besarle en la frente tiernamente. Lo que provocó que cerrara los ojos al sentir el calor de sus labios. De estos comenzó a salir un tenue resplandor blanco, que en breves instantes se apagó al apartarse por completo de la joven, la cual se dejó caer sin más.
- ¡Seika! – Gritaron los Jabu y Kiki al unísono. Justo antes de que el cuerpo tocara el suelo, el Unicornio se adelantó en su ayuda para sostenerla en brazos. – Seika, ¡mírame! – Pero la joven no reaccionó. Seguía inmóvil. Con los ojos cerrados. - ¿Qué hizo? – Observó a Saori solicitando atención. – Mi Señora, ¿Qué ha pasado?
- No se preocupen. – Respondió tranquila. – Ella está bien. Sólo la he dejado inconsciente por un rato. Despertará después de varias horas.
- Athena. – Comenzó Kiki sin comprender. - ¿Pero por qué…?
- ¡Jabu! – Lo interrumpió la diosa autoritaria, fingiendo que no había escuchado al menudo muchacho. – Te he pedido que me acompañes desde el templo de Athena hasta aquí. – él asintió humildemente. – Pero todo esto fue desde el principio, con la intención de darte una nueva encomienda.
- Sí, mi señora Kido.- El Unicornio se levantó del suelo cargando a Seika en brazos. Miraba humildemente el piso con los ojos entrecerrados. – Lo que usted ordene.
- Llévate a Seika de esta casa. – Ordenó con voz grave. – No quiero volver a verla cerca de Seiya por un tiempo.
- Sí. – El Caballero levantó la vista. – Entiendo. – dijo, girando la cabeza en dirección de aquello que sostenía.
- Tú y los otros deberán cuidarla y velar por ella de la misma manera y con el mismo empeño que hacen con Athena. Llévala al Templo de Aries. Entre más lejos mejor. Allí estará segura y ustedes podrán vigilar todo el Santuario, rondando las casas cercanas a los doce templos.
- Sí. – Inclinó la cabeza en señal de respeto. – Como usted ordene. – Terminó con esto, por reverenciarla levemente. A continuación caminó en dirección a la salida. Ya se estaba alejando con la chica inconsciente en brazos.
Por unos segundos Saori se quedó allí observando, hasta que giró su cabeza en dirección a Kiki, quien también miraba a Jabu alejarse. Al notar la vista de la joven puesta en él, se enderezó con gesto nervioso. Nunca se había quedado solo con ella. Se vieron por unos instantes hasta que le habló frunciendo ceño. - ¿Y tú qué haces aquí?
-¿Eh?
- ¿Qué no se supone que debes estar cuidando el templo de Aries, y la armadura de tu maestro Mu?
- ¡Ah! Sí. – Puso los brazos a sus costados e inclinó la cabeza. – Tiene razón Athena. Lo siento. – Pero no se movió.
- Y entonces, ¿Qué esperas Kiki?, ¿Una invitación acaso? – Señaló con su cetro la puerta. - ¡Vamos, vete ya! – Exclamó. – O voy a castigarte si el enemigo aparece en cualquier momento y tú no estás para hacerle frente.
- ¡Ah! – Se puso más nervioso. - ¡Sí! Discúlpeme, ya voy. – y con esto fue a la puerta y salió corriendo y gritando: - ¡Oye Jabu, espérame. Yo voy contigo! – Y desapareció.
- Ahora ya no queda nadie más. – Dijo para sí en voz baja acercándose a la cama donde se encontraba un Seiya lisiado, completamente inmóvil. – Solo tú y yo. – Y ya estando junto a esta, pasó su cetro a la mano izquierda, apoyándolo encima de la caja de la armadura. Luego se arrodilló y con su brazo derecho rodeó su pecho, abrazándolo. – Ahora seré yo quien cuide de ti. – Le susurró al oído. – Te llevaré cerca del templo de Athena, y estaremos juntos en aquél jardín de flores. No dejaré que nadie más muera por mi causa. – Y con esto, una explosión de luz dorada rodeó todo a su paso. Cuando la habitación se hizo visible otra vez, ambos habían desaparecido, dejando todo vacío, como si nadie nunca se hubiese encontrado dentro.
…
- Desde entonces hemos cuidado de Seika como Athena nos lo ordenó. – Finalizó Kiki, al terminar de contar lo ocurrido. – Al principio nos rechazaba, nos rehuía siempre. E inclusive intentó varias veces escaparse por los doce templos para llegar con Seiya. Hasta que por fin le hice comprender que nuestra diosa se encontraba cuidándolo. Y que no abandonaría a ninguno que se encontrara en la misma situación, ella haría lo mismo por todos nosotros. – Hyoga y Shiryu simplemente observaron con gran pesar, como la pobre joven ya había llegado junto a la silla de ruedas, y teniendo de frente aquél cuerpo, lo miró por un instante, le acarició la mano derecha con la suya, dejando escapar unas cuantas lágrimas que caían mojándola. Y con un susurro al viento que decía "¡Seiya!", se arrodilló, posando su cabeza sobre el regazo de aquél desvalido. Allí se quedó.
- Hyoga. – A Shiryu aquella escena le hacía nudo la garganta. – Tenemos que irnos. ¡No hay tiempo que perder!
- Sí. – Respondió el Cisne reacio apretando los puños. – Pero, ¿Cómo vamos a llegar al Olimpo?
- Yo los llevaré. – Dijo Kiki. – Con ayuda de mi telequinesis podemos transportarnos desde Star Hill.
- ¿Harías eso por nosotros Kiki? – Preguntó Hyoga.
- Pero por supuesto que sí. – Sonrió el muchacho. – Puede ser un poco difícil, pero se puede hacer. – Terminó optimista.
- Pero, - Dijo el Dragón. - ¿Y la misión que te ha dado Athena de proteger el templo de Aries?
- Ya les dije que no deben preocuparse. – Se acercó Jabu. – Nosotros también somos Santos de Athena. Lo protegeremos. Además, Shaina Y Marín también están aquí. No creo que resulte tan fácil para algún otro que intente atacar, derrotar a siete guerreros de un golpe.
- Además necesitamos entrenar. – Ichi interrumpió la escena haciéndose notar con gran ímpetu. – Hace tiempo que no peleamos con nadie. – Tronó los dedos y giró su cuello haciéndolo sonar. - Necesitamos destensar los músculos, ¿Saben?, ¡Jaja! – Rió divertido.
- Muy bien. Ya está entonces. – Hyoga miró a su hermano y al otro chico. – Vámonos. – Los dos asintieron.
Ya se estaban alejando cuando escucharon que Shaina les gritaba en señal de despedida: - ¡Shiryu, Hyoga. Regresen con bien, ¿Oyeron?! ¡Kiki, vuelve en cuanto los hayas dejado! ¡Tienes que volver al templo de Aries!
-¡Sí, sí! – Respondió el muchacho fastidiado mientras seguía corriendo a lado del Cisne y el Dragón. - ¡Ya lo sé, ya lo sé!
- ¡Adelante chicos! – Dijo Marín para sí. – Como lo ha sido siempre, ustedes son Los Caballeros de la Esperanza. – Los observó desaparecer en el horizonte.
Acto seguido, Shaina paseó la vista dirección de la silla de ruedas, y vio como Jabu llegó a esta y colocarse tras el respaldo. Viendo que Seika aún estaba apoyada en su regazo, apretó con fuerza aquél. – Seiya… - Tensó los puños. - ¡Eres un idiota! – Le espetó. - ¿Cómo te atreves a preocupar a tu hermana de esta manera?, ¿Qué no ves que ella está muy triste por tu culpa?
-Jabu. – Dijo ella finalmente en voz baja y sin mirarlo. - ¿Lo conseguirán?, ¿Podrán salvar a mi hermano?
- No te preocupes. – Le respondió confortador. – Ellos lo lograrán. Siempre vencen sin importar cuantos obstáculos lleguen. Además, yo estoy aquí para protegerte.
La joven posó su vista en el Caballero. – Sí. Porque Athena lo ordenó.
-Bueno…eh, sí. – él dejó escapar una risita mientras se rascaba la cabeza. – Pero eso no quiere decir que también no quiera hacerlo.
Ella parpadeó. - ¡Hm! – Dijo con una leve y linda sonrisa. – Yo también seré igual de fuerte para proteger a aquellos que amo. – Miró a su hermano. – Como cuando éramos niños, y protegía a Seiya en aquél orfanato. Mi pequeño y adorado hermano. – Acarició su rostro, y le besó la frente. Una vez más posó su cabeza en el regazo.
"¡Vamos Seiya, no tardes en regresar!", pensó el Unicornio. "De otra manera no voy a perdonarte si sigues haciéndola sufrir. O yo mismo iré al Infierno para traerte de vuelta solo para volver a matarte".
…
- ¡Hm! Ya casi. Estamos muy cerca.
- ¿En verdad? Pero si fueron eliminados en un instante.
- Eso no importa. – Dijo sonriente, reclinándose en el diván, con una copa de vino en la mano. – El objetivo se ha cumplido. Su misión fue un verdadero éxito.
- Ya veo. – Se acercó a la mesa, y tomó una uva del racimo que se encontraba en un plato. - ¿Tanto ansiabas saber cuál era su verdadero poder? – Se la comió mientras oía el dulce sonido del arpa al fondo.
- No me lo tomes a mal. – Distraídamente movió la copa, removiendo el precioso líquido. – Solo me divierto un poco.
- Tú divirtiéndote mientras los demás se preocupan. – Caminó en su dirección hasta quedar enfrente. – Ese siempre es tu estilo.
- Ah, ya. No te preocupes tanto. – Alzó una ceja. – Pronto obtendremos la cabeza de Pegaso.
- Así es. – También llevaba una copa de vino. – Touma debe cumplir su misión, o ya sabe lo que le espera.
- Pronto la Tierra será nuestra.
- ¿La Tierra? – Se sentó justo en frente. – Yo deseo algo mucho más grande que eso.
- ¡Oh! Entiendo. – Alzó su copa para un brindis. – Por la victoria entonces.
- Por el fragor de la batalla. – Chocaron las copas y bebieron mientras reían.
